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Historia 194918 — capítulo 2

─ ¿Por qué no puedo ir a Durmstrang? ─ preguntó Sheron por enésima vez. Aira y Byron volvieron a interrogar a Albus con la mirada, y este solo largó un corto suspiro de exasperación. Luego se puso de pie delante del joven, quien mudó la expresión, de furia y odio, a un miedo absoluto.

A Albus le agradaba saber que aun conservaba aquel temor en el muchacho, pues era casi incontrolable. La única forma que siempre había encontrado era ponerse firme, y ser muy duro con él… No lo deseaba de esa forma, pero no sentía que hubiera otra manera.

Sheron era temperamental, rudo y siempre estaba a la defensiva; como Aira de niño, pero aún peor… Era agresivo, y tendía a utilizar palabras hirientes. Usaba la inteligencia para lastimar a los demás y alejarlos de sí.

Albus no deseaba que fuera así. Jamás se había cruzado con alguien tan difícil de sobrellevar; y mucho menos de su propia sangre. No quería dejarlo ir a Durmstrang. Si iba allí, quien le garantizaba que no se haría fuerte y más malvado… Albus tenía miedo; no por sí mismo, sino por los demás. Sheron era un niño, pero tendía a ser peligroso…

Siempre le había gustado hacerse daño a sí mismo solo para torturar a su pobre hermana, quien veía el cuerpo humano como una máquina de rayos X viviente, como Ewan…

Ya hacía catorce años desde la ida de Ewan, y Albus todavía no superaba del todo su perdida. Había dejado de viajar al pasado para poder cuidarlo. Ewan, según las líneas temporales, ya debía estar con él en Hogwarts, o viajando por el mundo… o buscando la cura… En cualquier caso, en su presente él ya no estaba. Solo quedaba la sombra suya dentro de Albus, quitandole el sueño además de los años…

Sheron, ahora que Albus se había puesto de pie, parecía un mocoso desgarbado y no el niño feroz que pretendía ser hace unos segundo atrás. Era bajito; algo raro ya que los quintillizos Cox siempre habían sido medianamente altos; y tenía una mandíbula definida que Albus muchas veces le hubiera gustado golpear.

Pero Albus jamás fue una persona golpeadora. Nunca en su vida le había levantado la mano a nadie, mucho menos a un niño. Su manera de herir era otra, más fría, más profunda… Sheron sabía que Albus podría cortarlo como con un cuchillo afilado si quería; podía hacer que se sintiera miserable, arrepentido y hasta inmundo… Al muchacho se le hacía imposible sostenerle la mirada mucho tiempo, seguramente viendo en ella lo que Albus pensaba al respecto. Con él no jugaría, no berrinchiaria, ni se lastimaría a sí mismo…

La primera vez que lo vio lastimarse, fue durante un verano en casa. Lena y él siempre discutían, pero esa vez fue distinto. Lena tenía once, y había regresado de su primera incursión con Albus a ver un enfermo. Algo leve, una aneurisma, algo que Albus consideraba que Lena soportaría, ya que era una muchacha impresionable. No era sencillo para ella ver sangre, ver un cuerpo desarmado, en descomposición; ni siquiera le agradaba ver los cortes y rasguños… El mínimo corte la ponía mal; y Albus, como buen abuelo, trataba de acompañarla y hacer que mantuviera la calma.

Ese día Lena estaba entusiasmada; había podido ayudar a un hombre con su problema. Era el inicio, el comienzo de una carrera maravillosa. Pero para Sheron el entusiasmo de su hermana no le pareció suficiente… Comenzó a burlarse de ella, de su debilidad, y Lena y él discutieron. Albus lo estaba dejando pasar, pues eran hermanos y los hermanos discuten, es su trabajo…

Pero luego Sheron tomó un cuchillo de la cocina y se cortó una pequeña parte del brazo izquierdo. Solo se hizo una línea desde el hombro al codo, pero fue lo suficientemente profunda como para que Lena comenzara a gritar y llorar. Igualmente, lo que más le llamó la atención fue el poco titubeo; la decisión en la mirada de Sheron fue lo que lo desconcertó a Albus. El pequeño parpadeo que hizo al sentir el inicial filo del cuchillo sobre la piel, pero ni una mueca. No carraspeo, ni chillo, ni se quejo del ardor luego.

Albus lo vigilaba desde entonces, porque no fue la última vez que intento algo parecido…

─  ¿Para que me quieres en Hogwarts? ─ susurró con el entrecejo fruncido, mirando el suelo.

─  Sabes perfectamente porque - le respondió Albus cruzándose de brazos.

Aira y Byron parecieron relajarse por tener al fin a Albus allí. Ambos aún eran muy jóvenes, y Lena nunca les había traído tantos problemas… Sheron era como un grano en el culo.

─  ¿Por qué no me lo explicas? ─ le pidió de mala gana, cruzándose también de brazos.

─ ¿Por que te urge ir a Durmstrang? Ni siquiera sabes que tipo de escuela es…

─ ¡Claro que se! He estado… leyendo ─ añadió en un susurro al darse cuenta de con quién estaba hablando.

─ ¿Leíste sobre Durmstrang?

