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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 39
Sangre de mi sangre
Tamborileó los dedos sobre la mesa. Tenía algo que relatar a sus amigos. Algo que se había estado guardando todos aquellos meses. Y que, en Navidad, en desolada y gélida Mansión, reflexionó sobre la razón por la cual aún no lo había revelado a sus amigos. Era cierto que podría meterse en problemas. E, incluso, no sería nada aconsejable, en vistas de la posición en la que estaba su familia en aquel instante. Y, pese a ello, seguía sintiendo la imperiosa necesidad de contárselo a sus amigos.
Compartían clase de Pociones con Gryffindor. Eso significaba que Greenwood y él estarían felizmente con Albus y Alice. Salvo aquel día, en el que Longbotton parecía haber hecho una tregua con Weasley y les había dejado por la pelirroja. Peter se había quejado, por milésima vez, de la actitud de Rose Weasley. Albus decía que antes no era así. Sus dos amigos lo dudaban firmemente, pero no le dirían nada. Sería algo que comentarían en su habitación.
-¿Sabíais que mi padre conoce a los padres de Badmood? -lo dijo tan bajo que temió tener que repetirlo porque sus amigos no le hubieran escuchado.
Albus dejó de remover la pócima. Peter carraspeó.
-Ya lo intuíamos, Scorp -musitó Albus. -El hermano de Badmood te trata como si te conociera de antes… Ha sido sumar uno más uno.
-Además, ¿y qué? Mientras tú no nos dejes por ellos, el resto nos da igual -añadió Peter, dándole una palmada en la espalda a su amigo.
-Pero se conocían antes de la guerra. Tanto al padre como a la madre. Mi abuelo había hecho negocios con ellos… Y mi tatarabuelo… Bueno, todo mi árbol genealógico -lo dijo como si estuviera confesando un delito. Quizás lo era. Al menos para Scorpius Malfoy. Y, sobre todo, sabiendo que habían participado en la horda de encapuchados del año anterior. Ninguno de sus amigos dijo nada. Podría ser porque no sabían que decir. O porque ya le estuvieran juzgando. -Sus antepasados, los Badmood, rechazaron unirse a los mortífagos -añadió.
-No, si al final van a ser mejor que los Malfoy…-bromeó Peter.
-¿Y qué, Scorpius?
-Mi padre me contó que se mudaron a Dinamarca, porque estaban metidos en algo turbio -siguió relatando. Estaba en peligro mortal en ese momento. Intuía que las expresiones de sus amigos eran las mismas que pondrían si leyesen un libro y les enganchase. Pero sus amigos no leían libros, así que nunca lo sabría. -El caso es que la familia Badmood se mudó a Oxford hace unos diez años. Nadie supo por qué. Ni nadie ha sabido nunca de dónde procede su fortuna. Probablemente mi abuelo sí que lo sepa… Pero no estamos en términos como para preguntarle. Tienen una mansión aún más grande que la mía… Sí, la he visto -confesó.
Estaba demasiado avergonzado. Mas lo había soltado. Quería que se enteraran de sus palabras. Quería que sus amigos supieran que sus amigos de la infancia eran los mismos que les habían lanzado dagas mágicas hace un año, ayudaron a criar a un basilisco en el castillo y maldijeron con un crutiatus a una alumna antes de Navidad.
Sus amigos sonrieron y se miraron entre sí, como leyéndose el pensamiento.
-Si piensas que te vamos a ahorcar por juntarte con ellos en el pasado… Lo llevas claro -dijo Peter.
-Tú no eres como ellos y nunca lo serás. Ya lo has demostrado, Scorpius, no te martirices.
-Sería imposible verte paseando con Badmood o Collingwood. ¿Te imaginas? Yo creo que te saldría sarpullido…
Scorpius miró por el rabillo del ojo al profesor Nott, que les pidió con gestos que dejaran de hablar. Era un buen profesor. Y un ejemplo del porqué Scorpius no debería justificar todo su pasado. Muchas veces los otros atributos compensan cualquier error de sus antepasados.
-Y no se llaman Badmood -añadió, como una conclusión en la que se añadía más información de la debida. -Son Zoe y Frank McOrez.
