Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La caída de los Merodeadores. · de

La caída de los Merodeadores. — capítulo 4

Tonight, we are youngSo let's set the world on fireWe can burn brighter than the sun

Mientras bajaba las escaleras, Lily estaba convencida de que había despertado en una realidad paralela, sino ¿cómo se explicaba que Potter, Black y Pettigrew estuvieran sentados en su living, frente a frente con su padre? Quien por cierto, los observaba imperturbable, como si fueran la cena que pretendía cazar.

Intentó con pellizcarse el brazo, pensando que así tal vez podría despertar de esa horrible pesadilla, pero nada. Seguía en su living, ellos seguían en su living y ahora todas las miradas estaban fijas en ella.

— Dime, Lily, ¿alguno de estos muchachos es tu novio?

Lily estaba segura de que no existían suficientes palabras en la lengua española para expresar su vergüenza. Los hermanos McKinnon (por supuesto que Marlene estaba allí, ¿quién otra podía ser autora de tal agravio contra el orden natural de las cosas?) y Pettigrew al menos intentaron ocultar sus risas, viendo su rostro mortificado.

— ¡No, papá, yo no…! Ellos no, dios, ellos, — comenzó a farfullar atropelladamente.

— Aunque James realmente lo está intentando, señor Evans.

Y por supuesto, Black siempre tenía que meterse para arruinarle un poquito más el día. ¿Acaso Potter se estaba sonrojando? Eso no era lo importante de todos modos. Black. Maldito Black. Arruinándole los días desde 1971, sin fallar ni una vez. Ni siquiera ese mes durante cuarto, cuando los tres presentes habían hecho un pacto de silencio en protesta de algo que ya nadie recordaba; lo más probable era que hubiera sido algo tan estúpido, que ni Remus había querido unirseles.

— ¿Y cuál de ust-?

— De acuerdo, nos vamos, — lo cortó rápidamente su hija, antes de que pudiera seguir indagando. Fulminó con la mirada a Marlene, quien parecía estar pasando el mejor momento de su vida, como si ella fuera la única responsable de todo lo que estaba sucediendo (en parte, lo era). La tomó del brazo para levantarla del sofá y la acercó a su costado para que nadie más pudiera oírla:— Recuerdame asesinarte cuando volvamos a Hogwarts, por favor.

Poco intimidada con la amenaza, Marlene soltó una carcajada y enganchó su brazo al de ella, la sonrisa radiante aún ocupando prácticamente todo su rostro.

— ¡Anímate, Lily! Veremos a Holly y además, escucharemos a Queen en vivo. ¿Qué más le puedes pedir a estas vacaciones?

— ¿No tener que soportar a Petunia y al dúo Black-Potter en un auto por más de dos horas?

— Sabes que no podíamos aparecernos directamente allí, estará lleno de muggles. Esta es la opción segura, y la más divertida, si te soy sincera. Además, es una camioneta, no un auto. Habrá suficiente espacio para que te escondas, — Lily la fulminó con la mirada, aparentemente no creyendo que sus argumentos fueran lo suficientemente bueno.

Tendría que matar a Holly por meterla en ese lío. Y a Marlene, por apoyar la idea. Y también a Petunia, después de todo, si ella no hubiera tenido una crisis, su papá la hubiera llevado al campamento con los McAlister el viernes y nada de eso estaría pasando. Y a los magos, por no dejarla sacar su licencia hasta los diecisiete, y a los muggles por estar en todos lados, impidiéndoles aparecerse. También podría culpar a Queen, por dar un show gratuito en Hyde Park,tan cerca de donde Holly estaba, pero si era honesta, jamás podría enfadarse con Freddie Mercury.

<< Por cierto, ¿cómo conseguiste que Petunia nos llevara a nosotros, el club de bichos raros, hasta Hyde Park?

Ambas subieron a la camioneta azul que el Sr. Evans utilizaba para llevar la mercadería a su tienda en el centro. Habían quitado las cajas, limpiado un poco y puesto algunos almohadones para poder sentarse.

— La amenacé con contarle a nuestros papás sobre las cartas de rechazo de las universidades, — admitió, con la cabeza gacha.

Claramente no se sentía orgullosa de lo que había hecho, pero era la única opción: ella aún no podía conducir e incluso si pudiera, su madre jamás la hubiera dejado conducir hasta el centro de Londres sola.

