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Historia 191983 — capítulo 1
Era un día caluroso, pero la playa estaba casi desierta.
Sentada a la orilla de la costa, Andrea miraba las olas del mar que burbujeaban y dejaba que la brisa meciera su media melena rubia.
Había salido desde el interior de España de vacaciones de verano, aunque este acababa de empezar. Detrás de ella, sus dos hermanos pequeños jugaban con un balón de plástico, bajo la atenta mirada de sus padres.
Los Diggory: una pareja de magos ingleses que, como muchas, al verse bajo la amenaza del señor tenebroso habían huido de las islas británicas, buscando refugio entre muggles.
Muchos magos habían elegido la península como destino, y los españoles les habían acogido con los brazos abiertos, poniéndoles una única norma: los padres les debían ocultar a sus futuros hijos su condición, al menos hasta que fueran lo suficientemente mayores como para ir a Beauxbatons, academia de magia que les correspondía por su localización, o hasta que el niño o niña diera las primeras señales de que sería, como sus padres, un futuro mago o bruja. En España, se cuidaba mucho la imagen que se les ofrecía a los muggles, y un pequeño mago quizás no era la persona más confiable.
Ya que la norma no resultaba difícil de cumplir, en comparación con la gravedad de la situación, una cantidad considerable de magos y brujas ingleses habían acabado conviviendo con magos españoles.
Estos acostumbraban a habitar en determinados pueblos semi-mágicos, poblados en parte por muggles.
Los muggles nunca se explicaban por qué sus extravagantes vecinos sacaban a sus hijos del colegio del pueblo a la temprana edad de los diez años y los hacían desaparecer del lugar hasta bien entrado el verano, pero habían aprendido a vivir con la duda, y aceptaban a los extraños británicos como a cualquier otro habitante.
Andrea, pese a tener catorce años, desconocía la condición de sus padres, y había sentido curiosidad al enterarse de que su hermano Axel, de diez años recién cumplidos, terminaría sus estudios en un colegio francés, como algunos otros niños del pueblo.
Por eso, Andrea había martilleado a sus padres con preguntas, a los que ellos respondían con evasivas.
La razón por la que Andrea no fue en su momento al "prestigioso colegio francés" era demasiado horrible: ella, al contrario que su hermano, no había recibido a sus diez años la carta que afirmaba que formaba parte de Beauxbatons.
Lo único en lo que los Diggory se habían apoyado para mantener viva su esperanza, había ocurrido años atrás, y no era gran cosa:
Andrea había acompañado a sus padres a casa de unos muggles, cuando uno de los niños más pequeños de la familia vecina, en un arrebato de furia, se había acercado a gatas a la mesa con intención de tirar el mantel.
Andrea, quien apenas tenía siete años, advirtió a los padres del niño que no le dejaran llegar a la mesa. Ellos rieron y Andrea insistió:
— Quiere tirar el mantel, va a romper la vajilla.
— Solo quiere jugar —continuó su vecino, sin ni siquiera mirar al niño—, no viene con mala intención, es mi hijo, le conozco. Además, aún no sabe ponerse de pie, no llegará hasta aquí...
— Lo he visto, va a tirarlo — repitió ella. Pero nadie lo quiso escuchar.
Cuando el niño estuvo lo suficientemente cerca, Andrea salió corriendo y se escondió en el baño. Desde allí pudo oír el estruendo que causaron los platos y vasos al caerse.
Los Diggory convencieron a sus anonadados vecinos de que era una coincidencia, y volvieron a su casa.
Tomando aquella experiencia como la primera señal de que su hija había heredado su condición, le preguntaron por qué se había escondido. Andrea se limitó a encogerse de hombros, y como si aquello fuese lo más normal del mundo, respondió con obviedad:
— En mi sueño, los cristales me hacían daño.
Aferrándose a la idea de que el vaticinio de su hija solo podía significar que la niña era como ellos, los Diggory habían esperado pacientemente a que Andrea cumpliera sus once años, por si, en lugar de ir a la academia francesa, la niña estuviera destinada a estudiar en Hogwarts.
Pero nada, las esperanzas de sus padres se habían apagado, y tomando a Andrea por una squib, habían dejado que siguiera con su tranquila vida muggle.
— Suficiente playa por hoy —concluyó la voz de su padre a sus espaldas—, id recogiendo, nos volvemos al hotel.
A Andrea, más que un hotel, el increíblemente alto edificio en el que se alojaban le parecía una cárcel. Una cárcel con habitaciones individuales bastante acogedoras, baños limpios y buena comida, pero una cárcel. Pensando en positivo, su habitación tenía una cama enorme y una gran ventana que daba a ninguna parte.
Se desplomó en la cama, agotada. Aunque aquellas vacaciones iban a ser familiares, tan solo estaban allí ella, sus padres y sus hermanos. Y aunque su familia no era muy grande, y a la mayoría no les conocía, sí que echaba de menos a su primo. La distancia que les separaba, según Andrea, era francamente horrible, ya que se veían forzados a hablar sobre todo por carta.
