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La caída de los Merodeadores. — capítulo 6
**Hey brother! Do you still believe in one another?**Hey sister! Do you still believe in love? I wonder
En el despacho del director de Hogwarts, Albus Dumbledore y Minerva McGonagall tomaban el té mientras discutían las últimas novedades que circulaban por el colegio.
La mujer con su cabello negro atado y sus ojos verdes ocultos detrás de unos lentes cuadrados, intentaba darle sentido a las últimas decisiones tomadas por quien consideraba su amigo, su colega.
— Pero Albus… ¿Nott? Sé que el mundo está en guerra, sé que no cualquiera quiere venir a trabajar aquí por miedo a que lo tomen como una declaración de lealtad hacia tí, pero… esa mujer es realmente horrible.
— Justamente porque el mundo está como está y porque ella piensa como piensa, que debemos tenerla aquí.
— El otro día mis alumnos de sexto llegaron furiosos porque Nott no paraba de castigar a Evans, por usar unos artefactos muggles para escribir en lugar de plumas, — continuó la mujer, ante la mirada celeste atenta de su acompañante. — Hablé con ella, queriéndola hacer entender que no tenía sentido iniciar una guerra con una profesora por algo tan banal y, ¿sabes que me dijo? — Albus negó con la cabeza, viendo como Minerva parecía realmente afectada por la charla. — Que no era algo banal, que prohibirle a ella utilizar algo por no entenderlo, era el primer paso hacia una guerra como la que se está desarrollando, — ante la falta de respuesta, se tomó unos segundos y continuó: — Y tiene razón. Yo misma la estaba instando a ocultar eso que la diferencia, le estaba recomendando bajar la cabeza y no hacer ruido. Y mi alumna, de dieciséis años, Albus, tuvo que explicarme cómo son las cosas. Tuve que decirme porque no podía quedarse callada.
Dumbledore asintió y, por unos momento, no hizo más que ver por la ventana hacia los jardines del castillo. Minerva permaneció sentada y en silencio, sabiendo que a veces el director necesitaba unos momentos para procesar todo lo que sucedía en su cabeza.
— Inteligente muchacha, la señorita Evans, — comentó al final, con un atisbo de sonrisa. — Son tiempos difíciles, querida Minerva.
— Eso es exactamente lo que me preocupa, Albus. Que son tiempos difíciles y estamos dejando al enemigo dormir en nuestra casa.
Esta vez el anciano si sonrió, reconociendo la pasión que invadía a la profesora cuando hablaba del colegio, de su colegio.
— Estando aquí, el enemigo está controlado, — señaló. — Fuera de estas paredes, no podemos saber qué hace o deja de hacer, qué planea, qué ordena, pero aquí… este es nuestro territorio. Aquí, las reglas las asentamos nosotros.
— ¿Y no crees que es peligroso dejar a tantos alumnos, algunos de los cuales ya muestran tendencias a favor de Voldemort, a cargo de una mujer así?
Tres golpes se escucharon en la puerta del despacho, logrando que se pusiera de pie, pero antes de abrir, Albus le contestó:
— No, no lo es. Desde adentro o desde afuera, Tom encontrará la manera de reclutar a aquellos más débiles de espíritu… al menos de esta manera, sabemos exactamente por dónde entra y por dónde sale la información.
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James dió por finalizado el entrenamiento y se acercó a Peter, quien observaba todo desde las gradas. Con un cuadernillo en manos, terminó de anotar unas cosas antes de enfocar su atención en el de anteojos, que esperaba ansiosamente.
— ¿Y bien? ¿Qué opinas de los nuevos?
— Treek y Sherwood aún necesitan conectarse. Juegan bien, por separado, pero como golpeadores tienen que saber manejarse en equipo, — informó en tono profesional. Peter no era bueno jugando, las escobas le parecían poco confiables y las bludgers demasiado peligrosas, pero era el que más sabía de estrategia. Desde que Wood había descubierto su talento para crear jugadas y su detallismo en tercer año, Peter había tenido el título de "director técnico" del equipo de Quidditch. El puesto había tenido tanto éxito, que el hermano menor de Wood, Caleb, había copiado la idea al convertirse en capitán de Hufflepuff el año anterior. — Grint es bueno, es rápido, pero…
— Se distrae demasiado, — completó James. Él había notado lo mismo en su nuevo buscador.
— Exacto. Casi se cae dos veces de la escoba y eso en un partido no podemos permitirlo.
