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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 18
Caída en picado
Capítulo 17: Caída empicado
¿Y qué si había nacido bruja y no pretendía volar en escoba en su vida? En su opinión, no era algo que necesitara especialmente una bruja del siglo XXI. Sobre todo cuando los avances muggles habían descubierto el avión y otros medios de transporte muchos más seguros y…Útiles. Además, existía la Aparición. ¿Qué necesidad tenía ella de aprender a volar en escoba?
Sobre todo, cuando la gravedad le tiraba de los talones cada vez que alzaba dos palmos del suelo.
Madame Hooch parecía no entenderla. Cómo si volar en escoba fuera intrínseco a la naturaleza de las personas que albergaban magia en su interior. Aquella mujer no cesaría hasta que Alice Longbotton permaneciera cinco minutos en el aire a más de dos metros. Tortura podría calificarse aquello.
-El Señor Helman le supervisará hasta que llegue su compañero Potter.
La joven chasqueó la lengua.
Si algo había aprendido durante aquellos primeros meses en Hogwarts era que el círculo de amistad de Zoe Badmood haría lo posible, fuera cual fuere la oportunidad que se les presentase, para incomodar su estancia en el castillo. Guy Helman era el capitán del equipo de Quidditch de Slytherin y, cómo no, el miembro con más edad del séquito de Badmood.
Según había escuchado, procedía de una familia americana de mente anticuada que aún seguía creyendo en la diferencia de clases de magos. El joven, de cuerpo atlético y tez negra como el tizón, pocas veces articulaba palabra. Pero su mirada mataba como cuchillos afilados.
-El día que dejes de interrumpir mis entrenamientos por tu discapacidad, será la única vez que podrás hacerme feliz, Longbottom -Helman no tenía que jurarlo para que Alice supiera que estaba en serio. Y la muchacha lo entendía. La señora Hooch siempre tenía la poca decencia de poner sus clases de Quidditch con los entrenamientos del equipo. Decía que era para que estuvieran vigilados… Aunque tan solo aumentó más la tensión y la confrontación inminente entre los dos extraños que invadían su territorio y su Casa.
-Quizás si tiene un accidente no podrá coger más la escoba… -sugirió con malicia Derrick Collingwood.
Alice Longbotton sintió un escalofrío subir por su espalda. De pronto, la escoba que ante ella tenía le dio más miedo que nunca. ¿La creería Madame Hooch si le confesaba que aquellos muchachos la estaban amenazando? ¿O pensaría que era una excusa para evitar un día más de sufrimiento?
-Vamos, Longbotton, estamos impacientes por ver cómo te partes un par de costillas -apremió Zoe Badmood mientras soltaba una carcajada que movió las entrañas de la niña.
Antes de agarrar con manos temblorosas la escoba que había dejado Helman de mala gana en el suelo, miró a su alrededor. Sintió otro escalofrío. Los únicos allí presentes eran los miembros del equipo de Quidditch. Albus podría darse prisa en llegar.
Cuando se montó en la escoba, escuchó unas risas a su espalda. Se sentía demasiado observada y aquello no le parecía normal. Siempre les miraban de reojo cuando iban a practicar, pero aquella vez se había formado un improvisado coro a su alrededor. Lo primero que le vino a la mente fue aquel niño de su colegio muggle cuando era pequeña, del que todos los demás niños -incluida ella -se reían porque era "raro". El karma se la había devuelto.
-¡Vamos, Longbottom! -apremió Helman con sorna.
Alice suplicó para sus adentros que Albus viniera pronto.
Lo único que le hizo alzarse fue pensar que, quizás, que arriba no le molestarían.
Miró hacia abajo, templando. Solo pudo mirar hacia Zoe Badmood. Ésta, como si hubiera estado esperando a que Alice posase la mirada sobre ella, sacó su varita del bolsillo de su pantalón del equipamiento de Quidditch y apuntó hacia ella. Y sonrió.
Alice dio media vuelta en el aire y cayó de bruces al suelo.
Y entonces todo se volvió negro.
Sintió un pitido ensordecedor.
Y voces lejanas.
-¡Madame Hooch! -era Albus. -¡Que alguien llame a Madame Hooch! -nadie parecía oírle. Su voz se hacía cada vez más lejana. -¡Llamad al profesor Longbotton! -su voz estaba preocupada. -¡Por favor! -pese a estar lejana, su voz se acercó a ella. -No puedo dejarte sola, ¿eh?
Y silencio.