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La caída de los Merodeadores. — capítulo 9

With the lights out, it's less dangerousHere we are now, entertain usI feel stupid and contagious****Here we are now, entertain us Prácticamente corriendo y cuidándose de no caer en el proceso, Marlene terminó de subir los últimos escalones que la separaban del cuarto de los chicos y abrió la puerta de golpe. El único que estaba dentro era James, para su suerte. — ¡Marlene! ¡Toalla! — exclamó el azabache, señalando su falta de ropa; acababa de salir de la ducha y aún tenía el cabello chorreando agua.

— Oh, vamos, no hay nada ahí que no haya visto, — le recordó, sentándose en la cama del chico. Su disfraz, que consistía en un ajustado body engomado amarillo, con escote pronunciado, un pañuelo rojo atado al cuello y botas altas negras, hizo un extraño sonido ante el movimiento.

— Buen punto. Pero podrían haber estado el resto de los chicos, — apuntó, poniéndose los lentes y ropa interior por debajo de la toalla. — ¿De qué se supone que vas?

— Kelly Garrett, una de los Ángeles de Charlie, — comentó, también observando lo que llevaba puesto. Lily había sido la de la idea y Holly había confeccionado los trajes; ella por su parte, solo se había ocupado de no excederse con los dulces de Halloween en la cena. — Es un programa muggle que le gusta a Lily. Tuvimos suerte de que no nos haya hecho ir de Hechizadas o algo por el estilo.

Marlene rodó los ojos, viendo que James no tenía idea de qué estaba hablando; ella tampoco entendía mucho. Lily parecía adorar sentarse frente a una caja que reproducía imágenes - que con Holly le habían explicado que se llamaba "televisor" - y, desde que eran amigas, había intentado que hicieran una "Maratón de Hechizadas" en el verano. Lo único que ella sí sabía, era que cada vez que Lily hacía un encantamiento, intentaba mover su nariz y, aparentemente, eso lo había sacado de ese programa.

— Ey, ¿estás bien? — pasó la cabeza por una remera básica negra y se sentó junto a la chica. Tenía pronunciadas ojeras y lucía cansada. Las uñas estaban destrozadas, como cuando era niña y se las comía de los nervios. — ¿Estás teniendo problemas para dormir?

Marlene lo miró por unos momentos y luego se dejó caer sobre la cama, soltando un suspiro. No podía contarle la verdadera causa de su insomnio, pero si una de las tantas cosas que le daba vueltas por la cabeza y le impedía dormir.

— Hice algo malo.

— ¿Qué tan malo?

— En una escala de Matt a Mike… Mike.

— Auch, — soltó James, girándose a mirarla. — ¿Qué diablos hiciste para estar en escala Mike? — preguntó divertido, pero la castaña negó con la cabeza, seria, avergonzada. — Oh, vamos Marls, no puede ser tan terrible.

— Si lo es. Lo que hice es terrible y yo soy terrible.

— No digas estupideces, ¿qué pasó?

— Soy una persona horrible.

— ¿Puedes parar con el autoflagelo y decirme qué hiciste?

Marlene se incorporó, sentándose de piernas cruzadas frente a frente con James, y su traje volvió a chillar con el movimiento. Estaba haciendo fuerza para no hacer un puchero y largarse a llorar, porque tenía tantos sentimientos encontrados que llorar parecía la única solución.

— Los chicos no están, ¿verdad? — quiso asegurarse y él asintió. Respiró profundamente, dándose fuerzas para continuar: — Estuve con Caleb en el cumpleaños de Amelia.

James no dijo nada por unos momentos, asimilando la información y luego asintiendo lentamente.

Marlene esperaba una respuesta, una reacción por parte de aquel que la conocía de toda la vida; de cómo reaccionara él dependería qué tan miserable se sentiría ella.

— ¿Te acostaste con Wood? — Marlene negó. — ¿Lo besaste? — volvió a intentar, y esta vez, la castaña asintió, mordiéndose el labio inferior. Pasaron dos segundos y luego, James soltó una carcajada. — ¡Vamos, Marls! Dijiste escala Mike, pensé que habías asesinado a alguien. Todo el mundo ha tenido una recaída con un ex, no es nada raro.

