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Historia 24568 — capítulo 51

"51.- Calma aparente." Prefacio: …-A mi me parece que hay gato encerrado, y que el diablo ése tiene costumbres de ratero. Y tengo para mí que, como buenos hijos de Dios, si hay algo que no debemos permitir es el robo a sus ovejas, aunque el ladrón sea el mismo Belcebú… (Segundo compadre)

Todo era tranquilidad en el cielo… en la tierra… en el infierno… en el universo. ¿Pero cuanto más podría durar toda esa tranquilidad inestable? Las cosas iban y venía como cual manto alocado era en sí la reverberación de las cosas. Se iba y se venía… pero fuera de aquellos enemigos, entre la calma de las cosas había decisiones difíciles de tomar. Decisiones que eran causantes de una relatividad adversa a lo mantenido por la humanidad. Habían cosas diferentes… puntos clave en todas las regiones, cosas que a la gente que le pasaba pensaba en que todo aquello no era más que algún sueño o el efecto del alcohol, pero cada cosa tiene una relación… y no vale perturbar a las cosas, pues cada leyenda tiene su contra… cada creencia tiene su verdad… **"""« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »"""**Eran alrededor de las once de la noche, el viento fresco de noche soplaba y asustaba hasta a los perros que rondaban en busca de comida por El Oro, en el Estado de México, en México. Los árboles suecos que adornaban las calles por esquinas se agitaban lentamente mientras los sonidos escalofriantes aterrizaban por entre los callejones de las casas de antaño que aún se mantenían en pie. Mas sin embargo, tres personas se encontraban en una esquina, una señora y dos hombres que parecían estar contando algo de sumo interés.

