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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 199

Scorpius Hyperion Malfoy no estuvo de acuerdo con aquella forma de recordar la memoria de su padre. ¿Por qué su madre tenía que demostrarle a todo el mundo quién era Draco Malfoy y lo mucho que el resto del mundo le debía a un hombre que negó compartir sus artilugios mágicos a la fuerza oscura del Ojo? Más de la mitad de los presentes detestaban a su padre en sus últimos días. Su padre no habría querido aquello. No era la forma de honrarle.

Estaba de mal humor. Supuso que muchos de los que lo habían comenzado a conocer mejor en los últimos años leyeron rápidamente su ceño fruncido. Su silencio. Y sus palabras secas. Agradeció que la mayoría de los que considerara compañeros de Hogwarts se marcharan pronto. Vioa Rose Weasley despedirse de él hondeando su mano en el aire. Camrin Trust le dio un abrazo. Richard Carter una palmada en la espalda. Lily y James Potter le sonrieron. Lola y Cornelia Brooks asintieron hacia él. Sebastian McKing y Hugo Weasley estuvieron a su lado todo el tiempo junto con Peter Greenwood y Albus Severus Potter, sus mejores amigos.

Seb y Hugo siguieron a Astoria Malfoy cuando esta les pidió que la ayudaran a llevar a Theia a su cuarto, para agradecer la asistencia de los presentes con mayor facilidad. Albus no dudó en sugerir que Scorpius, Peter y él iban a dar una vuelta por la Mansión. Supo que su madre agradeció el gesto al joven Potter. Scorpius no había abierto la boca desde que su madre comenzó el discurso. No quería decir nada de lo que después se arrepentiría.

Lo llevaron, para su sorpresa, al sótano de la Mansión. Donde todos los artilugios que la comunidad mágica codiciaba residían en secreto. Scorpius se sintió en un sitio seguro y soltó una bocanada de aire.

-No se ha notado en absoluto que querías arrancarle la cabeza a la mitad de tus invitados, Scor -Comentó Greenwood con cierto sarcasmo, sentándose cómodamente en el sillón que Astoria había bajado para que sus amigos estuvieran más cómodos. Habían pasado allí gran parte de las vacaciones de Pascua. Al menos, Scorpius y Hugo Weasley. El joven Malfoy fulminó con la mirada a su amigo. -Al menos tu madre no podía ver tu cara -Se mofó.

Scorpius decidió ignorarle.

-Creía que solamente Rose podía ponerte de tan mal humor -Añadió Albus.

¿No estaban dispuestos a ayudarle? ¿Por qué no lo hacían? Albus iba a morir como siguiera mencionando a su prima en ese instante. No era el maldito momento de introducir a Greenwood en su círculo de confesiones.

-Por favor, Al, no recuerdes a ese monstruo -Rogó Greenwood, mientras se rozó la mejilla que aún seguía de un color más oscuro que el resto de su piel. Albus y Scorpius sonrieron con diversión a la vez. -Sigo sin entender por qué ninguno me defendisteis... Entiendo que Albus sea un Slytherin cobarde... ¡Pero Scor! ¡Tú eres el único que podía haber impedido que me pegara una paliza en la Sala Común!

Aquello no dejó de ser divertido para Scorpius y Albus. Soltaron una leve risa al unísono.

-Valoro demasiado mi vida como para interponerme en su misión de acabar contigo -Explicó Scorpius.

Greenwood se hundió en el sillón y cerró los ojos negando con la cabeza.

-Me gustabas más cuando te metías en una pelea con Rose sin pensar en las consecuencias... -Le señaló con el dedo. -Esta nueva versión responsable de Scorpius Malfoy va a hacer que me maten...