— Uh. En una escala de Sirius a Lily, ¿qué tan culpable te sientes por usar eso?

— ¿Disculpa? — Lily la miró totalmente confundida mientras Petunia, con mala cara, se subía del lado del conductor.

— Cierto, es algo que solemos hacer con Holly. Sirius sería cero culpable, Lily sería a punto de asumir la culpa por el asesinato de JFK.

— ¡Oye! Realmente las detesto.

La rubia cabeza de Petunia se giró para verlas a ambas, el disgusto dibujado en su rostro. Los otros cuatro aún estaban afuera, conversando con su madre, lo que le ponía los pelos de punta a Lily.

— Ven adelante. No manejaré con algún fenómeno al lado.

Lily puso los ojos en blanco y con una última mirada a Marlene, se sentó del lado del copiloto a la vez que los otros subían a la parte de atrás de la camioneta, charlando animadamente y con un tupper lleno de galletas que la Sra. Evans les había dado.

Petunia generalmente era una perra con ella (tenían sus días buenos, si, como todos los hermanos) pero en ese momento estaba siendo más perra que nunca. Se podía decir que razones no le faltaban: Steve la había dejado, la habían rechazado en todas las universidades a las que había aplicado y para colmo, su hermana la chantajeaba.

— ¿Podemos poner música? — la cabeza de James Potter apareció entre medio de sus asientos, sonriente, con la mano lista para tocar el estéreo luego de un rato de haber conducido en silencio y armonía.

— ¡Dile a tu amigo que no toque nada! — chilló, histérica, casi frenando el vehículo.

— Él no es mi amigo, — le aclaró a su hermana, antes de girarse a ver al azabache que conservaba su sonrisa e ignorarlo para dirigirse a su amiga, que charlaba con Peter. — Marlene, controla a tu crío.

La castaña le sacó la lengua, pero en seguida distrajo a Potter.

Luego de eso, el viaje continuó sin interrupciones. Escuchaban la música que Petunia quería y nadie le dirigía la palabra, de manera que la paz se mantuvo por las dos horas de viaje, con las ocasionales quejas de Sirius que quería ir al baño y las de James que no toleraba más la música disco a la cual las hermanas Evans parecían afines.

— Bájense. Veré si la posada tiene estacionamiento — les ladró la rubia, frenando la camioneta. — Si no las encuentro en el parque, mañana a las nueve aquí o me voy sin ustedes.

Ninguno necesitó que se lo repitiera, no querían tentar a la muchacha.

El primero en hablar luego de eso fue Peter:

— Wow, Lily, tu hermana es un encanto. Tal y como dijiste.

Lily soltó una carcajada seguida de un "yo jamás exagero" antes de tomar a Marlene del brazo para caminar las dos cuadras que los separaban de Hyde Park, con Mike siguiéndolas sin decir nada.

Después de lo ocurrido en lo de los Potter con el señor Black, Matt se había encargado de mantener vigilada a su hermana, asegurándose de que no tuviera secuelas luego de lo que había presenciado. Sin embargo, había tenido que salir del país por una oportunidad de trabajo y, no queriendo dejarla sola en el mundo muggle, le había pedido a Michael que cuidara de la más pequeña. Después de todo, los McKinnon sabían cuidarse las espaldas.

— ¿Desde cuándo llamas Lily a Lily? — cuestionó James confundido, caminando unos cuantos pasos detrás de la mencionada para que no lo escuchara.

— Desde la fiesta de fin de año de Slughorn, supongo, — comentó el rubio, encogiéndose de hombros. — Quejicus y ella ya no se hablaban, así que estuvimos prácticamente toda la fiesta juntos. ¡Ouch! — se quejó, frotándose donde el azabache lo había golpeado, — ¿qué diablos contigo, Cornamenta?

— ¿Por qué yo no fui invitado a esa fiesta?

— Si fuiste. Slughorn los invitó, a ambos, pero no quisieron ir.

— ¿Y por qué hablaste con ella y no me dijiste nada?  

James volvió a golpearlo en el brazo y esta vez, Peter lo fulminó con la mirada, ante la carcajada de Sirius.

— Vuelves a pegarme y utilizaré mi nueva amistad con Lily para arruinarte, — amenazó, frotándose el brazo, seguro de que le saldría un moretón.

— Pequeña rata traidora, — soltó entre dientes, ante la sonrisa encantada de Sirius.

