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Historia 191983 — capítulo 4
Una chica rubia entró a la tienda seguida de su tía y su primo, aunque el lugar estaba aparentemente vacío. Las paredes de todo el establecimiento estaban cubiertas de estanterías repletas de cajas alargadas.
— ¿Hola? —preguntó su tía.
— Buenas tardes, señora Diggory —la voz de un extraño mago se escuchó desde lo alto de una escalera que llegaba hasta la parte más alta de las estanterías. El mago, que debía ser el vendedor de la tienda, bajó lentamente de la escalera para atender a sus nuevos clientes—. ¿En qué puedo ayudarles?
— Ah, Ollivander, venimos a por una varita para mi sobrina —le informó Pauline.
— Uhm… Una nueva Diggory, ¿no? Recuerdo todas las varitas que he vendido, y las de vuestra familia, son increíblemente útiles para las transformaciones —dijo él, pensativo—. Sí, bien, empecemos. Señorita Diggory... ¿Con qué brazo coges la varita?
— Con la derecha.
— Bien... Extiende el brazo —dijo sacando una pequeña cinta métrica.
Drea extendió el brazo en silencio y Ollivander empezó a medirlo del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. La chica, que creía que le darían una varita cualquiera, estaba un tanto confundida. Cuando acabó de medir, Ollivander empezó a sacar cajas de las estanterías
— Bien, señorita Diggory...
— Andrea. Puede llamarme Andrea —corrigió ella sonriente.
— Bien, Andrea —repitió Ollivander, devolviéndole la sonrisa—. Prueba esta: Madera de abeto, nervios de corazón de dragón, veintisiete centímetros. Bastante rígida.
Andrea cogió la varita y, sin saber muy bien lo que tenía que hacer con ella, la agitó con fuerza. Después de probar, Ollivander se la quitó y le cedió otra. Y así sucesivamente, mientras su primo y su tía observaban aburridos como probaba infinidad de varitas.
La señora Diggory llevaba tanto tiempo sin hablar que parecía que iba a explotar. Movía la pierna de forma nerviosa y traqueteaba con los dedos en el mostrador de la tienda. Al ver pasar a una amiga suya, en el auge de la desesperación, salió de la tienda con Cedric, diciéndole a Andrea que la esperarían fuera.
Aún desde el exterior, su primo le echaba una ojeada de vez en cuando por la ventana, atento por si su prima encontraba por fin la varita adecuada. En una ocasión, Andrea se fijó en una caja distinta a las demás. Mientras que todas las cajas eran de madera rojiza y estaban perfectamente pulidas, esta era bastante más espaciosa, de un color mucho más claro y parecía bastante deteriorada. Además, presentaba algunos adornos tallados en los laterales.
— ¿En esa caja también hay una varita? —preguntó señalándola desde la silla.
— ¿Qué caja? Ah, sí, una varita. Aunque no siempre hubo una, pero ahora solo queda esa. Podríamos probarla... Aunque no creo que... O quizás sí... —Ollivander se acercó a la estantería y sacó la última varita de la caja.
Tenía el mango compuesto por unas enredaderas talladas en la madera con pequeñas pintas plateadas entre las hojas, simulando rocío.
— Madera de fresno, veintinueve centímetros y muy poco flexible —Andrea cogió la varita y un escalofrío recorrió su espalda de arriba a abajo. La agitó con suavidad y un torbellino de chispas plateadas subieron hasta el techo y cayeron desde allí con parsimonia, moviéndose de un lado a otro, como si fueran las hojas de un árbol en otoño.
La chica mirabas las chispas desaparecer impresionada. Notó como Cedric sonreía orgulloso desde fuera y la felicitó con una radiante sonrisa.
— ¡Oh, genial! Bien, bien, bien... Aunque es curioso... Sí, realmente curioso...
— ¿Por qué es curioso? —preguntó Andrea, aún impresionada.
