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¿Cómo llegamos aquí? — capítulo 8

Especial navidades pasadas: perfecta navidad imperfecta

Este es un capítulo especial acerca de las navidades anteriores.

CJ estaba en casa esperando a que los diferentes especimenes de su excéntrica familia apareciesen. Su familia por parte de madre era muggle. En cuanto a la familia por parte de padre, no sabía nada de ellos. Después de la muerte de su padre no los había vuelto a ver. Llamaron a la puerta insistentemente. Solo una persona llamaba de esa manera, con golpes cortos y muy rápidos. Se levantó cansinamente para abrir la puerta. Al otro lado una mujer de aspecto severo cabellos blancos la miraba con el ceño fruncido. Siempre había temido a su abuela. Era la única que la conocía. Sus primos eran unos gamberros, pero un poco idiotas. CJ ideaba toda clase de planes y juntos los ponían en practica. Y ella, con su dulce carita siempre se libraba de los castigos. Excepto una vez. Su abuela sabía que ella no era lo que aparentaba. Que no era una inocente niñita de trenzas. y por eso en aquellas navidades de años atrás la castigó. Aquel día de navidad habían dejado a los niños en casa de la abuela. Y su abuela, viendo que estaba sola con ellos podía hacer lo que quisiese la encerró en la biblioteca después de haberla pegado con su bastón. Desde entonces sus primos y ella no habían vuelto a gastar una broma pesada a la abuela. CJ sonrió al abrir la puerta. Ese año sería diferente.

Hacía frío. Mucho frío. El vaho se escapaba de entre sus labios mezclado con el humo de un cigarrillo. No hacía tiempo como para estar a la intemperie con unos vaqueros desgastados y una simple chaqueta. Pero a ella no le importaba. No quería entrar. Prefería estar fuera. Aunque le diese una hipotermia. Había discutido con su tía. En realidad eso era lo único que sabían hacer. Estaba subida a la caravana, desde allí podía escuchar lo que ocurría abajo. Su tía ya estaba borracha. Igual que su novio. Navidades de quinto curso. Nochebuena. En realidad, era como un día cualquiera. Nunca le habían gustado las navidades. No le gustaban por que representaban cosas que ella no conocía. Eran fechas para ser feliz en familia. Ella no tenía familia. Ni la tendría nunca. No estaba hecha para eso. Cuando cumpliese los 17 se iría de ese lugar para siempre. Iría a vivir a Londres. A la mansión familiar. La gran mansión de la familia Dark. Por que toda la herencia era suya. A su tía no la quedaba nada por ser una squib. El tapiz familiar la había rechazado. Pero a ella no. Eso significaba que era una sangre limpia. La última de los Dark. Toda la fortuna sería suya. Y se libraría de su tía. Lo haría de tal manera que nadie pudiese acusarla. Parecería un accidente. Todos sospecharían de ella. Pero no habría pruebas con las que acusarla.

Ese curso estaba siendo de lo más excitante. Sus bromas y gamberradas eran cada vez mayores. Aunque no le convenía meterse en demasiados líos. Si la policía volvía a detenerla la meterían a un reformatorio. Y su tía lo sabía. Por eso no hacía más que provocarla. Sabía que iba a ser un nuevo año muy duro. Pero en silencio y mirando a las estrellas deseó que fuese mejor. Deseó que la vida le sonriese una vez más. Por que por suerte tenía a sus amigas. Aunque ellas también la subestimaban y solo veían a Sophie, la despistada. Pero aún así las quería. Eran lo único que tenía.

Katie estaba sentada en una gran mesa rodeada de gente. Había toda clase de hombres de negocios con sus familias. Odiaba aquello. Siempre había querido tener unas navidades normales junto a su padre. Pero no. Allí había más de doscientas personas mirando cada uno de sus movimientos. Y no podía disfrutar de la velada con su padre por que él estaba hablando junto a otros magos importantes. La cena ya había concluido y los invitados se paseaban alrededor del salón de baile. Ya había tomado unas cuantas copas de champagne. Quizá demasiadas. Mierda. Ya estaba borracha. Otra vez. Subió a su habitación esquivando hábilmente a las pesadas invitadas que querían darle conversación. Era inevitable. Y las malas lenguas ya lo comentaban. La joven señorita Brooks era incapaz de mantenerse sobria en una fiesta. Por supuesto que su adinerado y atractivo padre ni se había percatado. Llegó a su habitación y con un par de hechizos la insonorizó y cerró con llave. Se sentó en el suelo apoyando la espalda en la cama y metió una mano por debajo de esta, tanteando mientras buscaba algo. Sacó una botella de whisky de fuego. Era lo que tenía la alta sociedad. Todos fingían ser personas moralmente intachables, pero a solas, en la oscuridad de la noche, todos tenían sus pecados y debilidades. Y estaba permitido tenerlas. Siempre que fuese con discreción. Pero ella estaba dejando de ser discreta. ¿Qué más daba lo que los demás pensasen? ¿Quién podía reprocharle algo? ¿La señora Malfoy? De ella decían las malas lenguas que le gustaban mucho los jóvenes magos. Más de lo que a una mujer casada le deberían gustar. ¿O quizá la señora Lestrange? Se comentaba que tenía un amante muggle. Todos ellos estaban podridos. Cada cual tenía sus secretos. Ninguno de ellos era quien para juzgarla.