Una mata de cabello rubio y enmarañada interrumpió su campo de visión al tiempo que se colgaba del cuello de Sirius, al grito de:

— ¡Sirius!

Holliday McAlister liberó al pelinegro y, a continuación, ahogó en un abrazo a los otros dos Merodeadores. La corona de flores que llevaba puesta, posiblemente hecha por ella misma, se cayó por el alboroto mientras James la despeinaba y Peter le sonreía.

— Ey, terremoto, ¿cómo te trata el verano?

La chica estaba pronta para comenzar la verborragia, decidiendo en una milésima de segundo por dónde debía comenzar su relato sobre el increíble verano con sus padres, cuando dos pares de brazos la tomaron de atrás, cayendo las tres al suelo entre risas.

— ¡Traición! ¡Traición! — gritaba Lily a todo pulmón, intentando atrapar algo de aire con el cuerpo de Holly aún encima suyo.

— ¿Los saludas a ellos antes que a nosotras? — recriminó Marlene y, con un mínimo de fuerza, se quitó a la rubia de encima, aún riéndose.

— ¡Aquí las traidoras son ustedes! — replicó, poniéndose de pie con la ayuda de Peter. — Me prometieron la última semana de vacaciones y tuve que hacer que Queen diera un concierto para que vinieran.

— Sí, lo lamento, es que…

Lily y Marlene comenzaron a lanzar las miles de excusas que tenían, y algunas que habían inventado por el camino, sintiéndose culpables por haber fallado a su promesa. "Petunia", "James" e incluso se escuchó un "y el maldito VHS de Rich man, poor man" entre medio del farfulleo.

— Ya, ya, de acuerdo, están perdonadas. Ahora vayamos al parque, tenemos que conseguir los mejores lugares.

— Ustedes tranquilas: cinco hermanos me han enseñado a golpear y empujar hasta llegar a la comida, — aseguró Marlene, retomando la caminata y pasando un brazo por los hombros de sus amigas. — Esto será exactamente igual, pero al final de camino, Freddie Mercury nos estará esperando.

////

La Mansión Greengrass se encontraba en silencio, con Sander resolviendo unos asuntos en el ministerio y Bryanna y Emmet en una misión para el cuartel, al sur de Inglaterra.

Vera caminaba de un lado al otro por el salón, alternando su mirada del reloj a la ventana que daba a la calle, tamborileando los dedos contra el brazo. Había hablado con Regulus por red flu, pidiéndole que fuera a verla, pero alguien los había interrumpido en medio de su conversación y ahora no sabía si había metido en problemas al muchacho.

Tres golpecitos se escucharon en la puerta principal, haciéndola salir corriendo, empujando a un elfo por el camino; no le importó, ni siquiera se volteó a disculparse.

Mientras abría la puerta, el corazón le latía con tanta rapidez y fuerza, que creía que se le saldría del pecho. Regulus estaba ahí, parado con los brazos detrás del torso, regalándole una media sonrisa al verla.

Vera no titubeó mucho, lo tomó de la túnica para hacerlo entrar, cerró la puerta con un golpe de cadera y estampó sus labios contra los de él. No le preocupó que alguno de los elfos pudieran verla besándose con el hermano de su prometido — prometido que apenas se enteraba que tenía — o que alguien podía llegar en cualquier momento y ellos estaban en el hall de entrada, a plena vista. Lo único que ocupaba su mente en ese momento eran los labios de Regulus, la sensación de sus manos recorriendo su baja espalda, de sus pechos chocando.

— Vee, Vee, — tomándola del rostro, Regulus la separó.

— No, no tenemos tiempo, Reg.

Vera volvió a arremeter contra su boca, tomándolo del cabello y tirando levemente de él, pegando su cuerpo al suyo con desesperación. Terminaría el verano y ella se vería obligada a hacerse ver cerca de Sirius, actuando como su prometida. Necesitaba eso, necesitaba un último momento con Regulus para atesorar en su mente, para recordar cómo se sentía estar con él, sin un anillo carcelero en su dedo.

— Vee, espera, — insistió Regulus, tomándola de las muñecas para que no siguiera desnudándolo.

— ¿Es que no lo entiendes? ¡Después de hoy, todo se terminará! — se alejó unos pasos, llevando las manos a su cabeza, sintiendo que comenzaría a llorar. — Mi abuelo posiblemente anunciará el compromiso en la cena y luego, luego… nosotros no… nosotros-

Regulus la atrajo a su pecho, rodeándola con los brazos, apoyando los labios sobre su cabeza; Vee era una chica alta y a veces cuando usaba tacos, incluso lo pasaba a él, pero aún así se las arregló. La podía sentir temblando, pequeños espasmos delatando que estaba llorando aunque se esforzara por no hacer sonido alguno.

