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Historia 24648 — capítulo 5
V
Ella dormía inquieta en la cama del ángel. Tirael aún no había vuelto y el niño estaba acostado donde se suponía que dormiría ella. Debía aprovecharse ahora, tal y como había sugerido cuando su pluma se negó a colarse en la habitación, porque cuando él regresará tendría que dormir en una butaca. Pero la cama era incómoda, no había conseguido cerrar bien la ventana y toda la casa crujía.
Así acabó levantándose entre malhumorada y somnolienta. Se acercó a la ventana y forcejeó con ella sonoramente, sin éxito. Intentando alejar de ella la intranquilidad de sus sueños, sin éxito. Finalmente la ventana se abrió y entró una ráfaga de aire que esparció todos los papeles por el suelo. Después de suspirar, escuchó ruidos en el salón y fue hasta allí.
Adiam estaba parado en medio de la habitación, sollozando. Namae cogió una manta cercana y se la puso sobre los hombros, intentando tranquilizarle.
-La luz blanca pudo diferenciarnos –Dijo con trabajo- de los dos se la llevó a ella... Yo siempre me enfadaba con Rina, porque siempre me confundían con una niña por su culpa y ella se metía conmigo por ello. Pero la luz blanca pudo diferenciarnos. Se la llevó a ella y no a mi... pero debía haberla protegido, debía haberlo hecho...
-Sé que lo intentaste... –dijo al poco. Después apretó un poco al muchacho, cayendo en la cuenta de algo- Y ahora seguro que puedes hacer algo más por ella, algo que nos ayudará a encontrarla, Adiam... ¿Cuántos niños había en el colegio, aparte de tú hermana y el chico del bar?
La miró sin comprender, pero aún así respondió sincero.
-Éramos pocos, no hay muchos niños en el colegio. Por eso estábamos contentos de que fuera a venir una extranjera, una hija de mercaderes que solían pasar por aquí. Dijeron que vendrían a quedarse. Pero no llegaron.
-Pero ¿Cuántos, Adiam? –Dijo subiendo el tono ligeramente.
-Cinco.
-¿Cuántas niñas?
-¿En el colegio?.
-*Sólo dos.*
Un papel amarillento y arrugado estaba suspendido en el aire junto a ellos.
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Atravesó el pueblo a toda prisa, levantando nieve, haciendo que los vecinos ignoraran la tormenta que comenzaba y se asomaran a la ventana. Cruzó las casas, pasó las afueras y se internó en el bosque.
La nieve caía ya en silencio, las hojas bajas de los árboles y el suelo estaban cubiertos por el manto blanco. Ella con su capa negra y su respiración agitada rompía la calma.
También intentó atravesar el bosque en un intento desesperado por lograr su objetivo, pero se detuvo casi sin aliento en un claro. Una desoladora sensación de amargura le hizo detenerse, sabía que debía pararse allí. La daga palpitaba en su pierna avisándola de que debía seguir aquella corazonada. Pero en aquel claro no había nadie, sólo un cuervo blanco que voló en cuanto llegó al lugar.
Retomó la marcha cuando escuchó un grito procedente de entre los árboles y avanzó hasta el siguiente claro. La sensación de que alguien le estaba observando se sumó al desasosiego de ver manchas de sangre en el suelo. Pero corrió de nuevo, corrió hasta que vio a una niña perderse entre los arbustos. Corrió hasta que dio con ella, con una niña morena igual que Adiam y con su acompañante.
Este tiraba de la mano de la muchacha con fuerza y esta forcejeaba con toda la habilidad de la que era capaz, en vano. Arrastraba a la niña frenéticamente, mientras sus alas blancas, su manto blanco y su pelo rubio ondeaban junto a los de la niña.
Se detuvo en el tercer claro, a unos pasos por delante de Namae. Esta llevaba desenfundada la daga pero no avanzó.
-¿Piensas atacarme, pequeña? –Dijo el viejo ángel apoyándose en su cayado.
-¿Por qué...?
-¿Piensas atacarme, pequeña? –Repitió con sorna- ¿Cómo? Ni siquiera puedes avanzar más. El dolor de todos aquellos a los que has destruido y encerrado en la daga te consume el corazón. Ahora comprendo porque la daga te eligió a ti, a ti una humana asquerosa entre todos los ángeles, te eligió a ti porque a ti podía destruirte, con más fuerza que con la que tu podías destruirnos a nosotros. ¿Cómo, pequeña?.
-*No está sola, nunca, Tirael.*
-¡¡No pronuncies mi nombre de ángel!! –Exclamó fuera de sí cuando la nieve caía de nuevo, lanzando a la niña al suelo que gimió angustiada- No quiero escuchar ese nombre de unos labios como los tuyos, de los que besaron a una humana. De un traidor como tú que la ayuda a destruirnos, que reniega de su sangre pura. ¿Acaso el castigo que te impusimos no fue suficiente?
