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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 109

Había sido tan fácil que daba rabia.

No era un joven de acción, desde luego eso había sido asunto zanjado. No obstante, algún obstáculo de vez en cuando le activaba el cerebro. Era como un enigma que resolver. ¿Acaso no era todo lo que le rodeaba un enigma? En cierto modo, cada vez que entraba a la Sala Común de Ravenclaw tenía que resolver uno. Todos los días. Reconocía sin pudor que era bastante bueno y rápido. A ello se le sumaba el misterio que envolvía al mundo.

Sabía que su madre había tenido contacto con Ivonne Donovan. Sabía que Cornelia Brooks era la nieta de Ivonne Donovan. Sabía más cosas aparte de eso. Pero sólo las podían saber él y su maestra. Charlotte Breedlove le pasaba toda información que consideraba que Hugo Weasley la debía conocer. En verano, quedar con aquella enigmática figura había sido un obstáculo. Su madre lo había mandado a la Madriguera y allí no podía hacer llegar a Charlotte Breedlove. Sobre todo, cuando ya era conocida por sus abuelos por haber sido la mujer que salvó a su bisnieto de las garras del Ojo. Garras que Victoire Weasley no pudo evitar. Su familia no confiaba en Charlotte Breedlove. Estaba bien que ante la ignorancia, se desconfiara. Él mismo lo hacía.

Pero le había enseñado tantas cosas que costaba no sentirse adictivo a aquella mujer. Entendía a Victoire Weasley. Y sabía que su prima estaba haciendo bien en acudir a la señora Breedlove. Mientras que Hugo estaba al tanto del conocimiento de su amiga de avanzada edad que tenía su familia; su familia no tenía ni idea de dónde se metía Hugo Weasley cada vez que iba a comprar libros a la Colección de Miranda Goshawk.

Al haberle adelantado un curso, pese a tener doce años, podía ir libremente a Hogsmeade al estar en tercero. Eran un privilegio que Neville Longbotton no le arrebató. No quiso indagar en la sospecha que nació al respecto. Después de todo, también sabía que su director seguía a Ivonne Donovan como una estrella polar.

Gracias a eso, solo tenía que acudir a Cabeza de Puerco y esperar a que Charlotte Breedlove apareciera por la puerta. Los señores Hegarty, dueños del local, la conocían. Al parecer, era un cliente habitual. No dijeron nada cuando se instaló en la mesa de Hugo Weasley. El joven no tardó en comprender que aquellos eran los padres de la Willa Hegarty de la que la señora Breedlove le había hablado. ¿Qué le habría mandado hacer y por qué estaba muerta? La señora Breedlove le dijo que fue por culpa de Minerva McGonagall. Que no supo ver a quién se enfrentaba. Willa Hegarty se había ofrecido a ayudar a Roxanne Weasley, su prima, en la búsqueda de Ivonne Donovan en la que se empeñó su difunta directora. En palabras de la señora Breedlove, «Ivonne nunca debió decirle a Minerva que lo hiciera. Ponía a muchas personas en peligro. Aunque Ivonne le dijera que no».

Hugo Weasley, al igual que no confiaba por completo en la señora Breedlove, menos lo hacía de Ivonne Donovan.

Y justo eso le venía a la cabezaa la vez que la señora Breedlove dejaba de hablar sobre la importancia de proteger a Ivonne Donovan.

-Si sabía dónde se encontraba y ahora lo has podido confirmar… ¿Por qué no está con su hermana? -le cuestionó. Llevaba rondando teorías por su cabeza un tiempo. Ninguna parecía tener sentido.

Aunque, después de todo lo que le había dicho la señora Breedlove, intuía que Ivonne Donovan había hecho algo que había molestado a la señora Breedlove. Hugo Weasley tenía su teoría al respecto. No tenía todas las piezas, pero estaba seguro que no tardaría en conocerlas. Después de todo, si algo no le decía Breedlove, lo descubriría por otras personas. La información estaba allí. En el aire. Solo había que identificarla.

