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La caída de los Merodeadores. — capítulo 10

Recapitulación (porque sí, sé que pasó un montón desde la última actualización. Perdón)

— Regulus dejó a Vera para protegerla de las presiones de Carrow y la Orden. Ella, en venganza, cuasi obligó a James a fingir salir con ella. 

— Marlene besó a Caleb y le confesó a James que lo hizo porque Holly y Caleb se gustan.  Holly está convencida de que Marlene está feliz de que ella intente algo con Caleb. 

— Lily se da cuenta que Marlene está mal y va trás ella en la fiesta, pero algo le sucede. Dorcas, Otto y Sierra la encuentran agonizando. 


All the crazy shit I did tonight

Those will be the best memories.

I just wanna let it go for the night

That would be the best therapy for me.

James soltó una carcajada y apoyó una mano contra la pared, manteniendo la sonrisa. Greengrass también reía, con una botella de vino en mano.

— No debería... no debería haber tomado tanto, — dijo entre risas, apoyando la espalda contra la pared. No necesitaba levantar la cabeza para ver a James a los ojos, entre su buena estatura y los tacos, estaban al mismo nivel. — Tú... tú me emborrachaste... a propósito.

James soltó otra carcajada estridente y apoyó la segunda mano en la pared, encerrándola entre sus brazos. Vera no pareció preocuparse, o siquiera inquietarse por la posición en la que había quedado, aunque si dejó caer la botella que se rompió con un estruendo. Nuevamente, ninguno hizo más que reírse mientras veían lo que quedaba del vino desparramado en el piso.

— ¿Yo? Tú... tú insististe en robarnos ese vino.

James tomó una bocanada de aire y entró al baño del tercer piso, donde Marlene le había sugerido que Lily podría estar escondiéndose. Luego de la discusión en el lago, nadie la había vuelto a ver: ni en los pasillos, ni en la sala común ni en la cena. Holly le había recomendado llevar algo de comida también y le había envuelto un trozo de pastel en una servilleta.

Se sentía como un tonto, parado incómodo en medio del baño de mujeres, sosteniendo el pastel de chocolate con una mano y despeinándose el cabello con la otra.

— No estoy de humor ahora, Potter.

La chica tenía la espalda apoyada en el suelo, el cabello pelirrojo desparramado como una aureola y las piernas levantadas, apoyadas en la pared, develando el short negro que llevaba debajo de la pollera del colegio. James se acercó, no dejándose intimidar por el tono de voz.

— Creí que podrías tener hambre. — comentó, sentándose y apoyando la espalda al lado de sus piernas blancas. Dejó la comida sobre el vientre de la chica. — Nadie puede decirle que no al pastel de los elfos.

— ¿Cómo supiste?

— ¿El baño? Marlene. ¿La comida? Holly.

— Gracias, — se incorporó, sentándose de india y comenzando a comer trocitos de pastel. No había notado cuánta hambre tenía hasta ver y oler la comida. — Y... lamento, lo que, ya sabes, dije allá fuera. No es que no sea cierto, pero no tenía derecho a gritarte todas esas cosas delante del colegio, — James le dedicó una sonrisa de costado sincera, mirándola atentamente. Era hermosa, más aún así, cuando bajaba sus barreras.

— No tienes porque disculparte, Lily. Estabas dolida y... la ligué yo de rebote.

— Tienes que admitir que méritos tampoco te faltaban. No sé cómo lo haces, pero siempre logras sobrepasar el límite de mi paciencia.

Vera sonrió con arrogancia al notar como el chico de lentes paseaba su mirada de sus ojos azules a sus labios rojo carmín.

— ¿Qué sucede, Potter? ¿Acaso quieres besarme? — lo provocó, instintivamente acercando sus caderas a las de él.

— ¿Y qué si eso quiero? — retrucó él, acercándose más al rostro de la rubia.

Vera no lo pensó demasiado; acortó los centímetros que los separaban acercándolo por las caderas y juntando sus labios con los de él.

— Es que me gusta, — admitió sin pelos en la lengua, sonriéndole. Lily lo miró, con el ceño fruncido.

— ¿Qué? ¿Llevarme al límite?

— No, sacarte de tu zona de confort, — corrigió él.

Lily volvió la vista a los lavados. El baño no era lo más higiénico ni agradable de ver mientras comía, pero Potter tenía la habilidad de ponerla en extremo nerviosa cuando la miraba de esa manera tan intensa.

<< Además, eres incluso más linda cuando te enojas conmigo.

Lily lo miró, sin poder controlar el leve rubor en sus mejillas. James ni siquiera parecía alterado o avergonzado, como si le hubiera dicho algo tan simple como "es un lindo día".

— ¿Por qué haces eso?

— ¿Qué es lo que hago?

— Coquetear conmigo, decirme cosas lindas, y ahora además, me invitas a salir. Es... desconcertante.

Había dejado de lado el pastel, el estómago se le había cerrado. Pensar en lo que había pasado con Snape horas atrás le daba ganas de llorar, pensar en lo que le había dicho Potter, le daba dolores de cabeza.

— Me gustas, — le dijo, con su usual honestidad, sin sacarle los ojos de encima. — Me gustas y... estas son mis maneras de demostrártelo. ¿Está mal acaso?

Lily soltó un bufido, volviendo a correr la vista, incapaz de seguir viendo los ojos avellana de él. Envidiaba esa capacidad de expresarse sin tapujos, sin vergüenzas. Ella se solo intentar pensar en sus sentimientos, se moría de la vergüenza, la lengua le fallaba y se trababa.

— Yo... — titubeó, colocándose un mechón de cabello detrás de la oreja. — ¿Por qué te gusto?

Esta vez, fue James el que bufó.

Vera sintió la lengua de Potter invadiendo su boca y llevó las manos a su nuca, tirando de sus cabellos suavemente, buscando profundizar más el beso. James bajó las manos, apretando su trasero, haciendo presión con sus caderas.

No era la primera vez que se besaban; ella lo había besado en Hogsmeade y un par de veces más, cuando alguien de Slytherin que podía correr con el rumor estaba cerca. Sin embargo, ese beso era distinto. No solo era más profundo, más caliente, sino que era más real. Era ella besando a alguien que no era Regulus no para llamar su atención sino porque quería hacerlo. Y se sentía bien.

