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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 38
Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
A las afueras de Ottery St. Catchpole, en Devon, Inglaterra, se alzaba el hogar de la Familia Weasley. Tan bien escondida, que el cartero solía perderse al llegar. Una construcción destartalada entre las colinas y las praderas fértiles, en las que otras familias mágicas se habían instaurado: los Diggory, los Lovegood y los Fawcett.
En torno a la puerta principal, había más de veinte pares de botas de goma. Un caldero nuevo, no el oxidado de hacía años. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral. Tenía un pequeño patio en la parte delantera de la casa, el garaje donde almacenaban objetos voladores y muggles.
El jardín trasero contenía una casa de piedra que los Weasley habían convertido en un cobertizo de escobas, y los niños Weasley y los hijos de estos guardaban sus escobas en el edificio durante su estancia en casa. Detrás de la casa principal, había un gran jardín con un estanque lleno de ranas. El jardín había sido el hogar de una gran cantidad de Gnomos. Incluso después de tantos intentos, Arthur y Molly no conseguían deshacerse de ellos, por lo que reconstruían regularmente el jardín tirándolos sobre el seto.
En cuanto a la casa en sí, era como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra. Por un lado y por otro, habían ido añadiendo tantas habitaciones que la casa tenía más pisos de altura que nunca. Torcida, tanto, que parecía sostenerse en pie por la propia magia que le nutría. Hasta seis chimeneas coronaban el destartalado tejado. Cerca de la entrada, clavada en el suelo, un nuevo letrero de color bermejo rezaba «La Madriguera».
A medida que la familia creció con tantos nietos de Arthur y Molly, la pareja de ancianos siguió construyendo hacia arriba con fragmentos adicionales de salvamento arquitectónico que recogían donde podían encontrar. Incluso si sus nietos y sus hijos ya no vivían allí, los abuelos querían que todos durmieran plácidamente en las vacaciones de Navidad, en las que toda la familia se reunía allí.
Era su tesoro. Su legado. Su santuario. Incluso cuando los mortífagosamenazaron a la familia y tuvieron que mudarse a la casa de la Tía Muriel y en el Refugio, cuando regresaron a la Madriguera, estaba intacta.
El corazón de la Madriguera, albergaba, en ese instante, a casi toda la familia Weasley. Molly Weasley, no obstante, miraba el reloj de la pared esperando que llegase el último familiar que quedaba por llegar. Sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando». Y, en ese instante, Arthur Weasley era el que anunciaba que llegaba tarde.
-A mí me castigan por llegar tarde a clase copiando quinientas veces lo impuntual que soy -anunció Lily Luna Potter a su abuela. Quizás para tranquilizarla. O quizás para dejar claro que su abuelo necesitaba una reprimenda. Fuera lo que fuere, su abuela le sonrió con cariño.
-Al abuelo siempre se lo perdonamos -le contestó.
Lily refunfuñó y subió escaleras arriba al cuarto que compartía con sus hermanos. Para gran irritación de ella, tenía que compartir el cuarto de la Madriguera en Navidad -cuando todos las camas estaban ocupadas -con sus hermanos. Es decir, con un James que no cesaba de hablar con su nueva novia y con un Albus que sólo escribía cartas a sus amigos. Era un aburrimiento. Para colmo, su primo Hugo se había vuelto loco y no se desprendía de un nuevo libro que había traído.
Y, por supuesto, sus primas y primos restantes eran demasiado mayores para estar pendientes de ella. Rose Weasley se tiraba horas y horas estudiando con Molly Weasley. Como si compitieran por ver quién se moría de una explosión de conocimiento cerebral. Lucy Weasley, pese a que había intentado capturarla para un experimento estético, estaba siempre en el jardín con Louis hablando de cosas demasiado poco interesantes para Lily. Y Victoire Weasley estaba presumiendo y relatando minuto sí y minuto también lo maravillosos que eran los franceses. Puaj.
Sólo se sentía a gusto con Fred y Roxanne, quienes se habían propuesto no dejar de jugar al Quidditch en toda la Navidad. A Lily no le gustaba especialmente el Quidditch. De hecho, lo veía bastante injusto, pues el jugador más importante siempre era el buscador. Pero, quitando la injustificada jerarquía del deporte mágico, era entretenido. A veces, se unían Rose, James y Albus. Entonces era cuando más divertida era la Navidad. No obstante, ocurría de forma aislada.