— Pregúntame por qué lo hice.

James la miró con el ceño fruncido, confundido, pero complació a la chica preguntando:

— ¿Por qué lo hiciste?

— Porque a Holly le gusta, — admitió, mirando hacia arriba para no llorar. — Y a Caleb le gusta Holly, — continuó ante el silencio de James, quien no hacía más que observarla. — Y yo soy una persona horrible. Horrible, horrible, horrible.

— Vamos, Marls, tampoco-

— No, James, es en serio. Sabía que él estaba borracho, sabía que a Holly le gusta porque ella me lo dijo y me pidió perdón y-

— ¿Holly te lo dijo? — interrumpió, pese a su intención de solo dejarla descargarse.

— Sí, luego de Hogsmeade, — admitió, llevándose las manos a la cabeza y pasándola por su cabello. — Me dijo que siempre le había gustado y no había hecho nada por mí pero ahora nosotros habíamos cortado y yo siempre les dije que ya está superado porque nunca lo amé y-

— ¿Está o no está superado?

Marlene meneó la cabeza, no queriendo contestar por inercia. Amaba a James, a él no podía mentirle, pero explicarle el remolino de emociones, la montaña rusa que estaba sintiendo… simplemente no sabía cómo ponerlo en palabras.

— Sí, está superado. No amo a Caleb, nunca lo amé y por eso lo dejé, — admitió, volviendo a fijarse en los ojos avellana de James. — Pero luego Holly viene y me dice todo esto y me pregunta si a mí me molestaría si ella invitara a salir a Caleb y… por dentro pensaba "¿Qué diablos está mal contigo? Primero mi hermano, ahora mi ex. ¿Alguien más que me quieras robar?" Y por fuera estaba sonriéndole y diciéndole que me parecía una idea genial, que Caleb era justo lo que ella necesitaba y que no se tenía que preocupar por mí y… — se quedó sin aire. El vómito verbal no era lo suyo, pero últimamente no hacía más que guardarse todo lo que le pasaba. Se sentía bien poder sacar al menos uno de sus problemas de adentro, compartirlo. — Soy una imbécil. Y una persona horrible.

James soltó una bocanada de aire y se acercó lo suficiente para poder pasarle el brazo por los hombros y acercarla a su cuerpo. Marlene se dejó hacer y apoyó la cabeza en el pecho de él. Por unos minutos, se tranquilizó escuchando como James respiraba, con una calma atípica en él.

Cuando vió que ya se había recuperado, la separó tomándola de los hombros para darle más fuerza a lo que decía.

— No eres una persona horrible, Marls. Tan solo… tienes un ego. Yo debería saberlo, tengo el ego más grande de este castillo, — le recordó, sacándole una sonrisa. — Y también he hecho algunas cosas… cuestionables, por culpa de él. Pero no eres una persona horrible por eso, Marls. Eres humana y… amiga mía, después de todo. Tantos años juntos, alguna manía tenía que pegarte.

Marlene bufó divertida, empujándolo con el hombro; James no siempre sabía que decir, pero de vez en cuando tenía un momento de lucidez y cada palabra que salía de su boca era brillante, tenía todo el sentido. Ese, era uno de esos momentos.

— ¿Y ahora qué hago? — preguntó, soltando un suspiro.

— Vuelve a tu habitación, arréglate el cabello y ponte algo de maquillaje, que pareces un inferi de lo mal que te ves y creo que ese no es el disfraz que querías lograr. Y luego, busca a Wood y dile la verdad: que lo de la otra noche fue un error, un desliz y deberían olvidarlo.

— ¿Y a Holly? ¿Qué le digo a ella?

— Y a Holly… no le digas nada, — recomendó finalmente, despeinándose el cabello azabache aún más. — Si le cuentas, solo la lastimarás y no tiene sentido. A veces es mejor guardarse ciertas cosas, ¿no crees?