Aquello sí pareció perturbar a su amigo Albus. Peter era indiferente a las familias mágicas, lo cual, además de comprensible, era la tónica en los nacidos de muggles. No obstante, Albus sí que había oído ese apellido. Scorpius intuía que le sonaba de rumores. No podía ser que lo hubiera escuchado en un periódico. Pagaban mucho dinero por alejarse de la esfera social. Incluso habían elegido un apellido tan pésimo como Badmood para pasar desapercibidos en los registros.
McOrez era nombre de asesino.
Era como el cuento para dormir -que no dejaba dormir a nadie -en el que amenazaban con el allanamiento de morada de un despiadado monstruo. McOrez respondía a aquella sensación. Era como una leyenda que todo el mundo temía que fuera real. Y muchos sabían que lo era.
Intuía que Albus no.
Podía escuchar el engranaje de su cerebro desde el otro lado del aula.
-¿Habéis acabado ya? -Alice se había acercado a su mesa. Se topó con sus tres amigos mudos y distraídos. -¿Os pasa algo? El profesor Nott ha dicho que si hemos acabado, podemos irnos…
-¿No te vas con Rose? ¿O ha acabado tu turno de la custodia compartida? -bromeó Peter, quien probablemente aún estaba intentando descifrar lo que acababa de ocurrir.
-Rose viene con nosotros -dijo, con alegría que no compartieron ninguno de sus amigos. -Ahora en serio. ¿Os pasa algo? ¿Se ha muerto alguien? -Lo dijo con intención de hacerles reír, pero parecía que había metido el dedo en la llaga.
Si se tenía el apellido McOrez en mente y hablaban de muerte alrededor, no era un buen presagio. Sobre todo cuando miembros de esa fatídica familia compartían Sala Común con uno de ellos.
-No, es solo que Scorpius ha vuelto a disculparse por ser Malfoy…-confesó Peter, con cierta preocupación. No era exactamente aquello. Pero, en parte, sí.
Recibió una mirada de empatía que le retorció el estómago. Para empezar, no le gustaba ser el centro de atención. Y mucho menos con un tema tan sensible. Que, por regla general, no solía compartir con Alice.
-Vaya, creía que habías dicho que estar con tus amigos era como ver una comedia… No sabía que las comedias eran tan fúnebres -dijo Rose Weasley a su lado, haciendo una mueca de disgusto.
Scorpius suspiró. Albus, entonces, pareció haber asimilado toda esa información. Su amigo Malfoy asintió hacia él. Como si Albus entendiera telepáticamente que no pasaba nada. No iba a cambiar nada si él lo sabía. Y no lo iba contando por ahí, por supuesto. Obviamente había detalles que sí que variaban. Alterarían su percepción de seguridad en su propio cuarto. Mas, teniendo en cuenta que su compañero de cuarto del año anterior había sido asesinado por un basilisco, no era que Albus no estuviera preparado para una información así.
-Rose, ¿les ayudamos a acabar con esto? -sugirió Alice señalando la pócima sin hacer de sus amigos. Alice probablemente se habría extrañado, pues Scorpius era el primero de la clase en Pociones.
-Ni hablar -se negó rotundamente Rose. Tenía sentido. Scorpius era su archienemigo en Pociones desde que Slughorn declaró que era mejor y que Rose destacaba sólo por sus genes.
-Es solo echar tres o cuatro cosas, acabaremos en seguida y nos vemos para ir a ver a Hagrid -propuso Scorpius mirando hacia Rose. -Además, tenemos entrenamiento después.
Rose no dijo nada y se marchó. Le dijo a Janet Rossen, quien hablaba con unas alumnas de Gryffindor, que la siguiera. Alice asintió hacia Scorpius.
-No te preocupes, os esperamos fuera -Se giró hacia Albus con el ceño fruncido. -¿Estás bien, Albus?
Este salió de su abstracción, de nuevo.
-Sí, sí, nos vemos en el entrenamiento -Causó unas risas entre sus compañeros. -Lo siento, es que… Estoy distraído.
Scorpius le dio una palmada en la espalda. Había roto a su amigo.
Justo lo que necesitaba.
