Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax

La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 152

(IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz

De niño había deseado poder. Amigos. Familia. Deseos más recientes fueron para muchas otras cosas, todas ellas sinónimas de libertad.

Esa intensificación de la vida interior ayudó al prisionero a encontrar un refugio del vacío, la desolación y la pobreza espiritual de su existencia, permitiéndole escapar al pasado. Cuando se le dio rienda suelta, su imaginación jugó con los eventos del pasado, a menudo no importantes, pero sí con sucesos menores y cosas insignificantes. Su memoria nostálgica los glorificaba y asumían un carácter extraño. ¿Habían ocurrido de verdad? ¿Eran tan importantes como su cerebro los reflejaba? Recordó la sangre en sus manos. Recordó el terror en el rostro de los demás. Quizás eran recuerdos más relevantes que lo que su cerebro le hacía creer. Quizás él mismo se engañaba para mitigar el daño que había hecho. Como si hubiera sido parte de una rutina.

Aquellos últimos días sintió caer en una especie de locura. El confinamiento solitario tenía un efecto sorprendente en la mente. Debía mantener la calma y mantenerse ocupado. Había pasado horas calculando en cómo liberarse. Pero intentar escapar habría sido un suicidio instantáneo siempre que Charlotte Breedlove estuviera allí.

Había tenido mucho tiempo para pensar. Reflexionar. Sobre su existencia. Sobre por qué estaba allí. Sobre lo que le había traído allí. ¿Debía seguir lo que sabía que debía hacer? ¿O podría cambiar algo? Tenía miedo de tomar decisiones y de tomar cualquier tipo de iniciativa contra al destino. Creía que estaba allí por esa razón. ¿Era así? Por supuesto, esto era el resultado de un fuerte sentimiento de que el destino era el amo de uno. Que uno no debía tratar de influenciarlo de ninguna manera, sino que debía dejar que tomara su propio curso. Además, había una gran apatía, que contribuía en gran medida a los sentimientos del joven. A veces había que tomar decisiones relámpago, decisiones que significaban la vida o la muerte. Él hubiera preferido dejar que el destino tomara la decisión por él. Esta evasión del compromiso era más evidente cuando el muchacho tenía que tomar la decisión a favor o en contra de un intento de fuga. En esos minutos en los que tenía que decidir, y siempre era cuestión de minutos, sufría las torturas del infierno. ¿Debía hacer el intento de huir? ¿Debería correr el riesgo?

Aquel día se había dedicado a constatar que Charlotte Breedlove no estaba allí. Y llevaba varios días sin estarlo. Sin siquiera pasarse por allí. Todo sería más fácil si supiera la fecha. Si supiera qué día y qué hora era para poder descifrar las posibilidades que tenía de huir. Estaba claro que algo había cambiado. Y que el Ojo no sabía todavía sobre la existencia del joven Remus Lupin en aquel presente y pretérito.

Observó cómo el señor Goshawk sorbía de su taza de té. Estaba sentado en frente de él. Tenía un plato en su regazo. Un trozo de carne. Un tenedor. Le estaba dando de comer. Trozo a trozo. Lo había cortado fuera de la habitación. Ni siquiera había visto un cuchillo allí. Aquella era la primera vez que le daban comida y no se la metían en sonda para ni siquiera rozarle. Definitivamente no se fiaban de él. Y eran inteligentes en no hacerlo.

-El cambio se acerca -Dijo el señor Goshawk. -No puedes hacer nada.

Él sonrió.

-No puedes escapar del futuro -Respondió. Sintió raro emitir sonidos desde su boca. Sentía sus palabras rasgadas. Su voz cambiada. ¿Cuánto había estado allí encerrado? ¿Casi tres años? -Es la única manera de vivir.

Supo que el señor Goshawk no le diría nada. Suficiente le había dicho. Le había confirmado que creían que habían cambiado algo. ¿El qué? ¿Por eso no estaba allí la señora Breedlove? ¿Se había encargado de cambiar algo? Desde luego, si era él el que escapaba, las cosas cambiarían.

El señor Goshawk le metió el tenedor en la boca con el trozo de carne.

Remus sintió un impulso y lo siguió.

Apretó los dientes y retuvo el tenedor en su boca. Vio la alarma en el gesto del señor Goshawk. Rápidamente, Remus se inclinó hacia atrás. Con el tenedor en su boca. Se abalanzó hacia el anciano. Echó todo su cuerpo maniatado encima del señor Goshawk. Con la silla. Cayó encima de él. El señor Goshawk se agitó bajo él.

Ayudándose de la boca y de la lengua, consiguió darle la vuelta al tenedor y ponerlo como si fuera una daga entre sus dientes. Le clavó los dientes de metal sobre el cuello con tanta fuerza que sintió un tirón en sus propios músculos.

-¡ARGH! -Rugió de dolor el señor Goshawk.

