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La caída de los Merodeadores. — capítulo 5
Actualización express antes de irme a cursar. Espero disfruten el primer capítulo de vuelta a Hogwarts <3(Posiblemente edite y cambie el título del capítulo) Cuando estaban en Hogwarts, el claro cercano a la cabaña del guardabosques era el lugar favorito del Club de los cincos — así les gustaba llamarse en broma — para juntarse y drogarse. El lugar estaba lo suficientemente alejado para que nadie pudiera pillarlos de casualidad pero a la vez lo suficientemente cerca del castillo para que el trayecto de vuelta no se les hiciera complicado.
En ese mismo lugar Mary, el miembro más reciente de la pandilla, y Sierra, habían decidido sentarse para poder charlar de sus veranos; a diferencia de otras veces, ninguno de los tres muchachos las acompañaban.
— Sentía que los días no pasaban más, — le comentaba Mary. El cabello rubio ceniza estaba inflado como siempre y sus ojos que en un momento habían sabido ser dulces y soñadores, ahora se mostraban distantes, perdidos en algún punto que nadie más podía ver. — Hice como me dijiste: mamá tenía unos cuantos analgésicos que me ayudaron a pasar los días pero… no eran lo mismo, — se relamió los labios, mientras ambas se sentaban en un tronco antes de preguntar con ansiedad: — ¿Tienes? ¿Tienes algo aquí?
Sierra la miró, notando con más detalle a la chica. Había perdido peso, tal vez demasiado, y las bolsas debajo de sus ojos eran más notables que nunca, como si llevara días dando vueltas en la cama sin poder dormir. Las pupilas estaban algo dilatadas y parecía estar pellizcándose el brazo inconscientemente.
Repentinamente, cayó en la cuenta de qué estaba pasando. Ese no era un encuentro de mejores amigas luego de todo un verano separadas — no era como si ella alguna vez hubiera tenido uno de esos de todas maneras —, sino que era una reunión para que Mary pudiera obtener de ella lo único que le interesaba.
— Creí que querías hablar.
— ¡Y eso quiero! Pero… por favor, — comenzó a desesperarse. Sierra ya había visto lo mismo pasar otras veces. Maldición, a ella misma le había pasado cientos de veces cuando aún no sabía multiplicar sus dosis correctamente y se encontraba demasiado lejos del maletín de su padre. — Han pasado tres meses, Sierra, no puedo tolerarlo más. Y la morfina… me ayuda. Me ayuda mucho. ¿Tienes algo? Por favor, por favor te lo pido. No puedo más con esto… el dolor… es insoportable.
Escuchar a Mary rogarle así trajo consigo un repentino sentimiento de culpa. La chica que tenía sentada al lado en nada se parecía a la dulce, sociable y cariñosa que había sido un año atrás. Una parte de Sierra sentía que no había sido el ataque de los Slytherin lo que había roto a Mary, sino ella misma en su intento de alejarla de todo el dolor que la mayor sentía luego de dicho ataque.
— No tengo nada aquí, lo siento, — mintió, tomándose del costado. Con la golpiza que su padre le había dado el domingo, la morfina era lo único que la mantenía de pie.
Su intento de huir de casa había sido un completo fracaso: la policía la había detenido y la habían llevado de regreso a su infierno personal. Raphael estaba furioso, aunque se lo hubiera ocultado perfectamente a los oficiales con su papel de padre preocupado. No paraba de repetirle lo desagradecida que era, cuánta vergüenza le generaba no solo por ser una bruja y una zorra, sino también por llegar a la puerta de su hogar en una patrulla. Y como frutilla de la torta, intentaba abandonarlo. A él que lo había dado todo por ella, que había dedicado cada segundo luego de la muerte de Elizabeth a cuidarla.
— Me estás mintiendo, — acusó, frunciendo el ceño y alejándose instintivamente. — ¿Por qué me mientes?
— No lo hago. Pensé que querías hablar conmigo, como tu amiga, no como tu dealer.
Se puso de pie, decidida a no seguir haciendo eso, decidida a no seguir arruinándole la vida a Mary, pero ella la sujetó del brazo. Sierra notaba cierto grado de locura en sus ojos, mezclados con la desesperación que la abstinencia le generaba.
— ¡¿Por qué me haces eso?! ¡Por qué! — espetó, zamarreándola.