Su primo, Cedric, era mayor que ella. Tendría algo más de diecisiete años. Aunque la diferencia de edad era notable, Andrea opinaba que se entendían de maravilla.
Ella admiraba a Cedric. El chico estudiaba en una escuela en Escocia, atendía a todas sus responsabilidades, sacaba notas excelentes y aún así encontraba tiempo para hacer largos viajes hasta España para estar con ella al menos unos días cada año.
A menudo, Andrea sentía miedo a olvidarse de él, y encontrarse un año hablando con un desconocido que afirmaba ser su primo.
Esa noche, medio dormida, se estremeció imaginar que le olvidaba y evocó en su mente la esbelta imagen de su primo antes de caer rendida, sonriente al recordarle. Despertó minutos después gracias a un estruendoso ruido.
Mientras se incorporaba, Andrea no sospechó en ningún momento que la imagen que vería a continuación no se le olvidaría nunca.
La silueta de Cedric Diggory se alzaba triunfante y sonriente, en medio de una nube de polvo que parecía haber originado él mismo.
Bastante lejos de allí, en algún lugar de Mallorca, Nuria Edenfall tocaba las teclas blancas y negras de su piano, casi con ternura, como si temiera romper la más valiosa obra de arte. Tocaba sin razón aparente, por aburrimiento. Las notas de la melodía inventada solo cesaban cuando Nuria se detenía a anotar un par de figuras nuevas en su cuaderno.
Y en una de las ocasiones, al callar las ruidosas cuerdas del piano, Nuria pudo escuchar, no sin algo de dificultad, a una voz desconocida hablar un inglés impoluto desde el mismísimo salón de su casa.
Ella entendía y hablaba un inglés casi perfecto, aunque con un acento extraño, ya que se había criado en España pero hablando catalán, español e irlandés a partes iguales. Sus padres, nativos de Irlanda, le habían enseñado a hablar el idioma con fluidez desde muy pequeña.
Nuria se levantó casi de un salto y pegó el oído a la puerta. Maldijo en silencio: el chico hablaba demasiado bajo.
¿Qué podrían llegar a tener en común Nuria y Andrea? Simple: el padre de Nuria y los padres de Andrea compartían el mismo secreto. No eran tan normales como aparentaban ser.
Además, Nuria tampoco había dado señales de poseer la magia que tanto trataban de ocultar los magos españoles.
Pero a su padre no le preocupaba mucho, ya que su situación era distinta: él conoció a la madre de Nuria, una muggle, en Irlanda. Cuando su relación comenzó a adquirir compromisos importantes, le explicó todo acerca de su condición, y ella pareció aceptarlo, porque, una semana después, cuando el señor Edenfall le pidió matrimonio, ella no lo dudó. Un tiempo después se casaron y decidieron pasar su luna de miel en Mallorca. Finalmente, la isla les gusto tanto que terminaron por vivir allí y formar una familia.
Ya que Nuria era mestiza, no era de extrañar que ella no hubiera adquirido la magia que le rebosaba por los poros a Marta, su hermana melliza. Ahora, Marta disfrutaba en Francia, pasando las vacaciones con sus amigas de Beauxbatons mientras ella se aburría hasta el punto de cotillear conversaciones ajenas.
La explicación de que Nuria había heredado lo muggle de su madre sería una explicación lógica si no fuese metamorfomaga. No se apreciaba demasiado, pero, aunque los cambios que su pelo frecuentaba eran leves, resultaban bastante perceptibles. Por suerte, la gente que había sido testigo de aquello, se había conformado con pensar que su pelo parecía ser de un color u otro gracias a los cambios de luz.
Después de unos instantes tratando de descifrar los susurros, la chica salió de su habitación a hurtadillas, vencida por su curiosidad. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo ver con claridad cómo un chico pelirrojo sujetaba sonriente un sobre amarillento y cómo sus padres se miraban entre ellos intercambiando miradas rebosantes de significado. Por algún motivo que no pudo entender, se le aceleró el corazón al ver aquella vieja carta.
Andrea solo conocía a otra chica en todo el pueblo que estuviera en sus mismas condiciones: Sophia Marsh, una chica de su edad, procedente de una familia inglesa y, como Andrea, no estudiaba en Beauxbatons. Sophia vivía en una gran casa, en la que además de ella convivían todos sus primos, su hermana pequeña y su abuela.
Cuando su abuelo murió, su abuela y todos sus hijos se establecieron en el pequeño pueblo en el que construyeron su casa y poco a poco retomaron sus vidas.
Casi todos los tíos de Sophia, incluidos sus propios padres habían buscado trabajo como muggles fuera del pequeño pueblo, y mientras ellos trabajaban, le habían permitido a su madre que cuidara de sus nietos. Y no eran pocos.
Pero a Marie Marsh no le suponía gran esfuerzo y disfrutaba gratamente de verles crecer todos los días. En más de una ocasión, sus hijos le habían propuesto que dejara la agotadora tarea, pero ella se había negado rotundamente, dejando relucir el hecho de que si había criado a sus cinco hijos sin tener apenas tiempo, podía criar a sus ocho nietos con todo el tiempo que tenía. Además, cuando sus nietos cumplían los diez años, dejaban la gran casa de los Marsh para irse a Francia, y eso facilitaba mucho las cosas.
