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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 2

La bienvenida

Capítulo 1: Inicios

Él profirió un gritó que se oyó de un extremo a otro de aquella mansión. El dolor arrancó las palabras <<Van a sufrir>> de sus labios morados. Miró a través de una esfera de cristal. Una esfera que usaba para crear un caos que alteraba el presente y que daría lugar a un futuro que pondría el mundo a sus pies.

El silencio inundó la sala. El hombre levantó la cabeza lentamente y recorrió las paredes de mármol con la mirada. Sus ojos plateados refulgían con el color del fuego.

-¡Van a sufrir!

Un hombre fornido, de carácter autoritario, cuyos ojos habían visto mucho, y durante demasiado tiempo, se acercó por detrás con gran cautela.

-¿Me permite hablar, su Alteza?

El hombre se volvió. Ni siquiera la profunda pena que sentía podría ocultar su etérea belleza.

-¿Qué quieres, Graham? ¿No ves lo que está ocurriendo? Lo han matado. ¡Qué ardid tan astuto, tentarlo con su propio hijo! Donovan lo ha tramado todo. Es el cerebro de los Vigilantes. ¡Ya lleva medio siglo martirizándome! - Graham había visto furioso a su señor otras veces, muchas, pero en aquella ocasión... Aquella aparente pérdida de control resultaba nueva para él. Se estremeció. De la tristeza y la pasión resultaba una mezcla imprevisible.- Dime, Graham, ¿acaso Lance no me adoraba? ¿Por qué lo ha distraído la imagen de su hijo, un niño que murió hace ya más de seiscientos siglos? ¡Ha sido una treta! ¿Qué lo ha cegado? - Bajó la vista y murmuró-: Tal vez aún amaba a la mujer que lo dio a luz.

Graham se encogió de hombros, inclinó la cabeza y su melena blanca como la nieve cayó sobre su musculada espalda.

-No lo sé, Alteza, pero ahora no es momento de dudar de la lealtad de Lance. Durante estos seis siglos ha demostrado en muchas ocasiones que es vuestro sirviente más fiel. Debéis hacer regresar su cuerpo rápidamente. Recordad que aún nos puede servir.

Él asintió con la cabeza. Su pelo rojo, como la seda tejida directamente del capullo de una oruga, acarició su piel inmaculada. Tras erguirse cuan alto era, sacándole casi tres cabezas a Graham, cerró con fuerza sus puños. Regresó junto a la esfera donde había contemplado el asesinato de su amante.

Graham se acercó de nuevo a su señor y, pese a que lo conocía solo desde hacía medio siglo, se atrevió a tocarle tímidamente el hombro.

-¡¿Qué quieres?!

Graham carraspeó y contestó:

-Los demás, alteza.- El hombre lo atravesó con sus ojos encendidos y a Graham se le detuvo el corazón durante unos instantes.- Los heridos, Alteza. No debemos dejarlos morir, podríamos curarlos en nuestras salas para que así volvieran a ser de utilidad. Son vuestros soldados, y su lealtad a la causa es incuestionable. - Él asintió y Graham respiró aliviado. -¿Qué queréis que hagamos con los heridos, Alteza?

Él le dedicó un gesto de la mano.

-¿Es que no tienes sentido común, McOrez? Organiza a los que aún se tengan en pie para llevar a los heridos a las salas de curas. - Graham asintió y se dirigió a la puerta, pero Él lo llamó. Quédate, tengo que hablar contigo.

-¿Sí, alteza?

-Cuéntame lo ocurrido.

Graham abrió sus ojos verdes de par en par, luego echó un rápido vistazo a las paredes blancas y suaves y tragó saliva. Seguro que ya lo sabía, que lo había visto todo a través de su esfera, si no, ¿por qué iba a saber la forma en la que Lance había sido asesinado?

-Pues...

Al verlo dudar, su señor le gritó desde la otra punta de la sala:

-¡Dime cómo es posible que mis mejores solados hayan sido derrotados por unos pocos de los suyos! ¡Graham, dime quién era la persona cuya mano blandía la varita letal!

-Ella... parecía anciana, alteza.

-Olvidas que todos pueden ocultar su verdadero aspecto con una poción.

-Sí, pero... sus ojos. Había algo en ellos que me recordaron a ella.

Él reparó en que a Graham, al impenetrable Graham McOrez, le temblaban las manos y se preguntaba si había cometido un error. Pero no, aquel hombre había sido fiel al Clan desde el día de su Iniciación, hacía cuarenta años. Por ese motivo tenía un rango tan alto entre sus miembros de élite. Pero aquel día..., aquel día le había defraudado. Le dio un bofetón sin previo aviso. La fuerza del golpe casi tira a Graham al suelo.