Ollivander se llevó la varita detrás del mostrador y, mientras la devolvía a la caja, comenzó a hablar:
— Tengo esa caja en la estantería desde hace tanto tiempo que recuerdo verla cuando era pequeño y mi padre era el que atendía en esta tienda. Y es curioso, porque aunque esas varitas llevan conmigo tanto tiempo, las he vendido las tres esta misma semana. Esas varitas no las habíamos fabricado nosotros, ni siquiera recuerdo cómo llegaron hasta aquí. Su núcleo no es ninguno de los usuales. Parece ser el secreto mejor guardado. Nadie sabe cuál es, o al menos, nadie que yo conozca —suspiró—. A esas varitas se las conocía como el Trío de Plata, porque quién las fabricó añadió en todas alguna incrustaciones de plata... como su firma personal. Hay quien afirma que el creador de estas tres varitas era de la casa Ravenclaw y las creó con la intención de representar en cada una las demás casas de Hogwarts.
—¿Y cuál se supone que es la mía?
— La de Slytherin no es, esa se distingue a simple vista, porque tiene enrollada en el mango una serpiente, que tiene en la boca una pequeña piedra plateada. La de Hufflepuff se supone que tiene grabada la huella de un tejón, en honor al animal de la casa, y el mango de la de Gryffindor está cubierto de runas antiguas. Mi padre decía que cada runa expresa una característica de la casa, pero yo nunca fui muy bueno con las runas.
Ollivander le entregó su varita. Andrea buscó por un rato tratando de averiguar cuál sería la suya. Aunque ya lo sospechaba. Ahí estaba: la huella del supuesto tejón.
— Tiene tallada la huella. ¿Eso significa que quedaré en Hufflepuff?
— No tiene por qué —respondió—. Yo personalmente no creería demasiado en esa leyenda. Son siete galeones.
Andrea rebuscó en su bolsillo y le entregó a Ollivander las monedas. Se despidió y salió por la puerta, dispuesta a ir a su siguiente parada.
Su padre llamó un par de veces a la gran puerta de madera oscura. Sin embargo, nadie fue a abrir, fue la propia puerta la que se apartó para ellos, dejando ver la entrada de la mansión pobremente iluminada.
Las paredes, de un color morado oscuro que contribuía a la sensación de falta de luz, estaban cubiertas de cuadros cuyos personajes saludaban y se movían con suma elegancia.
Sophia se dedicó a examinar las pinturas hasta que un hombre rubio y un pequeño elfo doméstico llegaron a recibirlos.
— Stephen, Helen, bienvenidos —dijo a modo de saludo mientras se daban la mano y el elfo recogía las capas.
A pesar de ser verano, era de noche y hacía algo de frío fuera, por lo que habían optado por llevar unas finas capas con ellos. Por descontado, Sophia se sentía como en una fiesta de disfraces.
Había tenido que renovar su armario casi por completo. Aún así, había mantenido en él sus prendas muggles favoritas, para usarlas por el pueblo sin llamar la atención. Le costaba creer que las cosas iban a ser tan distintas.
— Y tú debes ser Sophia Marsh, ¿me equivoco? He oído hablar mucho sobre ti —le dijo el mago rubio—. Lucius Malfoy, un placer.
A Sophia le pareció un hombre que sabía lo que hacía, y gracias a eso ahora parecía ser muy poderoso. El tamaño de su casa lo hacía notar. Se planteó por un instante lo solitaria que la gran mansión debía resultar. Ella también tenía una casa grande, pero era lógico que la tuviera. Su familia entera vivía allí, en verano, muchas veces llegaban a ser casi veinte bajo un mismo techo, si no hubiera tenido unas dimensiones considerables, se habrían ahogado.
En cambio, en la mansión Malfoy sólo vivían tres personas, y era el triple de grande que su casa.
De todas las maneras, pensó que aunque para elegir casa había preferido la apariencia antes que la utilidad, tenía buen ojo a la hora de escoger a sus compañeros. Un buen ejemplo de ello era su propio padre. Él era un buen aliado. Además de tener un alto rango en el Ministerio de Magia, ser amigo de un Marsh te garantizaba serlo del resto. Y todos y cada uno de los Marsh eran considerados contactos poderosos.
Claro que, si le fallabas a uno, podías olvidarte de los demás.
— Igualmente.
— Pasad, la cena está casi lista.