-¿En qué beneficiaría eso a la paz que pretendo tener?

-¿Cómo? -no entendió su respuesta del todo.

-Hugo, yo soy una guardiana de la paz -le anunció. Aunque no era la primera vez que escuchaba aquello. -No tengo ningún bando.

Hugo Weasley se rascó la barbilla.

-Es decir… Si para alcanzar la paz, tuviera que matar a su hermana, ¿lo haría? -Aquello pareció hacerle gracia a la señora Breedlove. Esta asintió. Pero a Hugo Weasley no le sorprendió. -¿Ayudaría también al Ojo?

-Solo si así hubiera paz -confirmó. La señora sonrió, satisfecha con la reflexión del muchacho. -Eso es lo que quiero que entiendas… No puedes cegarte por estar en un bando, Hugo. No puedes ir tomando decisiones porque es lo que debes hacer… Sino porque conduce a la paz.

Hugo asintió. Entendía aquello. Debía ser Suiza. Neutral. Solo desde una posición objetiva y neutral podía esclarecerse el conflicto. En el momento en el que se posicionaba en un bando, el espectro subjetivo lo empañaba todo.

-¿Matarías a tu propia hermana? -repitió la pregunta. Aunque podría ser que estuviera poniéndose en su lugar. La señora Breedlove asintió sin reparo alguno. -No sé si yo podría hacerlo -confesó. -No soy tan utilitarista.

La mujer se rio.

-Oh, Hugo, no te estoy pidiendo que elimines a tu hermana -le dijo con cierta burla. -Pero sí te pido que, por ahora, le sigues la corriente a Ivonne… Ya sabrás a lo que me refiero -Hugo Weasley asintió. -Tiene razón y sentido en muchas de las cosas que hace… Pero es peligrosa. Al igual que tú o que yo.

-Porque es poderosa, ¿no?

-Es diferente a nosotros, Hugo -le corrigió. -Es poderosa, sí. Pero en un sentido diferente. Bueno… Ella, al igual que el Ojo, se guía por unas profecías que fueron formuladas hace miles de años… Antes de que los cimientos de Hogwarts se erigieran -La señora Breedlove sacó un libro de su bolso y se lo tendió. Hugo Weasley ya lo había visto antes. Y sabía que contenía esas profecías que decía. -Tengo dos misiones para ti, Hugo. La primera es que seas tú el que guarde este libro… Lo leas… Te lo aprendas… Y lo comprendas…

-¿Usted cree que son de verdad?

-Oh, claro, muchas ya se han cumplido… Hay que saber interpretarlas… Puedes preguntarle a tu profesora de Adivinación por cuestiones técnicas -le sugirió.

-¿Y dónde están las bolas de cristal? ¿Por qué solo están en un libro escritas?

Las profecías que siempre había oído Hugo Weasley eran pequeñas bolas de cristal con un humo dentro que solo podían ser tomadas por las personas a las cuales hacían referencia. Eran predicciones hechas por un vidente con la capacidad de ver hacia el futuro con su ojo interior. Dictaban las profecías que luego eran grabadas y almacenadas en el Salón de las Profecías en el Departamento de Misterios del Ministerio de Magia.

-Oh, Hugo, antes las videntes no las grababan en bolas de cristal… No había de eso cuando fueron formuladas.

-¿Pueden romperse? -cuestionó seriamente.

-Si una persona cree que es objeto de una profecía, puede hacer todo lo posible para evitarla, sí -le concedió. -Pero puede tener un efecto dominó que perjudique a inocentes que, por estar cerca del sujeto, acaben siendo dañados -le advirtió. -Es una ciencia peligrosa.

-¿Por qué me lo da a mí? -preguntó. Intuía que la señora Breedlove se las sabía de memoria.

-Oh, Hugo… Soy una guardiana de la paz… Y para que haya paz, necesitamos que algunas profecías no se cumplan. Esas profecías no auguran paz. Predican todo lo contrario, cielo.

-¿La Guerra?

Ella se rio.