— Lo sé, tenemos que practicar en su concentración. Lo que pasa es que…
— Es de tercero, está sobre-excitado, entiendo, — Peter cerró su anotador y lo miró con cara de preocupación.
— Quieres hablar de Greengrass, — adivinó.
— El golpe no fue grave y Madame Pomfrey arreglará la muñeca de McAlister en dos minutos pero…
— El tiro fue intencional.
— Greengrass tiene perfecto control de su fuerza y técnica. Tiró esa Quaffle a matar, — dudó unos segundos antes de agregar: — Además, se negó a darle un pase a McKinnon en todo el entrenamiento.
James asintió, con los labios apretados. El primer entrenamiento del curso no había ido como esperaba: sus nuevos golpeadores parecían tener problemas que les impedían integrarse, su buscador estaba más concentrado en pavonearse con las chicas que miraban el entrenamiento que en atrapar la snitch y una de sus cazadoras casi derribaba a su guardiana.
Despeinándose el cabello, dio una mirada alrededor del campo, viendo a Holly y a Marlene riendo y molestándose camino a las duchas, con Lester detrás intentando llamar su atención. Donna y Eric no paraban de discutir y Vera estaba en la puerta de los vestuarios, mirando en su dirección, como si supiera que hablaban de ella. Era su primer año como capitán y si no hacía nada para mejorar las relaciones en su equipo, la temporada sería un desastre para los Gryffindor.
— Habla con Wood, — decidió, con un suspiro cansino. — Dile que aceptamos. Es hora de despertar la competitividad, el espíritu de equipo en estos chicos.
— ¿Tú hablas con Marlene?
James asintió, palmeando la espalda de Peter a modo de saludo y trotó hasta los vestuarios.
Las únicas que no estaban en las duchas eran Marlene y Holly, en una punta, y Vera, lustrando su escoba, en la otra.
— ¡McAlister! — gritó, en su pose de capitán. — Te dije que vayas a la enfermería. Greengrass, acompañala.
— ¿Disculpa? — se giró la rubia, incrédula. — ¿Por qué tendría yo que acompañarla a ella?
James no se dejó intimidar por el tono ni la mirada de su compañera. Extrañaba a la Greengrass del curso pasado, la que llegaba media hora antes y se iba media hora después, discutiendo estrategias, proponiendo jugadas, siempre preocupada por el equipo y por ganar.
Con expresión seria e imperturbable, se cruzó de brazos al tiempo que respondía:
— Porque tú la lesionaste, porque es tu compañera de equipo y porque yo soy el capitán y te lo estoy ordenando. Ahora, fuera.
Vera le lanzó una mirada cargada de veneno, pero aún así salió de los vestuarios y esperó a que la otra rubia la alcanzara. Una vez fuera de vista, James relajó su postura y Marlene se acercó con expresión burlona.
— Capitán, sí, mi capitán.
— Ya cállate. Tengo que hablar contigo.
— Si es sobre el entrenamiento, juro que no le hice nada a Greengrass. No sé que acromántulas le picó, pero lleva así desde que empezó el curso.
James suspiró y se desordenó el cabello, sentándose en uno de los banquillos.
— Si es sobre el entrenamiento, pero no por tí. O en realidad si, — Marlene tomó asiento a su lado, esperando la explicación sin expresión alguna. — Wood propuso que hiciéramos un entrenamiento juntos, como el año pasado, y yo le había dicho que no porque, bueno, tú sabes, pero…
Marlene se cruzó de brazos.
— Bromeas, ¿cierto?
— Sé que las cosas no terminaron bien entre ustedes, pero el equipo es un desastre y-
— James, es mi ex.
— Lo sé, pero-
Marlene le rodó los ojos y lo cortó con un movimiento de manos, irritada.
— ¿Le dirás que sí al entrenamiento? — preguntó sin trabas.
Estaba enojada; James no recordaba la última vez que la había visto enojada, enojada de verdad.
— El equipo… — comenzó, pero se calló al ver la expresión furibunda en la castaña. — Marls, vamos…
— No sé qué quieres que te diga, James, si igual harás lo que quieras, — le reprochó, tomando una toalla de su locker y cerrándolo con fuerza.
