Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax

La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 51

La puerta entreabierta del pasillo dejaba paso a un despacho caótico, desordenado y definitivamente con un ambiente un tanto preocupante. El destartalado mobiliario parecía sobresalir de las paredes. Los cajones estaban abiertos. La ropa colgaba de ellos. ¿Ropa limpia o sucia? No olía a detergente, eso estaba claro. Las estanterías que lucían las paredes estaban inundadas de libros y papeles que sobresalían de estos. Y, para rematar el espectáculo, los papeles que no cabían entre los libros, decoraban el suelo cual alfombras, llegando a amontonarse en los rincones de la habitación.

En el centro del gran desorden, descansaba un escritorio. También colmado de papiros. Y, como si se tratara de la guinda del pastel, dormía plácidamente un joven desaliñado, con el pelo azul agua, sucio y alejado de peines. Sus ojeras mostraban un cansancio de semanas. Vestía pijama, aunque parecía haberse quedado dormido trabajando sobre un papiro cuya caligrafía había pasado a mejor vida con motivo de su propia saliva. La baba le caía lentamente de sus labios secos. El sonido de sus saludables ronquidos era la banda sonora de aquel escándalo para las personas con trastorno obsesivo compulsivo.

Unos pasos se acercaron al despacho del joven profesor. La dueña de aquellos tacones de baja estatura abrió la puerta con estrépito. Sus longevos rasgos no habían perdido el brillo de determinación tras las redondas y menudas gafas que escudriñaron el antro ante el cual se debía enfrentar y atravesar para llamar la atención del joven.

Mantuvo una distancia prudente. Contempló el caos del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y se sintió, fugazmente, transportada al pasado. Le rozó con suavidad el hombro.

-Señor Lupin…- susurró. Como había intuido, el muchacho ni se inmutó. -Lupin…-insistió la directora McGonagall.

El joven lanzó un largo bostezo. Poco a poco fue abriendo los ojos sobre las cuencas de unas profundas ojeras. Se relamió los labios con la saliva de la baba y mostró una mueca asqueada. Volvió a bostezar. Aquella vez ruidosamente. Y delante de la directora. De su jefa. Esta se quedó atónita.

De pronto, como si le hubieran derramado un jarro de agua fría, se incorporó de un salto y comenzó a lanzar maldiciones por diestro y siniestro. Se intentó arreglar el pelo. Removió algunos papeles sin éxito. Incluso algunos ayudaron a formar la heterogénea alfombra. Se detuvo en seco. Miró profundamente a la mujer que se alzaba ante él.

-Por favor, por favor, dígame que no me he dormido y que las clases aún no han empezado -rogó con súplica en su mirada, mientras se llevaba las manos a la cabeza.

La mujer sonrió. Volvió su expresión a un hilo sereno.

-Son las siete y cuarto de la mañana… Y tiene usted una visita del Ministerio de Magia. Si no es mucho pedir, me gustaría dar buena imagen de mi cuerpo docente…¡Árreglese un poco, señor Lupin! -McGonagall escondió una sonrisa y salió de su despacho.

Ted hizo lo que pido en micro milésimas de segundos. Justo antes de que entrara un hombre que conocía demasiado bien.

Harry Potter había estado preocupado por su ahijado desde que este anunció que iba a tener un hijo por el que estaba dispuesto a luchar ciegamente. Desde entonces, sintió que debía proteger con más firmeza a Teddy. La promesa que le hizo a Remus Lupin la tenía más presente que nunca. Teddy sabía que probablemente su padrino le tomaba por alguien más maduro y responsable de lo que en realidad era. Quizás había cambiado de idea al verle en aquel estado desesperanzador. En aquel antro desordenado y que pedía a gritos ayuda. Sabía que acabaría recibiendo visitas por el simple hecho de anunciar que iba a ser padre. Y que por esa razón debía tener un despacho presentable. Pero, cada cosa a su tiempo, ¿no?

Además, con su padrino se había preparado hasta un discurso mental. Y, sin embargo, la falta de sueño se lo había llevado al garete. Necesitaba seguir descansando. Los días sin dormir preocupado por Victoire y los días sin dar clase y el cúmulo de tareas pendientes le pasaban factura sin rebajas. Se dirigió al alfeizar de la ventana y se sentó sobre él. El Sol era lo único que podía limpiar aquel lugar en aquel instante, por lo que dejó entreabierta la ventana.

-Sé por qué estás aquí -confesó Ted y posó sus ojos azules sobre su padrino.

