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La diosa olvidada — capítulo 1
— ¿Lograron llegar a salvo? —pregunté con interés. Mi padre agito su trago con pereza pero esbozo una encantadora sonrisa y contestó con diversión:
—Sí, están en camino a Los Angeles ahora —le miré con curiosidad.
— ¿Y esa malicia? ¿A qué se debe? —Él rio con suavidad.
—Cariño, los años pasan y pasan y tú sigues sin poder adivinar las verdaderas intenciones en mis gestos —hizo una pausa para beber de su trago—. No les guardo malicia, al contrario, me simpatizan, son muy populares en el Olimpo, ya sabes todos están tensos, pero el hijo de Poseidón sí que ha elevado la entrada, muchos están cambiando al bando de él, hizo una buena jugada al reconocerlo.
—Oh, entonces está confirmado que él es el semidiós de la profecía—le brillaron los ojos en afirmación, asentí—. ¿Y tú de qué lado estas, padre? Yo creo que fue más bien una apuesta arriesgada por parte del señor Poseidón.
—Bueno, tú me conoces, no tiendo a tomar bandos, la guerra no es parte de mi dominio…
—Y sin embargo te beneficias de ella —le recuerdo yo.
—Al contrario, es la guerra la que necesita de mí, ¿quieres rememorar cómo es que empezó la guerra de Troya? —Desde luego él sabia que esto no tenía fundamentos, nadie, ni los propios dioses sabían si Helena había ido con Paris por voluntad propia, por el hechizo de Afrodita o si efectivamente se había tratado de un rapto.
—Bien sabes que no tuviste que ver… con… —Su sonrisa se había vuelto aun mas grande y era tan infantil que me hizo recordar a su personalidad romana como Cupido; bueno al menos como las representaciones modernas de lo que sería "Cupido" es decir: un bebe inocente que al no saber lo que hace puede causar dolor sin proponérselo— No te creo… ¿Afrodita te envió a ti a…?
—Ya bueno, no hablemos de eso, no eh venido hasta aquí para discutir de guerras que pasaron hace miles de años —me guiño un ojo con complicidad jugando con la curiosidad de la que me sabia orgullosa poseedora.
—Está bien… pero hablando de eso jamás supe a qué lado apoyaste en aquella ocasión —sus ojos se estrechan y suelta un suspiro melancólico, como si aquel episodio le trajera gratos recuerdos.
— ¡Ah! En aquel tiempo sí que tome un lado, Afrodita me lo pidió, no podía negarme a un deseo de mi madre. —Por algún motivo que no alcanzo a comprender, aun después de todo este tiempo, mi padre llama "madre" a la señora Afrodita.
Él no nació de ella, incluso llego a existir él primero, es unos de los dioses primordiales y aún así ha preferido mantener un bajo perfil y dejar que ella tomara todo el protagonismo. Una sola vez le cuestione acerca de ello y la única respuesta que obtuve fue: "así es como lo prefiero". Después de eso jamás volví a preguntar. Y aún cuando él sabía que esa duda siempre me picaba jamás ofreció indicios de querer resolverla y cada que el tema amenazaba con salir ágilmente me reprendía con humor y guiaba la conversación por otro lado. En esta ocasión, cuando percibí la manera intensa en cómo me miraba, adivinando ya por donde corrían mis pensamientos, fui yo la que guio la conversación por otro lado.
— ¿Cómo esta ella? —pregunte, él sonrió, consciente de mi estrategia de evasión.
—Tan perfecta como siempre, te envía un regalo. —Cuando mi padre me presento a mi "abuela" lo primero que ella hizo fue pedirme que no la llamara abuela, podría llamarla por cualquiera de sus nombres o epítetos pero jamás abuela.
Decidí llamarla Afrodita, porque sencillamente era más fácil de recordar que "Filomédea", "Citerea" o menos pomposo que "Señora de las Palomas", a ella le pareció bien. Y desde aquel primer momento me amo, me convertí en su "nieta" preferida; desde ese entonces y hasta el comienzo de mi maldición, como todo el tiempo que ha estado en ejecución, me ha dado presentes. Ella dice que todas las chicas debemos ser consentidas de vez en cuando. No podía quejarme o debatir aquello, sus presentes, todos ellos, eran simplemente perfectos, oportunos, hermosos, justos y hechos a la medida para jamás dejar de lucir bella, encantadora y poderosa.
—Desde luego no sé qué haría sin ella —dije encantada.
—Vestirías como la abuela que eres, mi cielo —respondió mi padre y ambos nos echamos a reír.
