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Historia 191983 — capítulo 2

Sin apenas pensárselo, Nuria caminó hacia el salón mientras sentía como su color de pelo cambiaba de un castaño claro a uno mucho más oscuro, casi negro. Ya ni se extrañaba, era habitual. En ese momento, lo único que le importaba era que tenía muchas preguntas, y ansiaba una respuesta.

Irrumpió en la entrada como si no hubiera escuchado nada.

— Hola papá, mamá y chico que no conozco —dijo en inglés, fingiendo una sonrisa.

— Hola... —dijo el pelirrojo mientras miraba en el envés de la carta—, Nuria. Nuria Bridget Edenfall. Bonito nombre. Un segundo... ¿Eres metamorfomaga? Te está cambiando de color el pelo.

— ¿Que si soy qué? ¿De qué hablas? —preguntó alzando la voz. Entonces, se giró hacia sus padres—. ¿Quién es este?

El chico giró la cabeza y miró divertido al padre de Nuria.

— Vaya, es verdad, no sabe nada de nada, parece que es nacida de muggles.

— ¿Muggles?

— Hija —habló el señor Edenfall obviando al chico, un tanto ofendido por su descaro—, creo que Weasley tiene algo para ti.

— Prefiero simplemente George —concluyó el chico pelirrojo con una sonrisa.

— Está bien, George ¿Me puedes explicar de qué va todo esto… por favor?

Sin embargo, fue su padre quién tomó la palabra.

— Nuria... Tú sabes que no eres como las demás, ¿verdad?

— ¿A qué te refieres? ¿Me tomáis el pelo?

— No tenemos tiempo para esto. Eres una bruja, Nuria —suspiró George.

— ¿Qué? Oye, eso ofende.

— Abre la carta —sugirió, acercándosela.

Nuria la tomó sin apenas cuidado, empezaba a alterarse. La carta venía sellada con lacre rojo y en él se adivinaba un escudo. Volteó y leyó en voz alta:

— Ms. Nuria Bridget Edenfall, tercera habitación a la derecha, Mallorca.

Después de abrir la carta sin mucha paciencia, la leyó un par de veces. Hablaba sobre Hogwarts, un famoso colegio de magia y hechicería en el cual, según la carta, había sido admitida. Al final, junto a la firma del director de la escuela se informaba sobre el día en el que comenzaban las clases.

— ¿Sabes? Todo esto sería un poco menos raro si el primer día de clases no fuera el uno de septiembre de hace cuatro años —comentó con una sonrisa.

— Realmente te tenía que haber llegado hace cuatro años —le explicó su madre, que había permanecido callada hasta entonces.

— Ah claro. Sí, eso tiene más sentido. ¿Y cuando viene el carruaje tirado por unicornios que va a llevarme hasta donde quiera que esté Hogwarts?

— Siéntate, Nuria —ordenó el pelirrojo con autoridad—, esto te puede resultar algo raro... —dijo sacando una varita—. Me han dado permiso para enseñarte un poco cómo funcionan las cosas por aquí.

Dicho eso, agitó la varita y murmuró un conjuro que Nuria no pudo entender. Al instante el vaso lleno de agua que sujetaba la señora Edenfall empezó a levitar. Nuria, maravillada, dedicó los siguientes segundos a buscar una cuerda, un hilo o cualquier cosa de la que prendiese el vaso. Pero nada.

— Haz algo más —ordenó estupefacta. El chico pelirrojo obedeció, y aquella vez decidió trasformar el vaso en un pequeño patito de goma.

Apenas tuvo tiempo para plantearse los cambios que ese descubrimiento podría aportar a su monótona vida.


— Fred Weasley, para servirte —saludó haciendo una exagerada reverencia una vez hubo saltado la ventana.

— Sophia Marsh, un placer —respondió, imitándole—. ¿A qué se debe esta inesperada visita, Weasley?

