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Historia 24675 — capítulo 2

Los Weasley acudieron a buscarlo a media mañana. Afortunadamente para Harry, y también para la salud mental de los Dursley, vinieron en un coche prestado por el ministerio. De él se bajaron el señor Weasley y Ron, que parecía muy contento. Ron ya le había contado que la actitud hacia su padre en el ministerio había cambiado mucho, y que incluso era posible que le ascendieran. El ministerio había prestado el coche seguramente para ayudar en la protección de Harry. Una vez reconocido que Voldemort había retornado, la protección de Harry se hacía muy necesaria. Fudge habría sido informado de todo lo ocurrido por Dumbledore, y en el ministerio habrían tomado medidas para protegerle, como se habían tomado cuando fue llevado a vivir con los Dursley, sabedores de que Harry era el primer objetivo del malvado mago.

El señor Weasley saludó a tío Vernon, que no le devolvió el saludo. Sólo esperaba que se fuesen cuanto antes sin que ocurriera nada anormal que mereciera la atención de los vecinos. Dudley había desaparecido; Harry supuso que aun recordaba el caramelo longuilinguo que había probado dos años antes y la experiencia del día anterior.

—¡Hola Harry! FELICIDADES —saludó Ron, dándole un abrazo. Parecía muy alegre—. ¿Qué tal?

—Hola Ron. Buenos días, señor Weasley —dijo Harry, intentando sonreír, pero sin conseguir demasiado.

—Buenos días, Harry. ¡Feliz cumpleaños! —dijo Arthur Weasley también muy alegre. Luego se fijó en su cara y le preguntó, preocupado—: ¿Qué tal te encuentras? No tienes muy buena cara.

—Bueno... no he pasado muy buena noche... pesadillas —aclaró.

—¡Ah, claro...! Pero tranquilo, Harry. Pasarán —respondió más tranquilo el señor Weasley. Obviamente suponía que soñaba con lo sucedido en el departamento de misterios. Pero Ron había visto la mirada que Harry había puesto y supuso que había algo más.

—Bueno Harry —dijo Ron— ¿Te ayudo a bajar las cosas?

—Sí, gracias.

—Bien chicos. ¿Necesitáis ayuda? —preguntó el señor Weasley

—No, gracias —respondió Harry—. Nos apañaremos.

—Bien —dijo el señor Weasley, quien pareció pensar que tenía una excelente ocasión para hablar con tío Vernon. A Arthur Weasley los muggles le volvían loco.

Mientras contemplaban a tío Vernon asustado al ver que el señor Weasley se dirigía a él, Ron y Harry subieron a por el baúl y las cosas de Harry.

—Oye Harry... —dijo Ron— ¿Seguro que sólo fue una pesadilla?

Harry no respondió. Miró a Ron con una expresión grave.

—No... No fue una visión, si es a lo que te refieres... pero fue muy extraño. Era horrible, eso te lo puedo asegurar...

—¿Qué viste? —a Ron se le había borrado la sonrisa de su cara pecosa.

Harry dudó un momento. ¿Era aquel el momento apropiado para contarlo? Es más ¿quería contarlo? Decidió que en aquel momento no.

—Eh... fragmentos de sueños y... a Sirius, y Voldemort... luego muertes, cosas horribles... y no recuerdo mucho más —mintió.

Ron le miró poco convencido.

—¿Seguro? ¿Sólo es eso?

—Sí, Ron. Tranquilízate —Harry intentó sonreír—. Es que fue un sueño muy vívido... pero no creo que sea importante...

Ron siguió mirándole, incrédulo, pero no insistió. Harry sabía que no le creía, y agradeció que su amigo no lo presionara. Iba a contárselo, desde luego, pero cuando estuviese con Hermione, y a ser posible, antes deseaba hablar con Dumbledore. Cogieron todas las cosas y salieron al pasillo. Vieron como Dudley, que miraba por la puerta entreabierta, la cerraba rápidamente, con miedo. Ron sonrió.

