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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 220

Tenía que admitir que el sitio era espectacular. Habían hecho un gran trabajo trayéndolo de nuevo a sus tiempos gloriosos. 

Lo que antes habían sido un par de ruinas desérticas… Ahora era el gran castillo de Raglan. Sus altas murallas lo hacían destacar en la distancia. Unas cuantas hectáreas de bosque galés para poder sentirse en total libertad. Su color de piedra clara y su arquitectura simple hacían que radiara cierta elegancia que ninguno de sus inquilinos o fundadores tenía. Habían rescatado los jardines. Limpiado las murallas de la vegetación que amenazaba con devorar el lugar. Reconstruido lo destruido en las guerras. Pavimentado los espacios del interior. La pequeña ciudad que albergaba. Habían amueblado las diferentes estancias. Los duques de Beaufort también habían apoyado económicamente a aquello. Habían trasladado muebles de segunda mano de otros palacios de la nobleza que quería ayudar a aquellas pobres criaturas. Pobres en el sentido de escasez económica, sí. 

Moonlight les prometió una recepción cuando todos se habituaran a la vida en aquel castillo. Les recordó que todos los magos habían vivido mínimo siete años en uno. No era algo tan disparatado para ellos. 

-Moonlight -Le llamó Umi. -Hay alguien en la puerta. 

Dejó el martillo en el suelo. Se sacudió el polvo en sus pantalones. Y siguió a Umi por el laberíntico interior del castillo. Era más pequeño que Hogwarts. Aún así, le costaba orientarse. 

Por aquel momento, los inquilinos eran bastantes pocos. Moonlight, pese a dormir todas las noches en su apartamento -pues era un lugar que no quería perder por nada en el mundo, estaba allí la mayor parte del día Teddy había llevado a Remus allí en un par de ocasiones, pero tampoco dormían allí. Y James había desaparecido aquel verano. Muy pocas personas dormían allí. Umi había ocupado la primera habitación renovada. Le siguió la Auror Alice Spinnet, quien había perdido su casa en la Caída de Londres. Siguiendo ese criterio, se sumaron Bastien Lebouf y Seamus Finnigan. 

Al llegar a la entrada norte del castillo, percibió los nervios de Umi. O emoción. Arrugó la frente. ¿Quién podría ser? Dominique había dejado de ir a visitarle cuando la comunidad de veelas le pidió que fuera con ellas a organizar su estrategia. Iban a venir a Inglaterra, pero debían tener un registro de cuántas eran y debían controlar sus poderes, en primer lugar. No era algo que querían hacer en un lugar recién restaurando. Teniendo en cuenta el fuego veela. 

Los ojos de Moonlight se ajustaron. Vio a un hombre que perfectamente rondaba los cincuenta. Tenía una maleta al lado de su pierna derecha sobre el suelo. Cuerpo escuálido. Estatura mediana. Pelo corto. Rasgos asiáticos. Y una sonrisa afable. 

-He escuchado que en este castillo acogen a licántropos… -Lo escuchó decir.

Moonlight casi se atragantó con su propia saliva. 

-Eh… Esto… Sí -Le tendió la palma de la mano. -Soy Alexander Moonlight, el Alfa.

Decir aquello le hacía sentir importante. Y, cuando otro licántropo lo escuchaba, le producía cierta admiración. Pudo verlo en los ojos de aquel hombre. Sonrió de nuevo.

-También he oído que podéis convertiros… A vuestra voluntad… Que controláis al lobo… Que os convertíis en lobo… -Tartamudeó. 

-Sí… Requiere mucho entrenamiento y práctica -Concedió Moonlight. -¿Eres un licántropo?

-Pero no uno de los vuestros -Se excusó con una sonrisa tímida. -Soy Ma Hyun-Shik -Se presentó con una pequeña reverencia. Moonlight asintió. -Podéis llamarme Shik -Añadió lentamente. -Y me gustaría unirme a vuestra manada.

Una energía nueva y refrescante ocupó el corazón de Moonlight. 

-Por supuesto. 