El resto del tiempo Lily Potter se dedicaba a odiar internamente a sus padres por haberla encerrado en un internado para deshacerse de ella. Ni siquiera lo habían hecho con James. Ella solo se había dejado manipular por su primo Hugo. ¿No lo entendían? ¿No era Hugo el inteligente? Él había sido la cabeza pensante de su aventura. Y no había sido castigado como ella. Por esa razón, tampoco se hablaba mucho con el que había sido su mejor amigo desde la infancia.
Solo esperaba el momento en el que Lyslander llegase para alegrarle el día. Mas era bastante poco probable, pues su abuelo estaba enfermo y le había escrito en una carta que no se quería retirar de su lado. Su amiga era muy buena. Sabía que nunca podría ser tan empática como ella.
-Lily, ven -le pidió Roxanne Weasley con una expresión bufona en su rostro. Lily la siguió hasta salir al jardín. -¿Quieres jugar al Quidditch?
La muchacha suspiró. No, la verdad era que tenía cero ganas. No estaba haciendo nada, pero se sentía cansada. Quizás el mal humor también destrozaba a las personas físicamente.
-¿Es que no está Fred? -le preguntó, intentando buscar alguna excusa.
-Oh, sí, claro que está -le respondió para su sorpresa. -Pero, Lily, creo que tú necesitas más diversión que él… No sé que le pasa a todo el mundo esta Navidad, pero están todos enfadados con el mundo…
-Bueno, Roxanne, a mí me han metido en un internado que parece sacado de una película de miedo… No sé cómo lo ves tú, pero no es como si estuviera en Hogwarts el resto del tiempo -le explicó con raciocinio. Su prima soltó una carcajada. -Es que si yo fuera el resto estaría feliz…¡Ninguno tiene motivo para estar de mal humor! Solo yo -declaró.
Roxanne asintió con una sonrisa en el rostro. Después de todo, su prima Roxanne era su favorita. No entendía cómo podía compartir alegremente una habitación con Lucy. ¿Qué tenían en común? Roxanne era divertida e interesante. Y su prima Lucy era un muermo maquillado con gloss.
-Eso es porque no les has preguntado, Lily… ¡También hay problemas en Hogwarts!
-Estás exagerando, Roxanne -le dijo simplemente. -Hogwarts tiene que ser el mejor sitio del mundo.
La aludida se encogió de hombros. Era imposible que dijera que no.
-Tu hermano tiene novia, ¿lo sabías? -le cuestionó.
Lily rodó los ojos e hizo como que tenía una arcada.
-Pues claro que lo sé… No hace nada más que hablar con ella. Que yo me pregunto de qué hablarán, porque no sabía que James podía hacer algo más que bromas, pedos y jugar al Quidditch…
-¡Lily! -Roxanne soltó una risa cantarina. -No me puedo creer que hables así de James… ¡No pareces la misma que hace unos meses!
-Eso es porque nunca has tenido que recitar estar castigada durante ¡un día entero! Lavando platos en la cocina.
-¿Pero qué es lo que haces en ese internado? ¡Por las barbas de Merlín, Lily! Vas a ser peor que James…
Guardó silencio ante aquella pregunta. No era algo que ella fuese proclamando por allí. Lo que hacía en el internado. Se había convertido en el enemigo número uno de la directora. Evidentemente, no había hecho ningún amigo porque solo pensaba huir.
-Digamos que… Tengo tendencias escapistas -le confesó en voz baja, con la expresión que utilizaban sus profesores para calificar su comportamiento. -Suelo intentar saltar la valla. La última vez me informé sobre la Aparición… Pero, siendo honesta, me da mal rollo pensar que eso me pueda partir por la mitad.
Su prima se llevó las manos a la cara. Y se desternilló de la risa. Nunca había visto esa reacción. Se la contagió y soltó unas carcajadas con ella. Alguna vez había escuchado que reír, cuando no se suele hacer mucho, cura el alma. Y da vitalidad. Lily sintió que aquello era cierto.
-¡Ni se te ocurra aparecerte jamás! ¿Me has escuchado, Lily?
