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Historia 24648 — capítulo 2

II

Cuando logró abrir la puerta, el calor de la chimenea envolvió a la pequeña figura por completo. Se detuvo un momento en el umbral, buscando algo concreto con la mirada.

La taberna desprendía un olor desagradable, a licor malo y frutos secos pisoteados. Algunas sillas estaban derribadas en el suelo junto a una mesa volcada, pasó por su lado mientras una camarera corría afanada a recogerlo.

La sala estaba abarrotada, unos cuantos diablos que no tenían a donde ir y otros tantos, demasiado borrachos como para volver a casa por su propio pie.

-¡Cierra la puerta, mujer! – gritó alguien y ella torciendo la nariz con desagrado entró.

Se dirigió hacia la barra con premura pero con paso silencioso y liviano, evitando cruzar miradas con aquellos que parecían haberle prestado atención.

La noche era fría y amenazaba tormenta, la muchacha iba envuelta en una capa fina de algodón que no parecía protegerle del todo pues aún temblaba cuando pudo sentarse en un taburete.

-Ese no era el camino correcto – masculló hacia un receptor invisible quitándose la parte de la capa que aún le cubría la cabeza.

El pelo negro se deslizó casi hasta los hombros y dos pendientes con forma de media luna brillaron como la plata.

Al poco, tiempo que aprovecho para observar de nuevo todo, vino el tabernero.

-¿Qué desea señorita? – preguntó con una voz que pretendía ser seductora – Lo que sea, yo invitaré. ¿Viene de muy lejos? Estos no son tiempos para que una muchacha ande sola, no, no son buenos tiempos, y no lo digo sólo por la tormenta, me refiero a todas esas catástrofes que ocurren allá fuera. No son tiempos de viajar, no señor. Aquí, tranquilos en casa todo está bien, los Ángeles nos protegen, que sería de nosotros sin los ángeles me pregunto yo.

Ella pestañeó, calvando sus dos ojos grises en el hombre y sonrió. Hablaba demasiado. Pero observando a los clientes que acudían a aquel lugar no era de extrañar. Después una voz desde la cocina reclamó la atención del tabernero.

-Gracias, dos tazas de té, por favor – respondió al fin ella.

El hombre le devolvió la sonrisa y se dio la vuelta con gracia. Ella se apoyó en la barra con una mano y actitud soñadora, mientras repasaba por tercera vez cada rincón de la posada.

Al fondo, junto a la ventana, localizó un grupo de unas ocho o diez personas, todos hombres, fornidos y según los bultos apoyados a su lado, armados.

En el medio de todas las cabezas, había una especialmente llamativa. Un chico joven, con una cabellera rubia que parecía emitir luz por si misma reía despreocupadamente ante el comentario de alguno de sus acompañantes.

La muchacha sonrió para sí.

-¿Por donde íbamos? – preguntó el hombre de vuelta. Depositó las dos tazas sucias encima de la barra. Ella tomó una y la otra la deslizó a su lado con el dorso de la mano sin prestar atención. – Ah sí, los ángeles, menos mal que están aquí, sin ellos, opino, todo se vendría abajo, digo yo.

-Es posible – contestó solamente.

-Ahí mismo, tenemos a uno – comentó señalando al muchacho rubio - sin él esta ciudad, ayer mismo, hubiera sido toda derruida. Entraron unas cuantas de esas brujas del bosque, mercenarios supongo y arrasaron con todo, entraron en las casas, pegaron a las mujeres y robaron a los niños. Todos los hombres nos lanzamos a luchar contra ellas pero fue inútil. Esas malditas hijas del diablo nos daban por todos lados. Hasta que finalmente llego él, en el momento más oportuno. Un leve movimiento de muñeca y pluf, luz divina y todas desaparecidas. Gracias a Dios...

-Ya veo... ¿Y porque podría llevar a todos esos matones un ángel tan poderoso como él? – preguntó ella en voz alta. De nuevo a un receptor desconocido.

El hombre pestañeo mirándola un momento pero se apresuró a contestar.

-Pues incluso alguien como él, en los tiempos que corren, necesita escolta, con todos esos herejes asesina ángeles y esos monstruos mercenarios que arremeten contra todo lo que no signifique dinero. Y no se cuáles de ellos son peores. Sin embargo los ángeles siempre estarán y han estado aquí para protegernos, y así será siempre.

Ella sonrió con cortesía, intentando disimular el desagrado que le producía aquel líquido amargo. A su lado habían depositado una daga junto a la otra taza que estaba vacía.

De nuevo otra voz distrajo al tabernero. Ella miró a la puerta que acaba de abrirse. Un hombre, o parecía uno al menos, entró en la taberna tan rápido que ella no pudo ver sus facciones, sólo alcanzo a distinguir un cuervo blanco posado sobre su hombro pero pronto acabó ignorándolo. El grupo de hombres se separó de la ventana recogió sus cosas y se acercó a la puerta.