— ¡Me estás lastimando! — chilló, soltándose del agarre.
Mary la miró, sorprendida de lo que había hecho.
— Yo no…
— Deberías irte a clases, — la interrumpió, poco interesada en más de las mismas excusas que había recibido por parte de Raphael. La chica dudó, sin moverse. — ¡Vete de aquí! ¡Sal!
Mientras Mary volvía corriendo al castillo, Sierra se dejó caer llevándose las manos a la cabeza y enredando los dedos en su cabello. Estaba tan cansada de todo.
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Cada año, la primera clase de Defensa contra las Artes Oscuras significaba una cosa: conocer al nuevo profesor de turno o, en ese caso, profesora.
Mientras los alumnos de sexto de Gryffindor caminaban hacia el aula, compartían la información que tenían sobre ella: se llamaba Anastasia, era la hermana mayor de Isabella Nott de Ravenclaw y, de acuerdo a toda la población masculina (y una parte de la femenina también) estaba buenísima.
Ese año, les tocaba compartir la clase con los Slytherin. Nunca nada bueno salía cuando se juntaban a las serpientes y a los leones, pero los profesores seguían intentando incansablemente lograr una relación pacífica.
— ¿Crees que sea mejor que el del año pasado? — preguntó distraídamente Holly a nadie en particular.
Lily no llegó a escuchar la respuesta de Sirius, porque al entrar al salón, su mundo entero se congeló: Severus ya estaba ahí, sentado solo en la segunda fila del lado de la pared, como siempre. Durante cinco años, cada vez que les tocaba una clase juntos, él se aseguraba de llegar antes para poder guardarle un sitio a su lado y, aunque las circunstancias habían cambiado sustancialmente, Severus había mantenido esa tradición.
El vacío en el pecho, ese dolor agudo que había intentado ignorar todo el verano, había vuelto, dejándola totalmente paralizada en la puerta del aula, incapaz de dar un paso más.
— Ven, Lils, siéntate conmigo.
Marlene había sido la primera en reaccionar, tomándola de la mano y arrastrándola a un pupitre en el fondo, con dos hileras de distancia con los Slytherin. El resto había reaccionado al momento siguiente: Sirius y Holly ocuparon la mesa delante de la suya y James la de atrás, solo, mientras Peter y Remus se sentaban en los bancos de al lado, instintivamente rodeándola como un escudo.
Por unos segundos, ninguno supo que decir, hasta que Sirius exclamó:
— Pelirroja, ahora que finalmente has entrado en razón y terminado tu amistad con Quejicus, tendrás que pasar más tiempo con nosotros.
Holly le lanzó una mala mirada y Marlene casi lo golpea bajo la mirada incrédula del resto de los Merodeadores que no podían creer la falta de tacto del chico.
— Cuidado, Black, sigue siendo una herida abierta, — advirtió Lily en voz baja, sacando un pergamino y dos lapiceras. Todos parecieron relajarse al ver que Lily no había estallado en lágrimas ni salido corriendo luego del desafortunado comentario. — No presiones.
— Primero, pelirroja, dime Sirius: mi apellido evoca algunos traumas familiares que seguramente explicarán que en unos cinco años enloquezca y mate a un puñado de gente sin razón aparente, — bromeó, gesticulando despreocupadamente con las manos. Holly a su lado le rodó los ojos, dejando escapar una pequeña risa, pero la mirada de James se ensombreció sabiendo lo que había pasado un par de días atrás con el Sr. Black en su casa. — Además, tú misma debes notar que estás mucho mejor desde que no tienes que cargar con Snivellus; estás más… — se detuvo unos segundos, buscando la palabra adecuada para describir el estado de Lily, — ¡Como Holly cuando terminó con el imbécil de Avery! ¿Recuerdan? Estaba resplandeciente, brillaba. Esas semanas lucías tan bien que hasta consideré invitarte a salir, — admitió, girándose para verla con una media sonrisa traviesa. — Después de todo, sabemos que estabas muerta por mí.
Lily agradeció que el foco de atención se alejara de ella; bastante era estar en el mismo lugar con Severus sin lanzarse a llorar, si encima tenía que escuchar a Black hablar al respecto, enloquecería.