─ Leí sobre los Cox… ─ admitió mirando hacia su padre. Albus arqueó la ceja entonces, extrañado. ─ Mi tatara abuelo fue a Durmstrang…

Albus se volvió hacia Byron con una ceja curva hacia arriba y este, sorprendido de que su hijo lo supiera, asintió. Entonces dio un paso hacia él.

─  Tu tatara abuelo se vino a Inglaterra. Él quería que nosotros vayamos a Hogwarts…

─ No, él quería alejarlos de tu madre… Eso dijo el Tío Douglas ─ se atrevió a añadir intuyendo una cachetada de Byron.

─ En Hogwarts está tu abuelo… ─ apoyó Aira lo más dulce que le fue posible. Aira nunca había sido dulce; en realidad, era tan ácida como su hijo, pero a veces empleaba ese tono suave y cariñoso en busca de que su hijo se aferrara a ello, cosa que no sucedía.

Al contrario, sus palabras hicieron que el ceño de Sheron se frunciera y sus labios formaron una mueca; entonces Albus confirmó que el problema era ese precisamente: que Albus era el Director. Podría agarrarlo de las bolas si quisiera, que él tendría que hacerle caso, y eso era precisamente lo que Sheron había tratado de evitar desde que era un niño…

─ Yo no voy a hacer dos viajes por ti ─ soltó Albus dándole la espalda, hacia sus padres ─ ¿Y ustedes? Irás a Hogwarts, Sheron.

Escuchó a sus espaldas la respiración de Sheron aguitada, conteniendo las palabrotas que seguramente le habría gustado decirle, pero no se atrevía.

Albus se volvió sobre sus talones y dirigiendole una última mirada de advertencia, salió de la casa.

Les había dejado a Aira y a Byron la casa que le había regalado a ella de chica, la que compartían con Emma y Ewan. La habitación de Ewan era de Lena, por supuesto. Había estado muy agradecida de heredar todas sus pertenencias, todas sus anotaciones y libros. Mientras que Sheron se quedó con la de Aira, un poco más ancha y con más espacio; ahora que lo pensaba mejor, quizás eso también había hecho crecer su ego…

─ Abuelo ─ escuchó la voz de su nieta antes de terminar de bajar las escaleras. Ella se abalanzó para darle un fuerte abrazo de despedida.

Lena era muy dulce, muy sentimental. No se extrañó en absoluto cuando el sombrero la envió a Hufflepuff.

Sus manos le rodearon la fina cintura. Había crecido mucho ese último año, cosa que lo ponía un poco nervioso. Lo ponía nervioso pensar en su próxima adultez, ya que todos parecían crecer terriblemente rápido, excepto él...

Lena era naturalmente hermosa, y se parecía muchísimo más de lo que quería a Ewan que a Aira. Llevaba el cabello corto hasta los hombros, de un intenso y lacio color canela. Le caía alrededor como constantemente sacudido por el viento, un extraño movimiento que a Albus lo hacía recordar a Ewan… Y sus ojos eran profundos, de un rojizo brillante: los ojos de los Albot; pero Lena tenía ese brillo de la inocencia, esa dulzura innata propia de ella.

Todo lo veía con dulzura y pensaba que cada parte de la vida cumplia un proposito natural. Como buena Hufflepuff, pensaba que todo lo que la tierra daba algún día se devolvía, y su filosofía la ayudaba a sobrellevar el pequeño problema con su don. Era pacifista, alegre y sencilla.

Albus se sentía cómodo con ella como si formara parte de una extensión misma de la tierra. Era como una hoja sacudida por el viento, una gota de lluvia de verano, el sonido del mar en calma. Lena era paz, y estar cerca de ella hacía que la magia desconsolada en su interior se apaciguara. Bastaba que hablara para sentir como su Obscurial en el interior dejaba de agitarse.

Albus tenía pesadillas por las noches, momentos en los que veía u oía la voz de Ewan llamándolo. Recuerdos muy vívidos de sus momentos juntos. Incluso ver su sonrisa en sueños lo desconsolada… Por ello, Albus intentaba no dormir y ocupar su tiempo. Se quedaba largas horas en su despacho leyendo libros que ya había leído, practicando magia en soledad, meditando en la Torre del Reloj…

Aún no había podido hacer a un lado las cosas de Ewan en su escritorio (*). Sus pertenencias dormían en el interior de los cajones, pero aún estaban allí; y él, cuando se sentía realmente mal por ello, los descubría y pasaba horas observandolos. Algo estúpido. Catorce años habían pasado ya. Ewan solo estaba en su interior, o al menos una parte de él, rondando como un fantasma hecho de magia (Su Obscurial) inquietandolo; recordandole que le había salvado la vida y que tarde o temprano debería pagar por ello.

─  Te veré pronto ─ lo saludó Lena separándose para regresar a la casa. Albus levantó una mano sobre su cabeza para devolverle el saludo junto a una sincera sonrisa.

Lena había sido un regalo, y era uno de sus principales motivos para estar agradecido.  

*Albus tenía un escritorio de Ewan en el despacho, al lado del de él, donde le enseñó a leer, escribir (Ewan era de 1800 y era alafabeto cuando conocio a Albus) y estudiaban juntos para convertirse en medimago.

**Dejaré pequeños (*) para las personas que no leyeron, ni quieren leer la primera parte. Espero que con esto puedan entender igual, sino pregunten!****Y espero que vayan disfrutando del comienzo de esta historia.**Besos y abrazos! Nos leemos pronto!