Si había una persona en el mundo que entendía el peso de un apellido, esa persona era él. No era fácil ser un Black, así como tampoco era sencillo ser una Greengrass y llevar el peso de un legado.

— Vamos para arriba, — le susurró.

Se separó de ella, le pasó un brazo por la cintura y la guió hasta las escaleras. Vera tenía el cabello rubio alborotado, algo que no se veía todos los días, el labial rojo que la caracterizaba corrido y evitaba mirarlo a los ojos mientras entraban en su cuarto y se sentaban en su cama.

— Escuchaste a tu papá… — susurró finalmente, abrazándose a ella misma, como si se estuviera auto-consolando, — la decisión está tomada. No hay vuelta atrás.

Regulus hizo oídos sordos y buscó en uno de los bolsillos de su túnica un pequeño paquetito azul alargado, que dejó sobre el regazo de la chica, finalmente captando su atención lo suficiente para que levantara el rostro y lo mirara.

— Feliz cumpleaños, — felicitó, en tono apacible, regalándole otra de sus medias sonrisa. — Oficialmente eres un año mayor que yo.  

Cuando Vera perdía los estribos, cuando la situación la superaba y sentía que ya no tenía el control sobre nada de lo que pasaba en su vida, Regulus siempre estaba allí, manteniendo la calma, manteniéndola en el camino. Jamás lo había visto enojarse, actuar precipitadamente o decir algo que realmente no pretendía.

En su vida, Regulus era el sol que salía luego de días de tormentas, por muy cursi que eso sonara, y la sola idea de que a partir de esa noche, ella debería tratarlo como si fuera alguien más, la estaba rompiendo por dentro. Él había estado junto a ella cuando Mary la había dejado completamente de lado, él la había ayudado y acompañado cada vez que sus padres debían ir a una misión demasiado peligrosa. Regulus había estado siempre allí para ella, había sido su roca, y no podía tolerar la idea de perderlo, de tener que fingir que no lo amaba como lo hacía.

— Es hermoso, Reg, gracias, — murmuró con voz trémula, sacando el collar de la cajita. La cadena era de oro y el dije un perro, más específicamente un galgo, el mismo que representaba a la familia Black en su escudo; el solo pensar como ese mismo dije la representaría en un par de meses, pero no de la manera que ella deseaba, hizo que los ojos se le empaparan.

— Déjame ponértelo, — la ayudó a levantarse, quedando de espaldas mientras ella se sostenía el cabello y él abrochaba la cadena alrededor de su cuello. Volteándola por los hombros, depositó un beso en su nariz antes de volver a hablar. — Sirius se fue de casa.

— ¿Qué?

— Luego de nuestro intento fallido de salir del closet, — continuó con voz suave, casi intentando bromear al respecto, tan cerca de su rostro que Vera no podía realmente verlo, solo sentir sus labios moviéndose, casi rozando los suyos. — No sé exactamente cuándo o cómo. Desperté al otro día y mamá estaba en la sala familiar, llorando, y el nombre de Sirius quemado. Papá no quiso realmente hablar al respecto así que…

— Reg, si es algún tipo de broma… — comenzó, separándose unos pasos para poder mirarlo a los ojos.

— No lo es. El baúl de Sirius no estaba y que mamá haya quemado su nombre del tapiz…

— ¿Eso significa que…? — Regulus ya estaba asintiendo antes de que ella pudiera terminar de formular su pregunta.

— Sirius ya no es el heredero de los Black, yo lo soy.

////

Luego de caminar por un rato y de empujar y ser empujadas por varias personas, Marlene había encontrado un lugar en el césped donde dejar sus cosas y Lily había extendido un mantel para que pudieran sentarse sobre él; claro que solo habían dejado sus cosas allí y, al momento siguiente, tanto ella como Holly habían desaparecido, arrastrando a Peter en el camino, para estar más cerca. Mike se había acercado al escenario también, esquivando adolescentes y no-tan-adolescentes, no por ser un gran fan de la banda, sino porque conocía a su hermana lo suficiente para saber cuándo quería un momento a solas y además, cierta rubia había captado su atención.