— Por última vez, Sirius, eso fue solo ¡una semana! ¡una maldita semana, cuando tenía doce años y estaba demasiado sensible por mi primer período! — exclamó la rubia.
Holly y Sirius habían sido cercanos desde segundo, pero si había una cosa que la chica se arrepentía de haberle contado, era el pequeño crush que había sentido cuando aún no se conocían. Desde ese momento, Sirius no la había dejado en paz y traía el tema a colación siempre que podía.
— No hace falta que mientas, Holly-Lo, todos aquí sabemos…
Pero nuevamente Lily se perdió la respuesta de Sirius, cuando todos se voltearon a ver a las dos chicas Gryffindor que faltaban: Vera Greengrass y Mary Macdonald arribaron a la vez, atrayendo la atención de la clase y cortando las conversaciones. Mary miraba a la que había sido mejor amiga de reojo, pero ella parecía no darse por enterada: con expresión imperturbable, compuso una pequeña sonrisa acercándose a la fila donde la mayor parte de los Slytherin estaban sentados.
— Nate, ¿está este sitio ocupado?
A ninguno se le pasó por alto la expresión de dolor en el rostro de Mary mientras Nathanial Avery dirigía su completa atención a Greengrass, una sonrisa de costado adornando su angelical rostro.
— Sabes que las chicas sexys como tú siempre tienen un sitio reservado a mi lado, — respondió, sin avergonzarse porque todo el salón estuviese escuchando.
— Cuidado, soy una mujer comprometida ahora, — le replicó Vera, aún así sonriendo coqueta y tomando asiento a su lado, dándole la espalda al resto de sus compañeros de casa.
La atención de los Slytherin se disipó rápidamente, pero los Gryffindors seguían con la mirada clavada en Macdonald, quien parecía a punto de salir corriendo de ese lugar.
— Ey, Mary, ¿te sientas conmigo? — llamó James quien, ocupando el último pupitre, era el más cercano a la puerta. — Marlene me ha cambiado por Lily así que…
La rubia asintió, sin decir una palabra, tomando asiento. James miró con algo de desesperación a Peter, rogándole su ayuda. Él y Mary habían sido compañeros de la Liga amateur de Ajedrez del colegio así que, de los cuatro Merodeadores, era el que más la conocía. Sin embargo, Peter no tuvo que hablar mucho porque a los pocos minutos Anastasia Nott cerró la puerta del aula y avanzó al frente del salón con paso seguro.
Los chicos intercambiaron miradas entre ellos, viendo que los rumores eran ciertos. Su profesora no tenía más de 25 años, el cabello castaño suelto, el rostro elegantemente maquillado y la túnica púrpura resaltando todos sus atributos. La primera impresión de las chicas, que no se habían dejado cegar por su belleza, era que esa profesora era una a la cual no cruzar; con tal solo entrar al salón, había instaurado el silencio total.
— Buenos días, clase, mi nombre es Anastasia Nott y seré su profesora de Defensa contra las Artes Oscuras a partir de este año.
— Solo por este año, — murmuró con gracia James. Antes de que Sirius pudiera girarse a chocar puños con el azabache, la profesora ya lo había silenciado con una mirada.
Lily semi-sonrió: una mujer bien plantada que era capaz de ponerle los puntos a esos cuatro sin caer en sus encantos; la profesora Nott ya le agradaba.
— Comprenderán que en mi clase, no se tolerarán este tipo de idioteces.
— ¿Hay algún otro tipo de idiotez con la cual usted se sentiría más cómoda, profesora? — replicó Sirius, siguiéndole la corriente a James.
Remus y Peter se taparon la boca para amortiguar la risa. Para los Merodeadores, la primera clase de Defensa contra las Artes Oscuras no solo significaba conocer a la nueva profesora, sino también poder divertirse un rato a costas del inexperto de turno.
— Felicitaciones, caballeros, — con una sonrisa afilada y todos los ojos sobre ella, dijo: — Se ganaron el primer castigo del año. Y si sus amiguitos no controlan mejor sus risas, — añadió, girándose a donde Peter y Remus estaban sentados, — los acompañarán. Al finalizar la lección les daré sus instrucciones.
