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Historia 24675 — capítulo 1

Transcurría, lenta y calurosa, la tarde del 30 de julio. En el número 4 de Privet Drive, Little Winghing, Surrey, un chico delgado y con gafas, vestido con ropa que era demasiado grande para él, lavaba el coche de sus tíos con aspecto resignado. Hacer las tareas de la casa no era ya un castigo ni una novedad para Harry Potter, sino la costumbre de toda su vida en aquel lugar. Aún así, ese verano no le parecía tan importante tener que hacer cosas, ni tan malo... de hecho, las tareas domésticas le distraían, le ayudaban a no pensar... porque eso era lo más horrible de todo: pensar, recordar, porque cada vez que recordaba una horrible sensación de culpabilidad y desasosiego lo invadía.

Mientras fregaba el coche, algunos vecinos pasaron por delante de la casa, lanzándole descaradas miradas de desprecio y repugnancia. Eso a Harry ya no le importaba. Estaba más que acostumbrado a ellas. No vivía en una calle donde su aspecto fuera precisamente bienvenido, y no ayudaba que todos los vecinos creyesen que Harry acudía al Colegio San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables. Eso, desde luego, estaba completamente alejado de la realidad, pero sus tíos preferían que los vecinos creyesen que tenían en su casa a un chico que acudía a esa institución que a que supiesen la verdad: que Harry asistía cada año al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, porque sus tíos odiaban visceralmente cualquier cosa fuera de lo normal, y tener un mago en casa... Su mayor miedo era que alguien pudiese descubrirlo algún día, por lo que castigaban a Harry por cualquier mención o palabra relacionada con su mundo. El peor día de la vida de los Dursley había sido cuando, quince años atrás, habían encontrado a Harry a la puerta de su casa, con una carta en la que se les explicaba que tendrían que quedarse con él, porque sus padres habían muerto, asesinados por Lord Voldemort, el mago tenebroso más terrible que el mundo había conocido.

Harry siempre había creído que sus padres habían muerto en un accidente de coche, hasta que, cuando cumplió los once años, se enteró de la verdad cuando fue invitado a asistir al Colegio Hogwarts. Durante sus cinco años allí, siempre se había preguntado por qué Lord Voldemort había ido tras él, no tras sus padres, sino tras él, que sólo era un bebé... y, finalmente, lo había sabido: había averiguado la existencia de una profecía, una profecía que lo señalaba a él como al único que tendría poder para vencer a Voldemort, una profecía que decía, básicamente, que uno de los dos tendría que matar al otro... Harry no comprendía aún como se había sentido después de conocer la verdad por la cual su padrino había muerto, la verdad por la cual había sido engañado y llevado al Departamento de Misterios, acompañado por sus amigos, que habían estado a punto de morir... Harry no podía ni pensar en ello sin sentir atroces punzadas de culpabilidad y de dolor. La verdad, que Dumbledore finalmente le había revelado, le había aislado aún más del resto del mundo. Generalmente, se sentía fuera de lugar cuando estaba en Privet Drive, pero ahora se sentía igual respecto al mundo mágico; se sentía como perteneciente a otra dimensión. No había sentido ni un solo momento de felicidad en todo el verano, ni siquiera las continuas cartas de Ron y Hermione (e incluso de Ginny y Lupin) que recibía eran capaces de alegrarle. No podía con la culpa; podía odiar a Snape, podía estar enfadado con Dumbledore, pero, en el fondo, sabía que la culpa era suya. Él era el que se había dejado engañar, aún cuando Hermione le había dicho que seguramente sería una trampa...

Intentó no pensar más. Acabó de enjabonar el coche y empezó a darle con la manguera para aclararlo. Entonces se abrió la puerta de la casa, y su primo Dudley, cuyo tamaño, según opinaba Harry, amenazaría al de una ballena joven, salió al exterior, sonriéndole con malicia.

—¿Te diviertes? —le preguntó, mientras comía un gran trozo de chocolate.

—Cállate —le espetó Harry, sin mirarle siquiera.

—¿Estás triste? Llevas todo el verano así. ¿No te gustan las vacaciones, primo?

—He dicho que te calles —repitió Harry, mirando a Dudley con una expresión que el otro sólo le había visto una vez, el año anterior, y había terminado siendo atacado por dos dementores (aunque Harry no había tenido nada que ver con eso, salvo en el hecho de que iban a por él).

Dudley calló un instante, con miedo, pero luego se dio cuenta de que Harry no tenía la varita con él.

—No me das miedo —dijo—. No llevas esa cosa...

—¿Por qué no te largas a fumar al parque con tus amiguitos y me dejas en paz? —le preguntó Harry, alzando la voz.

Dudley miró hacia la casa, temeroso de que su madre, que creía que era una especie de angelito, hubiese oído lo que Harry había dicho.

—¡Habla más bajo!

—¿Tienes miedo de que mami oiga que su peoncita fuma? —se burló Harry, sin verdadera diversión. Antes aquello le habría hecho disfrutar, pero esas cosas ya pertenecían al pasado, a otra vida completamente distinta. Prefería que Dudley le dejara en paz.

Dudley le gruñó, crispando los puños.

—Que te diviertas —le dijo finalmente, yéndose por Privet Drive arriba.

Harry ni siquiera le miró. Terminó de lavar el coche, recogió la manguera y las demás cosas y entró en la casa.

—¿Has acabado de lavar el coche? —le preguntó tía Petunia con severidad.

—Sí —respondió, lacónico.

—Bien —dijo ella, poniendo la cara más amable de la que era capaz con Harry—. Entonces puedes comerte un trozo de helado, si te apetece.

