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Historia 191983 — capítulo 20

Cuando se levantó aquella mañana, Andrea supo que no tendría la suerte suficiente como para escabullirse del dormitorio sin más. Aunque Nuria no hubiese estado despierta, seguro que Sophia había asegurado de algún modo la puerta. Ella solía ser así de desconfiada.

Andrea bufó, y sin quererlo se delató a sí misma. Nuria, al notar que su amiga estaba ya despierta, se encaminó hacia la cama de Sophia, y abrió con fuerza la cortina que tapaba la cama.

Sophia pareció saber lo que significaba eso, así que, refunfuñando, se dispuso a levantarse. En aquella ocasión, ninguna de las tres se molestó en quitarse el pijama.

Sin rechistar, las tres dijeron las palabras del hechizo en el orden planeado, y sus voces, aún roncas por el sueño, resonaron por las paredes de la habitación.

Andrea no tardó mucho en comenzar a sentirse ligera, y su visión se comenzó a nublar. Se intuyó envuelta en una densa nube de humo grisáceo, sabiendo que apenas tardaría un instante en desaparecer.

Después de aquello, fue Nuria la que dejó atrás la habitación.

Al quedarse sola, Sophia pudo imaginar cómo se sintieron sus amigas al verla desaparecer entre niebla.

Pero no tuvo mucho tiempo para saborear la idea, porque poco después, se desvanecía al igual que las demás.

Aquella vez había sido rápido.


Se estaba moviendo. Todo su cuerpo se estaba moviendo, caminando deprisa, sin llegar a correr. Las manchas borrosas que veía frente a ella se fueron definiendo, hasta formar las espaldas de un grupo de chicos, que caminaban apenas un metro por delante de ella.

Sin embargo, no estaba caminando la última ella sola. Podía sentir como otras dos chicas caminaban una a cada lado. Aunque no había girado la cabeza, Andrea sabía que esas dos chicas eran Sophia y Nuria. Se preguntó si las dos chicas estarían viendo aquello también. Quizás lo hicieran, pero de todas formas no había forma de comunicarse mientras ella no pudiera mover su propio cuerpo.

Sentía cómo su corazón palpitaba con fuerza, y la bruja intuyó que estaba pasando algo importante.

— Es ésta —dijo una voz masculina entre el grupo que se alzaba frente a ella. Iba el primero, seguramente sería el líder de aquella extraña expedición. Andrea juraría haber oído antes una voz parecida—. Es por aquí…

El chico que encabezaba al grupo se giró hacia todos los demás. Entonces, Andrea reconoció su cicatriz: era Harry Potter. Por eso le sonaba su voz.

Notó que todos ellos llevaban la varita en la mano, incluida ella, y la asía con fuerza hasta el punto que sus nudillos estaban empezando a adquirir un color blanquecino, gracias a la presión.

El grupo se paró, y Andrea se puso de puntillas, para ver frente a qué se habían parado. Una puerta.

Oyó como Harry empujó contra la puerta, y esta se abrió, chirriando.

Parecía que habían llegado a su destino. Se encontraban en una sala de techo elevadísimo, como el de una gran iglesia muggle. Estaba plagada de altas estanterías y su distribución recordaba a la de la biblioteca de Hogwarts, pero en las estanterías no había libros, sino unas extrañas y polvorientas esferas de cristal, iluminadas débilmente por una serie de candelabros.

Tras posar su mirada en cada esquina de la sala, se fijó en el extraño grupo. No habían cambiado demasiado, en comparación con lo que había visto la última vez. A penas tendrían uno o dos años más.

Junto a Harry, había un Weasley, seguramente Ronald, el hermano de los gemelos. Sí, y la chica de cabello castaño que estaba a su lado debía ser Hermione Granger.

Más allá, un chico que parecía algo torpe, al cual no reconoció, y una chica pelirroja, que seguramente sería Ginny Weasley.

Una chica de largo cabello rubio y aspecto soñador se acercó a ellas tres. Llevaba puesto el uniforme de Ravenclaw, y Andrea la conoció casi en seguida. Era Luna Lovegood. La conocía vagamente, de verla por la sala común, y desayunaba cerca de ellos. Además, Mia Thomas le había hablado de ella: Luna dormía junto a Mia y sus amigas, en su habitación.

