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La caída de los Merodeadores. — capítulo 2

Lean on me when you're not strong And I'll be your friend I'll help you carry on For it won't be long 'Til I'm gonna need somebody to lean on

Tarareando el último sencillo de los Bee Gees, You should be dancing, y moviendo la cabeza al ritmo de la canción en su cabeza, Lily Evans recorría las dos cuadras que la separaban de su casa en rollers.

Había intentado resistirse con todas sus fuerzas, pero la fiebre disco se había terminado colando en su vida sin que pudiera evitarlo. Y aunque no estaba orgullosa, no se arrepentía de nada. Mucho menos de ya haber encargado el nuevo disco de ABBA, que saldría a la venta mientras ella estaba en Hogwarts.

— ¡Má! — anunció su llegada, dejando los patines en el pórtico y entrando directamente a la cocina. El delicioso aroma de la salsa de su mamá, receta familiar, invadió sus sentidos haciéndola sonreír. — Traje el pan. Afuera hace un calor aplastante.

— Lo sé, cariño, gracias, — la señora Evans, con el delantal floreado puesto, se giró para dedicarle una sonrisa. — ¿Podrías poner la mesa?

— ¡Mamá! — se quejó la pelirroja, la indignación tiñendo su voz. — ¡Petunia no hizo nada en todo el día!

— Lily, tu hermana está mal, — le recordó, en tono severo.

— ¿Cómo puede estar mal si se la pasa tirada en el sillón viendo la tele? Si llego a ver otra vez Poor man, rich man, creo que tendré que suicidarme.

— ¡Lily Jane Evans, no digas tonterías! — se exaltó la mujer, dejando un repasador sobre la mesada y volteándose enojada. — Y ve a poner la mesa, ahora mismo.

Con un bufido molesto, la pelirroja empezó a buscar los platos y cubiertos para llevarlos al comedor. Resultaba que a su hermana la dejaba el imbécil de su novio, con quien apenas llevaba dos meses saliendo, ¡y se convertía en la mismísima reina Elizabeth!

— Por lo menos trae las bebidas a la mesa, — le gruñó al pasar por el living, pero Petunia siguió con los ojos en la pantalla, aferrada a su caja de pañuelos, ignorando por completo su presencia.

En momentos como esos, realmente deseaba golpear a su hermana. Una furia incomprensible, una impotencia incontrolable, la invadía, pero de alguna manera siempre lograba calmarse respirando hondo - o, en ese caso particular, chupando los cubiertos que luego Petunia usaría, sintiendo una pequeña sensación de satisfacción al saberse vengada.

— Tuney, ven, la pasta ya está.

Su mamá dejó la fuente en la mesa y esperó lo que para Lily, que estaba famélica, se sintiò como una eternidad hasta que su hija mayor se dignó a levantarse del sillón y, con mala cara, sentarse en la mesa con ellas.

El Sr. Evans había estado trabajando hasta tarde en la tienda desde que se había visto obligado a despedir a su empleado. Pese a que intentaban ocultarlo de sus hijas, la economía no estaba yendo del todo bien y, si seguían así, la Sra. Evans debería volver a dar clases particulares en su casa.

— ¿Otra vez pastas? ¿Acaso quieren que engorde y Steve jamás vuelva a quererme?

Lily puso los ojos en blanco ante el tonito desconsolado de su hermana. ¿En serio? ¿En serio eso es lo único que te preocupa? se preguntaba, sin poder creer la superficialidad de la chica. Su mamá, por otro lado, intentaba morderse la lengua y recordar que su hija mayor estaba pasando un mal momento.

— Cariño, tu figura está en perfectas condiciones, no tienes de qué preocuparte, — le aseguró, tratando de sonreírle mientras le servía los fideos. Luego, tomó el plato de su hija menor y se giró hacia ella. — Por cierto, Lily, deberías invitar a Severus a comer algún día, no lo he visto en todo el verano. ¿Ha pasado algo? ¿Está todo bien entre ustedes?

