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Slytherin Pride: Isabella Snape — capítulo 1

Para Severus le resultaba casi imposible compararlas a ambas, porque eran tan diferentes como el día y la noche. Obviamente, está claro quién era el día y quién la noche. Lily Evans y Bellatrix Black eran tan distintas que Severus no podía meterse en la cabeza cómo era que ambas coexistían en armonía dentro de su mente.

Y es que eran tan diferentes y tan parecidas las dos. Ambas casadas, ambas luchando por su causa como ninguna otra, ambas fieles a sus ideales, ambas viviendo con sus respectivas familias… y ambas asesinas. Ya fuese por la muerte de muggles o mortífagos.

Una pelirroja, la otra pelinegra; una de ojos verdes, la otra de ojos oscuros; una hija de muggles, otra sangre limpia; una de parte de la Orden del Fénix, otra de parte de los mortífagos; una buena, otra malvada. Aunque, las dos estaban casadas. Una más felizmente que la otra, pero casadas a fin de cuentas. Y aquello le partía el alma a Severus Snape. Había visto durante mucho tiempo que Lily Evans sería un caso perdido ahora que estaba en las garras del  fabuloso, el increíble, James Potter.

Pero a Bellatrix no la tenía perdida, no del todo. Si bien estaba casada con un Lestrange, era por todos sabido que no era más que un matrimonio concertado, sin amor, y con el único propósito de dar un heredero de sangre limpia a ambas familias. Sin ningún éxito, ya que ambos Lestrange no tenían la mínima intención de cuidar a un niño.

Snape suspiró con amargura. No podía entender como puedo haberse enamorado de Lily y de Bellatrix, por que sí, él estaba enamorado de ambas. 

—¿Papi?—llamó la voz cantarina e inocente de una pequeña niña pelinegra que se había asomado a la sala. Severus levantó la vista al ver a la pequeña, tallándose los ojos.

—Isabella ¿Qué haces despierta a esta hora?—preguntó, acercándose a ella y alzándola en brazos para acostarla en su regazo. La pequeña Bella soltó un bostezo y se acurrucó contra el pecho de su padre—No me digas que las pesadillas volvieron—reprochó Snape mientras le acariciaba la mejilla con dulzura. La pequeña se limitó a asentir. Severus sonrió con calidez y comenzó a arrullarla. Instantes después la pequeña se quedo dormida. Severus decidió llevarla a su habitación. Abrió la puerta del dormitorio de Bella. Una habitación lila con negro. La depositó en la cama y se quedó con ella, contemplándola. 

Heather Isabella Snape era preciosa y perfecta para Severus. Tenía cinco años de edad. Su hermoso cabello negro como la noche y rizado, caía en cascada por su espalda. Su piel era suave y pálida. Sus ojos eran grandes, expresivos y negros. Lo que más le impresionaba a Severus, es que su hija era metamorfora y supuso que era por parte de la familia de su madre.

Aquella mujer que había tenido a Isabella, no podía enterarse de su existencia o le haría daño. Severus no podía permitir que dañara a su pequeña hija, su tesoro, su vida. Daría su vida por proteger a Bella.

Bella era muy talentosa. A temprana edad había demostrado sus dotes mágicos, haciendo levitar unos de sus peluches, así como su metamorfosis. Tocaba el piano y cantaba como un ángel. Le encantaba la lectura, la música y dibujar. Severus estaba seguro de que Bella iría a Hogwarts. 

Mientras Snape trabaja en Hogwarts, Irina, un bruja que era amiga de Severus, se hacia cargo de ella, la enseñaba todo acerca del mundo mágico y la educaba con buenos modales. 

—Duerme bien mi dulce Isabella—susurró su padre en su oído y acto seguido salió de ahí hacia su despacho...

Un par de años después,en esa misma casa resonó un grito en toda la casa. 

—¡Heather Isabella Snape!—gritó Severus desde su despacho—¡Baja el volumen de esa música infernal!.