Bajaron la escalera, y Harry sonrió al ver a tío Vernon intentando librarse del señor Weasley, que le acosaba a preguntas sobre el funcionamiento de los más diversos aparatos de la casa.

—Ya podemos irnos, señor Weasley —dijo Harry, que estaba deseando abandonar aquel lugar.

—Bien, chicos. ¿Tenéis todo?

—Sí papá. Vámonos o no llegaremos para comer —dijo Ron.

—Bien, bien —dijo el señor Weasley. Luego se dirigió a tío Vernon—. Bueno, señor Dursley, hasta la próxima. Cuidaremos de Harry.

Tío Vernon no contestó. Obviamente no le importaba mucho ni poco que cuidaran de Harry, pero la idea de volver a ver al señor Weasley en su casa le ponía enfermo.

Metieron el baúl en el maletero (en el que Harry habría jurado que no cabía) y se montó con Ron detrás. Harry no preguntó como harían para llegar a la hora de la comida. Obviamente, el coche del ministerio no era un coche normal. Enseguida se pusieron en marcha, y por arte de magia, se pusieron delante de todas las colas, atravesando semáforos en rojo y estrechos callejones por donde no pasaría una motocicleta.

Ron empezó a contarle a Harry las novedades. A Fred y George les iba muy bien con la tienda, y el negocio había prosperado a las mil maravillas. De hecho, incluso la señora Weasley, que al principio se había opuesto totalmente a los «Sortilegios Weasley» estaba orgullosa de ellos. Le dijo a Harry que Hermione llegaría al día siguiente, pues había estado de vacaciones en España (le había enviado a Harry una postal desde Cádiz) y que sus padres la llevarían a Grimmauld Place después de llegar al aeropuerto.

—¿Quién comerá hoy allí? —preguntó Harry, intentado meterse en la conversación y animarse un poco.

—Supongo que casi todos —respondió el señor Weasley—: Tonks, Kingsley, Mundungus, Charlie, Bill, Lupin... ¡Ah! y también Dumbledore. Celebraremos una fiesta. Molly va a hacer un pastel estupendo.

—Estupendo —Harry se alegró. Los vería a casi todos, a pesar de no tener mucho ánimo para fiestas. Y podría hablar con Dumbledore, que era lo que más deseaba. No preguntó por Percy, prefería esperar a estar a solas con Ron. Miró por la ventana. El coche avanzaba a extraordinaria velocidad, casi como el autobús noctámbulo, pero el conductor lo manejaba mejor que Ernie, quien llevaba el autobús. Durante el resto del camino, Ron le contó a Harry que había sacado 7 TIMOs. Como Harry, había suspendido adivinación, pero también Historia de la Magia. Sin embargo, estaba contentísimo. No había esperado tanto. Y también había sacado un «Extraordinario» en Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry se alegró. Esperaba que todos los miembros del «Ejército de Dumbledore» al que él había dado clases de Defensa contra las Artes Oscuras hubieran sacado un «Supera las expectativas» como mínimo. Harry recordó el grupo, y al hacerlo, se acordó de Cho Chang, la buscadora de Ravenclaw con la que Harry había tenido una corta relación el año anterior (Harry no habría podido asegurar que habían sido novios), muy marcada por la muerte de Cedric Diggory, que había sido el novio de Cho el año anterior, antes de ser asesinado por Lord Voldemort la noche de su renacimiento. Al recordarla, Harry sólo notó una especie de nostalgia por otros tiempos que parecían ahora muy lejanos, como pertenecientes a otra época y a otro mundo distinto. Un mundo en el que su padrino vivía, y en el que Harry no sabía que tendría que morir o matar. Al pensar esto último se acordó de su sueño, e instintivamente pensó que existían, o parecían existir otras alternativas... pero no quería pensar en eso. Apartó esas ideas de la cabeza y se dirigió a Ron:

—Oye Ron, ¿has entrenado algo para quidditch? —Ron era el guardián de Gryffindor desde el año anterior.