Él se limitó a reírse.

— Creo que será más fácil de explicar si vamos al grano. Necesito un vaso… ¿Tienes uno?

— Aquí no. ¿Para qué quieres un vaso?

— Me han dicho que tiene que ser un vaso aunque... Creo que… —comentó mientras blandía una varita que había sacado de su bolsillo.

— ¿Quién te ha dicho que necesitas un...?

—¡Wingardium leviosa!

El marco de fotos que decoraba la mesita de noche de Sophia echó a volar. Y lo hizo, durante un breve instante.

Un rato después, los dos chicos y Ellie, la prima de Sophia, estaban hablando con su abuela en la sala de estar de la planta de abajo. 

— ¿Y por qué tú, Weasley? —preguntó Marie Marsh. Fred había decidido darle la carta a ella, y la mujer parecía haber comprendido mucho mejor el motivo por el que aquel chico había aparecido por su casa.

— Bueno, eh... Digamos que es una especie de... Castigo —trató de explicar Fred torpemente—. Mejor no me pregunte el motivo, le aseguro que no lo entendería.

Ellie y Sophia escuchaban atentamente la conversación desde uno de los sofás grises de la sala sin decir ni una palabra.

Les había costado conseguir que todos los demás niños se durmieran de nuevo y obviaran al chico que había entrado por la ventana. Seguramente sus primos ya habrían convocado algo similar a una reunión en el salón de la planta de arriba, discutiendo sobre sus teorías. Y Fred estaba tan tranquilo. Como si eso pasara todos los días.

Sophia estaba segura de que cuando Fred se fuera, las riñas caerían sobre ella. Había sido una inconsciente al dejar entrar a alguien a su casa a aquellas horas de la noche, pero, ¿quién en su sano juicio habría pensado que la gente podía volar en escobas?

Fred Weasley no parecía tener mucha idea de dónde se había metido, y ellas dos, esperaban el momento en el que su abuela explotara y le regañara por su falta de respeto, como habría hecho con cualquiera de sus nietos. Pero no lo hizo. Se limitó a soltar un bufido cansado.

— Weasley tenías que ser —sonrió su abuela, mirando la carta que tenía entre sus manos—. Conozco a tu familia, chico, ten cuidado con lo que dices delante de mí. Siéntate, anda. Menos mal que traes buenas noticias...

El pelirrojo por toda respuesta asintió con la cabeza y tragó saliva mientras se sentaba al lado de las dos primas. La chica le miró buscando respuestas, pero él no pudo decirle nada. Aunque se moría por preguntarle a su abuela todo lo que se le pasaba por la cabeza, no lo hizo, sabía que no era el momento. Si se lo decía después, las respuestas serían más elaboradas. Más ciertas.

 Marie Marsh se sentó en un sillón de cuadros grises y blancos que parecía reservado sólo para ella, y comenzó con su interrogatorio.

— ¿Por qué no vinieron las cartas en lechuza, como es habitual? —Fred se encogió de hombros.

— Supongo que porque tenía que venir alguien a explicar la situación.

— ¿Cuántas más se han retrasado como la de mi nieta? Porque imagino que no ha sido solo una. ¿Me equivoco?

— En absoluto. Mi hermano ha tenido que entregar otra, y si no recuerdo mal, hay otro caso. Tres cartas en total.

— Abuela... —interrumpió Sophia, impaciente—. ¿Me voy a Francia?

— Mejor aún. Te vas a Inglaterra.

Ellie dejó escapar una exclamación, y automáticamente después, se tapó la boca con las dos manos.

— Me tengo que ir —informó Fred tras un breve silencio, mirando el reloj de la sala—. Volveré mañana a mediodía. Iremos al Callejón Diagón a comprar lo que necesites y los libros para el nuevo curso. Además, Dumbledore me mandó darte clases, para ponerte al día. Pero para eso usaremos mis libros viejos.