Entendía a James, en el fondo lo hacía. Dentro del campo, él no era su amigo de la infancia, era su capitán. Era el primer entrenamiento de la temporada, pero igual se notaba que no eran ni de cerca el mejor equipo que Gryffindor había tenido y él sabía que un poco de sana competencia podría cambiar eso. Todos eran buenos jugadores, individualmente hablando, pero se convertían en un desastre cuando tenían que trabajar con el otro.
Sabía que James tenía una responsabilidad para con el equipo, que en ese caso tenía que poner su placa por delante de su amistad, pero eso no significaba que la idea de tener que entrenar con Caleb le agradara. No cuando solo habían pasado unos meses desde que había decidido terminar su relación.
Tomó su neceser, dispuesta a calmarse en la ducha cuando James la frenó.
— ¿Estarás bien?
Inhalando profundamente, asintió. Después de todo, Marlene era excelente hablando y cuidando los sentimientos de terceros, pero no tanto los propios.
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Parada al frente de la clase que la profesora McGonagall le había cedido para su reunión, Holly esperaba a que sus compañeros se calmaran para dar comienzo.
Lily conversaba con Peter sobre la última clase de Pociones, en la cual les había tocado ser compañeros, y Marlene aún no llegaba, atrasada de su reunión con Dumbledore. Ya era la segunda vez en el mes que iba al despacho del director pero al volver, jamás les decía de qué se trataba.
Sentado junto a Remus, Sirius le medio-sonrió y le guiñó un ojo, infundiéndole confianza antes de voltearse para decirle algo a una chica de Hufflepuff.
Holly supo que no podía seguir esperando a Marlene porque si no se apuraba, el resto se cansaría. Se aclaró la garganta y, luego de varios intentos, James pegó un grito para lograr que todos se callaran y le pusieran atención.
El movimiento feminista era su mayor orgullo. Ella no sobresalía en las clases, no pertenecía al "Club de las Eminencias" ni era la mejor jugadora de Quidditch, pero pensar en los pequeños cambios que había logrado desde tercero, la hacía darse cuenta que su paso por el colegio no pasaría inadvertido.
— Gracias por haber venido un año más y de paso también traer a sus amigos, — comenzó, con una sonrisa que irradiaba seguridad. — Para los viejos, un placer seguir contando con ustedes, y para los nuevos, ¡bienvenidos! Les aseguro que además de ayudar a generar un cambio positivo en el colegio, se divertirán mucho, — algunos saludos se escucharon en el aula pero Holly se centró en la mirada de aprobación de Lily: el movimiento feminista ya no era un clubsucho compuesto por sus amigos, a quienes había tenido que molestar por semanas para convencerlos, sino que más de cuarenta alumnos de todas las casas formaban ya parte de éste. — Como hicimos el año anterior, Lily les pasará un pergamino donde podrán anotar qué temas creen que deberíamos tratar desde el movimiento feminista este año, — por el rabillo del ojo, vio a Marlene entrar al aula y articular una disculpa mientras tomaba asiento junto a James. — y hoy también retomaremos el tema de los uniformes que dejamos pendiente el curso pasado.
Holly siguió hablando un rato más; durante la última reunión, una chica que ya había egresado había comentado que era injusto que a los chicos no los dejaran usar pantalones cortos en verano y a las chicas pantalón largo en invierno. Mientras ella comentaba alguna idea, algún alumno proponía otra cosa, y así se fue manejando el debate hasta que, con una idea ya más armada sobre el conflicto, Remus dejó asentado lo que habían discutido y varios alumnos se quedaron un rato más para merendar en el aula.
Con grata sorpresa, Holly notó que entre las nuevas adiciones no solo se encontraban chicos y chicas de cursos inferiores, sino también una Slytherin que jamás había pensado ver en algo organizado por ella, una sangre sucia. Victoria Rosier permanecía algo más alejada, conversando con la única otra Slytherin del salón y novia de su hermano, Emma Vanity, e Isabella Nott, de Ravenclaw. No se la notaba incómoda, conversaba y sonreía con naturalidad, pero Holly podía ver que tampoco estab en su elemento.
— El movimiento feminista, todo un éxito, — Sirius se acercó, con dos copas llenas de zumo, y la hizo brindar con él. — Has conseguido que Marls esté en un mismo ambiente con Meadowes sin querer hechizarla y además, que una Rosier se una.
Holly le dedicó una sonrisa encantada, feliz de todo el apoyo que sus amigos le estaban brindando. Al principio, había temido que el movimiento fuera un fracaso, pero al final todos habían ayudado para sacarlo adelante.