No había besado a muchos chicos en su vida, el Slytherin había sido su chico prácticamente toda su adolescencia, pero sí podía afirmar que Potter sabía perfectamente lo que hacía.

Obedeció cuando él le agarró la pierna, indicándole que la levantara, y con algo de impulso, ya el piso no era su soporte sino las manos y caderas de James.

La separó de la pared y empezó a caminar, con ella a horcajadas, sin parar de besarla en ningún momento. Soltó un jadeo cuando su espalda volvió a impactar contra algo duro, esta vez una puerta, y James sonrió en medio del beso.

— ¿Y por qué no me gustarías, Lily? Eres perfecta, — la pelirroja soltó un bufido, pero por muy ridículo que lo consideraba, no podía sostenerle la mirada. — No, no pongas esa cara. Realmente lo eres. Tal vez tú no te des cuenta pero...tienes un aura, un brillo alrededor tuyo. Cada vez que entras a una habitación, cada vez que te interesas en algo o en alguien, es... como si iluminaras todo lo que tocas, — James soltó una risita casi nerviosa, llevándose la mano al cabello nuevamente. No se había dado cuenta que tan personal había sonado hasta ver el fuerte color carmín en las mejillas de Lily. — Si tú pudieras verte como yo te veo, posiblemente estarías allá afuera, pateando el trasero de Quejicus y no aquí, escondida, como si tuvieras algo de lo cual avergonzarte.

Lily se tomó unos minutos antes de volver a mirarlo, cohibida como siempre por la intensidad de Potter, pero notó que esta vez, no era ella la única abochornada: él también parecía ser consciente de todo lo que había dicho. Esta vez, era Potter el que le rehuía a su mirada, no ella. Y, por primera vez desde que lo conocía, el extraño impulso de querer besarlo la invadió. Por primera vez, se sintió fatalmente atraída a Potter, incapaz de sacar la mirada de sus labios, o de como cada vez que tragaba, se acentuaba su manzana de adán.

Se acercó dos centímetros y Potter la miró, intrigado por el movimiento. Sus ojos pasaron de los suyos a su boca, rápidamente, dos veces. Él también se acercó, haciendo la distancia aún más pequeña. Y, justo antes de cometer lo que ella creía sería la mayor estupidez de su vida, se levantó, roja como su cabello, y salió torpemente del baño, dejando atrás a un muy confundido James.

////

Meadowes los había tenido corriendo, subiendo escaleras, saltando trampas, con el cuerpo de Lily sangrando y levitando detrás. Otto corría junto a la pelirroja, su mano presionando en el vientre de ella, intentando no tropezarse en el proceso.

Justo cuando Sierra estaba por mandar todo al diablo y decirle a la Ravenclaw que debían parar o Evans se desangraría, la castaña se frenó frente al tapiz de Barnabás el Chiflado y pasó tres veces frente a él. Ante sus ojos, una puerta de madera se materializó.

Dorcas fue la primera en entrar, y con un movimiento de manos, un libro apareció frente a ella. Otto entró después, y colocó el cuerpo de Lily sobre la cama.

— ¿Qué es este lugar? — preguntó Sierra, la última en ingresar, observando el sencillo cuarto de colores pasteles, con una cama en el medio de la habitación y algunos sillones.

Dorcas ni siquiera levantó la vista del libro, imperturbable en su búsqueda, cuando le respondió:

— Es la Sala de Menesteres, — y recién entonces la miró, solo por unos segundo para preguntarle: — ¿Qué tanto sabes sobre curar heridas así?

— Me las apaño, — admitió, aún parada en la entrada.

— Pide lo que necesites y la sala concederá; debemos parar las hemorragias, — indicó.

Otto la despidió con un beso en la puerta de la Sala Común de Ravenclaw antes de volver a meterse. Era cerca de medianoche, por lo cual debía cuidarse de no cruzarse con Filch o alguno de los prefectos.

El calor ya estaba llegando al castillo y pensó en pasar por las cocinas antes de irse a dormir; fumar siempre la dejaba con la boca seca y un hambre voraz.

Tendría que bajar siete pisos y volver a subirlos para regresar a su torre pero, si era sincera, las ganas de un poco de pastel de los elfos y algo de zumo justificaban cualquier esfuerzo.

Un quejido la sacó de su estado de ensueño. Sonrió de costado, divertida, en un principio creyendo que sería alguna pareja teniendo sexo en un aula del tercer piso. Luego, un alarido más fuerte y supo que esos no eran sonidos de placer.

Intentó mirar al frente y seguir caminando; cerrar sus oídos, apurar el paso y dejar todo atrás. No era su responsabilidad, que algún prefecto o profesor se encargara. Solo tenía que llegar al segundo piso para ser incapaz de seguir escuchando y que fuera problema del siguiente que pasara.

Estaba a punto de lograrlo, cuando escuchó el llanto de la chica. La piel se le puso de gallina, por un momento recordando las primeras veces que su papá la había golpeado hasta dejarla llorando en un rincón, cuando no tenía las drogas para refugiarse y aliviar el dolor.

No pudo ignorarla. No pudo seguir caminando, hacer como si nada pasaba. Incluso medio ida como estaba por todo lo que había fumado con Otto, supo que tenía que hacer algo y, encontrando un poco de claridad al inhalar profundamente, corrió hacia donde creía venía el ruido.

Por primera vez en mucho tiempo, la Gryffindor agradeció no adormecida por los efectos de la morfina, o lo que le había pedido Meadowes hubiera sido imposible.

Se acercó a la pelirroja, inconsciente en la cama, y pensó en lo que necesitaba: gasas y algo para desinfectar; para su sorpresa, en el suelo junto a la cama, apareció una fuente con agua y algunos paños.

Otto tenía las manos en el vientre de la pelirroja, haciendo presión en un corte bastante feo que no paraba de sangrar.

— Debemos limpiarle las heridas o se puede infectar.