—¡Sí! —respondió Ron muy alegre. He jugado con Fred, George, Bill, Charlie y Ginny cuando podíamos. Y creo que he mejorado bastante —dijo orgulloso. Su autoestima había crecido mucho desde el partido final contra Ravenclaw, cuando se habían proclamado campeones—. Ginny es la que está más triste. Supone que ahora que Umbridge ha sido expulsada del colegio, tú volverás a ser el buscador de Gryffindor. Eso la alegra —añadió mirando a Harry—, pero le gustaba pertenecer al equipo...

—¡Ah!, es verdad... —dijo Harry. Le daba un poco de pena por Ginny—. Pero tal vez consiga otro puesto. Al fin y al cabo, Angelina se fue el año anterior, al igual que Alicia... Habrá que buscar nuevas cazadoras... quizá tenga suerte. El año pasado me dijo que se presentaría.

—¿Quién será el nuevo capitán del equipo? —preguntó Ron, pensativo—. ¿Crees que te nombrarán a ti?

Harry no lo había pensado nunca. Realmente, él era el jugador más antiguo del equipo, detrás de Katie Bell, que era cazadora. Aunque era muy buena, Harry consideraba que, como buscador, era el mejor jugador del equipo. Desde que él jugaba, sólo habían perdido un partido de todos los que había disputado, y había sido debido a una invasión de dementores...

—No sé —respondió—. Katie es la jugadora más antigua del equipo...

—Pues yo creo que te nombrarán a ti —afirmó Ron, convencido—. Después de lo que te hizo Umbridge el año pasado, seguro que McGonagall quiere recompensarte.

Harry sonrió.

Un rato después, llegaron a Londres. El coche del ministerio les dejó en Grimmauld Place y, tras despedirse del conductor, se dirigieron a la separación entre el número 11 y el número 13, donde, al entrar, apareció el número 12, el Cuartel General de la Orden del Fénix. Protegido por el encantamiento Fidelio, sólo si Dumbledore, guardián de los secretos, decía a alguien donde estaba la casa, podría éste encontrarla. Harry y Ron cargaron el baúl y el señor Weasley cogió la jaula de Hedwig.

Nada más entrar, el cuadro de la madre de Sirius se puso a gritar y a vociferar como de costumbre. De la cocina salió rápidamente Lupin, y entre él y el señor Weasley lograron cerrar las cortinas.

—¡¡Cerdos!! ¡¡Sangre sucia!! ¡¡Traidores!! ¡¡Abandonad la casa de mis padres...!!

Descontado el cuadro, Harry apreció un sutil cambio respecto a la primera vez que había entrado. El vestíbulo aparecía más limpio, mucho más habitable. Atraído por los gritos de su ama, Kreacher, el elfo doméstico, bajó las escaleras, refunfuñando, como siempre, y miró a Harry. Se le formó una sonrisa en la cara.

—¡Vaya! Kreacher saluda al joven amo, sí. Saluda al gran Harry Potter. Pero el joven Harry Potter ha perdido a su padrino, me dicen, aunque él de nuevo escapó del Señor Tenebroso, sí, un sangre mestiza, un sangre mestiza con suerte, sí. Y viene acompañado de ese traidor a la sangre y de uno de sus asquerosos retoños...

Harry le miró con un odio visceral. Ni siquiera había recordado que vería al elfo doméstico.

—¡¡Apártate de mi camino!! —le gritó con rabia, dirigiéndose hacia él— ¡¡Y no vuelvas a mencionar a Sirius!! ¡¡Tú me engañaste!! ¡¡Murió por tu culpa!!

La última vez que Harry había visto a Kreacher, éste le había engañado para que fuera al departamento de misterios, haciéndole creer que Sirius estaba allí. Si no hubiese sido por él...