Marlene estaba a punto de decirle que no se imaginaba cuánta razón tenía cuando tres golpecitos en la puerta la frenaron; internamente, agradeció la interrupción, o terminaría confesando algo que luego no podría explicar.

— Cubranse que voy a entrar, — advirtió la voz de Vera antes de atravesar la puerta.

La chica llevaba una bonita túnica verde, sencilla y entallada, larga hasta los pies. Un collar con una piedra preciosa en el medio y una pulsera negra en forma de víbora, sujeta en la parte alta de su brazo izquierdo. Lo que le daba sentido a su disfraz era el cabello: Vera se había hecho al menos unas cincuenta trenzas, cada una decorada al final con lo que parecía una cabeza de serpiente hechizada para sisear y ponerte los pelos de punta. El disfraz de Medusa le quedaba tan bien, que a Marlene casi se le escapa un cumplido.

— Greengrass, ¿qué tal? — saludó James, sonriendo de costado. — ¿Has visto ya con quién estoy?

Tanto Marlene como James contuvieron la carcajada al ver la mirada fulminante y la expresión de disgusto que intentó esconder detrás de una sonrisa forzada.

— McKinnon, ¿cómo estás?

— Bonito disfraz, Greengrass. Muy… apropiado para tí.

James casi podía ver a la chica morderse la lengua y contar internamente hasta diez para no responderle alguna grosería digna de ella.

— Gracias, — dijo finalmente, con los dientes apretados, para luego girar su atención al muchacho. — ¿Aún no estás cambiado? Y por cierto, ¿me puedes explicar de qué es ese disfraz horrible que elegiste? ¿También te pintaras toda la cara como Pettigrew? Porque si ese es el caso, yo-

James gimoteó hastiado, llevándose las manos al cabello. Fastidiar a Greengrass le divertía, incluso creía que de esa manera lograría que la chica recordara que ella no solía tener prejuicios en contra de los no-sangre pura, pero a veces sentía que el precio a pagar era demasiado alto. Como en esos momentos, en los cuales la chica se volvía en una loca del control.

— Por décima vez, Greengrass, seré the starchild, Paul Stanley, — al ver que la chica seguía con cara de no entender de qué hablaba, rodó los ojos: — Es el vocalista de Kiss, una banda muggle. Y sí, también me pintaré la cara como Pete.

— Bromeas, ¿verdad? La gente creerá que salgo con un fenómeno. Que pasé de Regulus, que es un sueño, a… esto, — continuó, mirándolo despectivamente.

— ¡Oye! — se indignó James. — Te recuerdo que te estoy haciendo un favor. Si tanto te molesto, busca a otro que te ayude en tus locuras de niña mimada.

Vera soltó un bufido, cruzándose de brazos. Tenía razón en eso, pero de ninguna manera bajaría del pedestal de superioridad que su abuelo había construido para ella.

— En veinte minutos abajo o le diré a todos que eres malo en la cama, — amenazó y, como si fuera apropósito, las serpientes en su cabello sisearon al terminar.

— ¡No soy tu maldito novio! — se quejó mientras la rubia salía, recibiendo el dedo del medio como única respuesta. Se giró a Marlene con el ceño fruncido, viéndola sonreír ante la escena que habían causado los dos cazadores. — Yo soy mucho más encantador que el pequeño Black, ¿Verdad?

— Claro que sí, James, — le aseguró Marlene, dándole un beso en la mejilla mientras pasaba para llegar al escritorio, donde había dejado las pinturas que necesitarían para el disfraz. — Vamos, te ayudaré con ese maquillaje. ¿Tienes alguna foto de este Starchild?

////

Halloween era la fiesta de los Hufflepuff. Los Gryffindor podían presumir de hacer los mejores festejos post-partidos, los Ravenclaw asegurar que las guerras de nieve organizadas por ellos no tenían comparación y los Slytherin que cuando de banquetes de fin de año se trataba, no tenían competencia (aunque fueran pocos los no-sangres puras que pudieran confirmarlo). Pero Halloween, Halloween era territorio de los tejones.

