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Lo que Harry no supo ver: el secreto de Ron y Hermione — capítulo 36

Ron se permitió sumergirse en su pena durante un solo día. Después de, esta vez sí, conjurar los hechizos protectores, se sentó sobre un viejo tocón frente al lugar donde estaba montada la tienda cuando él la abandonó y lloró durante horas. Lloró por haber sido tan imbécil por abandonar lo que más quería en la vida. Lejos de la influencia del Horrocrux, comprendió muchas cosas. La más importante era que había tardado siete años en comprender que lo que le llenaba el pecho cada vez que veía a su molesta mejor amiga no era otra cosa que amor. Y, no sabía cómo, ella le correspondía. Si no no habrían compartido esos besos ni le hubiera hecho el amor. Era cierto que ella no había querido formalizar nada entre ellos, pero la propuesta de no ir más allá fue de él en primer lugar. Cuando ella le preguntó si al invitarla a la boda de Bill iban a ir como amigos o como algo más, él debió pedirle que fuera su novia. Besarla y anunciar que eran pareja delante de toda su familia. Explicárselo a Harry en el primer momento que tuvieran los tres a solas. Pero no, él tuvo de dudar y decirle aquello de mejor ser discretos. Llevaba años siendo discreto con sus sentimientos, casi asustándose de ellos, y aquello le había ido de puta pena. Los escondió cuando Hermione le gritó después del baile de Navidad que la próxima vez fuera lo suficiente valiente como para escogerla como primera opción. Y los volvió a esconder cuando, después de que ella le pidiese ir juntos al baile de Slughorn, él no tuvo otra ocurrencia que liarse con la pava de Lavender. Y lo único que consiguió fue herirlas a las dos. Lavender no siquiera le gustaba, pero aún así se sintió mal haciéndole daño. Llegó la noche y Ron seguía sentado en el mismo tocón, llorando y culpándose de todo, hasta que se sorbió ruidosamente la nariz y decidió que había sido suficiente. No iba a ayudar a sus amigos perdiendo el tiempo como un inútil. Recordó un cuento que su madre le contaba de niño. Una chica fue a despedir a su amor al puerto de su pueblo y le prometió que le esperaría, tardase lo que tardase. Así que cada día se sentaba en un banco, esperando mientras envejecía. Sus vecinos ya no se sorprendían por verla siempre quieta y sola, en el mismo lugar, mirando el mar. Se quedó tanto tiempo allí que se convirtió en roca, sin que nadie jamás se diese cuenta ni la echase de menos. Su madre decía que era una historia de amor, pero él pensaba que era una historia de mierda. La chica debería haber buscado la manera de encontrar a su amor, por ejemplo enrolándose en un barco. Quizás habría muerto sola igualmente o se habría ahogado en un naufragio, pero al menos no habría desperdiciado su vida esperando. Ron no pensaba ser cómo esa chica, así que se puso un límite: si al amanecer no había señales de sus amigos, dejaría de esperar y haría algo. No podía quedarse allí eternamente, aferrándose a la improbable posibilidad de que ellos volvieran a por él. Mientras observaba la luna ya alta en el cielo, sopesó sus posibilidades. La primera, obviamente, era volver a la Madriguera. Pero su madre le daría un abrazo de esos que hacen crujir los huesos y luego le mataría cuando supiera que había abandonado a sus amigo. Los gemelos le aniquilarían. Y lo peor sería Ginny. Podría aguantar el odio en sus ojos, pero no soportaría decepcionarla. No a su hermana pequeña. Ella le había hecho prometer que cuidaría de Harry y Hermione, ¿Cómo mirarla a la cara después de aquello? Sabía que Ginny le interrogaría sobre cada mínimo detallito, era la mejor en eso. Y él no iba a ser capaz de esconder algo tan grande como que Hermione estaba embarazada. Y entonces Ron cayó en la cuenta de algo muy importante. No sólo había abandonado a Harry y Hermione, sino también a su bebé. Ya le había fallado incluso como padre aún antes de nacer. Ron se obligó a sí mismo a no dejarse llevar por esos pensamientos, pues sabía que acabaría hundiéndose, y se siguió esforzando en pensar alternativas. Tampoco podría volver a Hogwarts y hacer como si nada hubiera pasado. La información que tenía en su cabeza en relación a los Horrocruxes era muy peligrosa si caía en malas manos y las opciones de Snape para sacársela eran múltiples, pasando por torturas, veritaserum, legeremancia o robo de recuerdos. Hogwarts estaba descartado. Quizás podría irse lejos. Estaba seguro de que Charlie le acogería sin ponerle demasiadas pegas, pero desde Rumanía no podría ayudar demasiado a la causa. Entonces pensó en Bill. ¿Por qué no? Su hermano siempre le había dicho que podía contar con él, pasase lo que pasase. Bill estaría decepcionado y enfadado, pero no le juzgaría. El refugio era un lugar seguro, protegido por el Encantamiento Fidelio, que Ron conocía perfectamente desde pequeño. Hacía muchos años ya, cuando la propiedad aún era de Tía Muriel, que Molly le había revelado a Ron la dirección. Ron sabía que podría aparecerse allí sin ningún problema. El sol empezó a salir y Ron estaba hambriento y helado. Esperando tomar la decisión correcta al no estar dispuesto a morirse congelado sobre un viejo tocón en el culo del mundo, se desapareció con rumbo a la casa de su hermano mayor, esperando que este le acogiera con la misma calidez que siempre. Aunque esta vez no se lo mereciese.