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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 17

Las desventajas de amar

Capítulo 16: Las desventajas de amar.

Desde que había llegado de Navidad, solía levantarse más temprano de lo habitual para ser de las primeras alumnas en desayunar. No era porque así llegaba antes a clase, pues, de por sí, solía ser la primera. El problema era que desde el incidente en el tren en el que agredió a Malfoy, ya no se sentía tan a gusto allí, teniendo que sentarse cerca de él debido a su relación de amistad con su primo Albus y con su amiga Alice. En el fondo, sabía que todo sería mucho más fácil si dejaba el orgullo, el rencor y el verdadero odio que estaba empezando a nacer hacia esa persona. No obstante, era Rose Weasley.

La única compañera de cuarto y, probablemente, su única verdadera amiga fiel, Janet Rossen, había decidido aprovechar la calidez de la cama un rato más. Por mucho que dijeran sus otras compañeras de cuarto, Janet no se había convertido en su "perrito faldero". Es más, tenía un par de ideas revolucionarias con las que Rose discrepaba a más no poder: era vegetariana.

Al entrar al Gran Salón, se dio cuenta de que solo reconoció el rostro de su prima Molly en la mesa Ravenclaw. Rose le sonrió, pero no se sentó a su lado. Su prima era la "rarita" de todos sus primos. Sabía que tenía algunos amigos de su Casa y poco más. Ni siquiera cruzaba más de dos palabras con su propia hermana. Y a Rose siempre le molestaba que la mirase como si tuviera los mismos conocimientos que un recién nacido.

La mesa Hufflepuff era la que más llena estaba. Desde luego, hacían honor al trabajo duro que supuestamente ejercían día sí y día también. Conocía a un par de muchachos de clases que compartían juntos, pero, al verla, giraron la cabeza hacia otro lado. Su falta de humildad no era bien acogida en ningún sitio, pero aquellos Hufflepuff no podrían pretender que Rose desperdiciara su talento solo por caerle bien a los demás. Su madre, por ejemplo, tampoco hizo muchos amigos el primer año por la misma razón.

Fue cuando llegó a la mesa Gryffindor cuando se percató de que el karma estaba siendo demasiado malo con ella. Allí estaban, los magníficos Perry Greenwood y Scorpius Malfoy.

No la habían visto y, aprovechando que la mitad de la mesa estaba vacía, se sentó casi en el otro extremo pegando a la puerta. Sacó el libro de Pociones y lo puso a un lado. Se sirvió algo de leche y puso en un plato varios bollos rellenos de chocolate. Los huevos revueltos con salchichas podrían esperar para cuando se le abriera por completo el estómago.

El libro de Pociones que tenía ante ella había sido sacado de la Sección Prohibida de la biblioteca. Fue obra de James en una misión suicida hacía una semana. Comenzó a sacar libros que podrían albergar otras formas de matar a un basilisco. Él se los había quedado todos menos ese, dado que era pésimo en Pociones y confiaba plenamente en el intelecto de su prima. Debía reconocer que al principio pensaba que James iba a endiñarle todos los libros a ella.

Como ella le había avisado, dudaba que una poción fuera lo suficientemente poderosa como para arrebatarle la vida a tal criatura. James le había insistido, y ella, rendida ante sus plegarias solo para demostrarle que tenía razón, procedió a ojear aquella mañana el libro.

Tenía razón en que no había una poción con esos objetivos. Pero había pociones poderosas que se apuntó en un cuaderno que podrían servirles en el futuro. Mientras manchaba con migas de pan su propia caligrafía, dos muchachos se acercaron a ella y se detuvieron, observándola unos instantes. Por un momento, pensó que podría tratarse de alumnos que solían sentarse justo allí y a los que les había usurpado el sitio. Cómo pudo ser tan ingenua.

-Solo queremos que sepas que hemos venido antes para no cruzarnos contigo y con tu careto -anunció Perry Greenwood con suma delicadeza.