-Oh, tranquila, no pensaba hacerlo… De verdad -añadió para dejar claro que no estaba loca.
-Deberías hablar con tu hermano James, Lily -le aconsejó, de la nada, Roxanne.
Parecía un poco preocupada por su hermano. Cualquiera podría estar preocupado por él. Su madre desde que tenía novia, mucho. Como si fuera a hacer cosas irresponsables que, evidentemente, Lily sabía que su madre tenía en mente. Pero dudaba que James hubiera sido tan avispado. Su padre, por otro lado, estaba también preocupado. Pero sentía que se inclinaba más a su obsesión por la seguridad de sus hijos. Y la tendencia de James a meterse en líos. Y, bueno, no sabía por qué podría estar preocupada Roxanne. ¿Quidditch? Había escuchado que el año anterior su hermano había sido un desastre.
-Dudo que escuche a otra persona que no sea la Carmina esta -comentó con cierta ironía.
Su prima volvió a reírse. Lo cierto era que Lily no pretendía hacerle reír. Era simplemente que aquel año le habían destapado el filtro.
-Pues deberías, porque a ti siempre te ha escuchado… Es que tiene una actitud que últimamente deja mucho que desear.
-¿Últimamente solo?
-Lily… Tu hermano es bastante valiente, ¿sabes? Nos ayudó mucho el año pasado a todos… Y, bueno, creo que el hecho de haberse hecho un poco el héroe no lo está manejando bien. ¿Sabes a qué me refiero?
-¿A qué piensa que es el mejor de todos y necesitamos una audiencia con él para que escuche nuestras quejas?
-Más o menos… Además, está dejando de lado a Fred y a su amiga Susan por una muchacha que, bueno, es bastante maja… Pero creo que James no está haciendo nada bien.
-¿Y yo qué quieres que le diga?
-Eres su hermana. Piensa. ¿No te gustaría haber tenido una Navidad con el James de siempre?
Era cierto. James siempre había estado pendiente de ella. Creando juegos. Bromas. Incluyéndola en todas las conversaciones. Podría ser que ella misma estuviera aún más de mal humor por eso. Y ni se quería imaginar cómo debía estar Fred.
-No prometo que salga bien… Pero lo intentaré.
Viajaron hacia el oeste a través de un hermoso campo nevado. Salpicado aquí y allá con grandiosas casas de campo y empinadas montañas. Campos de nevado detenidos por la nevada y copas de abetos se extendían en todas las direcciones, e incluso bajo el cielo color gris acero, la región parecía estallar de una brillante luz que emanaba del agua solidificada. Una señal indicaba la dirección hacia la fortaleza medieval de Baba Vida.
Su tío Charlie siguió conduciendo rumbo oeste. Disminuyó la velocidad, giró para entrar en un camino estrecho y se detuvo a un lado. Señaló a la lejanía.
-Allí la tienes -dijo. -Baba Vida.
En el centro de las colinas onduladas había una cima aplanada dominada por una estructura almenada de piedra marrón. Era una fortaleza medieval en el noroeste de Bulgaria. Consistía en dos paredes fundamentales y cuatro torres y era el castillo medieval con mejor estado del país. Era el hogar de Aurel. ¿Qué esperaban?
La construcción de la fortaleza había comenzado en el siglo X, en un lugar donde emplazada una torre de vigilancia romana. Estaba atada a la leyenda de que un rey búlgaro que gobernaba en la zona dividió su reino entre las tres hijas y Vida fue quien consiguió aquel sitio, en el que vivió sin casarse con nadie el resto de su existencia. Después de conocer a Aurel, supo que no se había casado porque vivía enamorada de un vampiro que seguiría viviendo como un joven cuando ella muriera. Aquella historia le rompió el corazón la primera vez que la escuchó.
Era la primera vez que Dominique Weasley la contemplaba en persona, pues siempre habían acudido a otros enclaves políticos cuando había acompañado a su tío Charlie.
-¿Este es su hogar? -preguntó con la boca abierta. -¿Nos están esperando? -no pudo evitar que le temblara la vovz.
Su tío asintió.
Avanzaron entre hileras de abetos, subiendo a pie, hasta llegar a Baba Vida. Cruzaron a través de un patio empedrado delante de la entrada que daba a la estructura central. Su tío suspiró.