Peter, que estaba observando cómo todo el mundo había acabado, se dispuso a hacer la Poción con prisas, dando instrucciones a sus dos amigos. Sin lugar a dudas, pese a sus limitaciones en los conocimientos mágicos, era el único capaz de organizarles a los otros dos. Tras unos minutos, apresurados y bajo la atenta mirada del profesor Nott, lograron acabar la Poción. No se querían asegurar de que funcionara o no -pues, seguramente, con las prisas lo habían hecho mal -por lo que se la dejaron en la mesa al profesor y salieron del aula como alma que lleva al diablo.
-¡Por fin! -exclamó Rose Weasley.
La ausencia de Janet les sorprendió a los tres. Scorpius había alabado más de una vez la independencia y la seguridad que tenía aquella muchacha, la cual hacía siempre lo que le apetecía en ese momento. Quizás veía algo en Weasley que el resto no. Desde luego, era la única joven que caía bien a todo el mundo. No tenía ataduras con nadie. Ni prejuicios. Quizás intuía que no debía acercarse mucho a cierto grupo Slytherin. No obstante, Scorpius no se extrañaría si intercambiara palabras amables con los McOrez.
-Venga, Rose, como si la puntualidad fuera lo tuyo -le recriminó Albus.
-Pues, para tu desconocimiento, sí que lo es ahora… Unos maduran, Albus -le espetó. Scorpius y Peter rodaron los ojos. No lograban entender por qué ambas partes habían aceptado pasar tiempo en compañía. Y ya no podían echarse atrás, pues sería motivo suficiente para una pelea con la temible Rose Weasley. -Ya podrías aprender algo de Malfoy.
Aquello sorprendió a todo el mundo.
Era como si hubiera pasado un cometa que no estuviera previsto tener aquel recorrido. Como si hubiese nevado en la jungla. O como si Rose Weasley hubiera dicho algo mínimamente amable en referencia a Scorpius Malfoy.
-¡Rápido, chicos! ¡Pedid un deseo! -gritó Peter Greenwood saltando con alegría.
Recibió una colleja de Rose Weasley. Lógico.
-Sólo soy sincera. Siempre llega diez minutos antes a los entrenamientos -se encogió de hombros. De nuevo, todo el mundo habría pensado que el cometa iba a seguir su trayectoria original, pero…¡No! Seguía una estela sospechosamente cercana.
Alice aplaudió y la abrazó.
-Sabía que podía salir algo amable de ti, Rose. Siempre confié en ti…
Alice Longbotton recibió otra colleja. Menos lógico, pero Scorpius debía admitir que era divertido.
El París mágico era una delicia. Como un bocado de croissant crujiente recién levantada. Un lugar donde las flores les sonrían al pasar desde las balaustras de los balcones. Las estatuas de las esquinas bailaban al son de una música dulce y melosa. Las criaturas voladoras la acompañaban, girando sobre ella como si fuera viento que debían arrastrar.
No obstante, sentía curiosidad por acudir a la capital francesa que había cautivado a los muggles. Decidió visitar el París de las estampas muggles. De las cafeterías con sillas en el exterior y mantas para combatir el frío, mientras uno disfrutaba del aire a arte y creatividad que se respiraba. El París en que la Torre Eiffel se erguía inamovible haciendo sombra en los días de calor. Las bicicletas trazaban hilos entrelazados de historias. Los pintores llenaban las calles de colores. Y el amor podía respirar.
Se dio un paseo junto al río por la Plaza de la Concordia desde el puente de Alejandro. Se encaminó, por una plaza interior de hoteles imperiales, hacia la Gran Ópera de Paris. Era un edificio escondido entre el bullicio del tráfico. Resplandecía por el oro que adornaba sus cornisas. Por la majestuosidad. Victoire Weasley recordó la leyenda de un vampiro que habitaba aquel lugar hacía mucho tiempo, versado en la música y exiliado por el rechazo de los demás.
Se apresuró a subir la escalinata. No entraría. Nunca lo había intentado. Y no llevaba dinero con ella como para poder comprar una entrada. Pero quería mirar el lujoso interior desde la ventana de cristal que ofrecía un breve vistazo a la gran entrada.