Este parecía satisfecho. Ted no esperaba menos. Sabía que aquel era el momento de una charla sobre la responsabilidad que estaba a punto de caer sobre sus hombros. Se imaginó que alguien debió dársela a su padre alguna vez. Intuía quién había sido la mujer que había dado consejos a su madre. Más bien tenía certeza de ello. ¿Pero su padre? Todos sus amigos estaban muertos para cuando él nació. Lo único que le quedaba de su juventud era, precisamente, Harry Potter. Sus familias estaban destinadas a un vínculo sin fin.

-Antes de que me lances un discurso heroico… Déjame que te explique -pidió su padrino. Estaba serio. Esperaba una respuesta de Ted.

Le observó de reojo desde el alfeizar de la ventana.

-Entonces no eres la visita del Ministerio, ¿no? -bromeó.

El hombre cabeceó. Se giró en busca de un asiento. Sin éxito. Estaba todo ocupado de las desordenadas pertenencias del joven profesor. No desistió. Retiró unos papeles de una silla. Sopló para quitar el polvo. Sin éxito. Acercó la silla de madera a la ventana y se acomodó sobre ella. Aunque visiblemente no estuviera cómodo. Era la silla de los artículos de Shackelbolt por su falta de utilidad, después de todo. Harry Potter miró fijamente a los ojos de su ahijado.

-Cuando mi padrino vino a verme y a recordarme de todo lo que era responsable…Eran otros tiempos. Ojalá… Ojalá hubiera estado conmigo cuando nacieron James, Albus y Lily. Eso sí que es una responsabilidad. Porque cuando Sirius me decía que tenía una gran lucha por delante… La tenía yo solo. Por mí. Pero cuando se trata de tener hijos, Teddy, todo tu mundo cambia. -Teddy se mordió el labio inferior. -Ahora mismo todo te parece igual que antes. Pero no es así. Y no lo será jamás. Tu lucha no es solitaria. Tienes ahora a alguien más. Y ese alguien más se interpondrá ante todo lo que se te ponga por delante. ¿Lo entiendes? Espero que tengas a tus padres presentes… Y a los míos. Y a los de Neville Longbotton. Ser padre en una guerra, Teddy,… Ser padre en una guerra te hace poderoso porque harías cualquier cosa por tu hijo. Y tú para mí eres como un hijo. Así que debo protegerte. ¿Lo entiendes?

Ted bajó la mirada. Rompió el contacto visual con Harry Potter. Mientras pasaba sus manos por las cuencas de sus ojos para retirar las lágrimas que se le habían escapado sin querer. Bufó. Como si le hubiera regañado.

-Pero si la cosa se pone fea, no podré quedarme de brazos cruzados -recalcó.

-Dudo que alguien pueda obligarte a hacerlo -le concedió. -Solo te pido prudencia. Vas a tener que madurar antes de tiempo, Teddy.

Se mordió el labio y desvió la mirada hacia los terrenos de Hogwarts que se extendían ante él.

-¿Y los demás? ¿James, Albus, Hugo, Rose,…? Harán lo mismo que yo. Creo que saben incluso más cosas que yo -soltó una risa nerviosa. Centró su mirada en su padrino. -Quizás ser su profesor era mi destino. Pertenecemos a la misma generación… Puedo enseñarles a protegerse de las Artes Oscuras…Es mi profesión, ¿no? Cuando sepamos a lo que nos enfrentamos, estarán preparados.

Harry se llevó la mano a la sien. Quizás quería llegar allí para evitar justo aquello. Y consiguió justo el efecto contrario.

-Ten cuidado, Teddy -le suplicó Harry. -Tienes en tus manos la vida de niños. De mis hijos. Sé que ellos no confiarían en nosotros… Pero en ti sí. Espero que tomes buenas decisiones, hijo.

Teddy arqueó la espalda.

Sonrió. Quiso cambiar de tema en ese instante. Suficiente reprimenda por aquel día.

-¡Tenemos nombre, Harry!

Su padrino se sorprendió de la efusión con la que Ted se abalanzó sobre él en un abrazo.

-¿Cómo que tienes nombre?

-¡Mi hijo! ¡Es niño! ¡Remus Harry Lupin!

Corría con todas sus fuerzas. El sudor le caía poco a poco. Le goteaba de la frente. El pulso estaba tan acelerado que lo sentía brotar de sus pulmones. Cruzaba los pasillos de Hogwarts como un correcaminos y nadie se percató de su velocidad. Llevaba la Capa de Invisibilidad en volandas. Cuando llegó al punto de encuentro, desaceleró su intensidad. Se agazapó en un rincón. Y se quitó la Capa de Invisibilidad.