— Si saco mis manos, se desangra, — le contestó el rubio, un atisbo de desesperación brillando en sus ojos.

— Había un hechizo, sé que había un hechizo, — recordó de repente. Se sentía indefensa, la desesperación de Otto contagiándosele al saber que no había nada que realmente pudiera hacer para ayudar a la prefecta, — un hechizo, un hechizo para cortes como esos. ¡Sé que lo leí en algún lado!

— A un lado, lo encontré, — Dorcas prácticamente empujó a los dos chicos a un lado, posicionándose al costado de la pelirroja, y de un tirón abrió el traje de la Ángel de Charlie, revelando no solo su brasier, sino también todos los cortes que tenía; eran las mismas marcas que había visto en Mary, solo que más profundas.

Ver a Mary Macdonald en el suelo, su túnica rasgada, la sangre manchando todo, la shockeó. No tenía mucha relación con la rubia, pero había dos cosas que todos sabían sobre ella: la chica era un amor de persona e intocable dentro del castillo. Siendo mejor amiga de Vera Greengrass y la chica más oficial que Nathanial Avery había tenido, todos los alumnos sabían, incluso los Slytherins más puristas, que meterse con ella era ponerse no solo a Avery y a Greengrass en contra, sino también al Black menor y posiblemente a todos los Gryffindor.

Sin embargo, ahí estaba ella, sollozando de costado, agarrándose el vientre, incapaz de moverse. Un nuevo quejido la hizo volver a la realidad.

— Tranquila, tranquila, intenta no moverte.

Se inclinó a su lado y trató de correr un poco la tela para ver qué tan profundas las heridas eran. De solo tocar uno de los cortes, sintió un ardor en las yemas de los dedos y lo primero que se le vino a la cabeza fuemagia oscura*. No sabía cómo lo sabía, jamás había tratado con magia oscura, pero estaba segura.*

— Due... le, — sollozó, con los ojos cerrados.

Sacó su varita y comenzó a susurrar algunos hechizos sanadores que conocía. Tenía varias deficiencias en cuanto a sus estudios mágicos, pero si había algo que se había asegurado de aprender, era a curar sus propias heridas cada vez que volvía. Incluso, alguna que otra vez en casa, lo cual le había ganado algunas cartas del Ministerio.

Intentó todos los hechizos que conocía, pero ninguno parecía funcionar. Las heridas, aunque superficiales, seguían abiertas. Y a cada hechizo, Mary parecía estar en más dolor.

— Debo llevarte a la enfermería, yo no... no puedo. Mis hechizos no funcionan, — trató de explicarle, sintiendo ganas de llorar a la par de la chica. Sentía que debía hacerle entender que estaba intentando ayudarla, realmente lo estaba haciendo, aunque sus intentos parecían no servir.

— No. No, por favor, no, — Mary juntó todas las fuerzas que tenía para intentar alejarse de la castaña.

— Madame Pomfrey podrá curarte, ella sabrá cómo ayudar, yo no...

— Si alguien se entera de esto... si ellos... si ellos...— antes de poder terminar de hablar, perdió el conocimiento.

Por unos minutos, Dorcas se dedicó a murmurar y pasar la varita por cada una de las heridas de la pelirroja, atendiendo primero a la más grande y peligrosa en su vientre. Muchas se cerraron, cicatrizando casi automáticamente, sin embargo había algunas que se negaban a curarse.

Luego de intentarlo varias veces, la castaña pasó los dedos por la herida y la sacó rápidamente.

— Magia negra, — murmuró para sí misma. Volvió a tomar el libro, pasando los ojos rápidamente por las hojas, para luego arrojarlo a un costado.

— Detente con los hechizos, — advirtió Sierra, viendo a la Ravenclaw tomar nuevamente su varita. Tanto ella como Otto se giraron a verla, esperando explicaciones. — No es magia negra, es veneno; Mulciber lleva un cuchillo cubierto en él siempre consigo. Cuanta más magia apliques, más rápido se expandirá.

— Y entonces, ¿qué? — inquirió Otto, mirando a ambas chicas confundido. — Debemos llamar a algún profesor, a Dumbledore o Slughorn, ellos sabrán qué hacer.

— Ninguno de ellos podrá ayudar, — insistió Sierra, cruzándose de brazos, dando un paso hacia atrás. No estaba cómoda recordando todo eso. — Debemos conseguir el antídoto.

— Entonces, ¿sabes qué veneno es? — cuestionó Dorcas, poniéndose de pie y mirándola fijo a los ojos. Sierra negó. — ¿Sabes cómo conseguir el antídoto? — Sierra volvió a negar. Ya hastiada, preguntó con las malas formas que la caracterizaban: — ¿Sabes algo que sea mínimamente útil o sólo puedes dar malos titulares de diario?

Sierra tomó una bocanada de aire, no solo para calmarse porque sabía que de nada serviría pelear con Meadowes, sino también para juntar algo de valor.

— Mundungus Fletcher, él tiene el antídoto.

— Entonces, vayamos a pedírselo, — dijo Otto, ya preparándose para pararse, como si fuera lo más obvio, la conclusión más lógica. Las heridas de Lily no mejoraban y, por el contrario, parecía cada vez más pálida, más debilitada.

— No podemos, él jamás nos ayudará. No después de lo que le hice.

Ante eso, una sombra de entendimiento cruzó por los ojos de Dorcas, quien negó levemente con la cabeza y se apretó el puente de la nariz, resignada.

— Entonces, fuiste tú la que casi logra que lo expulsen el año pasado.

— ¡Él fue el culpable de lo que le pasó a Mary! El le dió el veneno a Mulciber y eso casi la mata. Alguien tenía que hacer algo, — se justificó, sintiendo la bronca y la impotencia invadiéndola como si no hubiera pasado el tiempo, como si hubiera sido el día anterior cuando había ido hasta la oficina del director a acusarlo. — Fletcher tendría que haber entregado a los Slytherins y todo el problema se hubiera terminado.

— ¿Acaso eres ilusa o estúpida? Los señores Mulciber y Dolohov están en la junta escolar, junto con los padres de todos sus amiguitos mortífagos. ¿Realmente creías que Dumbledore podría expulsarlos o algo por el estilo?