Hacía frío. Podía sentirlo, aunque no estuviera realmente allí. Las llamas azuladas de los candelabros, que recordaban al fuego de la sala común de Ravenclaw, no hacían nada por evitar aquella sensación.

— Dijiste que era el pasillo número noventa y siete —le susurró Hermione a Harry.

La estantería más cercana tenía grabada en una placa el número cincuenta y tres, por lo que el grupo comenzó a moverse con lentitud hacia la derecha, buscando el número que Harry había dicho. Andrea aún no entendía qué pintaban ellas allí, junto con los chicos de Gryffindor. Luna Lovegood caminaba junto a ellas, en silencio.

— Tened las varitas preparadas —les advirtió Harry. ¿En qué lío se estaban metiendo?

Al cabo de un rato, Andrea se comenzó a aburrir. Intentaba calcular el tiempo, comparándolo con lo que había durado su otra visión. A aquel ritmo, si no pasaba algo pronto, ella se lo perdería.

Cuando ya estaban llegando a la estantería número setenta y tres, Andrea se dio cuenta de que Luna ya no caminaba a su lado. Al igual que algunos otros, paseaba por las estanterías, parándose a leer las amarillentas etiquetas que acompañaban cada esfera.

— Mirad esta —le dijo a Nuria, que caminaba cerca—. En esta no pone ningún nombre…

El tiempo se estaba acabando. Andrea comenzó a notar cómo cubría su vista aquella extraña niebla, cuando Nuria dejó escapar una exclamación de sorpresa, y las llamó, tanto a ella como a Sophia.

Su cuerpo volvía a moverse. Estaba corriendo de nuevo cuando desapareció de allí.


Estaba sentada en las gradas, frente a un enorme laberinto. ¿Aquello era el campo de Quidditch? Desde luego, lo parecía. De nuevo, el ruido la aturdió. Voces, gritos. Gente nerviosa.

Y, por lo que decían los gritos, aquello era la tercera prueba. De repente, y sorprendiendo a todos los espectadores, incluyéndola a ella, Harry Potter apareció allí, al pie del laberinto.

Sujetaba con fuerza el trofeo, la Copa de los tres magos.

¿Y eso que estaba a su lado, qué era?

Harry no se movió del suelo. Todo el mundo comenzó a gritar y el jurado se comenzó a acercar a él, seguramente para evaluarle, y darle la enhorabuena.

Vaya, así que Harry Potter había ganado el torneo. Giró su cabeza hacia Andrea, que se había llevado las manos a la boca.

Vestía una extravagante camiseta, de color amarillo Hufflepuff, en la que se podía leer la frase «Come on, Cedric». Las letras cambiaban de color, como si fueran las bombillas de un árbol de navidad y bailaban por toda la camiseta cuando intuían movimiento.

Los profesores parecían tratar de reanimar a Harry Potter, quizás se había desmayado. Pero Nuria no podía entender mucho de lo que decían. Hasta el momento, en que una voz se alzó sobre todas las demás.

— ¡Dios mío, Diggory! —exclamó la voz. Andrea, al oír su apellido pareció saltar del sitio, y comenzó a bajar corriendo, asustada—. ¡Está muerto, Dumbledore!

Andrea se paró en seco, y Nuria quiso bajar con ella, pero no pudo moverse. ¿Muerto?

La chica esperó haber oído mal. Pero el comentario comenzó a pasar de unos a otros, como una plaga. Los más cercanos al director y a Harry Potter lo comentaron a repetir, y así, se iba extendiendo hasta llegar a donde estaba ella.

Andrea pareció reaccionar, y siguió bajando los escalones con rapidez, asustada. Nuria juraría que la estaba viendo temblar. Apartaba a la gente a empujones, no parecía importarle las quejas de los alumnos a los que apartaba.

«Es Cedric Diggory, está muerto» escuchó Nuria, a su izquierda. «¡Está muerto, de verdad lo está!» resonaba a su derecha. Empezó a respirar entrecortadamente. No sabía qué hacer, no sabía cómo reaccionar. Vio que Andrea se acercaba a una pareja de magos, que habían bajado tan asustados como ella. Serían los Diggory.

Acabó perdiendo a Andrea entre la multitud. Se dio cuenta entonces de que Cody había bajado también, en busca de Andrea, pero Sophia seguía a su lado, vacilante.