El salón resultaba acogedor, en comparación con lo que había visto anteriormente de la mansión. Se dividía en dos selecciones: el salón propiamente dicho, que quedaba a la izquierda y el comedor, a la derecha. Frente a la puerta y a modo de transición, una enorme chimenea permanecía impecable, sin una sola mota de polvo.
Aún en el salón, las paredes moradas estaban cubiertas por retratos. Los cuatro caminaron hacia la mesa, en la que ya estaban sentados otro par de rubios, una mujer y un chico de aproximadamente la edad de Sophia. Un chico que ella ya había visto con anterioridad, y al que esa vez reconoció.
— Narcissa, cuánto tiempo —saludó Helen—. Draco ha crecido un montón.
— Sophia sí que ha crecido, no la veo desde que tenía apenas diez años —apuntó Narcissa sonriente mientras observaba a Sophia sin disimulo alguno—. Y pensar que creíamos que era squib. Me alegro de que todo haya quedado en una... confusión.
Narcissa acompañó su comentario de una sonrisa que denotaba su felicidad, y la señora Marsh no pudo hacer otra cosa que sonreír también. Se palpaba la tensión en la sala. Por suerte, el elfo comenzó a servir la cena. El chico, no dijo ni una palabra, cosa que Sophia agradeció. No sabía si hubiera podido mantener la boca cerrada.
— ¿Estás nerviosa por empezar en Hogwarts? —le preguntó Narcissa, amablemente.
— A decir verdad, bastante.
— Oh, no te preocupes, Draco también estaba muy nervioso a la hora de comenzar su primer año. Pero no tenía por qué preocuparse, lo lleva en la sangre, al igual que tú.
Sophia se había fijado en él. Era el mismo rubio de mirada arrogante con el que se había chocado en el Callejón Diagón. Además de aquel encuentro sorpresivo, no era la primera, ni siquiera la segunda vez que Sophia veía a Draco.
Tiempo atrás, cuando eran muy pequeños, Draco y ella habían sido grandes amigos. Su amistad terminó repentinamente, cuando todos creyeron que Sophia era muggle, y sus padres le tuvieron que ocultar aquel mundo. A decir verdad, Sophia nunca se había preguntado cómo hacían los Malfoy para aparecer con tanta regularidad en casa de los Marsh, a pesar de la distancia.
Intentó olvidar todo aquello, y se preguntó a qué venía lo de la sangre. Lo primero que se le vino a la cabeza es que podrían llegar a ser parientes, pero lo descartó enseguida.
A lo que se refería Narcissa era a la pureza de sangre. Un tema del que Sophia había oído hablar demasiado para llevar poco tiempo en aquella disparatada realidad. Un tema que además le ofrecía sentimientos contradictorios: por una parte, no podía evitar sentirse superior y especial, ya que incluso entre los magos destacaba por algo, pero tampoco estaba muy a favor de ese odio hacia los que no tenían la sangre pura como ellos.
Tenía claro que si en realidad hubiera sido squib, los Malfoy no se habrían molestado ni en conocerla para juzgarla.
Una vez terminada la cena, mandaron a Draco y a Sophia al jardín, poniendo como excusa que tenían que hablar de negocios.
— Así que tú carta ha llegado con un poco de retraso, ¿no? —comentó Draco en un tono que pretendía ser agradable, tratando de entablar conversación. Al parecer, había decidido hacer como que no recordaba haberse chocado con ella en el Callejón Diagón. O quizás arrollaba a tanta gente a diario que ni la recordaba.
— Eso parece.
— Dumbledore siempre se ha preocupado más por hacerles llegar las cartas a los sangre sucia que a nosotros.
Sophia se sentía fuera de lugar. Apenas había entendido algo de lo que había dicho el chico. Solo que un tal Dumbledore había sido el culpable de que ella hubiera obviado la existencia del mundo al que pertenecía por cuatro largos años. Estaba segura de haber oído ese nombre en alguna ocasión, pero no recordaba dónde.
— ¿Quién es Dumbledore?
— A esto es justo a lo que me refiero .Es ridículo que tú teniendo la sangre tan pura como la mía hables como un muggle cualquiera. Y todo por su culpa. Por suerte, me tienes a mí para explicarte cosas como que Dumbledore es, por desgracia, el director de Hogwarts.