Dejó un par de galeones en la barra. El sonido de las monedas hizo que el tabernero se girara. Sonrió a Theia Daphne Malfoy. La lástima prisionera de la mirada de aquel hombre no pasó desapercibida para la muchacha. Decidió ignorarla. Nunca se le había dado bien corresponder la empatía de otras personas. Le hacían recordar algo que quería olvidar. ¿Tenía sentido olvidarlo ahora que no había pasado? 

Odiaba esa sensación. Se encontraba en un presente que aún no había sucumbido a la oscuridad. Aún reían. Aún cantaban. Aún tenían tiempo para celebrar que estaban vivos. Y lo estaban. Theia odiaba verles vivos y no decirles que pronto dejarían de estarlo. Se mordía la lengua por dentro y se recordaba que había venido para salvarles. 

Salió del Caldero Chorreante. Se puso la capucha de su capa para ocultar sus rasgos. Su rostro era demasiado similar al que había tenido su padre con diecisiete años. Muchos de los magos y brujas que aún se aventuraban a deambular por el Callejón Diagón sabían de la existencia de Theia Daphne Malfoy del futuro. Hermione Weasley la había convertido en una aliada. Pero su apellido hacía levantar sospechas. "¿Es que no había otra bruja que podía venir a nosotros?" "¿Por qué una Malfoy?". Theia se callaba su opinión por dentro: lo único Malfoy que tenía era su exterior. En su vida, la influencia de su familia había sido escasa. Se atrevía a decir casi inexistente. 

Se dirigió a un Callejón el que podría Aparecerse. Se aseguró de que nadie la había seguido. Su pecho aún estaba angustiado por la paranoia de estar en Londres. En el Callejón Diagón. Aún se ponía la capucha que ocultaba perfectamente sus rasgos. Caminaba en silencio entre los magos y brujas, convirtiéndose en una sombra invisible. Aquel había sido su entrenamiento. El que había perfeccionado. Era la lección de Lily Potter: si eres invisible, tendrás más libertad. 

Lily Luna Potter había convertido a la Resistencia en una lucha invisible. Theia creció convirtiendo los nombres de las personas más importantes de la Resistencia en meros apodos inventados por Lily. Apodos que se utilizaban para que lo más jóvenes y vulnerables de la Resistencia no pudieran señalar a sus compañeros si eran capturados. Pues no sabrían sus nombres. Los Académicos, Apolo y Prometeo. Andrómaca. Ayax. Galantis. Odiseo. Linceo. Hermes. Deyanira. Lily Luna. Ella era la única que seguía utilizando su nombre. Decía que le daba poder. Que Morgana debía recordar que era una Potter. Theia vivió años sin saber a qué se refería con aquello. Hasta hacía un año. Cuando la raptaron. 

Disipó aquellos pensamientos. Se distrajo con la Aparición. Era algo que no controlaba. Odiseo le había enseñado aquello. Era sumamente fácil para él. No para ella. 

La gran y majestuosa puerta de la Mansión Malfoy se alzó ante ella. Aún se estremecía cuando estaba allí. No estaba cómoda allí. Por esa razón, pasaba las noches en el Caldero Chorreante. Donde podía conciliar el sueño sin pensar que iban a rajarle el cuello por la noche. No era solo la paranoia, la costumbre adquirida. Eran también sus residentes. Habían trasladado allí a Remus Harry Lupin. Sí, lo tenían encerrado en el sótano… Pero Theia sabía que nunca podrían fiarse de él. Deberían haber dejado que el Ojo lo asesinara. Solo les traería problemas. Nadie la escuchó cuando les advirtió. Ni cuando derramó algún secreto. Tener a Remus Lupin en la Mansión Malfoy no era buena idea. También habían traído a Isabella Zabini. ¿No veían que era una joven que afirmaba ser del Ojo? ¿Es que estaban voluntariamente pidiendo que les mataran? Su hermano Scorpius también estaba allí con su amigo Peter Greenwood. Y Astoria le recordaba todos los días que podría quedarse allí a dormir algún día. 

Abrió la puerta tras un largo suspiro. 

Sorprendió a Scorpius Malfoy, quien llevaba una bandeja con tazas de té. Probablemente para su amigo y para él. Quizás incluso también para Isabella Zabini. La sangre de Theia hirvió por dentro. Debía acostumbrarse a aquel presente. A que sus emociones no reflejaran lo que podría cambiar todo.