-Dígame una cosa, señor – pidió la muchacha al tabernero - ¿Le son familiares los hombres que acompañan al ángel?.

El hombre los examinó detenidamente pero luego frunció el ceño.

-Si, posiblemente aunque no podría decirle de qué.

-No se preocupe.

La muchacha se levantó del taburete y se acercó hasta el ángel y lo intentó llamar en un hombro. Pero su mano atravesó el aire. Aquel ser levemente translucido no era corpóreo. Sin embargo el roce o al meneos la intención sirvió para atraer la atención del ser.

Este se dio media vuelta y posó sus ojos de color océano en los grises de la muchacha. Su mirada era tan dulce y tan cálida que hubiera derretido el corazón del ser más infame. Su bondad parecía tangible y su sonrisa reanimaba.

-Eres Razel... ¿No? Te buscaba... – dijo ella.

La gente los observaba detenidamente. Tocar a un ángel se consideraba una gravísima falta de respeto, pero los gestos amables y la sonrisa de la muchacha parecían tranquilizar a los espectadores. Razel bajó al mirada al pecho de la muchacha, colgada sobre un hilo rojo había una pluma negra como el carbón.

-¿Y vos sois...? – cuestionó intrigado.

-Eso no tiene importancia ahora... – sonrió de nuevo.

-Sí, sí que la tiene.

Sin apartar los ojos de la pluma negra el ángel agarró con violencia de un brazo a la chica y esta no pareció sorprenderse de que él si que pudiese agarrarla a ella.

-Mi nombre es Namae.

La miró un instante a los ojos y con una fuerza sobre humana le lanzó contra una pared de la sala. Pero ella consiguió caer de pie y arremetió contra el ángel con la daga que había recogido de la mesa. Él se quedó quieto esperando que ella lo atravesara como si fuera humo, pero no fue así. La pluma negra brilló y ella pudo cortar la piel del ángel.

Razel retrocedió alarmado mientras observaba que su pecho sangraba. Con una voz mandó a uno de sus hombre que atacara. Levantó un arco pero no disparó. Una espada estaba posada en su garganta.

-¿¡Pero qué!? – exclamó el ser divino intentando buscar al atacante. Namae entonces se acercó a él y posó la daga en la herida del ángel.

-Intentaré ser lo más clara posible, Razel... Me manda Tirael... ¿Qué tienes que ver en las desapariciones de los niños y los asesinatos que han ocurrido últimamente?

-Yo... Nada, nada... yo no tengo nada que ver – contestó a su lado mientras echaba miradas fugaces a su compañero. Intentaba visualizar al atacante, pero a su lado solo había una sombra negra.

-Sabes que se me dan muy bien estas cosas, y otras en especial – añadió clavando más su daga – Dínoslo y nos marcharemos sin más... – sus ojos relucían con un brillo dulce y mágico, pero sus gestos eran amenazantes.

-No, yo lo juro por dios, no tengo nada que ver. – Miró de nuevo la pluma negra y el miedo acabó apoderándose de él - Él me dijo que lo hiciera, nos lo ordenó a todos. Fue la visión, la luz blanca, si fue Él, lo juro. Él me lo dijo y me hirió los ojos y yo le obedecí, era lo que debía hacer, lo correcto. En aquella casa sólo vivía gente imperfecta...

-¿Y la familia del bosque? ¿También fue uno de los tuyos? – acentuó la ultima palabra y la espada vibró.

-La familia sigue allí... Fue una buena obra, un buen trabajo. Él estará orgulloso. Me habría encantado hacerlo a mí. Deberían estar contentos, fueron tocados por la mano de Dios... Y ahora el mundo y el cielo está limpio de ellos.

-Ya veo... – Contestó ella con una voz serena. Miró la espada un segundo y luego atravesó con la daga el pecho del ángel. Entonces este se deshizo en el aire y se posó en la daga como si fuera polvo acumulado, por último, desapareció.

Todo quedó en silencio mientras contemplaban a la muchacha, menuda, delgada que acababa de hacer desaparecer a una criatura divina.

-Fu-Fuera de aquí, ¡Hereje! ¡Asesina! ¡Mata ángeles! – exclamó el tabernero en un arranque de valor, escondiendo tras su espalda a un muchacho pequeño y asustado. Intentó salir de la barra pero la espada se alzaba cerca.

-Da igual. Déjalo. Nos marchamos, aquí ya no tenemos nada que hacer.

El tabernero pareció aliviado y miró a su alrededor en busca de la espada. Entonces la puerta se abrió y Namae se acercó a ella mientras murmuraba:

-Si no les hubieras detenido, yo habría podido con todos.

-Claro...

Todos escucharon aquella palabra y la risa posterior de algo que había dejado de ser humano.