-Déme otro atolito, mamá Rita, pero bien caliente; ¿usted quiere otro compadre? -Dijo uno de lo señores, el más alto de ellos. -Si compadre; y póngale bastante canelita, mamita, que así me gusta más. Este diálogo tenía lugar frente a La Puerta de Tierra, bajo el portal que existe en esa barriada. Mamá Rita era una viejecita que, durante años, había vendido atole, tamales y demás antojitos a los parroquianos que frecuentaban el sitio, centro del movimiento comercial de la ciudad, que constituía una de las entradas y salidas hacia el interior. El portal estaba acondicionado como mesón rústico, y sus mesas casi siempre las ocupaban viajeros, negociantes y personas que disfrutaban contemplando la actividad que allí se desplegaba. A la hora en que conversaban los actores de este momento, alrededor de la media noche ya, escasos clientes había en el mesón y ya no se veían transeúntes en la calle. El vigilante cabeceaba sentado sobre un madero adosado al portalón, y a la luz vacilante de los mecheros se adivinaba el perfil de la muralla. Los trasnochadores de marras, estimulados con el calor del atole e incitados por la soledad reinante, derivaron en su plática a las consejas de ultratumba. -¿Ya estará por llegar el volán de Hampolol? -¿Por qué pregunta, compadre? -Le diré...: Es que me acuerdo de que, cuando yo hacía viajes por esos pueblos, una vez me pasó algo que, nada más de pensarlo, me pone la carne de gallina… sin duda alguna algo me pasó esa noche que no recuerdo bien… pero allí le va… -A ver, a ver, compadre, cuénteme, cuénteme -dijo el otro señor, que interesado dio un trago a su atole caliente. -Pues sí, de esto ya hace algunos años. Más o menos como ahora, venía yo de Bolonchenticul por el camino que usted seguramente conoce, con más piedras que el pellejo de un atacado de viruelas. Por suerte no era época de lluvias, porque de haber sido así no estaría yo contándoselo. -¡Siga, siga, compadre, que se pone interesante! -Pues, como le decía, venía por el bendito camino, cuando de repente veo adelante, como a unas cincuenta varas, una lucecita. Aunque yo no soy miedoso, como usted sabe, me preparé por si se trataba de un salteador. Pero, mientras me acercaba, empecé a sentir que me temblaban las piernas, fue una increíble y terrible sensación a la vez. Yo no soy supersticioso; pero como uno oye tantas cosas, pues pensé, a lo mejor es un espanto; porque dicen que así se tiembla cuando se aparece un alma. De todas maneras armándome de valor seguí por el mismo camino, pues no había otro, hasta que llegué a la lucecita. Y no lo va usted a creer; había un hombre todo vestido de negro, pero un negro sorprendente mi señor amigo…, sentía como si ese señor cargara un peso terrible encima, pues se escuchaba el fuerte sonido de las víboras rodearlo, pero estaba acurrucado junto a la lucecita, al que yo no podía distinguir desde lejos; y, al querer bajarme para ver en que podía ayudarlo, él alzó la vista y... -El señor se detuvo. -¡¿Qué pasa, compadre? ¿Se te olvidó el cuento?! Antes de contestar, el compadre se tomó el resto de su atole ya frío, y dijo: -¡Otro atolito, mamá Rita, para que yo me calme! Pero la vendedora ya se había retirado a descansar de modo que el compadre tuvo que prescindir del paliativo del atole, y prosiguió: -¡Qué va compadre! ¡Si eso no se puede olvidar! ¡Y aquí viene lo mejor! Alzó la cabeza para mirarme, y haga usted de cuenta, las brasas de un fogón, así eran sus ojos, que echaban chispas. Enseguida comprendí; ¡Era el demonio! Los caballos se pusieron a relinchar y yo, muerto de susto, no me podía mover! Solamente pude decir: ¡Jesucristo! ¡Y vi cómo el Malo retrocedió tapándose la cara, como si alguien lo estuviese golpeando! Entonces, reaccionando, azucé a las bestias, que emprendieron una loca carrera. Pero felizmente, llegamos al próximo poblado sin novedad. Y ése es el cuento; por eso preguntaba yo si habrá entrado el volán de Uayamón, no sea que al carretero le pasó lo que a mí en Bolonchenticul… pero se me olvida algo compadre… cuando iba a toda velocidad, montado sobre los caballos, sentí que alguien me susurraba un nombre extraño… no comprendí el nombre hasta el día siguiente cuando me levanté… -¿Y cual era el nombre, compadre? -Mephist… Ambos se quedaron un rato en silencio, hasta que el segundo habló. -Pues, mire, compadre, ahora yo le voy a contar lo que a mí me sucedió. Y conste que es la primera vez que lo voy a decir. Entretanto, los conversadores se habían quedado