Últimamente, la casa había estado más solitaria que de costumbre, ya que sólo quedaban cinco de los nietos para acompañar a Marie. Y uno de ellos era Sophia. El hecho de que ella y Andrea eran las únicas británicas de más de diez años que permanecían en el pueblo causaba gran revuelo entre los muggles. Cansadas de las preguntas que no podían responder, las dos se habían aislado un poco de todo el mundo.
Su comportamiento frente al gran misterio que caía sobre sus hombros había hecho mella en su reputación, convirtiéndolas en "las raras". Pero eso nunca les había importado demasiado, y sus familias tampoco le daban mucha importancia.
Aunque los largos inviernos resultaran eternos en casa de los Marsh, ellos esperaban pacientemente la llegada del verano, con la certeza de que pronto la casa volvería a estar rebosante de vida. Y, después de tanto tiempo esperando, por fin era verano.
Esa misma noche, el comedor había estado repleto de actividad. Cuando se sentaron todos juntos a la mesa, casi una decena de ojos verdes se miraron entre sí, observando con curiosidad todo lo que habían crecido desde el verano pasado. Sophia no podía parar de sonreír cuando su prima Ellie le comentó que el verde de sus ojos parecía estar brotando sobre el marrón con más fuerza que nunca. Esa era otra de las cosas que diferenciaban a Sophia del resto de su familia: todos los Marsh tenían los ojos verdes, desde el más grande al más pequeño de los nietos había heredado esa característica, pero en los suyos, el marrón y el verde parecían mostrarse en una pelea constante. Como si alguien tratase de retener su esencia.
Ella no lo sabía, pero sus ojos eran la mayor pista que su familia poseía para explicar por qué no había dejado surgir la magia que había dentro de ella. Porque lo llevaba dentro, en algún lugar.
Eso era lo que las unía a las tres: si Nuria fuera una simple muggle, su pelo no cambiaría a placer; si Andrea fuera una simple muggle, no habría establecido como defensa propia un presagio; si Sophia fuera una simple muggle, no habría heredado ni un ápice de aquel color verde tan característico en su familia.
Todos sabían que los Marsh tenían una sangre pura innegable, pero como en todas las familias de sangre pura, también había surgido algún que otro squib a lo largo de los años. Los pocos que había habido no tenían ni rastro de un mínimo tono verde en sus ojos. Que Sophia tuviera los ojos del color que los tenía solo podía significar que era, por lo menos en parte, como ellos. Pero eso no era suficiente para que la aceptaran en una escuela mágica.
Después de cenar, los primos intercambiaron entre ellos anécdotas sobre su año escolar, cuidando sus palabras para simular que Beauxbatons no era más que una escuela cualquiera. Los más pequeños fueron cayendo rendidos por el sueño y Marie les pidió a Ellie y a Sophia, las mayores, que les acostaran. Una vez mandaron a todos sus primos a dormir y comprobaron que todos descansaban en sus camas, también ellas se hundieron en un pesado sueño.
Sueño que fue interrumpido tiempo después por un molesto repiqueteo en la ventana de la habitación de las dos primas. Sophia se dio la vuelta y tratando de ignorar lo que imaginó que sería el sonido de la lluvia, se cubrió la cabeza con la almohada y esperó a que parase de llover tan fuerte. El repiqueteo no cesaba. Alzó la cabeza para comprobar si su prima se había despertado pero a Ellie ni un terremoto podría despertarla. A pesar de sus esfuerzos por seguir el ejemplo de su prima y dormir, no pudo: el maldito repiqueteo siguió molestando.
Al cabo de un rato, y tras darse cuenta de que lo que sonaba no era la lluvia, decidió asomarse por la ventana para gritarle unas cuantas cosas a quien quiera que fuese el desalmado que había interrumpido su sueño. Abrió la ventana y una piedrecilla golpeó su frente sin demasiada fuerza. Un pelirrojo sonriente montado sobre una escoba voladora parecía haber sido el que le había lanzado la pequeña piedra.
¿Una escoba voladora?
Automáticamente pensó que estaba soñando, y trató de volver a la cama de nuevo, cuando el pelirrojo la sorprendió hablando en inglés.
— Pensé que no abrirías nunca. Sé que es junio, pero aquí fuera hace frío, ¿sabes?
Una gran parte del pueblo procedía de Reino Unido, por lo que allí no era extraño oír hablar inglés casi tan a menudo como se oía el español. Los Marsh no eran la excepción a la regla. Tanto Sophia como sus primos sabían hablar inglés fluido y a menudo era el idioma que usaban para comunicarse entre ellos. Aún convencida de que estaba soñando, dejó que el chico saltara a la habitación, mientras Ellie seguía durmiendo, deseando saber qué pretendía decirle. Ese era uno de sus defectos: la curiosidad le ciega.