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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 153
(V) Prefacio
Londres. Calle Charing Cross. Un bar exclusivo para magos. Regentado en aquel instante por la familia Finch-Fletchley. En el bullicio del Callejón Diagón, nadie solía reparar en el lugar destinado a la intimidad y a habitaciones para dormir. El Caldero Chorreante. Era una instancia menuda. Frecuentada por viajeros. Y el lugar ideal para cazar rumores si no se solía estar al tanto de los revuelos de la comunidad mágica. Para ser un lugar conocido, no tenía mucha iluminación. Y estaba un tanto destartalado. Aunque así era todo lo mágico.
Unas ancianas -y le costaba asumir que eran ancianas, pues ella misma era una -estaban sentadas en un rincón bebiendo unas copas de vino, observando por el rabillo del ojo al resto de la clientela. Una de ellas fumaba una pipa. Charlotte Breedlove la miró con desaprobación. Las leyes muggles sobre el tabaco en los espacios cerrados aún no habían llegado a las reformas del Ministerio. Tampoco es que fueran de las más urgentes. Un hombrecito con sombrero de copa pidió algo a un camarero calvo que sería una recién contratación del señor Finch-Fletcheley, a quien Charlotte había tenido el honor de conocer aquel verano tras saber por Neville Longbotton que era un hombre de fiar.
Costaba encontrar personas de confianza en aquellos tiempos.
No dijo nada cuando el hombre de arrugas marcadas y pelo gris y largo se sentó a su lado sin decir una palabra. Casi cincuenta años atrás no había confiado en aquel hombre. Lo habría matado de tener una oportunidad. Y, sin embargo, le había tendido su ayuda sin más miramientos en cuanto acudió a su puerta unas semanas atrás. ¿Cómo la encontró? No quiso saberlo. No quiso saber quién de sus amigos había traicionado su promesa de guardar el secreto de donde había encontrado su nuevo escondite. Después de la muerte del señor Goshawk, había tenido que mudarse. Y solo había revelado su nueva dirección a Hugo Weasley, a Victoire Weasley, a Sullivan Hegarty y a Pomona Sprout. Intuyó de quién lo había obtenido. Incluso medio siglo después, seguían siendo los mismos.
-Llega tarde -Comentó simplemente el hombre con cierta reprobación.
No se refería a ella, quien llevaba allí media hora recapacitando sobre cómo encauzaría aquella reunión. Más se sintió igual de ofendida. Había tenido que hacer frente a la brusquedad y la impulsividad de aquel hombre desde que acudió a su ayuda. Ser hospitalario debería ser pagado con educación. No para Celius O'Smosthery. No cuando el hombre había sido encerrado en un espejo la mitad del siglo anterior.
-Está trabajando -Le excusó Charlotte Breedlove.
Pero era cierto. Llegaba tarde. Diez minutos. Sabía que Celius había querido llegar tarde para que no fuera lo que viera en cuanto encontrara la mesa. Nadie -absolutamentenadie -conocía el rostro de Celius O'Smosthery. Todos lo habían visto de joven. Nadie sabía que su nieta, Cornelia Brooks, lo había logrado sacar del espejo en el que le encerró su propio hermano. Ni que sobrevivió al hechizo. Ni que escapó y que Carla Marín le ayudó a sobrevivir el paso del tiempo en cuestión de horas. Solo una persona.
Y una persona a la que, por lo que ambos conocían de él, esperaban que escupiera fuego al ver el rostro de Celius O'Smosthery. Ninguno de los dos esperaba que se lo tomara bien, por supuesto. Por esa razón, Celius había tomado la precaución de llegar relativamente más tarde de lo que tenía previsto. No funcionó. Habían dado por hecho que sería puntual. ¿Por qué razón iba a serlo? ¿Por qué razón iba siquiera acudir a aquella reunión con ellos? ¿Con Charlotte Breedlove? ¿Y Celius O'Smosthery? Debían subir barreras de protección si se dignaba a ir.
Charlotte tragó saliva cuando vio el conocido rostro que aparecía en numerosos artículos. Un rostro que había tenido en sus propios expedientes. Desde hacía años. Lo llevaba siguiendo por intuición. Por la magia que le había delegado Miranda Gohawk. Por la fama que él mismo traía consigo. En El Profeta. Incluso había ojeado Corazón de Bruja para indagar un poco más acerca de aquella figura cuya profundidad emocional era difícil sacar a través de las palabras de Hugo o Victoire Weasley. Lo denominaban El Soltero de Oro.