-¡Deberías haber hecho más!

El hombre se levantó.

-No pudimos...

-¡Siempre se puede hacer algo! Desde luego esto solo significa una cosa, Graham. Expande la noticia por todos los miembros del Clan: ha llegado el momento. ¡AD EUNDUM QUO NEMO ANTE IIT!

-¡Qué casualidad! -exclamó Scorpius Malfoy al abrir el envoltorio de la rana de chocolate que se había comprado, gracias a la recomendación del mismísimo Albus Severus Potter. -La primera vez que me compro una y me toca tu padre. -el joven Malfoy sonrió ante tal coincidencia. Ya aprendería que la mayoría de las ranas de chocolate solían tener a algún miembro del Trío de Oro por la demanda.

Albus rio alegremente, ya estaba acostumbrado a que aquello pasara. Cuando era más pequeño, solía coleccionar las ocasiones en las que su padre aparecía en aquellas golosinas; pero, con el paso del tiempo, dejó de hacerlo porque estaba adorando demasiado a su padre. Todo el mundo se lamentaba de que tuviera que soportar la carga de un padre, cuya altura jamás alcanzaría. Suspiró, ahuyentando aquellos pensamientos de su mente.

De pronto, la puerta del compartimento se abrió y, entre risas, una muchacha de tez morena y mirada divertida entró en el compartimento. Miró a Albus como si le conociera de algo y se dirigió hacia los tres con una autoridad que no acababa de convencer a ninguno de los tres:

-Bueno, ¡pero mira quién no se ha puesto la túnica todavía!- le reprochó con cierta burla. Acto seguido miró a Rose, que intentaba ocultar su rostro con su melena. Como si así no supieran que era Rose Weasley y que había sido penalizada desde el primer día. -Me temo que se os acaba la juerga. Los prefectos están mandando a todos los estudiantes de primero a que se cambien en los baños...Ya sabéis, como hay tantos, los de tercero tenemos que ayudar. Somos la mano de obra barata...- Se lamentó teatralmente mientras les indicaba la puerta.

-Como podrá comprobar, yo no necesito abandonar el compartimento porque ya he cumplido con lo previsto.- anunció Scorpius Malfoy.

Rose Weasley carraspeó irritada. Se levantó de un impulso y salió por la puerta sin más dilación, llevando consigo una pequeña mochila en la que seguramente estaría la túnica. No podía permitirse una penalización por parte de una estudiante de tercero que no tenía ni autorización ni edad para darle órdenes.

Albus dudó en imitarla y se resignó a hacerle caso a aquella joven que había clavado la mirada fijamente en su baúl.

No pasaron ni tres segundos desde que Rose Weasley se había ido a cumplir con su deber, hasta que Teddy Lupin entró en el compartimento sorprendiendo a Scorpius Malfoy con su pelo color azul turquesa. Su jovialidad transmitió a Albus cierta tranquilidad y le inquirió con la mirada qué estaba haciendo allí. ¿No se suponía que había acabado Hogwarts el año anterior?

-Albus.- dijo refiriéndose a su cuasi primo.- Niño desconocido.- llamó a Scorpius. Este titubeó, no sabía quién era aquella persona, ni porque aquella situación era un tanto anómala. -Tenéis que venir conmigo. -Ambos le miraron extrañados, ¿qué pasaba allí?- Son solo cinco minutos. Me ha rogado el profesor Neville Longbotton que registremos los vagones de todos los estudiantes. Este año está llevando a cabo medidas cautelares relativas a la posesión de artículos de Sortilegios Weasley. Me temo que tendré que registrar vuestras pertenencias... Si queréis una orden, podéis comunicárselo a Neville en cuanto lleguéis... Yo solo soy el que hace el trabajo sucio.

El rubor alcanzó rápidamente las mejillas de Albus. Su hermano le había pedido que le llevase algunos artículos de la tienda de sus tíos porque en su cuarto de Hogwarts se lo podían robar y, si él los llevaba, nadie sospecharía del joven Potter y su mercancía estaría a salvo. James siempre andaba haciéndole la vida imposible.

-De acuerdo, señor.- cedió Scorpius Malfoy con un tono de escepticismo que ninguno de los presentes pasó por alto.

