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Sober. — capítulo 1

Prometí quedarme cuando despertara. Prometí nunca olvidarme de sus ojos. Prometí que iba a amarlo siempre.

Era diciembre, todo el mundo esperaba la llega de las doce de la noche para festejar el Año Nuevo, se cerraba la etapa del dos mil dieciséis y llegaba otro más. Estaba sentada en el sillón marrón cubierta con una manta gris petróleo de la clínica del centro de New York, él estaba durmiendo. Era el único hombre que me importaba en este momento, él me necesitaba y estuve durante todos los años de la enfermedad con él. Mi papá. Era un héroe para mí, siempre me cuido y se puso en el papel de madre cuando ella se fue con su amante hace diez años. Ni siquiera le importo que mi padre haya tenido la mala suerte de contraer cáncer de páncreas. Escuche que la puerta se abría, allí estaba la enfermera que siempre lo cuidaba y cambiaba su suero, fijarse que todo estuviera en orden. Me miro un instante, sonriéndome.

-¿Necesitas algo?-me pregunto acercándose a mí.

-Estoy bien.-le afirme con una sonrisa forzada.

-No entiendo que haces aquí, deberías estar con tus amigos divirtiéndote.-me inquirió con su mirada simpática y su rostro redondo con manchas de edad.

-Prefiero quedarme con él.-le dije acomodándome en el sillón, estaba comenzándome a dolerme la espalda.

La enfermera no dijo nada más, y se  fue de la habitación. Me quedé viendo a mi papá descansar, los médicos me habían dicho que tenía cerca de tres meses de vida. La enfermedad estaba avanzando mucho, el tratamiento no estaba funcionando. No sabía cómo sostenerme de todo esto. Una puta vida. Nunca estuve más sola que en estos momentos. Faltaban veinte minutos para un nuevo año. Un motivo que no me importaba para nada. Solamente, quería que él estuviera bien. Eso no estaba ni cerca de suceder. Deje que unas lágrimas cayeran ante todos esos pensamientos que tenía que solucionar por mí misma. Mi familia estaba rota, no había relación con mis otros parientes. Únicamente, los amigos de mi papá le ayudaron a pagarle los tratamientos, pero luego, de enterarse que no había más solución decidieron abandonarlo. Yo no me di por vencida, comencé a trabajar en un bar nocturno, haciendo tragos y pasando música. No era mucho lo que pagaban pero al menos, era un porcentaje de los costos médicos.

Al rato, se escuchan los fuegos artificiales estrellándose en el firmamento, muchos colores y los gritos del hospital, donde otros pacientes, médicos, enfermeros y asistentes también lo festejan desde aquí. No tiene sentido, es un maldito año que no voy a disfrutar para nada.