Harry se quedó asombrado, aunque ese tipo de comportamiento empezaba a ser normal ese verano. Desde luego, Harry sabía por qué era: sus tíos vivían atemorizados de que algún mago pudiera aparecer por Privet Drive si trataban mal a Harry, tal como les habían advertido en King’s Cross un mes antes. Cada vez que habían regañado a Harry por algo, tía Petunia se pasaba horas frente a la ventana, mirando recelosa, quizás esperando ver aparecer gente con túnicas extrañas, el pelo rosa o parches que ocultasen horribles ojos giratorios. Sólo de pensar lo que pensarían los vecinos si gente así entraba en su casa, los Dursley se ponían lívidos, así que ese año estaban haciendo un esfuerzo y procuraban tratar a Harry todo lo bien que podían, lo cual, generalmente, equivalía a ignorarle por completo.

Cogió un trozo de helado y se fue a su habitación. Pensaba pasarse la tarde allí, sin hacer nada más que mirar al techo o por la ventana. A pesar de toda su tristeza, notaba que un cambio sí se había producido en él, y deseaba ver a sus amigos, su único apoyo. Sabía (o al menos, esperaba), que las cosas serían más fáciles estando con ellos. Cuando entró en su habitación, vio a Hedwig, su lechuza, que estaba en la jaula, bebiendo agua. Encima de la cama tenía dos cartas: una era de Ron; la otra tenía el sello de Hogwarts y el del Ministerio de Magia. Se sentó en la cama, dejó el helado en la mesilla y abrió la carta de Ron:

Hola Harry:

¿Qué tal te va con los muggles? Espero que la amenaza de Moody, mi padre y los demás siga causando su efecto en ellos y te traten como mereces. Supongo que ya estarás harto de estar ahí, así que te alegrará saber que Dumbledore nos ha dicho que para mañana, que es tu cumpleaños, podremos ir a buscarte y llevarte a Grimmauld Place. Sé que esperabas que fuésemos a por ti antes, pero no ha sido posible. Mi madre dice que haremos una fiesta. Hermione también irá, cuando llegue de España. Fred y George también están aquí, y seguro que traen un montón de cosas de la tienda de bromas, tienen algunas verdaderamente geniales. Espero que se traigan algo nuevo... si mi madre les deja, claro. Tengo muchas ganas de verte, amigo. Hasta mañana.

Atentamente.

Ron

¡Vendrían a buscarle...! Harry sintió la primera sensación de alegría desde que había dejado a sus amigos en la estación en junio. Mañana, a esas horas, estaría con Ron y los demás, lejos de aquella casa. Durante un momento, sólo un momento, sintió una alegría como la de antaño... hasta darse cuenta de a dónde irían... Harry había esperado ir a La Madriguera, pero era obvio que irían a Grimmauld Place... y allí no estaría Sirius. Harry volvió a deprimirse. No sabía cómo se tomaría el entrar de nuevo en aquella casa, el ver a los demás y que su padrino no estuviese con él... Abrió el baúl, y guardó la carta de Ron junto a las otras y una postal que Hermione le había enviado tres días antes desde Cádiz, donde veraneaba con sus padres. Sus ojos se desviaron hacia su Saeta de Fuego, la mejor escoba voladora del mundo, que Sirius le había regalado cuando iba en tercero, antes incluso de conocerle. Desvió la mirada hacia un recorte de periódico que guardaba. Era un artículo de El Profeta, de principios de julio:

EL MINISTERIO RECONOCE ERRORES EN EL

CASO DE SIRIUS BLACK

La Directora del Departamento de Seguridad Mágica, Amelia Susan Bones, declaró ayer a El Profeta que se habían producido importantes novedades respecto al caso de Sirius Black y a los sucesos ocurridos hace quince años, que le valieron a Black una estancia de doce años en Azkaban, hasta que hace ahora tres años lograra fugarse, siendo el primero de los encarcelados allí en conseguirlo.

Sirius Black, como todo el mundo sabe, había sido acusado de vender a Lord Voldemort a Lily y James Potter, y de asesinar a Petter Pettigrew, amigo de Black y los Potter, que le había acorralado, y a otros doce muggles en una calle. Capturado, fue enviado a Azkaban sin juicio previo.

Tras su fuga, se creyó que Black iba tras Harry Potter, su ahijado, para terminar el trabajo comenzado por su amo doce años antes; sin embargo, atrapado en Hogwarts, antes de volver a fugarse había declarado que él no había matado a aquella gente, sino que había sido una trampa de Peter Pettigrew, quien, según Black, seguía vivo, contrariamente a lo que todos creían. Curiosamente, Harry Potter y dos amigos suyos, que habían sido capturados por Black, confirmaron la historia, aunque, creyendo que Black los había hechizado, nadie les concedió crédito.

No obstante, tras aceptar lo que Harry Potter y Albus Dumbledore llevan diciendo desde junio del año pasado sobre el retorno de El Que No Debe Ser Nombrado y la forma en que lo hizo, y las confesiones de algunos de los partidarios del mismo, tras su captura en junio de este año, se confirmó la realidad: Sirius Black es inocente, y el asesino que debía de ser buscado en su lugar, Peter Pettigrew, se encuentra en paradero desconocido. Ante esto, el Ministerio ha revocado la Orden de Merlín de Primera Clase de Pettigrew, concediéndosela a Black, quien, lamentablemente, tendrá que recibirla a título póstumo, ya que cayó luchando contra los seguidores de El Que No Debe Ser Nombrado para salvar a su ahijado, en junio pasado, durante los sucesos que revelaron al mundo que...