solos en el mesón del portal, y en la calle desierta únicamente se veían las sombras de la muralla alargándose sobre el suelo al resplandor de los hachones colgados de La Puerta de Tierra. -Ahí le va el cuento, compadre. Como usted sabe, mi mamacita, que en paz repose, murió hace ya varios años. Y usted sabe también que Dios no nos mandó hijos; así que en la casa de usted no vivimos más que mi mujer y un servidor. Una noche, faltando poco para el cabo de año de la difunta, fui despertado por alguien que me llamaba. Sacudí a Eduviges, que estaba profundamente dormida, para preguntarle si ella me llamó; pero su respuesta, con perdón de la palabra, fue un insulto, que no quiero repetir, y siguió durmiendo. Cuando ya volvía yo a mi sueño, oí de nuevo que me llamaban. Me senté en la hamaca, sorprendido, y miré hacia el rincón de donde salía la voz. ¡Y le juro por Dios, compadre, que allí estaba mi madre! Ya se imaginará usted que me quedé más mudo que una pared titiritando como un perro empapado. Se dirigió el fantasma a donde yo me encontraba, y me dijo: Hijo, siento asustarte, pero no te voy a causar daño, únicamente deseo que no olvides a aquellos que pronto vendrán… pues el que fue encerrado milenios atrás volverá para vengarse de todos aquellos que lo encarcelaron en los abismos, y aunque a tu mujer no le agrade, debes advertir a aquellos que lo mismo han visto… Y te prometo que ya no me volverás a ver. Y se esfumó. Al día siguiente puse a Eduviges al corriente de lo ocurrido, pero se rió y me dijo cuatro frescas. Entonces no hice nada… sé que debí advertir al sacerdote de la región, según dicen por entre las ruinas que hay debajo de la tierra se encuentra un mural con descripciones sobre el maligno… -¿Y que pasó después? El compadre hablaba tenuemente, y de reojo observaba la calle quieta y obscura. -Pues esto fue lo que pasó. Que una noche Eduviges me despertó con gritos y, señalando al rincón, tartamudeaba: ¡Allí, allí! Y, efectivamente, era otra vez la difunta, pero esta vez sus ojos eran enormemente rojos… unas alas de murciélago gigantes le crecían por los costados, y de su boca salía una lengua de serpiente muy larga, y unos dientes tan filosos y llenos de sangre. Así que, dominándome, le pregunté qué quería y ella me recordó que no me había ocupado de advertir a quien correspondiera el llamado de alerta. Y regresó al otro mundo. Como pude, tranquilicé a Eduviges, que cayó presa de un acceso nervioso, y, luego de una semana de fiebre y convalecencia, fue ella quien me rogó que la llevara a la iglesia para solicitar las misas en sufragio del alma de mi mamacita. Y nunca más he vuelto a verla en el rincón de la casa, pero recuerdo aquellos ojos tan rojos, esas alas… y ese nombre que al escucharlo de su boca compadre, me quedé un poco intranquilo. -¿Qué fue lo que escuchó, compadre, cual era el nombre? -Mephist… -¡Por mi madre sea! Por un instante los dos compadres callaron, pensativos. Y no era que temiesen a lo desconocido;  pero no intentaban levantarse de sus sillas. Con aprensión atisbaban hacia la calle que conducía a La Puerta de Mar, oscura como una boca de lobo. De pronto, los alertó un ruido que provenía del lado oriental de la calle de la muralla. Pusieron atención y oyeron pasos: alguien se acercaba. Y no se equivocaban. Súbitamente surgió ante ellos una figura cadavérica que portaba un féretro sobre sus hombros. Sin percatarse de los trasnochadores, el macabro personaje desfiló frente a ellos, que no salían de su asombro. El enviado del inframundo se deslizó junto al guardia que dormía plácidamente y se perdió rumbo al castillo de San Juan. -¡Vámonos, compadre, antes de que regrese! Pero el compadre yacía en el suelo casi desmayado. El conciente sacó arrastrado a su amigo de debajo de la mesa y, venciendo su terror, corrieron como venados perseguidos por un cazador. Una media hora más tarde volvió a pasar por La Puerta de Tierra, ahora de occidente a oriente, el cadáver con su féretro a cuestas. Pero no era ningún fantasma… no, era algo mucho peor… aquella silueta maligna que destruía toda vida a su paso lentamente, observando las cosas de norte a su y de este a oeste… la encorvadura de su espalda y las enormes garras que llevaba destazaron al velador que de él solo la lámpara que tenía a un lado quedó como rastro. Y aquella figura demoníaca desapareció… en la oscuridad de la noche, noche en que las señales se hacían cada vez mas grandes… en una calma aparente que nadie sospechaba.