— Estoy segura de que Holly mencionó algo sobre brownies especiales en alguna parte, — comentó la castaña, revolviendo el bolso de la mencionada hasta encontrar un tupper con lo que buscaba.

— ¿Qué, quieres drogarnos para poder interrogarnos mejor? — la molestó James, tomando de todas maneras uno de los brownies.

— No quiero interrogarlos, quiero saber cómo están.

— Estamos bien mamá, no te preocupes, — se burló Sirius, dándole un mordisco al pastelito. Sabía horrible, como todos los brownies locos, pero valían completamente la pena.

Marlene se cruzó de brazos, con el ceño fruncido. Cada vez que intentaba cuidar de James, estando Sirius cerca, ambos usaban su pose de chicos cool para ridiculizarla y dejarla afuera. No era así cuando estaba solo con James, pero cuando ambos se unían, eran en cierto modo insoportables.  

— Solo quería que sepan que pueden hablar conmigo, no hace falta que sean unos idiotas al respecto, — les espetó, con todas las intenciones de ponerse de pie e irse con sus amigas, pero James la detuvo tomándola del antebrazo.

— Marls, ey, lo sabemos, ¿si? No te enojes, por favor, — pidió, tirando de su brazo ante su segundo de indecisión.

Marlene lo miró antes de volver a sentarse entre medio de ambos. Cuando James era así, cuando era genuino, podía lograr lo que quisiera con solo una sonrisa, porque ahí radicaba su encanto. Cuando James era James, sin poses ni papeles, Marlene lograba ver lo que otras chicas veían en él, y se preguntaba ociosamente si se hubiera enamorado de él, si no lo hubiera conocido como lo conocía.

En el fondo pensaba que, tal vez, si Lily pudiera también ver esa otra cara de James más seguido, si se permitiera conocer al verdadero James Potter, no el bromista empedernido, le daría esa oportunidad que él le había pedido a fin de quinto año.

— Si, Marlene, vamos. Come un brownie con nosotros, relájate, — Sirius le pasó un brazo por los hombros, con una sonrisa de costado, haciéndola correr la mirada del otro azabache. — Dime, ¿cuándo fue la última vez que los tres enloquecimos juntos?

— ¿Creo que en nuestra última reunión del club? Oh, espera, James no estaba ahí, — se burló, vengándose por lo de hacía unos minutos.

— Ja-ja, que graciosa. ¡Yo los dejé entrar a Locos por McGonagall!

Sirius soltó una audible carcajada que Marlene acompañó. En cuarto año, habían co-fundado "Los mejores cabellos de Hogwarts" y habían aceptado a cada alumno que había querido unirse, excepto a James y Holly. El mero propósito del club había sido molestarlos y habían logrado su objetivo con creces.

— James, no podemos dejar que cualquiera sea miembro. ¿Crees que aceptaríamos a Quejicus y su pelo pasado por aceite? — le preguntó retóricamente Sirius, con una sonrisa burlona mientras Marlene a su lado se descostillaba de la risa. — Por supuesto que no. Tenemos estándares. Y claramente ese nido de caranchos que tú llamas cabello, no los cumplen.

Para ese punto, Marlene encontraba dificultades para respirar y ambos azabaches se habían unido a sus carcajadas, aunque James les estuviera lanzando vasos a ambos también.

La primera mitad del concierto pasó con ellos tres tirados en el césped, riéndose, soltando incoherencias y volviendo a reír con más fuerza. Las personas pasaban por su lado para llegar al tumulto cercano al escenario, algunos los miraban con diversión mientras ellos cantaban las canciones de Queen — al menos las pocas que habiendo crecido en una familia de magos, conocían — a pleno pulmón, y varias personas se habían sentado a conversar y intercambiar comida por brownies.

Así los había encontrado Lily después de mucho buscarlos, filosofando con una pareja de muggles sobre el conflicto este-oeste — sorprendentemente, Sirius era el más informado de los tres en el tema — y comiendo todo lo que encontraban en los bolsos, incapaces de controlar las carcajadas o el hambre.

— Genial, no los puedo dejar ni dos minutos solos, — suspiró, llevándose las manos a las caderas. — Del 1 a Fahey, ¿qué tan drogados están?

— Lily, vamos, relájate, ven con nosotros, — Marlene repitió la frase que Sirius había utilizado para convencerla y extendió los brazos como si quiera abrazarla pero estuviera demasiado cansada para ponerse de pie y hacerlo.