-Aprecio vuestro gesto -dijo ella, sin apartar la vista del libro.

Alguno de ellos carraspeó. Rose finalizó de escribir la Poción de matalobos e hizo como si hubiera algo realmente interesante en la siguiente página del Libro de Pociones Avanzadas.

Perry exhaló aire e hizo ademán de irse. Scorpius le sujetó y se sentó justo al lado de Rose, haciéndola sentir bastante incómoda dada la cercanía de su enemigo y el pestoso hedor a perfume caro para hombres mayores.

-Mira, Rose -dijo haciendo acopio de la poca paciencia que tenía. O, al menos, esa fue la sensación que tuvo la joven. -Hay un basilisco suelto por el castillo con el potencial de matar a alumnos…

-Soy consciente de ello, Malfoy… -interrumpió.

-¡Pues no lo parece! -el grito ahogado alertó a unos Gryffindor que se habían sentado a unos metros de distancia. -Tú tampoco eres la compañía con la que deseo estar… Pero soy lo suficientemente maduro como dejar de lado nuestras diferencias y unir fuerzas para luchar contra ello.

-Qué insulto más gratuito -contestó ella.

-Lo que quiero decir, Weasley -el joven Malfoy hizo caso omiso del comentario de la muchacha. -Es que estoy dispuesto a convivir contigo si tú también lo estás. Mira tu primo James, ¿quién lo iba a decir?

-¿Crees que él no te arranca la cabeza en sueños porque hacerlo en la vida real sería asesinato? -le preguntó con dureza.

-Joder con la Weasley… -dijo Perry Greenwood.

-Algún día se saldarán las cuentas que nuestras familias tienen pendientes, Weasley -le advirtió Scorpius con una expresión tan seria que a Rose se le encogió el estómago y se quedó sin ganas de los dos bollos que le faltaban. -Pero hagámosle un favor a Hogwarts y seamos conscientes del verdadero problema.

-…Estás haciendo un pacto con el diablo, Scorp -le avisó serenamente su amigo.

-¿Lo aceptas? -le preguntó Scorpius Malfoy. Rose tuvo que mirarle a sus ojos de color gris para comprobar que no había trampa detrás de sus palabras. Al fin y al cabo, los Gryffindor eran nobles a su palabra y él, por mucho que a ella no le gustara, era uno.

-Solo con una condición -terció la joven, mientras los dos muchachos ponían los ojos en blanco. Scorpius asintió.

-Ya he aceptado retirarme del Quidditch. No creo que lo tuyo me duela más…

-Tienes que pedirme perdón por todo lo que tu familia le ha hecho a la mía.

Scorpius Malfoy la miró intensamente. Rose pudo ver cómo sus ojos se llenaban de llamas que la amenazaban de muerte. En el fondo, la joven sabía que aquello era una humillación para él y una falta de respeto por su parte. La Comunidad Mágica ya había perdonado a Draco Malfoy en público. Harry Potter tenía una relación con Malfoy más cercana e incluso tenían reuniones. Las únicas personas que seguían alzando la voz en contra de aquella familia eran Ron Weasley y su hija. De hecho, en una entrevista al Profeta, Ronald Weasley propuso que Draco Malfoy pasara una temporada en Azkaban para matar cualquier resto de oscuridad que albergara en su interior. Ante ello, la familia Weasley pidió perdón a Draco Malfoy personalmente por las declaraciones de su miembro más rencoroso.

Lo que ahora estaba haciendo Rose era una bofetada doble para Scorpius. No solo eso. Rose lo estaba probando. Quería saber si era lo suficientemente noble como para aceptar la condición de la joven. O si era tan orgulloso como ella y se negaría a ello, declarando la guerra. Ella quería que se negara, pues ceder significaría que él era mejor que ella, habiendo superado una rivalidad inducida por sus progenitores.