Pero los compadres ya no visitaron más La Puerta de Tierra, porque no deseaban revivir la experiencia de encontrarse con el espectro que, según ellos, rondaba noche a noche por las calles de la muralla… Ambos compadres se encargaron de distribuir la información al sacerdote, que puso en alerta al pueblo, de posibles ataques… el padre sabía perfectamente a quien debía alertar… pero debía viajar hasta Inglaterra para hacerlo… precisamente hasta el Valle de Godric. """« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »""" Aquella ciudad… ciudad llamada: San Martín, solitaria por las noches y por aquellos días un poco lúgubres… no era por el simple hecho de que las cosas fueran entre desafortunadas y adversas, las cosas empezaban a ser un poco antipáticas. Pero contaba la leyenda que hasta hace algunos años existía, a corta distancia de lo que hoy es el centro de la ciudad, una estrecha  callejuela conocida con el nombre de Callejón del Diablo. La citada vía, que empezaba en el descampado de San Martín y desembocaba en La Zanja, consistía en un pasadizo sombrío bordeado de árboles frondosos y atravesaba un paraje solitario en el que, a modo de vivienda, se descubría una casucha paupérrima habitada por un tísico. Como se comprende, ya sea por el enfermo, por el nombre del callejón o quizá por su lobreguez, el hecho es que poca gente se aventuraba de día por esa ruta; y quien la utilizaba, procuraba salvar su recorrido apresuradamente. Naturalmente, de noche únicamente los temerarios se atrevían a cruzar la tal callejuela; teniendo para ello que valerse de todos sus sentidos, pues después del ocaso reinaba allí una profunda oscuridad. Y viene el cuento. En cierta ocasión, uno de aquellos bravos que son capaces de tragarse el propio diablo volvía a casa, luego de una sabrosa plática con sus compañeros de la ritual tertulia nocturna. Se internó en el callejón y, hallándose casi a mitad del camino, acertó a vislumbrar una figura que se apoyaba en el tronco de uno de los árboles mencionados. Tuvo un ligero sobresalto, pero inmediatamente se recuperó y mustió para sus adentros: -¿Con que forajidos a mí, eh? ¡Ahora verás! -Y empuñando las manos, se dirigió resueltamente hace el sujeto. Ya se encontraba a unos metros del individuo cuando, de pronto, se iluminó la escena y surgió ante los ojos del valiente un ser horrendo que reía malignamente. El noctámbulo sintió que la tierra se hundía bajo sus plantas; pero, acicateado por su instinto de conservación, en lugar de desmayarse se puso pies en polvorosa, logrando así evadirse de una segura desgracia. La noticia de que el callejón de marras se aparecía el demonio cundió entre la población y, a consecuencia del incidente ocurrido al trasnochador de la historia, se propaló que otras personas ya habían sido asustadas por el monstruoso espectro. Y, si regularmente el callejón  era escasamente transitado en las noches, al comprobarse que según el nombre, un demonio con el nombre de Mephist se había establecido en él, ya nadie osaba ni por equivocación usar este camino después de ocultarse el sol. Y, como sucede siempre que se trata de las calamidades públicas, alguien ducho en cuestiones diabólicas aconsejó que, para evitar que el diablo comenzara a incursionar fuera de su reducto y se abatiese sobre la comunidad quién sabe con qué malditos fines, se depositaran diariamente bajo el árbol infernal algunas ofrendas, de preferencia joyas y monedas de oro. Y así se hizo. Lo curioso del caso es que los supersticiosos que todas las mañanas iban a dejar obsequios al demonio, observaban que los del día anterior se habían esfumado, lo que les afirmaba en su convicción de que el diablo se complacía con los regalos que el pueblo le brindaba. Pero el misterio llegó a oídos de dos fornidos pescadores sanfrancisqueños, que ya se las habían visto en sus correrías marinas hasta con basiliscos, de manera que estaban curados de espanto. Y dialogaron así los lobos de mar: -¿Qué te parece lo del diablo de San Martín? -A mi me parece que hay gato encerrado, y que el diablo ése tiene costumbres de ratero. Y tengo para mí que, como buenos hijos de Dios, si hay algo que no debemos permitir es el robo a sus ovejas, aunque el ladrón sea el mismo Belcebú. -¿Crees que podamos hacer algo? -Preguntó el primero, -Sospecho que sí -contestó filosóficamente el interpelado. Entonces, ese mismo día, al filo de la medianoche, dos siluetas penetraron resueltamente en el pavoroso callejón. Y, como es de rigor, el presunto demonio esperaba pacientemente apoyado en su árbol para infundir el terror del más allá al desprevenido transeúnte que se arriesgase a ingresar en aquellos dominios del infierno. Ya estaba el padre de las tinieblas listo para encender su cartucho de azufre y mostrarse a los que se aproximaban cuando súbitamente, a la luz de una antorcha nacida de la nada, vio emerger la imagen peluda, armada de negros cuernos y larga cola, del auténtico Mephist. No se reponía todavía de la sorpresa cuando experimentó en las posaderas la mordedura de un fuego que le quemaba las entrañas, y que no era más que un tizón al rojo vivo que diestramente acababa de aplicarle en esa región uno de los pescadores; pues ya supondrá el lector que los sanfrancisqueños eran los autores del contraataque diabluno. Presa de un pánico indescriptible, el cavernícola sólo atinó a decir: -¡Jesús, el diablo quiere llevarme! -Y, profiriendo aullidos demoníacos, emprendió velocísima carrera, comparados con la cual los récords olímpicos no son sino juegos de niños. A la noche siguiente, los pescadores se apostaron en el callejón, y, aunque montaron guardia hasta el alba, el diablo no apareció por ningún lado. Sin embargo, al poco tiempo de la vergonzosa retirada del adversario, se averiguó que un prominente personaje de la localidad se debatía entre la vida y la muerte a causa de una extraña y repentina enfermedad que, en forma de llagas, se le manifestó en los glúteos, aparentemente producidas por quemaduras profundas. El individuo sanó porque, según opinión del vulgo, se arrepintió de sus culpas y donó a una institución para pobres un lote de joyas, entre las cuales muchos creyeron reconocer las que ofrecieron al diablo junto al árbol. Así fue ahuyentado el Ángel Malo de su madriguera de San Martín. Y solamente quedó como recuerdo de los sucesos acaecidos el sugestivo nombre de Callejón del Diablo con que se designó durante largos años al siniestro recoveco antes de que, con el avance de la urbanización, desapareciera definitivamente de la red de vías pintorescas de la ciudad.