La profesora siguió hablando sobre cómo se manejarían durante el año, que la parte teórica sería más que nada para que leyeran de tarea y en la clase se concentrarían más en dudas y la parte práctica, pero ninguno de los Merodeadores le estaba prestando atención. Los cuatro estaban más concentrados en intercambiar miradas de confusión, poco acostumbrados a que una profesora inexperta, que acaba de llegar, sea tan dura en su primera clase.
El movimiento de pergaminos y plumas los sacó de su pequeña conversación silenciosa y se apresuraron en imitar al resto, no queriendo darle más motivos a la mujer para castigarlos. A medio camino de dictarlos objetivos de la clase, la profesora se frenó delante del pupitre que Marlene y Lily ocupaban.
<< ¿Qué es esto? — preguntó, tomando una de las lapiceras de la mesa.
— Una lapicera, profesora, — le respondió Lily respetuosamente, con la cabeza en alto. La humillación de Severus respecto a sus orígenes era lo que la había motivado a hacer eso: dejar las plumas atrás y demostrarle a todos que ella no se avergonzaba de provenir de una familia de muggles.
— Y exactamente, ¿para que sirven estas lapiceras, señorita…?
— Evans. Para escribir. Son como las plumas, pero no necesitan recargarse, — todos los ojos del salón estaban sobre ella. Envalentonada por la mirada de Severus, agregó: — Es un invento muggle, profesora.
Depositando las lapiceras nuevamente en el escritorio, Nott sacó su varita y ante la mirada atenta de Lily, las destruyó con un simple movimiento. Instintivamente la pelirroja tomó a Marlene del brazo, atajándola, sabiendo que no se quedaría callada al ver como sus ojos se habían cristalizado inconscientemente.
— Tal vez esto sea difícil de comprender para usted, señorita Evans, viendo que es una sangre sucia, — un jadeo general se dejó escuchar por parte de los Gryffindor, que miraban a la mujer sin poder creer lo que acaba de decir, mientras ella seguía dándoles la espalda y caminaba hacia el frente del salón como si nada estuviera pasando, — pero Hogwarts es un colegio de magia, para brujas y magos. En mi clase, utilizarán plumas y tinta y si tiene algún problema con eso, señorita Evans, — esta vez si se giró, para poder clavar sus ojos en los verdes de ella, — está invitada a retirarse. Ahora, siguiendo con los objetivos…
La mujer se vio obligada a detenerse nuevamente cuando Lily, con sus cosas en manos, se puso de pie y abandonó la clase. Una imperceptible sonrisa se formó en los labios de Anastasia, quien no pensó que la chica tuviera las agallas suficientes, pero enseguida continuó como si no hubiera habido interrupción alguna.
Marlene y Holly se pusieron de pie, listas para salir detrás de su amiga, pero Sirius frenó a Holly y James le mandó una mirada de advertencia a Marlene, todo rastro de travesura en sus ojos había desaparecido. Con lo poco que habían visto, podían darse cuenta que la mujer tenía claros prejuicios hacia los alumnos hijos de muggles. Ni Holly ni Marlene podían darse el lujo de cruzar a Anastasia Nott, no siendo una hija de muggles y la otra una traidora a la sangre.
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Cuando las cosas estaban mal, cuando la situación lo superaba y se sentía completamente impotente, James Potter conocía tres maneras de calmarse:
Golpear a alguien, algo, lo que fuese hasta romperse los nudillos si era necesario.
Gastar unas cuantas bromas pesadas a algún alumno.
Trotar por el campo de Quidditch hasta agotarse.
Como la opción uno no era muy saludable y para la dos no tenía ánimos suficientes, después de una pésima primera clase de Defensa contra las Artes Oscuras, James se había calzado su ropa deportiva sin darle explicaciones a nadie.
Demasiadas cosas rondaban por su cabeza y sentía que no podía organizar sus pensamientos si se quedaba encerrado en su habitación.
Sus papás intentarían un nuevo tratamiento que no los salvaría pero les daría una mejor calidad de vida y algunos meses (años, si tenían suerte) para dejar todo en orden; Dumbledore lo había autorizado para visitar a sus padres todos los Domingos que deseara y aunque había pedido permiso a los padres de Marlene y de Sirius para que lo acompañaran, solo los señores McKinnon habían respondido la carta. Hasta que Sirius no cumpliera los 17, no había nada que ellos pudieran hacer.