—Perdone usted, juventud andante, ¿me quiere recordar su edad? —Él continúa riendo animadamente. De esta forma tan relajada es como él luce más humano; bueno, todo lo humano que un dios puede llegar a aparentar. Lo cierto es que una belleza como la que él posee es imposible (o casi) de encontrar en algún ser humano.
—No creo que sea necesario eso —dice juguetón. Luego da su penúltimo trago y continúa ya sin reírse—. ¿De qué hablábamos hace un minuto? ¡Ah claro! Percy Jackson.
—Nos hemos desviado —confirme mientras él terminaba su trago y se levantaba para preparar otro.
—Bueno como te decía, en efecto, los niños han salido bien librados y siguen su camino, gracias a ti, cielo. —Yo sabía que su destino era el Inframundo y que grandes peligros los aguardaban ahí pero me sentía aliviada de que los tres aún siguieran en la jugada. En el poco tiempo que habíamos convivido me termine encantando de ellos y esperaba que tuvieran éxito en su empresa, no obstante me entristecía el hecho de que para esos semidioses, como para tantos otros, yo no formaría parte de sus recuerdos; tal vez el sátiro pudiera recordarme en algo. No sabía si la maldición aplicaba también para sus protectores. Mi siguiente respuesta llego con amargura:
— ¿Y acaso importa? Nadie recordara eso. —Mi padre negó con la cabeza mientras servía el néctar en su vaso.
—Yo no estaría tan seguro, Poseidón podría mostrarse generoso, después de todo es el primer hijo que tiene desde hace un buen tiempo. —Incluso para mí, una prisionera, no era ajena la promesa que habían hecho los tres grandes a raíz de la profecía que había salido de labios de la pitonisa.
—Sesenta años sin procrear semidioses, si, debe ser una pena —dije sin pretender sonar sarcástica, pero haciéndolo de todas formas. Mi padre me dedico una mirada irritada mientras volvía a sentarse junto a mí. Suspire—. Lo siento, no pretendía…
—Oh tonta, ni lo digas, trato de comprender tu situación. —Eso era definitivamente lo mejor de él; jamás afirmaba que te conocía, comprendía o que se ponía en tu lugar a la perfección, él simplemente lo intentaba, a veces lo lograba y a veces no y era justo por esa razón que no emitía juicios absurdos o daba consejos tontos—. Además tú no sabes de lo que hablas porque aún no eres madre, pero yo te aseguro que por hijos, los padres somos capaces de muchas locuras. —Lamentablemente un padre en su padre y siempre terminara arruinándolo.
—Lo sé y agradezco por esa efímera locura… aunque yo dejaría fuera ese "aún" porque no pasara. —Él me sonríe con malicia como si estuviera aceptando una apuesta que le hubiese sido planteada.
Desde luego el podría hacer que yo callera enamorada de algún semidiós viajero y concibiera un hijo; pero si hay algo en que los dos coincidíamos era en que el amor de verdad no habría de ser forzado. Era verdad que en innumerables veces habíamos hecho florecer el amor y el deseo donde por sí solo no hubiese podido existir y no siempre por las razones más justas -yo sobre todo- pero entre nosotros, en nuestra reducida familia, jamás nos haríamos tal cosa.
—Una hija mía simplemente no puede cerrarse al amor —dijo con un semblante totalmente diferente: serio y preocupado.
—Una hija tuya simplemente no podría hacerlo, sería como dejar de ser... quien es —suspire y una sonrisa amarga me cruzo el rostro—. Pero tampoco es que halle cientos de posibles candidatos a esposo o siquiera pareja, ni siquiera sé si la maldición me lo permita.
— ¿Cómo que no hay candidatos y todos esos semidioses a los que ayudas? —Propuso tratando de recuperar el buen ambiente—. Con esa belleza tuya ¿no me dirás que no caen rendidos de amor a tus pies?
— ¡Son niños! —Respondí encanalizada—. Y por mucho que pueda manipular mi edad, simplemente me niego a hacer padre a un niño de 12 años.
Papá soltó una carcajada tal que hasta sus plumas se habían movido. Yo por otro lado roede los ojos y fingí que de repente había vuelto al pasado y la habitación me parecía totalmente extraña. Mis ojos viajaron al techo abovedado para admirar la araña de oro que colgaba de este y la luz ambarina suave que brindaba a la estancia.