La señora Weasley salió en ese momento de la cocina. Harry se dirigía hacia Kreacher, con expresión furibunda.

—¡Harry...! ¡Oh Harry! Cálmate cariño, ven, ven por aquí... —la señora Weasley le dio un abrazo y dos besos—. Lárgate —le dijo a Kreacher.

—Estúpida, esta maldita traidora a la sangre se cree que puede dar órdenes a Kreacher, ¡oh, pobre Kreacher, si su ama lo viera, sirviendo a toda esta escoria! —El elfo se alejó por las escaleras.

—Venga, tranquilízate, Harry —le dijo Lupin—. Hoy es tu cumpleaños. Dieciséis años ya...

Harry entró en la cocina. Había un aroma delicioso en el aire, pero Harry se había puesto furioso, y ahora esa furia era sustituida por pena y tristeza, y más al ver a todos los miembros de la Orden en la cocina, excepto a su padrino, a Hagrid, a la profesora McGonagall y a Snape. Todos le saludaron y le felicitaron por su cumpleaños. Instantes después, entraron por la puerta Ginny, Fred y George. Ginny dio un grito de alegría y le dio un gran abrazo a Harry y un beso. Harry se quedó un poco extrañado, Ginny solía ser más tímida con él. Fred y George le saludaron, miraron que su madre no les viera y le entregaron un pequeño libro.

—Toma Harry. Es tu regalo de cumpleaños —dijo Fred.

—Ábrelo —dijo George.

—Gracias chicos —Harry lo abrió de mala gana, no se sentía muy animado para fiestas ni regalos, pero no quería decepcionar a los gemelos. Ni siquiera había mirado el título.

Al abrirlo, a Harry se le cayó el pelo y en su lugar le creció una frondosa hierba verde con espigas y algún que otro tulipán. Todo el mundo se quedó un instante mudo, y luego estallaron en carcajadas. Incluso Harry se rió.

—¡¡George y Fred Weasley!! ¡Os dije que nada de tonterías! —les gritó la señora Weasley intentando poner expresión de enfado, aunque a decir verdad, parecía a punto de echarse a reír.

—¡Tranquila mamá! Se recuperará en media hora. ¿Te gusta Harry? ¡Es un libro hierbapelo! ¡Un nuevo éxito de Sortilegios Weasley! —explicó Fred entusiasmado—. Si se lo das a alguien, al abrirlo se le cae el pelo y le crecen hierbas de todo tipo, según la página por la que lo abras. Cuestan tres galeones de nada.

—¡Y espera que te mostremos los caramelos para desdentados! —agregó George.

Un poco más animado, Harry se sentó a disfrutar de su fiesta, aunque Lupin tuvo que hacerle un pequeño encantamiento desvanecedor, porque con la hierba casi no podía comer, así que se vio obligado a quedarse calvo durante media hora, hasta que le creció de nuevo el pelo y se le quedó como antes. La comida resultó deliciosa, y nadie habló mucho mientras comían.

—¿Qué tal te encuentras, Harry? —preguntó Lupin.

—Bien, gracias —contestó, con un tono seco que Lupin no percibió.

—Me alegro, Harry. La vida continúa —dijo, suspirando—. Debemos seguir adelante. No hagas caso de Kreacher... él sólo obedecía órdenes. Lleva toda su vida sirviendo a una mala familia...

—Dobby también servía en una mala familia y no es como Kreacher. ¡No pienso perdonarle! —había vuelto a ponerse serio y enfurruñado.

Dumbledore le miró fijamente un momento, pero no dijo nada. Harry casi lamentó que no le dijese algo para exculpar a Kreacher, así habría podido desahogar su rabia un poco más. Nadie habló nada durante un buen rato, hasta que Fred hizo que a Ron le saltara sopa desde el plato y el ambiente se distendió un poco. Hablaron de banalidades, con alguna carcajada cuando Fred y George hacían alguna locura, pero Harry no dijo gran cosa. Prefería comer en silencio y mantenerse en un segundo plano, y los demás parecieron entenderlo. Miraba a veces a Dumbledore, y se encontró en varias ocasiones con la mirada del anciano mago. Una mirada, que tras la fachada de alegría, mostraba un deje de preocupación por algo.