-A mí me gusta más así -Tanteó Albus, bajo la atenta mirada de su amigo. Scorpius se aseguró de que no dijera ninguno de sus recurrentes comentarios como "tendré que avisar a Rose de que no te rompa el corazón, porque tu delicada constitución Malfoy es muy frágil" o, la favorita de Albus, "ojalá el tío Ron viera esta tensión sexual". ¿No debía repugnarle la idea de que a su mejor amigo pudiera gustarle su prima? No, era Albus. Relajado, despreocupado y ansioso por ver la reacción en figuras aterradoras como Ronald Weasley, Arthur Weasley o Lucius Malfoy. Sí, el mejor amigo que uno podía desear. -Eh, ¿no es esa la varita del Sauco?

Señaló, efectivamente, a la Varita del Sauco que reposaba en una de las vitrinas.

Scorpius rodó los ojos ante la tremenda pobre excusa y distracción de Albus. De nuevo, gran Slytherin para algunas cosas. Un completo inepto para otras. Suspiró. Sorprendemente, Greenwood mordió el anzuelo.

-¿Me convertiré en el Maestro de la Muerte si la cojo...? -Los ojos de su amigo brillaron excitados.

Tuvo que soltar una pequeña carcajada. Albus le acompañó. En esas ocasiones, se notaban las diferencias entre ellos -criados en historias y leyendas mágicas -y un nacido de muggles que las confundía con normalidad.

-Necesitarías también la Piedra de la Resurrección y la Capa de la Invisiblidad -Aclaró Scorpius Malfoy. -Además, no creo que eso sea posible, ¿no, Al?

Cuando Scorpius se giró hacia su amigo, vio que su mente Slytherin estaba pensando demasiado. El joven Malfoy frunció el ceño. Greenwood se incorporó del sillón y se acercó a sus amigos.

-¿Estás pensando en serlo tú, Al? -Inquirió Greenwood. -Sabes, eso te convertiría a tu padre...

-El Ojo -Dijo simplemente. -El Ojo tiene la Piedra de la Resurrección y la Capa de la Invisibilidad.

Scorpius alzó las cejas. La comprensión le azotó como si le hubiera caído un rayo.

-Pero eso sería imposible. En primer lugar, ¿para qué querrían la Piedra de la Resurrección? -Se cuestionó Scorpius.- Está claro que pueden experimentos más avanzados sin necesidad de ella. En segundo, lugar… ¿La Capa de la Invisibilidad? ¿Para qué? Como mucho…

-Lo que quieren no son las habilidades de cada artilugio -Interrumpió Albus, con una mano en alto para que Scorpius dejara de balbucear. -Sino lo que se deriva…

-¿Alguien puede elaborar un poco más por qué parece que vamos a morir todos? -Interrumpió Greenwood.

-¡No me interrumpas mientras estoy interrumpiendo! -Se quejó Albus.

-Hay alguien del Ojo que quiere ser el Maestro de la Muerte -Concluyó Scorpius, se mordió el labio. Greenwood soltó un grito ahogado. Albus cerró los ojos. -Pero... ¿Para qué?

-Bueno, ¿no suena bien? ¿No serían súper poderosos? -Aportó vagamente Greenwood. -Es decir, bueno, a mí se me ha ocurrido serlo para tener un bando más fuerte... No quiero echarme flores... Pero deberíais darme las gracias... Quizás Huguito Weasley me considere como nuevo líder de las investigaciones vuestras clandestinas... Está claro que necesitan a una mente brillante como la mía...

-Alice y yo les hemos hechos más fuertes -Se lamentó Albus.

-No sabíais la correlación de eso... Alice lo hizo para protegerte, Al -Se apresuró a decir Scorpius. Hablaba del motivo por el que su mejor amiga había facilitado la posesión de la Piedra de la Resurrección al Ojo. -Y tú... Todos cometemos errores.

-Yo no solo he perdido un legado familiar centenario, sino una Reliquia de la Muerte -Bufó.

-Oh, Al, no te eches toda la culpa a ti mismo -Dijo Greenwood. -James también estaba allí -Aportó con solemnidad.

-Oh, sí, mucho mejor...

