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Historia 24279 — capítulo 5
Fairness
-Ah, señor Potter. –un anciano vestido con una túnica dorada se acercó a él con una dulce sonrisa en la boca.- Señorita Weasley, -añadió, mirando a Ginny, que asintió a modo de saludo.- Soy Jacob Swinburn, miembro del Wizengamot.
-Encantado, señor –dijo Harry, estrechando la mano que le ofrecía. El anciano estrechó también la mano de Ginny y se mesó la barba, que le llegaba casi hasta el pecho.
-Me ha gustado tu discurso, muchacho. Y sólo puedo decir que Dumbledore habría estado orgulloso, sí señor. –dijo el anciano con energía.
-¿Conocía a Dumbledore? –preguntó Harry interesado, aunque supuso que era obvio si aquel hombre también pertenecía al Wizengamot.
-Claro que sí, muchacho, éramos viejos... colegas.
-¿Ya estás contando tus historias, Jacob? –dijo otra voz, que a Harry le resultó conocida.
-Hola, Hermes –dijo Swinburn con una afable sonrisa, al tiempo que Harry se giraba para verlo llegar hasta ellos.
-Buenas noches –dijo en general.- Harry, ha sido impresionante. Creo que Scrimgeour tiene dolor de cabeza...
-Le estaría bien –dijo Ginny con fiereza, antes de que Harry pudiera abrir la boca. Hermes y Jacob sonrieron.
-Vaya... ¿quién protege a quién? –preguntó Jacob, su vista saltando de uno a otro.
-Es algo mutuo. –replicó Ginny.
-Desde luego. –dijo Hermes.- Y así es como todas las parejas deberían de ser, pero sólo ocurre en extrañas ocasiones. –hizo una pausa y miró a Harry directamente.- ¿Ya has pensado lo que vas a hacer?
-Todavía no. Aún tengo que hacer mis exámenes.
-Cree que los va a suspender... –comentó Ginny irónica.- Pero, si conozco a Harry, acabará acudiendo a ustedes.
-Estupendo. –asintió Hermes, encantado.- Nos veremos pronto, entonces.
Cuando pasó por el pasillo hacia su habitación aquella noche, con un hechizo silenciador en sus zapatos para no despertar a nadie, los ronquidos de Ron resonaban por toda la casa. Ginny ya había subido a su habitación, y él se había quedado un rato fuera de la casa, pensando. El señor Weasley había sido más afortunado, y se había podido escapar de la fiesta horas antes.
La habitación de los gemelos ya no tenía ninguna caja de éstos, así que Harry dormía tranquilo en aquella habitación. Menuda noche habían tenido... Ya casi era de día. Y Harry sabía que no podría dormir. Se cambió su túnica de gala por unos viejos harapos de los Dursley, cogió su escoba, y volvió a salir afuera, al aire fresco.
El sol empezaba ya a salir cuando vio otra figura caminando por el campo, escoba en mano. Descendió hasta ella, y Ginny le sonrió saludándolo con la mano.
-No podía dormir.
Y era normal, pensó Harry. Volaron a gusto durante horas, se persiguieron, echaron carreras... Se divirtieron. Para cuando entraron en la casa, la señora Weasley ya tenía el desayuno preparado, y Ron engullía sentado a la mesa.
-Buenos días –saludó Harry sonriente. Ya estaba de buen humor.
-Buenos días, Harry, Ginny. –la señora Weasley se acercó a la mesa indicándoles que se sentaran y levitó dos desayunos hacia la mesa. A Harry le pareció que cada desayuno era una cena completa para dos personas, pero no protestó. Estaba hambriento.- Me sorprendió veros esta mañana volando –comentó la señora Weasley, mientras los dos dejaban sus escobas a un lado y comenzaban a comer. Ron levantó la cabeza para mirarlos medio dormido, pero siguió metiendo comida en su boca y no dijo nada.- después de lo tarde que llegasteis ayer.
-No pudimos dormir. –dijo Ginny, entre bocado y bocado.- Fue una noche movida.
-Tu padre me comentó algo al llegar. En fin, el Profeta no tardará en venir, así que sabremos lo que se dice pronto.
No había acabado de decir aquello, cuando una lechuza se posó en el alféizar de una de las ventanas y le tendió el periódico. La señora Weasley le entregó unas monedas y recogió el diario. Harry observó su cara mientras leía la portada. Al principio una arruga se instauró en su frente, y la boca se le abrió mucho. Leyó indignada durante toda la página, y luego miró hacia él.
-¿Qué ocurre? –preguntó Ron, hablando por fin. Harry vio que ya había terminado su desayuno.
Por toda respuesta, la señora Weasley le tendió el Profeta a su hijo.
-Harry... ¿dijiste eso delante del Ministro? –dijo Ron impresionado. Esbozó una sonrisa maliciosa y añadió:- Eres mi héroe...