Tras la comida, y los pasteles, y el «cumpleaños feliz», Harry subió a su habitación con Ron, Ginny, Fred y George para deshacer su maleta y abrir sus regalos. Habría sido el mejor cumpleaños de su vida si Sirius hubiese estado con él... Harry intentó alejar esos pensamientos y disfrutar del día, pero no podía. Ya ni siquiera era la ausencia de su padrino. El recuerdo vívido del sueño lo atormentaba sin cesar. Cuando tuvo las maletas deshechas, Harry preguntó a Fred y George por la tienda.

—¡Va estupendamente, tío! Jamás habríamos imaginado tanto éxito en tan poco tiempo... aunque claro, teníamos un buen estudio de mercado —dijo George riéndose.

Harry sonrió. El «estudio de mercado» había sido llevado a cabo por los gemelos en multitud de alumnos de primero el año anterior, pese a los intentos de Hermione por evitarlo.

No dijo nada durante un momento. Quería preguntar algo y no sabía muy bien cómo.

—Bueno y... ¿y Percy? —dijo por fin, con una sonrisa tímida en la cara.

—Percy... —comenzó a decir Ron—. ¿Sabes?, quizá lo veas hoy, Harry. Sigue viviendo en Londres, pero quizás venga por aquí. Dumbledore le ha invitado —explicó, mientras Harry se extrañaba. Percy había creído que Dumbledore era un criminal—. Tardó dos semanas, pero una noche vino a casa a disculparse. Mi padre se mostró reacio, y Fred y George querían darle de premio turrón sangranarices, pero mamá se puso a llorar de felicidad. Le ha costado mucho, pero ha pedido perdón, y a ti, desde luego, te debe una disculpa. Ya le ha pedido perdón a Dumbledore. Ahora vuelve a trabajar en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, no quiso seguir con Fudge, quien, por cierto, ha despedido a Dolores Umbridge por lo de los dementores y lo de la maldición cruciatus contra ti. Todo salió a la luz y además ella no estaba en muy buenas condiciones para trabajar... —Ron sonrió—. Creo que ahora vive en Escocia, con su hermana o algo así. Fudge ha estado dando muchas explicaciones y disculpas. Mi padre opina que si sigue mucho en el cargo será un milagro.

—Me alegro de que hayan echado a Umbridge. Tiene suerte de no haber acabado en Azkaban —dijo Harry, tajante—. Yo, por mi parte, seré feliz si no vuelvo a verla en la vida.

—¿Vas a perdonar a Percy, Harry? —preguntó Ginny.

—No lo sé —contestó Harry, pensativo—. Supongo... aunque desde luego no será lo mismo nunca. Aún no se me quita de la cabeza que haya podido tragarse toda la basura que decía ese periódico.

—Por nuestra parte es sólo como medio hermano —dijo Fred muy serio—. No vamos a perdonarle tan fácilmente que haya hecho sufrir tanto a nuestros padres. De hecho, si no fuera por mamá...

A esto le siguió un silencio un poco incómodo, hasta que George, para romper la tensión, preguntó:

—¿Sigue pareciéndose el idiota de tu primo a un ballenato joven?

—No. Ahora ya es un ballenato casi adulto —dijo Harry con una sonrisa. Fred y George rieron y el ambiente se distendió.

—Fred y yo hemos pensado en hacerle un tributo creando un pastel Dudley.

—¿Un pastel Dudley? ¿Qué hace? —preguntó Harry, perplejo.

—Lo comes y engordas 120 kilos de golpe —respondió George—. ¡Va a ser el terror de las chicas!

