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Historia 191983 — capítulo 3
— ¿Esto es Londres? —preguntó intentando no parecer decepcionada mientras observaba la casa en la que se iba a alojar durante los siguientes meses.
Una casa de dos pisos, de madera. Algo pequeña para su gusto. No demasiado peculiar, una cabaña cualquiera. Simple, minimalista... Pero bonita, al fin y al cabo.
Jamás pensó que la casa en la que los Diggory vivían podría estar en pleno corazón del bosque.
— No exactamente. Pero está a media hora de Londres. Tendrás que admitir que está mucho más cerca que tu casa ¿no? —dijo mientras entraban—. Además, si pretendo enseñarte a hacer magia es mucho más seguro hacerlo donde no hay muggles.
Cuando su primo abrió la puerta, Andrea observó con lentitud todos los detalles de la casa. Le resultaba deplorable que nunca hubiera estado en la casa de sus tíos. Siempre que iban por navidad o alguna festividad similar, quedaban en algún lugar curioso de por allí. De todas formas, pensó, apenas habrían cabido en la casa. Axel y Anne eran demasiado revoltosos como para estar encerrados en un lugar tan pequeño por mucho tiempo.
No era demasiado espaciosa, solo lo suficiente como para que vivieran una pareja y su hijo. Y quizás su sobrina. Al ser tan pequeña, resultaba una casa cálida.
El minimalismo con el que estaba construida no tenía nada que ver con los muebles que la adornaban: eran de lo más pintorescos. Y de la cocina emanaba un delicioso olor a comida que invitaba a entrar.
Una figura femenina salió de allí, moviendo exageradamente las caderas.
— ¿Cedric, eres tú? ¿Has traído al final a tu prima? Más te vale que sí, porque tiene preparada la habitación y he cocinado también para ella... —la mujer seguía hablando estrepitosamente mientras iba hacia la sala de estar, parloteando sobre toda la comida que había preparado.
— Sí mamá, Andrea está aquí, conmigo.
— ¡Drea, cariño! —dijo una vez hubo entrado en la pequeña sala, forzando demasiado la voz—. ¡Cuánto tiempo! Has crecido un montón ¡Hasta estás más rubia! Aunque eso quizás sea del verano... ¡No importa! Te sienta genial. También estás más morena de lo que te recordaba. Me refiero, de piel. Tú has tenido que estar por la playa. ¿Verdad? ¡Por Merlín, Amos, mira qué alta está! ¿Hace cuánto que no nos vemos?
— Desde navidad —respondió Andrea rápidamente. Con su tía todo funcionaba así. Si querías hablar, más te valía ser rápido o te sería imposible.
A Pauline Diggory le encantaba hablar. Era una mujer espontánea e impulsiva y normalmente no se pensaba dos veces las cosas antes de decirlas. En aquello se parecía bastante a Andrea, aunque en realidad no compartían ni una gota de sangre.
Todo en ella era extraordinario: desde su extravagante y voluminoso pelo rubio hasta sus brillantes y alegres ojos grises. A pesar de todo, Pauline desbordaba cariño.
— ¡Desde navidad! Tienes que contármelo todo ¿Qué tal están tus padres? ¿Y Anne? ¿Sigue Axel jugando al Quidditch? Por cierto ¿le gustaron las galletas que le mandé para su cumpleaños? No sé si lo notaste, pero eran ligeramente distintas a las del año pasado, no llevaban tanta masa, probé a hacerlas más finas, pero no estoy segura de si...
— ¡Pauline vas a agobiar a la pobre chica! —se quejó una voz grave desde la cocina.
— Solo le estoy hablando de mis galletas, Amos, no creo que eso le agobie ¿verdad que no, querida?
Andrea luchaba por reprimir una carcajada.
— En absoluto.
— Al final sí vienen, Sophia —informó su abuela mientras desayunaban—. También vienen tío Julian y tía Isabelle. Y quizás tía Shannon, pero me ha dicho que no está segura, tiene que hablarlo con su jefe esta tarde.
En la mesa de la gran cocina estaban reunidas Marie Marsh y cuatro de sus cinco nietas. Las mayores. Todos los demás estaban aún dormidos.
— ¿Y mis padres? —preguntó Maddison, una de las primas de Sophia.
— A tus padres les ha surgido una reunión, Maddie. Los de Jack y Christian tampoco vienen, tendría que decírselo cuando se despierten.
Ellie suspiró, y mordió con aburrimiento su tostada. Otro fin de semana que sus padres no venían.
A su lado, Sophia se revolvió, incómoda. No era ningún misterio que todos en la familia vivían constantemente ocupados. Les había costado esfuerzo conseguir puestos de trabajo relacionados con el mundo al que pertenecían, y ahora tenían muchas más cosas que hacer que cuando mantenían sus empleos muggles.
— Son cinco de nueve, Ellie. Cada día vienen más, ya sabes todo lo que tienen que hacer... Además hoy viene también Fred. ¿A qué hora creéis vendrá?