-Bueno, siempre nos quedará Lily para compensar la falta de neurones en los Potter -Añadió Greenwood.

Se hizo un pequeño silencio.

-¿Cómo podemos hacer para que los únicos que accedamos a esta varita seamos nosotros, Scor? -Preguntó Albus Severus Potter. Con el mismo tono que utilizaba cuando sabía que estaba proponiendo algo sumamente importante. Algo que cambiaría las cosas.

-¿No está ya segura aquí en el sótano? -Inquirió Greenwood. -Aquí solo podemos entrar los de confianza...

-No -Interrumpió Albus. -Quiero que solo nosotros tres podamos tocar esta varita -Insistió. -Si es cierto que alguien quiere hacerse con ella... Mi padre es el último de sus poseedores -Explicó. -Solo nosotros podremos acceder a ella... Si amenazan a mi padre con darle la varita, no podrá cogerla... Y no sabrá que los únicos que podemos hacerlo somos nosotros porque esto no puede salir de aquí.

-¿Un pacto de sangre? -Dijo Scorpius Malfoy.

-Sois mis mejores amigos -Dijo Albus. -Sois las personas en las que más confío, no necesito un pacto de sangre -Aclaró con una sonrisa.

Scorpius también sonrió. Iban a asegurarse de que el Ojo jamás pudiera convertirse en la Muerte. Ese día, era un punto a favor de ellos.

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En su nunca humilde opinión, había sido demasiado fácil convencer a Astoria Malfoy de que le dejara un tiempo a solas en uno de los salones del ala sur de la Mansión Malfoy, mientras los invitados se iban separando. Sebastian McKing había llevado a Theia a su cuarto. Agradecía que fuera Seb y no él quien tuviera que estar más de cinco minutos con un cerebro que aún no se había formado del todo. Odiaba a los bebés. A los niños. Los detestaba. No entendía cómo Lyslander, su madre, sus primas y sus tías sentían esa infudamentada adoración por esa aberración de seres humanos dependientes e ignorantes. Ignoró por completo la petición de Seb de que le acompañara a donde fuera que estuviera dirigiéndose. Si aquello incluía más tiempo con la hermana pequeña de Scorpius Malfoy, lo rechazaría hasta morir.

Así que, antes de que Seb cambiara de opinión, aceleró su ritmo hacia los pasillos que le dirigían a una de las salas menos utilizadas. Sintió cierta lástima por Seb. Dejó de hacerlo cuando bromeó sobre cómo las chicas se le lanzarían a los pies si lo vieran en ese instante. Quizás a Greenwood tampoco le gustarían los bebés como a Hugo y por eso ni lo mencionó. Aunque Seb nunca lo mencionaba.

Se aseguró de que nadie le estuviera siguiendo y abrió la puerta de la sala. Era un salón oscuro. Muebles oscuros. Alfombras oscuras. Como si fuera un recóndito lugar de la Mansión anclado en los tiempos en los que Voldemort había vivido allí. Astoria Malfoy le había contado que sentía una magia extraña en aquella habitación y que era la única que no había decorado. Se sentía alagado de saber aquello. Se sentía honrado de ser él el primero en entrar allí solo. Había una razón por la que Astoria había mandado a Seb con él. Y otra por la que Hugo no quería que Seb estuviera allí cuando entrara. No sabía si la magia extraña podría causarles algún daño.

Astoria Malfoy le había adelantado de dónde procedía aquella magia. Del árbol genealógico de los Malfoy que estaba pintado en una pared.

La matriarca de la Mansión le había confesado que llevaba años sin entar allí. El último en entrar había sido Draco Malfoy. Scorpius tenía prohibida la entrada. Era esa la razón por la que se sentía alagado. Probablemente debería haberle pedido a Rogers que fuera con él. Era un Rompemaldiciones, ¿no? O quizás, más bien, a su tío Bill.