Lily se congeló en el lugar ante la mención de su antiguo mejor amigo y vecino. Una extraña sensación de vergüenza la invadió, sonrojándola, sin que terminara de entender el por qué. Ella no había sido la culpable de su ruptura, pero en ese momento, con los ojos verdes de su madre clavados en los suyos, se sentía la única responsable de todo lo que había pasado en Hogwarts.

Mientras su mamá esperaba una respuesta, el dolor y la tristeza que había logrado ignorar durante el resto del verano volvieron a ella como una catarata de agua helada, golpeándola, hundiéndola, ahogándola.

¿Qué se suponía que tenía que responder? ¿Cómo le explicaba a su mamá algo que todavía ni ella terminaba de entender? No podía simplemente decirle que su mejor amigo, su mayor confidente, se había convertido en el equivalente nazi de los magos y la había humillado delante de todo su curso porque para él, ella era lo que un judío era para Hitler: un ser despreciable, inferior, culpable de todos los males de la humanidad.

No podía decirle eso a su mamá. El solo hecho de pensar en tener esa conversación, la mortificaba. No necesitaba darle más material a Petunia para burlarse ni más preocupaciones a su mamá. No quería que empezara a controlarla y a preguntarle cada dos horas si se encontraba bien, si quería hablar con ella o con alguien. Simplemente no necesitaba eso.

— Severus y yo... nos hemos distanciado, — admitió finalmente, enrollando los fideos y metiendoselos en la boca para no tener que profundizar más.

— ¿Pero pasó algo, cariño? ¿Discutieron? ¿Tú estás bien?

Y ahí estaba, el torbellino de preguntas de su madre que justamente quería evitar a todo costo.

— Estoy bien y no, ma, no discutimos, tan solo... dejamos de interesarnos en las mismas cosas.

La mentira no había terminado de salir de su boca y Lily ya se sentía culpable. Su mamá la miraba con mucha atención, analizando cada una de sus expresiones mientras ella intentaba convencerse de que una mentirita piadosa no era tan grave y que todos los adolescentes les mentían a sus padres. Al menos, ella no lo hacía porque se tratase de algo peligroso o ilegal.

— ¿Estás segura de eso, Lily? Sabes que puedes hablar conmigo si lo necesitas. Es decir, Severus, él...

— Realmente preferiría hablar de otra cosa, — interrumpió la pelirroja. No podría soportarlo más. — Tuney, ¿has tenido noticias de alguna universidad?

Y en seguida logró su cometido, salvando su pellejo a costas del de su hermana que no tardó en fulminarla con la mirada.

Hacía rato ya que habían pasado las fechas de inscripción para las universidades locales y sin embargo, Petunia no había recibido ninguna carta de aceptación. Si bien la rubia intentaba convencer a sus padres de que se trataba de un falta de organización de la universidad, Lily la había visto destruyendo las tres cartas de rechazo que había recibido.

En momentos así, sentía verdadera pena por su hermana. Si, tal vez Petunia había hecho todas sus vacaciones en casa desde que había recibido su carta de Hogwarts un infierno, pero lo último que necesitaba era perder un año de estudios. Sus papás no la dejarían en paz, estaría sola para aceptar todas las miraditas de decepción por no entrar a ninguna escuela y, si a todo eso le sumaba la ruptura con Steven... Bueno, digamos que ahora Lily tenía otra cosa más sobre la cual sentirse culpable.

— ¿Papá volverá muy tarde? — preguntó ya habiendo terminado su plato, llevándolo al fregadero.

— De seguro en un rato ya llega. ¿Quieres charlar sobre...?

— Debo escribir a Marlene, — respondió rápidamente, intentando esquivar una emboscada. —   Buenas noches, ma.

////

Desde las ventanas de la Mansión Potter, Marlene McKinnon apreciaba el hermoso día de verano que Agosto le regalaba mientras doblaba una falda de jean y la metía dentro de su bolso.

Sus dos semanas con los Potter no habían sido tan divertidas como otros veranos, pero realmente no podía quejarse; la familia estaba pasando por un momento duro y, más que divertirse, Marlene solo quería poder estar ahí para ayudar y apoyar a su mejor amigo.