Era el día.

Y Albus Severus Potter estaba nervioso.

Acababa de mandar un mensaje encriptado por Brooks a Teddy Lupin. Él traería la caballería si algo salía mal. Y para ello mandarían un Patronus. El único capaz de conjurarlo tras varios días de entrenamiento bajo las directrices de los libros de Brooks, fue, como muy pocos dudaban, Scorpius Malfoy. Incluso cuando había sido más sencillo que el resto encontrara momentos felices para conjurarlo, la magia de Malfoy eclipsó al resto cuando consiguió que sus chispazos se convirtieran en… un pequeño dragón. Por supuesto, su recuerdo era de su infancia con su madre y su padre, cuyo nombre no era necesario recordar -pero era Draco. Aquello, al principio, le avergonzó. Pero Rose les contó que el Patronus de un animal de ese talante era poco común. Como por ejemplo el fénix de Albus Dumbledore. Solían ser animales más ordinarios.

Con el dragón de Scorpius, al que cariñosamente apodaron Fújur a propuesta de Greenwood en referencia al dragón de la suerte de Michael Ende, era suficiente para poner en marcha su plan de escape. Que consistía en que uno de ellos debía mandar un Patronus. Los patronus no solo servían contra dementores y lethifolds -aunque sería útil si los pillaban y los mandaban a Azkaban, pensaba Albus. El otro uso había sido inventado por, precisamente, Albus Dumbledore: comunicarse. Se podían enviar mensajes, hablando con la voz del lanzador. El medio fue exclusivo, en su momento, de los miembros de la Orden del Fénix. Usar el Patronus para comunicarse ofrecía grandes ventajas en cuanto a seguridad, puesto que era único en cada persona y estaba a prueba de Artes Oscuras.

La misión de Albus, no obstante, era simplemente avisar a Teddy por encriptado que cuando se encontrara a un Patronus en forma de dragón, avisara a todo el Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio. No estaba orgulloso de hacer tan poco. Pero era lo que tocaba. Y no podía fallar.

-Has llegado a tiempo. Bien -le congratuló Rose.

Albus sabía que su prima estaba nerviosa. Incluso más nerviosa que él. Era lógico. Ella tenía el peso de saber hacer los hechizos mejor que él. ¿Qué haría Albus? Albus, después de haber vigilado a Zoe y haber escuchado conversaciones con Hagrid que confirmaban que no era él; de seguirla por el Bosque y verla desparecer utilizando polvos flu; y de localizar los tres localizadores que tenían escondidos en el Bosque Prohibido… Todos habían coincidido en que Albus había hecho suficiente. Incluso cuando había insistido en que le incluyeran en el equipo de infiltración.

-Estamos todos entonces -dijo finalmente Scorpius. Le tendió la mano y Albus le pasó la Capa de Invisibilidad. Su mejor amigo miró a Rose de reojo. Esta ladeaba la cabeza hacia el Bosque Prohibido. -Vamos, nos están esperando.

El plan estaba bien construido. Nunca pensó que fueran capaces de llevar a cabo una estrategia similar. Desde luego el cerebro del equipo habían sido las mujeres. En ese momento, se dirigían a su encuentro con el resto del equipo. En el centro del Bosque Prohibido. E ir allí se convirtió en una procesión silenciosa. Greenwood ni siquiera había abierto la boca y eso era extremadamente raro. Quizás estaba concentrado. Llevaba su varita cogida como si en ello se le fuera la vida.

Una vez llegaron al punto de encuentro final, Albus saludó con la cabeza a Fred, James y Susan. Estos sonreían. Como si aquello formara parte de su rutina habitual. De algún modo, alivió el nudo que se le había formado en el estómago.

-¿Te has traído la escoba, Albus? -preguntó James, mirándole por encima del hombro. Tenía el ceño fruncido. Pero Albus le conocía demasiado bien como para saber que ni siquiera en aquel momento podía dejar de hacerle una broma a su hermano pequeño. Quizás pretendía aliviar tensiones.

Albus negó con la cabeza e ignoró la risa de su hermano. Suspiró. Miró hacia arriba para confirmar que la bota sucia seguía atada al árbol mediante uno de sus cordones. Uno de los trasladores. El que estaba más cerca del castillo. Volvió a suspirar.