— Oh, por Judas, ¿qué haré con ustedes tres?

La castaña gateó hasta llegar a su lado, tirando de sus brazos para hacerla sentar a su lado, y luego la abrazó con fuerza al lograr su objetivo.

— En serio, Lily, tienes que probar esto. Sé que la última vez tuviste un muy mal viaje, pero en serio, — Marlene la miraba fijo, sus pupilas dilatadas y los ojos enrojecidos. — Escuchar a Queen estando drogada… una experiencia celestial… religiosa.

Lily puso los ojos en blanco. Generalmente, ese papel, el papel de irresponsable, se lo dejaban a Holly. Marlene siempre era su aliada. Marlene era la que se mantenía sobria en las fiestas cuando ella le pedía una noche libre de ser la mamá de todos, era la que le sostenía el cabello cuando se le iba la mano con el alcohol. No podía culparla por divertirse pero, ¿justo el día que su hermana estaba a cargo tenía que hacerlo? Petunia se haría un festín si llegaba y encontraba a todos sus supuestos amigos drogados.

— Potter, ¿qué tanto miras? — preguntó hastiada, viendo que el azabache llevaba un rato largo mirándola fijo y comenzaba a incomodarla.

— Eres hermosa, — admitió, sin pelos en la lengua, mirándola intensamente. — Muy, muy hermosa. ¿Te lo había dicho ya?

— Te agradezco el cumplido, Potter, pero creo que deberías dejar de comer esos brownies, — respondió secamente.

Marlene se estaba carcajeando a su lado y Sirius ni siquiera había notado su presencia, tan solo seguía hablando con la pareja de muggles que parecían tan colocados como él.

— Tu cabello es tan rojo, — continuó, extendiendo la mano. — Tan, tan rojo…

— ¡No toques mi cabello! — aulló, alejándose. — Eso es … ¡super raro! En serio, no vuelvas a hacerlo Potter, o te cortaré la mano.

Su amiga volvió a soltar otra carcajada antes de coincidir:

— No bromea: cortará tu mano de verdad.

— ¿Por qué tanta violencia, pelirroja? Haz el amor, no la guerra. A menos que te guste lo rudo, — agregó, guiñandole un ojo detrás de los lentes a la vez que decía: — En ese caso, puedes contar conmigo cuándo y cómo quieras.

Lily volvió a rodar los ojos; una vez, Holly le había dicho que terminaría con los ojos dados vuelta para siempre si no paraba de hacerlo cada dos minutos, pero no podía evitarlo.

— ¿Quién lo hubiera dicho? Drogado eres aún más desagradable que de costumbre, — chasqueó finalmente, mirándolo desdeñosamente.

La pelirroja siempre intentaba contenerse, intentaba no explotar, pero a James le encantaba caminar al borde del abismo. Siempre lograba empujarla hasta el límite y luego, era ella la que se quedaba horas sintiéndose culpable por cómo había reaccionado y las cosas que le había dicho.

— Ambos sabemos que puedo ser bastante agradable cuando quiero, — replicó y, mientras la miraba con esa intensidad que lo caracterizaba detrás de sus lentes, parecía tan lúcido que Lily no pudo hacer más que devolverle la mirada, muda, sin ser capaz de romper con la conexión. — Pero la última vez que te lo demostré… digamos que mucho no te interesó.

James se puso de pie y Marlene, que también se había quedado muda ante la reacción del azabache, estaba a punto de seguirlo cuando con un simple gesto Sirius la frenó, poniéndose de pie.

La pareja muggle miró a ambas chicas antes de ponerse de pie y perderse entre la marea de gente disfrutando el concierto unos metros más adelante.

Marlene miró a su amiga, con Killer Queen sonando de fondo, y una pequeña carcajada involuntaria se le escapó. Lily soltó un suspiro, resignada, llevándose las manos al cabello; llevaba todo el verano intentando sacarse su última conversación con Potter de la cabeza y él, de buenas a primeras, traía todos los recuerdos de vuelta a la superficie.

////

Acostada en su cama, la puerta de su cuarto con traba, Sierra Fahey permanecía en un estado zen mientras escuchaba el último vinilo de Bill Withers. Para ella no había nada más perfecto que su padre saliera a cenar con amigos, dándole la libertad de cocinar y estar en paz en su casa.