Mi prisión era cómoda, extremadamente cómoda, eso no lo podía negar, pero por más oro que tenga la jaula no deja de ser una, y la mía en especial si que tenía oro. Fue hecha especialmente para mí, eso se notaba inmediatamente en las pinturas que adornan las paredes, que aquí y allá lucían cientos de imágenes de escenas amorosas. La mansión era un lugar elegante, amplio, con cientos de salas, habitaciones… todo para contener a muchos invitados a la vez y con salones tan grandes como para organizar bailes tan esplendidos como los del Olimpo. Todo en ella era armonioso y transmitía tranquilidad, paz y a la vez, por los colores cálidos utilizados, era un recordatorio eterno de la pasión, del amor que siempre logra exaltar los ánimos. Pero últimamente no tenía ese efecto en mí.
Al final papá había dejado de reír.
—Lo siento, cielo. Fue inevitable. Pero sabes, tal vez un día llegue un semidiós de edad semi-adulta que te haga arder y desearas ser madre. —dice con un amplia sonrisa totalmente convencido de que esto pasara, lo dejo tener la esperanza.
—Bien, bien si llega un semidiós así, un "semi-adulto" de unos… que ¿20, 22 años…?
—Eso sería darles muchas esperanzas de vida, cariño. No, yo diría de…17 o 18 años, esa fue la edad en la que te convertiste en diosa después de todo, me parece una edad adecuada. —rio.
—Muy bien, si un semidiós de entre esas edades llegara y despertara en mi el amor, entonces te prometo que nunca lo dejare escapar, es más lo raptare hasta que se enamore de mi. —Mi padre estalla en carcajadas nuevamente y casi tira su bebida.
— ¡Oh! ya veo utilizaras el "método de conquista Hades". Me gusta como piensas hija. —Aunque el "método de conquista Hades" era un chiste clásico en el Olimpo a mi no terminaba de gustarme, ciertamente el señor Hades quería hacer las cosas bien, sólo siguió el consejo del padre de la novia. Mi padre dejo de reír una vez que noto mi seriedad—. No pretendo ofender a Hades, cielo, lo sabes, pero tampoco puedo fingir que no es gracioso, además merece que me ría un poco a su costa, eso le pasa por no buscar a un experto del amor.
—Supongo que en eso tiene algo de razón…— murmuro, luego haciendo una pequeña pausa, continúo—. ¿Padre…?
— ¿Si? —respondió él.
— ¿Cómo está el señor Hades? Hace Mucho que no sé de él… desde… bueno, desde María Di Angelo.
—El tiempo ha sabido reconfortarlo, querida, pero se ha vuelto… mas sombrío desde la muerte de ella.
—Me lo puedo imaginar. Cuando sucedió la señora Perséfone vino a quedarse unos días, estaba realmente molesta. —Aquellos días habían sido una mescolanza de sentimientos, por una parte me encontraba seriamente feliz de tener compañía y por otro lado lamentaba la suerte del señor Hades, la infelicidad por la que pasaba, yo podía sentir como su corazón sufría a causa de la pérdida del amor y eso me destrozaba él había sido de los pocos que siempre habían tendido su mano en mi auxilio.
—Comprensible, pero creo que ahora ambos llevan la fiesta en paz, después de todo, Perséfone también ha tenido sus aventuras y Hades no le ha recriminado, ellos estarán bien querida, descuida. —Él se mostraba confiado y relajado y yo decidí creerle, después de todo, el había estado en el negocio más tiempo que yo.
—Bueno entonces, cambiemos de tema, cuéntame, ¿cómo están Psique y Hedoné? —Él acepta de buena gana el cambio de tema y las plumas de sus alas se alborotan un poco al contarme:
—Psique está bien, tuvimos una discusión el otro día, nada grave, ya sabes, desearía que amara a todos mis hijos de la misma forma en que te ama a ti. Y Hedoné, bueno, ya no es más Hedoné, ha decidido cambiarse el nombre. —comenta de una manera que pretende parecer despreocupada pero que en el fondo es de preocuparse.
Psique y mi padre se aman, eso no es algo nuevo, se han amado desde hace milenios, desde que ella era una princesa mortal y paso por todos esos dolores para poder regresar al lado de él (que también cargaba con un terrible dolor), se han amado a pesar de las oposiciones y los problemas; pero incluso en el amor más grande hay desacuerdos. Mi padre era el amor, el deseo, literalmente. Así que no podía ser extraño que él en ocasiones tuviera aventuras, era algo casi inevitable para él (o tal vez sólo justifico mi propio nacimiento); sin embargo Psique no siempre podía entender aquello, ella era la diosa del alma humana, ella entendía el dolor y la penuria de los humanos y, claro, la mayoría del tiempo también comprendía que mi padre tuviera esos deslices pero supongo que cuando amas mucho a alguien no te es nada fácil compartirlo con otros tantos.
—Entiéndela padre, no es fácil para ella, Psique fue humana y a veces es difícil olvidar las viejas costumbres. —dije tratando de infundirle algo de seguridad, aunque él no lo admitía tenía miedo de que Psique pudiera cansarse de eso e irse.