Harry derramó una lágrima mientras terminaba de leer el recorte por enésima vez. Allí, junto a él, tenía el distintivo de la Orden de Merlín de Primera Clase que le habían concedido a Sirius; Dumbledore se la había enviado. Harry había estado recibiendo El Profeta durante todas las vacaciones, y su nombre había salido multitud de veces, al igual que los de Ron y Hermione, e incluso, aunque menos, los de Neville, Ginny y Luna. Pareciera que en El Profeta hubiera nacido un repentino interés por conocer más a fondo a los amigos de Harry y a las aventuras en que se habían visto envueltos. Harry, sin embargo, despreciaba todo aquello, aunque seis meses antes hubiera dado la mitad de lo que poseía en su cámara de Gringotts por ver artículos como aquellos. Invariablemente, leía el periódico y luego lo tiraba. Sólo había conservado aquel recorte.

Lo guardó en el baúl y volvió a la cama. Vio entonces la carta del Ministerio, de la que se había olvidado totalmente. La abrió, y se dio cuenta de lo que eran: las calificaciones de sus TIMOs. Apenas se había acordado de que tenía que recibir los resultados. Sintió un deje de nerviosismo, pero apenas le importó. Antes se habría sentido muy preocupado por los resultados, de los cuales dependería qué asignaturas podría tener en sexto, y consecuentemente, qué carrera podría hacer. Pero ahora pensaba que eso no tenía demasiada importancia; su futuro estaba ya marcado, tuviera las notas que tuviera.

Sacó el primer pergamino que había dentro, que era el certificado de los TIMOs, y lo leyó:

RESULTADOS T.I.M.O.

Harry James Potter

Transformaciones...................................... Supera las expectativas

Adivinación................................................................ Insatisfactorio

Encantamientos........................................ Supera las expectativas

Hª de la magia................................................................. Aceptable

Defensa Contra las A. O........................................... Extraordinario

Astronomía...................................................................... Aceptable

Pociones.......................................................................... Aceptable

Cuidado de Criaturas Mágicas................. Supera las expectativas

Herbología................................................ Supera las expectativas

Firmado:

Griselda Marchbanks,

Presidenta del Tribunal de

Exámenes Mágicos.

Se sorprendió ¡no estaban nada mal!. Había obtenido ocho TIMOs, con cuatro «Supera las Expectativas» y un «Extraordinario». Sonrió un poco. La verdad, había esperado tener un «Extraordinario» en Defensa Contra las Artes Oscuras, pero no se lo había dicho a nadie por si acaso... se imaginó la cara de Dolores Umbridge si lo viera... e instantáneamente se puso serio. No le agradaba recordar a Dolores Umbridge, la última profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry creía que incluso la odiaba más que a Snape. Ella le había hecho la vida imposible en Hogwarts a base de decretos y decretos del Ministerio, firmados por Fudge. Ella le había enviado dos dementores, que, si bien no consiguieron absorberle el alma casi habían provocado que le expulsaran del colegio y le rompiesen la varita... le había apartado del equipo de quidditch e incluso había pretendido utilizar contra él la maldición cruciatus...

Intentó alejar a Dolores Umbridge de su cabeza y abrió el otro pergamino que contenía la carta. Estaba firmado por la profesora McGonagall; decía que pronto recibirían una carta con las asignaturas a escoger para el año siguiente. Harry guardó el sobre en el baúl.

Se tiró sobre la cama. Incluso había aprobado Pociones... imaginó que seguramente Snape se sentiría decepcionado. Seguramente le habría amargado el curso recordándole lo malo que era en su clase y demás, pero a Harry no creía que eso le importara ya. Con un Aceptable, Snape nunca le admitiría en sus clases de Pociones para el EXTASIS, así que se libraría para siempre de su asignatura más odiada. No tener más Pociones eran unas perspectivas maravillosas. En otras circunstancias, ya estaría saltando de alegría. En la situación actual, se sentía bastante contento ante la idea. Imaginar cómo sería un año entero de Pociones después de haber mirado en el Pensadero de Snape le aterrorizaba. Los últimos días de la asignatura ya habían sido suficientemente horribles, no necesitaba repetirlos. Aparte de Pociones, ya no tendría más Adivinación, porque la había suspendido. Tampoco le importaba. Estaba harto de inventarse tragedias en los trabajos y de que la profesora Trelawney no parase de predecirle la muerte constantemente; no le importaba mucho, porque la profesora Trelawney sólo había hecho dos profecías auténticas en su vida, y ni siquiera era consciente de ello...

Harry se acordó de cómo le habría ido a Ron y a Hermione. Suponía que Hermione habría tenido un «Extraordinario» en todo o en casi todo... era la alumna más inteligente de Hogwarts, no había nada que ella no supiera ni pregunta de clase en la que no levantara la mano. No le habría extrañado nada que sacara una nota superior a la máxima. Hermione se había quejado mucho de los exámenes, pero teniendo en cuenta que para ella, como decía Ron, un trabajo de clase en el que le hubieran puesto un nueve era su peor pesadilla, no se le podía hacer mucho caso. Esperaba que también a Ron le hubiera ido bien. Suponía que si él había sacado 8 TIMOs Ron no habría sacado menos. En cuanto a las cosas del colegio, excepto quizás en Defensa Contra las Artes Oscuras, Harry no era mejor que Ron en nada. Se acordó de Hagrid y de lo contento que se iba a poner cuando supiera que había sacado un «Supera las expectativas» en Cuidado de Criaturas Mágicas, la clase que Hagrid impartía, compaginándola con sus labores de Guardabosques y guardián de los terrenos de Hogwarts. Hagrid era el profesor preferido por Harry, aunque ello se debía mucho más a la amistad personal que le unía a él (Hagrid había sido el primer miembro de la comunidad mágica que había conocido Harry. Le había rescatado de los Dursley cuando le llegó la hora de entrar en Hogwarts y éstos habían intentado por todos los medios evitar que fuera) que a las aptitudes como profesor de Hagrid en sí. Aunque sabía muchísimo sobre criaturas mágicas, la predilección de Hagrid por los monstruos era un tanto... peligrosa. Hagrid habría preferido tener como mascota un dragón que un perro, tenía amistad con arañas gigantes, había comprado un perro enorme de tres cabezas al que llamaba Fluffy y se había traído a un gigante al bosque prohibido...