En esas semanas había intentado, sin resultado alguno, conversar con James sobre la enfermedad de sus padres, pero él no quería escucharla. Posiblemente seguía en negación, o aún intentando procesarlo, y tampoco podía culparlo por eso. La viruela de dragón a los veinte años, si era leve y se detectaba a tiempo, podía tratarse e incluso curarse por completo; la viruela de dragón, con los años de los señores Potter, ya era otra historia.

Sirius, Peter y Remus se habían estado turnando para llevarlo a tomar a bares de mala muerte, con la esperanza de que el alcohol lo ayudara de alguna manera a procesar lo que estaba sucediendo, o al menos a hacer la carga más liviana. Sin embargo tanto los chicos como ella sabían que ese abordaje no serviría de nada y que James hablaría cuando estuviese listo para hablar, ni un minuto antes, ni un minuto después.

— ¡Potter, saca tus asquerosas patas de mi cama! — al volver del baño con su cepillo de dientes, Marlene se encontró al susodicho tirado en una silla (donde previamente tenía tendidas unas túnicas de gala) con sus pies sucios sobre el acolchado. Con una mueca casi de maldad, el chico de lentes frotó con ímpetu los pies contra la cama, expectante de su reacción. Marlene realmente detestabalos pies. — ¡Que asco, James, yo tengo que dormir ahí! — chilló, empujándolo y haciéndolo caer de la silla.

Aún en el suelo, James continuó riéndose a carcajadas, sabiendo que eso la molestaría incluso más.

— Te recuerdo que es micama, porque esta es mi casa, — le dijo con burla. Al menos, el sentido del humor no lo había perdido, no del todo.

— Duermo en esta misma cama desde que tengo seis; creo que me gané el derecho de llamarla mi cama, — replicó, sacándole la lengua burlona antes de seguir guardando ropa en su baúl.

James la observó con mucha atención mientras se paseaba por ese cuarto que, como ella misma había mencionado, utilizaba desde los seis años cuando se quedaba a dormir en su casa.

— ¿Es necesario que te vayas? — preguntó finalmente, pasándole una túnica que estaba tirada a su alcance. En un tono de voz mucho más suave del que solía utilizar, agregó: — Realmente me has ayudado mucho estos días, con lo de mis papás y eso...

Frenando su búsqueda de ropa, Marlene se giró para mirarlo con un tinte triste en los ojos. Desde que habían vuelto de Hogwarts y se habían enterado de la enfermedad de los señores Potter, James había parecido envejecer unos diez años y Marlene realmente lo lamentaba. Ella siempre bromeaba con Fleamont y Euphemia acerca de cómo James necesitaba un buen golpe de horno, un cambio de actitud, crecer un poco. Sin embargo, ahora que lo había obtenido, habría dado todo su oro por recuperar al James inmaduro, molesto y pesado, que siempre llevaba una sonrisa traviesa en el rostro.

Tanto ella como Sirius se volverían al día siguiente, Marlene para pasar sus últimos días de verano con Holly y él para hacer algo de presencia en su casa antes de regresar a Hogwarts. Remus estaba enfermo desde hacía unos días y Peter llegaría recién el sábado por la mañana, dejando al azabache solo por un total de cinco días.

Marlene sabía que, con lo mal que la estaba pasando, dejarlo solo con sus padres no era la mejor idea.

— Hablaré con Holly y le diré que me reuniré con ella el sábado, ¿si?

James le sonrió, desde su posición en el suelo, realmente apreciando el gesto. Marlene siempre había estado ahí para él, desde que eran unos críos.

— Gracias, Marls. Puedes decirle que venga aquí si quiere, sabes que hay cuartos de sobra y su usual... energía tampoco me vendría mal.

Sabiendo que ya no tenía caso seguir empacando, dejó algunas prendas sobre la cama y negó con la cabeza.

— Sabes que Holly solo pasa unas pocas semanas al año con sus papás, no querrá dejarlos, — le aseguró, dejando el cepillo sobre la mesita de noche. — Además, según su última carta, estaba en una caravana hippie pasando, y cito, "el mejor verano de mi vida"

James soltó una risita. Los McAlister eran una familia diversa como pocas; la abuela de Holly, Sabrina, con quien había crecido, era una señora inglesa de la alta sociedad, viuda, con unos modales impecables, quien sin embargo había criado a un hijo que se pasaba la vida viajando con su esposa vendiendo artesanías y protestando en contra de la guerra, y a una nieta que, pese a pasar poco tiempo con sus padres, sostenía los mismos ideales.

