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Sober. — capítulo 2

Cuando menos lo esperaba sucedió.

-Laia, despierta.-escuche la voz del doctor Miller, su mano morena y pesada me apretaba la mía.-Laia.

Abrí mis ojos grises, di un bostezo, mire a mi alrededor encontrándome con varios enfermeros asistiendo a mi papá.

-¿Qué pasa?¿Qué están haciendo?-me sobresalte, poniéndome de pie, aparte a uno de ellos.-¡Papá!¡Papá!

Tenía sus ojo cerrados marcados de ojeras violetas, su piel estaba sin color y sus labios resecos. Los enfermeros estaban desconectando los aparatos que lo mantenían con vida.

-Laia tienes que ir a por unos papeles de...-me dijo pacientemente Miller.

-¡Claro que no!¿Por qué no me despertaste antes de que sucediera?-le espete enfadada.-Prometiste hacerlo. Prometiste cuidarlo.

-Laia murió hace una hora, intentamos animarlo por treinta minutos y no pudimos. Siento que sucediera cuando recién empieza el año.-me dijo con una mueca apenada.

Ahora era cuando tenía que pisar fuerte. Tenía que dejar caer los pétalos y cerrar mi capullo.

Tome mi chaqueta de cuero marrón chocolate, mi bufanda de lana que había hecho hace dos años y me colgué mi mochila. Eche una última mirada a mi padre, era imposible no llorar viéndolo sin vida. Recuerdo sus sonrisas y sus abrazos cuando estaba sufriendo los síntomas de la quimioterapia. Salí de la habitación trescientos diez del tercer piso de internación intensiva. Shelby era una joven enfermera que me consolaba cuando yo no podía hacerlo por mí misma, se acerco abrazándome con fuerza, su perfume de vainilla hizo que tosiera un poco.

-Puedes contar conmigo, linda.-me dijo al oído.-Sé fuerte. Eres valiente y atrevida. Todo estará bien.

¿Cuándo iba a durar todo esto? Vestirse de negro y que los demás te den el pésame, sientan pena por ti cuando ellos nunca estuvieron a tu lado.

Baje a la cafetería, eran las seis de la mañana, estaba casi vacía por no ser de unas mujeres rozando los cuarenta años que se ubicaban en el mismo lugar de siempre, sus voces de cotillas llegaban a mí y me daba asco. Me acerque al mostrados. Una chica de cabello azabache y ojos café me atendió con una sonrisa amistosa, nunca antes la había visto.

-¿Qué paso con Joan?-le pregunte curiosa del chico que siempre me atendía.

-Se tomo el día libre.-me contesto ella con una voz dulce.-Soy Delia.

-Bien.-le correspondí suspirando.-Dame un capuchino con leche de soja y unos hotcakes.

Al ser una pequeña cafetería tenían una buena atención y un menú rápido, pero completo. Espere unos minutos, Delia me entrego mi pedido, busque un lugar para desayunar.

Ahora todo iba a cambiar. Todo iba a girar de otra manera. No iba a ser fácil. Tenía que terminar el colegio, no iba a entrar a Yale, no tenía las esperanzas. Estaba destruida.

Estaba en la oficina del doctor Miller, llenando los formularios del procedimiento. Me dolía tanto perderlo tan pronto, confiada en el tiempo que le dieron para la etapa final.

-¿Cuánto tardara esto?-le pregunte, mientras el doctor firmaba los papeles.

-Una semana.-me contesto sin levantar la mirada.

No te aferres a las cosas materiales ni a las personas porque cuando menos lo esperas, ellas desaparecen. Entonces, te encuentras solo en la vida y lo importante es ser feliz contigo mismo.

Cuando volví a casa eran las diez de la mañana, deje la mochila en el sillón de la sala de estar, tome el teléfono de línea escuchando los mensajes del contestador. Me sorprendió que mi tío paterno se comunicara luego de un año, era el único que se había preocupado y apoyado a mi papá en la enfermedad. Otra llamada de mi mejor amiga, Kristen, le decíamos Kitty por ser fanática de aquel dibujo animado. El otro era de mi primo Thobias que había llegado de Francia. Decidí ir a la casa de Kitty a la tarde, necesitaba distraerme de lo ocurrido. Mi habitación daba al otro edificio con la distancia de un callejón sin salida. Odiaba este lugar, me molestaba los ruidos de los vecinos y la maldita batería del chico de al lado. Mi celular sonó, acepte el llamado.

-Hola.-salude con una voz apagada y desanimada.

-¿Qué hay, Lai?-me saludo Ethan, el capitán de baloncesto.

-Nada bueno. Acaba de morir.-le dije con angustia, rompiendo a llorar.

-¡Qué mierda! Iré ahora a tu casa, no quiero que estés sola.-se animo a venir, escuche unos ruidos de fondo.

-¿Estás con la banda?-.le pregunte.

-No importa, iré igual.-me respondió seguro de su decisión.

Finalice la llamada con "Hasta pronto!" Fui al closet, eligiendo al azar un conjunto, seguidamente me metí al baño.

Ethan me había venido a buscar con su viejo y restaurado Volkswagen del dos mil cinco, el atardecer era de tonalidades rosadas, a penas se podía ver la luna. Seguimos por la 5th avenue, donde el trafico se atascaba. La música de Pearl Jam me recordaba cuando  papá me enseño a tocar la guitarra con una de sus canciones, y Eric clapton no se quedaba atrás.

-¿Estás bien?-me pregunto mi amigo por enésima vez.

-Estoy de duelo, ¿Cómo crees que me siento? Los muy idiotas de los médicos me mintieron.-le replique molesta, me recosté en el asiento de tapizado gris.

-Es que, me duele también verte en esta situación, y después de todo lo que vine de una pérdida...-me dijo preocupado.-No quiero que te pase nada malo.

-¿A qué te refieres, Ethan?-le inquirí sabiendo por donde iba con eso.-¿Crees que voy a suicidarme?

-No solo eso. No quiero que te alejes de nosotros.-me dijo apenado.

-Voy a estar bien. hace dos años que vengo preparándome para ver a mi papá morir.-le mencione, mi voz se quebraba.

Y, la noche me atrapaba en mi angustia. El duelo recién empezaba