Harry se incorporó. Cogió su helado, que se estaba derritiendo, y se acercó a la ventana. Miró al exterior. La verdad era que hacía un día excelente. Decidió guardarse un poco las penas y las amarguras y salió de la casa, avanzando por Privet Drive arriba, con paso lento, como perdido. Incluso sonrió. Si algún vecino le veía, seguramente pensaría que tramaba algo, o que estaba drogado... Caminó, pensando si todavía estaría siendo vigilado por la Orden. Suponía que sí, aunque nunca había visto a ninguno de ellos por allí. Seguramente llevaban una capa invisible. Le gustaría ser como Moody o Dumbledore, y poder ver a través de las capas invisibles, pero, por desgracia, no podía. Ya no le importaba que estuvieran vigilándole sin decírselo, aunque el verano anterior, cuando se había enterado, se había enfadado muchísimo. Ahora eso le parecía un asunto sin importancia; de hecho, por un lado incluso pensaba que era mejor no saber si lo vigilaban y quién lo hacía, no le apetecía hablar con nadie.

Caminó por la calle Magnolia, dirigiéndose al parque infantil donde pensaba sentarse un rato en uno de los bancos. Cuando llegó, algunos de los niños le miraron de forma rara y cuchicheando... pero eso ya no le importaba. Se había acostumbrado a los cuchicheos a su paso, a que la gente torciera la cabeza cuando le veía, e incluso a que le tuviesen miedo... tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle. En uno, la curiosidad y los murmullos los despertaba su cicatriz, en el otro, sus ropas grandes y raídas... y en ambos casos, su fama. Harry se preguntaba por qué algunos de los chicos del barrio tenían miedo de él, cuando su primo Dudley era el verdadero matón. Al fin y al cabo, él no se había metido nunca con nadie, al contrario que Dudley y los suyos, que eran el terror del lugar. No obstante, como sucedía con todo lo que concernía a su «pequeñín», los Dursley ignoraban absolutamente todo lo que hiciese pensar que su hijo no era el angelito que ellos creían.

Harry se quedó deambulando por el parque hasta que la tarde empezó a caer. Cuando llegó el crepúsculo y las farolas empezaron a encenderse, decidió que era mejor volver a casa y prepararlo todo... también tendría que decirles a sus tíos que al día siguiente se iba, quisieran ellos o no. Por muy mal que fuese a sentirse en Grimmauld Place, prefería estar allí que en Privet Drive.

Mientras volvía hacia la calle Magnolia, Harry oyó un estruendo de risas y varios chillidos de chicas. Se acercó a ver qué sucedía y descubrió a su primo Dudley con sus amigos: habían asustado a un grupo de chicas con una serpiente que Piers Polkiss, el mejor amigo de Dudley, llevaba encima. Se reían como bobos. Decidió pasar de ellos y volver a casa, cuando Gordon, uno de los gorilas amigos de su primo, le vio.

—¡Eh, Dudley! ¡Mira quien va por allí!

Dudley miró, y su sonrisa se esfumó.

—¡Si es nuestro querido Harry Potter! —gritó Piers, acercándose—. ¿Lo asustamos un poco, Dud?

—Dejadle, no le hagáis caso —dijo Dudley, intentando parecer valiente, pero debatiéndose por dentro. Harry podía sentirlo, aunque no llevaba su varita, Dudley tenía miedo de lo que pasaría si a Harry le maltrataban...

—Vamos, podemos divertirnos un poco —dijo Piers, mientras los demás le rodeaban, riéndose—. ¿Te gusta mi serpiente, Potter? —le preguntó, divertido, mientras la serpiente silbaba.

Harry podría haberse asustado en otras circunstancias, al no tener su varita. Pero no en aquéllas, con aquella serpiente allí. Él habría preferido que le dejasen en paz, desde luego, pero ahora que se habían metido con él ya no. Quería liberar su rabia contra ellos, hacerles sentir miedo... el estúpido de Piers no tenía ni idea de que Harry sabía hablar pársel; daba igual lo amaestrada que la tuviera, si Harry le decía algo, la serpiente le obedecería al instante.

Dudley se acercó, fijándose en su primo, y se dio cuenta, con una sonrisa, de que Harry no llevaba su varita con él.

—Vaya... a ver si eres tan valiente ahora...

—A tus papis no les va a gustar esto, Dud... podrían recibir visitas...

Dudley dio un bote repentino, y los demás se quedaron mirándole, aunque no podían comprender qué le había pasado. Harry sí lo comprendía. Sin embargo, el miedo de Dudley se esfumó al ver las caras de duda de sus amigos. Volvió a sonreír.

—¿Sabéis que mañana es el cumpleaños de Harry?

—¿Sí? —preguntó Piers, risueño—. Bueno, entonces dejemos que comehombres le dé un regalito —añadió, acercando la serpiente a Harry.

—¿Comehombres? —se rió Harry—. Qué ocurrente eres...

—¿No tienes miedo, Potter? Creo que duele mucho su mordisco... —dijo, ofendido por la risa de Harry, acercándole la serpiente aún más, hasta que estuvo a treinta centímetros de su cara. La serpiente silbó con más fuerza. Gordon, Malcom y Dudley se reían.

