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Historia 24648 — capítulo 1

I

-Debes hacer un esfuerzo, un esfuerzo de verdad. Escucha, cierra los ojos e imagina que estás en un jardín verde y hermoso. ¿Recuerdas el que había enfrente de casa? Ese que tanto te gusta...

Obedientemente así lo hizo. Imaginó la hierba bajo sus pies descalzos, los ladridos de su lobo pardo, el cansancio de correr feliz hasta quedar exhausta... Pero el hedor se coló por su nariz, mareó sus sentidos e hizo que le recorriera una nausea.

-Es que este sitio me da asco... – contestó agarrando con su pequeña mano a un hombre que iba a su lado.

El hombre apartó el brazo con violencia y le lanzó una mirada punzante

-¡Callad ya a esta niña! ¡O tendré que hacerlo yo! – bramó con voz grave levantando los puños.

-Ja, no podrías luchar ni contra un cervatillo... y yo soy mucho más rápida y más lista, más que el cervatillo y más que tú.

-Un día aplastaré uno a uno tus pequeños huesecillos... – contestó agarrandola por los brazos y subiéndola sobre sus hombros.

La niña rió contenta y golpeó levemente la cabeza del hombretón. Desde allí podía observar toda la ciénaga y aunque no le resultara agradable tenía que admitir que ese sitio era mágico, sus árboles sumergiéndose en el barro para luego emerger y ascender al cielo, los ruidos de los insectos, los graznidos de lo que parecían cuervos o el chapoteo de los pasos de sus acompañantes.

Desde allí el viaje resultaba mucho más cómodo y era una opción que ella solía usar. Bastaba con quejarse un poco para que su tío le alzara hasta allí y anduviera por ella.

Miró a su padre y a su madre con una lastima divertida, ambos se hundían hasta las rodillas en el lodo, resollando y empapados en sudor. Tirando de las riendas de los caballos. A su lado, el lobezno de su imaginación trotaba tan contento como ella, intentando morder la cola de uno de los otros dos animales.

Cuando uno de los caballos se hundió demasiado, su tío la obligó a descender, dejándola junto a tres petates que cargaba junto con ella y ayudó a sus familiares a sacar al animal. Pronto la propia niña prestó ayuda y entre los tres adultos y las caricias tranquilizadoras de la muchacha pudieron reanudar la marcha.

Esta vez se limitó a caminar detrás de ellos, junto al lobo, pero no podía seguir su ritmo, preocupada por que el vivaz cachorro no se escapara y que ella misma no se hundiera en la ciénaga intentó seguirles recorriendo las raíces. Pero como éstas tampoco continuaban indefinidamente tuvo que lanzarse de nuevo al barro. Calló de rodillas haciéndose daño y unas lagrimas acudieron rápidamente a sus ojos. Miró adelante para encontrar a su familia que se había alejado y por unos instantes sintió una tremenda soledad.

Fue su padre quien acudió esta vez en su ayuda, él no se detenía en estimular la imaginación de la niña como lo hacía su madre, ni tenía la dulzura de esta, por eso se limitó a tirar de su brazo sin llegar a hacerle daño para sacar sus pies del lodo. Ella lo miró con orgullo, su tío era un fortachón, tenía la gordura y la altura de dos hombres, pero su padre, aunque más menudo, la elevó sin apenas esfuerzo y la subió de nuevo a los hombros de su tío con una facilidad sorprendente. Ella le lanzó una mirada alegre y su padre contestó con un gruñido volviendo a los caballos.

Pronto llegaron a un claro seco. Soltaron como por instinto a los caballos que se pusieron a pastar lo que podían, su tío soltó los petates y a ella, su padre buscó algo en las bolsas y su madre se apresuró a encender un fuego.

Ella mientras tanto investigó el claro como buena exploradora, recorrió todos sus límites, recogió un poco de hierba y piedras secas, se las dio a su madre y volvió al límite del claro.

Algo que se movía en una rama baja le llamo la atención. Un cuervo blanco como la nieve picoteaba el aire mientras los miraba fijamente, llena de curiosidad se acercó para observarlo mejor y entonces todo ocurrió.

El cuervo alzó el vuelo a la vez que ella oía un ruido en el claro.

Su tío yacía sobre los petates y estos estaban empapados de sangre, una flecha fina le había atravesado un ojo y otra se había clavado en su espalda. Su padre se tocaba la pierna y buscaba a su madre con la mirada alargando la mano que fue atravesada por una segunda flecha y una tercera apagó su mirada desesperada atravesando su sien. Su madre corrió hasta ella y gritó algo que no pudo oír. Calló a los pies de la niña con una punta clavada en el corazón.

Todo había ocurrido tan rápido que ni siquiera los caballos se habían asustado.

Un hombre salió de entre los árboles con el cuervo blanco posado en su hombro miró largamente por encima de su hombro y luego a su familia con una mueca de repugnancia.

Dio media vuelta. Dejándola allí de nuevo, sola, con el lobo olisqueandole la palma de la mano impacientemente.