— Lo sé, tampoco puedo creerlo. Sangres puras, mestizos y sangres sucias, todos conviviendo.
— Ey, no digas esa palabra, — la retó, frunciendo levemente el ceño pero Holly le restó importancia con un simple gesto.
— Es solo una palabra. Tendrá poder negativo solo si yo lo permito, y no pienso hacerlo, — le dijo, muy segura. Sus ojos grises volvieron a posarse en Rosier antes de preguntar: — ¿Debería ir a hablarle? ¿Darle la bienvenida?
Sirius también se giró, por dos segundos. La mayoría ya se estaba yendo, con comida en las manos mientras charlaban, pero las dos Slytherins y la Ravenclaw seguían en el mismo lugar.
— Yo no iría. Me parece innecesario generar un posible ambiente incómodo.
La verdad era que, pese a la pose de niña buena, en la cabeza de Sirius Victoria Rosier era la más serpiente de todas. Siempre sonriendo, siempre jugando el papel de la chica inocente. Simplemente no se la tragaba, pero en todos los años que llevaba conociendo a la chica, jamás había hecho o dicho algo que sustentara lo que él creía, pese a la familia en la cual se había criado.
— Sí, tienes razón. Es innecesario, — acordó, dejando la copa sobre un escritorio y chequeando la hora. — Deberíamos irnos ya, McGonagall me autorizo sólo hasta las seis y media, — con una seña, el resto de sus amigos se acercó y terminó de saludar a los que quedaban antes de irse. — ¿Alguno me acompaña a las mazmorras? Debo hablar con Slughorn sobre uno de los informes que mandó.
Sirius se ofreció a ir con ella; no le agradaba andar por las mazmorras, pero menos aún que alguna de las chicas merodeara tan cerca del territorio de las serpientes, solas. Sin embargo, al llegar a la puerta del despecho, se quedó afuera esperando.
Estaba por sacar el espejo que tenía con James para comentarle que pasaría por los cocinas por un aperitivo, cuando vio a un muchacho de cabellos azabaches y rasgos similares a los suyos acercándose.
Regulus también pareció sorprendido de verlo allí, pero enseguida se compuso e intentó formar una media sonrisa; la misma media-sonrisa que compartían y los hacía verse aún más parecidos.
— Sirius.
— Ey, Reg, — saludó, levantando levemente el brazo.
Dudó. ¿Debía abrazarlo? ¿Debía ignorarlo? Sabía que su madre lo había borrado del tapiz y posiblemente se había pasado los últimos días del verano hablando blasfemias sobre él, pero Regulus seguía siendo su hermano. Sí, él había querido separarse completamente de su familia, de los Black y de lo que ellos representaban, pero… Regulus era Regulus. Él era su hermanito, la única razón por la cual había soportado a sus padres por tanto tiempo.
— ¿Qué haces por aquí? — preguntó finalmente el menor, llevándose las manos a la espalda con algo de incomodidad. — ¿Buscas a Slughorn?
— En realidad… — Sirius estaba a punto de responder cuando Holly salió del despacho, con su cabello tan alborotado como siempre y una mirada algo hastiada.
— Quiere que vuelva a escribir el maldito ensayo. Al parecer, no está a "la altura de su clase", — farfulló, colocándose un mechón detrás de la oreja. Luego, notó la presencia del Black menor y levantó las cejas, sorprendida. — Acabo de acordarme que… — pero ni siquiera se gastó en buscar una excusa, tan solo se encogió de hombros y avanzó unos cuantos metros para darles privacidad, con la mirada de ambos hermanos en la espalda.
— ¿Esa es…?
— Holly, si. McAlister, — aclaró, al ver la expresión de confusión en los ojos azulados de su hermano. — La hija de muggles.
Recién ahí, el menor pareció reconocerla. Por supuesto, Regulus jamás recordaría a alguien por su color de cabello, de piel o de ojos, pero siempre sería consciente de su procedencia.
Hubo unos momentos de silencio, en los cuales ninguno de los dos supo que decir. A medida que iban creciendo, Regulus y Sirius se habían dado cuenta que compartían menos y menos, pero jamás habían llegado al punto de quedarse parados, tiesos, evitándose la mirada.