Pero Harry ya no. Fijó sus ojos en los de la serpiente, y todo cambió. La serpiente dejó de silbar al instante, notando el dominio de Harry y su verdadera naturaleza. Harry se perdió en los ojos del animal, sintiéndose como nunca lo había hecho al usar la lengua pársel; sintió que podía dominar a la serpiente con su sola mirada... Sintió algo nuevo, distinto, dentro de sí, pero no le dio importancia, sólo quería asustar un poco a esos imbéciles. Silbó algo. Piers le miró extrañado, al igual que los demás. Harry levantó un brazo y tocó la cabeza del animal. Comehombres, para sorpresa de su dueño, se deslizó por el brazo de Harry y se envolvió en él. Los demás retrocedieron, espantados.

—¿Qué...? —se preguntó Piers.

Harry sonrió.

—No eres muy listo, ¿eh, Piers? ¿Qué tal si te atacara a ti?

Harry volvió a silbar de aquella forma extraña, y la serpiente abandonó su cuerpo, dirigiéndose, amenazante, hacia su dueño, que retrocedió horrorizado.

—¡No...! —gritó, muy asustado—. ¿Qué haces? ¿Cómo haces eso?

—¿Tienes miedo, Piers? —dijo Harry, que seguía sonriendo y caminaba lentamente, siguiendo a la serpiente. Harry deseaba que la serpiente les mordiera... pero entonces reaccionó. Volvió a hacer aquellos ruidos sibilantes, y el animal se detuvo, acariciándole la mano. Harry levantó la mirada hacia los demás, pensando en lo que había estado a punto de hacer—. Largaos.

Ellos le miraron con terror, Piers cogió a la serpiente (con miedo) y se marcharon sin despedirse de Dudley, que se le quedó mirando, con evidente miedo en la cara. Obviamente, los demás, aunque habían percibido algo extraño, no sabían nada, pero Dudley pareció entender.

—No necesito mi varita para hacer ciertas cosas, Gran D —le aclaró Harry—. Y estas cosas, además, puedo hacerlas sin más, no tengo que dar explicaciones por ellas. —Calló un momento, y miró a su primo más fijamente—. Te advierto una cosa, Dudley: no son buenos tiempos para mí, ni en realidad para nadie... no hagas que me enfade, podría ser muy desagradable... Recuerda a tía Marge.

Harry se refería a la vez que había convertido a su tía en globo, durante una cena, sin varita, sólo por haberse sentido muy enfadado, ya que su tía había estado criticando a sus padres, de los que, desde luego, no sabía nada que fuese verdad.

Dudley no le respondió. Estaba lívido. Harry emprendió el regreso a casa, sin esperar por él, que le siguió, con paso lento, unos minutos después.

Cuando llegó al número 4, tío Vernon ya estaba en casa, en el salón. Tía Petunia preparaba la cena. Harry subió a su cuarto, tirándose en la cama, mientras esperaba la hora de la cena. Empezó a pensar en lo sucedido. ¿Qué había pasado en el parque? ¿Qué era aquella sensación que había sentido al mirar a la serpiente? La había dominado sólo con la mirada... ¿Cómo lo había hecho? No lo sabía... pero no le gustaba. En aquel momento no le había importado, pero ahora, al pensarlo... Intentó olvidarlo y se puso a leer un libro. Sintió a Dudley entrar, un rato después. Cuando finalmente su tía le llamó, bajó al comedor. Miró a Dudley y le dirigió una sonrisa maliciosa. Había sido un desquite dulce, que le había liberado de parte de la rabia que sentía, pero meterse con su primo no era suficiente. Quizás antes, pero no ahora. Se sentó y empezó a comerse su filete. Dudley no decía nada, y comía carne como si la fuesen a prohibir al día siguiente.

—Mañana vendrán a buscarme —anunció Harry de pronto.

—¿Cómo dices, chico? —preguntó su tío, mirándole.

—He dicho que mañana vendrán mis amigos a recogerme.

Tía Petunia puso cara de espanto.

—¿Vendrán a recogerte? ¿Cómo? —gruñó su tío, mirándole—. ¿No vendrán con cosas raras, verdad?

Harry no le contestó. La verdad, Ron no le había dicho cómo vendrían a recogerle... y seguro que a su tío no le hacía gracia que le volvieran a destrozar el salón.

—Eh, vendrán en coche, creo —dijo Harry para tranquilizar a sus tíos.

—Más vale. Y esperemos que se vistan como la gente normal...

Harry tampoco respondió.

—¿A qué hora vendrán? —inquirió su tía.

—No lo sé... supongo que por la mañana —respondió Harry, acordándose de que iban a celebrar una fiesta por su cumpleaños.

Siguió comiendo. En ese momento, comenzaban las noticias. Harry casi nunca las veía, ahora que El Profeta había publicado por fin la verdad. No obstante, no había sucedido nada desde lo del Ministerio. Ni siquiera los mortífagos encerrados en Azkaban habían huido aún, y Harry no dejaba de preguntarse por qué, si los dementores habían abandonado la prisión. ¿Qué los retenía? Harry no lo sabía. Si habían escapado antes, cuando los dementores aún custodiaban la prisión...

—¡Otra vez hablando de los raros esos! —gruñó de pronto tío Vernon, mirando al televisor y sacando a Harry de sus pensamientos.

—...La mencionada señora aseguró ante la policía, muy asustada, que había visto a dos mortífagos cerca de su casa durante la noche y... —Harry se quedó atónito. ¿Había dicho «mortífagos»? ¿En el noticiario muggle?— ...La policía no encuentra motivos para creer que realmente pudiera haber dos miembros de esa peligrosa secta por la región, pero las investigaciones continúan. Como nuestros telespectadores recordarán, los mortífagos, nombre que se dan a sí mismos los integrantes de esta extraña secta, son altamente peligrosos y no deben de ser atacados bajo ningún concepto, y menos cuando van vestidos con las túnicas y máscaras que usan para cometer sus crímenes. Aún no se conoce claramente sus objetivos ni sus pretensiones, pero algunos de ellos, identificados por la policía, son estos...