Volvió a darle otra puñalada en el cuello. No dejó de hacerlo. Persistió. Siguió haciendo heridas sobre el cuello que comenzaba a mancharse de rojo del anciano. Mientras luchaba a duras penas por quitar el peso de Remus Lupin y la silla de metal que había caído sobre él. Sin éxito. Remus siguió ayudándose de su boca para abrir heridas sobre el cuello. Para destrozarlo. La sangre. La piel desgarrada. Siguió. No paró. Sangre. Piel. Grito. Sangre. Piel. Puñalada. Sangre. Piel. Sudor. Girando el cuello sobre las heridas. Manchando su propio pelo de sangre. Hasta que el señor Goshawk perdió la conciencia.

Remus escupió la sangre que había entrado a su boca. Tiró sobre el suelo el tenedor. Inhaló aire lleno de olor a sangre y sudor. Se arrasatró sobre el cuerpo inerte del señor Goshawk. Reptó hacia abajo. Con ayuda de sus rodillas. De su pecho. Y de su barbilla. Gruñó debido a que no podía moverse con tanta facilidad. Tenía las manos atadas a la espalda de la silla. Los pies atados a las patas de la silla.

Buscó con la barbilla en los bolsillos del señor Goshawk. Los abrió con la ayuda de los dientes. Inhaló. Sacó su lengua para mover el objeto que había allí. Exhaló aire contra el tejido vaquero. La varita del señor Goshawk. La atrajo poniéndola en su boca como una daga. Exhaló aire. Inhaló. Se arrastró de nuevo por el cuerpo inerte del hombre.

Dejó la varita en el suelo. Se deslizó por el cuerpo. Inclinando la silla hacia el lugar de la varita. Extendió su mano hacia el trozo de madera arrugado. Lo rozó con los dedos. Lo agarró. Sonrió para sí.

-Diffindo -Conjuró. Las cuerdas que lo ataban a la silla se rompieron. Sonrió para sí. Se sacudió las cuerdas de sus pies y sus manos. Se incorporó sobre el cuerpo del señor Goshawk. Se liberó de las cuerdas. Se limpió con el puño la sangre que aún quedaba en su cara. El tacto de su piel contra su propia piel le resultó extraño. Rozó su barba, la cual había comenzado a nacer. Tenía dieciséis años. Se pasó la mano por su pelo largo. Recordó que podría cambiarlo de color. Pero estaba tan sucio que ni se notaría. Apuntó con su varita hacia el señor Goshawk. Ladeó el rostro. El Ojo le había enseñado a asesinar desde que era pequeño. No sería la primera persona a la que arrebataría la vida. Ni la última. Era lo que le pedía su instinto domesticado. Pero dudaba. Resopló. -Petrificus Totalus.

Se agachó hacia él para comprobar el pulso. Seguía latiendo su corazón. Echó a un vistazo al cuello. Si Charlotte Breedlove no venía pronto, acabaría desangrado. Suspiró. No. Él no iba a hacer nada. Moriría desangrado. Así debía ser.

Convocó un Lumos y se dirigió a las escaleras. Abrió rápidamente la trampilla con un Alohomora. Obviamente ninguno pensaba que sería capaz de escapar de allí. Aunque no confiaran en él, intuía que querían hacerlo. Esperaban que su genética le ayudara a buscar la luz. O algo así le habían dicho. Se equivocaban. Sus padres lo habían abandonado. Y el Ojo le había enseñado qué era lo verdaderamente importante.

Se escabulló en silencio y cerró la puerta. Los gimoteos del señor Goshawk fueron silenciados inmediatamente. Por fin, pudo respirar, de nuevo. Era increíble lo silencioso que estaba aquel lugar, comparado con la locura tan efímera de la que escapó.

Salió del sótano y se encontró con una inmensa biblioteca de planta circular. Frunció el ceño. ¿Dónde estaba? Olió un rastro de alguna planta para aromatizar aquel lugar. Desde luego, él debía asearse antes de salir de allí.

Se dirigió hacia una puerta contraria a la que llevaba a la tienda. Al entrar, descubrió un dormitorio. Un baño. Allí residía el señor Goshawk. Allí le había estado custodiando todo aquel tiempo. ¿O sería el hogar de la señora Breedlove?

Vio un tocadiscos. Sonrió. Música. Había oído hablar de ella. La había escuchado solo un par de veces. Cuando tenía ratos libres entrenando con el resto. Más era música llamada «clásica». Vio la carátula de un vinilo que ya tenía incorporado. Una lengua extremadamente larga. Roja. Descarada. Se rio.

Sacó el disco de vinilo. Por pura intuición, lo puso en el tocadiscos. Los muggles, por suerte, hacían esas cosas bastante sencillas. Hizo girar a una velocidad constante. Bajó el brazo para que la aguja y la cápsula tocaran el vinilo. Y comenzó a sonar un ritmo despreocupado. Unos gritos.

Sacudió su cuerpo al ritmo de la música.