— Las vacaciones con Linda y Dorian deben ser una fiesta, — comentó, con una nota de anhelo en la voz que no se le pasó a Marlene.

— Sé que este no es el verano que te imaginabas, — comenzó la castaña, sentándose junto a él y tomándole la mano, — pero estoy muy, muy orgullosa de tí. Lo digo en serio.

— Hice lo que cualquier hijo haría, — respondió, incómodo, queriendo rehuirle la mirada.

— No, créeme que no cualquiera hubiera hecho todo lo que tú hiciste por Euphemia y Fleamont estos últimos meses.

— Si yo tan solo... si no hubieran...

Marlene sabía que, en el fondo, James se culpaba.

Los señores Potter se habían enfermado durante un viaje a Rumania que él mismo les había organizado, para celebrar su aniversario número setenta y cinco. El razonamiento del chico era que, si él no hubiera organizado esa escapada, sus padres estarían tomando el té en el jardín y no en la cama teniendo uno de los malos dìas.

— James, nada de esto es tu culpa, ¿escuchaste? — insistió, tomándolo del rostro para que la mirara. — Las cosas pasan por algo y por mucho que lo intentemos, el destino siempre encuentra la manera de lograr su cometido.

— ¿Insinuas que mis padres estaban destinados a morir así, sufriendo? — preguntó, comenzando a molestarse, y soltándose del agarre de Marlene.

— No, insinúo que tú no tienes la culpa de nada de esto, — lo corrigió rápidamente. Le rompía el alma verlo así, tan derrotado. — Lo que tenga que pasar, va a pasar, y lo único que puedes hacer es tratar de disfrutar al máximo el tiempo que te quede con ellos, ya sean dos meses o quince años.

— Es fácil decirlo, pero verlos así... — con la cabeza gacha, negó con la cabeza.

— Lo sé, lo sé, — susurró, abrazándolo y apoyando el mentón sobre su coronilla.

Ver a Euphemia y Fleamont la mayor parte de los días en la cama, tan solo abrazados, totalmente resignados a la espera de la muerte, era una imagen que también la perturbaba. Estaba acostumbrada a verlos enérgicos, cuidando el jardín, contando chistes y organizando eventos de caridad. Jamás, en todos los años que llevaba conociéndolos, había sido tan consciente de la avanzada edad de los señores Potter hasta ese verano.

Entendía que James no pudiera verlos así, entendía que inconscientemente buscara excusas para no tener que entrar a su recámara, porque en el fondo ella también quería recordarlos como la pareja enérgica y enamorada con la cual había crecido, y no como esos fantasmas en los cuales la enfermedad los había convertido.

— Gracias, por todo, — murmuró luego de unos segundos, separándose y acomodándose las gafas.

Marlene le quitó importancia con un gesto de manos, como diciendo "para esto estoy aquí", viendo por el rabillo del ojo a Sirius deteniéndose en la puerta de su cuarto. Tenía la misma expresión que cuando se le ocurría una broma para vengarse de alguien que no le caía bien, pero se detuvo en el mismo instante en que vio que estaban compartiendo un momento privado.

— No hay de qué, James. — Poniéndose de pie, se giró para ver al heredero de los Black que parecía estar esperando a que ellos terminaran para entrar. — Black, ¿me quieres explicar que haces semi-desnudo en mi cuarto? Ya te lo he dicho antes, esto — se señaló a ella y luego a él, la sonrisa volviendo a su rostro, — jamás sucederá.

Con solo unos shorts de baño, Sirius se llevó una mano al pecho dramáticamente, recuperando también la sonrisa con la que había llegado en un principio.

— Oh, McKinnon, ¿por qué insistes en romper mi pobre corazón?

Marlene soltó una carcajada, tendiéndole una mano a James para que se incorporara; él también parecía más animado que dos minutos atrás.