Cruzó los brazos sobre sí misma cuando sintió un escalofrío en su espalda.
Bajó la escalinata con un mal presagio en su cabeza. Había sentido una sombra detrás de ella. Podría ser su imaginación, al evocar al Fantasma de la Ópera. Pero sabía que una mujer sola en el mundo muggle podía tener problemas.
Aceleró el ritmo. También podría ser una persona completamente normal y ajena a su preocupación que casualmente había tomado la misma dirección que ella. Pero tenía un mal presentimiento. Una presión. Sobre todo, su instinto que le llevó a sentir miedo. Se sentía así desde el momento en el que comprendió que el Secretario del Ministro de Magia que la había entrevistado portaba un anillo del Clan del Ojo.
Su temor se incrementó. La sombra no se había apartado de ella desde que tomó dirección al Louvre. Guardaba cierta distancia.
En lugar de acudir al museo, decidió bajar con un poco de prisa las escaleras del metro e ir al primer sitio que se le ocurriera. Compró apresuradamente un ticket y giró las tornas. Su sombra hizo lo mismo. El corazón le palpitó tan fuerte que le hizo daño. Siguió hacia abajo. Dirección Gare du Lyon. Conocía a un mago que vivía allí.
Entró al vagón junto con tanta gente que sintió falta de oxígeno. Sería un grave delito si su sombra intentaba algo delante de tantos muggles. Era una buena idea para desaparecer. Ni si quiera quería mirarle de reojo. Llevaba un abrigo largo y una gorra de cuadros de algodón que parecía imitar a una boina. Su prominente mentón se levantó hacia ella.
Podía jurar que era el muchacho de la cafetería. El que le dejó la bufanda. Su corazón estalló y tuvo que coger aire. Sus manos temblaban mientras se agarraba a un palo de metal que compartía con más manos. ¿Y si desaparecía allí en la próxima estación? Seguramente sería su mejor opción.
Cuando fue a pasar delante del hombre para salir en la siguiente parada, este le apretó fuertemente el hombro. Sintió que se desmayaba. Sus palabras fueron arrastradas lentamente con su acento nórdico.
-No quiero hacerte daño.
La joven se giró hacia él. Descubrió unos ojos azul cielo. La miraban, para su sorpresa, con tristeza. El joven agarró su mano. Una mujer con gafas estrafalarias alzó las cejas al ver que Victoire parecía estar en apuros.
Su depredador la hizo desparecer con él en mitad del vagón de muggles. No sólo sintió náuseas propias de la Aparición, sino de todo lo que implicaba que un miembro del Clan del Ojo -porque había deducido que así era -la raptara. Significaba la muerte, ¿no?
Aparecieron sobre una calle bastante familiar, con autobuses de dos plantas y de color rojo surcando la avenida. Oxford Street. Victoire Weasley vomitó sobre sus propios pies. Sintió un mareo incesante. E intentó, dando tumbos, alejarse del joven. Comenzó a trotar, mientras el joven se quedó petrificado en el lugar donde se aparecieron.
No fue detrás de ella.
Sentía la bilis volver a salir de su estómago y tuvo que detenerse a vomitar de nuevo.
Ojalá hubiera aprendido a convocar un Patronus mensajero en situaciones de crisis. Recordó que sí que podía Aparecerse. Debía hacerlo antes de que el hombre la volviera a perseguir. No entendió su reacción. Ni la razón por la que le había dicho que no le haría daño.
Volvió a vomitar.
Miró hacia atrás. El hombre iba hacia ella con pasos relajados.
Se agarró el estómago. Cerró los ojos fuertemente. Y deseó que Aparecerse en la Madriguera funcionara bien.
La habitación estaba llena de sillones esponjosos, mesas y un tablón de anuncios en el que solían colgar noticias escolares, anuncios, lista de objetos perdidos y un largo etcétera abierto a la imaginación de cada alumno. Había una ventana desde la que se divisaban los terrenos de Hogwarts. La gran chimenea ocupaba gran parte de una pared, transmitiendo la calidez necesaria para hacer frente al frío del primer mes del año.