—Sí, hasta un cazurro como ese puede servir para algo, ya ves —dijo Fred entre las risas de Ginny, Ron y Harry. Éste se sentía muy feliz de haberle dado el premio del Torneo de los Tres Magos a Fred y George. Nadie era capaz de levantar el ánimo como ellos en las situaciones más tristes.

—Vamos a ampliar el negocio, Harry. Lee Jordan va a ayudarnos, ahora que ha terminado en Hogwarts. La verdad es que sin él no es lo mismo... —explicó George.

Harry se asustó de lo que podrían hacer entre los tres. No conocía a nadie capaz de hacer tantas travesuras y gamberradas. Estaba seguro que en unos años la tienda de Zonko tendría graves problemas con la competencia.

Después de hablar un rato sobre el quidditch, Harry, más alegre que en ningún momento del día (que aún así no era mucho), bajó con Ron. Afortunadamente, no volvió a ver a Kreacher. Una vez en el vestíbulo, Lupin se acercó a él, mientras Ron entraba en la cocina.

—¿Te encuentras mejor, Harry? Cuando llegaste no tenías buena cara.

—He pasado una mala noche... —respondió Harry.

—Harry, sé que es duro volver aquí, y ver a Kreacher, y todo lo demás, después de lo que pasó, pero debes seguir adelante. Sirius seguirá contigo en tus recuerdos. Tú le diste un tiempo en libertad que no habría tenido si no le hubieras salvado de los dementores, y él hizo lo que debía hacer como enemigo de Voldemort y tutor tuyo. No debes sentirte triste. Murió como un hombre libre, alégrate. Además, el ministerio ha decidido concederle a título póstumo la Orden de Merlín de Primera Clase que le habían otorgado a Peter...

—Eso no va a devolverle a la vida —repuso Harry con sequedad.

—Sí, pero al menos todo el mundo le recordará como a un héroe en vez de como a un asesino fugado. Tú tienes a tus amigos, Harry... amigos muy buenos, de los mejores que se puede tener, diría yo. Ellos siempre estarán contigo. Yo perdí a mis mejores amigos del colegio: primero tu padre... luego creí que Peter había muerto, y aun peor, que Sirius era un mortífago... me alegré muchísimo al saber que era inocente... y ahora ha muerto, y Peter resulta ser el asesino. Tú todavía tienes a tus amigos, y para los Weasley eres como un hijo. No debes olvidar eso.

—Lo sé... —dijo Harry pensativo. Lupin tenía razón—. Supongo que lo superaré, con el tiempo...

—¡Así me gusta! —Lupin parecía un poco más alegre—. Yo también le echo de menos ¿sabes? Pero sé que tanto él como tu padre estarán siempre con nosotros.

Harry sonrió y dejó a Lupin. Entró en la cocina, donde estaba Ron, charlando animadamente con Tonks y Kingsley Shacklebolt. Harry se les unió, verdaderamente alegre por primera vez en el día. La señora Weasley le miró y se le dibujó una sonrisa en la cara.

Una hora después, Kingsley y Tonks salieron. Mientras Ron se servía una merienda con Ginny, Harry se dirigió al lavabo. Al salir de la cocina, se abrió la puerta de la entrada y Snape entró en el vestíbulo. Harry se le quedó mirando con una expresión entre indiferente y de odio. El rostro de Snape, sin embargo, no mostraba la menor duda: mostraba un odio indescriptible. No había olvidado la humillación de haber cogido a Harry mirando en sus recuerdos más odiados. Harry tampoco había sido muy feliz ese día, se había llevado una desilusión respecto a su padre...

—Ho... hola profesor —logró decir Harry.

—No he venido a charlar contigo, Potter, así que no me molestes. ¿Dónde está el director?

—No lo sé —le respondió Harry—. Pero la señora Weasley está en la cocina.