-Oh, Theia, hola -Saludó su hermano mayor. Aunque, ¿podría llamarlo así? Ella tenía, en ese instante, más años que él. Y él…Era tan diferente. -Vamos a tomar un té y después iremos a una reunión que ha convocado Hugo Weasley…

-Tengo cosas que hacer -Respondió simplemente.

No solo no le apetecía estar con Hugo Weasley, sino que se negaba a tener más de dos palabras con su hermano. Algún día se lo explicaría. Pero tenía que asimilarlo ella primero. 

-Claro… -Dijo lentamente su hermano. No se movió. Suspiró. - ¿Sabes que puedes contar conmigo, no? -Su voz era tan suave y tan… Comprensiva. -Sea lo que sea -Aseguró. -No creo que pueda sorprenderme nada más -Se burló.

Oh, Scorpius. No tenía ni idea de qué era lo que le estaba ocultando Theia. Y quizás la ignorancia le vendría bien por un tiempo. Tal vez así podría solucionarlo. O empeorarlo aún más. Si querían la Luz, Scorpius Hyperion Malfoy no podía ser consciente. Porque se entrometería en el camino. Deyanira dijo que aquella era la única solución. Theia se preguntaba si Deyanira sabría algo ya en aquel presente. Quizás debía afrontarla algún día. Y guiarla. Los Académicos habían sido tajantes con sus instrucciones. 

Y ya les había fallado en su primera instrucción. No había podido salvar a McKing. Repasó todas las personas cuya muerte debía evitar. Lanzó una bocanada de aire. No sabía cómo iba a hacerlo. 

-Pásatelo bien… -Aún tenía el hábito de decir otros nombres. -Scorpius. 

Su hermano asintió. Visiblemente preocupado. Y escéptico. Theia intuía que Scorpius estaba asustado por lo que su hermana le estaba claramente ocultando. Las cosas buenas eran fáciles de anunciar. Las malas… No tanto. 

Subió rápidamente las escaleras en la dirección opuesta. Los retratos de sus antepasados la seguían. Oía susurros. Era la primera mujer en la línea de los Malfoy desde hacía siglos y siglos. Brutus Malfoy incluso le dijo abiertamente "corromperás a la familia con tu débil persona". Incluso los cuadros de la Mansión eran sus enemigos.

Abrió la puerta de su dormitorio. Se apoyó en la puerta al cerrarla. Siempre se sentía abrumada al ver lo que podía haber sido su hogar sin una guerra. Astoria había creado aquel cuarto para la pequeña Theia. Para la niña que se había llevado a la habitación principal para que durmiera con ella. Le había cedido aquella enorme habitación. Y Theia se lo había agradecido yéndose a dormir a un hostal. 

Sus pasos la llevaron al armario. Tocó las telas de vestidos que Astoria había diseñado para ella, prometiéndole eventos y visitas. Le pidió que cogiera los que quisiera. Theia no se sentía cómoda con una tela tan fina. Siempre había vestido en sudaderas, jerséis de lana con su inicial y capuchas. Nada que la hiciera sobresaltar. Nada como aquello. Porque no lo necesitó nunca. Y, en ese instante, tampoco. 

Se agachó a la parte inferior para sacar una mochila. De color verde esmeralda. Por supuesto, su madre quería que ella fuera Slytherin. Por Draco. Sabía que su rostro le recordaba demasiado a su difunto marido. A su difunto padre. En aquel presente, al menos. Theia habría sido elegida Slytherin. Así lo decía Andrómaca. Nadie se opuso a aquella idea. Ni siquiera Deyanira. Ni Lily. 

Comenzó a meter en la mochila ropa que le había comprado su madre que sí encajaban con su estilo. Pantalones de cuero. Camisetas negras de algodón. Dudó en si coger un jersey de cashemere. Demonios, debía aprovecharse de la riqueza de los Malfoy, ¿no? 