-Es demasiado tarde, Hugo, la guerra ya está en marcha… Augura la Oscuridad. Eso es lo que debemos evitar.

-Es por una profecía, ¿verdad? Usted vino a mí por una profecía…¿Cuál es?

La señora sonrió. Recogió su bolso y lo cerró antes de sacar un galeón.

-Ya lo descubrirás -dijo con tanto misterio que Hugo quiso ponerse a leer todo aquello en cuanto antes. -La otra misión… Es que neutralices los pasadizos que conectan Hogwarts con la sede del Ojo.

Aquello no sorprendió a Hugo Weasley. Intuía que eso era así.

-¿Cómo?

-Tendrás que pedirle ayuda a tus amigos… Estoy seguro de que ellos acudirán a ti -le adelantó. -Están en las Tres Escobas, por si quieres ir a verlos.

Dicho esto, se marchó.

Hugo cogió el galeón que dejó y se acercó a la barra.

-Señor Hegarty, ¿cuánto son dos tés? -preguntó con educación.

No obstante, el señor Hegarty le hizo un gesto que había visto hacer a los taberneros en las películas muggles cuando indicaban que la cuenta corría a cargo de la casa. Nunca le había pasado aquello. Él asintió y cogió el galeón de la mujer. Observó, como aquel galeón de oro resplandecía. Por un lado, tenía el grabado de un dragón con sus alas abiertas. En la parte trasera, aparecía el perfil del mago más famoso de todos los tiempos.

Suponía que debía ir a las Tres Escobas.

Recordó que, en verano, su primo Fred le había advertido de que no podían ir juntos como pandilla en Hogwarts para que el Ojo no sospechara que estaban tramando algo. Cuando lo hicieran. No era como si Hugo Weasley quisiera pasar todos sus ratos libres con Fred Weasley, James Potter, Susan Jordan, por un lado; y Rose Weasley, Albus Potter, Scorpius Malfoy y Peter Greenwood, por otro. Intuía que Alice Longbotton no iba a formar parte del elenco. Había tenido que escuchar a Rose quejarse de ella durante todo momento en el que les había premiado con su presencia en verano. Lo cual no entendía, pues intuía que Rose había pasado el verano con su amiga. No quería meterse en los asuntos de su hermana. Pero cuando algo le intrigaba, no podía parar de darle vueltas.

Fred Weasley, James Potter y Susan Jordan estaban en las Tres Escobas. No había rastro de Albus y sus amigos. Rose Weasley también estaba allí con Janet Rossen. Habían vuelto a ser amigas. Hugo Weasley se acercó a su primo Fred. Este sonrió a James y a Susan con una sonrisa lobuna que hizo poner en alerta a Hugo.

-Justo contigo queríamos hablar, Hugo -le anunció James Potter. Crujió sus nudillos.

-Lo sé -dijo simplemente.

-Oh, vaya, lo sabes -se burló Fred Weasley. -¿También sabías que Cornelia Brooks era la nieta de Ivonne?

Hugo no era buen actor. Pero hizo todo lo posible por sorprenderse. O parecer sorprendido. No quería darle el gusto de que Fred pensara que tenía más conocimiento que él. Pero aquello conducía a la paz, ¿no?

-Te necesitamos, Hugo -dijo Susan Jordan para suavizar.

Hugo Weasley la miró de reojo. Estaba maquillada. Bien maquillada, había una diferencia a cuando algunas niñas de su clase lo hacían. Parecía natural en Susan. Pero sabía que era para ocultar ojeras.

-A James le ha pedido Ivonne Donovan que busquemos a los mejores alumnos de Hogwarts para formar parte de los magos que la apoyan… Que se llaman… Los templarios -anunció aquello, postrado despreocupadamente sobre la pared. Esperando ansiosamente la reacción de Hugo Weasley.

Este dio un respingo. Y fijó su mirada en la mesa.

-Tú ya estás contratado… Nuestra misión es reclutar a más… Y asegurar el castillo para cuando venga Brooks, claro -añadió James, divertido, mientras Susan Jordan y Fred Weasley se reían por lo bajini.