Cada año se esforzaban y se superaban. Su excelente relación con los elfos domésticos ayudaba mucho; ellos no solo les garantizaban comida y bebidas para cada fiesta sino que también se encargaban de deslizar un poco de poción somnífera en la comida de los profesores.  

La locación cambiaba a cada año: el anterior, habían hecho la fiesta en las mazmorras, en una de las aulas de Pociones más grandes y el anterior, en la torre de Astronomía. Ese año, y como el clima había ayudado, uno de los invernaderos había sido la elección.

Mientras atravesaba los terrenos, con el mono engomado blanco que Holly le había cosido y las botas negras, Lily sonrió mientras se abrazaba para mantener el calor. La sensación de libertad que sentía caminando por los terrenos a esas horas, sabiendo que nadie la descubriría, era difícil de describir. Era como si, una noche al año, la escuela les perteneciera a ellos.

— ¡Lily! — Holly ni siquiera se preocupó por mantener la voz baja. Tan solo gritó su nombre y se abalanzó a su espalda, casi haciéndola caer. Pero lejos de molestarse, la pelirroja se carcajeó; esa era la magia de Halloween, la diversión, la falta de inhibiciones. Era la noche en la que cada uno podía elegir quién ser, sin preocuparse de los demás. — Puedes decirlo: tenemos los mejores disfraces de todo Hogwarts.

— ¡Pues claro que tenemos los mejores disfraces de Hogwarts! Somos las malditas Ángeles, nadie puede superar eso.

Holly enganchó su brazo al suyo, para caminar los pocos metros que las separaban del invernadero; ya se escuchaba la música alta y los ocasionales gritos de los estudiantes.

El cabello rubio de la cazadora resaltaba aún más contra el color rojo de su mono y su sonrisa parecía no caberle en el rostro; Holly solía ser una chica feliz, pero parecía más contenta que de costumbre.

<< ¿Esa sonrisa es por alguien especial?

Amplió su sonrisa y la empujó a un costado, antes de entrar al invernadero. Se aseguró de que no hubiera nadie merodeando o que pudiera escuchar antes de responder.

— Hace unos días hablé con Marls y me dijo que no tenía problemas con que yo saliera con Caleb, — Lily hizo una mueca, pero Holly estaba tan concentrada en lo que decía que no llegó a prestarle atención. — Y hace un rato me lo crucé y me dijo que le encantaba mi disfraz y que le reservara una canción, — Lily intentó responder al entusiasmo de su mejor amiga con una sonrisa, pero no hizo un buen trabajo y Holly lo notó. — ¿Qué?

Apretando los labios, buscó la mejor manera de poner en palabras lo que pensaba, sin herir los sentimientos de nadie.

— ¿Estás segura de todo esto? Caleb parece… complicado.

— ¿Complicado cómo?

— Complicado como si…, — se esforzó en buscar un ejemplo que sirviera para explicar exactamente a qué se refería. — Como si yo decidiera salir con Avery. Fue tu novio en cuarto y, por más de que haya pasado mucho tiempo, seguiría siendo incómodo. Porque él sigue siendo tu ex y yo tu mejor amiga.

— Pero Nathanial está más que superado. Si tú quisieras salir con él y él no fuera una maldito mujeriego que engaña, yo estaría más que feliz por tí, — aseguró, cruzándose de brazos. — Así como Marls está feliz por mí, porque piensa que Caleb es justo lo que necesito. Entonces, ¿cuál es el problema?

Se llevó una mano a la nuca; Holly no veía el mundo de la manera en que ella y Marlene lo hacían. El mundo de Holly era un lugar mucho más simple, más libre, donde las personas decían exactamente lo que pensaban porque justamente así era como ella se manejaba, pero en el mundo real, las personas escondían sus sentimientos para no herir el de otras, sobre todo cuando esas otras, eran tus mejores amigas.

— Tan solo dime esto: ¿él realmente te gusta? ¿no es un capricho del momento, uno de esos chicos que al mes ya ni recuerdas el nombre?