La puerta se abrió. Sin ser consciente de lo que hacía, Theia cogió su varita y apuntó al intruso. Su madre. Rápidamente, apartó la varita. Avergonzada. Su madre le dedicó una de esas sonrisas de lástima y empatía que odiaba con todas sus fuerzas. No haría nada así si su mansión no estuviera plagada de enemigos. 

-¿A dónde vas, cariño? -Preguntó Astoria.

Intentó no estremecerse visiblemente ante el uso de aquel apelativo cariñoso. Había sido criada por mujeres que jamás lo habían utilizado. Lo más afectivo que hacía Lily Luna Potter era acariciarle el brazo cuando Theia se consumía por la impotencia. Deyanira la abrazó alguna que otra vez. Fue su hombro sobre el que llorar cuando Daniella murió. Pitia tenía suerte de que Andrómaca fuera su madre. 

-Al castillo de Raglan -Anunció. -Los demás me necesitan.

No esperó una respuesta que le impidiera ir. Astoria no tenía autoridad sobre ella. No podía pretender que la tenía solo porque fuera su madre biológica. 

Astoria se acercó a ella y se sentó sobre su cama, donde Theia estaba haciendo su menuda maleta. Las que había hecho anteriormente consistían en armas y medicinas. Aquella vez solo tenía que preocuparse por algo que la hiciera sentir cómoda. Fue al baño a coger un cepillo de dientes. Se dio cuenta de que aquel simple instrumento era algo que debían haber tenido en la Resistencia. La hacía sentir más humana. 

Suspiró cuando se percató de que, en aquel presente, podría encontrar facilidades como compresas, aspirinas para un simple dolor de cabeza, toallas secas para cada uno de ellos o simples tiritas. Eran privilegiados sin saberlo. 

-¿A quién debo darle las gracias por criarte, Theia? -Alzó las cejas. ¿Debía decirlo? ¿Y si estropeaba las cosas? -No se lo diré a nadie… Solo quiero saber quién ha ayudado a que seas una Malfoy tan fuerte.

Ella quiso decir que en absoluto era alguien fuerte. Pero supo lo qué quería decir. Y también sabía que su madre necesitaba quedarse en paz con aquello. Seguramente acababa de ver a un Remus Lupin esposado y lo tenía en el sótano. Lo que ellapodía haber sido.

Quizás no hacía daño a nadie.

Además, su pregunta le dejaba claro que sabía que Astoria no había podido estar con ella. Probablemente había pensado que estaba muerta. Intuía que había descubierto también que Scorpius y ella no habían estado juntos como había de esperarse en su futuro. 

Suspiró. ¿Quién le había criado? Siempre pensó que su única familia eran las dos personas con las que compartió habitación en Vardzia durante todos aquellos años de la Huida. La cuna de la resistencia. Su escondite. Los últimos magos y brujas que habían logrado huir de la Caza encontraron aquel lugar excavado en la montaña rocosa del sur de Georgia. Mientras que Lily Luna Potter se quedó allí para protegerles a todos, Deyanira seguía a Ayax en misiones que la hacían volver llena de heridas y conocimiento. 

-Lily Luna Potter -Respondió. - Y Rose Weasley. 

Su madre simplemente asintió. Lo que quiera que se le hubiera pasado por la mente en aquel momento, no supo leerlo. 

-¿Sabes que ahora me tienes a mí, verdad? 

Inconscientemente, asintió. 

-Lo sé, Astoria.

Su madre se estremeció al oír su nombre. Pero Theia no podía llamarle "madre". Ya era demasiado tarde. O quizás, era demasiado pronto para comenzar a llamarla así. 

Sabía que se estaba poniendo en peligro yendo allí. Tenía que hacerlo. Debíahacerlo. Si había algún modo de evitar las profecías que se habían convertido en sus pesadillas durante los últimos años, debía acabar con cualquier sospecha de que se podían convertir en realidad. 

Lily Luna Potter había estado en duelo consigo misma todo aquel verano. No solo se sentía traicionada por el que había creído que era un amigo, sino que comenzaba a sospechar que todas las profecías iban a acabar cumpliéndose. Ella pudo leer el cuaderno de Hugo. Sabía por qué su hermano James estaba desaparecido. Sabía que temía el futuro oscuro que Remus había predicho. El futuro oscuro que comenzaría cuando Cornelia Brooks se convirtiera en Morgana. Porque había profecías después de aquello. Y, según el orden cronológico, no quedaba mucho tiempo hasta que el ritual comenzara a cumplirse. El Temple poco podía hacer para detener al destino.