Pero eso eran lo que todos creían, pues había una sola persona que supo perfectamente que Mephist o fuese quien fuese, no saldría así nada más, no, según se dice los demonios deben guardar sus posturas y esperar el momento para atacar, puesto que las cosas van de una forma u otra y las cosas entre ese callejón eran misteriosas, pues aquel joven sabía que bajo la casa del enfermo, había un recorrido por escaleras que bajaban al recinto de los apocalípticos manuscritos infernales… y el alma y esencia de aquel que alguna vez los había enterrado allí, seguían para cuidarlos hasta que retornara el verdadero cuerpo y los reclamara una vez más.

-Espera mi llegada, Harry Potter… -El joven dio un suspiro y echando a correr se perdió por el camino que llevaba al puerto. **"""« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »"""**Una noche del mes de Abril del año de gracia de mil quinientos cincuenta y dos, desembarcó en las playas de Campeche un grupo de personajes misteriosos. La maniobra ocurría en la zona de los manglares, que ahora se hallan a un paso de la ciudad, pero que, en aquel entonces, estaban a considerable distancia del pequeño puerto y se perdían en la espesura tropical característica de la región. La del desembarco era tierra de nadie, y la selva que allí crecía propicia para disimular diligencias de forajidos. De más está anotar que el silencio reinaba en el lugar y que, a excepción de las figuras que se agitaban en la playa, ningún otro ser humano podía localizarse a esas horas en las cercanías, ya que aquellos andurriales permanecían desiertos incluso de día. El grupo llegado del mar en la negrura de la noche lo componían cuatro sujetos; y, quien hubiera sido testigo de lo que acontecía, habría observado que dos de los personajes, por su atuendo y sus gestos, no eran sino demonios disfrazados con la piel de hombres, y los dos restantes, prisioneros que los bandidos habían adquirido en alguno de sus abordajes oceánicos. Habiendo amarrado el bote en que desembarcaron, los cautivos, en acatamiento a las órdenes de los piratas que, sable en mano, dictaban pretorías disciplinas. Se pusieron en marcha hacia el interior cargando sobre sus hombros dos enormes cofres que, a juzgar por el lento paso de los porteadores, habían sido llenados a toda su capacidad de peso de varias decenas de kilos. La caravana se internó en la jungla y a poco arribó a las faldas del cerro en donde posteriormente fue construido el castillo de San José el Alto, subió por una vereda y desviándose en la cima se dirigió a un emplazamiento en que, transpuesto en seto de arbustos, apareció la boca de una caverna. Los piratas, que, por la seguridad con que se movían en medio de la oscuridad en esos parajes, indudablemente estaban familiarizados con la geografía del sector, mandaron a los cargadores penetrar en la gruta; y, caminando durante varios minutos por los pasillos de la misma y alcanzando un punto alejado de la entrada, ordenaron detener la marcha y depositar la carga en tierra. Los cofres no contenían oro y joyas en gruesas cantidades, producto de las depredaciones de los asaltantes, sino contenían aquellas partes indescifrables de órganos vitales y cosas que podrán tratarse de secretos misteriosos y deformidades de cuerpos altamente asquerosos y que, siguiendo una tradición practicada en la hermandad, los ladrones habían llevado al sitio mencionado su botín para enterrarlo allí y agregarlo al caudal que periódicamente habían ido depositando en el refugio. Con los picos y palas que transportaron, los prisioneros, cumpliendo las indicaciones de sus captores, se dedicaron a cavar apresuradamente en el piso; y al cabo de una hora habían abierto ya una oquedad suficientemente amplia para recibir el precioso cargamento. Mientras los cavadores transpiraban copiosamente después de terminada su ruda tarea, el que se conducía como jefe, examinando la hondonada abierta, exclamó satisfecho: -Habéis hecho un buen trabajo por lo cual os felicito. Estoy contento de vosotros y, para demostrarles mi reconocimiento, les permitiré que descanséis para ahuyentar todas las fatigas que les hemos obligado a pasar. Y, esto diciendo, lanzó una sonora carcajada que retumbó diabólicamente en la cueva. Los desgraciados presos se dieron cuenta de la sorna con que hablaba el desalmado solamente cuando vieron que se apoderaba de las pistolas que llevaba en bandolera sobre el pecho, y un rayo de luz iluminó sus embotadas conciencias: ¡estaban condenados a muerte! Luego de asesinar a sangre fría a sus víctimas, los truhanes arrojaron los cadáveres al foso preparado para el tesoro, bajaron los cofres colocándolos sobre los cuerpos sin vida y procedieron a ocultar los vestigios de su fechoría rellenando adecuadamente, con la tierra extraída, el marco de los acontecimientos. Regularmente, en el transcurso de tres años, se repitieron escenas semejantes a la descrita; de manera que la caverna de la historia se almacenaba ya, en el subsuelo, una fortuna respetable, de cuya existencia únicamente los dos piratas del presente relato poseían el secreto. Y en el año de mil quinientos noventa y cinco, hacía el mes de Diciembre, encontramos nuevamente a los dos pillos, en el camarote del jefe, poco después de haber obtenido un cuantioso botín arrebatado a una navío mercante que, pertrechaba  con una fuerte dotación de oro en barras, se dirigía de Veracruz a España y ahora yacía en el fondo del Golfo. Decía el cabecilla: -Oye bien, dinamarqués: Como tú me has sido fiel en las buenas y en las malas, aunque sea yo un villano tengo también corazón, y quiero confiarte que éste será nuestro último viaje a Campeche. Has de saber que mañana, después de desembarcar y ejecutar lo acostumbrado, no volveremos a la nave. Proyecto establecerme en ese puerto como un honrado burgués, por lo cual tengo con qué. Y, por supuesto, tú, que has sido mi compañero leal, compartirás mi hacienda, pues no soy ingrato, para que te instales donde te plazca. A lo que el dinamarqués respondió: -De acuerdo, capitán, y no puedo menos que agradeceros vuestra generosidad y alabar vuestra decisión. Estoy presto a obedeceros como siempre. Pero ¿no creéis que la tripulación entrará en sospechas cuando no nos vea regresar? -¡Já! ¡Descuida! Nuestros amigos tienen cuenta con la justicia, igual que nosotros, aunque hasta hoy no hayamos sido identificados; y si no nos ven volver, pensarán que las autoridades nos descubrieron; y, para evitarse dificultades, zarparán olvidándose de nosotros. El danés conociendo la mentalidad bucanera, entendió que su jefe decía la verdad, y respondió: -Tiene razón, capitán. Nuestros hombres no querrán sacrificarse por usted, pues por algo son piratas, a pesar de que siempre han tratado equitativamente en todo. Y no dudo que, convencidos de que caímos en manos del verdugo, no desaprovecharán la oportunidad para adueñarse de vuestro velero creyendo que son muy listos. -¡Adelante, pues! -Dijo el jefe-. ¡Y no se hable más del asunto. Al día siguiente, los bandidos desembarcaron en el sitio habitual y ordenaron a sus prisioneros marchar al escondite del tesoro. Ya en la gruta, abierta la cavidad para depositar el botín, el capitán sacó las pistolas para despachar a los infortunados porteadores; pero, al pretender disparar, las armas no funcionaron. Reaccionando, los prisioneros, quisieron escapar, pero fueron bloqueados en su intento de fuga por el danés que, de certeros mandobles, envió a los indefensos al otro mundo. -¡Bien hecho, dinamarqués! -Gritó el capitán-. Y ahora procedamos a sepultar a éstos y repartirnos el tesoro para avecindarnos en Campeche. -¡Un momento, capitán! ¡Vos no iréis a ninguna parte! -Dijo el danés-. ¡Tiempo ha que esperaba una ocasión como ésta, y ahora que se presenta no voy a desperdiciarla!. -¿Qué quieres decir, insensato? -rugió el jefe. -Quiere decir, capitán -repuso resueltamente el danés-, que si creéis en Dios o en el diablo rezad vuestras oraciones a cualquiera que os convenga, pues ya sois hombre muerto. No permitiré que sus ambiciones desaten el mal de Mephist… he vivido muchos años, y me he dado cuenta desde chico que ustedes se hacían pasar por piratas… pero se su realidad… usted es un sirviente de ese mísero desgraciado que está encerrado en el abismo. Y vació sus pistolas sobre el sorprendido filibustero, que rodó exánime a los pies del facineroso. Varios años después, un personaje de rostro curtido por el sol, que había llegado al puerto en calidad de gran señor, contrajo matrimonio con una hermosa y aristocrática dama. Y, aunque por lo bajo se comentaba que el personaje tenía modales de rústico, que salpicaba su conversación con juramentos de mozo de cubierta y que, además de insolente, acusaba feroz aspecto, su riqueza garantizaba su elevada alcurnia. Y los desposados fueron el tronco de una de las más linajudas y renombradas familias que hubo en Campeche durante el período colonial.