Holly soltó un bufido, negando con la cabeza antes de pasar por al lado de la pelirroja y entrar al invernadero. Lo último que le faltaba era que una de sus mejores amigas la tratara de zorra; eso era el colmo. Ella sabía perfectamente lo que sentía y, durante casi un año, se había tragado sus sentimientos mientras veía a Marlene paseándose con Caleb sabiendo que la castaña no lo amaba y ella sí. Había estado con otros chicos, sí, y se había olvidado sus nombres al día siguiente, también, pero solo porque intentaba que el nombre de Caleb se borrara de su mente.

Jamás había dicho nada porque no había querido arriesgarse a hacerlo real y que terminase en una decepción, como siempre le pasaba, y al momento de querer contarlo, Marlene se le había adelantado. Lo había soportado, sabiendo que ni ella, ni Lily, ni Caleb tenían la culpa, pero ya había aguantado suficiente.

No hizo caso a Lily, tratando de seguirle el paso, pidiéndole disculpas por lo que había dicho porque en el fondo, sabía que eran disculpas vacías. La pelirroja le había preguntado eso porque pensaba que ella era una tonta que buscaba siempre la atención de los chicos, que se enamoraba del primero que le regalaba una sonrisa. Y, si era honesta, ya se había hartado de esa etiqueta.

////

Sirius entró a los invernaderos y automáticamente una sonrisa se dibujó en su rostro. Halloween era su festividad favorita: dulces, fiestas clandestinas y muchas chicas mostrando piel con modelitos de lo más sugestivos. Los 31 de Octubre nada malo podía suceder, sobre todo cuando recordaba cuán poco faltaba para cumplir la mayoría de edad y ser legalmente libre de sus padres.

Los Hufflepuffs habían dejado las plantas silvestres en su lugar, las cuales, combinadas con las luces de discoteca que habían puesto, le daban un aspecto terrorífico. También había algún que otro elfo amigo repartiendo bebidas y bocadillos, y un tocadiscos encantado reproducía música a gran volúmen.

— ¿Y de qué se supone que vas tú disfrazada?

Dorcas se giró sobre sus talones, con esa sonrisilla petulante que la caracterizaba. Llevaba un vestido negro de cuero, que tapaba lo justo y necesario, unas alas negras hechizadas para abrirse y cerrarse cada tanto y, al abrir la boca para responder, notó algunos colmillos resaltando.

— ¿Acaso no es obvio? Soy una arpía.

Sirius sofocó una risita, aceptando la copa que la castaña le ofrecía.

— Creí que lo eras los otros 364 días del año, — retrucó, llevándose la cerveza a los labios y bebiendo prácticamente la mitad.

— ¿Qué puedo decir? Soy una chica de principios, — lo examinó de arriba a abajo, con sus ojos olivas. — ¿De qué se supone que vas tú?

— Peter Criss, de Kiss, — al ver la ceja alzada de la chica, cuestionó: — ¿De veras nunca escuchaste Kiss?

— ¿Debería?

— ¡Claramente! Es una de las mejores bandas de la historia.

— ¿Cuatro chicos con el rostro pintado y ropa de cuero? — inquirió sardónica. — Gracias, paso.

Hablar con Meadowes eran tan sencillo como complicado. No tenía que esforzarse ni aclarar nada, extrañamente era como si ambos compartieran un entendimiento, un mismo código, pero a la vez la castaña era tan borde y sarcástica, siempre luchando por mantener la pose de perra que ella misma había creado, que intercambiar más de cuatro oraciones era un milagro.

— Eres una escéptica. Y no te das una idea de lo que te pierdes, — le aseguró, aún en tono divertido.

Por unos momentos, se dedicaron a ver al resto de la fiesta en silencio, tomando de sus copas.

La figura de Marlene captó inmediatamente su atención, mitad porque el traje amarillo resaltaba entre tanto negro y rojo y mitad porque la estaba buscando. Estaba apartada en un rincón, conversando con Wood y, por su postura tiesa, no parecía del todo cómoda con lo que estaban discutiendo.