Lo único que se escuchaban ahora eran gritos, llantos y el eco de la noticia resonando por todo el campo de Quidditch.

No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que su imagen utilizó el dorso de la mano para secarse las mejillas. Volvió a girar la cabeza hacia Sophia, que tenía los ojos cristalizados. Nunca la había visto llorar. Recordaba como Andrea había bajado con lágrimas en las mejillas el día de la primera prueba, pero Sophia no había llorado en todo el año. O por lo menos, ella no la había visto.

— Sophia… —la llamó—. ¿Vamos con… con ella?

La bruja asintió con la cabeza, y tragó saliva. Se intentaron abrir camino entre la multitud. Ya parecía más fácil. Los profesores se estaban encargando de mandar a la gente de vuelta al castillo.

Según se acercaba, Nuria alcanzó a oír el llanto desgarrador de una mujer. Era la madre de Cedric, que lloraba sobre el pecho de su marido. Alguien se habría llevado a Harry de allí, porque ella no le veía por ninguna parte. Los profesores hablaban, algo apartados, y no notaron la presencia de las dos chicas. Ya no había allí nadie más que ellas tres, los profesores y los padres de Cedric. Y el cuerpo de Cedric Diggory.

Andrea se había acercado a su primo, se había arrodillado a su lado, y lloraba desconsoladamente. Le había cerrado los ojos, y le acariciaba el pelo, mientras temblaba. Murmuraba algo, nerviosa. Sonaba como su nombre.

Ni Nuria ni Sophia se atrevieron a acercarse. Aquello era demasiado íntimo.

La señora Diggory se acercó a su sobrina, y se arrodilló junto a Andrea. La joven bruja escondió su cara en el hombro de su tía y lloró aún más. Algo se estaba rompiendo dentro de Nuria. No soportaba ver eso, necesitaba que acabara ya.

No podía ser real. No, imposible, eso no podía llegar a pasar.

Era incapaz de apartar la mirada de Andrea. Y de verdad quería, quería cerrar los ojos y volver a su habitación. O acercarse a Andrea y abrazarla con todas sus fuerzas. Y consolarla, por algo que era  posible que no pasara nunca.

Pero su cuerpo seguía rígido, como si estuviera petrificada. Aquello no podía estar pasando de verdad.

No supo si su mirada se estaba nublando por las lágrimas o porque había llegado el momento de irse de allí.

No lo supo, hasta que no pudo ver más aquella triste escena.


Volvió a ver poco a poco, casi temiendo la escena que encontraría allí. Una bruja de aspecto demacrado la miraba, como esperando una respuesta por su parte, mientras jugueteaba con una varita algo torcida. A su alrededor se extendía una amplia sala oscura, cubierta de retratos.

— De Ravenclaw —respondió la imagen de Sophia, de repente. Su voz sonó determinada, pero Sophia reconoció el tono: era el que ella solía emplear cuando prácticamente temblaba por dentro, pero quería parecer segura. Aquello no había cambiado, al parecer.

La bruja dejó escapar una risa amarga y chirriante, y enrolló uno de sus encrespados mechones de pelo oscuro en la varita. Los ojos de Sophia no apartaban la vista de ella, analizando sus movimientos. Como esperando que algo se saliera de lo normal para echar a correr. Mas Sophia no lo hacía de forma intencionada.

— ¿De Ravenclaw? ¿En serio? Nunca pensé que mi queridísimo sobrino acabaría con alguien que no fuera de Slytherin. Vaya sorpresa —comentó, paseando su mirada hacia más allá del hombro izquierdo de Sophia. La cabeza de la chica giró justo hacia donde miraba aquella bruja, y pudo ver a un chico muy pálido, al que reconoció como a un Draco Malfoy de unos dieciséis o diecisiete años. Y se alarmó. ¿Cómo que con Malfoy? ¿Su yo futura había acabado con él?

— Es en parte Slytherin —corrigió Draco, mientras pasaba un brazo por la cintura de Sophia, como si fuera algo que hacía todos los días. Sin embargo, la imagen de Sophia pareció sorprenderse, pero hizo un gran esfuerzo por sonreír—. El sombrero seleccionador estuvo a punto de colocarla en Slytherin, pero tras pensarlo más, aclaró que la dejaría en Ravenclaw como una excepción. ¿No es eso lo que dijo, Sophia?

