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Dime que me quieres [Scorose] — capítulo 10

Cada tarde**me cruzo con él,me olvido de lo malocasi no puedo ni ver.

Ese debe ser un nuevo récord. Estar solo una semana en Hogwarts y ya estar castigada. Su madre de seguro le hará llegar una carta Vociferadora. En todo caso, la culpa no es por completo suya, es más, ella quería dormir, fue idea de su primo, Albus Potter, colocar polvo pica-pica en las túnicas de todos los chicos de Slytherin. Aun así, pese a sus protestas, se encuentra en el salón de castigos, con su primos medio dormido a su lado y con la profesora McGonagall dirigiéndole miraras desaprobadoras cada cinco minutos. Si tuviera alguna tarea que hacer no sería tan aburrido. Rose Weasley observa el reloj que sus padres le regalaron para su decimoséptimo y lanza un suspiro de alivio. Faltan menos de dos minutos para que la campana suene y los libre de su castigo.  —Señor Potter, no se duerma —le regaña McGonagall. Su primo se levanta bruscamente y clava la vista en un punto fijo, como aturdido. La directora de Hogwarts hace unas cuantas preguntas más sobre su familia hasta que la campana deja escapar un ruido estridente. Con la advertencia de que no se metan en más problemas de parte de McGonagall, Rose y Albus salen del salón, con dirección a diferentes caminos: Albus tiene Estudios Muggles en ese momento y Rose tiene, gracias a Merlín, hora libre. Ella decide buscar a su novio, Frank Longbottom. Por lo que hablaron en el desayuno, él tiene libre esa hora como ella. Camina hacia la biblioteca, que es el lugar más seguro donde puede estar su perfecto novio; no importa si no tienen deberes, Frank siempre está en la biblioteca leyendo algún libro, seguramente de Aritmancia. Rose busca en sus bolsillos algún chocolate que debe de tener, siempre guarda dulces ahí para alguna emergencia, algo que su madre detesta, pues a veces se olvida y deja los bolsillos sucios. Con una sonrisa de triunfo, saca una tableta de chocolate, la cual Frank le dio aquella mañana. Le da un mordisco y oculta lo demás con su túnica, no quiere imaginarse el grito que pegará madame Pince si ve que trae comida a la biblioteca, incluso peor, chocolate. En todo caso, con decepción se da cuenta que no hay rastros de su novio en la biblioteca. Donde están las mesas, solo están un total de cuatro alumnos, y cuando busca por los estantes, no hay ningún chico rubio de ojos azules que esté leyendo un libro de Aritmancia. Rose da golpecitos a su labio inferior, con aires de pensativa. ¿Dónde puede estar Frank? Está a punto de rendirse e irse a preparar las cosas para su siguiente clase cuando algo le llama la atención. No lo notó antes, pero en una de las mesas se encuentra el chico nuevo. Malfoy, aquel que le sirvió como almohada para no golpearse contra el piso del Gran Comedor al comienzo del curso. Lo mira un momento, esperando verlo hacer algo impresionante: tía Fleur dice que los chicos de Beauxbatons son totalmente magníficos. Aunque como estaba riendo tontamente y había una sonrisa pícara en sus labios, Rose deduce que debe estar hablando de cómo son en la cama. Eso explica el porqué tío Bill se veía molesto. Su tía no se equivoca. Rose recuerda que cuando cayó sobre el chico, sintió su cuerpo en perfecto estado. ¡Qué suerte debe tener su novia! Rose no es virgen, pero en los siete meses que lleva con su novio, nunca han estado juntos, Frank es bastante tímido en ese ámbito. Rose se considera una persona muy observadora  y está segura que algo le sucede a Malfoy. Desde donde está, es capaz de darse cuenta que tiene los hombros tensos y ha estado viendo fijamente su pergamino, sin hacer nada. Ella se encoge de hombros y avanza hacia él. Apretando los labios, se sienta a su lado y apoya su mano en su hombro. Malfoy salta como si le hubiera electrocutado. —Uh, espera, no soy un fantasma —ríe suavemente. El chico se sonroja, lo cual Rose considera tierno. ¡Hace tiempo que no ve un chico sonrojado!—. ¿Estás bien? —pregunta, recordando el motivo por que vino primeramente. Hay tristeza en los ojos grises de Malfoy. Mucha. Ningún adolescente debería tener tanta tristeza como la que él tiene. Rose aprieta su hombro, intentando reconfortarlo, y entonces recuerda algo que tío Harry le dijo alguna vez. —Mira, mi padrino siempre dice que la cura para la tristeza es el chocolate —Mordiéndose el interior de su mejilla, Rose parte su tableta de chocolate en dos y le da una mitad—. Ten, toma un poco. Pese a que lo acepta, él no hace movimiento alguno de llevarlo a su boca. Con una risita, Rose le toma la mano y la lleva hasta su boca. —Te juro que no lo envenené —le dice divertida. Malfoy le da una sonrisa apenada y come un poco de chocolate. Rose lo observa intensamente. El cabello de Malfoy es hermoso, parece casi blanco y le sienta muy bien con sus ojos grises. Además, tiene una linda sonrisa. Rose se muerde el labio y como impulso, acaricia sus nudillos en vez de soltar su mano. Ya ni recuerda la razón por la cual vino a la biblioteca. En realidad, parece no recordar nada. Solo sabe que Scorpius Malfoy la está mirando y que la tristeza en sus ojos se esfumó, no por un estúpido chocolate, Rose sabe que es por su causa. Y sonríe, porque algo está pasando y ella adora las cosas que ocurren de repente y dejan un lindo cosquilleo en el estomago. La magia se arruina cuando Frank Longbottom la llama desde la entrada de la biblioteca.