Si todos estaban asustados, era porque tenían un motivo para estarlo. Remus Lupin había anunciado que todo se cumpliría. Aquello le hizo pensar en la profecía que Frank McOrez anunció una vez que se refería a ellos dos. Le había estado dando miles de vueltas. Infinitas. Y no podía ser cierta. Faltaban demasiados elementos para que la profecía tratara sobre ella. Ella no amaba a Frank McOrez. Lo sabía. Su corazón estaba confuso, pero sabía que no era por ese asesino en concreto. Él debía saberlo. ¿Por qué insistía entonces? ¿Por qué Zoe McOrez seguía recordándole que su hermano quería matarla? ¿Qué estaba haciendo Frank McOrez para que creyera que iba a convertirse en el mago más poderoso de todos los tiempos solo con un beso de ella en una gran batalla? 

Necesitaba responder a aquellas preguntas. Así que, a escondidas, hizo un conjuro con su varita. Para comunicarse con su antiguo dueño. Le había pedido a Lorcan que investigara cómo hacer aquello. Le hizo prometer no decir nada al respecto. Lorcan ni siquiera sabía que aquella varita no era de Lily. Mejor así. Mejor la ignorancia. Porque si alguien se enteraba, pondría en peligro su misión de descubrir qué estaba haciendo Frank McOrez.

Le pidió que quedaran en los jardines botánicos de Oxford. Porque estaban en el corazón de la ciudad. Y estaban rodeados de muggles en un domingo por la mañana. Si utilizaba magia sobre ella para torturarla, los muggles se les echarían encima. 

Había pensado en la posibilidad de ser raptada. Aquello lo tenía cogido con delicadas pinzas. De nuevo, Lorcan había sido de ayuda. Le dijo que no debía preocuparse. Quedó con él en tres horas. En el antiguo apartamento de su padre Rolf en Oxford, por eso había escogido aquella ciudad. Tenía la excusa de que iba a visitar a Lorcan. Y si no aparecía en tres horas, Lorcan debía avisar a los demás. Evidentemente, Lorcan se opuso a aquello. Pero Lily le pidió que, en nombre de su amistad, confiara en ella. Y que le contaría todo cuando volviera. Lorcan era un Ravenclaw. Solo esperó que la curiosidad no matara a nadie aquel día. 

Se paseó por el jardín amurallado, la parte más antigua. Todas aquellas plantas y sus pequeñas placas con sus nombres le recordaron a Alice Longbotton. Y, por asociación, a su hermano Albus. Echaba de menos a su hermano. Siempre había tenido una relación más cercana con James. Pero Albus… Albus no la hacía sentir como a una niña pequeña. Albus confiaba en ella más que lo hacía James. Albus habría entendido que Lily debía quedar con Frank McOrez para confirmar que su miedo no tenía fundamento. 

-Lilith -Sintió la rasposa voz de Frank McOrez a su espalda.

Se giró lentamente. Clavó en sus pupilas su mirada. Y vio… Que la estaba examinando como si fuera una rana abierta en canal en clase de Herbología. Estaba claro que él se equivocaba. Que no podrían cumplir la profecía así. 

Había investigado. 

Sabía, en primer lugar, por qué la llamaba Lilith. Era simple. Lilith era la madre de los dragones. Frank McOrez debía creer -por muy enfermizo que fuera-que de algún modo daría metafóricamente luz a un demonio -él- cuando cumpliera la profecía. ¿Quién, en su sano juicio, pensaría aquello? 

-Frankestein -Le saludó con una sonrisa de suficiencia. 

Estaba preparada para el juego. Además, había estado utilizando las reglas que él mismo había interpuesto entre ellos. Había utilizado la varita que le había robado. No obstante, había comprendido que no la había robado del todo. Pues la varita aún respondía a su dueño Frank. ¿Cómo podía tener lealtad hacia él cuando era de Lily por el robo? Exacto. Nunca la había robado. La había prestado para controlarla. 