— Alguien tenía que hacer algo y Mary estaba demasiado asustada para hablar, — respondió Sierra, contagiándose de la ferocidad de Meadowes. — Además, Fetcher creó el veneno y no es nada que aparezca en los libros de magia. Créeme, vi lo que esto le hace a las personas y nadie que sea tan inocente podría haberlo inventado.

— Si realmente crees que Mundungus fue el que creó este veneno, eres más idiota de lo que pensaba. Ni con una dotación de Felix Felicis y todos los planetas alineados a su favor podría haberlo logrado, no le da el cerebro para tanto, — escupió despectivamente. — Posiblemente se lo robó al rarito de Toots y luego lo vendió al mejor postor. Mundungus es un ladrón y un sinvergüenza, pero no es una mala persona.

— Pues debería fijarse con quién hace sus negocios sucios, — le replicó, cruzada de brazos. Otto tan solo miraba, sin decir nada; el tema Mary había sido siempre sensible, ni él que se consideraba cercano a Sierra había escuchado la historia completa hasta ese momento. — No será responsable, pero si cómplice de haberle arruinado la vida a Mary.

Dorcas dio un paso al frente, con la cabeza en alto, mirándola fijo a sus ojos grises.

— Tal vez cuando puedas admitirte a ti misma, que el verdadero problema de Macdonald comenzó cuando le diste tus pastillitas mágicas, — un paso más adelante, — dejes de culpar a todos los demás por cómo está ella ahora. — Sierra no dijo nada, Meadowes había tocado una fibra sensible, le había dicho exactamente lo que a ella la atormentaba por las noches. — No tenemos tiempo que perder, Evans no luce bien. Bagman, tú quédate con ella, limpiale las heridas y no uses magia. Fahey, ve a tu Sala Común, busca algo de ropa y asegúrate de que alguien te escuche hablar sobre como viste a Evans irse con un Ravenclaw. Si puedes traer algo con azúcar de las cocinas, para cuando se despierte, mejor.

— ¿Qué harás tú? — le preguntó Otto, ya agachándose junto a Lily.

— Iré a buscar a Fletcher. Después de todo, — se tiró el cabello hacia atrás, poniendo su mejor cara de juego,— en seis años jamás ha podido decirme que no.

////

— No, no, espera.

En un pasillo desértico del cuarto piso, Holly puso una mano en el pecho del muchacho para frenarlo. Intentó controlar la respiración, pero era difícil teniendo sus manos rodeando su cintura, su perfume invadiéndola y su respiración contra su rostro.

— ¿Qué? ¿Qué sucede? — Caleb abrió los ojos para mirarla, confundido. Sus labios estaban tan cerca, que casi ni tendría que moverse para poder besarla, pero se convenció a sí mismo de respetar lo que ella quería decirle.

— ¿No te das cuenta? Esto está mal, está pésimo, — suspiró, apoyando la cabeza contra la pared de mármol. — Tú aún amas a Marlene y yo... yo me estoy engañando a mí misma, como siempre.

— Holly, ya te lo he dicho, — insistió el castaño, apoyando su frente contra la suya, — ella ya no me interesa, no de esa forma.

— ¿Recuerdas cómo empezó todo esto? — le preguntó, separándose de la pared y poniendo algunos pasos de distancia. — Porque yo si lo hago. Empezó contigo, llorándome porque Marlene te había dejado.

Cuando Holly llegó al campamento con sus padres, muchas ideas locas sobre lo que pasaría ese verano la habían invadido, llenándola de emoción y anticipación. En su cabeza pasaban todas protestas contra la guerra a las cuales asistiría, las fiestas al aire libre en las cuales se emborracharía, la música que cantaría a los gritos y también, todos los chicos con los cuales planeaba enrrollarse; lo que jamás se le había ocurrido pensar, era que podría encontrarse a alguien de Hogwarts ahí.

Encontrarse a Caleb Wood, acampando con su hermano mayor, había sido todo una sorpresa. Jamás se había imaginado a los castaños del estilo campista pero, aparentemente, ese era el último verano de Benjamin como hombre soltero y habían decidido festejar con una escapada de hombres. Además, el menor necesitaba despejar su cabeza luego de que su novia lo dejara y el aire libre parecía una gran idea.

Al principio, Holly no había sadio qué hacer. Sus sentimientos eran tan fuertes como la primera vez, pero él acababa de salir de una relación con su mejor amiga. Por lealtad a ella, debía mantenerse alejada, aunque todo su ser le pidiera que hiciera lo contrario.

Los primeros días, esquivarlo no había sido un problema. El campamento era grande y sus padres la mantenían entretenida durante el día, sin embargo a la cuarta noche, él la había buscado.

Caleb no podía entender qué había pasado, porque Marlene lo había dejado. Intentaba darle algún tipo de sentido, saber si había pasado algo o había alguien nuevo en la vida de la castaña. Buscaba en ella algún tipo de consuelo, alguna clase de explicación, pero la única verdad era que no había otro chico, nada había pasado, Marlene simplemente había dejado de amarlo. Y explicarle eso a él, había sido una de las cosas más difíciles que le había tocado hacer.

— ¡Por supuesto que recuerdo, Holly! Recuerdo cada noche que pasaste conmigo, — le aseguró, girándose para mirarla. — Recuerdo cada palabra, cada consejo, cada abrazo. Recuerdo... — titubeó un segundo, llenándose de coraje y acercándose para tomarla de la mano, — recuerdo como me fui olvidando de Marlene y enamorando de tí día a día.

— No hagas eso, no juegues con mis sentimientos, — le rogó, negando con la cabeza y separándose de Caleb, sintiendo los ojos humedesérseles.

— ¡Por favor, Holly! ¿Por qué no me crees? Lo que te digo es cierto, yo ya no siento nada por Marlene. Quiero estar contigo y solo contigo.

— Me han roto demasiadas veces el corazón, ¿De acuerdo? — soltó finalmente, comenzando a lagrimear.

— Yo jamás te haría eso, Holly, — rebatió Caleb, acercándose para secarle la lágrima que caía por su mejilla.

