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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 52

La chimenea mostraba las cenizas de un fuego apagado. De la Red Flu candente. Ted se acababa de ir. Le había dado la noticia de la muerte de Hagrid. De la nueva aventura de sus primos. Ambos habían coincidido en que era algo que estaba a la altura de las expectativas que sobre ellos tenían. Meses antes, si se sinceraba, a Victoire Weasley aquellas noticias no le habían afectado tanto.

Sus primos habían organizado una maldita operación de rescate. Habían descubierto que había un asesino en el Colegio de Hogwarts. Y habían hecho frente a cuatro de ellos y a un licántropo. Sentía una mezcla de orgullo y temor. Sabía hasta qué punto se podía llegar con tal de proteger a alguien que se apreciaba. Ahora sí que lo sabía.

El año anterior, cuando sus primos protagonizaron la derrota del basilisco, aquello ocupó poco tiempo los pensamientos de Victoire Weasley. Como si fuera algo sin importancia. Ahora comprendía lo ingenua que había sido. Lo desconectada del mundo que estaba. Lo egoísta que era. Odiaba reconocerlo pero Willa Hegarty tenía razón. Y ya que sabía el peligro ante el que se exponían, solo podía aplaudir y celebrar la valentía de sus primos y sus amigos. Internamente deseaba haber sido ella así. Y quería remediarlo. Quería aportar algo para frenar aquellos tiempos oscuros. Quería ayudar a construir un mundo mejor para Remus Harry Lupin.

Sonrió para sí. Era un homenaje a los héroes de Teddy. Y era lo correcto. Su padre Bill había asentido con orgullo.

Victoire se paseó por el salón. Estaba limpio y reluciente. Y, entonces, decidió dar un paseo y disfrutar del aire.

Tras el encierro en una repugnante celda, adoraba estar al aire libre. Sabía que podía ser peligroso, pero la habían colmado a amuletos y encantamientos mágicos para que nadie con malas intenciones se acercara a ella. Sabía que su padre le había puesto vigilancia. ¿Significaría vigilancia también cuando saliera fuera de su casa?

La joven salió del antiguo piso de su padre. Miró la fachada y la embriagaron los recuerdos. Había sido su primer hogar. Fleur y Bill habían criado allí a su hija tras mudarse antes de mudarse a Francia hasta que Victoire cumplió doce años. Entonces, le cambiaron el expediente y comenzó a asistir a Hogwarts en lugar de a Beauxbattons. Aquella decisión fue tomada por sus padres. A ella le disgustó. Probablemente fue una de las razones por las que no hizo muy buenas relaciones de amistad, al estar siempre resentida con la elección del Colegio de Magia. Su alma francesa le impedía ceder ante los ingleses. Su acento la metió en un par de motes. Solo Teddy Lupin, el muchacho que frecuentaba La Madriguera en vacaciones, fue el único simpático con ella. Más tarde le confesaría que fue orden de la mismísima Molly Weasley.

Y unos años más tarde estaba embarazada y viviendo con él.

Sonrió.

Se percató, entonces, de que una mujer también observaba la fachada y reparó en ella. Era de mediana estatura, con la tez negra y los ojos saltones. Vestía unos vaqueros y una camisa de seda con volantes en el cuello, que le daban aires elegantes.

-¿Puedo ayudarla en algo? -preguntó Victoire hacia la mujer.

La desconocida se acercó a ella y le indicó que viniera a su lado.

-¿Victoire Weasley? -interrogó. La joven, confusa, asintió sin saber realmente si estaba actuando bien. Recordó todos los amuletos que tenía sobre ella, colgando del cuello. -Soy Charlotte Breedlove -le tendió la mano.

-Encantada -concedió Victoire. Aunque sonó, más bien, como una interrogación.

-Soy historiadora y… Me gustaría contratarla como ayudante. He oído hablar de usted.

La joven Victoire se extrañó.

-Creo que se ha debido confundir -le dijo con educación. -No tengo formación en la Historia…

La mujer le sujetó del antebrazo y la acercó a ella. Acercó sus labios al oído de Victoire.

-Vengo a ayudarla, señorita Weasley -le confesó. La joven se estremeció. -Vengo a proteger a Remus -añadió.

Victoire casi se desmayó.

Siempre esperó que los papeles fueran contrarios. Que fuese él el que llorara su muerte. Siempre esperó que fuera así, pues pensaba que nunca lograría soportar aquello. Sobre todo, teniendo que aguantar, al mismo tiempo, el peso del Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts sobre su cabeza. Tenía las bolsas de sus menudos ojos hinchados. Aquella muerte la había devastado.

Acarició la lechuza que procedía del Ministerio de Magia. Le ofreció un aperitivo. Y se recostó sobre el sillón. Contempló los retratos de todos los directores que la observaban con un silencio fúnebre. Si por ella fuera, colgaría el retrato de Rubeus Hagrid en el centro de todos. Nadie había hecho más por esa institución que su mejor amigo.

Acarició el papiro de la carta con sus dedos rugosos. El Ministro de Magia confirmaba su asistencia al entierro de Rubeus Hagrid que tendría lugar en unos días. Y que sería en Hogwarts. El hogar que había acogido a aquel semigigante que había robado el corazón de todos los alumnos.