Se acercó al armario. Trajes. Trajes. Trajes. Sacó uno de color negro y sencillo. Lo dejó caer en la cama. Se desvistió. Vio todas las cicatrices que acompañaban su abdomen. Se dirigió al baño mientras la música sonaba de fondo. «Please to meet your. Hope you guess my name». Se metió en la ducha. Abrió la alcachofa. El agua salió de allí rápidamente. Al principio fría y después caliente. Dejó escapar un gemido de placer. Y se duchó tranquilamente. Limpiando con una esponja la suciedad que había acumulado durante tanto tiempo. Arrastrando el jabón hacia su pelo y devolviéndole a la vida. Sonrió de gusto. De satisfacción. «I'm a man of wealth and taste».

Salió del baño y se enrolló en una toalla que allí había. Blanca. Se miró al espejo. Casi no reconocía sus propios rasgos. Y eso que era un metamorfomago. Abrió un pequeño cajó y se encontró una cuchilla. Se afeitó tranquilamente. Con precisión. Incluso si era la primera vez que lo hacía.

«Just as every cop is a criminal. And all the sinners saints. As heads is tails, just call me Lucifer». Se lavó el rostro. Se dio unas palmadas y se dedicó una sonrisa así mismo. Se sacudió el pelo. Se lo dejaría a esa longitud. «So if you meet me, have the ourtesy. Have some sympathy and some taste».

Se dirigió de nuevo a la habitación. Cogió ropa interior. Calcetines. Se acomodó una camisa. El traje. Con un Reducio encogió el tamaño de las prendas para que le fueran de su talla. «Use all your well learned politesse or I'll lay your soul to waste». Volvió a sonreír. Simpatía para el diablo. Se ajustaba a él aquella canción.

Se ajustó la chaqueta del traje. Se puso unos zapatos. Se peinó el pelo. Se miró por última vez en el espejo. Parecía mayor de lo que era con aquel atuendo. Sonrió. Nadie tenía por qué saber su edad. Quizás era mejor que creyeran que era mayor.

Se metió las manos en los bolsillos. Salió del dormitorio. Con los gritos de Mick Jagger sonando de fondo. Imitó el ritmo con su propia voza la que debería acostumbrarse de nuevo. Cruzó la biblioteca. Dejando la trampilla abierta. Al señor Goshawk ahogándose en su propia sangre. Se adentró en la tienda. Vio, por primera vez, la luz del exterior. Dio un salto. La pasó sin detenerse en ninguno de los libros que se nutrían de polvo allí.

Abrió el pomo de la puerta.

Y, al salir, el sol quemó sus mejillas. Quedó cegado por el sol del día del solsticio de verano. Sonrió. El diablo dejaba a Perséfone fuera del Hades para que corriera por la Tierra, decían los mitos que aprendió en el Ojo. Así como él se paseó con tranquilidad por aquella calle.

Libertad.

Se apareció en otro lugar del mundo para hallar aún más paz. Sin importar que los muggles hubieran visto como desaparecía en el aire. Quedaba poco para que se inclinaran hacia él cada vez que se apareciera, ¿no? Debió de reconocer que le resultó extraño que no lo hicieran.

La tierra negra se deslizó. Un campo entre las colinas. Por primera vez, en casi tres años, las estrellas salían sobre él, en grandes procesiones de fuego. Vio un gran monstruo de estrellas que se formaban en el cielo y amenazaban con rodar y aplastarlo. Escuchaba su corazón lentamente. Sus pensamientos dejaron de correr con su sangre.

Pero tenía cosas que hacer.

Se volvió aparecer.

Aquella vez en el interior de una mansión. Vio el rostro cuyas fotografías había estudiado cuidadosamente. Un rostro un tanto venerado. Más sagaz en persona que en los recuerdos de los demás. Un rostro que había visto la muerte tantas veces que se había convertido en ella.

Sonrió.

Alzó las manos en señal de paz para evitar que los magos lo eliminaran. Soltó una risa relajada. Reconoció a algunos de los presentes. Más jóvenes. Las batallas que librarían les habían hecho envejecer estrepitosamente.

-¿Quién erestú? -Le escupió Graham McOrez, sentado sobre un trono en mitad de su salón.

Remus Lupin sonrió.

-Yo soy vuestroGuía-Anunció. -Soy Remus Lupin y vengo del futuro que queréis construir… Me necesitáis -Concluyó. -Pero os ayudaré con una sola condición… Hacer lo que me de la gana.


Nota del Autor:

Queridos lectores,

Se acaba aquí la cuarta entrega de la saga. Espero que la hayáis disfrutado tanto como yo. La siguiente parte (la quinta) la iré subiendo después de un breve descanso (hablo de días o una semana para reordenar las ideas).

Me gustaría seguir leyendo vuestras palabras en respuesta a lo que sale de mi imaginación, y siempre me tendréis en los comentarios para comentar con vosotros teorías, shipeos o lo que se os ocurra.

Seguimos con esta aventura.

Un abrazo y espero que todos os encontréis bien,

Carax