-Ron, no seas idiota. –dijo Ginny, volviendo a ponerse de mal humor y arrancándole el diario de las manos. Leyó rápidamente a través de la portada.- Palabra por palabra. Según... –murmuró vagamente, paseando su vista por la página en busca de un nombre.- Joseph Windsword estás algo paranoico, aunque reconoce que eres un gran mago.
-Paranoico –repitió Harry, mientras seguía comiendo su desayuno. Acababa de asumir una nueva actitud: no le importaba lo que dijeran de él en el Profeta.
-Ahí va... Rita es increíble –Ron, Harry y su madre miraron hacia ella sin comprender.- Ayer me estuvo contando cotilleos y ha puesto bastantes en su columna...
-¿No pone nada de Harry? –preguntó la señora Weasley inquieta.
-No. Rita ha prometido no volver a escribir sobre él. –explicó Ginny.- Aunque supongo que de vez en cuando nos hará algún guiño... No creo que pueda resistirse a eso.
-¿Realmente son tan importantes los E.X.T.A.S.I.S.? –Ron miró a Hermione exasperado, y Harry pensó que había llegado el momento de que el pelirrojo dejara de repasar.
-¡Ron! –Hermione cerró su libro de Defensa contra las Artes Oscuras de golpe y lo miró incrédula. Luego miró a Harry, que estaba recostado contra una de las paredes de la Madriguera con un libro de Pociones abierto ante él.- Harry, dile que espabile, a ver si a ti te hace caso. Yo me voy a tomar una infusión.
Y falta le hacía, pensó Harry. No le habría venido nada mal relajarse un poquito. En cuanto se fue, el pelirrojo lo miró a él.
-¿Y tú por qué estudias tanto pociones? A este paso, sacarás un Excelente. –murmuró.
Y eso era exactamente lo que habría querido. No confiaba demasiado en sus posibilidades con las Pociones, pero tenía clara una cosa: era la única asignatura que le importaba en aquel momento. De alguna manera, quería saber que Severus habría podido sentirse orgulloso de él. Era una forma de honrar su memoria, quizás. Sólo sabía que quería hacerlo lo mejor posible. Y lo demás... bueno, sabía cosas, sin duda, pero no le importaba en exceso la nota que iba a sacar, porque era consciente de que un examen no podía evaluar todo lo que un alumno sabía, excepto, a lo mejor, en el caso de Hermione, que siempre parecía saberlo todo.
-Ojalá... –dijo en un suspiro, para volver a centrar su atención en el libro. El pelirrojo no dio señal de haberlo escuchado, pero volvió también al libro que tenía entre las manos.
A tres días de los exámenes, la señora Weasley les había prometido que el sábado organizaría una comida con toda la familia, y algunos más de la Orden. Harry deseaba que llegara aquel momento, pero sabía que Ron lo deseaba mucho más. Incluso Neville había pasado a verlos dos días atrás, con alguna que otra pregunta para resolver. Por supuesto, Hermione había resuelto sus dudas en un abrir y cerrar de ojos, y había mirado desaprobadoramente a Harry y Ron cuando vió que ellos también apuntaban su explicación.
-Buenos días –saludó la señora Weasley con una enorme sonrisa el domingo por la mañana. Su cara se arrugó un poco al ver a Ron, que se revolvía el pelo distraídamente mientras soltaba un enorme bostezo.- ¿No has dormido bien?
-No. Pero no te preocupes. Ahora voy a volver a la cama. Sólo he bajado a desayunar.
-¿Ah, sí? –preguntó la señora Weasley sorprendida, mientras el desayuno de Ron llegaba a la mesa.
-Sip, -dijo Ron con convencimiento.- Hoy no voy a hacer absolutamente nada.
-Yo tampoco –dijo Harry, aunque él no pensaba volver a la cama. Era demasiado tarde, y no tenía ningún sueño.- ¿Dónde está Hermione?
-Ha salido afuera hace una hora. Está con Ginny. –contestó la señora Weasley, mirando a Harry con ternura. Harry desvió la mirada, y se concentró en su desayuno.
De pronto, una llama brilló en la chimenea, y los tres miraron hacia ella. La profesora McGonagall los miró desde las llamas. Parecía preocupada.
-Harry, -dijo, nada más verlo.- Necesito que vengas al Ministerio inmediatemente.
-¿Qué ha ocurrido, Minerva? –preguntó la señora Weasley alarmada.
-Tienen a Remus.
Harry se levantó de un salto y, mientras lo hacía, su pijama cambió de repente por una túnica azul marino. Ron sintió que un escalofrío lo recorría de pronto. Su amigo no dijo media palabra, pero cuando el pelirrojo volvió a mirarlo, ya no estaba allí.
Harry siguió a McGonagall dentro de la sala en la que un día se había celebrado otro juicio contra él. Para tratarse de algo repentino, estaba bastante llena, pero todo el mundo miró hacia atrás cuando lo vieron entrar a él detrás de la profesora. Umbridge y tres hombres más parecían ser los únicos jueces, sentados allí arriba. Harry se preguntó dónde estaba el Wizengamot.