-¿Por fin aceptas que eres mía? -Preguntó.

Lily aguantó una risa sarcástica. 

-Te he pedido que vengas para asegurarte que no soy la de la profecía… Ni tú tampoco -Añadió. -Me voy a tintar el pelo de otro color para que ni siquiera se adapte a nuestra descripción…

La risa de Frank McOrez se hizo audible.

Lily se percató de que tenía su varita en alto. Rápidamente sacó la suya. Vio que estaba haciendo pequeños gestos con su mano. Contempló cómo todos los muggles de su alrededor comenzaron a desaparecer por la puerta del jardín. Como si huyeran de allí. Un Imperio. 

Bueno, solo se había demostrado que Hugo y Lorcan tenían razón cuando afirmaban que Lily no era buena haciendo planes. Era de actuar antes que pensar. Decían que era un rasgo Gryffindor. Ella se sintió orgullosa de aquello… Hasta aquel momento cuando entendió a qué se referían. 

Mierda.

-Estás marcada por mi nombre -Dijo simplemente el muchacho. 

Ella tensó su mandíbula. Apretó su varita. Y apuntó hacia él. 

Recordó todo lo aprendido en las clases de Gwendoline Cross.

-¡Petrificus Totalus! 

-¡Protego!

-¡Centas! -De la varita de Lily comenzarón a desprenderse pequeños rayos, como si se tratara de una ametralladora. Frank comenzó a esquivarlos y a acercarse a ella conforme lo hacía. -¡Contracturo! -Lily apuntó hacia su tobillo. El joven ni se inmutó cuando la muchacha dislocó con su hechizo la extremidad. Rugió por dentro. -¡Contusium! -Frank cayó hacia atrás con el gran golpe producido por el conjuro. La miró con superioridad. -¡Expelliermus! -La varita de Frank salió disparada. 

Y no se inmutó. 

Lo escuchó susurrar.

-Fluctus -Conjuró el muchacho.

Una onda de energía empujó a Lily hacia Frank McOrez. Clavó sus talones en el suelo, haciendo surcos en la arena del jardín.

-¡Cross! -Conjuró para anular el hechizo. 

Se detuvo. Jadeó. Se dio cuenta de que el mago no estaba peleando contra ella. Simplemente estaba jugando a enervarla. Muy bien. Se remangó los puños. Se acercó a un Frank McOrez que se estaba incorporando. Asestó un puño en su barbilla desplazándolo hacia atrás. Clavó su rodilla en su entrepierna. Le dio con el codo en las costillas. Debió haberle roto alguna, pues sintió un gemido por parte del mago. Siguió asestándole golpes con sus articulaciones. Había aprendido que las articulaciones hacían más daño. Que, siendo joven y mujer, era su opción para causar más dolor. 

Pero Frank McOrez no hizo nada para detenerla. Cayó sobre sus rodillas. La sangre saliendo a borbotones de su nariz y de sus labios.

Lily se echó hacia atrás. Los nudillos irritados. Jadeando fuertemente. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué no se defendía? Cogió, de nuevo, su varita. Y apuntó hacia él. Podía acabar con él en ese instante y todo acabaría. 

-La varita no me hará daño -Dijo Frank McOrez. -Es nuestra varita, Lilith. 

Ella gruñó. Y, antes de abalanzarse de nuevo, Frank se levantó de un impulso, cogió a Lily por los costados de la cara y la besó. Por un efímero momento, Lily sintió que se mareaba. Un olor demasiado fuerte y agradable la atrapó. Sus labios saborearon… ¿Helado? ¿Humo? ¿Qué era aquella sensación? Frunció el ceño. Mordió con saña el labio de Frank. Lo hizo sangrar. Lo empujó hacia atrás. El joven sonreía triunfante. 

Lily sintió náuseas. 

Frank McOrez desapareció. Dejándola sola en el jardín botánico de Oxford. 

Lily se intentó limpiar su boca. Se sacudió sus manos. Sus brazos. Toda la piel que había tocado Frank. Gimió por dentro. Vomitó en la arena y se manchó los pies desnudos por el uso de sus estúpidas sandalias. 