— ¿Ponerme al día? Creo que no me hace falta, aquí por lo menos llevo bastante bien lo que respecta al colegio.

Fred se limitó a sonreír. Se despidió con la mano a la vez de se encaminaba hacia la puerta. Y una vez fuera, volvió a alzar el vuelo en su vieja escoba.


— Cuanto tiempo, prima —Andrea abrió mucho los ojos, atónita.

— Me he vuelto loca —dijo más para sí misma que para Cedric.

Sus hermanos, que habían estado durmiendo en la habitación contigua, entraron corriendo al oír el estruendo. Parecían saber lo que el ruido significaba.

Axel se encargó personalmente de terminar de despertar a Andrea, mientras Anne corría a saludar a Cedric.

— ¡Cedric! —chilló su hermana menor, abrazando a su primo con fuerza—. ¿Qué tal en Hogwarts?

Él alzó en brazos a la niña y, sonriente, le revolvió el pelo. Anne se enganchó a él rápidamente, y le abrazó con más fuerza. Axel bajó de un salto de la cama de Andrea, y se acercó del mismo modo a su primo, visiblemente contento.

— Muy bien, gracias por preguntar. ¿Sabéis qué? Traigo algo para vosotros dos.

Con tan solo oír sus palabras, a los dos niños se les iluminaron los ojos. Cedric les entregó un par de paquetes pentagonales idénticos y cuando los abrieron, una pareja de ranas de chocolate saltaron por la habitación. Los dos niños empezaron a correr tras las ranas, tratando de atraparlas, ante la mirada de Andrea, que no podía creer lo que veía.

— También tengo algo para ti, Drea —comentó sonriente mientras le tendía un sobre amarillento—. Este año vamos a estar más cerca que nunca.

— ¿Qué es este escándalo? Nos van a regañar los del hotel...—dijo la señora Diggory irrumpiendo en el dormitorio seguida por un soñoliento señor Diggory. Cuando vio a su sobrino en medio de la habitación, su enfado pareció desvanecerse por completo—. ¡Cedric! ¿Cuándo has...?

— Traigo buenas noticias —comentó señalando la carta que Andrea examinaba con curiosidad.

Cedric vio a su tía Amie sonreír como nunca antes. Más tarde, entre todos trataron de explicarle a Andrea el contenido de la carta.

— Y aquí tienes los libros de primero. Puedes ir leyéndolos si quieres —dijo mientras le cedía una mochila negra—. Mañana temprano empezaremos con los encantamientos más sencillos... Por cierto, creo que lo mejor será que te vengas un par de meses con nosotros a Londres. Si quieres, claro.

Andrea escuchaba atónita todo lo que decían, sin atreverse a intervenir mucho. ¿Encantamientos? ¿Esa era la escusa que se le había ocurrido a su primo para que sus padres la dejaran ir a Londres con él?

— Si quiero no, si me dejan —comentó mirando a sus padres. Aún esperaba que alguien admitiera que todo era una broma, pero hasta la pequeña Anne parecía enterada de todo. Estaba bien armado. De todas maneras, fuera broma o no, toda excusa era buena para pasar las vacaciones con su primo en Londres. 

— Amie, si no la dejamos, obligaríamos a Cedric a venir hasta aquí todos los días. Podría quedarse, le pagaríamos una habitación en el hotel, pero los muggles podrían enterarse de que estamos...—comenzó el padre de Andrea.

— Te irás hoy mismo —concluyó su madre, horrorizada por la idea—. Cedric, quédate a cenar mientras Andrea hace las maletas. Creo que podemos preparar un traslador que vaya a tu casa mientras cenas.

— Axel, Anne, bajad con vuestro primo y le enseñáis dónde está el comedor del hotel. Podéis cenar algo vosotros también, si es que tenéis hambre —ordenó su padre.

— ¡Y subidme un paquete de galletas! —gritó Andrea mientras se iban.