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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 27

(II) Prefacio: Casus Belli

Prefacio: Casus belli

La oscuridad y el frío envolvían el rincón de aquel siniestro lugar. Fuera de aquella desechada cabaña de madera y contrachapado, un bosque plagado de árboles desnudos y el suelo invisible por la nieve transmitía una sensación de desolación que sacudía los huesos de la figura que se retorcía en las aristas de aquella esquina, espalda contra la gélida pared que paralizaba sus receptores nerviosos.

Más, no era la soledad lo que le hacía retorcerse de un dolor insoportable.

El hombre fornido, de gran corpulencia, cubierto por una especie de taras que formaban un abrigo arañado y sucio, ahogaba gritos e hincaba sus uñas en el suelo en busca de que, al penetrar el frío en su interior, las astillas del suelo en su piel, se calmase su tortura.

Dos figuras altas y delgadas se imponían ante el hombre cuyas muecas parecían pasar inadvertidas. Pese a tener los rostros cubiertos con una capucha, podía distinguirse una cruel sonrisa que ambos compartían. Ambos parecían el doppelganger del otro. Observaban callados la tortura de aquella pobre alma. Cómo pedía piedad y cómo ellos le habían escupido como respuesta. Impasibles ante sus ruegos hasta que sacaron sus varitas. Pues ninguno sostenía la varita que torturaba.

Pertenecía a la figura corpulenta, cuyos ojos parecían estar inyectados de sangre y cuya piel parecía invisible ante tanto vello que le cubría. Se mordía el labio con saña, disfrutando del dolor que estaba induciendo.

Los gemelos se acercaron al hombre postrado en el suelo a un aliento de perder la conciencia y lo sostuvieron, cada uno agarrando un brazo, pues era tan enorme que ninguno habría podido sostenerlo por sí mismo.

-¿Dónde está tu héroe ahora? -sus palabras salieron de su boca con la intención de herirle aún más. -¿Dónde está ese niño que vivió cuando más lo necesitas?

El hombre sollozó y apartó la mirada de su depredador. Este ladeó la cabeza y se acercó a su presa. Los gemelos lo sostuvieron con más fuerza. Le cogió la maraña de pelo de su barba con el puño y lo acercó a su rostro. Olía a podredumbre. Sintió cómo la varita de su torturador rozaba su barriga.

-Quizás nos pueda servir -interrumpió una voz femenina que justo en ese instante se apareció en la cabaña erigida en medio de la nada.

-Tú…-dijo el pobre hombre, reconociendo a la muchacha.

La presa se percató de que los gemelos se tensaron.

Su depredador soltó una risotada.

-¿Qué dices, niña? Nos ha dicho Loring que le destrocemos las tripas -aclaró, dejando claro que cumplían órdenes que eran un placer llevar a cabo.

-Y a mí me ha dicho Graham McOrez que quizás nos pueda servir -sentenció la muchacha con serenidad. Como si su menuda estatura en comparación con la corpulencia del otro no le fuera ningún impedimento para hacerse oír. -Ya tendrás tiempo de sacarle las tripas a los que quieras, Theodore. Pero estas no.

-¿Para qué lo quiere? -preguntó uno de los gemelos.

-Eso no es vuestro asunto -respondió simplemente la joven.

El otro gemelo dejó su agarre y se acercó a la muchacha. Acercó su mano a su cuello y lo rodeó con fuerza. Fue inesperado, por lo que la joven gimió e intentó zafarse del agarre sin éxito.

-¿Desde cuándo nos das tú las órdenes, Cross? -preguntó, visiblemente enrabietado.

-Déjala, Octavio -le pidió su gemelo, el cual sostenía todo el peso del hombre que parecía derrumbarse en cualquier momento.

-¡Suéltame! -le pidió la joven, dándole patadas ante las que ni se inmutó Octavio Onlamein.

El joven musculado soltó a la muchacha y la miró con cierta amenaza en sus ojos.

-¿Qué te ha dicho exactamente? ¿Y por qué nos dijo Loring que nos hiciéramos cargo de él entonces?

-¡Que os hicierais cargo! ¡No que lo mataseis como sabuesos! -le recriminó, pasando la mirada por los tres aludidos en sus palabras. -McOrez quiere que sirva como señuelo… ¡No como motivo de venganza, imbéciles!

-Cuida tu tono, Cross -avisó esta vez otro gemelo, Olivier Onlamein.

-¿Entonces sólo tenemos que esperar a que vengan a por él? ¡Pueden tardar siglos en descubrir donde estamos!-argumentó Theodore, cuyos ojos inyectados de sangre parecían vibrar de rabia.

-Y no ayuda que vengas tú, Cross, podrían descubrirte y se iría todo al traste -recriminó Octavio Onlamein.

-Oh, estoy segura de que algunos ya lo intuyen gracias a vuestro numerito con el basilisco…¡No os deberían dejar por vuestra cuenta!

-El Señor nos felicitó por la actuación, Cross, ¿qué has hecho tú para llamar la atención de Él?

El silencio le dio la razón a Olivier.

-Bueno, bola de mierda -dijo Theodore refiriéndose a su presa. -Parece que hoy es tu día de suerte.