— Teniendo en cuenta que la diferencia horaria entre Reino Unido y España es de una hora, tendría que venir a las once, más o menos, ¿no? —respondió Maddie, revolviéndose el pelo.
Maddison y Sophia compartían el mismo pelo castaño oscuro, rizado y rebelde. Seguramente se parecerían más de no ser por los dos años de diferencia que las separaban y porque Maddie había salido a su padre, Mitchell Low. A Maddison era a la que más le molestaba que sus padres no pudieran pasar todos los días con ella. Era una chica muy cariñosa, y solía refugiarse de todo pasando mucho tiempo con su abuela.
— Si Fred dijo que volvería aquí hoy, no creo que haya vuelto a su casa, habrá tenido que salir del pueblo para buscar un sitio donde dormir. No tiene edad para aparecerse —discutió Ellie.
Ella, al contrario que su hermana, que era algo morena, era muy pálida, ya que se parecía más a su madre, Jacklyn Marsh.
Solía llevar su melena color miel recogida en una coleta alta, pero en esa ocasión la había dejado libre, y los mechones lisos le caían por los hombros. Era una chica tranquila, pero le encantaba discutir. Fuera lo que fuese lo que estabas diciendo, seguro que ella tenía algo que decir al respecto.
Eso no solía agradarle mucho a la gente, pero Sophia sabía que no lo hacía con mala intención y adoraba tener largas conversaciones con ella discutiendo cosas tan simples como los motivos por los que la merienda era la mejor comida del día.
Maddie por su parte era más reacia a discutir, pero era un tanto mandona. Debido a eso mismo, las dos chocaban bastante. Tanto ella como Sue, la hermana de Sophia solían ser las que planeaban y guiaban los juegos de los más pequeños.
En definitiva, Ellie y Maddie no se parecían en nada. Apenas parecían hermanas. Todas terminaron de desayunar mientras debatían la hora en la que llegaría Fred.
Después, cada una tomó su camino. Sophia decidió pasar la mañana en el salón del piso de arriba, leyendo por encima los libros que había cogido de la mochila de su hermana. Aunque estaban en francés, estaba orgullosa de decir que se desenvolvía bastante bien.
— Por cierto, Sophia —dijo su abuela acercándose al rincón en el que la chica estaba leyendo—. Se me olvidó decirte que esta noche tendrás que acompañar a tus padres a una cena con unos amigos suyos. Tienen un hijo que va a Hogwarts, creen que estaría bien que lo conocieras.
Los Edenfall y George Weasley se aparecieron entre la multitud.
Nada más llegar, Nuria casi cae al suelo, mareada. George, sin embargo, parecía estar más que acostumbrado.
El pelirrojo había dormido esa noche en la habitación de invitados de la casa de los Edenfall, y habían decidido pasar la mañana comprando los útiles para Nuria.
— Señoras y señores, el callejón Diagón —dijo George sonriente—. ¿Os parece bien si nos separamos para ir a por las cosas?
— Perfecto. Este año han llegado pronto las listas de los libros, hay un montón de gente aquí. George, tú puedes ir con Nuria a por los libros y plumas. Nosotros iremos a por los calderos, ¿vale?
Los chicos asintieron y, después de entregarles algunos galeones, el señor Edenfall se perdió entre la multitud junto a su mujer.
Nuria se sentía más viva que nunca. Entre todos esos magos parecía estar su lugar. George lo notó y sonrió.
Su pelo estaba volviéndose de color morado, y ella apenas parecía notarlo. Parecía más interesada en el callejón en sí. Lo que el chico no sabía era que su pelo nunca había cambiado de manera tan drástica.
George empezó a caminar en silencio, sonriente, y Nuria le siguió cerca, cuidando no perderse.
A las doce menos cuarto justas, sonó la puerta. Una pequeña elfina doméstica abrió a Fred. Vestía un trapo blanco, impoluto, algo poco común entre los elfos, atado al cuello con una cuerda.
La elfina, que había pasado gran parte de su vida haciendo su trabajo cuando nadie la veía, se sentía casi incómoda. Ahora, solo se tenía que esconder de los dos nietos más pequeños y todavía se estaba adaptando.
Sophia se había extrañado al conocer a la extraña criatura, y aún se estaba acostumbrando a la presencia de la peculiar elfina.
— Cosfy, deja pasar al señor Weasley —ordenó Marie.
Cosfy se movió torpemente. Dejando pasar a Fred.
Marie guió al chico por las escaleras, hasta el salón de la segunda planta, en el que solían estar los niños, ya que ese salón daba a sus cuatro habitaciones, en las que dormían de dos en dos. En cuanto oyeron el ruido de las pisadas, corrieron hacia la planta más alta, entre risas. Para cuando Fred y Marie se presentaron en la sala, solo estaban allí Sophia y Ellie.
Sophia se levantó del sofá en el que estaba sentada, preparada para salir y Ellie se levantó también a saludar a Fred, y se fue con la escusa de ver qué tramaban los demás.
Los tres se dirigieron hacia la chimenea. Marie les acercó un saquito de terciopelo azul.
— Fred, sabes usar los polvos flu, ¿no?
— Claro.
