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Historia 24648 — capítulo 3

III

Un hombre de pelo blanco estaba recostado sobre los papeles de una gran mesa. Su respiración era agitada, y sus manos se movían ansiosas entre los papeles en blanco, leyendo, escribiendo, detectando pequeñas letras negras. Al final soltó un suspiro prolongado y pareció calmarse. Había encontrado algo. 


Acercó uno de los papeles que había recogido a la luz de una vela, y el fulgor débil de ésta reveló esas letras que tanto buscaba. 


De repente sintió algo que se acercaba e intentó quemar la hoja en la llama de la vela, pero ya era demasiado tarde. Se hizo a un lado justo cuando una figura estaba a punto de saltar por su espalda.


La figura estuvo a punto de caer al suelo, pero con un gesto gracioso se dio la vuelta y miró al hombre con una sonrisa.


-¿Pretendías asustarme, Namae? –dijo el hombre observando a la muchacha. 


-Casi lo consigo, ¿No te parece? Has estado a punto de quemar eso. Además, sólo iba a taparte los ojos. 


-¿Y de que iba a servir eso? Ya apenas veo...


El hombre se hizo a un lado para dejar pasar a la muchacha que lo miraba todo con vivo interés. El suelo estaba lleno de plumas blancas, caídas todas de las magnificas alas del hombre. La chica se quitó la capa que llevaba, dejó la daga en la mesa y se sentó en la silla que él le ofrecía, sin dejar de sonreír.


-¿Qué era ese papel que intentabas quemar?.


-Nada – contestó despreocupado- Sólo otro intento fallido. 


-*¿Aún no has hallado la fórmula que convertirá el plomo en oro?* –Resonó la voz grave. Namae miró hacia algún lugar a su lado. Presentía la presencia oscura que se alzaba cerca. 


-Cuando aprenderá esa sombra tuya a callarse... – dijo alzando ligeramente un cayado -¿Crees que la alquimia es sólo una cuestión de riqueza? Muchos hombres han perecido buscando mediante la alquimia la forma de curar el hambre, las enfermedades, el dolor, el sufrimiento, la vida eterna... Hombres normales que buscaban un bien común... 


-*No ha dado mucho resultado...*


-Insolente. ¿Cómo puedes poner en entre dicho la profesión y en anhelo de tú patrón, de aquel que os da cobijo sin pedir nada a cambio?... Nada ha cambiado desde la última vez al parecer...


-*Cierto, tan cascarrabias como siempre, Tirael.*


El hombre refunfuñó al oír su nombre de ángel y no le ofreció una silla como lo había hecho con la chica. Señaló una puerta al fondo de un largo pasillo. Algo se deslizó hasta allí y pronto, en la cocina se comenzaron a escuchar ruidos de platos. 


-¿Y bien? ¿Habéis encontrado algo en la taberna? – preguntó Tiraél dejándose caer en la silla pesadamente.


-Nada en absoluto. Sólo más de eso de “Fue la luz blanca la que nos lo dijo” Parecen todos muy convencidos de su gran obra, a todos les parece muy correcto asesinar a esas familias a sangre fría, quemar sus casas y secuestrar a sus niños. Obra divina según dicen... Estoy harta de oír eso, a cada sitio que vamos, es su eterna justificación. A veces me gustaría que dijeran, que lo hicieron porque sí, porque no sabían discernir el bien del mal... que no sabían lo que hacían... pero no, siempre la misma justificación... aquellas familias no tuvieron elección, a ellos los mataron. Nosotros simplemente los encerramos... –señaló la daga con gesto cansado. Su mirada era triste- Además no ha servido para nada... es agotador.


-No seas dura contigo, Namae. Atrapaste a Razel. Eres conocida especialmente por esto. Sabes encontrar las señales, sabes enfrentarte a este tipo de situaciones. Si fuiste tú la elegida entre los ángeles, una humana entre todos ellos, fue porque realmente debías serlo. Yo estuve allí y lo vi con mis propios ojos, sólo deje mi mayor estudio por ti, pequeña, los dos estuvimos allí... Nadie mejor para dormir esta noche en mi humilde casa. 