— Canuto, ¿irás a disfrutar de la piscina?

— Cuernos, acabo de tener una epifanía: Quidditch bajo el agua.

Los ojos de James se iluminaron inmediatamente, avanzando hacia donde el pelinegro se encontraba.

— Okey, tienes que contarme más. Vamos.

Con una sonrisa en el rostro, Marlene los miró marcharse rumbo a la jardín. Tal vez ella conocía a James desde que eran unos críos, pero eran Sirius y los chicos los que siempre lograban animarlo.

////

Sentado en un rincón, Remus Lupin bebía su vaso de whiskey como si de agua se tratara. La bebida que a muchos les generaba ardor y calor, parecía no tener ningún efecto en él que, aferrándose con fuerza a la mesa, intentaba controlar ese instinto animal que luchaba por apoderarse de su cuerpo en noches como esas.

Observando a la gente que se emborrachaba en ese bar de mala muerte al cual había llegado, Remus se sentía como una versión más peligrosa, más incontrolable del Sr. Hyde; cuando la luna llena no estaba cerca, se podía controlar, se podía comportar como el respetado Henry Jekyll y mantener su parte malvada encerrada, escondida bajo siete candados. Sin embargo, a medida que la luna llena se iba acercando, el señor Hyde se iba haciendo más y más poderoso, venciendo al doctor.

Los demás lo veían como Jekyll, pero en el fondo, él sabía que su verdadero yo era Hyde.

Cada mes era la misma historia. Intentaba controlarse, intentaba mantener sus instintos a la raya, pero mientras veía pasar a una muchacha con top rojo por su lado, las ganas de tomarla y follarsela hasta dejarla inconsciente eran mayores. Su perfume parecía ser todo lo que podía oler y sus piernas todo lo que podía mirar. Las personas, la música alrededor, el olor a tabaco y marihuana, todo había desaparecido, porque todos sus sentidos estaban concentrados en ella, la chica del top rojo.

Quería desesperadamente agarrarla y estamparla contra la pared de algún hotel hasta que le suplicara que la hiciera suya. Quería desnudarla, perderse en su cuello, sus pechos, su...

— Lunático.

La voz de Peter lo sacó de juego. Antes de que pudiera detenerse, el vaso estaba hecho añicos, partes de los vidrios lastimándole la mano. Maldijo por lo bajo, notando el desastre que había provocado en menos de dos segundos.

— ¿Cómo me encontraste aquí?

No debería sorprenderle, Peter tenía la extraña cualidad de siempre saber dónde estaban los Merodeadores. Él no necesitaba el mapa porque los conocía a cada uno demasiado bien y por eso sabía que antes de cada luna llena, Remus iba al peor bar que pudiera encontrar, a enterrarse en alcohol para intentar olvidar quién era y en qué se convertiría luego.

— Tus papás están preocupados, Lunático, — contestó, ignorando su pregunta, y con un simple gesto, llamó a la camarera que le trajo la cuenta. Antes de que pudiera sacar algo del dinero muggle que guardaba, Peter lo frenó con un gesto de mano. — Esta vez corre por mi cuenta. Vamos, tienes que dormir un poco.

Sin darle opción, lo hizo pararse y lo guió hasta la salida del bar. Instintivamente miró a los alrededores antes de salir, intentando identificar a la chica del top rojo, pero la había perdido de vista. El Sr. Hyde dentro suyo rugió decepcionado, pero el Dr. Jekyll no podía estar más aliviado y agradecido de contar con un amigo como Peter.

////

Mientras un rayo iluminaba el cielo nublado y la lluvia no paraba de caer afuera, una muchacha de dieciséis años se despertaba abruptamente, cubierta en sudor y gritando.

Flashes de un sueño, eso era todo lo que podía recordar. Gritos y maldiciones. Y, por alguna razón, un dolor angustiante que le dificultaba tragar saliva.

— Marlene, ¿pasó algo? ¿estás bien?

Sirius entró agitadamente al cuarto, varita en mano, iluminando el lugar y comprobando que nadie la estaba atacando. Su habitación estaba al lado de la de Marlene y los gritos lo habían despertado, helándole la sangre. Miles de alternativas se le habían cruzado por la cabeza, una peor que la otra, por eso soltó la respiración que había estado conteniendo al ver a la castaña en su cama, llorando pero intacta.