Sirius pensó que debería decir algo. Explicarle. Posiblemente Regulus pensara que había tenido uno de sus ataques de locura, que estaba haciendo todo eso para llamar la atención o cualquier basura que sus padres hubieran inventado. Tenía que decirle, hacerlo entender, darle las razones por las cuales había abandonado a su familia, pero no podía. Las palabras no le salían y no tenía idea de que decir sin sentirse incómodo o avergonzado.
— Puedes volver a casa, — habló finalmente el menor, dándole vueltas al anillo familiar en su dedo índice. — Tienes que volver a casa, — enfatizó, esta vez levantando la mirada. — Hablaremos con mamá y papá, tú, Vee y yo. Les explicaremos la situación y ellos entenderán; jamás te harían casarte con la chica que yo amo.
Lo dicho por Regulus lo había tomado por sorpresa. Sirius se imaginaba miles de posibles escenarios, pero no uno en el cual él le pidiera que volviera a casa.
— Reg…
— ¡De seguro hasta te compran una escoba nueva y todo! — Regulus no parecía haberlo escuchado, o a lo mejor no quería hacerlo. — Estarán felices de ver cuán leal eres a mi, a nuestra familia. Estarán orgullosos de que seas capaz de sacrificar todo por mi felicidad. Mamá volverá a poner tu nombre en el tapiz y papá-
— Reg, detente. Por favor, detente, — repitió. No podía dejar que siguiera hablando, creyendo que se había sacrificado por su felicidad cuando en realidad, lo único que había hecho era salvar su pellejo dejándolo a él detrás. — El compromiso con Greengrass fue el detonante, si, pero no la única razón por la cual me fui de casa.
— ¿De qué hablas?
— Hay una guerra desarrollándose en el mundo mágico, lo sabes, ¿verdad?
— Lord Voldemort está juntando cada vez más fuerzas, lo sé, — asintió el menor, con un brillo de emoción en los ojos. — Pero no tienes que preocuparte por eso. ¡Mamá y papá estarán encantados de que nos unamos a él! Finalmente alguien que pelea por nosotros, por nuestros dere-
— No, Reg, no lo entiendes, — interrumpió. Se llevó las manos al cabello, tirando de él con frustración. No sabía cómo explicarle a su hermano, cómo hacerle entender, que sus padres y los magos sangre pura como ellos no eran los héroes del cuento que de niños les solían contar. — Yo sé que mamá y papá apoyan a Voldemort, y esa es la razón por la cual me fui. Durante toda nuestra vida, nos han intentado convencer de que el mundo está dividido en dos y que nosotros, los sangres puras, somos los buenos, los oprimidos, y "ellos", los impuros, los opresores. Los villanos del cuento.
— Y eso es así. Llevamos siglos escondiéndonos, — Sirius negaba con la cabeza, pero Regulus seguía hablando. — ¿Por qué crees que tenemos el Estatuto del secreto? ¿Por qué crees que la escuela, el Ministerio, todas nuestras instituciones están ocultas? ¡Por culpa de ellos!
— Reg, eso no es así, no es tan simple.
— ¿Alguna vez te tomaste el tiempo de leer un libro de historia muggle, Sirius? Porque yo sí lo he hecho, — aseveró, sin darle tiempo a responder. En ese momento, él parecía el mayor. — ¿Sabes qué cosas les hicieron los muggles a nuestros antepasados? ¿Escuchaste alguna vez hablar de lo que ellos mismos denominan la "cacería de brujas"?
— Si, he leído al respecto, pero eso fue siglos atrás. ¡Siglos, Reg! No puedes culpar a los muggles por eso, no después de tanto tiempo.
— ¡Persiguieron y quemaron a nuestros antepasados por ser distintos, por poseer algo que ellos desearían tener! — se enervó el menor, no entendiendo como su hermano no veía su punto. — Y nosotros nos vimos obligados a bajar la cabeza y escondernos, como si nosotros fuésemos las parias, pero ya no más.
— Reg-
— Lord Voldemort está ganando poder, Sirius, y lo está haciendo por nosotros. No por él, sino por todos nosotros, para que ya no tengamos que escondernos más.
— Reg, Lord Voldemort no es una persona a la cual debas admirar, — expuso, horrorizado de ver la emoción en los ojos de su hermano y escuchar la pasión en su voz al hablar de un genocida. — No es una buena persona, no es un héroe. Él es un asesino, Reg. Un genocida, sin compasión, sin interés por la vida.