-¿Pero por qué me eligieron los mismos a los que causo tanto daño? ¿Por qué los que me enseñaron se vuelven en contra mía?.


-A veces las personas se vuelven corruptas, los poderos se vuelven malvados, envidian a los débiles porque ellos son más puros de corazón y hacen daño para que no les arrebaten su poder.


Unos platos con comida caliente se posaron en la mesa, después vasos y algo de bebida. Tanto el ángel como la muchacha empezaron a comer con actitud pensativa, sin dirigirse la palabra. Ella de vez en cuando deslizaba a su lado una copa de agua, que desaparecía pronto. 


Tras un tiempo el ángel recostó su espalda en el asiento y por un momento pareció que dormía, por sus ojos cerrados y por sus ronquidos suaves. Ella lo miró con cierto enternecimiento. No recordaba a un ángel tan viejo, nunca le había visto cambiar de aspecto, aunque lo conocía desde que era una niña.


-Creo que todo esto le está afectando. ¿No crees? Supongo que también es duro para ellos. Es decir, a los ángeles no se les conoce descendencia pero ver, sentir todo este dolor también debe hacerles tanto daño como a nosotros... 


Nadie contestó. Un trozo de tela blanca se deslizó hacia Tirael y dejó que lo cubriera desde la barbilla. 


-*No a todos.*


-¿Crees que encontraremos a algún niño mañana...?. Necesito hacerlo, necesito saber que al menos en pequeña parte algo va bien. 


-*Entonces seguro que todo va bien.*


-De acuerdo, repasemos entonces que haremos mañana. Visitaremos la casa que se incendió a las afueras del pueblo, interrogaremos a la gente (Si se dejan) por si puede darnos alguna pista sobre los asesinos y buscaremos a los ángeles que se han escondido. 


-*No te olvides de los mercenarios... Los que no estaban con Razel habrán huido, pero con el bosque que hay alrededor no habrán ido demasiado lejos.*


-Y a los niños...


Guardó silencio, y observó a Tirael detenidamente. Aquel ángel les había llamado hacía dos días para que acudieran a aquella ciudad tan pequeña. Les había advertido acerca de una serie de sucesos extraños que estaban ocurriendo y necesitaba su ayuda, según decía, porque era demasiado viejo. Primero, en un colegio cercano a plena luz del día había desaparecido un numero considerable de niños. Nadie les había prestado especial atención. Nadie hasta que después se había incendiado, sin intervención humana ni angelical (o eso decían los testigos) una casa a las afueras. Allí había perecido toda una familia, las dos esposas, el padre y el abuelo de una niña que estaba desaparecida. 


····································

No tardó demasiado en despertarse al día siguiente. Tirael ya no se encontraba en la butaca en la que había pasado la noche, Namae no se preocupó demasiado por preguntarse donde estaba.

Salió de la casa ligeramente, oculta tras la capa gruesa. Sólo sus huellas quedaban impresas en la nieve. Atravesó el pueblo evitando cruzar la mirada con los curiosos que se asomaban a la ventana al escuchar el crujir de sus pasos. Los rumores corrían como la pólvora en aquel pueblo tan pequeño y dudaba que fueran muchos los que aún desconocían el suceso de la taberna de la noche pasada. 


-*¿Preocupada?.*


La voz cálida de su acompañante pudo reconfortarle por un instante en el que casi se detuvo.


-No. Sólo desconfío de ellos. Después de lo de anoche no me extraña que quieran atacarnos. Nos deshicimos de su ídolo y tal y como están las cosas es normal que depositarán en el sus esperanzas. 


-*Pero no saben la verdad. Tú y yo, sí. Para ellos habría sido mucho peor quedarse con aquel ángel.*


-Pero hay gente a quien la verdad no le importa en absoluto. Prefieren la calma y la estabilidad de una vida tranquila... Da igual, siempre es lo mismo, nunca quieren saber... ya hemos llegado. 


La casa que estaba ante sus ojos no eran más que un esqueleto de ceniza. La nieve se había acumulado en las esquinas exteriores y el tejado, derrumbado, dejaba poco que ver. 