Siguieron a Teddy Lupin por el pasillo, donde se perdieron al cambiar de vagón. La muchacha que les había avisado de que era hora de que se cambiaran de ropa seguía allí, frente a su compartimento. Se frotó las manos con entusiasmo y tocó en el compartimento contiguo, de donde James Sirius Potter salió con una sonrisa encantadora.

-¡Rápido! Antes de que a Fred se le gaste la poción multijugos y tenga que fingir ser Teddy cambiando de aspecto. - apremió Susan Jordan, la que vigilaba el compartimento de Albus Potter y compañía.

James corrió a abrir el horroroso baúl de su hermano... Todo tan ordenado: libros, papiros,... ¿Por qué tendría la ropa interior toda de color blanco? ¿Era acaso un abuelo? También encontró su propia mercancía y sonrió para sí, solo lo había hecho para ponerle nervioso. Al fin consiguió tocar algo cuya textura era tan suave que podría tirando horas acariciándolo.

-¡La tengo! -volvió a ordenar apresuradamente el baúl de su hermano y lo dejó medio abierto.

Tanto Susan Jordan como James Potter oyeron a su prima Rose y al muchacho que acompañaba a Albus por el pasillo. Rápidamente James pasó por encima de su cabeza y por la de Susan la Capa de la Invisibilidad y salieron disparados fuera del compartimento.

Fue en ese momento crucial cuando comprobaron si la Capa de la Invisibilidad funcionaba tal y como decían todas las historias de sus padres. Tenían a Rose Weasley y a su compañero justo en frente y no habían dicho nada al respecto.

-Siento no sonar agradecido con el tal Teddy Lupin, pero me parece algo extraña su intervención.

Rose Weasley se detuvo en seco en mitad del pasillo. James se mordió la lengua y comenzó a dar un paso atrás, mientras advertía a Susan Jordan de que se preparase para entrar en uno de los compartimentos.

-¿Teddy Lupin estaba aquí? ¡Es imposible! Yo misma lo vi salir del vagón, después de que James dijera que se estaba dando el lote con mi prima Victoire... ¿Estás seguro de que era él?

-Creo que sería fácil de reconocer... Tenía el pelo azul.

En seguida, Albus se les unió justo antes de entrar en el compartimento y dar por finalizada la misión de James Sirius Potter.

-Al, ¿estás seguro de que era Teddy? -le preguntó Rose a su primo, seriamente preocupada.

-¡Claro! Si incluso me ha dicho que ha estado preparándose para parecerse a nosotros.. .¡El primo Fred le ha salido genial!- a menos de un metro de ellos James Sirius Potter casi lloró aguantando la risa.

-No sé, Al. Esto me suena a cosa de tu hermano.

Albus se encogió de hombros. Los tres entraron el compartimento.

-¿Cuánto queda para llegar, Rose?

-Apenas tres horas.- contestó Scorpius Malfoy en su lugar.

-Malfoy, tengo boca y reloj.- le respondió ésta, sonando ofendida.

-Desde luego sin boca no podrías haberte comido la mitad del carrito de las golosinas. -comentó el joven de cabellos platinos con una sonrisa perspicaz mientras Albus aprobaba el comentario con un asentimiento.

Ambos se ganaron el abandono de Rose Weasley.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban los unos a los otros para salir al pequeño y oscuro andén. La noche había inundado el paisaje y no dejaba ver más allá de los primeros árboles que poblaban la entrada a los terrenos del castillo. Scorpius Malfoy se estremeció bajo el frío aire de la noche. Por muy gruesa que fuera la capa que le había comprado su madre, nadie estaba preparado para la primera vez que el frío aire norteño azotaba el rostro.

Entonces, apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Albus Potter oyó una voz conocida:

-¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Albus? -La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas, entre las que probablemente se encontraba Rose Weasley huyendo de ellos. -Venid, seguidme... ¿Todos estos son de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!

La advertencia no era en vano. Se adentraban en un bosque cuyo suelo estaba formado por raíces y, si uno no se tropezaba por enredarse en ellas... Se caía en el suelo por escurrirse con el barro. Así, resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero. Se oía un murmullo de vez en cuando, pero, en general, nadie hablaba mucho.

-En un segundo, tendréis la primera vista de Hogwarts -exclamó Hagrid por encima del hombro -, justo al doblar esta curva.

Se produjo una fuerte ovación.

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, justo en frente, con sus ventanas coloreadas de luces amarillas bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con infinidad de torres.