-¿Estás seguro de que te dijo templarios, James? -exigió saber Hugo Weasley. Como si aquello fuera lo más relevante que había salido de la boca de su primo en toda su vida. Su expresión cambió como si estuviera resolviendo el algoritmo más imposible.

-Joder, Rose tenía razón -se burló Fred.

-Sí, la Orden del Temple, los Vigilantes… Como quieras llamarlos -dijo James, como si supiera de qué estaba hablando.

Hugo sonrió. Satisfecho.

Se levantó con ímpetu.

-Os ayudaré, solo tenemos que neutralizar los pasillos para que los miembros del Ojo no salgan de Hogwarts -les informó rápidamente antes de marcharse a toda prisa de las Tres Escobas.

Se formó un silencio entre los tres amigos.

Segundos después, se desternillaron de risa. Muchas cabezas se giraron para ver a aquel trío risueño. James tenía incluso lágrimas en los ojos y su risotada sonada como si se le fuera a salir del pecho. Susan se encogía sobre sí misma y apoyaba su hombro en Fred, que se reía con los ojos cerrados y negando con la cabeza.

-Su primer orgasmo -repitió Fred las palabras de la hermana de Hugo.

James dio un golpe en la mesa como si así evitara seguir riéndose.

-Pobrecito -se lamentó Susan Jordan.

-Oh, venga, ¿has visto sus ojos? -James relajó su pecho. -No creo que sintamos algo así por alguien jamás en la vida -volvió a soltar una risa.

Susan Jordan bajó la cabeza. James miró de reojo a Fred. Este suplicó a Merlín que James no le hiciera la encrucijada que seguramente había pensado y que solamente entonces había intuido Fred.

Su temor se confirmó.

James se levantó de un salto.

-Voy a seguir reclutando a templarios… -volvió a reírse. -Había quedado con Camrin Trust en la tetería.

-¿Has quedado con Trust? -preguntó incrédula Susan Jordan.

James se encogió de hombros.

-No pasa nada porque sea mi ex… Soy el mejor amigo de mi primera novia. No va a pasar nada, os lo aseguro -sus amigos asintieron. Parecían tan convencidos de que entre Trust y él solo iba a ver amistad, que, de pronto, él mismo parecía dudar.

Fred Weasley cerró los ojos asintiendo de forma que le decía a su amigo que, incluso si era mentira que iba a quedar con Trust, le perdonaba por dejarle a solas con Susan. Maldita sea, es que si no tuviera miedo de él mismo, estaría encantado de estar a solas con Susan.

Su amiga se cambió de sitio y se puso enfrente de Fred.

-No juegues con las mujeres, James… Te juro que el karma te la tiene jurada -le advirtió Susan.

Este asintió, sin parecer importarle la maldición, y desapareció entre las mesas de las Tres Escobas.

-Nos ha dejado a solas a posta -dijo Fred Weasley. -¿Tú le dijiste algo?

-¿De qué, Fred? -exigió saber. Le dio un trago a la cerveza de mantequilla. Tuvo un déjàvu. Ella no recordaba que había pasado la última vez. Y su amigo no se lo quiso contar cuando despertó el último día del curso anterior en Enfermería.

Y lo cierto era que intuía que había pasado. Era la razón por la que había querido ir con él a Hogsmeade aquel día, en primer lugar. Para decirle que le gustaba más que como su mejor amigo. Que se imaginaba un futuro con él de forma diferente a como había sido su vida hasta entonces. Y sabía que era correspondida.

Pero la cabecita inestable de su amigo se lo quería ocultar. Como si ella fuera tonta.

Fred Weasley suspiró. Se acercó al rostro de su amiga.

-Te mereces algo mejor que yo -le confesó en voz tan baja que le costó escucharla.

Ella se rio.

-Y tú te mereces una mierda pero…¡Vaya! ¡Te ha tocado Susan Jordan! ¡Menudo premio, chaval! ¡Nadie le dice que no a ganar la lotería!