Actualmente, uno de los lejanos tatara nietos que tenía ese señor sabía de los secretos del poder maligno que en esa zona residía… Con veinte cuatro años aquel joven debía alertar ahora que se había dado cuenta de que los indicios marcaban las zonas rojas… el mal estaba a punto de despertar…

-Mephist no puede regresar, no puede regresar… Todo esto se está volviendo una locura… las cosas empiezan a ser más claras. -¿Pero que haremos, mi señor? -Preguntó su esposa temerosa. -Debemos irnos… aquel que venció a Lord Voldemort debe saber…

Todo era calma aparente… **"""« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »"""**En Perú, sobre aquellas iglesias cubiertas de nieve en esas temporadas, la iglesia de La Ermita, emplazada en el barrio de San Francisco, fue construida bajo la advocación de la virgen María con el nombre de Ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje. En la época en que fue edificada, dicha iglesia que entonces era un pequeño adoratorio, se hallaba fuera del perímetro del puerto, a considerable distancia del centro de la población, y al comienzo de la vía de herradura que los lugareños bautizaron con el nombre de Camino Real.

Por esas épocas, mediante la historia, se conocía de aquellas fuentes de ancianos, que aquella iglesia contenía en su más adentros, un secreto tan poderoso que podría ser la culminación como el desate de aquel que fue encerrado en representación del mismo demonio…

Y he aquí la historia de ese templo:

A mediados del siglo XVII residía en la villa peruana, un exiliado caballero llamado Gaspar González de Artiulu, que se contaba entre los miembros más conspicuos de la elite local. Hombre acaudalado, su personalidad se manifestaba de acuerdo con su favorable condición económica. Sustentaba Don Gaspar un criterio que hoy se calificaría de pragmático, pues entre diversas concepciones, fruto de su manera de apreciar las cosas, sostenía la opinión de que la vida pertenece a los audaces. Típico de aquel rico hombre era el punto de vista de que la modestia sólo conduce a frustraciones y lágrimas; y decía que los pobres lo son por sus titubeos y miedos, que les impiden aprovechar las oportunidades que se les ofrecen. Como se comprende, Don Gaspar únicamente respetaba a sus iguales; y a los humildes y desposeídos los ignoraba, si no es que sentía hacía ellos un profundo desprecio. En materia de religión, Don Gaspar no era precisamente un ateo, pero tampoco se distinguía por su piedad; y aunque por precaución no externaba sus convicciones en este terreno, dadas las costumbres imperantes, a su juicio la oración y las prácticas del culto representaban fruslerías y, según él, constituían el refugio de los pusilánimes y fracasados. Cierta vez, el caballero, después de una jornada de lucrativos negocios que realizó en varias ciudades de España, se embarcó desde Cádiz para retornar a Perú. En aquel navío, como compañeros de travesía de González, individuos de distintas nacionalidades y oficios que se dirigían a América ya sea para ocupar una vacante disponible en la administración colonial; ya para emprender una industria que sirviera para aumentar, mediante la explotación de las fabulosas riquezas, los dividendos del comercio proteccionista de la metrópoli; ya en plan de simples aventureros. Entre aquellos pasajeros figuraba un fraile que marchaba al Nuevo Continente en misión evangelizadora. Era el tal un ser menudo, apergaminado y enjuto, que en la nave se mantenía apartado de los demás. Este hombre de Dios, a pesar de su sencillez, atrajo la atención de Don Gaspar, quien le buscó conversación. El hermano, a quien se le conocía por el nombre de Fray Rodrigo, no era lo que parecía, pues causó en el de Ledesma la mejor de las impresiones tanto por su sabiduría como por su conocimiento del mundo y, especialmente, por su filosofía inspirada en la fe y las Sagradas Escrituras. No dejó Fray Rodrigo de percibir que se las había con un descreído, y se las ingenió para iniciar su labor catequizadora atacando la muralla de soberbia encarnada por Don Gaspar. Durante el trayecto, el burgués observó que el clérigo casi no tomaba alimentos, que sistemáticamente rechazaba los que consumían la tripulación y los otros viajantes, y que, para subsistir, usaba exclusivamente agua, miel y frutas secas que guardaba en su zurrón. Además, el ricachón vio que Fray Rodrigo era un devoto de La Santísima Virgen María, cuya imagen llevaba en el relicario. Y como se estableció alguna camadería entre los dos personajes, en una ocasión dijo Don Gaspar al fraile:

-Hermano, vuestro estilo de vivir es una prueba de que yo tengo razón y que usted está totalmente equivocado. -¿Por qué habla así? -preguntó Fray Rodrigo. -Porque es evidente que no come porque esta enfermo o porque es pobre. En cualquier caso, su situación procede del oficio a que se dedica, pues no hay otro más triste y contrario a la naturaleza que el de fraile. ¿Quién puede estar a gusto con nada si constantemente sufre privaciones y el escarnio de la gente, además de estar incapacitado para luchar por los bienes que hacen agradable la vida? -No se exprese así, hermano -repuso el misionero-, pues está usted equivocado-. Mi misión va mucho más allá de lo que usted puede imaginar… las cosas en este mundo van de mal en peor… y todo aquello que usted cree inexistente de un día para otro pueden convertirse en simple basura. Considere que yo escogí la carrera de sacerdote por mi voluntad, pues las fuentes son precisas; y, por otra parte, debe de saber que La Madre de Dios ha sido siempre mi bienhechora, como lo es de todos los hombres, y esto se refiere también a usted. -¡Pamplinas! -Respondió Don Gaspar-. Hasta ahora me he bastado sin nadie; y yo le garantizo que jamás necesitaré ayuda de ningún santo, que por lo demás no entiendo cómo pueda prestarme auxilio alguno. Entre los humanos, padre, únicamente cuentan la iniciativa y la astucia, aunque usted pretenda que recibimos asistencia de arriba. Yo le aseguro que sólo el poder de un hombre es superior al de otro hombre. Y en pláticas de este cariz iba transcurriendo el largo recorrido. Pero una mañana el capitán de la embarcación advirtió a los pasajeros que se aprestaran a resguardarse porque en el horizonte se avizoraban señales de tormenta. Efectivamente, al atardecer los signos del temporal se afirmaron, y al entrar la noche se desató una furiosa tempestad. La marejada sacudía la base zarandeándola como un juguete, y altas olas barrían la cubierta y los compartimentos del bajel. Y, en vista de que a medida que las horas pasaban la tormenta arreciaba, el capitán dispuso evacuar el barco que, por los embates del huracán, estaba a punto de zozobrar. Mas no fue posible cumplir la orden transmitida, Una sucesión de olas gigantescas se abatió sobre el navío que, al quedar sin equilibrio, naufragó y fue despedazado por la potencia del terrible maremoto. Mientras la tempestad continuaba azotando los restos del buque, los desdichados ocupantes del mismo, incapaces de ponerse a salvo, desaparecían tragados por el mar, siendo presos de lo que algunos llamarían, la figura del ser demoníaco… Solamente el solitario fraile superó el desastre, pues, con ímprobos esfuerzos, había logrado abordar unos maderos que, a modo de improvisada balsa, le sirvieron para no se arrastrado por la vorágine al fondo del océano. Fray Rodrigo, recobradas sus energías, oteaba alrededor suyo para ver de descubrir  a algún sobreviviente y tratar de ayudarlo. Pero todo era en vano. El mar había absorbido a los navegantes. Sin embargo, un golpe de las olas estrelló contra las tablas un cuerpo, y el misionero, con peligro de perecer en el maremágnum, lo aprisionó por un brazo. Y depositándolo sobre la balsa, que a cada minuto amenazaba irse a pique, reconoció, al destello de los relámpagos, al rescatado: ¡Era Don Gaspar González, aquel que pensaba que el mundo pertenece a los poderosos!. La tempestad amainó; y mientras el sacerdote, rezaba sus oraciones fúnebres por el alma del comerciante, éste exhaló un gemido. ¡Aún vivía! Inmediatamente Fray Rodrigo extrajo de su zurrón pócima que dio a beber al semiahogado, y segundos más tarde Don Gaspar vomitó una tremenda cantidad de agua salada. Ya algo reanimado, el fraile administró unas gotas de vino gracias a las cuales recobró la lucidez. ¡Y su sorpresa no tuvo límites al saberse ileso en el centro del Atlántico y al lado del franciscano! En los días que siguieron de náufragos, sometidos a la acción del inclemente sol y moviéndose lentamente a la deriva, se mantuvieron con la parca ración que el padre Rodrigo transportaba en su bolsa de peregrino. Hasta que las provisiones se agotaron. Y entonces el hombre fuerte, el que siempre se había burlado de los débiles y los pusilánimes, se entregó a la desesperación. -¿Qué vamos a hacer, hermano Rodrigo? ¡Moriremos de hambre y de sed! ¡Yo no quiero morir! -Gritaba.  A lo que el religioso contestaba: -¡Tened fe en Dios y La Virgen, señor de Ledesma! No gana nada con quejarse. Si creé en la potestad divina, ruegue de todo corazón por nuestra salvación, y yo le juro que aun acariciará sus nietos. Para colmo, una segunda tempestad estalló sobre los desgraciados; y, debido al irresistible vendaval que soplaba, la balsa se abrió por la mitad, con lo que en su superficie ya sólo había espacio para uno de ellos. Don Gaspar, trémulo de espanto, se aferró al madero. Y, antes de perder el conocimiento, escuchó lejanamente la voy del fraile, que le decía: -No tema, infeliz Don Gaspar. Ahora comprobará que nuestra Madre nunca abandona a sus hijos. Sólo les pido que eleve sus plegarias a La Santísima Virgen, y confíe en que saldrá de esta calamidad. No supo González cuánto tiempo estuvo inconsciente; pero, al despertar, se encontró en tierra, en una playa desierta a la que había sido arrojado por la resaca. Quiso incorporarse, pero a extenuación se lo impidió. Y, al repetir su intento, de su diestra resbaló un relicario en el que reconoció el que llevaba al cuello Fray Rodrigo. Una especie de luz cegadora iluminó el discernimiento del infortunado, y a su mente acudieron en tropel las escenas ocurridas en el viaje y los dantescos acontecimientos de la tormenta. Aquilató hasta la última raíz de su espíritu el desprendimiento del franciscano, que se sacrificó para que él el altivo González de Ledesma, se librara de los horrores de la muerte. Y cayó desmayado. Personas bondadosas que hallaron exánime náufrago se encargaron de proporcionarle los cuidados necesarios para su restablecimiento. Y, ya suficientemente fortalecido, le suministraron los medios para trasladarse de Cuba, la tierra a donde providencialmente había sido lanzado por la borrasca, a Perú. De más esta decir que Don Gaspar llegó al puerto transformado, y fue su cambio tan completo que sus amigos apenas le identificaron: la soberbia se había trocado en mansedumbre, y la ostentación de antaño se mudó en humildad. Obedeciendo a un impulso sobrenatural, vendió su patrimonio y el producto lo distribuyó entre los pobres. Y con una parte de lo obtenido mandó construir la capilla que, a ruego suyo, fue puesta bajo la advocación de Nuestra Señora, consagrándose en el altar la imagen del relicario de Fray Rodrigo. Finalmente, Don Gaspar solicitó ser designado guardián del templo; y, satisfecha su petición, visitó el burdo hábito del ermitaño que, socorrido por la caridad pública, terminó sus días en olor de santidad en calidad de siervo de Nuestra Señora del Buen Viaje.

… Los dos chicos se observaron mutuamente, el relato de aquel anciano era sorprendente…

-Ahora uno de ustedes, sea cual sea que posea el linaje de aquel señor deberá verse obligado en alertar a aquel que puede detener esto. -Pero no ha pasado nada… -Eso es por que ustedes viven sin preocupaciones, pero aquel que provocó esas tempestades en donde murió el fraile se vienen nuevamente, las tempestades del mundo nos acechan… -¿Pero quien se acerca? -Dijo uno de los chicos. -Aquel que se hace llamara… Mephist… Un destello de luz se provocó y un rayo incendio la iglesia que en esos momentos empezaba a liberar una fuerza desconocida. -Está cerca… Los dos chicos se miraron con terror… """« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »« ȫ » §§§ « ȫ » §§§ « ȫ »""" Continuará…