La sonrisa arrebatadora que había esperado no se correspondió al ceño fruncido que entró en el Caldero Chorreante, mirando de izquierda a derecha, con la túnica magenta de Sortilegios Weasley en una mano y el puño cerrado en la otra. Hugo le había advertido que estaba «relativamente susceptible» desde que «su mejor amigo estaba en rehabilitación con su tío, su mejor amiga murió y la chica que le gustaba fue secuestraba». Además, Victoire también le había hablado de su «temperamento licántropo exacerbado desde junio». James Sirius Potter era una bomba de relojería. Y ella le estaba regalando la mecha.
Le indicó con la mano que se acercara.
El joven no cambió de expresión. Malhumorado. Como si se acabara de despertar y fuera de esas personas que las mañanas le producían ganas de lanzar Cruciatus. Se acercó rápidamente a ella y echó un último vistazo al resto de la clientela. Las ancianas del fondo murmuraron el nombre del muchacho. A él no pareció importarle. Como si el eco de su nombre cada vez que entrara en un sitio fuera parte de su naturaleza.
Fue cuando se sentó cuando se percató de la presencia de Celius O'Smosthery al lado de Charlotte. Antes de que él hiciera nada, Charlotte sujetó la túnica magenta de Sortilegios Weasley que, como había intuido, escondía la varita del joven, y le amenazó con la mirada que no hiciera nada.
-Ambos queremos lo mismo, Potter -Comentó simplemente Celius.
-Dejaste a Cornelia sola en mitad del océano con un edificio de hielo cayendo sobre ella -Le acusó. Charlotte Breedlove parpadeó ante la ira y la rabia de sus palabras. Quizás había subestimado al joven. Quizás aquello no era una buena idea.
-No tenía ni fuerzas para desaparecerme yo…
-¡Es tu nieta!
Por suerte, Charlotte había realizado un hechizo no verbal para camuflar su conversación. Había supuesto que aquello era de interés para el resto de la clientela. Por eso también había hecho la ilusión de que eran unos jóvenes hablando con James Sirius Potter. Mucho menos sospechoso que dos ancianos hablando con el hijo del Elegido en el Calderón Chorreante.
-Por eso estamos aquí, ¿no? -Insistió Celius. La dialéctica nunca fue el mayor atributo de Celius. James se rio con sarcasmo. Charlotte Breedlove seguía sujetando su varita con la mano bajo la túnica magenta que indicaba que aquel joven se había encargado de llevar la tienda de su tío Weasley durante todo el verano para distraerse de sus penas. -Habría sido imposible salvarla con las pocas fuerzas que me quedaban… No sabía qué hacer.
-Y huiste… ¡Si no llega a ser porque yo estaba allí y me negué a separarme de ella…! ¡Habría muerto! -Exclamó, visiblemente irritado. Charlotte Breedlove podría trabajar con aquello. -Debería haberte dejado en ese espejo para que te pudrieras…
-Muy bien, Potter, ya has dejado claro tu punto de vista -Intervino Charlotte finalmente. -Muchas gracias por cuidar de mi sobrina nieta.
Por la perplejidad en el rostro de James Sirius Potter, aquello eran nuevas para él. El color de su piel era la nota disidente entre la genética de Cornelia y su tía abuela. Pero aquella sorpresa duró segundos. El joven tenía más cosas de las que preocuparse. Por lo que su ceño se frunció de nuevo. Sabía medir sus prioridades. No se sorprendía por qué Ivonne lo había elegido para liderar a los alumnos de Hogwarts. Era difícil evitar ver que tenía las cuatro virtudes que requerían del Rey Oso: la templanza, la justicia, la prudencia y el coraje. Incluso si él lo negaba. Y Charlotte estaba segura de que lo haría.
-No confío en usted -Le dijo deliberadamente el joven, aquella vez apuntando hacia la anciana mujer. Ella asintió. No se esperaba menos de James Sirius Potter. -Pero tengo fe ciega en Hugo -Añadió.
Era la razón por la que estaba allí. Hugo Weasley. Charlotte Breedlove no pudo evitar formular una sonrisa. Aquel joven Potter y ella acababan de comenzar una de tantas conversaciones que tendrían a Hugo Weasley como centro de huracán. Y él no tenía ni idea.
-Me es suficiente con eso -Terció Charlotte Breedlove.
Celius carraspeó. Charlotte le había pedido previamente quien fuera el que invitara al joven a su misión. Ella era simplemente la mediadora. Siempre lo había sido. Ella no movería ni un solo dedo. Solo se necesitaban a ellos dos.