Siguió una imagen de algunos de los mortífagos que no habían ido a Azkaban en junio: Colagusano, Goyle, Travers... Harry detuvo su mirada sobre la imagen de Bellatrix Lestrange... ella había matado a su padrino, ella había torturado hasta la demencia a los padres de Neville... Harry no odiaba a nadie tanto como a ella, excepto quizás a Colagusano y al propio Voldemort. Algún día se vería las caras con ella, se lo había jurado muchas noches durante las cuales la imagen de Sirius, abriendo los ojos y cayendo a través del arco lo asaltaban sin cesar.

—¿Te pasa algo, chico? —preguntó tío Vernon, mirándole con desagrado.

—No —respondió Harry con sequedad.

—¿Como que no? ¡Mirabas esas fotografías como si los conocieras!

—Porque los conozco.

—¿Los conoces?

—Son magos —respondió Harry—. Magos malvados. Seguidores de Voldemort —aclaró.

—¿Voldemort? ¿Esos molígrafos son seguidores de ése?

—Sí.

—¿Y por qué salen en nuestro telediario? —preguntó tío Vernon, ofendido ante la idea.

—El Ministro de Magia habrá informado al Primer Ministro de que...

—¡¡No digas eso aquí!! —le espetó su tío. Saber que existía un Ministerio de Magia era un shock del que aún no se había repuesto.

—Está bien —dijo Harry, exasperado—. Esa gente es muy peligrosa. Para todo el mundo, no sólo para nosotros... La última vez, antes de que... matara a mis padres, muchos mugg... muchas personas normales también fueron asesinadas...

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué tenemos nosotros que ver con...?

—Él odiaba a los... los magos que son hijos de gente normal, como... como a Lily —explicó tía Petunia con trabajo. Harry la miró boquiabierto por segunda vez en dos años... Era la primera vez que llamaba a la madre de Harry, su hermana, por su nombre.

Tío Vernon la miró extrañado. Harry continuó.

—Él desea apoderarse de todo nuestro mundo —explicó—. Pero si lo consigue... también irá a por lo demás.

—¿Cómo? —bramó tío Vernon—. ¿Que ese Lord Voldcomosellame viene también a por nosotros?

—Sí —respondió Harry—. Si consigue apoderarse del mundo mágico... nada os salvará.

Tío Vernon no decía nada. Aquello era demasiado para él. Habían acabado de cenar, pero ninguno de los cuatro se movió de la mesa.

—¿Y hacéis algo para detenerlo? —preguntó, por fin.

—Por supuesto —respondió Harry—. Muchos magos están arriesgando su vida para vigilarle, para enfrentarse a él, para protegerme...

—¿Protegerte? —preguntó su tío—. ¿Qué tienes que ver tú...?

—Tengo que ver porque sólo yo puedo matarle —respondió Harry con desgana. Aún no creía que estuviese teniendo aquella conversación con sus tíos—. Si él me mata a mí... se acabó.

Su tío abrió la boca. Tia Petunia profirió un quejido, y Dudley miraba a Harry como si nunca antes le hubiese visto. Harry no dijo más. Se levantó y subió a su habitación, sin que nadie intentase detenerlo, cerrando la puerta tras de sí.

Se acercó a la ventana, pensativo. Se acordó de enviarle una lechuza a Ron, para decirles que usaran un método de viaje lo más normal posible, pero luego decidió que ya era demasiado tarde para eso si venían a buscarle por la mañana, así que lo dejó.

Ya era noche cerrada, pero la brisa era suave y cálida. Harry observó largo rato ese mundo, un mundo tranquilo que no tenía ni idea de que, en algún lugar, Lord Voldemort tramaba algo, reclutaba seguidores, y preparaba planes... ¿Qué pretendía? ¿Por qué no actuaba, ahora que todo el mundo sabía ya que había retornado? No lo sabía. No había vuelto a tener más visiones, aparte de algún que otro ocasional dolor de la cicatriz. Los dolores habían sido algo más fuertes las dos últimas noches, pero nada serio. También sabía que había soñado con algo, pero al levantarse no había recordado qué era. No le importaba, realmente, y casi lo prefería, porque últimamente sólo soñaba con pesadillas donde lo ocurrido en el Departamento de Misterios y en el cementerio de Little Hangleton se entremezclaban de forma horrible. Cerró la ventana y volvió a su cama. Se acostó sobre ella, y decidió leer algo para quitarse de la cabeza las preocupaciones. Terminó cogiendo el libro Equipos de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, que Hermione le había regalado hacía dos años. Lo había leído cientos de veces, pero no le importaba, porque Harry era un forofo del quidditch, aparte de un excelente jugador del mismo deporte. Empezó a pasar las páginas, que casi se sabía de memoria, pero sin verdadero interés. ¿De verdad había llegado a tal extremo de depresión que ya ni el quidditch ni la perspectiva de ver a sus amigos consiguiesen alegrarlo?

Había sido, desde todos los puntos de vista, un día excelente: había recibido buenas notas en sus TIMOs, no tendría más clases con Snape, al día siguiente, que era su cumpleaños, se iría a Grimmauld Place con sus amigos, había asustado a Dudley y a su banda sin violar ninguna ley... y aún así, se encontraba vacío, triste. Nada de aquello tenía verdadera importancia. Las vivencias del pasado y la terrible amenaza del futuro pesaban sobre él como losas, alejándolo del mundo normal. Se sentía aparte, distanciado de todos, diferente. Diferente. Se dio cuenta de que en todos sus años de vida nunca había sabido realmente lo que esa palabra significaba para él: diferente...