Bella una niña de diez años de edad se encontraba en su habitación escuchando a todo volumen un disco de rock pesado, el ruido y las voces de los cantantes eran "diabólicas". Isabella movía la cabeza como loca e imaginariamente tocaba un guitarra, como si fuera una estrella de rock. Irina soltó una risita al verla divirtiéndose. 

—¡Baja el volumen o tu padre nos castigara a ambas!—le dijo Irina. Bella detuvo su momento de locura y miró a Irina con una sonrisa. Se acercó al reproductor de música y apretó varias veces un botón para disminuir el volumen.

—¡Lo siento papá!—chilló Bella soltando varias risitas traviesas. Irina no pudo evitar sonreír. Heather era como su hija y la niña la consideraba su madre. Inclusive, soñaba con el día en que su padre se casara con Irina, por que en aquella situación, ambos parecían una pareja no oficial, puesto que Irina técnicamente vivía en la casa—Mi cumpleaños es mañana—canturreaba, feliz. Irina le sonrió asintiendo. La pequeña niña corrió sentándose en su regazo.

—Cumples once años—recordó Irina acariciando su hermoso cabello negro—Y te haré una rica y deliciosa...

—¡¡¡¡TARTA DE CHOCOLATE!!!!—gritó la niña, interrumpiéndola. Irina asintió, soltando una risita. A ella le encantaba el chocolate y por su cumpleaños siempre le hacían una tarta de chocolate con leche y avellanas. Siempre había querido hacer una, pero Severus no le dejaba acercarse ni al horno ni a su varita, así que, nunca había podido cumplir su deseo. Irina se rió al ver la cara emocionada de la pequeña y asintió con la cabeza, asegurándola que tendría esa tarta para su cumpleaños.

Severus entró a la habitación y sonrió. Ambas mujeres levantaron la vista y le devolvieron la sonrisa.

—¡Papi!—exclamó la niña—Mami prometió que mañana haríamos tarta por mi cumpleaños—relató emocionada. 

—Me parece perfecto—admitió Severus, acercándose a ellas y sentándose a un costado de Irina. 

—¡Sí!—afirmó Bella sonriente—¿Vendrán mis abuelos y mis tías?—inquirió la niña curiosa. 

—Claro que sí cielo—confirmó Irina. Severus asintió. Los padres de Irina eran gente importante en Francia. El señor Monsieur Delacour era subsecretario del Ministro de Magia Francés y tenía altas expectativas de ocupar el cargo de Ministro de Magia. La señora Apolline Delacour era una famosa y aclamada diseñadora de modas. Fleur, la primera hermana de Irina, tenía catorce años y asistía a Beauxbatons y en cuanto a Gabrielle, la hermana más pequeña de las Delacour tenía escasos cuatro años. Las cuatro mujeres Delacour coincidían en algo. Tenían un hermosa cortina de cabello rubio platinado, que les llegaba un poco más arriba de la cintura, ojos de color azul intenso y dientes blancos y regulares. Toda aquella belleza se debía a sus ancestros. La abuela de Irina era una veela.

—Llegarán mañana—anunció Snape con una pequeña sonrisa. A pesar de que había sido un mortífago, el señor Monsieur miraba con buenos ojos a Snape, sobre todo por que Dumbledore confiaba en él. La señora Apolline lo apreciaba bastante. La pequeña Snape dio un gran salto y su cabello se puso de color rosa al igual que sus ojos, siguió victoreando con un baile muy extraño pero movido y alegre.

—¡Estaremos juntos!—chilló con emoción—Como una familia—agregó. Severus notó que Irina se sonrojaba. Sabía que Irina era una mujer asombrosa, y jamás terminaría de agradecerle el hecho de que lo ayudara a criar a su hija. Severus se alegraba de algo: que Irina era distinta a Lily y Bellatrix. No podía negar que era hermosa, inteligente y la mejor madre pero por ahora, solamente la veía como una amiga. También se alegraba de que Isabella fuera distinta a su madre, aunque en apariencia física no podía negar que estaba viendo a la mismísima Bellatrix Black, sin embargo, esperaba que su hija no se transformará en su progenitora.