La directora suspiró. Dar la noticia no había sido tarea fácil. Tenía que dar explicaciones sobre la verdadera identidad del Hagrid que habían conocido los alumnos aquellos meses. Pidió perdón por no haber podido hacer nada. Y pidió silencio en su memoria. No entró en detalles de cómo había sido asesinado. Ni de cómo había sido encontrado su cuerpo. Ella se negó a verlo. Tampoco facilitó a su alumnado los nombres de aquellos que habían ido a por él, tal y como le rogaron en cuanto los aurores los trajeron de vuelta.

Los alumnos implicados entraron lentamente al despacho. Temerosos. Esperando el peor de los castigos contra ellos. Se lo tendrían merecido. Minerva McGonagall les reconoció a James y a Albus Potter que, de no ser por ellos, no sabría el daño que hubiera podido hacer aquel asesino bajo sus propias narices en el castillo.

Les observó. A los siete.

Peter Greenwood había sido el que corrió a su despacho en busca de ayuda, suplicando saber la contraseña de la entrada y gritando ayuda. Acudió silenciándolo para no causar alarma. Facilitó a todos los aurores el camino hacia el Bosque Prohibido. Hacia el sitio donde estaban Weasley y Jordan guardando el traslador. Los tres muchachos ayudaron a los profesores a localizar e inutilizar el resto de trasladores que había por el Bosque. En ese momento, los tres miraban cabizbajos los cordones de sus zapatos.

-Peter Greenwood, Fred Weasley y Susan Jordan -les nombró con severidad. Estos alzaron la mirada, entornando los ojos y temiendo ser azotados con un reproche visual. -Me alegra de teneros como alumnos -un alivio sonó de ellos. El aire salió de sus pulmones con tranquilidad. -Pero han sido parte de una grave infracción… No sólo han ayudado a sus compañeros a salir de Hogwarts, sino que nos lo han ocultado…

-Directora -interrumpió rápidamente Susan Jordan. -Temíamos que hubiera alguien más infiltrado y…

-Lo sé -sentenció. -Pero podrían haber salido mal parados de esta situación, señorita Jordan. Sé que después de esto será difícil confíar en nosotros… Por lo que, por favor, tened cuidado.

Hubo un silencio incómodo.

-¿No estamos castigados? -preguntó tímidamente Peter Greenwood.

-Os podéis retirar los tres -Fred Weasley soltó una maldición en voz baja. Le dio un apretón en el hombro a James y, seguido de Greenwood y Jordan, abandonaron el despacho de la directora. Potter, Weasley y Malfoy. La directora McGonagall no pudo evitar sonreír. El retrato de Snape estaría arrancándose los pelos. -Vosotros -lo dijo como un suspiro. -¿Por dónde empiezo? -se llevó la mano al moño para ajustárselo. -Planean un rescate de un profesor, roban polvos flu de la cocina, utilizan un traslador ilegal en el Bosque Prohibido, salen de Hogwarts a una zona peligrosa y privada, se ponen en peligro, pierden la Capa de la Invisibilidad, utilizan la Aparición sin estar autorizado para ello y movilizan una operación de aurores para que les rescaten -la directora parecía leer una lista de una carta que había recibido donde se hacía una selección de todas las infracciones que habían cometido. -¿Algo que decir?

Albus Potter frunció los labios a modo de sonrisa de disculpa. Scorpius Malfoy se había ruborizado tanto que hasta las orejas las tenía coloradas. Rose Weasley se comenzó a morder las uñas. Y James Potter desafió a su directora con la mirada.

-No hemos empeorada nada, directora -aseguró James Potter. -Si no lo hacíamos nosotros, ¿quién se habría dado cuenta?

La directora ladeó la cabeza.

-No está autorizado para tomarse la justicia y la seguridad por su cuenta, señor Potter. Espero que lo entienda. Tiene usted catorce años.

El joven bufó. La anciana mujer entendía que estuviera enfadado con el mundo. Entendía que le estaban reprochando algo que ni siquiera había empeorado la situación. Lo sabía. Pero también debían ser precavidos y responsables de sus actos.

-Directora, lo de la Aparición fui solo yo…-asumió su culpa Scorpius Malfoy

-Sabemos que es una infracción grave -aseguró, interrumpiendo a Malfoy, Rose Weasley.- Igual que el resto… Pero hay excepciones como la fuerza mayor… Y saber con certeza que Hagrid podría estar en peligro y, con fundamento, desconfiábamos del resto… Creo que podría aplicarse en este caso.

-Solo queríamos solucionarlo… Y teníamos un plan sólido. Llamaríamos a refuerzos… Y ha funcionado, directora -añadió Albus. -No nos puede castigar por hacer las cosas bien. Por hacer lo que nadie haría.

Minerva McGonagall arqueó las cejas.

-Toda la culpa es mía, directora -reconoció James Potter. -Yo les convencí.

-No van a estar castigados -anunció la directora McGonagall. -Solo advertidos. Estamos en tiempos difíciles… Esta vez os ha salido bien… No penséis que esto se repetirá. No penséis que la próxima saldréis ilesos… Si estáis así es porque el Ojo lo ha querido. Quiero que os entre en la cabeza, ¿de acuerdo? Esto no es un ejemplo de cómo va a ser a partir de ahora. Esto es la excepción. Y me preocupa.

-¿Por qué? -quiso saber Rose Weasley.

Minerva les miró con ternura. ¿Qué sabrían esos niños de lo que les deparaba el futuro?

­-Pensadlo… Irrumpís en su hogar. Y no os hacen absolutamente nada. ¿Por qué creéis vosotros?

-Porque para nosotros tienen algo más preparado -concluyó con desesperanza Albus Potter.