-¿Estás preparada? -preguntó con una luminosa sonrisa.
-Como siempre -respondió cautelosamente.
Aurel estaba en la entrada de su enorme fortaleza, majestuoso y frío, dirigió una mirada solemne mientras subían por la escalinata de piedra. El tío Charlie hizo una breve reverencia. Dominique le imitó torpemente. Estaba ante la realeza de los vampiros, después de todo.
Aurel retrocedió un paso para dejarlos pasar. Sintió su mirada cautelosa en su nuca. Avanzaron por un corto y oscuro pasillo, recubierto de un modo no muy acogedor con picas que apuntaban directamente a la cabeza de los visitantes. Entraron en una habitación de altos techos y frescos que habían sido pintados por algún imaginativo artista del siglo XIX para reflejar un pasado medieval que nunca existió. Pintados en una pared blanca, había leones, flores de lis, una serpiente con la cola en la boca y conchas. En un extremo, una serie de escalones circulares subía a una de las torres.
Una vez en el interior, se enfrentó a toda la fuerza de la mirada de Aurel. Personificaba la aterradora elegancia que parecía estar metida hasta los huesos en los vampiros. Iba vestido con una paleta monocromática que minimizaba su extraña palidez. Su color favorito era el negro y el dorado. Cada centímetro de su atuendo era caro y sencillo, desde las puntas de sus zapatos de suave piel marrón, hasta los topacios que colgaban en sus gemelos. Su deslumbrante piel blanca caía en la simpleza de su atractivo. Su pelo tenía el color y la textura de la miel, era una cascada de seda dorada recogida a ambos lados de su rostro.
-Bienvenida a mi hogar, joven Dominique Weasley -Su acento era áspero. Rudo. Pero, como todos los vampiros, tenía una voz seductora. En el caso de Aurel, su voz sonaba pura y profunda. -Me alegro de que aceptases mi invitación.
-Encantada de estar aquí, Aurel. Tiene un hogar muy bonito -dijo con un poco de nerviosismo.
Se vio reflejada en un espejo que se encontraba a su izquierda. Ni su tío, con sus trapos de Oriente y su cabello despeinado, ni ella encajaban allí. Su propia mirada azul la recibió en el espejo. No tenía ni punto de comparación con la elegancia de los vampiros. El pelo rubio pajizo que no era ni denso ni dócil. La lluvia de pecas de tanto estar al aire libre. La nariz demasiado larga en relación con el resto de su cara. Al lado de Aurel, se sentía un torpe ratón provinciano. Estiró el dobladillo de su chaqueta con su mano.
Entonces Aurel le dijo algo a su tío que ella no entendió.
-Sí, sí -dijo su tío Charlie con una sonrisa. -Por supuesto mi sobrina habla solamente inglés. Los seres calientes de hoy en día reciben tan poca educación…
La joven se enrojeció. Nadie le había dicho que en Bulgaria hablarían en su propio idioma. Mucho menos que su tío Charlie lo dominaba a su perfección. Ya podría haberle avisado.
-Tu tío me ha dicho que eres una bruja poderosa -explicó Aurel. La miró a la cara y frunció el entrecejo. -Traeré algo de comer y vino, debéis de estar exhaustos.
-Gracias -dijo Dominique, mientras le recibía de su tío unas palmadas en el hombro de su sobrina.
Pasaron por una gran puerta para entrar en una habitación larga con una gran cantidad de sillas y mesas de muchos estilos y periodos diferentes. Había dos chimeneas, y dos caballeros con resplandecientes armaduras que se enfrentaban en un torneo sobre una de ellas. Sus brillantes lanzas cruzadas cuidadosamente sin una sola gota de sangre. El fresco había sido obviamente pintado por el mismo inocente entusiasta de la caballería que había decorado el salón.
-Hoy tiene invitados… Quizás conozcas a algunos -le adelantó su tío con una mirada divertida. Realmente disfrutaba de las relaciones internacionales con diferentes criaturas.
En efecto, había un grupo variopinto en frente de una chimenea.