Paseó su rostro por el fresco. Reconocía los esbozos. La caligrafía. La forma en la que las raíces se movían. Se estremeció. Era casi una réplica del árbol genealógico de los Black.

No obstante, el árbol de los Black no respiraba magia oscura como el de los Malfoy. ¿Por qué motivo sería? Hugo se acercó a él y reconoció alguno de los nombres. La familia Malfoy resaltaba en los anales de la historia por ser rica en pureza de sangre, además de en riquezas patrimoniales. Vio los matrimonios con otros apellidos de aquella fama. Los Black. Los Lestrange. Los Greeengrass. Los Rosier. Vio al primero de los Malfoy. Armand Malfoy. Un mago que llegó a tierras británicas desde Francia para servir al rey Guillermo I y que consiguió las tierras con las que edificaría aquella mansión en Wiltshere. También reconocía a Nicholas Malfoy, Lucius Malfoy I, Brutus Malfoy, Septimus Malfoy, Abraxas Malfoy, Lucius Malfoy, Draco Malfoy...

Un momento.

Se frotó los ojos. Enfocó la mirada. Volvió a frotarse los ojos. ¿Podía aquel árbol genealógico mágico estar equivocado? Bajo las ramas que unían a Astoria Greengrass y a Draco Lucius Malfoy... Había tres nombres.

Scorpius Hyperion Malfoy.

Theia Daphne Malfoy.

Y Theia Daphne Malfoy.

Volvió a frotarse los ojos.

Nope. Seguía allí. Una segunda Theia se había generado del árbol genealógico. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Cómo era posible? Repasó rápidamente todo el árbol genealógico para comprobar que no había ningún otro error. Y no lo había. No.

Había dos Theia Daphne Malfoy flotando sobre aquella pared.

Lo curioso de aquellos árboles genealógicos es que realizaban unas ilustraciones -bastante grotescas y medievales -de los descendientes. Iba cambiando conforme avanzaban en la edad. Aunque cuando morían solían adoptar una forma adulta neutra. Todos tenían en común su pelo de color platino. Y todos eran descendientes masculinos. Un tal Septimus Malfoy, no obstante, era pelirrojo. No quiso centrarse en la ironía de que un Malfoy fuera pelirrojo y que, generaciones después, su propia familia tuviera un Septimus Weasley en su propia historia. Despejando aquellos pensamientos... Siguió pensando en el misterio de las dos Theias Malfoy. Porque una de ellas era el tedioso bebé que conocía. Y la otra era un rostro más juvenil. Adolescente. Incluso más viejo que el del propio Hugo. Una atractiva muchacha que se parecía demasiado a Scorpius Malfoy.

Se rascó la barbilla. Decidió guardar aquella información para él. Colocó un mueble justo en frente de aquel rostro. Para que Astoria no lo viera. Si había pasado tanto tiempo sin ir allí... ¿Quizás no lo había descubierto? Dudaba, de hecho, que fuera así. Sabía que Astoria acudiría a su madre en caso de haberlo hecho.

Hugo, en cambio, tenía otros planes.

Debía resolver aquel misterio.

Con una sonrisa de suficiencia, salió de la sala. Seb andaba por el pasillo hacia él justo en aquel instante. Cerró las puertas detrás de él. Su amigo alzó una ceja.

-¿Qué has descubierto?

-Un nuevo misterio, por supuesto.

Quiso apartar la mirada, más si lo hacía... Estaría en problemas.

Por fin había conseguido que Edward Whitehall confiara lo suficiente en ella como para que le dejara asistir a una de las interrogaciones a los jóvenes miembros del Ojo que tenía presos en Azkaban. Había tenido que hacer una serie de sacrificios para ello. Con consentimiento del Temple, por supuesto. Pero le había costado un ojo morado y quedarse sin casa temporalmente. Le había dicho a Whitehall que su familia la había repudiado al enterarse de que no había abandonado el bando del Auror. Moonlight le había pedido a Dominique que le pegara a su prima un puñetazo en el ojo, para hacerlo más creíble. ¿Quién iba a decir que le duraría unos días? Aprovecharon el llegar juntas tras el Memorial de Draco Malfoy para provocar una escena. Tuvieron que llegar Obliviadores. Lucy Weasley llegó al despacho de Whitehall consolándose y diciendo que "de todas formas, mi familia de verdad está muerta por el culpa del Ojo". Utilizó la verdad para hacerlo más creíble.