Corrió. 

Salió del jardín botánico jadeando. Apartó a la gente de la High Street. Pasó por el Magdalen College. Dejó atrás el University College. Giró en Catte Street. Pasó de largo la Iglesia de St. Mary The Virgin. Radcliffe Camera. Bodleian Library. Giró en la Broad Street hacia la izquierda. Sus piernas flaqueaban. Sintió la bilis en la garganta. Vomitó apoyándose en la esquina del Museo de la Historia de la Ciencia. Los ojos de varios muggles sobre ella. Volvió a correr de nuevo. Siguió corriendo por la avenida infinita. Alcanzó la esquina de Gloucester Street. Se apoyó en las fachadas de aquellos edificios de ladrillo de color teja en su parte superior y de colores pasteles en su parte inferior. Su mano paseó por las ventanas de las tiendas que permanecían cerradas. Giró en Gloucester Green. Corrió hacia la pequeña escalinata al lado de un restuarante italiano. 

Tocó el portero como si su vida dependiera de ello. La puerta se abrió. Subió al primer piso. Lorcan le esperaba en la puerta. Lo apartó estrepitosamente. Buscó el baño.

-¡Lily…! -Escuchó la voz preocupada de su amigo.

Se encerró en el baño. Abrió la taza del váter y echó dentro toda la suciedad que sentía. Su garganta ardió. Todo su cuerpo estaba sacudiéndose. Comenzó a quitarse la ropa. Se quedó desnuda. Se miró al espejo. Tenía los ojos enrojecidos. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando. 

Se metió en la bañera. Cogió la pastilla de jabón. Abrió la alcachofa. Y se dio por todo el cuerpo. Frotándose. Intentando quitar todo el rastro de Frank McOrez en su piel. Sus lágrimas se confundían con el agua de la alcachofa. Sollozó. Apoyó su espalda en la pared de la ducha. Y se hundió en el suelo. 

Tras unos instantes, que podría haber sido una hora; la puerta del baño se abrió. Suspiró. Ni siquiera intentó cubrirse para que Lorcan no la viera tras el cristal humedecido. El agua seguía corriendo a través de ella. Se dio cuenta de que, al intentar limpiarse, sus uñas habían arañado su piel haciendo incisiones. Hilos de sangre salían de ella y se mezclaban con el agua. 

Alzó la mirada para ver quién había ido a por ella. 

Lys.

-¿Lily?

-No es nada… -Intentó decir, pero un sollozo de su garganta la interrumpió.

-¿Qué ha pasado?

Tragó saliva. 

¿Por qué había reaccionado así? Pestañeó. Quizás les había asustado porque era la reacción más dramática que había tenido. Porque ni cuando mató a Molly perdió los estribos. 

Pero Frank McOrez la había besado. Por sorpresa. Y la hizo sentir sucia por dos motivos.  El primero, que había tenido en sus labios, los de un psicópata que le había marcado la piel con sus iniciales, que le había prometido que la iba a asesinar a ella y a su familia, y que decía que estaba destinado a hacerlo. El segundo, porque la había aturdido con alguna poción que llevaría en sus labios y que le hizo divagar y pensar en recuerdos que quería enterrar bajo tierra. La había aturdido. ¿Y si con esas pociones lograba cumplir la profecía incluso si ella no sentía más que repugnancia hacia él? 

Había confirmado que la profecía no se cumpliría porque no eran amantes ni nada similar. Pero, ¿podría McOrez camuflar sus sentimientos con la magia? ¿Podría engañar al destino?

Volvió a vomitar en el suelo de la ducha. 

-No se lo digas a James, por favor -Rogó Lily. 

Hubo un silencio. Lyslander le cerró el agua que caía sobre ella. La tapó con una toalla. Le besó la coronilla. 

-¿Estás a salvo? -Preguntó Lys.

Ella se mordió el labio. 

-No lo sé -Confesó en un hilo de voz casi inaudible.

-¿Puedo hacer algo para ayudarte? 

Lily sacudió la cabeza. 

-Lo tengo controlado -Dijo con un tono más grave. -Sé lo que tengo que hacer.