Los tres golpes en la puerta la sacaron de su ensueño y aunque dudó en abrir, sabía que si no lo hacía sería para peor, por lo cual levantó el brazo del tocadiscos para frenar la música y destrabó la puerta.

— ¿Sigues despierta? ¡Mejor! — Raphael parecía animado. No borracho-animado, sino animado-animado; ante esto, Sierra frunció el ceño.

— ¿Qué tal la cena con Lucas? — le preguntó luego de unos segundos de silencio. A veces sucedía: su padre volvía del trabajo o de una cena de buen humor y, de repente, era el padre más cariñoso del mundo. En esas ocaciones, Sierra le tenía más miedo que cuando se enfadaba, porque la descolocaba completamente y no sabía cómo responder o cuándo él reaccionaría y volvería a ser el abusivo de siempre.

— Excelente, excelente, — respondió, entrando al cuarto. Instintivamente, ella retrocedió. — Estaba caminando por el centro y vi que reproducirán Los mejores años de nuestra vida en el cine mañana. No sé si alguna vez te lo mencioné, pero tu madre adoraba esa película así que me puse a pensar, ¿por qué no llamas a alguna amiga del colegio y van a verla? Creo que te podría ayudar a… conectar con ella, — Sierra lo miró sorprendida: su papá jamás hablaba de su mamá o mencionaba su colegio, mucho menos le sugería que se juntara con sus amigos pecadores, como los había llamado en alguna ocasión. Para alguien tan religioso y creyente como Raphael, tener a una hija bruja era el peor de los castigos que Dios le podía imponer, era como si su sangre estuviera maldita. — De paso puedes pasar por esa tienda que te entretuvo el otro día y comprarte ese vestido que te gustó y algunos más, — sin esperar una confirmación por su parte, sacó la billetera y varios billetes que le entregó. — Sé que estuve algo enojado estos días pero… sabes cómo me pongo cuando se acerca el aniversario de la muerte de mamá, sé que tú más que nadie lo entiende. — Sierra asintió, sin saber qué otra cosa hacer. — Me encantaría poder acompañarte mañana pero… estaré trabajando todo el día. ¿Crees que con eso sea suficiente?

La castaña se fijó por primera vez cuánto dinero le había dado su padre: había más de quinientas libras en billetes de 20 y 50; eso era más que suficiente no para comprarse varios vestidos, sino para pagar un boleto de tren y un hotel hasta el 1° de septiembre.

— Sí, sí, estoy segura de que me alcanzará, — respondió apresuradamente, temiendo que su padre se arrepintiera de un momento al otro. — Muchas gracias.

— Solo quiero lo que es mejor para tí, cariño, — le aseguró, dando un par de pasos para poder dejar un beso en su frente, gesto totalmente atípico en él. — Que tengas unas buenas noches.

Sierra esperó a escuchar la puerta del cuarto de su padre cerrarse y, luego de trabar la suya, sacó el baúl de su ropero y comenzó a llenarlo con todas las túnicas y ropa que poseía. Solo tenía que esperar a que Raphael se fuera a trabajar la mañana siguiente y luego, saldría de esa casa y no volvería a mirar atrás. Podría llamar a Otto o a Mary y pedirles pasar unos días con ellos y luego… luego simplemente se las tendría que arreglar sola.

////

Luego de que James y Sirius desaparecieran, Petunia había aparecido y el infierno se había desatado. Marlene estaba demasiado colocada para hacer algo y, mientras la rubia no paraba de quejarse de los "vagos, drogones, fenómenos" entre otros adjetivos, que Lily tenía como amigos. Todo eso había provocado que la pelirroja explotara y, enumerándole a su hermana todas las cosas que iban mal en su vida, le arrojó un brownie con un "deja de ser una frígida insoportable por una vez en tu vida" como consigna.

Para sorpresa de ambas chicas, Petunia había tomado el brownie, comiéndose de un solo bocado en un ataque de furia, y le había caído tan mal que a los veinte minutos estaba llorando, diciendo que tenía que llamar a su mamá para pedirle perdón por lo que había hecho antes de que la Sra. Evans se diera cuenta sola.

Como consecuencia, Lily había terminado de enloquecer y había mandado a Marlene, quien con todo el alboroto había vuelto a ser la de siempre (casi), a buscar al resto para que pudieran ir a la posada en la cual pasarían la noche.