— Eso es lo que dicen todos, pero yo ya viví esta historia demasiadas veces, — afirmó, el alcohol colaborando a su sinceridad y su llanto. — Siempre es lo mismo: yo me ilusiono, vuelvo al chico el centro de mi vida. Me olvido de todos los demás, del colegio, de mis amigos, hasta de mí misma. Y luego... él se aburre de mí, se cansa, me cambia... el final es siempre el mismo: mi corazón destrozado. Y no sé si puedo tolerarlo otra vez... no sé si mi corazón puede con eso.

Caleb la había escuchado atentamente, sus manos amoldadas a su rostro mientras le limpiaba las lágrimas que caían. Tenía tantas ganas de besarla, de abrazarla, de hacerla sonreír; había descubierto que no había nada más lindo que la sonrisa de Holly y verla así le partía el alma.

— Dame un oportunidad. Por favor, Holly. Yo no soy como los otros, tú lo sabes, — susurró, sus rostros nuevamente tan cerca que sus labios parecían tocarse.

— ¿Y qué pasará cuando te aburras de mí? ¿O si Marls se despierta un día y decide que quiere volver a intentarlo contigo?

— Marlene es parte del pasado, Holly, ya te lo dije.

— ¡Pero la besaste! — le recordó, dolida. Caleb no había querido contarle aquello, era algo que había querido guardarse. Empezar una relación con secretos estaba mal, sí, pero sabía que ese beso que para él no había significado nada, le podía cambiar todo a Holly. Sin embargo, lo había visto hablar con Marlene en la fiesta y no había podido mentirle luego de eso. — Se besaron y me lo ocultaron.

— No siento nada por Marlene, Holly, y ella tampoco por mí.

— Si realmente fue un beso sin significado, ¿por qué no decírmelo?

Caleb se quedó callado por unos segundos y Holly malinterpretó su silencio como señal de que tenía la razón. Se secó las lágrimas, sintiéndose destrozada por dentro una vez más, y comenzó a alejarse pero él volvió a sujetarla de la muñeca y a girarla, para tenerla frente a frente.

— No quise lastimarte, ¿de acuerdo? No quise que pensaras que, que pensaras... exactamente lo que estás pensando ahora. No me pasa nada con Marlene, no sentí nada cuando la besé a ella así como tampoco sentí nada cuando besé a esa Ravenclaw hace dos semanas, — le dijo, a centímetros de su rostro, tomándola de la nuca para asegurarse de que no escaparía, mirándola con una intensidad que le puso los pelos de la nuca de punta. — ¿Qué debo hacer para que me creas, Holly? Solo tú me interesas. Solo puedo pensar en tí, en tu sonrisa, en tus labios, en tu... mente, que es increíble y me sorprende cada día más. Solo en tí, desde el verano, tú... eres la única que está en mi cabeza. Díme, por favor, ¿qué debo hacer para que me creas?

Pero Holly no contestó, tan solo inspiró profundo e hizo desaparecer la distancia entre sus labios.

////

Sirius ingresó a la sala común preguntándose si debería estar molesto o resignado. Había ido a la sala de los Ravenclaw tal y como Meadowes le había indicado, pero la chica solo se había quedado para decirle que una emergencia había surgido y tenía que irse. 

Había tratado en el pasado con chicas indecisas pero Dorcas era el completo opuesto a eso, razón por la cual no sabía cómo reaccionar, ni si algo realmente había pasado o solo era una excusa.

— ¿Qué hace Sirius Black volviendo solo luego de una fiesta? — se giró para ver a Marlene, ya en sus pijamas, con una sonrisa burlona en el rostro.

— Creo que me dejaron plantado, — admitió con una sonrisa.

— Oh por Merlín, ¿estás bien? ¿necesitas que te lleve a la enfermería? — preguntó con falsa preocupación.

La sala común se encontraba bastante llena de alumnos que cotilleaban y reían libremente, pese a ser bien entrada de madrugada.

— Creo que sobreviviré, — le respondió en el mismo tono juguetón. — Por cierto, ese disfraz da más miedo que el anterior.

— ¡Es un pijama! — se defendió, mirando los joggings grises rectos y la sudadera verde musgo, para nada favorecedora. — Debo estar cómoda, no lucir bien en él.

— ¿Y qué harás si el amor de tu vida irrumpe a media noche en tu cuarto, listo para llevarte a dar un paseo romántico bajo la luz de la luna?

— Gritar y pedir ayuda porque un psicópata se metió a mi cuarto sin permiso.

— Buen instinto, — admitió Sirius, entre medio de una risita.

— ¿Me acompañas a las cocinas por algo dulce?

Sirius asintió y abandonaron la sala común. La Dama Gorda, sabiendo que habrían alumnos entrando y saliendo toda la noche, se había ido con su amiga Violeta dejando la entrada abierta para quien quisiera entrar.

En los pasillos habían varios alumnos, algunos volviendo a los cuartos a dormir, otros buscando algún rincón que les ortogase sufiente privacidad. Mientras tanto, Marlene agotaba temas, esperando que no hubiera nadie a su alrededor para preguntarle a Sirius lo que realmente quería saber.

Hablaron sobre la situación James-Vera, que ella creía solo traería problemas y él estaba de acuerdo, pero seguro de que sería divertidísimo para ellos; calcularon las posibilidades de que, luego de casi dos meses rondándola, Peter consiguiera llegar, como Sirius tan elocuentemente había dicho, *mínimo a segunda base,*con Mafalda ; apostaron sobre las posibles nuevas parejas que podrían darse luego de esa fiesta y, cuando ya estaban por el cuarto piso, Marlene consideró que estaban lo suficientemente solos como para preguntar.

— ¿Cómo estás tú? — Sirius la miró, alentándola a profundizar la pregunta. — Me refiero a... ya sabes, todo el asunto de...

— ¿Mis ataques de "alguien me lanzó un incarcerous" cuando nadie me lanzó un incarcerous? — Marlene asintió, con una media sonrisa triste. — No me ha vuelto a pasar desde esa vez en las mazmorras. Remus cree que debe haber algún factor que... lo activa o lo que sea.