Su amigo se rio. Todo lo que decía era verdad, no podía negarlo. Suspiró y dio un trago a la cerveza.

-Eres una pesada, ahora sé cómo se sentía James cuando todas las chicas iban detrás de él -bromeó. Recibió un puñetazo en el hombro de Susan Jordan. No, no era el mejor momento para dejar salir su lado despreocupado. -¿Qué quieres que haga, Sue? Cada vez que veo a Zoe McOrez me dan ganas de estrellarla y ahorcarla con mis manos… ¿De verdad querrías estar con este monstruo?

Susan Jordan le miraba seriamente. Su mejor amiga no podía ser más masoquista.

-No lo has hecho -le recordó. -Has tenido mil oportunidades y no lo has hecho… No eres un monstruo, Fred. No te conviertas en uno porque crees que es lo que mereces ser.

Sabía que aquello haría daño a Fred. No era lo que buscaba. Pero sí que era la verdad que necesitaba escuchar. Fred Weasley había retomado su antigua personalidad sin dejar el aura de violencia que solía acompañarle desde la muerte de su hermana. Susan Jordan sabía que aquello no cambiaría jamás. Su pretensión no era curarle. Tampoco protegerle de sí mismo. Sino recordarle que no estaba solo.

Ella era la primera que odiaría estar en una relación tóxica. Como lo había llamado su hermana Monique. Pero sabía que no lo sería. Siempre había estado enamorada de Fred. Y lo seguía estando. Ni más. Ni menos. Ella veía al Fred herido que se ocultaba bajo la violencia. Y, más que violencia, era un disfraz. Tan solo ejercería violencia sobre Zoe McOrez. Eso esperaba. No había vuelto a las peleas callejeras. Estaba recomponiéndose poco a poco.

-¿No vas a descansar hasta que tengamos una cita? -se burló Fred.

Ella negó con la cabeza. Ambos sabían que era mucho más que una cita a lo que estaría accediendo Fred. Después de todo, eran amigos. Ser pareja después de ser amigos era un paso muy sencillo. Quizás no para Fred. Pero, si pensaba en su rutina, pocas cosas podrían cambiar. Sería exactamente lo mismo. Sus rutinas giraban el uno sobre el otro. Se preocupaban el uno por el otro. Su simbiosis era perfecta. ¿Qué faltaba? ¿Darse un beso?

-Esto ya es una cita -le dijo Susan con una sonrisa burlona.

A Susan le dieron ganas de besarlo.

Su pelo rojo despeinado. Su chupa de cuero marrón. Su sonrisa torcida. Sus pecas camufladas por el rubor de la cerveza. Su pose despreocupada, pero, a la vez, alerta. Unos ojos que la miraban con tanta intensidad que sintió vértigo. Como si al posar su mirada en aquel marrón estuviera ante los pies de un acantilado. Un vértigo que se acomodó en su estómago y no parecía querer marcharse.

Era como si se estuvieran besando con la mirada.

Había ocurrido en otras ocasiones. Sin querer. Con torpeza. Sus miradas chocaban y sentían vértigo.

Pero aquella vez la sostenían. Como si fuera una competición. Relamiéndose del disfrute. Conectando su mente con la persona que tenían en frente.

Qué demonios.

Susan se incorporó, pasó su cuerpo por la mesa, chocando torpemente con alguna de las cervezas y se acercó al rostro de Fred. Este la estaba esperando. Pasó la yema de sus dedos por el pelo rojizo de la nuca de Fred. Este cogió con fuerza el costado de su cara encendida. Sus narices se rozaron y se unieron como un puzle cuando sus labios se rozaron. Fred se incorporó para responder al inocente beso con fervor. Cogió con el otro brazo la cintura de la joven y la atrajo hacia él.

Se besaron. Saboreando la cerveza del otro. Apagando el resto del mundo.

Solo existían ellos dos.

No escuchaban siquiera como el resto de las Tres Escobas los contemplaban aplaudiendo y vitoreando. Era algo que estaba destinado a pasar y habían esperado hasta el penúltimo año. Era algo para celebrar.