Susan Jordan y Fred Weasley habían optado por el gran sofá para investigar los nuevos artículos de Sortilegios Weasley. Estaban ellos solos en la Torre Gryffindor. Habían salido los rayos de sol y los ingleses solían aprovecharlos como si fueran los únicos que verían en su vida.
Pese a que Sortilegios Weasley solía causar risas siempre que salían de sus cajas, los jóvenes no parecían estar felices. La joven Jordan tenía una carta de su madre en su mano y la sostenía como su más preciado tesoro. Fred intuía el contenido de la carta y estaba haciendo todo lo posible por amenizar el día de su amiga.
Susan Jordan la volvió a abrir con cuidado, bajo la tutela de Fred. Se acercó más a ella y le pasó su brazo por los hombros, estrechándola. Los ojos de la joven se empañaron de lágrimas. Apoyó la cabeza sobre el torso de su amigo conforme iba leyendo la caligrafía cuidada de su madre. Dejó escapar un sollozo. Fred le besó la coronilla.
-¿Por qué no se recupera? -se preguntó la muchacha entre lágrimas. -Un accidente de tráfico aéreo no puede ser tan grave, lleva semanas… Dime que no es verdad, Fred -le suplicó.
El joven sintió la impotencia que su amiga tenía sobre su pecho y bajó la mirada hacia la carta. Quería asegurarse de que estaba en San Mungo. De que había probabilidades de que no fuera tan desgraciadamente grave.
-Está en San Mungo… -comentó, viendo las palabras de Flora Jordan. -Seguro que se recupera, estará en cuidados intensivos… Pero se pondrá bien ya verás.
Susan buscó los brazos de su amigo. Cuando parecía que había dejado de llorar, alguien se asomó a través del retrato de la Dama Gorda. Se oyó un aplauso que despertó la ira interior de Fred Weasley.
-Vaya, vaya, parece que no soy el único con novia… ¡Qué guardado os lo teníais! -se burló James mientras se acercaba a ellos.
Fred miró con recelo a su mejor amigo. Gesto que James no pasó por alto.
-¿Qué? Joder, pero si yo me alegro…
-James -le advirtió Camrin Trust desde la requisa de la entrada a la Sala Común. -Creo que Jordan está llorando.
Fred pudo ver cómo James cambiaba su expresión a preocupación. Rápidamente se acercó a sus amigos.
-¡Lo siento! ¿Qué ocurre?
-¡¿Por qué no te vas, imbécil?! -le vociferó su amigo Fred. -Su padre ha tenido un accidente y lo último que necesita es que vengas tú a bromear.
Susan Jordan se incorporó. Miró a James con atención. Con los ojos llorosos y el cuerpo gelatinoso y temblante. A James Potter se le partió el alma.
-Lo siento, Sue… Yo…
-No pasa nada, James -le dijo con una voz rota. -Parece que ahora tienes mejores cosas que hacer que estar con tus amigos -añadió. -Ni siquiera he recibido una carta tuya en Navidad, cuando mi padre tuvo el accidente… Y ni siquiera viniste con nosotros a la estación. ¿Significa que aquí se acaba esto?
A James se le encogió el estómago. Miró hacia atrás. Camrin parecía sentirse aún más culpable que él. Se marchó de la Sala Común. James maldijo para sus adentros. ¿Qué se suponía que debía hacer en ese instante?
-Lo siento, de veras, he sido un completo imbécil -admitió. -No lo sabía.
-Márchate, James -volvió a pedirle Fred. Estaba cansado de la actitud de su amigo. No quería su presencia en ese instante. No quería recordar que le había dejado abandonado a él también. -Deberías plantearte tu comportamiento, ya te lo dijo Lily en la cena…
Recibió una mirada triste por parte de su primo. Era cierto. Lily le había dicho delante de todos que estaba siendo un estúpido y que echaba de menos a su hermano James. ¿Tanto había cambiado para el resto? Solo tenía novia. Y, sí, probablemente estaba más tiempo del normal con ella. Y también había dejado de estar con el resto para estar con ella. Y también tenía aires de superioridad porque se sentía con la fuerza de un tifón. Y sabía que había sido estúpido con sus primos.
-Me voy -les comunicó, desairado.