—Sí, la humanidad parece en algunas ocasiones una enfermedad. —murmuró pensativo.
—Ya bueno, y dime ¿a que te referías con que Hedoné ya no será "Hedoné"? —Le digo para desviarle de aquellos pensamiento, él sonríe.
—Ah que ella literalmente ahora nos exige que la llamemos: Ava. —Hedoné era una de mis tantas hermanas, por parte de mi padre, claro, era la primogénita de Psique y él. Ella fue engendrada cuando su madre aún era mortal, pero vio la luz como una diosa. Y aunque era, generalmente, un ser pacifico, desinteresado y amistoso, si que podía ser terca y caprichosa.
— ¿De dónde le ha surgido esa idea? —le pregunte curiosamente sorprendida.
—Ella dice que quiere adaptarse a la época, yo le digo que esta será tan efímera como las otras, pero no me escucha, simplemente la dejare hacer su capricho. —Sé que para mi padre era difícil comprender que un dios quisiera adaptarse a una época, normalmente se concebía a los dioses como seres todopoderosos que se encontraban en un plan tan elevado que era imposible alcanzarlos, y se les representaba tanto así que algunas veces llegaban a creerlo.
Mi padre, estaba entre esos. Claro él tenía el derecho de sentirse de esa forma, fue de los primeros, gracias a él otros dioses surgieron de Gea, pero desde mi humilde opinión no podíamos olvidar cuanto dependíamos de los débiles humanos, les hacíamos creer constantemente que eran ellos los que necesitaban de los grandes dioses y que la razón de su existencia, su destino, era cumplir aquello que les encomendábamos, no era del todo así. Todos nosotros, humanos, semidioses y dioses coexistíamos en un espacio del que no conocíamos todos los secretos y en el cual para sobrevivir era necesaria la cooperación mutua, a veces, tanto ellos como nosotros, lo olvidábamos.
—Es un lindo nombre, dile que me encanta su elección. —Él resopló.
—La mayor es ella y sin embargo tú la consientes como si fuera una niña, tiene varios miles de años… pero lo haré, tenlo por seguro, estará encantada de tener apoyo.
—En cuanto a Psique…—continuó de buen humor—.Dile que recuerde quien es ella y que ninguna mortal, nunca, podrá superarla. —Ahora él volvía a sonreír.
—Están llenas de sabiduría tus palabras, hija, Atenea incluso podría reclamarte como su creación.
— ¿La señora Atenea? —Dije negando con la cabeza—. Lo dudo. Ella siempre se guía por el raciocino, nosotros en cambio somos todo lo contrario, el amor y el deseo jamás siguen otra lógica que no sea la suya y dudo mucho que incluso podamos llamarlo lógica.
—Cierto —concordó él—. Pero por eso es que somos tan especiales, Cielo. —Sonrío, eso es verdad.
—Tal vez también debería cambiarme el nombre, ¿qué te parece? —Él da un sorbo a su néctar. Y alza las cejas.
— ¿Y cómo te llamarías? —preguntó curioso.
—No sé… no estoy muy actualizada en cuanto a los nombres de "moda", ¿tienes alguna sugerencia?
—No, no realmente…—dice, pero inmediatamente agrega—. Tal vez puedas usar el invento de Hermes para encontrar uno, es muy popular entre los humanos según sé y entre los dioses también se está haciendo un espacio.
—Sí, eh escuchado algunos rumores, internet ¿no? ¿Así es cómo lo llaman? — ¿Desventajas de estar maldita? no sabes realmente que pasa en el mundo. El tiempo pasa y pasa y trae nuevas y maravillosas cosas consigo, pero aquí, en mi prisión, realmente no podías sentir si el tiempo corría o no.
La casa, cuya construcción fue supervisada por la misma señora Atenea, efectivamente cambiaba con el tiempo, había comenzado como un palacio griego, paso por lo medieval y lo renacentista, fue tocado por el barroco, el romanticismo, por cada corriente que hubo y que seguro habrá. Ahora era una especie de mansión tan amplia como una isleta y tan solitaria que efectivamente lo era; y a pesar de todas estas trasformaciones el tiempo parecía no hallar placer en manifestarse por aquí. Los innumerables invitados que habían traspasado sus puertas eran como un soplo cálido de viento que me recordaba que el mundo seguía vivo, que yo misma seguía y seguiría por siempre viva, aún cuando no me sintiera de esa forma. Por desgracia el último soplo fueron Percy Jackson, Annabeth Chase y Grover Underwood y su esencia ya comenzaba a desvanecerse, volvía el tiempo a ralentizarse y pronto se detendría por completo. Así es como siempre era.