— Y los muggles son mejores, ¿verdad? ¿Eso es lo que quieres decirme? ¿Qué ellos son menos genocidas, menos asesinos, más compasivos? — enumeró, sintiendo que la sangre le subía al rostro. Sirius no emitió sonido, no se movió; comenzaba a sentirse enfermo. — Hace unos días murió Mao Tse Tung, ¿alguna vez escuchaste hablar sobre él? Ese si que era un asesino. Un desgraciado, un verdadero hijo de puta, — continuó Regulus, ante el silencio de su hermano. — Estiman que, directa o indirectamente, sus políticas mataron a millones de personas en China. Entre diez y setenta millones. Pero seguramente era más compasivo que Lord Voldemort, ¿verdad? Porque era muggle y los muggles son seres de luz incapaces de hacer el mal, ¿cierto, Sirius? — Sirius seguía sin responder, tan solo tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en él. Siempre se había considerado a si mismo una persona leída, alguien preocupado por lo que pasaba tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle. Cuando era pequeño, sus padres siempre le demostraban lo orgullosos que estaban de que se interesara en sus conversaciones de política y en leer el diario cada mañana. Claro que, luego había comenzado Hogwarts y las opiniones que tenía ya no eran tan maleables ni agradables para ellos. Sin embargo, aunque era consciente de muchas cosas en el mundo, jamás había notado que su hermano compartía ese mismo interés, esa misma preocupación por el mundo exterior. — ¿Alguna vez escuchaste hablar de la masacre de Dersim? ¿O de lo que hicieron los franceses en Argelia? Si quieres hablar de cosas más recientes, ¿qué me dices de lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki? ¿Del holocausto? ¿De los experimentos nucleares que se están llevando a cabo en ambas puntas del mundo muggle? Nosotros tenemos varitas, tenemos magia, pero ellos tienen aparatos que podrían diezmarnos en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ellos tienen campos de concentración y bombas y quién sabe qué cosas más! Tal vez tú te sientas cómodo quedándote callado, sin hacer nada, pero yo no.
— ¡Regulus! — lo interrumpió, con el terror en su rostro. ¿Cómo alguien tan joven, tan pequeño, podía saber y odiar tanto a la vez? ¿Cómo jamás se había dado cuenta de todo lo que sucedía con él mientras estaba en su casa? Tal vez la respuesta radicaba en que nunca pasaba tiempo en su casa o con él: en Hogwarts lo ignoraba, lo evitaba, encerrándose con sus amigos y en vacaciones desaparecía, se pasaba todo el tiempo que podía en casa de James. — Estás hablando de casos de uno en un millón. De unos pocos psicópatas que enloquecieron y mataron a todos, así como lo hicieron también muchos magos contra su propia gente. ¡No puedes juzgar a todos los muggles del mundo en base a esas personas, a esos hechos!
— ¿Crees que solo existen casos aislados, casos de "uno en un millón"? ¿Crees que estas cosas, a menor escala tal vez, no suceden en nuestro colegio? Porque si lo hacen, — le aseguró el azabache. — La primer semana acompañé a Vee a la enfermería porque le dolía la cabeza y vimos a la sangre sucia esa, la que ahora anda con Macdonald todo el tiempo. Cuando nos vio, se cubrió y se fue, pero no sin que antes viéramos los moretones y raspones que tenía en todo el cuerpo, — relató, con una frialdad que le puso la piel de gallina a Sirius. — Madame Pomfrey nos comentó que era así luego de cada receso. ¿Quién crees que la golpea, Sirius? ¿Su padre muggle, enfadado de tener a una hija bruja,a alguien superior, más poderoso? O tal vez su novio, celoso y desconfiando de que ella le mienta todo el tiempo para venir aquí, — en los ojos de Regulus ya no estaba el brillo del niño que jugaba y bromeaba todo el tiempo. Su mirada era más madura, más afilada; como si hubiera visto y experienciado demasiado para tener sólo quince años. Había una profundidad, una madurez en sus palabras, en su mirada, que sobrepasaban a Sirius. — Yo no apoyo a Lord Voldemort porque soy imbécil o un "débil de espíritu", como a todos ustedes les gusta creer. No lo apoyo porque me hayan manipulado o engañado. Yo apoyo a Voldemort porque es lo correcto, porque los muggles ahora se están matando entre ellos pero no necesitarán mucho para volverse contra nosotros. Y por primera vez, hay una persona con ideas claras, alguien listo para defendernos. No solo a sus seguidores, no solo a los sangre pura, sino a todo el mundo mágico. Y tú, tú deberías estar agradecido por eso.