Whitehall le ofreció uno de los antiguos despachos de los Aurores que habían sido expulsados por su lealtadad a Harry Potter para que durmiera allí. No podía recibir cartas de su familia. Ni con sus nuevos amigos. Con nadie. Estaba sola desde entonces. No podía comunicarse con ellos si había sido "repudiada". Whitehall no dudó en decirle que lo había sacado de su padre. Aquello le rompió el corazón, más no dejó que traspasara la emoción a su expresión.

En ese instante, luchaba por no vomitar. Había podido ver cómo retenía a algunos de los que habían sido sus compañeros de clase. Las condiciones estaban lejos de ser inhumanas. Era como si Whitehall no contemplara que fueran seres vivos. Sino objetos que extrujar. Nadie le había avisado de lo poco preparada que estaba para asimilar todo aquello. Había estado antes en Azkaban... Pero no en aquel pasillo. No en aquella sala de torturas. ¿Para qué necesitaban a los dementores si tenían aquello?

Los muchachos estaban apilados en las celdas. Olía a pis. A heces. A sudor. A desesperación. El llanto fue lo que más le costaba silenciar en su cabeza. No vio a Louis Weasley. No vio a su Louis. Y aquello era lo único que la mantenía en pie. Le fastidió no poder decirle a Albus que Alice Longbotton seguía viva. Se notaba que llevaba poco tiempo allí. Aún tenía color en el rostro y los ojos vivos. Y gritó hacia ella cuando la vio. La insultó. Le recordó que toda su familia debería odiarla. Incluso cuando debería sentirse mal, se alegró de que Albus tuviera a una joven como aquella. Pues no solo tenía a su favor al Temple, sino que los propios alumnos del Ojo se apresuraron a distanciarla de las rejas antes de que nadie la dañara. Era uno de ellos. En el fondo, incluso si no quisiera lo que el Ojo buscara... Alice Longbotton tenía el apoyo de aquellos jóvenes. Y eso la tranquilizó. Pero también se percató de quetodos estaban unidos cuando estaban en el matadero.

Se ajustó la camisa rápidamente para desviar un segundo la mirada.

Era la primera interrogación que presenciaba. La de Gregory Zabini.

Había leído su expediente. Pero ya sabía cosas acerca de él antes de haberlo examinado. Porque su primo Albus era amigo de la hermana del muchacho que tenía inyectado Veritaserum y cuyas ojeras se transformaban en una sombra de su esquelético rostro. Odió ver el reconocimiento en su rostro al verla. Odió ver la esperanza en sus ojos. Ella era una Weasley. Quizás estaba allí para salvarla.

Se odió a sí misma por no poder hacerlo. Porque si lo hacía, no podría salvar al resto. Porque si movía un dedo en contra de Whitehall, ella acabaría en la misma celda que el resto y su misión de rescatar a los máximos posibles de forma prudente se iría al traste. Recordó que lloró el día de antes del Memorial de Draco Malfoy. Fue su tío Charlie quien la consoló. No dijo nada. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué a veces había que hacer sacrificios? ¡Era imposible justificar aquella atrocidad! ¡Era egoísta!

Greg Zabini volvió a gritar desesperado cuando sintió el Veritaserum fundirse con su sangre. Ya habían comprobado que cuando decían algo que no debían, morían. Y aquel muchacho sabía algo más de lo que dejaba salir en gritos. Habían llegado a un pacto entre todos. Decir secretos que guardaban entre ellos. Que no eran del Ojo. Hablar sin escuchar las preguntas de Whitehall. Zabini estaba allí porque había dejado inconsciente a Hunter Avery para que no pudieran interrogarle aquel día. Porque era su mejor amigo. Se había sacrificado por él.