—Efectivamente, Hermes alardea siempre sobre eso —confirmó mi padre.
—Tiene derecho, padre, es realmente muy popular su uso o eso creo, Percy Jackson se ha sorprendido de que no tuviera conocimientos sobre esa… plataforma.
—Debes actualizarte querida, vives mas entre los humanos que entre los dioses, tal vez te sea útil seguir algunas de sus costumbres, podrías al menos pasar el tiempo. —Quería decirle: "claro, porque pasan tantos humanos por aquí y se quedan tanto tiempo que realmente llegamos a conocernos". Pero supuse que eso no le haría gracia, así que en cambio conteste:
—Sí, puede que tengas razón, pediré tener algo de eso al señor Hermes.
—En ese caso te dejare unos cuantos dracmas extras, cariño. —Anuncio satisfecho. Al amor no le importaba el dinero, pero tampoco, siendo un dios iba a no tenerlo.
Asentí en agradecimiento a mi padre. Él se retorcía de una manera graciosa en el sillón tratando de buscar una posición cómoda para sus alas. Cuando era pequeña yo realmente deseaba tener unas alas, como las de él; me imaginaba por ahí volando con unas, literalmente, flamantes alas doradas, como las del fénix; pero claro con el paso del tiempo y los sucesos deje de pensar en ello, hoy, al verlo el recuerdo regreso a mí y con ello el deseo. Tal vez si le pedía que me concediera unas él podría…
—Casi han terminado de descargar los paquetes tus sirvientes pronto me tendré que ir —dijo interrumpiendo mis pensamientos. Su voz estaba cargada de tristeza, de preocupación e inquietud, lo mismo que percibía al final de cada visita.
—Lo sé, descuida, lo entiendo, ya me he acostumbrado a ello de cualquier forma —declaré con la voz casi divertida tratando de brindarle consuelo.
—No puedes mentirle a tu padre, Eurime —respondió él a cambio.
—No, desde luego no puedo —le confirme.
Media hora después los sirvientes invisibles habían descargado todo del carruaje de mi padre y lo habían llevado todo a mi habitación, les agradecí y supuse que estos habían hecho un asentimiento. Papá y yo hablamos un rato más sobre cosas triviales, pedimos el servicio del señor Hermes y comimos algunas delicias. Hacía las 6 de la Tarde la habitual sonrisa encantadora de papá había abandonado su rostro. El día había terminado y el crepúsculo comenzaba asomarse en los límites…
—Es hora de irme…—dijo con voz profunda y tétrica dejando que la frase flotara.
—Lo sé. —le respondí.
Por primera vez en todo el día Gizhell se acercó al salón, primero tímidamente asomando solamente la cabeza por el marco de la puerta, posteriormente dejo ver sus patas delanteras y por ultimo entro caminando lentamente hasta que llego a dónde yo estaba. Venía a visarme que era la hora.
—Ya sé, mi querida Gizhell, descuida —le conteste. Ella inclino su cabeza y la fue bajando hasta ponerla en mi regazo, ella sentía mi tristeza. Le acaricie la cabeza y un profundo y sensual ronroneo emergió de lo profundo de su garganta.
—Es una buena compañía, ¿no es así? —pregunto mi padre, sonriendo con tristeza.
Gizhell era una tigresa, de pelaje blanco y cuyas características rayas tenían un color dorado. Al igual que yo, ella, era inmortal. Su altura rondaba el metro ochenta y era una criatura terriblemente peligrosa y mortal para humanos, semidioses y monstruos. Era mi compañera y muchas veces mi protectora. Ella era un regalo de Afrodita, eso no era de extrañar considerando que se trataba de una criatura de incalculable belleza.
—Lo es. —le confirmé. Papá asintió y luego se levantó, Gizhell se puso en guardia atenta a los movimientos que él hacía. Papá le sonrió y le dijo—: Tranquila, gatita, no la dañare.
Ella le gruño un poco, pero se retiro a un extremo de la sala y continúo vigilándolo desde ahí.
Siguiendo el ejemplo de mi padre, me levanté y juntos comenzamos a caminar rumbo a las puertas de la mansión. Hicimos el camino lo más lento que pudimos pero al fin llegamos a las puertas; él me dio un fuerte abrazo y sin decir una palabra se aparto, me sonrió; extendió las alas y se alejo volando, dejándome ahí, en mi prisión, sola de nuevo.
—Adiós, padre. —murmuré. Gizhell se restregó contra mí, recodándome que yo no estaba sola. Le sonreí. —Entremos, Gizhell.