— Tiene sentido.

— Y Peter cree que tengo que hablar con un psoci, psica... bueno, no sé. Un loquero muggle.

Marlene soltó una pequeña risa; ella y los dos azabaches siempre eran los que mayores conflictos tenían con los temas muggles.

— ¿Y James qué opina? — Sirius se encogió de hombros. Cornamenta había optado por darle su espacio después de la charla que habían tenido; se habían perdido la mitad de la fiesta de Bones, pero había valido la pena. — Yo podría hablar con Mackena si quieres. Sabes que ella estudió de todo, muggle y mágico. Si alguien puede averiguar qué te está pasando, es ella.

Sirius no llegó a responder que prefería no andar divulgando su locura con el mundo porque la imagen de su mejor amiga con Wood, besándose en medio del pasillo por el cual estaban pasando, lo sorprendió. Sonrió, feliz de que Holly hubiera finalmente conseguido al chico, pero luego notó como la expresión sorprendida de Marlene cambiaba por una más dolida. La castaña no dijo nada, tan solo siguió caminando como si no hubiera visto nada.

— ¿Estás bien? — le preguntó ya en el tercer piso.

— Si, claro que sí.

— Marlene...

— No estoy celosa, por si eso estás pensando, — le aseguró, un poco a la defensiva. Sirius alzó las palmas, en señal de paz.

Había hablado con Caleb y estaba algo molesta, sí, pero no celosa. Molesta con ella misma, por estar reaccionando de esa manera. El período SPM ya había pasado, sus hormonas deberían dejarla actuar nuevamente como una persona normal, pero no. Se enojaba y se iba de una fiesta porque su ex le había dicho exactamente lo mismo que ella planeaba decirle, primero. 

Luego, había comprendido que su enojo iba más allá de lo de Caleb con Holly.

— Para no estar celosa, lo disimulas bastante bien, — la molestó luego de un rato en silencio, incapaz de contenerse. Más serio, agregó: — Deberías hablarlo con Holly si, ya sabes, te duele o...

— No es eso, — insistió Marlene. Frenó, se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y giró para mirar a Sirius, antes de bufar divertida. — Es difícil hablar en serio cuando estás pintado así. 

— Tú no estás mejor, McKinnon, — le devolvió él, con una sonrisa ladeada. — Vamos, finge que soy James por un rato. ¿Qué sucede?

Marlene le devolvió la semi-sonrisa y se dejó caer al suelo, con la espalda contra la pared, aprovechando la ausencia de personas en el lugar. Sirius no tardó en sentarse a su lado.

— No sé si recuerdas que el año pasado, Lily y Holly "salían" con esos chicos de séptimo...

— Idiota número uno e idiota número dos.

— Rick y Jordan, — corrigió la castaña.

— Idiota número uno e idiota número dos, — recalcó Sirius, sacándole una sonrisa. Por lealtad a James, cualquier chico que se le acercaba a la pelirroja era considerado persona non-grata. Y además, Jordan se había acostado con una Slytherin mientras estaba con Holly, así que se merecía el apodo también.

— Como sea, — le quitó importancia. — Cuando yo terminé con Caleb y ellas con los Huffles, nosotras hicimos una promesa, de que sexto sería nuestro año, — Marlene frenó unos segundos, esperando a que pasaran un grupo de Ravenclaws riendo, bastante borrachas, hasta que Sirius le hizo una seña para que continuara. — Prometimos que este año, no dejaríamos que ningún drama de chicos nos... distrajera. Que seríamos nosotras tres contra el mundo, como antes de descubrir las citas en tercero. Y...

— ¿Sientes que Holly no lo cumplió?

— No es... no me molesta que... — se enredó con sus propias palabras, así que respiró profundo, intentando ordenar su mente. En ese momento, se parecía más a Lily de lo que se podía imaginar. — No es que crea que Holly deba dedicarse al celibato o algo por el estilo, es solo que... el primer día juntas, luego de semanas sin vernos, Holly se la pasa con mi hermano. Y luego llegamos al castillo, y nos vuelve a prometer que este año todo será distinto y, a las dos semanas, me dice que le gusta Caleb.

— ¿Estás segura de que el problema no es que justo los dos chicos, fueron tu hermano y tu ex?

— No, no, no es eso. Mike... es un caso perdido, puede estar con quien quiera. Y sí, es algo raro que a Holly le gustara Caleb mientras yo salía con él y jamás haya dicho nada pero... no es eso. — Se mordió el labio, bajo la mirada atenta de Sirius. La verdad le apenaba y no estaba segura de que compartirla con él sería una buena idea: no le interesaba darle más material al azabache para atormentarla cuando estaba aburrido y sin nadie a quien molestar. Sin embargo, Sirius era su amigo y, además, era mejor amigo de Holly. — Estoy celosa. No de que Holly esté con Caleb sino de que Caleb esté con Holly.

— No veo realmente la diferencia, Marls.

— ¿Jamás has sentido que no eres suficiente para Holly? — Sirius frunció el ceño, sin entender qué quería decirle. — Como que por más de que eres su mejor amigo y de que harías todo por ella, simplemente... no es suficiente. Ella siempre necesita de alguien más.

— ¿Algo que hayas olvidado contarme, McKitten? — inquirió, con ese tono burlón y ese estúpido apodo que se había ganado luego de una fiesta de disfraces. — La curiosidad no es para nada mala, que sepas que jamás estaría en contra de ello.

Marlene rodó los ojos; James a veces era un idiota cuando de hablar de sentimientos se trataba, pero Sirius siempre le ganaba sin siquiera intentarlo. El azabache no podía procesar sus propios sentimientos, mucho menos podría hacerlo con los de otros, sin embargo, por un momento, pensó que él sería capaz de entender lo que sentía. Él era tan amigo de Holly como ella y seguramente también había sufrido los desplantes de la rubia cuando ella encontraba un nuevo chico que ocupase su tiempo.

— Eres imposible.

— Vamos, no te enojes. Solo intento alivianar el ambiente, relajarte.