La joven Weasley tenía laboca seca y los ojos húmedos.

-Oh, maldita sea... ¡TIENES QUE SABER ALGO! -Rugió Whitehall.

Le arremetió una bofetada.

Zabini gruñó. Escupió sangre. Miró a Lucy Weasley con ira.

-¡Sé cosas! -Bramó. -Sé que Lucy Weasley es una traidora a los suyos... Que os tenéis como héroes pero sois peores que nosotros... ¡Tus padres no estarían orgullosos de ti! -Le escupió sangre al suelo.

Lucy Weasley no apartó la mirada de la desesperación del que había compartido con ella un proyecto en Pociones en segundo curso. Recordó que, por aquel entonces, Greg Zabini aún no era tan amigo de Gwendoline Cross. Recordó que reía con Hunter Avery y con Derrick Collingwood. Y que miraban por encima del hombro al resto, pero no solían hacer nada más allá de aquello. Recordó que siempre abrazaba a su hermana cuando la veía. A Isabella Zabini. Quiso decirle que se encontraba a salvo. Quiso decirle que era valiente. Que todo saldría bien. Pero no quería decirle mentiras.

-¡Dime algo del Ojo! ¡¿QUÉ SABES DE ELLOS?!

El joven sonrió con superioridad. Estaba claro que ya no tenía nada que perder.

-Sé cosas sobre el Ojo... Los tienes encerrados aquí, Whitehall... ¡Pero no a todos! ¡Y saldrán de aquí! ¿Sabes por qué? ¡Porque somos mejores que tú! -Le escupió en la cara. Recibió un puñetazo en la nariz. No se quejó, pero estaba claramente rota. -Nos estás matando... Pero somos muchos más... Has matado a Clove Rosier...Has matado a Gavin Cartwright...Has matado a Annie Gallahger...

-¡Basta, niñato!

-Oh... ¿Te molesta recordar que eres un asesino? -Se giró, de nuevo, a Lucy. -¿Y a ti? ¿Cómo se siente saber que tienes más sangre en tus manos que cualquiera de nosotros, Weasley?

Ella guardó silencio.

-¡Dime sus secretos! -Vociferó Whitehall. Otra bofetada.

Lucy sabía que no le lanzaría conjuros para que nadie fuera de allí pudiera rastrear sus hechizos si era sometido a juicio. Era un monstruo. Era un maldito monstruo.

-¡De acuerdo! -Asintió Zabini. Lucy sintió una punzada en el estómago. -Hunter Avery está enamorado de Renata Driggs... Alice Longbotton haría todo lo que estuviera en su mano para proteger a su familia... Derrick Collingwood está enamorado de mi hermana... Y mi hermana está enamorada de Zoe McOrez... ¿Será mutuo...?

-¡No! -Rugió Whitehall. De nuevo, soltaban todos sus secretos que no dañaban al Ojo para escapar de aquello. Una estrategia bastante Slytherin. -¡Dime dónde están los demás! ¡Dime dónde están los más importantes del Ojo! ¿Dónde está Tristán McOrez? ¿Dónde está Ivonne Donovan? ¿Dónde está Graham McOrez? ¿Dónde se esconde el doctor Schneider...?

Sucedieron dos cosas a la vez que siempre se quedarían en el recuerdo más oscuro de Lucy Weasley. Deseó haber apartado la mirada justo en aquel instante. Más nadie podría habero previsto.

En medio segundo, vio el horror en el rostro de Greg Zabini. Como el de una person que veía su muerte inminente y no podía encontrar el freno a ello. Si Lucy Weasley lo recordara a cámara lenta, vería que Greg Zabini soltó una pequeña lágrima. Un sollozo que se confundió con las palabras que le quitarían la vida.

