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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 26
Epílogo: Resurgir de las cenizas
Epílogo: Resurgir de las cenizas
Le gustaba leer en voz alta un libro cuyas palabras tenía tatuadas en su mente. El Señor obligaba a leerlo a todo miembro del Clan. Decía que el escritor había sido un discípulo excepcional y que había puesto en papel todo aquello necesario para conseguir el poder que tenían y al que aspiraban.
-El arte de la guerra es una cuestión de vida o muerte, un camino que lleva a la seguridad o a la ruina -las palabras se perdieron en el susurro de Graham McOrez. Su melena blanca estaba recogida detrás de las orejas, acartonadas contra un rostro arrugado y sufrido. Sus ojos pasaron por toda la página. -Toda guerra se basa en el engaño.
Aquel primer capítulo introductorio de la obra de Sun Tzu era su favorito. Además, había decidido releerlo en aquellos instantes al ser un momento indicado. El capítulo se titulaba «Analizando los planes de guerra». Tras tanto tiempo inmerso en el Clan, creía incierta la idea de que algún día llegarían a salir a la luz todas las maniobras que ya estaban puestas en marchas desde hacía siglos para conseguir un objetivo que aún se escapaba de su exactitud.
Dejó el libro, uno de los primeros ejemplares impresos en Inglaterra, sobre el banco de piedra en el que estaba sentado. Miró al claustro gótico en el que se encontraba, dentro de un edificio de origen religioso de características europeas. Dejó salir una bocanada de aire de su boca. Lo habían llamado con urgencia. Había tenido que dejar que el té se enfriase en su apartamento en Bath para utilizar el transportador hacia las zonas más cálidas de Europa. Al Señor le inspiraba la campiña italiana y la había convertido en su hogar durante mucho tiempo. Incluso si sus súbditos preferían las tierras nórdicas y gélidas de Europa, él siempre les haría acudir a él y a su palacete italiano. Aquello era algo honorable a la par que inédito.
Sólo unos pocos, los más sagaces, los más hábiles con las palabras y los más inteligentes, habían sido los elegidos para una audiencia con el Señor. Debían ser sus soldados más fieles. Aquellos que más víctimas podían contar, cuanto más sonaran en los periódicos, más alabanza ganaban. Y, sobre todo, aquellos que hubieran hecho un gran sacrificio. Solían, además, ser los que más años llevasen empuñando su varita. Graham McOrez cumplía todos aquellos requisitos.
Paradójicamente todo aquel que habitaba aquel palacete de origen medieval no era mago ni bruja. El servicio era muggle. El único mago que allí residía era el Señor. Más, no siempre había sido así. De hecho, no hacía ni un año desde que el Señor decretó que los magos que allí vivían se marcharan y no volvieran a pisar el mismo suelo que él. Decían que era porque la magia que desprendían le recordaba a Lance, el que había sido su amante durante tanto tiempo y que falleció a manos de sus enemigos. Aquella había sido una medida drástica del Señor cuyo origen radicaba en su más sentido pesar y dolor por la ausencia de su amor. Aquello también había minado su temperamento, consecuencia directa de aquello era las represalias tomadas contra aquellos niños. No obstante, su desencadenada reacción no había sido tan grave como Graham esperaba, teniendo en cuenta que solo había saldado una vida. Suponía que el Señor quería seguir un plan prudente para que, hiciera lo que hiciera por un arrebato de agonía, las profecías con las que se obsesionaba se cumplieran.
Una mujer vestida en un ábito religioso de color oscuro se acercó a él sin mirarle directamente a la cara. Procedía de la sala a la que Graham esperaba entrar, un tanto impaciente. La mujer se detuvo ante él. Entonces, sabiendo que probablemente aquella monja tuviera un voto exhaustivo de silencio, el hombre se levantó, tomó el libro, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y se dirigió a la sala con la monja pisándole los talones.
Ante él, se encontraba la Sala se encontraba que albergaba algunos de los secretos mejor guardados del mundo mágico. Entre ellos, el Señor.Sus rasgos eran diferentes a los que recordaba de su última audiencia. No sabía si era porque su memoria comenzaba a fallar o por el hecho de que, efectivamente, las cuencas de sus ojos estaban más hundidas, su piel aún más blanquecina y su larga melena había menguado en volumen. Graham entendía perfectamente que podía tratarse de los efectos secundarios de haber perdido al amor de su vida cuando aún le quedaba por vivir. Y, además, sabía que no era ningún capricho de su mentor, como en otras ocasiones había ocurrido, porque él mismo se había asegurado de hacer el encantamiento de Fati Filum Rubrum para concluir que se trataban de almas conectadas.
-Buenos días, Alteza -hizo una breve reverencia con la cabeza, mientras la delgada figura se pasaba por los haces de luz que se infiltraban a través de los ventanales. -He venido en cuanto me avisaron de que me había llamado. ¿Para qué me necesitaba?
Un silencio le recibió. Observó que el Señor estaba contemplando un cuenco de cenizas que tenía encima del escritorio de roble oscuro que presidía aquella sala con determinación. Sabía que el Señor calibraba milimétricamente sus palabras para gastar el menor ápice de respiración en ellos. También sabía que quizás se sentía avergonzado por el arrebato de locura que le ofreció la última vez. Era un tiempo difícil para el Señor. Y aún, si quiera, había comenzado a mover sus piezas más importanes.
-En efecto, McOrez, por eso te he llamado. Voy a empezar a mover piezas y necesito un guardián que las dirija por mí. Serás tú, dados tus méritos y reputación. Pero, a partir de ahora, no escatimes con la varita.
-Muchas gracias, Alteza. No le defraudaré -respondió con una reverencia McOrez.
-Ya sabes qué es lo que quiero. Hazles sangrar hasta que lo tenga en mis manos. Haz la guerra. Desata todos los males, desencadena a las bestias y arrojáles maleficios que les destruyan el alma.
Entonces, una llamarada nació del cuenco de cenizas que el Señor tenía ante él. Este se mostró impasible. Sus ojos reflejaban el fuego del que, poco a poco, aparecía la figura de un fénix de color bermejo, una criatura menuda, apenas sin plumas, que se alzó ante los presentes como el fenómeno natural tan extraordinario que era.
Su canto de recién nacido, como decían las leyendas, infundó valor en el corazón de Graham McOrez para la misión que le habían encomendado.
Recordó las palabras del autor japonés: «Cuando estemos capacitados para atacar, debemos parecer imposibilitados para hacerlo. Cuando estamos usando fuerzas, debemos parecer inactivos. Cuando estamos cerca, debemos parecer lejos. Cuando estamos lejos, debemos hacerle creer que estamos cerca. Muestre seuelos para incitar al enemigo. Finja desorden y… aplástelo».