Aparentemente, su nueva profesora era una arpía defensora de la pureza de sangre, quien ya lo había castigado por los siguientes tres fines de semanas, complicándole la tarea de organizar las pruebas y los entrenamientos de Quidditch.
Sirius se negaba a hablar sobre lo que había pasado con sus padres y lo que fuera que le había agarrado en el concierto.
Y por último, Lily Evans. Lily Evans siempre rondaba por su mente y le provocaba los mayores dolores de cabeza. Todo había quedado extraño desde el año pasado y el verano no había borrado esa sensación.
Con un suspiro cansado, y sabiendo que si no se apuraba se perdería el almuerzo, trotó hasta los vestidores de Gryffindor, donde se sorprendió al encontrar a una muchacha pelirroja acostada entre medio de dos largos banquillos. Hablando del rey de Roma…
— ¿Lily? — llamó, extrañado. La susodicha pegó un respingo y se incorporó.
— ¿Potter? Lo lamento, no sabía que ya habías reservado el campo, yo solo- — dijo atropelladamente, poniéndose de pie y arreglando la pollera del uniforme. Simplemente quería un lugar donde estar sola y había descubierto que, cuando no estaban en temporada de Quidditch, los lockers eran el lugar perfecto para eso.
— No, no te preocupes. Solo… salí a correr un rato y no quería volver al castillo a ducharme, — admitió, llevándose instintivamente una mano al cabello pero frenando a medio camino; recordó que a ella le irritaba que hiciera eso a cada rato. — Oye, ¿estás bien?
Frotando las manos contra los muslos, Lily se sentó antes de responder.
— Si, si lo estoy. Supongo que es algo a lo que me tengo que acostumbrar, ¿verdad? A que los demás asuman que soy basura por mi sangre.
James frunció el ceño, sentándose en frente a la chica.
— Eso es simplemente estúpido, — admitió sin pelos en la lengua. — Tú eres inteligente, no puedes andar por la vida diciendo cosas estúpidas.
— ¡Ey!
— ¿Qué? Es la verdad. Estás justificándolos. Con esa clase de pensamiento, estás justificándolos, — repitió, dejándola sin palabras. James tenía razón: su falta de reacción, su reasignación, eran maneras de aceptar lo que ellos hacían como si estuviera bien. — Siguiendo esa línea de pensamiento, cualquiera podría decir que… no lo sé, el holocausto estuvo bien porque Hitler pensaba que todas las minorías eran basura.
— ¿Sabes sobre el holocausto? ¿Y Hitler? — preguntó, anonadada.
— Te sorprendería cuántas cosas sé, — replicó él, con una pizca de travesura brillando en sus ojos. Lily negó con la cabeza, intentando no sonreír ante el encanto innato que poseía el chico; James no era un seductor irresistible, no era uno de esos muchachos tan apuestos que te arrebataban el aliento, ni poseía una sonrisa de comercial. Sin embargo, cada vez que dejaba de lado su pose de chico cool y simplemente conversaba con ella, Lily entendía porque había tantas chicas deseando salir con él: James Potter poseía una autenticidad difícil de ignorar. Cuando estaba con sus amigos se encontraba en su elemento, pero cuando estaba solo, cuando era capaz de relajarse y ser él, sin el peso que el título de "bromista de Hogwarts" conllevaba... era en esos momentos en los cuales Lily debía recordarse todas las cosas que lo ponían fuera de los límites. — Los muggles, su mundo… me parecen fascinantes, — continuó, como si no hubiera notado que por medio minuto, Lily se había perdido en la complejidad que su persona le presentaba. — Su historia y sus guerras son mucho más interesantes que las nuestras.
— La historia de los magos tiene dragones y duendes y… todas esas cosas que por mucho tiempo creí que solo eran parte de los libros. Su historia es fascinante.