Como tantas veces habían ensayado en la Sala de los Menesteres, tomaron posiciones. Scorpius, Rose, Fred y James se pusieron justo debajo de la bota. Podían llegar a ella simplemente alzando los brazos hacia arriba. Ellos eran el equipo de infiltración. Tenían diez minutos. En cuanto llegasen a donde fuera que el traslador tenía como objetivo su lugar específico, tocarían de nuevo el traslador para que este volviera a Albus, Peter y Susan. Después de esos diez minutos debían volver con polvos flu -suministrados por los elfos de cocina -al castillo. Si no lo hacían, Scorpius debía mandar un Patronus, pues significaba que no podían salir de allí. Si en quince minutos no se presentaban aurores allí, entonces Albus y Susan debían volver a por ellos y Peter iría a avisar corriendo a los profesores.

Un plan bastante sólido.

Lo único incierto era lo que se encontrarían al otro lado. Y eso, como cada uno de ellos sabía, era gravemente peligroso.

-No -dijo Rose. Todos la miraron. Albus miró a James, preocupado. -No, no, no, Fred, no puedes venir -sentenció mirando al suelo y con la voz entrecortada.

Ninguno entendió aquella decisión. Fred miró al resto, con la falta de comprensión que se había posado en el rostro de todo el equipo. Rose se quitó de su posición. Cogió la mano de Fred. Lo separó del grupo. Se acercó a Albus, sin mirarle a la cara, y lo devolvió a la posición de Fred. A Albus se le encogió el estómago.

-¿Qué haces, Rose? -preguntó Fred poniendo sus brazos en jarras.

Albus había enmudecido.

-No puedes ir, Fred -Rose no podía mirar a su primo a la cara. En realidad, a nadie, miraba al suelo y volvía a su posición. -Por favor -era una súplica que removió las entrañas del equipo.

Fred se estremeció. Albus estaba inquieto. Bueno, sabía el plan. Sabía más o menos los mismos hechizos que Fred. Y, después de todo, ya había estado arriesgándose todo aquel tiempo.

-¿Qué dijimos de los imprevistos de última hora, Weasley? -le cuestionó con cierta rabia Susan Jordan.

Esta se encogió sobre sí misma.

-Por favor -volvió a suplicar. Fred miró a Susan y se encogió de hombros. Albus los vio de reojo. Una cabeza de turco por otra. Al menos el plan era sólido. No les pasaría nada. -Empecemos ya, ¿no? Pasa la Capa, Malfoy -ordenó Rose.

El joven que, como Peter, ni se había inmutado ante el panorama, sacó la Capa de la Invisibilidad que le acababa de dar su amigo Albus. La cual, al final, acabaría usando de nuevo. Bajo la capa, los cuatro se contemplaron atentamente antes de acercarse entre ellos y agarrar con la punta de los dedos la bota que colgaba sobre sus cabezas.

Albus sintió como un gancho le tomaba por algún lugar detrás del ombligo arrastrándolo a su destino desconocido. Evitó emitir ningún tipo de sonido. Era la sensación que siempre odiaba. Recordó que estaba de acuerdo en no participar en aquello por el mareo que le suponía.

El espacio y el tiempo dejaron de dar vueltas sobre sí y deposaron a las figuras que se ocultaban bajo la Capa de la Invisibilidad en un sitio gélido. Mucho más frío que los terrenos escoceses de Hogwarts en primavera. Albus cogió rápidamente la mano de Rose. Para sentirse más seguro. Y para que ella estuviera más tranquila. Scorpius frunció los labios y James alzó su varita.

-Ojalá no sea una trampa -musitó James. Al resto se le heló la sangre. Ya habían escuchado la teoría de su hermano mayor. No era el momento más apropiado para recordarla.

Estaban en un sitio lleno de nieve. Desolador. Los árboles desnudos poblaban el lugar. Y a la lejanía se encontraba una fortificación majestuosa. Scorpius emitió una pequeña ovación. Se detuvieron en la distancia. ¿Estaban seguros de que iban a entrar ahí? Era una dichosa fortificación. Una especie de Palacio de Hielo. ¿Tenían tiempo para entrar ahí?

-Podemos volver y decir que necesitamos más tiempo -sugirió Rose sabiamente. -Así sabrán por qué nos hemos retrasado -aclaró. -Podríamos incluso aprovechar este momento para reconocer la zona. No nos van a ver si llevamos la Capa.

Albus se estremeció al sentir la mano de Scorpius sobre su hombro. Les indicó que giraran su vista hacia el otro lado. Una pequeña cabaña de madera y contrachapado se escondía entre los árboles. Con una pobre luz encendida que emitía una radiación roja a través de la ventana.