El primero en reconocer fue Alexander Moonlight. Dominique Weasley se tensó. ¿Un licántropo en casa de un vampiro? Además, el licántropo que le marcó su piel de pequeña. Aún tenía pesadillas por su culpa. El joven auror era el más alto de la sala y su esculpido cuerpo se asomaba a través de un traje que parecía no ser suyo. A su lado había más aurores que Dominique conocía gracias a su tío: el estadounidense Whitehall y el antiguo Ministro Shacklebolt. Además, también estaba presente un joven del que siempre había escuchado hablar y que conocía por fotografías, Bastien Lebouf.
¿Qué hacía aquel grupo allí en casa de un vampiro? ¿Habría problemas?
-¡Compañeros! -les saludó calurosamente su tío Charlie al correr a abrazarles. -¡Mirad! He traído a mi sobrina Dominique… Tiene solo dieciséis años pero os aseguro que tiene mucho potencial…¡Frecuenta la colonia de centauros de Hogwarts mucho más que cualquier otro humano lo ha hecho antes!
Aquel acontecimiento recibió una ovación y un corto aplauso. Dominique Weasley palideció ante el panorama.
-¿Por qué la has traído aquí, Charlie? -preguntó, como irritado, Moonlight. -¿No ves que puede ser peligroso?
La joven se sintió molesta. Se formó un silencio y todos le sonrieron con cierta preocupación. Como si ella no hubiese estado expuesta a una criatura mucho más peligrosa que un vampiro.
-La única criatura que alguna vez me ha hecho daño no ha sido precisamente un vampiro…-dijo con calma. Probablemente solo su tío Charlie en ese momento sabía que era una indirecta hiriente hacia Moonlight. Y era completamente cierta.
Este apartó la mirada, visiblemente avergonzado. Lebouf le sonrió. Comprendió que aquel joven tan solo era un par de años mayor que ella y se sintió minúscula ante tan poderoso mago. Ella no tenía ningún potencial a su lado.
-Amigos -les llamó Aurel. La mesa ya estaba puesta. -Ven aquí, joven Dominique -le dijo, señalando la silla frente a él. -Siéntase y coma.
Ella hizo lo que le decía. Una criada llenó de vino su copa ante la mirada divertida de su tío y la severa mirada de Moonlight, que claramente no aprobaba su presencia allí.
-Gracias -murmuró ella. Dirigió de inmediato su nariz a la copa con gran expectación. Era la primera vez que iba a probar el vino.
-Vayamos al grano -anunció Alexander Moonlight. -¿Has podido controlar ya a tus vampiros?
Parecía como si fuera un ataque. ¿Qué clase de cónclave era aquel? A Aurel, no obstante, no pareció afectarle el tono obstinado de su invitado. Sorbió de su copa de vino y miró a Dominique fijamente, instándole a que bebiera.
-No son mis vampiros, señor Greedy -le dijo, utilizando el apellido que tanto molestaba a Moonlight. -Somos individuos, no manadas.
-Pero los asesinatos a magos han sido en manadas…-recordó el joven Greedy.
-Eran cazadores de vampiros y… Están bajo otras órdenes -aclaró Aurel.
-¿Órdenes de quién? -preguntó curioso, el antiguo Ministro Shacklebolt.
-Del Ojo, ¿de quién va a ser?
Hubo un silencio en el que todos se miraron entre sí. Dominique casi se atraganta con el vino, pero pasó desapercibida. El Ojo. Había escuchado algún rumor. ¿No eran ellos los que introdujeron el basilisco en Hogwarts?
-¿Cómo estás tan seguro? -le cuestionó Lebouf.
El vampiro se encogió de hombros.
-Porque yo mismo los rechacé cuando me lo ofrecieron… No creía que fuesen a hacer nada grave. Nunca lo han hecho… Algo debe estar pasando -dijo aquello como si, en realidad, supiera qué estaba ocurriendo a la perfección.
-¡Y no nos dijiste nada! ¿Qué clase de aliado eres? -le espetó Whitehall, manifiestamente afectado por aquella actitud de su huésped.
-Es por eso por lo que estáis aquí hoy… Por eso he reunido a la pequeña Comisión de McKing, ¿no? Y al representante de Luperca… Cómo no -añadió. Dominique Weasley no entendía nada en absoluto. ¿Qué estaba ocurriendo? -Pretendo colaborar con vosotros. Pero… Para ello, tenemos que llevarnos bien.