La muchacha se acercó pisando con cuidado pero no había nada que pudiese encontrar. Todo estaba destruido, los cimientos no tardarían en derrumbarse. Calculó las posibilidades de subir al piso superior pero la escalera no tenía mejor aspecto que las paredes, de hecho, yacía sobre uno de los muros traseros retorcida sobre si misma. Se acercó hasta ella y recorrió con la mirada todos los desperdicios del suelo. Ropa quemada, muebles astillados y carbonizados, cristales rizados por el calor y un desagradable olor a cuero quemado que le hacía estornudar. Cerca de lo que parecía haber sido la chimenea encontró lo único que iba a encontrar allí con algo de valor. 


Un cuadro de plata parecía haberse salvado del incendio. Dentro había una fotografía casi intacta que mostraba a una familia sonriente. Dos mujeres rechonchas, una padre fornido y alto, un abuelo ennegrecido por años de trabajo al sol y dos niños, mellizos al perecer. 


-Mira esto –Namae salió de la casa sujetando la fotografía con una mano mientras que intentaba calentarse la otra. 


-*Tirael dijo que sólo había uno.*


En la mano helada sintió una brisa cálida. Miró a algún punto en el vacío y sonrió. 


-Tirael no estaba aquí. Se lo contó algún vecino que probablemente no sabía contar. La casa está alejada, los chicos se parecen mucho. Quizá creyeran haber visto al mismo dos veces. 


-*¿Es posible que el mismo vecino que lo vio realmente viera sólo llevarse a uno?*


Ambos guardaron silencio, esperando oír algún ruido que delatara la presencia del segundo chico. Pero sólo se oía el viento chocar contra los árboles. 


Namae no tardó en soltar un suspiro prolongado y sentarse en un tronco partido. 


-*Intenta ser positiva. Al final los encontraremos.*


-Desde que he llegado a este pueblo me siento bastante incómoda. Parece como si el frío me hubiera llegado a los huesos. Nada de esto me da buena impresión... Sé que no debería incomodarme, de no haberlo sentido no habríamos acudido a la llamada de Tirael. Siempre que siento este frío penetrante sé que hay algo que está mal, que algo no anda bien, que alguien sufre. Soy así, por eso me eligieron, lo sé... pero a veces, preferiría no sentirlo. Sé que entonces si que sufriría gente, pero yo... No siempre puedo lograrlo... y me martiriza cuando no ocurre. Hay tantas cosas que me gustarían que fueran diferentes y que no puedo cambiar... –miró hacia algún punto en el aire y suspiró prolongadamente. La pluma de su pecho ardía.


Sólo respondió el silencio.


-*¿Oyes eso?* –preguntaron tras un tiempo. 

Namae escuchó como algo corría por la nieve a toda velocidad y se internaba en la casa. Ella se levantó de donde se encontraba y rodeó la casa esperando una respuesta.

-¡Nam, arriba!

Casi por instinto supo a que se refería y cual era el problema. Buscó la manera de acceder al lugar de la voz, al estar la escalera destruida tuvo que buscar opciones alternativas. Al final optó por entrar en la casa y subir ayudándose de algunos muebles.

Arriba sólo había nieve y un niño moreno. La nieve se había colado allí durante la noche por un agujero en el tejado y el niño, por su aspecto, debía de encontrarse en la habitación desde entonces.

Su ropa estaba raída y mojada, su piel sucia y con marcas de sangre reseca, su pelo revuelto y sus pies desnudos. Pero estaba vivo.

Se encontraba en el centro de la habitación. Al principio no se percató de Namae, parecía mucho más ocupado en intentar averiguar de donde provenía la fuente de calor que le arropaba y no parecía dar con la respuesta pues sus ojos iban de un punto a otro de la habitación. Finalmente prestó atención a la muchacha, cuando esta ya le arropaba con su capa. La miró fijamente, sin saber que decir. Y luego intentó acariciar el aire.

-Si vienes conmigo te diré de donde procede –Le sugirió la chica mirándolo directamente a los ojos.

Sólo tardó un segundo en evaluarla. Luego estirado sus brazos se dejó envolver por Namae.