-Vamos -concluyó James.

Siguieron un ritmo suave. Todavía tenían tiempo. La cabaña estaría a unos tres minutos a pie. Estaban tan cerca el uno del otro que caminaban cuidadosamente para no pisarse y tropezar.

-¿Qué es eso? -Albus dio un brinco. Había escuchado algo moverse tras él. Se giró hacia el lugar de dónde creía que procedía el ruido pero no vio nada.

-No nos asustes, idiota -le regañó su prima.

Mantuvieron el ritmo hasta llegar a la altura de la cabaña.

-Yo también he oído algo -dijo de pronto James. -Como un gruñido.

Scorpius se llevó la mano a la sien.

-Que no nos puedan ver no significa que no nos puedan… Oler -a Albus aquella apreciación que habían pasado por alto hizo que casi le diera un infarto. -Pueden tener a licántropos o a vampiros rodeando la zona -dijo en voz tan baja que Albus deseó no haber escuchado.

James asintió.

Y justo cuando se dispusieron a asomarse por la ventana, una criatura rasgó su capa con fuerza.

-¡AAARGHHH! -los cuatro jóvenes se desplegaron y alzaron sus varitas hacia un licántropo cuyos ojos inyectados de sangre tenía en sus garras la Capa de la Invisibilidad.

-¡Mierda! -maldijo James.

-¡PROTEGO! -conjuró rápidamente Rose Weasley, creando un escudo invisible que le separó a ella y a James del posible ataque del licántropo. -¡Mi escudo no llega a vosotros! -les instó a que hicieran algo.

Albus contempló su varita que bailaba al son del temblor de sus dedos y a la criatura que rugía. El licántropo se acercó peligrosamente a Scorpius. Entonces, comprendió que su amigo estaba ocupado pensando en recuerdos felices para convocar un Patronus y aquello no funcionaba.

-¡DESMAIUS! -conjuró Albus.

Sorprendentemente la criatura pareció aturdida y se tambaleó. Scorpius aprovechó para protegerse tras el escudo de su prima Rose.

-¡Toma ya, Albus! - celebró su hermano.

Albus acudió corriendo a asomarse a la ventana.

Lo que vio allí le traumatizaría de por vida.

Mientras escuchaba a James y a Rose lanzar otros hechizos al licántropo, Albus observó el interior de la cabaña con tanto miedo que hasta su último vello del cuerpo se erizó. El cuerpo de Hagrid, el verdadero Hagrid, yacía inerte sobre el suelo. De él salían tubos de sangre que derivaban en un gran tanque. El cuerpo del semigigante se mostraba desnudo sobre el suelo, en posición fúnebre. Sin vida.Con el tórax completamente abierto. Con los órganos de su interior a la vista de todos. Con moscas posándose sobre su intestino que asomaba tímidamente a través de carne.

Una figura interrumpió aquella espantosa visión.

Albus se alejó de la ventana. Tenía el estómago revuelto. Y unas imperiosas ganas de vomitar. Y de llorar. De gritar. ¿Qué estaban haciendo con Hagrid? ¿Qué habían hecho con él?

-¡Vámonos! ¡Está muerto! -les dijo a todos. -¡Hagrid está muerto!

James le miró de reojo, mientras lanzaba conjuros sobre la bestia que parecía resistirse a todos. Dejó a Rose sin apoyo y se fue corriendo a ver qué era lo que había hecho palidecer a su hermano. Albus intentó detenerlo, pero James lo apartó bruscamente.

El grito de James ensordeció al resto.

-¡NOOOOO!

La figura que había dentro salió de la cabaña y les apuntó con su varita. El licántropo se detuvo por un instante. Scorpius lanzó en ese momento el Patronus. Rose se acercó a él, dándole la espalda, protegiéndole del licántropo que, con pasos delicados se acercaba a él.

-Los polvos flú -musitó Albus. Cogió del antebrazo a su hermano y lo retiró de la cabaña y de aquella figura, bajo su atenta mirada. El joven Potter reconoció a ese hombre. Era uno de los encapuchados del año anterior. -James, saca tus polvos flú.

Pero James no reaccionaba.

Albus buscó torpemente en los bolsillos de su hermano. Se giró hacia su prima Rose y su mejor amigo para indicarles que se marcharan rápidamente. Estos tenían una expresión tensa.

Se habían equivocado.

Los polvos flú solo servían para transportar a través de chimenea.