La bruja notó como su cabeza asentía sin que ella le diera permiso. Sí, eso había dicho el sombrero seleccionador. Y, aunque sabía que Nuria y Andrea habían pasado por una situación similar, en su caso la prenda se había encargado de decirlo bien alto, consiguiendo que todos los presentes se enteraran. Y se extrañaran.

La sonrisa burlona que se había instalado en la boca de la tía de Draco desapareció de repente. La mujer abrió mucho los ojos y entrecerró los labios, mostrando una repentina curiosidad que a Sophia no le gustó en absoluto. Y tampoco parecía gustarle a su imagen.

— ¿Cómo si el sombrero hubiera… cambiado de opinión sin ningún motivo aparente? —le preguntó a su sobrino. Sophia intentaba seguir el hilo de la conversación, pero se acababa de perder casi completamente. Notó como fruncía el entrecejo, como si también la Sophia de aquel momento estuviera sospechando. Giró de nuevo la cabeza hacia Draco, y lo notó distante a su tía.

— Sus motivos tendría —dijo, algo confuso—. De cualquier manera, tenemos que volver adentro, nos van a empezar a echar de menos. Luego nos vemos, tía Bella.

— Sí, sí, nos vemos —se despidió la bruja distraídamente. Aún parecía darle vueltas a lo que acababa de escuchar.

Draco cogió su mano, y Sophia notó como volvía a sentirse incómoda y a fingir una sonrisa. Él tiró de ella hasta el salón principal, donde parecía estar celebrándose una tranquila fiesta. La gente se movía entre las mesas, picoteando de los entremeses y bebiendo de las copas que decenas de bandejas voladoras iban ofreciendo.

— Podrías poner algo más de tu parte —murmuró Draco.

— Hago lo que puedo, ¿vale? —replicó ella—. Quizás tú sí, pero yo no estoy acostumbrada a esto.

¿Qué significaba exactamente "esto"?

— Finges fatal —insistió él, sin alterarse.

— Tampoco me lo pones muy fácil —se quejó Sophia—. En todo caso, ¿qué sugieres que haga? ¿Quieres que te bese delante de tu tía? ¿Eso sería lo suficientemente natural?

Sophia quiso volver a fruncir el ceño al oír aquello. Hasta el momento no se estaba enterando de nada, pero aquel comentario de su parte estaba aportando algo de luz a la situación.

— Con que no saltaras cada vez que te rozo me conformaría —propuso Draco—. No sé cómo alguien podría tragarse todo esto.

— "Todo esto" me pone nerviosa. Todos nos miran.

— ¿Ah, sí? —preguntó Draco. Una sonrisa ladina se dibujó en su boca y tanto Sophia como su imagen futura se temieron lo peor—. Ni se te ocurra asustarte, Marsh.

— No serás capaz, Malfoy, nos están… —empezó a decir ella. Calló en el instante en el que Draco le apartó un mechón de pelo de la cara y lo colocó tras su oreja derecha. Notó como se acercaba a su oído y Sophia se quedó muy quieta. Una reacción en la que las dos versiones de Sophia estuvieron de acuerdo.

— Disimula un poco, por lo menos. Estás rígida —le dijo al oído. Sophia relajó su postura. Intuyó lo que intentaba Draco: a ojos de toda la gente que les miraba, no parecía que le estaba hablando precisamente. Entonces se apartó, sonriente—. Sonríe, venga, que nos miran. Si te ríes como una niña de tercero enamorada, ganaremos puntos extra y estarán hablando de nosotros mucho más tiempo.

Al oír aquello, la imagen de Sophia se rió, seguramente de la estupidez de la situación.

— Eh, eso no ha sonado como una niña enamorada en absoluto —comentó Draco, riendo—. Pero supongo que sirve. Después de esto seremos la pareja más comentada por el mundo mágico.

— Permítame que le corrija, señor Malfoy —rió Sophia—. Querrá decir usted la no-pareja.

— Mis disculpas —respondió él—. Me excedí fingiendo.

Con el eco de sus risas sonando como pequeños cascabeles en sus oídos, y con la cabeza llena de conclusiones, Sophia volvió a su habitual, pero para nada aburrida realidad.