Marlene aún intentaba recuperar el aliento, las lágrimas cayendo por sus mejillas sin poder explicar por qué y el nudo en la garganta ahogándola. Intentaba recordar qué había soñado, qué había visto para perturbarla tanto, pero no podía recordar nada, tan solo flashes demasiado confusos.

— N-no... no es na-nada, Sirius, — quiso asegurarle ella, sin poder parar de temblar.

Sirius se acercó y se sentó a su lado, envolviéndola en un abrazo fraternal. Las sábanas estaban empapadas en sudor, al igual que ella, pero no dijo nada, dedicándose a acariciarle el brazo mientras Marlene intentaba controlarse.

No era la primera vez que tenía que calmar a alguien llorando. Cuando eran pequeños, Regulus solía escabullirse a su cuarto cada vez que tenía un mal sueño, y era su trabajo como hermano mayor reconfortarlo y asegurarle que todo estaría bien, hasta que se pudiera dormir.

Ya hacía mucho que Regulus no iba llorando a su habitación, pero la práctica le había enseñado a Sirius a no preguntar demasiado y simplemente abrazar. El contacto físico muchas veces era lo único que necesitaba la otra persona para volver a sentirse seguro.

<< F-fue solo... una pesadilla, — murmuró Marlene separándose luego de unos minutos de silencio. Se limpió la nariz con el dorso de la mano, sintiéndose demasiado avergonzada para mirar los ojos grises del heredero Black. Con la vista clavada en su regazo, agregó con pena: — Lamento haberte despertado así.

— Ey, no te preocupes, no pasa nada. Tengo sueño ligero, — le quitó importancia, con un gesto de manos. Con todo lo que estaba pasando en el mundo mágico, ¿quién podía culparla por tener pesadillas? Él mismo las tenía todo el tiempo, aunque no solían afectarle tanto como a la castaña. — ¿Segura que estás bien? Puedo hacerte un rato compañía si quieres.

Marlene lo miró por menos de dos segundos y después volvió la vista a sus piernas, negando.

Sirius no era James. A James posiblemente si le habría pedido que se quedara, abrazándola hasta que se durmiera, e incluso tal vez lo hubiera obligado a bajar a las cocinas y encontrarle algo dulce, para pasar el mal trago. Pero Sirius no era James, y si bien ellos eran amigos - al menos ella lo consideraba su amigo - jamás le habría pedido que se quede haciéndole compañía.

— No, de veras, estoy bien, — ya con un tono más calmado de voz, se llevó las manos al pelo y lo ató en un improvisado rodete.

Un escalofrío le recorrió toda la columna, y sintió el llanto querer volver a empezar, pero se obligó a controlarse.

— ¿No quieres que llame a James, al menos? — insistió.

— No, no, no, no, — soltó rápida y atropelladamente, levantando la mirada. — No quiero preocuparlo, fue solo un mal sueño. En serio, Sirius, ve a dormir, yo estoy bien, — intentó sonreír, aunque lo único que logró fue una extraña mueca forzada. — Gracias por... ya sabes.

— Descuida, no hay de qué.

— Y de nuevo, lamento haberte despertado.

Sirius le puso los ojos en blanco seguido de una media sonrisa, más relajado que cuando había entrado a la habitación, ya sabiendo que nadie los estaba atacando.

Mientras lo veía cerrar la puerta y desaparecer detrás de ella, una imagen invadió la mente de Marlene: Un grupo de personas con capuchas y máscaras, apuntando sus varitas hacia un par de chicas que no lograba ver. Estaban diciendo algo, pero tampoco podía escucharlos.

Y así como la imagen abandonaba su cabeza, la angustia volvía a ella porque en el fondo, Marlene sabía perfectamente que eso no había sido simplemente una pesadilla.

Sometimes in our lives We all have pain, we all have sorrow. But if we are wise, We know that there's always tomorrow.

Espero les haya gustado el capítulo.El próximo jueves habrá actualización de nuevo.¡Besos!