Lo vio en los ojos de Scorpius. Habían fallado justo en eso. Justo en su método de salida. Y si sus amigos iban a por ellos también estarían atrapados. Vio la expresión de horror en el rostro de Rose. Por supuesto, pensaban acudir dentro de algún sitio.Maldita Red Flu.

Scorpius cogió a Rose del brazo y formuló con sus labios algo que no pensó tener que hacer.

-Aparición.

Y, en efecto, se le teletransportaron de vuelta a Hogwarts.

No. No. No. No.

Era algo que habían propuesto pero no llevado a cabo. Lo habían intentado, en la teoría, pero ninguno lo perfeccionó. Les asustaba demasiado. ¿Y desde cuándo podía hacerlo Scorpius? ¡Necesitaban incluso licencia de Aparición!

James cogió a su hermano del brazo. Albus sintió un cosquilleo en la barriga.

-¿Dónde creéis que vais, Potters? -les amenazó la figura masculina.

Ahora tenían al asesino delante y al licántropo detrás. Perfecto. ¿No era un plan sólido?

Su hermano le dio la mano y apuntó al hombre con la varita. Quería mucho a su hermano, pero no permitiría que usara la Aparición con él para acabar desmembrado por el espacio tiempo. Su mano comenzó a temblar. ¿Y así era como acababa todo?

Varios encapuchados se aparecieron de repente. Si comenzaban a lanzar hechizos saldrían perdiendo. Albus sabía que no saldrían vivos de aquello. Ni siquiera se veía capaz de conjurar un encantamiento escudo.

-Vaya, vaya… -comentó con asombro el encapuchado cuyo rostro estaba cruzado por una cicatriz. -Así que me has descubierto… Tú… El asesino de mi serpiente -Sintió cómo su hermano se estremecía ante una amenaza en una exclusiva para él. Albus no pudo hacer más que apretarle la mano con más fuerza.

El comité de encapuchados sacó sus varitas y apuntaron a los hermanos Potter.

-Han descubierto que tenemos el cuerpo del gordo ese ahí todavía… Creo que creían que seguía con vida y tú ocupando su puesto -se rio la figura masculina que se paseó delante de ellos. -Vuestro querido Hagrid lleva muerto más de medio año… No pude evitar que Theodore le devorara las tripas… Ya sabéis que cuando un licántropo tiene hambre…

A Albus le costaba respirar. Tenía su varita apretada con tanta fuerza en la otra mano que comenzó a hacerse daño. La impotencia inundó a los hermanos Potter. Ni siquiera eran capaces de mirarse. Seguían juntos. De la mano. Al menos, Scorpius Malfoy había salvado a su prima. ¿Pero habría logrado aparecerse sano y salvo?

La figura masculina apuntó su varita y la retorció sobre la frente de su hermano. Como si estuviera atornillándole. Albus tragó saliva.

-Déjale en paz -bramó Albus.

Llamó la atención de aquel hombre de rasgos cuadrados y cabello dorado.

-Oh, pero si es un pequeño Harry Potter…

-¡DESMAIUS! -conjuró Albus hacia aquel hombre, haciéndole caer de bruces al suelo. Sostuvo su varita en alto ante todo el mundo.

Su hermano se giró y alzó su varita hacia el licántropo.

-¡Impedimenta! -le conjuró, haciendo que no se pudiera mover.

Bien, ahora solo quedaban tres encapuchados, entre los que se encontraba aquel que deseaba la muerte de James Sirius Potter. Tres experimentados magos contra dos principiantes. No tenían las de ganar.

-¡PROTEGO! -el escudo no duraría mucho pero Albus miró a su hermano. -¿Por qué no has aprendido a aparecerte, James?

Este le ignoró. Se desmarcó del escudo y apuntó con su varita a Montdark.

Y alguien se le adelantó.

-¡DESMAIUS! -conjuró Harry Potter.

Los aurores convocados por el Patronus de Scorpius Malfoy comenzaron a llegar. Superaban en número a los encapuchados. Se enzarzaron en duelos que dolorosamente recordaban a la Guerra Mágica. Harry Potter los lideró. Se tomó un momento para acudir dentro de la cabaña y llorar sobre el cuerpo inerte de su amigo. Maldijo y salió lanzando Maliciones Imperdonables a los encapuchados. Los aurores lo detuvieron. Retractaron su rabia. Pero ni James ni Albus fueron conscientes de aquello, pues unos aurores le sumieron en un sueño y los trasladaron de vuelta.