Sin previo aviso Namae saltó hacia él por la espalda, daga en mano y con la capacidad y decisión de atravesarlo. Pero Tirael se dio la vuelta en el momento justo para atraparla por el cuello como si Namae no fuese nada.
-Yo te crié, pequeña. Sé como te mueves porque yo te crié. Y aún así me atacas por la espalda. Eres pequeña, eres inferior, cobarde y asquerosa. Pretendes enfrentarte a mí aún sabiendo que soy muy superior.
-Por un conjuro de alquimia estúpido, por eso me criaste, por eso quisiste a una niña humana a tu lado. Siempre tras ese conjuro que no funcionará. Por él quieres matar a las niñas, por él has matado a sus familias y por él morirás tú.
-Te equivocas –contestó con una serenidad intranquila–Fue por un ángel puro. Para crear al ángel perfecto. Porque después de todo incluso nosotros tenemos nuestras pegas, por ejemplo, sentimos, aunque nos neguemos a admitirlo. Sentimos este odio por tu especie que nos corroe las entrañas. –Con la otra mano alcanzó la pluma y se la arrancó del cuello con violencia –Pero no volveré a sufrir por ello porque ya tengo todo lo necesario, podría haberlo hecho antes de no ser por aquel niño estúpido y por aquel, Razel, que falló en su misión –apretó un poco más su garra- Pero no importa porque ya tengo a tres niñas que me darán su sangre inocente, tengo las muertes de sus familias que me darán uno de los sentimientos más fuertes –Miró la pluma negra con desprecio –Y tengo el otro sentimiento que me ayudará a anular toda pizca de emoción. ¿No te parece magnifico?
-No. Me parece repugnante e inútil. Nunca podrás ser puro, porque siempre estarás cegado por pretender serlo.
Tirael apretó un poco más a Namae y una espada rasgó el aire, rompiendo la cuerda de cuero que sujetaba la pluma. Esto logró que el ángel acabará tirando a Namae al suelo pero Tirael aprovechó el momento en el que ella tosía para coger a la niña. No se detuvo más tiempo, Namae saltó de nuevo hacia el ángel, pero atravesó el aire. La pluma ya no brillaba.
La sangre de la niña no tardó en caer al suelo. Manó de su brazo y corrió por su muñeca.
-Todo lo que hagas a partir de ahora será inútil –anunció con una sonrisa. Levantó una piedra afilada y apuntó a la cría.
-No todo.
Namae saltó por última vez y esta vez la daga tocó su corazón.
-*Nunca la dejaré sola.*
Tirael se separó de ella, tambaleándose. A Namae jamás le había parecido tan viejo.
Cayó de rodillas al suelo, con una expresión de sorpresa en sus ojos. Estos se apagaron cuando su piel se convirtió en polvo y desapareció sobre la daga.
Namae no tardó en correr hacia la niña, rasgó de su propia capa negra un trozo de tela que utilizó para cubrirle la herida.
Luego se acarició el cuello y miró la daga con actitud distante. Sólo había tardado unos segundos en hacer desaparecer al ser que durante un tiempo la crió como un padre. Un ser que por interés le había dado cobijo cuando nadie más quiso hacerlo. Pero también a un ser que le separó de lo único que hacía que no se sintiese sola.
-¿Y los otros chicos? –preguntó Namae.
Ella se limitó a señalar tras su espalda.
En el borde del claro se encontraban cinco mujeres apuntándoles con unos cuchillos finos. Su piel estaba teñida de dibujos oscuros y sus ojos tenían una fiereza salvaje.
La niña se soltó de Namae sin que esta pudiese evitarlo y corrió hasta ellas, anhelante. Las brujas la recibieron afectuosamente y bajaron las armas. Luego, sin más se dieron la vuelta agarrando la mano de la niña.
-Supongo que no habrían podrido sobrevivir sin ellas –Dijo Namae sentada en la nieve, mientras las veía partir- Creo que Adiam no tardará demasiado en unirse a ellas. Si no hubiese recordado a aquel niño de la taberna, no me habría dado cuenta de que Tirael quería lograr por fin el objetivo que siempre le obsesionó y que para ello sólo necesitaba a tres niñas que se parecieran a mi.
El colgante con la pluma negra se posó de nuevo en su cuello. Ella acarició la pluma negra, cerró los ojos y sonrió.
-¿Dónde tenemos que ir ahora?.
-*Donde quieras. Yo te acompañaré, siempre. Pero por favor que sea un sitio sin ángeles.*
Namae se rió. Aquello era imposible.
-¿Sabes, Oz? Si me hubieras dejado yo habría podido con él.
La risa siniestra recorrió el bosque.
-*Claro.*