Sirius vio a su hermano darse la vuelta y alejarse, mientras sentía como si su corazón se hubiera hinchado y estuviera haciendo fuerza para romperle el pecho y salir. Regulus no esperó a escuchar una respuesta por su parte, aunque tampoco tuviera una; Sirius finalmente se había dado cuenta el impacto que habían tenido en su hermano las palabras de sus padres y el haber sido seleccionado en Slytherin.
Holly se acercó al ver que Regulus se había marchado. Lo llamó una, dos, tres veces por su nombre, sin lograr hacerlo reaccionar e intentó tomarlo del brazo pero él se alejó bruscamente, recostándose en una de las paredes del pasillo.
Sirius sentía su corazón latiendo con fuerza y, mientras la visión se le volvía borrosa y comenzaba a sentirse mareado, lo único que podía pensar era "no otra vez, por favor, no otra vez".
Intentó arrancarse la corbata del uniforme; sentía que no podía respirar, que se iba a morir. Su lado racional le decía que era imposible, pero en ese momento la razón no lo controlaba y su cuerpo reaccionaba a la sensación de ahogo, de mareo.
Sabía que Holly le estaba hablando, pero no podía concentrarse en su voz, en entender qué le decía, porque estaba demasiado enfocado en intentar retomar el control de su cuerpo.
— Holly, ¿qué pasó? — eso fue lo único que llegó a escuchar.
James, Marlene y Holly parecieron discutir por unos momentos y luego, lo único que ocupó su campo de visión fueron los ojos marrones oscuros de Marlene. La veía mover los labios, hablarle, pero por un tiempo solo oyó un zumbido constante. Todo detrás de ella era borroso y lo único nítido era su rostro, sus ojos mirándolo con preocupación, como si a ella realmente le importara si algo le pasaba a él.
— Sirius. Sirius, concéntrate, — su voz se escuchaba lejana, pero al menos ahora la podía escuchar. — Concéntrate en mi voz, concéntrate en mí. Tienes que respirar, ¿me entiendes? Tienes que respirar hondo y todo estará bien. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes intentar respirar? — Sirius asintió con tosquedad y se obligó a llevar aire a sus pulmones. — Muy bien, vas muy bien. Todo estará bien. Tú estarás bien. Tan solo respira.
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Megara Shafiq fue la última en entrar a la Sala Común de los Premios Anuales, con su usual sonrisa traviesa y la falda del colegio siempre dos centímetros por arriba del largo reglamentario.
Toda la Orden de la Sangre se encontraba ahí: desde Mulciber y Crouch, lo más jóvenes, hasta Carrow y Rosier, los más grandes y también, los líderes. Todos daban vueltas por la habitación, la observaban, y algunos, los más confiados, ya se encontraban sentados en los sillones color crema que había en el centro de la sala.
— ¿Y Wood? ¿No se supone que este lugar lo compartes con él?
Alecto rodó los ojos, acomodándose el cabello pelirrojo de un lado; detestaba cuando sus compañeros ponían en duda las decisiones que tomaba, pero más detestaba cuando él lo hacía.
— Entrena hasta tarde, — respondió, mordaz.
— Si, tu noviecita estaba como loca, — Antonin Dolohov, golpeador del equipo de Quidditch, se desperezó en uno de los sillones mientras se dirigía a Evan. Cassius Mulciber, quien siempre lo seguía cual perrito faldero, tomó asiento a su lado. — Pretendía que mañana nos pasemos todo el día entrenando porque al parecer, los Hufflepuff y los Gryffindor han vuelto a organizar uno de sus entrenamientos mixtos.
— Siéntense, todos. No estamos aquí para hablar de Emma, — les recordó con tono duro, manteniéndose de pie junto a Alecto, en su pose de "jefe del mundo". Detestaba cuando sus compañeros se ponían a hablar sobre su novia. — Las cosas cambiarán a partir de este año. Lo que pasó el curso anterior con Macdonald, no puede y no va a repetirse. Nosotros no salimos con sangres sucias, — apuntó, dirigiéndole una fría mirada a Nathanial Avery, sentado a la izquierda de Severus Snape, — y nosotros tampoco atacamos a sangres sucias sin una orden previa, — esta vez, su mirada se centró en Dolohov y Mulciber, quienes intentaban ocultar una sonrisa orgullosa.