-¡No más de cinco por bote! -continuó Hagrid, quien tenía un bote para él solo, en vista de sus dimensiones. -¡Venga! ¡ADELANTE!

Apresuradamente todos los niños se sumaron a la cola para coger los botes. En ese momento, Scorpius Malfoy distinguió una melena rojiza que se dirigía hacia ellos, seguida de una niña menuda con una sonrisa tímida.

-Mira quién ha vuelto. La hija pródiga.

-¡Cállate, Malfoy!- le espetó mientras los cuatro subían al bote.

La pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago de aguas negras, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada más más al risco donde se erigía.

-Ten cuidado, Severus.-advirtió la muchacha, cuyo nombre el joven Malfoy desconocía. -Me han dicho que si te caes, el pulpo gigante te tragará y te escupirá al día siguiente...

-Hola, Longbotton. -la saludó con desgana Albus, como si aquel comentario hubiera roto toda la magia de aquel momento.

-Se llama Alice Longbotton.- la presentó Rose con falso entusiasmo hacia Scorpius.

-Soy Scorpius.- se presentó el muchacho a la compañera de Rose. La había observado de reojo y no pudo más que apreciar su tierna belleza: tenía una dulce cara ovalada de ojos verdes y labios frondosos.

-¡Bajad las cabezas! -exclamó Hagrid, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza, mientras los botes eran llevados a través de una cortina de hiedra, donde se escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco.

Las pequeñas embarcaciones se dirigieron por un túnel oscuro que parecía conducirlos por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y guijarros.

Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.

-¿En serio no va a haber ningún carruaje para nosotros?- preguntó Susan Jordan desesperada.

Solo faltaban tres carruajes y, dada la mercancía que Fred había traído gracias a su padre, se habían retrasado y tan solo faltaba un carruaje. Al parecer, tendrían que ir andando, llegarían tarde y, para colmo, se perderían el banquete inicial. ¡James se perdería cómo su hermano era elegido Slytherin!

-Prefiero llegar tarde que pasarme el resto del curso sin artilugios Weasley -se defendió Fred mientras tiraba a rastras sus dos baúles.

James Sirius Potter puso los ojos en blanco y se frotó las manos mientras se dirigía hacia los dos estudiantes de Ravenclaw y una de Gryffindor que intentaban hacerse con el último carro. Si bien Harry Potter era conocido por su humildad y Ginny Weasley por su abnegación, él rompía con todos los esquemas creados por esos atributos tan dóciles de sus padres. ¿Había recibido una mala educación? ¡No! Simplemente era un adolescente con autoridad.

-¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!- les gritó a los tres individuos. -Me parece que tenemos un problema. Ahí sólo caben cuatro... Y nosotros somos tres.

Uno de los Ravenclaw, cuyo rostro le sonaba porque quizás pertenecían al mismo curso, rio con sorna.

-Me parece estupendo que lleves bien las matemáticas.

-¡Genial! Entonces, sabréis que por lógica nos toca el carro a nosotros porque tenemos más baúles.

El otro Ravenclaw, una copia física exacta, se volvió a mofar de él.

-Creo que la ley de <> te ha llegado hondo.

James Sirius Potter no podía permitir aquello. ¿Unos Ravenclaw mofándose de él? ¿Qué era lo siguiente? ¿Qué unos Hufflepuff le gastaran una broma?

James soltó su baúl y corrió a subirse en el carruaje antes que ellos. Tras conseguirlo, les indicó a sus dos amigos que corrieran y que ocuparan los puestos. Los tres muchachos que habían sido perjudicados miraron la situación incrédulos.

-¡Cómo se puede tener tan poca vergüenza!- soltó de pronto la muchacha de Gryffindor, la misma que estaba con ellos en el compartimento durante el trayecto. -¡Nosotros hemos llegado antes! ¡No puedes ir por ahí con esa caradura haciendo lo que te dé la gana molestando a los demás!

Hubo un pequeño silencio. Susan Jordan, Fred Weasley y James Potter se rieron de la muchacha en su cara, mientras esta se ponía roja de furia.

-Tú puedes venir, belleza.- le dijo James con sorna.

-En realidad...- comenzó a decir Fred.- No cabe, hay un asiento que es para mi baúl... Y con lo que me ha costado traerlo aquí, sería una pena dejarlo.

La muchacha rugió en su fuero interno.

-¡Aun así no me montaría con vosotros! ¡Panda de idiotas! ¡Deberías tener educación!

James Potter le dirigió una mirada llena de sarcasmo:

-Pues tendrás que ir montada en tu educación.