— Es también tu historia, Lily. Tú eres parte de nosotros, no importa lo que esa profesora o los Slytherin digan, — le recordó, con una intensidad que a Lily le erizó la piel. — Los magos estamos tan enceguecidos con la magia… creemos que nos hace superiores, que no necesitamos nada más que nuestras varitas, y es por eso que llevamos más de dos siglos estancados, — continuó, gesticulando con las manos, con la misma pasión que lo invadía cuando hablaba de Quidditch o de Transformaciones. — En cambio los muggles… ellos no tienen magia y es el mejor regalo que alguien les podría haber dado. No tener magia los obliga a superarse en todo momento y lograr cosas que nosotros con nuestras varitas jamás podríamos, como esas lapiceras que trajiste o… los teléfonos, los autos, los trenes, — una sonrisa genuina, entusiasmada, de esas que Lily pocas veces llegaba a verle, había crecido en su rostro a medida que enumeraba. — Y tú eres una combinación de ambas cosas; tienes que estar orgullosa de eso. Tienes… lo mejor de ser bruja y lo mejor de ser muggle, — nuevamente la estaba mirando directo a los ojos, con esa intensidad que ni los anteojos llegaban a disminuir y Lily se vio obligada a retirar la mirada, a romper la conexión, casi asustada por lo que esos ojos podrían lograr en ella. — No dejes que nadie, ni Snape ni ese mal intento de profesora, te quite eso.
A ese discurso le siguieron unos cuantos minutos de silencio, mientras Lily intentaba digerir cada palabra que había escuchado. No era un silencio incómodo, era agradable, pero James sabía que si se quedaba demasiado tiempo allí, solo con la pelirroja, terminaría diciendo algo que arruinaría todo.
Se puso de pie, dispuesto a volver al castillo sin esperar una respuesta o ducharse como era su idea en un principio, pero la voz de Lily lo detuvo.
— Gracias, — dijo simplemente.
— ¿Por qué me agradeces?
— Por, ya sabes… por no ser un idiota y por hacerme sentir mejor, — admitió, con una pequeña sonrisa en los labios.
— Cuando quieras, pelirroja, — respondió James, ya casi en la puerta, también sonriendo. — Y por cierto, luego tendrás que decirme donde comprar de esas lapiceras… parecen un invento bastante genial.
— Sigue no siendo un idiota y yo misma te compraré una docena para navidad, — le aseguró, logrando que James se frenara por completo para girarse a verla.
— ¿Y por qué harías eso? — preguntó, sin poder evitar que una pizca de emoción se colara en su voz.
— Porque eso es lo que hacen los amigos, ¿no?
La sonrisa de James se apagó y esta vez su mano si alcanzó a revolver su cabello. Nuevamente la estaba mirando fijo y Lily se preguntó qué había dicho para que repentinamente los ojos avellanas de él dejasen de destellar.
— Lily, yo no quiero ser tu amigo, — le dijo con voz solemne.
Lily se quedó nuevamente sin palabras. Odiaba cuando Potter se portaba así, odiaba que fuera tan sincero y no tuviera ningún problema gritando a los cuatro vientos lo que sentía. Ella se ponía nerviosa de solo pensar tener que compartir sus sentimientos con alguien, pero Potter no. Él simplemente iba, le decía todo lo que pasaba por su mente y la dejaba ahí, en estado catastrófico sin saber qué responder. Tal y como había hecho a finales de quinto curso.
— Yo…
— Lo sé, lo sé. Tú no sientes lo mismo. Lo sé.
////
Con una sonrisa en el rostro, Holly entró a su cuarto y se dejó caer en la cama de Lily, sobresaltándola. Si ignoraba que su nueva profesora de Defensa era una perra que la odiaba por ser hija de muggles, podía decir que su año en Hogwarts se proyectaba excelente. Ya tenía agendada la primera reunión del movimiento feminista que ella misma había iniciado en tercer año y James había anunciado las fechas de las pruebas y entrenamientos del equipo; todo marchaba bien.
— ¿Qué cuentas?
Lily terminó de escribir algo en su pergamino y levantó la cabeza, intentando componer una sonrisa que no se viera totalmente falsa.
— Intento terminar este informe para Defensa. Lo último que necesito es darle otra excusa a la Profesora Simpatía para castigarme.
Holly bufó y tiró la cabeza para atrás; parecía que de lo único que hablaban esos días era de la maldita profesora Nott. Marlene estaba rara, Sirius estaba raro, ¡y hasta James y Lily se ponían todos raros cuando estaban en el mismo lugar, como si compartieran algún secreto totalmente vergonzoso! Pero ninguno de ellos le hablaba, le contaba. Había intentado acercarse a Remus para preguntarle si él sabía algo, pero como siempre, Lupin era el más extraño de todos y se había alejado luego de asegurarle que todo estaba bien.