Corrió la mirada de allí y siguió examinando el resto de la estancia. James bailaba junto a Greengrass, aunque más que bailar parecía buscar nuevas maneras de avergonzarse (y avergonzarla) públicamente con los pasos más exagerados de la historia. Peter y Remus, a unos metros, mitad bailaban, mitad charlaban con Amelia Bones, disfrazada de ángel, y Mafalda Fawley, disfrazada de diabla; Colagusano estaba desde principio de año detrás de ésta última.

Siguió mirando, intentando encontrar a Holly entre la masa de estudiantes, pero el cabello rizado de su mejor amiga no parecía estar por ningún lado; asumió que estaría escondida en algún rincón oscuro, o incluso en el bosque, con el chico de turno.

— ¿Tienes idea quienes son esos chicos con capucha y máscara? — preguntó repentinamente Dorcas, girándose a verlo.

Sirius lanzó una mirada, identificando a los dos chicos que había estado observando la castaña. Era imposible decir quienes eran, o siquiera afirmar si detrás del disfraz había un hombre o una mujer.

— Ni idea, — se encogió de hombros, volviendo su atención a Meadowes. — Aunque disfrazarse de dementores es muy poco original.

— Nunca has visto a un mortífago en la vida real, ¿verdad?

— No, ¿por?

— Porque lucen igual que ellos, — respondió con el ceño fruncido, aún concentrada en los dos encapuchados.

Sirius volvió a girarse, para darles un mejor vistazo pero la imagen de una molesta Marlene lo hizo detenerse. La frenó, tomándola del brazo, y casi pudo ver como la chica estaba a punto de maldecirlo antes de notar de quién se trataba.

— Ey, Marls, ¿estás bien? ¿Pasó algo?

Intentó darle una sonrisa, serenándose y encogiéndose de hombros.

— No, Sirius, está todo bien.

— ¿Segura?

— Sí, solo… necesito salir de aquí.

Antes de que pudiera ofrecerse a acompañarla, Marlene ya había desaparecido entre la marea de gente y, aunque Sirius no lo hubiera notado, Lily había salido justo detrás de ella.

Por su parte, Dorcas lo observaba con una sonrisita petulante, casi divertida.

— Sabía que dos personas no podían pasar tanto tiempo juntos sin que alguien se confunda, — comentó, torciendo la cabeza antes de agregar: — Aunque admito que pensé que sería McKinnon, no tú. Supongo que la subestimé, o te sobreestimé a tí.

— ¿De qué hablas?

— El año pasado, tu pelea con los otros tres. Todo el castillo habló sobre eso por semanas, — el azabache se cruzó de brazos, incómodo. Meadowes hablaba de la pelea, esa que todos habían decidido dejar encerrada bajo siete llaves, por el bien de su grupo.

— ¿Y qué con eso?

— Que todo el castillo habló aún más sobre como McKinnon te escogió a tí por sobre su supuesto mejor amigo, — dió un paso, acercándose más a Sirius. — Sobre como comió contigo todos los días y durmió contigo todas las noches, mientras Potter-

— Jamás estuve con Marlene, — aclaró rápidamente, con voz dura, mentón en alto y brazos aún cruzados. Eso, sumado al maquillaje y disfraz, le daban un aspecto siniestro.

— Lo sé, es incluso peor: dormiste, inocentemente, con ella. Aunque claro, eso no significa que no te mueras por ponérsela.

— ¿Y qué si lo hago? — soltó, desafiante. ¿Cuál era el sentido de mentir a ese punto? Se requería de una mentirosa para reconocer a un mentiroso y Meadowes llevaba la mentira en la sangre.

— Ay, Black, Black, — cortó la distancia que los separaba, negando con la cabeza y enredando los brazos en su cuello. — ¿No eres el más inteligente del grupo, verdad? Acostarte conmigo, posiblemente la única persona en este castillo que McKinnon odia, no te ayudará mucho cuando quieras intentar algo con ella.