-El doctor Schneider se encuentra con los Saltadores que le están vigilando -Confesó justo antes de que sus ojos se cerraran y su cuello se echara hacia atrás.

Lucy Weasley sabía que no estaba inconsciente. Sino que había desvelado un secreto del Ojo. La posición de uno de sus miembros más importantes. Del que estaba creando un ejército de soldados sorpresa.

Lo siguiente fue un borrón para la joven.

Otro de los Aurores que estaban allí retiró el cuerpo de Greg Zabini y lo dispuso en una bolsa negra. Whitehall le dijo que saliera de allí y que lo siguiente que debían descubrir era dónde se encontraban los saltadores. Argumentó que estaba exhausto y dejó vivir un día más a los jóvenes que gritaron sin piedad y sin fuerzas contra ellos cuando los Aurores pasaron a su lado. Desde que entró allí, Lucy no había abierto la boca.

Llegó rápidamente al despacho que la acogía aquellos últimos días, tras pasar por el resto del Departamento. Cerró la puerta con ímpetu. Se agachó hacia su papelera. Y vomitó. Vomitó todo lo que no había comido. Saliva. Pero sabía que vomitó por ver aquella desgarradora muerte. Aquella inhumanidad. Se sintió sucia. Ahogó sollozos. Se limpió el vómito con la manga de su camisa. Suspiró. Se hizo una cola.

Greg Zabini había muerto pero no lo haría en vano. Les ayudaría. No al Ojo. Sino a los humanos inocentes que se habían convertido en peones dispuestos a ser sacrificados en una guerra que nadie lograba entender. Como su padre. Como su madre. Como su hermana. Como su prima Roxanne. Como Hagrid. Como Minerva McGonagall. Como Richard McKing. Como Susan Jordan. Y, si no se daba prisa, como Louis.

No lo diría en voz alta, pero Lucy Weasley sabía a que se había referido Zabini con los "saltadores". Por suerte, ella había conocido a uno. Suspiró. Se desabrochó algunos botones de la camisa. Y decidió salir del despacho. El Departamento estaba mucho más vacío de lo que a ella le gustaba. La desprotección que sentía era indescriptible. Por primera vez, podía intuir cómo se sentía Louis. Informó sin muchos detalles que iba a investigar sobre las nuevas confesiones. Nadie se puso en su contra. ¿Quién iba a dudar de ella cuando había dejado todo atrás?

Despejó toda la imagen que acababa de introducir en su memoria lo mejor que pudo. Salió del Departamento y fue abucheada por los Aurores que habían acampado allí para protestar, esperando una orden de una batalla civil con sus antiguos compañeros. Acudió rápidamente a un ascensor. Se peinó ligeramente su pelo rojo. Todo el mundo la abucheó cuando salió del Ministerio. Cerró los ojos intentando evadirse de aquello. Eran todos los temores que había tenido de niña en la vida real. Ser una decepción.

Se intentó animar pensando en que se estaba dirigiendo a su punto de encuentro con su familia. Pero aquello solo hizo que se sintiera peor. Recogió la llave del escondite en la farola que se encontraba cruzando el puente. Conjuró una puerta de un pub. Abrió con la llave que había cogido. Y cruzó la puerta. Entró en el apartamento de su tío Charlie. Estuvo tentada de lanzarse al sofá. Dominique aún no había llegado. Mejor. No podría confrontarla cuando le pidiera que hablara con ella. Buscó bajo el colchón de la veela el traslador para ir a Hogwarts.

Al rozarlo con los dedos, se Apareció en el despacho del director Longbotton.

-Oh -Fue la sorpresa de Neville Longbotton al verla. Al darse cuenta de su expresión. De su olor. Y de que era ella, Lucy Weasley, la que estaba allí. Frunció el ceño. -¿Qué necesitas?

-A Sebastian McKing -Respondió ella con más firmeza de la que creía que podía conjurar.