— ¿Marlene? — cuestionó, intentando obtener algo de información. No sabía si la castaña la estaba evitando por lo que había pasado en el concierto con su hermano o había algo más que le estaban ocultando.
— Tenía una reunión con Dumbledore, — comentó, obteniendo un ceño fruncido por parte de Holly. — A mí no me mires, no tengo idea de qué le está pasando últimamente. Solo soy la mensajera.
Holly siempre había sentido que entre Marlene y Lily, había una conexión que ella no llegaba a entender. Como si fueran parte de un club secreto al cual ella no estaba invitada (además del de los "Mejores cabellos de Hogwarts" al cual las muy malditas no la dejaban entrar). Sin embargo esta vez, la pelirroja parecía totalmente sincera al respecto.
— ¿Crees que se haya enojado por lo de Mike?
— Marlene no es celosa de sus hermanos, no en ese sentido. A menos que la metas en medio de alguno de tus drama amorosos, no vería la razón para que se enoje.
— ¡Yo no hago drama!
— Holly, sabes que te amo, pero tú tienes la palabra dramática tatuada en la frente, — la rubia la miró ofendida y ella levantó las palmas, quitándose la culpa. — ¿Qué? Es la verdad. Eres la chica más genial del colegio, todos sabemos eso, pero cuando de chicos se trata… pierdes la cabeza.
Holly hizo una mueca, sabiendo que no podía contradecir a Lily. Lo que le pasaba no era algo que podía evitar, estaba más allá de su control: por más que quisiera, cada vez que se involucraba con alguien, enloquecía un poco. Su noviazgo con Nathaniel Avery la había jodido bastante — algo en lo cual el rubio era experto — y confiar en los hombres era todo un desafío para ella. Era posiblemente la persona con más seguridad en sí misma, pero cuando un chico se metía en el medio, toda esa seguridad se iba al diablo.
— Okey, puede que en el pasado haya sido… un poco intensa cuando de chicos se trata, pero ya no más, — afirmó, con tono decidido. — A partir de este año, no más chicos. No más dramas, no más celos, no más llorar hasta las tres de la mañana porque no responden mis cartas, — Lily soltó una carcajada ante eso último, — simplemente me dedicaré a mí. Este será mi año. El año de "Holly está primero".
— Me alegra escuchar eso, amiga.
Vera Greengrass entró al cuarto con una caja en la mano y el cabello recogido en una media cola elegante. Estaba más maquillada de lo normal y al verlas les había lanzado una mirada de fastidio.
— ¿El año de "Holly está primero" incluye que por una vez vayas a ordenar tus libros? ¿O tendré que seguir viéndolos tirados por toda la habitación? — cuestionó venenosamente, mientras dejaba la caja sobre su cama y se llevaba los manos a las caderas.
— Oye, ¿cuál es tu problema? — saltó a la defensiva Holly. Ellas jamás habían sido amigas de Vera, pero hasta el año pasado al menos mantenían una relación civil entre ellas.
— Disculpame si no disfruto viviendo en un basurero. Al menos tus amiguitas mantienen sus cosas ordenadas, tú ni siquiera tienes la cortesía de hacer eso. Pensaba que los sangre sucia eran ordenados como los muggles.
Lily alzó las cejas, sorprendida por la actitud de la chica, y Holly la miró totalmente confundida. ¿Qué diablos estaba pasando con todos ese año? Se sentía como dentro de un universo paralelo: Sirius no le contaba sus problemas, Marlene y Lily parecían idas y de repente Greengrass, que siempre había sido más bien reservada, parecía estar buscando a toda costa una pelea.
En un principio Holly se rehusaba a creer que las personas realmente tuvieran un prejuicio contra ella por su sangre. Se había criado en un hogar que celebraba las diferencias, su abuela y sus padres le habían enseñado a jamás juzgar o menospreciar a los demás, y si bien había pensado que los magos eran más evolucionados que los muggles en el asunto de discriminar, últimamente se estaba dando cuenta que no era así. Porque su profesora claramente tenía un problema con todos los impuros del salón y, aparentemente, Greengrass lo tenía también.
— ¿Por qué mejor no te cambias en otro lado, Greengrass? — intervino Lily, quien si bien coincidía en que su amiga podía ser algo más cuidadosa con sus cosas, no compartía de ninguna manera los modos.