Sophia no respondió, se había quedado muda. ¿Por qué el director de un colegio tan prestigioso permitía que tres cartas se quedaran sin mandar? ¿Cómo había podido consentir que tres posibles alumnos se quedaran en sus casas, desconociendo su verdadera condición?
— Necesitarás algún amigo en Hogwarts —dijo Draco rompiendo el atronador silencio.
— Solo eres el hijo de los amigos de mis padres, no eres mi amigo.
Él tan solo esbozó una sonrisa ladina.
— Hazme caso a mí, sé de lo que hablo —suspiró—. Eres la hija de los amigos de mis padres, está claro que nos obligarán a ser amigos. O a fingir que lo somos, si lo prefieres.
Draco dejo escapar una sonrisa cansada, y Sophia se paró a pensar cuántos falsos amigos tendría que soportar Draco cada día. Le devolvió la sonrisa y suspiró ella también, mirando al suelo. Le esperaba una vida como la de ese chico rubio, llena de compromisos y amistades por conveniencia. Aunque quizás pudiera sacar algo de partido a todo eso.
A lo largo del verano, Sophia acudió a infinidad de cenas con contactos y amigos de su familia, a los que no había visto nunca, por el mero hecho de hacerse conocer, y de desmentir el rumor que decía que la hija mayor de Stephen y Helen Marsh era una squib.
Eso redujo bastante su tiempo de estudio, y Fred y ella tuvieron que dar todavía más rápido todos los temarios. Por suerte, Sophia aprendía rápido, y el haber estado expuesta a la magia había resultado más útil de lo que parecía en un principio. En su familia no eran tontos, y se habían ocupado personalmente de que los niños conociesen el mundo al cual pertenecían de manera subliminal, como a través de cuentos y leyendas que les habían relatado un centenar de veces para ayudarles a dormir.
Por su parte, Cedric y Andrea avanzaban también a una velocidad inmensurable: mientras que, según lo previsto les debería faltar tiempo para acabar, a ellos les sobraba. Aunque estaban gran parte del día practicando hechizos y pociones, estudiando historia de la magia y demás, las pausas para comentar lo estudiado o cualquier tontería abundaban tanto que ninguno de los dos entendían como iban tan bien de tiempo.
A Andrea tampoco le hacía falta mucho trabajo para aprender, y pronto acabó acostumbrándose al nuevo modo de vida. Que la mesa se pusiera sola, los apuntes volaran y los retratos se movieran le resultaba algo cotidiano, e incluso había comenzado a decir algunas coletillas típicas de sus tíos.
— ¡Oh, por todos los nargles! ¡Esto es increíble! —comentó mientras observaba lo que quedaba de una rama que había hecho volar en pedazos después de su última clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
— A mí también me costó aceptar que podía destrozar cosas con solo mover la varita —dijo Cedric, sonriente—. Espero que te haya sido útil, porque eso es todo lo que puedo enseñarte.
—¿Ya? ¿No tengo nada más que estudiar?
— Claro que sí, pero eso ya te toca estudiarlo en Hogwarts —dijo mientras movía su varita para que los pedazos de la rama se recogieran—. Si aún te pica la curiosidad por saber más puedes leer algunos libros de mi madre, hay varios en el salón.
— He leído un par, uno de cocina y otro que se titulaba "Hechizos y conjuros para una casa impecable".
Cedric dejó escapar una pequeña carcajada.
— De todas maneras —continuó —, quizás sería conveniente que esta última semana repasaras lo que has aprendido. Recuerda que cuando estés en Hogwarts, yo no estaré en tus clases para recordarte los ingredientes de las pociones. O si lo prefieres, puedes empezar a leerte los libros de cuarto, están todos guardados ya en el baúl, mucha gente lo hace, algunos profesores incluso preguntan en clase, así que podrías ganar puntos para tu casa. ¿Sabes qué otra cosa puedes hacer? Puedes empezar con...
— Cedric, tranquilo. No me voy a morir. Todo saldrá bien, ya verás.
— Eso espero —declaró sonriendo de nuevo.