-Te necesitamos, Potter -Anunció Celius. Breedlove examinó con curiosidad la reacción del joven. Alzó una ceja. Y simuló sorpresa. No era un necio. Sabía que si le habían llamado era para pedirle ayuda. Estaría acostumbrado a ello. A que le usaran. -Para encontrar a Ivonne -Añadió Celius.
El muchacho hizo una mueca y arrugó su nariz. Parecía reprochar aquel último nombre. La mujer que había «secuestrado a la chica que le gustaba», en palabras de Hugo Weasley. Si él lo veía de ese modo, sería un reflejo natural. Más había algo más tras sus ojos avellana. Temor. Y hacía bien en temerle. Era un joven sensato, por Odín. ¡Las profecías estaban poniendo buenas personas en los papeles correctos al fin!
-Cornelia y Lola -Dijo el joven. -Mi prioridad es traer de vuelta a ellas dos -Les clavó sus ojos como si fuera una amenaza.
Charlotte se encogió de hombros.
-Depende de ti, joven -Indicó la anciana.
-Son mis nietas… Yo también las quiero de vuelta…
-Pues no lo parecía cuando la dejaste morir en mitad del…
-¡Basta! -Charlotte dio un puñetazo en la mesa.Celius se echó hacia atrás. James Sirius Potter no cambió su rostro amenazante. Se volvió hacia el joven. Este echó aire por la nariz. Rabia contenida. Bien, muchacho. -Necesitamos que utilices tu conexión con ella.
Aquello le sorprendió. Lo único que lo hizo en toda la reunión. Estrujó su rostro.
-¿Mi conexión?
-Tu prima Victoire me ha contado que…
-¿Vic? -Interrumpió. -¿Qué sabe ella de Luperca? Oh, dios, cuando la vea…
-Potter -Le detuvo Charlotte. -¿Quieres encontrar a Cornelia?
Ladeó la cabeza y asintió. Respiró profundamente. Crujió sus nudillos. Miró al techo. Charlotte supuso que intentaría explicarles lo que suponía su conexión con su sobrina nieta. Pero ella ya la conocía. Ya se había informado. Ya había hecho su tarea.
-¿Qué necesitáis? -Preguntó dócilmente.
Celius sonrió satisfecho. El joven apretó la mandíbula.
-Tu sangre -Dijo Charlotte.
Entonces, antes de que se le ocurriera oponerse -lo cual dudaba -, sacó rápidamente la daga para el ritual de rastreo y la probeta para meter la sangre del muchacho de su bolso. Escuchó el suspiro del joven mientras ponía las cosas sobre la mesa.
-¿Cuándo vamos a ir? -Preguntó Potter.
-No -Negó Celius. -Tú no puedes ir.
-¿Y tú quién eres para impedírmelo? -Le espetó.
Charlotte hizo una incisión en la palma de la mano que le tendió el joven. Aquel gesto sorprendió a Charlotte. ¿Habría hecho aquel muchacho algún ritual antes? ¿O habría sido pura intuición la que le guio a ofrecerle la mano para que le hiciera allí la raja? Quizás simplemente era un tanto astuto.
-Es Celius quien debe hacerlo, Potter -Explicó Charlotte. -Es el destino… Además -Añadió. -Nopuedo dejar que te pase nada a ti.
James bufó.
-Lo dice mientras me clava una daga en la mano…
-No sé qué planes tiene Ivonne para ti ni para Cornelia…
-Si hubiera querido matarme, ha tenido bastantes oportunidades para hacerlo -Dijo, mientras apretó los dientes al sentir la daga sobre su palma. -Aunque secuestrar a sus nietas…
-Las decisiones de Ivonne no son tan incoherentes como piensas, joven Potter -Le comentó Charlotte Breedlove.
-Lo sé -Coincidió James Sirius Potter. Charlotte compartió una mirada de desconcierto con Celius. El joven se encogió de hombros. -¿Pensabais que ibais a llegar aquí siendo los únicos que sabíais secretos sobre los Donovan? -Se rio. Apartó la mano. Se apartó de la mesa y se puso de pie. -Solo una cosa… -Charlotte frunció el ceño. Y esperó a lo que tuviera que decir. Algo que no planeaba hacer. -Cuando las encontréis, traedlas a Hogwarts. Me aseguré el año pasado de que fuera un lugar seguro y… Juro por Godric que lo es.