— Bien, aquí tienes —Marie le tendió el saquito y él cogió un puñado de polvo verdoso. Entró en la chimenea y carraspeó.
— ¡Callejón Diagón! —exclamó Fred, alto y claro.
Al tirar el polvo al suelo, desapareció. Sophia observaba atónita la chimenea.
— Tu turno. Mucho cuidado con perder un solo galeón, ¿entendido? Llevas el dinero en el bolsillo de la capa, así que no te la dejes por ahí. Venga, vamos —dijo su abuela, empujándola hasta la chimenea —Supongo que ya sabrás hacerlo ¿no?
Sophia cogió un puñado del polvo verde y, tratando de imitar a Fred, dijo fingiendo seguridad:
— ¡Callejón Diagón!
Una nube de polvo la envolvió entera, pero pudo escuchar como su abuela le deseaba buena suerte. Cerró los ojos, y cuando los abrió, se encontraba en otra chimenea, en otra casa. Una completamente vacía.
Desde allí se escuchaba el ajetreo del callejón. Sophia buscó la puerta, y salió de allí lo más rápido que pudo, completamente desconcertada. Había una cantidad increíble de gente. ¿Dónde diablos había ido Fred?
Empezó a caminar entre la multitud, mirando a todas partes con curiosidad, fingiendo saber hacia dónde iba. Pero no tenía ni la más remota idea. Al cabo de un tiempo, cuando se empezaba a cansar de andar sin rumbo fijo, le pareció ver a un pelirrojo unos metros más allá, cerca de una tienda que parecía de mascotas. Por fin.
Sophia empezó a correr hacía donde estaba Fred, pegando y recibiendo codazos a diestro y siniestro. Entonces, chocó con un chico y cayeron para atrás.
— ¡Mira por dónde vas, por Merlín! —gritó el chico desde el suelo.
— ¡Mira tú! —respondió Sophia, mientras se levantaba y se sacudía el polvo.
Un chico rubio la miraba desde el suelo con arrogancia. Sabía que si estaba en el suelo había sido por su culpa, y si su abuela hubiera estado allí la habría regañado por ser tan brusca y andar corriendo de aquella manera por la calle. Por eso, le tendió la mano. Y sorprendentemente, él la aceptó.
Una vez de pie, el chico se marchó susurrando maldiciones, con la cabeza bien alta. En otras circunstancias, Sophia quizás se habría vuelto y le habría respondido a sus maldiciones.
Pero necesitaba encontrar a Fred, por encima de cualquier otra cosa.
Quizás si no hubiera estado tan pendiente de Fred Weasley, se habría dado cuenta de lo familiar que le resultaba aquel chico rubio.
Continuó su camino hacia él, esta vez sin correr, culpándose por perder las formas y dar ese espectáculo. De seguro, todo el mundo se habría fijado en ella.
— Te voy a matar, Weasley. No sabes el tiempo que llevo buscándote. ¿Mientras yo estaba perdida por ahí tú admirabas el escaparate de una tienda de mascotas? Bueno, vayámonos, que no tenemos apenas tiempo.
— ¿Qué? —preguntó divertido.
— ¿Cómo que qué? Mejor déjate de bromas, ya nos hemos retrasado bastante.
— ¿Sabes? Yo creo que siempre hay tiempo para una broma —dijo una voz detrás de ella, obligándola a girarse bruscamente, para encontrarse con una figura idéntica a la del chico con el que estaba hablando.
Sophia volvió a girarse un par de veces, para comprobar que efectivamente eran dos.
— Vosotros... —susurró confundida—. ¿Sois dos? ¿Sois gemelos?
— Y tú eres Sophia Marsh, ¿no es así? —preguntó uno de los dos rascándose la nuca.
Entonces, salió de la tienda una chica con el pelo lila. Cargaba una jaula con una gatita blanca y negra dentro.
— ¿Te gusta, George?
El chico que acababa de hablar asintió. Sophia miró de nuevo el pelo de la chica, y se dio cuenta de que empezaba a cambiar de nuevo, volviéndose más intenso. En su cabeza, se volvió a repetir lo rara que era la gente por allí. Y ahora ella era parte de eso.
—Por cierto Nuria, estos son Sophia y Fred, mi hermano.
—Por cierto Sophia, ellos son Nuria y George, mi hermano —dijo Fred imitándole.
— Un placer —dijo Nuria extendiendo el brazo a Sophia mientras hacía malabares con la jaula de la gata.
—Igualmente —respondió Sophia sonriente.
—Será mejor que sigamos juntos —apuntó Fred.
Los cuatro comenzaron a caminar a paso ligero, Fred y George delante y las dos chicas detrás.
Nuria y Sophia parecieron comprender que, lo poco que habían compartido con ellos, habían estado incompletos. Ahora que podían ver a los dos juntos, a los gemelos Weasley y no a la mitad, apreciaban la diferencia. Incluso se llegaron a preguntar si los dos chicos habrían planeado todo aquello o había sido algo casual.
—Y yo que pensaba que iba a ser difícil soportar solo a uno —bromeó Sophia.