— ¿Y quién dijo que quiero intentar algo con ella? — le susurró al oído, con dureza. No estaba mintiendo, y pudo ver en la sonrisa de Meadowes cuando se separó que ella sabía que no lo estaba haciendo. Jamás intentaría algo con Marlene, pese a los fuertes sentimientos que la castaña le despertaba. Involucrarse sentimentalmente con él era algo que a ninguna chica le convenía, pero menos aún a Marlene. Le importaba demasiado como para hacerle eso a ella.

— En mi sala común, a las cuatro. Algo me dice que no tendrás problemas pasando la estatua, — le dijo, comenzando a alejarse.

Sirius frunció el ceño, desconcertado, siguiendo la trayectoria de la chica.

— ¿A dónde vas?

Dorcas solo se giró dos segundos para dirigirle la mirada, esa que él había usado en más de una ocasión, la que claramente decía "por favor, ¿hablas en serio? No soy tu maldita novia" para luego desaparecer definitivamente.

////

Con expresión aburrida, Sierra le dió una última calada al porro antes de pasárselo a Otto Bagman. Generalmente, las fiestas la ponían de buen humor. Podía bailar y perderse en la música estridente, los montones de alcohol y droga. Ser el centro de la atención, esconder todo detrás de una sonrisa coqueta. Sin embargo, las fiestas de Halloween jamás le generaban eso: las personas disfrazadas le parecían ridículas, patéticas, y la elección de música de los Hufflepuff, pésima. Se quedaba mil veces con las fiestas de los Gryffindor, donde las bandas muggles eran la primera elección y nadie le miraba mal si tomaba un par de pastillas.

A pesar de todo eso, estaba ahí, sin disfraz, claro, pero tratando de pasarla bien, porque Mary había querido ir. Últimamente, eran pocas las cosas que la rubia quería hacer fuera de pasar el rato con ellos en el bosque y verla tomar la iniciativa en algo, la había terminado de convencer.

Sierra notaba que Mary se hacía cada vez más dependiente a las drogas, a la sensación de entumecimiento y olvido que éstas le generaban. El principal problema de la rubia era su propia negación: lo que le había pasado el año anterior era tan traumático, tan doloroso, que prefería esconderse detrás de las dosis de morfina que ella le facilitaba y los chicos con los cuales se acostaba. Siete meses atrás, Mary ni siquiera hubiera considerado besar a alguien que no amara, mucho menos turnarse entre Theodore Saltzman y Keenan Parrish, los dos mejores amigos que se disputaban su atención, como lo estaba haciendo en ese momento.

Vió a Otto tirar la colilla a un costado y tomarla de la cintura, diciéndole algo que no llegó a entender con la música tan alta. Se obligó a no alejarse al sentir las manos del rubio recorriendo su espalda por dentro de la remera y su boca dejando besos húmedos en su cuello. Acostarse con él cuando los dos estaban drogados era fácil; el placer, las sensaciones, se maximizaban y las inhibiciones, los temores, las vergüenzas, desaparecían. Lo conocía desde tercer año y había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se habían acostado, pero jamás así. Jamás estando casi al 100% de sus capacidades, apenas afectada por el cannabis.

— ¿Qué te parece si nos largamos de aquí? — ronroneó en su oído, deteniéndose un segundo más en su lóbulo derecho.

Se obligó a mantenerse relajada mientras asentía, incluso a sonreír de costado, sin saber si el escalofrío que le recorría la espina dorsal se debía a la anticipación o al temor. Temor a desnudarse, temor a que alguien más viera sus cicatrices. Odiaba las expresiones de sorpresa, las preguntas, los temores que venían con ver su cuerpo. Odiaba que otros la vieran vulnerable, por eso se limitaba a tener sexo cuando la otra persona estaba tan ida como ella, demasiado perdida en hacerlo con ella como para notar los golpes que habían sido lo suficientemente fuertes para dejar una marca permanente.