— ¡Ey, Sirius! — llamó Marlene, y tuvo que pasar por entre medio de varias personas que intentaban dejar el parque para llegar al azabache. — Petunia está mal y Lily la llevo a la posada para calmarla. ¿Sabes dónde está el resto?

— James y Pete de alguna manera se han convencido de que pueden sortear a los de seguridad y conseguir el autografo de Roger Taylor. Y Holly, ¿no has visto con quién está? — preguntó, con una sonrisita de costado.

— A decir verdad, no la he visto en toda la tarde. ¿Por qué? ¿Con quién está?

Sirius torció la cabeza, intentando contener una pequeña mueca traviesa.

— ¿No te parece raro que tu hermano haya venido a vigilarte y sin embargo no ha estado contigo en toda la tarde?

Era un secreto a voces: todos sabían que a Mike poco podía importarle la banda o juntarse con los amigos de su hermana menor. La única razón por la cual estaba ahí, era porque Matt se lo había pedido.

Marlene tardó unos segundos en unir los puntos y cuando lo hizo, sus ojos se abrieron un milímetro más de lo normal antes de volver a centrar su vista en el azabache.

— No. No, no, no.

— Conoces a Holly, ella es todo una dama, — continuó Sirius burlón, con tranquilidad pese al ataque de ella. — Vinieron hace rato a pedirme la llave de la habitación.

— Oh, Merlín, no. No, no, no y ¡no!

— No te preocupes, Marls. Holly sabe divertirse, no es nada malo.

— No, no entiendes. Tú conoces a Holly tan bien como yo, sabes cómo es con los chicos: finge que no importa, que es algo totalmente casual, y luego se pasa tres meses llorando si no le vuelven a hablar.

Sirius hizo una mueca; le hubiera encantado poder defender a su mejor amiga y decir que no, que Holly era un espíritu libre que podía manejar un encuentro casual con un chico en un concierto, pero en el fondo sabía que Marlene tenía razón: Holly si era un espíritu libre, siempre y cuando de chicos no se tratara.

— Bueno, pero…

— Y conocemos a Mike también, — continuó ella, sin dejarlo siquiera pensar en alguna excusa. — Es mi hermano y lo amo, pero seamos realistas: él no le escribirá. No la irá a visitar a Hogsmeade, no me preguntará por ella, no nada.

— Y tú no podrás ayudar porque es tu hermano.

— Exac-

Marlene soltó un chillido mientras caía, consecuencia de que James se le hubiera colgado de la espalda sin previo aviso.

— ¿Quiénes son los más geniales que han conseguido los autógrafos de Queen?

Peter venía detrás de James, ambos muy ufanos mientras presumían las firmas que habían logrado. El azabache, aún sobre la espalda de Marlene, no paraba de reírse mientras ella hacía fuerza para tirarlo.

— Eres hombre muerto, Potter.

Marlene había comenzado a correr al heredero de los Potter al momento de sacarse su cuerpo de encima, para diversión de los otros dos merodeadores que los observaban mientras caminaban hacia la salida de Hyde Park. El concierto había sido una éxito total, miles de personas habían asistido,aunque ellos no habían visto ni escuchado demasiado por quedarse bien al fondo, alejados del amontonamiento de gente.

A mitad de camino hacia la posada donde pasarían la noche (Petunia se había negado a conducir de noche), Peter les contaba sobre todas las actividades que había hecho con su familia en las vacaciones cuando un jadeo por parte de Sirius los obligó a detenerse. Tenía una mano en el pecho y parecía estar luchando por conseguir aire.

James fue el primero en llegar a su lado e intentó sostenerlo, pero el azabache se alejó y casi tropieza con un transeúnte.

— Canuto, ¿qué sucede? — inquirió, manteniendo una pequeña distancia. Se podía escuchar el miedo en su voz. — Sirius, ¿qué está mal? ¿Alguien te mandó una maldición?

Peter comenzó a mirar a su alrededor, con la mano firme en su varita; no podían usar magia siendo menores, mucho menos con tantos muggles en el lugar, pero en tiempos de guerra solo un idiota se preocuparía por el estatuto del secreto.

— Sirius, ¿qué pasa? — Marlene se arrodilló frente a él, para poder verle el rostro, sin tocarlo por miedo a cómo reaccionaría.

— A-a-gua — contestó con voz ahogada antes de desplomarse contra el suelo.

Now I know that I'm not All that you got, I guess that I, I just thought Maybe we could find new ways to fall apart But our friends are back