La luz de la luna entraba por la ventana. Los sonidos de la fiesta inundaban la estancia. Ojalá su madre estuviese allí. Pero su madre se había largado. Todo el mundo pensaba que había muerto. Pero no, en realidad había huido de la indiferencia de su marido y la había abandonado. Pero no podía juzgarla. Ella deseaba hacer lo mismo. Sabía que su padre la quería, pero los negocios siempre estaban por encima de todo. Y eso fue lo que le ocurrió a su madre. Se acabó la magia. Ya nada era como al principio. Recordaba el día en que teniendo cinco años había oído a su padre hablando en su despacho con el abogado y se había enterado de que su madre había huido cuando ella tenía solo unos meses. Lloró mucho cuando supo aquello. Aunque su padre no sabía que lo había oído. Pero con el tiempo había logrado comprenderlo todo. Sabía que su padre seguía odiando a su madre por haberles abandonado. Y que se lo tomaba como si no los quisiese. Pero ella lo entendía. Sabía que los quería. Que los quería demasiado como para seguir soportándolo. Y que no los había abandonado. A quien abandonó fue a su padre. Pero no quería que él se quedase solo, quería que le quedase alguna esperanza. Y Katie era su esperanza. Pero llegaría el momento en el que ella también se iría. Y su padre se quedaría solo y sin esperanza.

Lily cenaba con sus padres y su hermana en casa. Ese año sus tíos no habían ido a cenar con ellos, pero a cambio irían a comer el día de navidad. Ya llevaban más de la mitad de la cena. Y estaba harta de escuchar a su hermana criticarla y hablar sobre un chico que había conocido hacía poco. Un tal Vernon. Buff, con ese nombre estaba segura de que debía de ser un tipo gordo, grande y feo. Y por la cara que ponía su padre él debía de estar pensando lo mismo. Harto de escuchar hablar sobre ese tal Vernon le dijo:

-Hija, ¿por que no traes a ese muchacho a comer mañana?-Así podría hacerle el quinto grado.

Esa era la manera en que sus hijas llamaban al interrogatorio que hacía a los novios de Petunia. Y también el juego de poli bueno y poli malo. Es que el padre de Lily era un estricto policía. Aunque con su hija pequeña se le olvidaba todo lo que tenía de estricto. Lily era su ojito derecho. Quizá por que le recordaba mucho a su madre. Era como una versión en miniatura de ella. Si se veían fotos se podía apreciar que Lils era igual a su abuela. Tenian los mismos ojos, el mismo pelo. Iguales en todo. La gran incógnita era a quién había salido Petunia. Por que desde luego que no se parecía a su madre. Y a su padre tampoco.

-Ni hablar no pienso traer a Vernon a esta casa de locos. ¿Y si el fenómeno le hace algo?

La madre de Lily puso cara de resignación. Ya estaba acostumbrada ese tipo de escenas. Que se hicieron cada vez más frecuentes desde que Petunia supo la verdad. Pero el padre de Lily no se resignaba a que nadie se metiese con su hija.

-Petunia, retira ahora mismo lo que has dicho o vete a tu cuarto.

-Claro, tu siempre la defiendes a ella-gritó Petunia- tu pequeña Lily no puede hacer nada mal. A pesar de que siempre este metiendose en líos la culpa siempre es mía.

El padre de Lily se levantó de la silla furioso y gritó:

-Ya es suficiente. Petunia Anne Evans vete a tu cuarto ahora mismo.

Petunia se fue escales arriba y cerro la puerta con un portazo.

Lily se sentía culpable. No le gustaba que su padre se pelease con su hermana. Y cada vez se peleaban más. Pero le daba la impresión de que solo la utilizaban como excusa para no enfrentarse de frente. Aunque no lograba adivinar por qué. Dejó el tenedor sobre el plato y dijo en apenas un susurro:

-Se me ha quitado el hambre. ¿Puedo irme a mi habitación?

Su madre asintió levemente con una tranquilizadora sonrisa.

Cuando salió de la habitación su padre enterró la cara entre las manos mientras su madre recogía los platos. Al pasar por al lado de su marido le acarició la nuca en señal de apoyo y él alzó la cabeza.

Miró el dulce y sereno rostro de su esposa. Sabía que últimamente estaba siendo demasiado duro con Petunia. Pero ella lo provocaba. Sobre todo desde que había descubierto la verdad. Algún día tendría que enfrentarse a ella cara a cara.

-¿Es que nunca tendremos un día de paz en esta casa?

º.º.º.º.º.º.º.º.º.º.

q os a parecido??

este es un cap especial por navidades. en el proximo seguimos con la historia.

espero q os haya gustado y me dejeis algun rr para ver q os parece.

os deseo Feliz Navidad a todos!!!

Bss.

Q papa noel, santa claus y el olentxero os traigan regalos bonitos.

pasaoslo bien en nochebuena. Mucha fiesta y descontrol!!!jajaja...

Muxux enormes paratodos!!!