Vera había sacado una túnica roja entallada, larga hasta el suelo, y se había acercado hasta la prefecta con la prenda aún en la mano.
— Porque yo no recibo órdenes de personas de tu clase, — aseguró, a dos centímetros de su cara, para luego mirarla de arriba a abajo con desprecio y darse la vuelta para meterse en el baño.
Holly y Lily compartieron una mirada preocupada: ese sería un año largo.
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Alecto Carrow despidió con una sonrisa a la que muchos consideraban la pareja del momento y se acercó a la puerta del salón para verlos marchar. Regulus Black mantenía un brazo firme en la cintura de Vera Greengrass mientras ambos se alejaban por el pasillo, sonriendo como un par de recién casados en su luna de miel.
Cada año en esa fecha, el profesor Slughorn le daba la autorización para usar uno de los salones y festejar su cumpleaños en él. Ese año en particular había cumplido los 18 años y, además de sus compañeros de la Orden de la Sangre y otros magos sangre pura con los cuales se llevaba bien, su hermano había pasado un rato por el castillo a felicitarla.
— ¿Qué tanto miras? — sintió como los pelos de la nuca se le erizaban mientras su propio cuerpo se hacía consciente de la cercanía de Evan Rosier.
Se giró sobre su propio eje, para no tener que seguir sintiendo la respiración del chico sobre su cuello, y evitó mostrarse sorprendida al tenerlo a menos de dos centímetros. Evan la miraba con una sonrisa de costado maliciosa, perfecta, que Alecto sabía solo significaban problemas para ella.
— ¿Y a tí que te importa? — preguntó, tirando su cabello rojo para atrás y levantando el mentón, mostrándose orgullosa, altanera.
— Me importa porque, a menos que me haya perdido de algo, yo también soy el líder de la Orden — le recordó en voz baja, dando un paso en su dirección, sin dejarse intimidar por la actitud altiva de la chica.
Llevó cada una de sus manos a las caderas de ella y sonrió complacido al notar como Alecto se esforzaba por no reaccionar: entre ellos, siempre todo era una lucha de poder. Y ahora que el resto de los invitados se había marchado, podía hacer lo que llevaba queriendo hacer desde que la había visto en esa túnica negra escotada.
— Simplemente me pregunto, — Alecto tomó aire, controlando su tono casi a la perfección, — porque Black no ha invitado a Greengrass a unírsenos aún. — Evan la ignoró y se acercó la suficiente para rozar sus labios contra el cuello de ella. Alecto se estremeció en respuesta, pero pretendió que nada estaba pasando y continuó con lo que llevaba un tiempo pensando: — Ella es sangre pura, su fa-familia está bien conectada y, — titubeó cuando los besos del rubio en su cuello continuaron, ya no simples roces, pero se obligó a controlarse y seguir, — y su abuelo apoya la causa, después de todo.
— Ajam, — acotó simplemente, dirigiendo su boca a la de ella y atrapando sus labios entre los suyos.
Pasó sus manos a su baja espalda y la acercó más a su cuerpo mientras profundizaba el beso. Alecto no opuso resistencia y por unos momentos se dejó besar, sosteniéndolo del rostro para que no se alejara y enredando sus piernas con la de él, intentando ganar terreno.
Evan ni siquiera tuvo que abrir los ojos para trabar la puerta del salón con un movimiento de varita y Alecto tampoco necesito mucho para llevarlo contra una de las mesas y, poniéndose en puntitas de pie, presionar con fuerza contra su boca, como queriendo profundizar aún más el beso.
Él no tardó en cambiar los roles: le gustaba la actitud dominante que siempre rodeaba a Alecto, esa constante necesidad de demostrarle a los demás que ella era la que mandaba, pero aún más le gustaba saber que él era el que tenía todo el poder. Se separó solo por unos segundos para recuperar el aire, despejar la mesa en la cual habían cenado y sentarla a ella sobre ésta, pero en ese tiempo, la pelirroja se las arregló para hablar.
— ¿Qué pensaría tu noviecita si te viera en este momento? — le preguntó con una sonrisa maliciosa, mientras recorría el pecho del chico con sus manos y se detenía en el botón de su pantalón.
— No tienes porque preocuparte por eso, — le garantizó, parándose entre sus piernas y cortando cualquier tipo de respuesta con un beso voraz.