— Todo el drama del curso pasado fue estúpido y sin sentido, — quiso continuar Alecto.
— Y como estaba diciendo, no volverá a repetirse, — intervino Evan, dirigiéndole una mirada mortífera que ella no dudó en sostener. Todos allí creían que, por ser mujer, la podían pasar por arriba. Que por ser mujer, ella tenía menos poder e importancia dentro de la Orden. Y Alecto estaba dispuesta a demostrarles cuán equivocados estaban.
— Y el que no pueda acatar la simple regla de "no vincularse con sangres sucias", quedará fuera, — expresó ella, con tono aún más duro y feroz, manteniéndole la mirada por unos momentos más antes de volverse al resto de sus compañeros. — Lo último que nuestro señor necesita es un grupo de imbéciles sin disciplina. Por eso, a partir de ahora y con efecto inmediato, todo plan, toda idea, toda mínima información, pasará primero por nosotros.
— Y nosotros nos encargaremos de comunicársela a nuestros superiores y llegar a una decisión al respecto.
Para ninguno de los presentes era nueva la lucha de poder existente entre sus líderes, aunque ellos si se hubieran encargado de mantener otras partes de su relación ocultas.
Algo insegura, Isabella Nott levantó la mano, esperando recibir un asentimiento de aprobación antes de hablar:
— ¿Y mi hermana? ¿Por qué está aquí?
Alecto le rodó los ojos, resoplando hastiada; la inseguridad y debilidad de la menor de los Nott era algo que siempre la irritaba.
— Es tu hermana, ¿no se te ocurrió preguntarle? — inquirió sardónica, mirándola de arriba a abajo con desprecio. — Algunos pensaríamos que siendo Ravenclaw, no serías tan estúpida.
Isabella no acotó nada, tan solo bajó la mirada, acostumbrada a los constantes abusos que recibía por parte de Alecto. Ninguno tampoco dijo o hizo algo para defenderla, aunque Megara si le lanzó una mirada de lástima. Alecto atacaba a aquellos que no consideraba lo suficientemente fuertes y comprometidos con la causa, porque para ella la debilidad y la falta de lealtad, eran los peores atributos.
— De todas maneras, ninguno de ustedes mantendrá contacto con Anastasia, — habló finalmente Evan. — Ella será nuestro contacto con el mundo exterior, pero no podemos permitir que nadie sospeche así que ustedes mantendrán sus distancias.
Una risa seca, sórdida, se escuchó, y todas las cabezas se voltearon a ver a Regulus Black, quien escuchaba el discurso con expresión aburrida.
Alecto elevó una ceja; ese niñato se creía que por apellidarse Black, estaba por encima de todos.
— ¿Algo que comentar, Black? — desafió, apretando la mandíbula tanto que los dientes debían dolerle.
— ¿En serio son lo suficientemente estúpidos para creer que Dumbledore no sabe porque Nott está aquí? ¿Realmente ese falso poder que quieren ostentar se les subió tanto a la cabeza que creen que son más inteligentes que uno de los magos más brillantes del siglo? — continuó. No había tenido una buena semana: primero su discusión con Sirius, luego las constantes presiones que estaba recibiendo para que Vera formase parte de ellos, de su grupo de prospectos de mortífagos. — Dumbledore sabe perfectamente quién es Anastasia y porque está aquí. Si ustedes quieren sentirse superiores y ser los únicos que mantienen conversaciones con ella, bien por mí, pero no sean tan ingenuos de creer que Dumbledore es ignorante de lo que sucede aquí. No subestimen a su contrincante, ese es el peor error de los principiantes.
Regulus estaba listo para retirarse, hastiado. Su semana no había sido buena y tener que además escuchar a esos dos ridículos que se creían mejor que él por tener algo más de entrenamiento, lo enfermaban. Él era Regulus Black, el heredero de una de las más antiguas y respetadas familias mágicas; él no debería estar recibiendo órdenes de personas como Rosier y Carrow.
Sin embargo, el rubio no pensaba lo mismo y lo frenó antes de que pudiera siquiera acercarse a la puerta de salida. Estando su padre casado con Druella Black, madre de Bellatrix y Narcissa, sus primas, Evan se sentía con la responsabilidad de guiarlo por el camino correcto.
— Todos los demás, retírense, — ordenó, aún agarrando al azabache del hombro. — Tú y yo vamos a hablar.
**What if I'm far from home?**Oh brother, I will hear you call!