El viento otoñal la hizo abrazarse a su chaqueta de jean y Otto le pasó un brazo por la cintura, acercándola más a su costado. Se esforzó en dedicarle una media sonrisa, sin poder evitar notar lo atractivo que era, con el cabello rubio revuelto y los hoyuelos que le daban aspecto de niño. A Sierra siempre le recordaba al niño de un cuento que su padre solía leerle de pequeña, Peter Pan.

Al pescarla observándolo, Otto le sonrió traviesamente y frenó en medio del camino para besarla. No eran los únicos que estaban en los terrenos haciéndolo, aunque si tal vez los más visibles. La adrenalina de saberse dueños del castillo afectaba a todos aún más que cualquier droga o trago que pudieran consumir.

— ¿Dónde quieres ir? — rompió el beso para poder preguntar, algo más animada que cinco minutos atrás; Otto sabía exactamente qué y cómo le gustaba.

El ravenclaw no respondió, tan solo volvió a dedicarle una sonrisa traviesa y le tomó con fuerza la mano derecha, arrastrándola dentro del castillo. Ya en una de las aulas de la planta baja, esas que jamás se usaban, Sierra había logrado encerrar sus miedos en un rincón apartado de su mente para poder perderse casi completamente en las sensaciones que Otto le generaba. No le importaba el colegio, su padre, las notas. Ni siquiera el prefecto perfecto Lupin, persiguiéndola con sus lecciones de moral y su mueca decepcionada cada vez que la veía, como si él fuera mejor que ella. Lo único que le importaba era el ahora, los labios de Otto contra los suyos, sus manos recorriendo su cuerpo y las suyas el de él.

— ¿Oíste eso? — le preguntó de golpe, separándose. Sierra lo miró confundida, incluso algo perdida, hasta que también lo oyó. Parecía una chica gritando, sollozando. La piel se le puso de gallina de solo escucharla.

Se abrochó el pantalón y vio como Otto se ponía apresuradamente la remera. Compartieron una última mirada de preocupación antes de abandonar el aula, intentando identificar de dónde provenía el llanto.

— Creo que es por aquí, — indicó, abriendo la puerta de la cámara de recepción.

En la sala donde McGonagall los había hecho esperar en su primer año, Sierra se encontró con una imagen que la dejó totalmente paralizada. Recuerdos del año pasado se amontonaron en su cabeza mientras veía a la prefecta de Gryffindor, Lily Evans, tirada en el suelo, cubierta en sangre. A su lado estaba Dorcas Meadowes, arrodillada, con la varita en mano.

— ¡¿Qué le estás haciendo?! — exclamó Otto separándose de ella y acercándose a las dos chicas rápidamente.

— ¡Baja el tono, Bagman, intento ayudarla! — masculló en tono áspero, girándose a dedicarle una de sus miradas amenazantes. — Haz algo útil con tu vida y ayúdame. Debemos llevarla a la enfermería.

Otto se arrodilló junto a ambas, pasándose su brazo por el cuello y deslizando el suyo por la cintura de la pelirroja, haciendo fuerza para levantarla, pero ella soltó un quejido, abriendo los ojos y negando con la cabeza.

— N-no… a la enfermería, no, — susurró entrecortadamente. Inhaló profundo, no sin dificultad, antes de volver a hablar: — No me lleven a la enfermería.

Solo entonces Sierra reaccionó. Se acercó al trío, respirando superficialmente e intentando ignorar la sangre en el cuerpo de Evans.

— Debemos llevarla a algún lado y curarla, — dijo, cruzándose de brazos y tragando al sentir la mirada de los otros dos en ella. Lily había perdido el conocimiento luego de terminar de hablar. — Y que después ella decida si quiere hablar con algún profesor del tema.

Meadowes pareció meditarlo unos segundos, hasta darse cuenta que entre ellos, Fahey era la que más experiencia tenía con alumnos atacados por los Slytherin. Y algo le decía que sus recomendaciones tenían que ver con lo que había pasado con Macdonald el año anterior.

— De acuerdo, vamos. Conozco un lugar donde podemos llevarla.