-Dolores ha declarado que lo juzgará su Departamento, por ser el único afectado de la infracción de Remus –susurró McGonagall mientras los dos se sentaban en doble fila.
-Pero, ¿qué ha hecho? –preguntó Harry, apenas conteniendo la magia que luchaba por salir de él. Estaba furioso.
-El Ministerio aprobó la adopción de Lucy y John por los contactos de la Orden, pero Umbridge quiere revocarla y mandar a Remus a Azkaban por infringir la ley.
Mientras hablaba, la profesora miró hacia el otro lado de la sala, donde John y Lucy se sentaban en compañía de Kingsley. Justo en la fila de atrás, Harry vio a Tonks, que por primera vez en su vida parecía nerviosa. ¿Qué podía hacer él? Fawkes, pensó, y al instante el fénix se apareció ante él envuelto en llamas.
Umbridge, que estaba hablando en aquel momento, lo miró entre sorprendida y acusadora, y toda la sala admiró al fénix. Harry acercó su cara a él mientras le acariciaba el plumaje.
-Necesito que vayas a junto de Rita Skeeter... –pidió en un susurro.- que se entere de esto, y que haga algo al respecto.
El fénix volvió a desaparecer inmediatamente, y Harry se remangó levemente la manga de la túnica para observar la cicatriz impresa en su mano con odio. Luego miró a la causante con igual sentimiento y asintió brevemente para sí mismo.
Remus tenía una mueca de resignación, la que había llevado en la cara durante toda su vida como licántropo. Había parecido real, incluso, aquel tiempo que había vivido junto a Tonks y aquellos dos niños que les habían caído del cielo. Tenía que haber sabido que no podía durar. Umbridge seguía leyendo su condena en medio de los murmullos que había por toda la sala, hasta que se escuchó un leve carraspeo. Umbridge paró de leer para mirar a quienquiera que hubiese hecho el ruido y siguió leyendo, pero de nuevo volvió a escuchar aquel insistente carraspeo.
-¿Sí? –preguntó con su voz chillona, claramente enfadada por haber sido distraída de su labor.
-Alguien dijo una vez en mi presencia que aquel que es acusado de algo tiene derecho a que otra persona lo defienda. –dijo la inconfundible voz de Harry. Remus se giró y sintió cómo aquellos ojos perforaban a Umbridge. Se alegró de no estar al otro lado de aquella mirada.
-El... acusado es un licántropo, no...
-Para mí es una persona como otra cualquiera –interrumpió Harry. McGonagall le lanzó una mirada de advertencia que dejaba entrever aprobación.- Remus nunca le ha hecho daño a nadie. Y todavía hay licántropos sueltos que sí lo hacen. A lo mejor habría que preocuparse de esos, y no de alguien con buen corazón que acoje a dos niños en su casa. Ya se lo advertí hace poco al Ministro.
-Y no veo que te haya hecho mucho caso. –comentó Umbridge despectivamente.
-Porque, casualmente, esa tarea le correspondería a su departamento, profesora –dijo Harry irónico, escupiendo la última palabra con ira.- Si no suelta a Remus inmediatamente, el Ministerio dejará de tener valor para mí.
-¿Me estás amenazando, Potter? –chilló Umbridge. La sala entera contuvo el aliento.
-No, -dijo Harry finalmente, intentando tranquilizarse.- simplemente estoy diciendo que Remus no se va a quedar aquí, va a volver a su casa ahora mismo, con esos dos niños –añadió, señalándolos.- y haré lo que sea necesario para que así sea.
-De acuerdo. –dijo Umbridge amenazadora.- Dawlish, Shacklebolt, cogedlo. –ordenó, señalando a Harry.
Kingsley no se movió de su sitio, y ni siquiera pestañeó. Dawlish miró hacia Harry, al parecer sopesando sus opciones. Umbridge lo apremió con una seña, pero el auror siguió mirando indeciso a Harry.
-¿Por qué no me coge usted misma? –sugirió Harry, poniéndose en pie. McGonagall se irguió a su lado.
-Escucha, Dolores, ¿por qué no dejas que se vaya? –pidió la directora.
-¡Ni hablar! –gritó Umbridge, y su varita lanzó un hechizo no verbal contra Harry. Éste sonrió con malicia, levantó una mano para disolver el hechizo, y un instante después se apareció a escasos centímetros de Umbridge, mirándola fijamente a los ojos. Ella retrocedió levemente, por primera vez asustada.
-Llevo el mal dentro de mí –susurró Harry, de modo que sólo ella pudiera oírlo.- Acabas de verlo en mis ojos. Sólo es necesaria una razón para que lo libere.
Los ojos de Umbridge se abrieron muchísimo, y por un momento algunos pensaron que Harry la atacaría, hasta que vieron aparecer de nuevo al fénix, que se llevó a los dos niños, y el mismo Harry puso una mano en el hombro del licántropo instantes antes de que los dos también desaparecieran.