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Historia 24095 — capítulo 1

MI VERDADERA NATURALEZA

Capitulo 1:

Era un día de primavera, como otro cualquiera. Por cierto, me llamo Kinuk y soy una joven de 23 años. Era campesina de una pequeña aldea. Mis padres habían mueto tiempo atrás, cuando yo tenia 10 años. Desde entonces, vivía acogida en un grupo de hombres. Pero la vida allí no me gustaba. Las águilas gigantes todavía sobrevolaban de vez en cuando el campamento, y los hombres no eran sino cazadores. Realmente, no llegábamos ni a “aldea”, porque he de decir que era la única mujer entre ellos. Lo que no imaginaba era que aquel día, a principios de mis 16 años, toda mi vida daría un cambio brusco. Os lo contaré.

Todo comenzó una mañana en la que me desperté, como de costumbre, temprano. Debía hacer mis tareas. Podéis imaginaros cuáles eran si vivía entre hombres: sanar las heridas, lavar la ropa....

Bien, iba hacia el río a lavar la ropa, cuando descubrí a dos de los hombres que me habían acogido y a otros cuatro más, con algo inusual en su poder.

Lo que tenían allí apresado era una gigantesca águila, tan grande cómo un dragón.

Posé mi mirada en los ojos de aquella criatura, que luchaba por liberarse.

Me estremecí, inquieta. La voz sonaba claramente, pero ninguno de los otros hombres parecía oírla.

Descubrí, para mi asombro, que era el águila el que se estaba comunicando conmigo.

Me quedé en el sitio, observando a los seis hombres que la apresaban.

Uno de ellos, que yo conocía muy bien, levantó una enorme espada sobre el pecho del animal.

-!No, para!-grité corriendo hacia él.

Pero antes de llegar a mi objetivo, unas manos sucias pero fuertes, me agarraron por los brazos. El de la espada se volvió hacia mí. Su mirada me infundía respeto, pero yo nunca había temido a los hombres. Sostuve su mirada. Su espada se apoyó en mi cuello y ordenó a los dos hombres que me soltasen. Caí con estrépito al suelo.

-No deberías estar aquí, niña- me escupió el hombre golpeándome en la cara. Giré la cara hacia él de nuevo y clavé mi mirada es sus ojos azules. Un moratón cubría mi rostro. Se giró de nuevo hacia el águila, que me miraba inquieta. Me arrastré hacia ella y me apoyé en su enorme cuerpo, pero al hombre no pareció preocuparle. Levantó aún más la espada. Cuando iba a bajarla, una flecha se clavó en su mano. Soltó un grito y dejó caer la espada. Un grupo de, para mi decepción más hombres, se acercaron a nosotros. Pero pude observar que estos eran mucho más bellos que los de mi grupo. Casi todos rubios.