— Te estoy contando qué me pasa, el desastre que es mi cabeza, — señaló ella, mirándolo con reproche. — Necesito a mi amigo, para que me escuche y trate de ayudarme, no que se burle de mí para "alivianar el ambiente".

Sirius ocultó con rapidez el escozor que la palabra amigole había generado y asintió. Desde que había aceptado sus sentimientos por Marlene, algo que no había sido para nada fácil dada su capacidad para negar todo hasta las últimas consecuencias, había sabido que jamás podría avanzar con ella. Por el bien de Marlene y de su grupo, debía mantener esos sentimientos enterrados, lejos de la luz del sol. Sin embargo, decir que sería solo el amigo de Marlene, era mucho más sencillo que realmente serlo.

— De acuerdo, ¿Quieres un consejo? Habla con Holly, dile exactamente lo que me dijiste a mí. Te aseguro que en cuanto Holly se de cuenta que te sientes desplazada cada vez que ella decide "encerrarse" en su nueva relación, hará todo lo posible por cambiarlo.

— No, no puedo decirle eso ahora porque pensará que mi problema es con que salga con Caleb, no con que se olvide de que somos las amigas cada vez que empieza a salir con un chico.

Sirius la miró horrorizado.

— Ustedes las chicas hacen todo tan complicado.

— No es que nosotras hagamos todo complicado, es que ustedes son muy básicos.

— ¿Me estás diciendo básico?

— ¡Estuviste peleado a muerte con los chicos por dos meses! — le recordó, como si eso probara su punto. — No se hablaban y tuviste que venir a dormir a mi habitación porque la situación era insostenible. Y luego, de un día para el otro, eran mejores amigos de nuevo.

— Te recuerdo que Peter me dejó un ojo morado y James casi me hace hacer un juramento inquebrantable antes de perdonarme, — apuntó él; realmente detestaba recordar ese período de quinto año. — Es decir, me lo merecía por haberle contado el secreto a Quejicus, pero no me perdonaron "de un día para el otro".

— Voy a que no quedaron rencores entre ustedes, es como si nunca hubiera pasado,— le explicó,  — Yo una vez le dije a Lily que una pollera le ensanchaba las caderas y jamás volvió a preguntarme cómo le queda algo. No nos peleamos, ni me dijo nada, pero yo sé que el resentimiento sigue ahí, en el fondo, cada vez que se pone una falda y ni siquiera me mira.

Sirius comenzó a carcajearse y luego se frenó, colocándole una mano en la rodilla y señalando una escena que se desarrollaba metros más adelante. De inmediato, ambos se callaron para observar cómo Remus se acercaba a Fahey, quien parecía bastante alterada.

— Fahey, ¿Qué tal? — saludó el castaño, obteniendo un ceño fruncido, confundido, en respuesta. Como siempre, tan receptiva cuando de Lupin se trataba. — ¿Tienes un momento? Quisiera hablar contigo sobre algo.

— Estamos fuera de horas de clase y los profesores están todos dormidos, creo que podrías darme la noche libre, ¿no?

— Baja la guardia por un momento, Fahey, de hecho quería disculparme, — la chica de ojos verdes lo miró, ocultando su interés elevando una ceja como si no le creyera. — Creo que no he sido justo contigo, te he prejuzgado y-

— Lupin, estoy segura de que tus disculpas son muy interesantes, pero estoy apurada, — lo cortó, algo nerviosa. No sabía que le había picado al chico que de buenas a primeras era amable con ella y pretendía disculparse vaya ella a saber por qué, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Meadowes era generalmente irritable y ya había discutido suficiente con ella para estar en paz toda una vida; no pretendía darle más excusas para que se quejara.

— Ya veo, — respondió, observando la tanda de ropa y la comida que llevaba; claramente no planeaba pasar la noche en su habitación. — ¿Por casualidad has visto a alguno de mis amigos? Y ya no te quito más tiempo.

Sierra respiró hondo, ese era el momento perfecto. Lupin no le estaba preguntando específicamente por Lily, pero no se vería sospechoso si ella la mencionaba tampoco.

— Vi a Evans irse con un chico de Ravenclaw. Del resto, ni idea.

No llegó ni a demostrar su extrañeza, ya que no recordaba que Lily tuviera interés en ningún Ravenclaw particular, ni a agradecerle por el dato porque Sierra ya había desaparecido y, con ella ya lejos, Marlene y Sirius habían aparecido conteniendo las carcajadas.

— Ay Lunático, Lunático, — comenzó el azabache, pasándole un brazo por los hombros a su amigo, — creí que terminarías la noche con Bones, no aquí.

— Bones no es mi tipo, — aclaró el castaño, frunciendo el ceño al ver a Marlene también allí.

— Lo sabemos. A tí te gustan las rebeldes, — le dijo la chica, ganándose una mala mirada.

— Y menores, por supuesto, — agregó Sirius.

Remus no hizo más que rodar los ojos, quitándose de encima el brazo de Sirius. Le daba un poco de pudor pensar que ellos podrían haber escuchado el intercambio que había tenido con Fahey, sobre todo porque ella lo había despreciado como a un perro callejero, pero si llegaba a demostrar un atisbo de eso, jamás lo dejarían en paz.

— Son unos idiotas, — afirmó, acomodándose el chaleco de cuero que formaba parte de su disfraz. Notando que él también podía sacar provecho de la situación, agregó: — Y por cierto, ¿qué hacen en el medio de un pasillo, solos?

— Ya sabes, Marls no podía pasar otra noche sin confesar sus sentimientos por mí, — Marlene sonrió, poniendo los ojos en blanco, y Sirius volvió a pasar un brazo en los hombros de su amigo, como si fuera lo más cómodo del mundo. — De todos modos, ¿vienes a las cocinas con nosotros?

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Regulus bailaba con Victoria cuando el anillo que ambos llevaban comenzó a brillar. Era la primera vez desde que había discutido con Vera que estaba genuinamente pasándola bien y, por supuesto, una crisis de la Orden tenía que arruinarlo.

Victoria lo había mirado con la misma duda en los ojos: solo su hermano y Alecto podían convocarlos, pero no sería la primera vez que los anillos brillaban por equivocación. Ambos se enojarían con ellos si algo estaba pasando y no acudían pero a la vez, detestarían dejar la fiesta por nada.