Dejó el libro a un lado. No podía concentrarse. Sólo una cosa lo alegraba: no podía ir ya a peor. De todas formas, al menos al día siguiente estaría con los Weasley, que siempre habían sido para él como una familia... de hecho, mejores que su auténtica familia. Harry sabía que le querían como a un hijo, y él les quería a ellos como unos padres. Tal vez... tal vez pudiera alegrarse sólo un poco. Tal vez.

Se desvistió y se metió en la cama. Se esforzó por dormirse y no tardó en hacerlo.

Entonces, la cicatriz volvió a dolerle fuertemente. Hacía semanas que no sentía un dolor como aquel. Le había dolido a veces durante el verano, sí, pero no como esa vez. Supuso que Voldemort estaba muy enfadado por alguna razón... aunque, realmente, no notaba el enfado, o la alegría, como la notaba otras veces. Harry se acostó intentado volver a dormirse, pero el dolor continuaba. La cabeza empezó a darle vueltas, y sus pensamientos se iban y volvían, entremezclados con recuerdos. Sintió que no controlaba su mente, y de pronto vio a Sybill Trelawney, hablándole con aquella extraña voz que una vez le había oído: «El Señor Tenebroso está abandonado y sin amigos, abandonado por sus seguidores...» Repentinamente, la visión cambió y la vio como la había visto en el pensadero de Dumbledore: «El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca, nacido de...» Harry veía, mientras se sumía en sueños cada vez más y más profundos, a su antigua profesora de Adivinación realizar la dos profecías sobre Lord Voldemort, y su visión dio paso al recuerdo del departamento de misterios... y a Sirius... y de nuevo la profecía, cuya voz parecía proceder de un pozo cavernoso cada vez más hondo... «...y uno de los dos deberá matar al otro...» «...antes de la medianoche, el vasallo se liberará y se reunirá con él, y el Señor Tenebroso se alzará de nuevo, más grande y más terrible que nunca»... Harry corría por entre las estanterías llenas de esferas, pero no veía a Hermione ni a Neville... ni a Ron, ni a Ginny ni a Luna... ¿Dónde estaban? ¿Les habían atrapado los mortífagos? No lo sabía. De repente se oyó un fuerte estruendo. Harry se detuvo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Todas las estanterías se derrumbaron, y estallaron las esferas, desparramándose por el suelo, y de todas salía la imagen de la profesora Trelawney, que hablaba: « ...ninguno puede vivir mientras el otro sobreviva...» Harry cayó de rodillas, gritando, mientras la estancia empezaba a dar vueltas y vueltas, mareándolo. Luego sintió que se hundía en un pozo, y cayó, cayó durante lo que le pareció una eternidad. Cuando aterrizó, se levantó y abrió los ojos. Entonces vio que salía de una tumba en un cementerio. Miró la lápida, que ponía «Tom Ryddle» y, mientras miraba, contempló horrorizado cómo aparecía debajo una nueva inscripción: «Harry James Potter». Gritó, pero nada salió de su garganta. Una sombra le cubrió de repente. Se volvió, y frente a él se erguía Voldemort, y ciertamente parecía más grande y terrible que nunca. Sus ojos despedían llamas, sus labios se curvaban en una sonrisa espeluznante, y apuntaba a Harry con la varita. «Te he impuesto mi marca... te he hecho mi igual...», decía, y se reía... y Harry vio con horror como una cicatriz idéntica a la suya aparecía en la frente del mago. Éste bajó lentamente su varita hasta apuntarle directamente al corazón. Su boca se abrió, y aunque Harry gritaba con todas sus fuerzas, seguía oyendo como Voldemort se reía y pronunciaba las palabras «Avada Kedavra» mientras seguía apuntándole. Harry cerró los ojos esperando el impacto, pero éste no se produjo. En su lugar, volvió a sentir como caía, y dejó de oír al mago, porque se alejaba en la oscuridad. Cuando se detuvo y abrió los ojos sintió que todo era distinto. Todo había cambiado, y estaba en otro lugar, y también en otro tiempo. Algo había pasado, porque ahora no se sentía como en un sueño, sino que notaba que aquello no era real... podía sentir lo que sentía su otro yo, pero no podía hacer nada más... Se sentía diferente, pesado, inmenso... y poderoso, poderoso como nadie, poderoso como nada... Se encontró sentado en una sala oscura. Delante de él, lentamente, un rostro fantasmal se acercaba mientras le hablaba... Harry reconoció la cara como la de Salazar Slytherin, uno de los cuatro fundadores de Hogwarts. Había visto su imagen en la cámara de los secretos cuando iba en segundo. Slytherin movía los labios, pero Harry, al principio, no le oía, luego, cuando se acercó más, empezó a comprender sus palabras: «...te has unido a él. Te has unido a mi heredero... bien... bien... te he esperado... tanto tiempo... te alejaste mucho, pero has vuelto, al fin has vuelto... al fin has venido a mí... y la conseguirás para él, y entonces...» Harry quería oír qué era lo que tenía que conseguir, pero no pudo, porque la imagen de Slytherin se desvaneció. El Harry que le escuchaba sonreía... pero él se horrorizaba por dentro... algo malo, horrible, le había sucedido, algo terrible, pero no llegaba a saber qué era. Entonces se levantó, y era alto, y vestía de negro, y ya no estaba en aquella estancia oscura, sino en lo alto de una montaña, y cientos de mortífagos se arrodillaban ante su presencia. Dos inmensas serpientes lo flanqueaban, silbando... Y de pronto lo supo: de alguna forma, ahora era el soberano del mundo mágico, se había apoderado de todo, finalmente lo había conseguido... pero no solo, no era sólo él... Levantó una mano blanca y cadavérica, y los mortífagos trajeron a un encapuchado para ser ejecutado... Harry bebería su sangre, como la de todos los que le habían precedido. Una parte de él se horrorizó, pero otra parte lo deseaba. Sabía lo que hacían: ejecutaban a los sangre sucia, a sus enemigos, a muggles... Los mortífagos le quitaron la capucha al reo... y Harry vio, horrorizado, que era Hermione, su amiga Hermione, que le miró a los ojos. Un lágrima le resbaló por su rostro manchado. Tenía el pelo enmarañado y sucio, y la túnica desgarrada. Suplicaba, pero a Harry no le importaba. Sabía que era la última de todos, y que estaba sola, y que en cuanto estuviese muerta todo habría acabado... el Harry que contemplaba intentaba hablarle, intentaba impedirlo, pero de su boca solamente salía aquella risa fantasmal, terrible, cruel, desprovista de toda emoción humana. Hermione gritaba, pedía, pero Harry se dio cuenta de que en su súplica no había miedo... se dio cuenta de que Hermione suplicaba por él, no por ella, pero eso no le importaba. Ya nada le importaba. Se acercó, y había un espejo, se miró, y se vio, y era su cara, pero también era la de Voldemort, sus ojos eran negros con brillos rojizos e inhumanos y su cicatriz ahora parecía una serpiente. Volvió la vista e hizo una seña, y un mortífago se quitó la capucha. Lo reconoció: era Macnair, y levantaba el hacha que una vez Harry le había visto... Hermione lloró en silencio, pero no bajó la cabeza, sino que miró a Harry con... ¿piedad? Sí, aquella expresión era piedad, o lástima... y eso era lo más horrible de todo, lo que más daño le hacía, aquel sentimiento... ¿Por qué no lo odiaba? ¡Él iba a matarla, debería odiarlo! Macnair se preparó para matar. Hermione, consciente de su destino, abrió la boca y pronunció sus últimas palabras mirando a Harry directamente a los ojos:

—Te perdono, Harry. Ojalá alguna vez comprendas, ojalá alguna vez vuelvas a...

Pero no terminó la frase. Macnair descargó el hacha, y los hermosos ojos marrones de Hermione se apagaron, mientras una última lágrima salía de ellos y rodaba por su mejilla, y un hilo de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. Entonces, Harry sintió que se partía, pero no vio más, porque la visión terminaba y él, por fin, se alejaba...

Se despertó gritando y bañado en sudor. La cicatriz le dolía de una forma espantosa. Se quedó despierto y sentado. Temblaba de pies a cabeza. Había tenido muchas pesadillas en su vida, pero ninguna como aquella... no parecía una pesadilla... era como una visión, pero no era como las demás visiones que había tenido... y Harry supo, de alguna manera, que aquello que había visto o algo muy parecido podía hacerse realidad... Supo, horrorizado, que él podría... podría llegar a ser tan poderoso como el sueño le había mostrado... sólo tenía que unirse a Voldemort, abandonarlo todo y todo sería real... Harry tembló al pensarlo.

—¡No! No puede ser... yo nunca podría... ¡Nunca lo haré! Sólo era una pesadilla... sólo una pesadilla...

La puerta de la habitación se abrió de golpe, la luz se encendió, y Harry, aún tembloroso, vio a tío Vernon, que le miraba no con cara de enfado, sino de susto.

—¡¿Qué te pasa?! —preguntó

—Na... nada, sólo era una pesadilla —explicó Harry.

—¡Creí que te había sucedido algo! —gritó. Ahora sí parecía enfadado—. Procura no tener más pesadillas de esas y no gritar tanto, o dormirás en el sótano ¿de acuerdo?

—De... de acuerdo —balbuceó. La cicatriz aún le quemaba.

Tío Vernon le miró un momento, apagó la luz y volvió a cerrar la puerta.

—No lo haré... no es posible —repitió para sí.

Pero mientras lo decía, pensó en la posibilidad... aunque era terrible, el Harry del sueño ya no sentía dolor, ya no sentía rabia ni pena... estaba por encima de todo y de todos, por encima del mal y del bien... ya no era un ser humano. Se encontró deseando ser así... no sentir el dolor por Sirius, por sus padres... no sentir más miedo, no volver a ser humillado por Snape, por los de Slytherin, por el ministerio... no volver a preocuparse... intentó apartar esos pensamientos de la cabeza. Había ordenado ejecutar a Hermione... ¡y era su mejor amiga! Ella y Ron siempre habían estado con él... incluso en el sueño, a Hermione parecía preocuparle más el monstruo en el que Harry se había convertido que su propia vida... Se sintió asqueado de sí mismo. El dolor de la cicatriz había remitido un poco. Intentó volver a dormirse. Al día siguiente hablaría con Dumbledore, aunque una parte de él seguía enfadada con el director por haberle ocultado tantas cosas durante tanto tiempo, pero era el único que podría ayudarle, ahora que Sirius no estaba... ¿Y qué era aquello que la imagen de Slytherin le había dicho? «Tienes que conseguirla para él...» ¿Qué tenía que conseguir? Harry no lo sabía, pero sentía que saberlo era algo importante, muy importante.

Antes de dormirse, había pensado que tal vez podría alegrarse... tal vez. Ahora sabía la respuesta: no había ningún tal vez.

Evitando pensar, intentó volver a dormirse, y al fin lo consiguió, pero tardó mucho, mucho tiempo en hacerlo.