-No soy quién para pedir perdón, Rose Weasley. -Ella  sonrió con suficiencia. -Sí que puedo pedir perdón por prejuzgarte y pensar que eras una niña criada por un hombre arraigado en el pasado que aún cree que mi padre es un mortífago. Por creer que seguirías, sin más miramientos incluso cuando eres una persona inteligente, las directrices de tu padre. Perdón por haber pensado que no aceptarías que soy diferente a mi padre y que me han elegido Gryffindor por cómo soy. En eso si puedo pedirte disculpas… Pero mis postjuicios son exactamente los mismos. -Rose rugió por dentro. -También puedo disculparme por el pasado de mi familia, por haberse dejado llevar por las circunstancias, por escoger el bando dirigido por un tirano cuya varita no habría dudado en ningún momento en destripar el corazón de mi padre. Perdón también por el comportamiento de mi padre. Por ser, como tú, una persona criada en prejuicios que condicionan las relaciones que forja a lo largo de su adolescencia. -Scorpius la miraba con superioridad. Y Rose se mordía la lengua por dentro, con saña, sabiendo que aquel muchacho tenía razón, pero que jamás se daría. -Ya tienes lo que quieres, Weasley.

No era verdad. Pero tenía que conformarse.

-Vamos, Scorp, ya está allí Al -informó Perry, cortando la tensión que se había instaurado en el hilo que unía la mirada de los dos muchachos.

Pero Scorpius estaba esperando a que la Weasley dijera algo. Aunque fuera una palabra, le bastaba para saber que aquella batalla la había ganado con la verdad y con palabras. No con las garras que cicatrizaban en su rostro.

-Disculpas aceptadas.

Su mirada era sagaz, pero Montdark no la temía. Aquel hombre, sentado en un improvisado trono de hielo, parecía más joven de lo que realmente era y desprendía un olor a eucalipto que llenó sus fosas nasales y le dieron ganas de vomitar. No era ninguna noticia que Montdark no soportase a su superior. El nombre de aquella delicada figura de ojos azules y un pronunciado pico de viuda era Loring.

-Quien más peligro nos supone en Inglaterra tiene a su mayor debilidad desprotegida, Señor -informó, tras haberle preguntado por los avances en la misión que le habían encomendado.

-Perfecto -aplaudió él con una sonrisa que ocupó todo su rostro. Sus ojos eran tan inexpresivos que parecían postizos. -¿Sabes, Adolf? Lo que nos hace invencibles a ti y a mi es que no tenemos corazón. En el momento en el que amas a alguien, eres vulnerable.

El hombre de rostro desfigurado chasqueó la lengua. ¿Qué sabía aquel bastardo de él para hacer tal comentario? Asintió y miró hacia abajo. Ya había tenido problemas con su superior por llevar la contraria en incontables ocasiones. No era el único. Desde que Loring había alzado aquel Palacio de Hielo en la costa de aquel continente helado, se creía un dios. Montdark y sus compañeros se jactaban de él, deseando ver el momento en el que sus hermanastros le arrebataran el trono de pega que había creado. ¿Trono de qué? ¿Acaso se creía Rey? Todos eran sirvientes del Ojo. Loring era un súbdito más.

-¿Nos han dado luz verde, entonces? -preguntó con cierta impaciencia. No soportaba que aquel hombre comenzara a darle discursos filosóficos que a él le importaban una mierda.

-Claro -respondió él -, siempre y cuando la señorita Cross esté preparada.

-La señorita Cross lleva meses preparada, Señor. Fue entrenada para asesinar desde los siete años…

-Puedes retirarte -le ordenó tras hacer un movimiento con la mano que indicaba que lo estaba despachando con desprecio.

Montdark volvió a chasquear la lengua. Después se la mordió, refunfuñó y dio media vuelta. Si decía algo, lo mandarían a los lobos dos noches. O, peor aún, lo llevarían con Schneider y experimentaría con él. Mejor seguir vivo porque la sangre maga le fluía por las venas.

Salió por la puerta de madera de roble.

Entonces, sonrió.

Al fin podía hacer uso de su mascota.