— Lo mejor será ir, — dijo Regulus luego de unos segundos tan solo mirándose y la rubia asintió, tomando el brazo que el chico le ofrecía para guiarla hacia afuera. Ninguno de los dos se había disfrazado, aunque si estaban vestidos de gala y habían llevado unas mascaras venecianas que hacía tiempo habían perdido de vista.

En el castillo había bastante actividad. Principalmente grupos de amigos que cantaban canciones muggles a los gritos, pasados de alcohol, y parejas que buscaban algo de intimidad en la oscuridad, sin ser conscientes de que podían esconderse en un aula.

Regulus se preguntaba qué habría pasado esa vez; de seguro, los imbéciles de Mulciber y Dolohov habían hecho una de las suyas.

— Aún no sabes si han sido ellos, — comentó Victoria, con una pequeña sonrisa.

Regulus la miró, sorprendido.

— ¿Cómo sabes que...?

— Tu cara, — indicó ella, colocándose un mechón rubio detrás de la oreja. — Y además, la única vez que utilizaron el anillo por algo grave, fue por el incidente con Macdonald. Es lo lógico a pensar.

Regulus sonrió, pasándole un brazo por los hombros y depositando un beso en su coronilla.

Al principio, había tenido miedo de que Victoria confundiera su actitud hacia ella por algo más, pero pronto había descubierto que ella lo entendía más de lo que parecía. Comprendía que su corazón seguía con Vera, aunque no estuvieran juntos, y simplemente necesitaba una amiga que lo apoye. Y en ese tiempo, eso era exactamente lo que había hecho.

— Eres la mejor.

Victoria estaba por responder cuando se frenó. De una de las aulas de la planta baja, esas que jamás se utilizaban, una carcajeante Greengrass salía, demasiado sonriente y pegada a Potter. La Slytherin sintió como el agarre de Regulus se endurecía mientras ambos Gryffindor se frenaban, notando la presencia de ellos en el mismo pasillo.

Potter se llevó la mano al cabello, aunque parecía físicamente imposible despeinarlo más de lo que estaba. Vera tan solo se quedó quieta, petrificada, sus ojos fijos en el brazo de Regulus que rodeaba a la rubia.

— Yo... — intentó hablar Victoria, pero antes de que pudiera decir algo, el Slytherin se había separado de ella, asentido a la pareja y abandonado el pasillo a paso rápido, sin decir nada.

Si algo caracterizaba a Regulus, era saber cuando guardarse sus sentimientos, fingir que nada sucedía y seguir adelante. Dejarse cegar por los celos jamás lo llevaría a hacer algo bueno y además, no era para nada su estilo. 

Vera se había girado para verlo marchar, mientras James y Victoria compartían una incómoda mirada, sabiéndose los que estaban de más en esa relación.

— Bueno, esto realmente no podría haber salido mejor, — comentó burlón, recibiendo una mala mirada por parte de ambas.

Victoria se adelantó un paso, ignorando completamente al chico mientras decía:

— Si estás haciendo todo esto para lastimar a Reg... por favor, para. Él no se lo merece.

— ¿Quién te crees que eres tú para opinar sobre lo que hago o dejo de hacer? — preguntó, defensiva, separándose de James para hacerle frente y cruzarse de brazos.

— Mira, yo... solo sé que Reg te ama y que tú lo amas a él, — continuó solemnemente, sin perder esa aura de inocencia que la caracterizaba. — Todo esto, el distanciarse, el alejarse de tí, lo está haciendo por tu bien. Tal vez no puedas verlo ahora pero... por favor, no lo sigas lastimando.

La Slytherin no se quedó a esperar una respuesta, tan solo avanzó por el mismo camino que había visto hacer a Regulus.

Bajó a las mazmorras, atenta. No sabía exactamente dónde estaban reunidos, pero sabía que tenía que ser por ahí; los identificaría en cuanto los oyera. Escuchó la voz de Alecto al final del pasillo y se dirigió hacia allí.

Regulus estaba parado prácticamente junto a la puerta, seguramente apenas había llegado momentos antes que ella. No podía ver mucho, ya que estaba todo oscuro, pero logró distinguir a su hermano, su cabello dorado casi resplandeciendo como el suyo en la oscuridad, y quiso sonreírle, pero él negó con la cabeza.

— Vic, vete de aquí, — ordenó con voz ronca, queriendo dar un paso al frente, pero la mano de una mujer en su hombro lo frenó. Recién entonces, la luna iluminó lo suficiente a Anastasia Nott como para reconocerla entre medio del resto.

— ¿Qué crees que haces, Rosier? Ella también debe estar aquí.

— Mi hermana jamás haría algo como esto, ella no necesita ver, — masculló, clavando sus ojos celestes en los marrones de ella sin temor.

— Estoy segura de que no lo haría, pero por las dudas... nos aseguraremos de que sepa qué sucederá con ella si alguna vez decide desobedecer órdenes directas, — concluyó, con una sonrisa venenosa, soltando el hombro de Evan. — Victoria, acércate, — ordenó la mujer y ella cumplió automáticamente. Ahora podía ver no solo las caras de aprehensión del resto de los miembros de la orden, la mayoría con sus disfraces aún puestos, sino también como Mulciber y Dolohov estaban separados del resto, inmovilizados por un hechizo. — Esto es una lección para todos ustedes, para que sepan qué sucederá si deciden volver a desautorizarme. Sepan que yo no vine aquí a jugar, — se giró a donde ambos chicos estaban, agachándose para estar a su altura, y con la misma sonrisa de víbora que muchas veces le habían visto ya, le preguntó a Antonin en voz baja: — Escuché que a tu papi le gusta practicar su maldición cruciatus contigo, — a Victoria se le puso la piel de gallina, sabiendo qué vendría a continuación, — ¿me dirás luego quién lo hace mejor?

Solo llegó a correr la vista y esconder la cabeza en el pecho de Regulus cuando el grito agonizante de Dolohov se escuchó. 

It's gettin' late but I don't mind.

It's gettin' late but I don't mind.