Snape, tras dirigirle una última mirada de intenso odio, entró en la cocina y cerró la puerta. Harry se dirigió al lavabo y al salir se encontró con Fred y George.

—Parece que nuestro querido ex profesor de pociones ha venido a hacernos una visita, ¿eh, Harry?

—Sí. Y por mí me habría ahorrado la molestia de verlo. Sólo me consuela la idea de que no volveré a tener clase con él nunca más.

—Si quieres, Harry, Fred y yo tal vez podríamos darte un empleo a tiempo parcial como cobaya, si no quieres volver a Hogwarts —ofreció George con expresión excesivamente seria y profesional.

—Mejor que no... gracias —dijo Harry con una sonrisa— Creo que es menos arriesgado enfrentarse a un ejército de mortífagos.

—Tú te lo pierdes, chaval —respondió Fred encogiéndose de hombros mientras se dirigían a otra habitación.

Cuando Harry bajó, Snape ya se había ido, para alivio de Ron y Ginny. Ofrecieron a Harry unos bocadillos y fueron a sentarse al viejo salón del sótano de la casa, ahora rehabilitado. Mientras comían, Harry miró a Ginny.

—¿Qué tal con Dean Thomas, Ginny? —le preguntó, sin rodeos, y sorprendiéndose a sí mismo por su atrevimiento. Ginny no le había hablado nada de eso en las cuatro cartas que le había enviado a Privet Drive.

—Eh... bueno... —dijo Ginny, un poco cohibida. Harry le había gustado prácticamente hasta el año anterior, y hablar de estos temas con él le daba un poco de vergüenza.

—Lo dejaron hace una semana —respondió Ron, sonriente—. Ginny dice que en vacaciones no le ve y que se pone algo pesado. Michael Corner también se puso muy pesado ¿eh, Ginny? ¿No será que te aburres con facilidad? Tal vez deberías elegir a alguien a quien vieses a menudo, no sé... —dijo, lanzando miradas furtivas hacia Harry.

Ginny le miró con expresión asesina. Harry miró hacia otro lado, como distraído... Harry sospechaba que Ron deseaba que Ginny saliera con él, pero a él nunca le había gustado ella, era más bien como una hermana pequeña...

—¿Y si te preocuparas de ti, Ron? —respondió Ginny, levantándose enfurecida— Mientras te preocupas tanto por mí, tú vas a dejar pasar tu ocasión...

—¿Qué ocasión? —le preguntó Ron, con el entrecejo fruncido.

—Déjalo, da igual —dijo la chica, meneando la cabeza con gesto enfadado—. No ves lo que tienes delante de las narices...

—¿A qué te refieres? —preguntó Ron, frunciendo el entrecejo más aún.

—¡Me refiero a Hermione, idiota! —gritó Ginny.

—¡¿Cómo dices?! —Ron también se había levantado. Ginny salió del salón, sin escuchar más a su hermano—. ¿Tú la has oído? —le preguntó a Harry—. ¡Está loca! ¿Yo, con Hermione? No, gracias —repuso Ron muy ofendido.

Harry casi lamentó haber sacado el tema, pero pensó, divertido, si Ginny no tendría algo de razón en lo que había dicho.

Antes de la hora de cenar. Harry subió a su habitación a ver como estaba Hedwig. Recordó que aún no había hablado con Dumbledore, y que debía hacerlo pronto. A pesar de que se lo estaba pasando mucho mejor de lo que había creído posible, Harry se acordó de su sueño. Tenía que hablar con Dumbledore, y éste no estaba en la casa y no sabía cuando volvería. Bajó a la cocina y le preguntó a Moody, que limpiaba su ojo mágico, si sabía cuando regresaría el director.

—Pues no lo sé, Potter, pero dudo que venga hoy a cenar. Probablemente hasta mañana no vuelva por aquí. ¿Por qué? ¿Te sucede algo? —inquirió, mirándole de una forma extraña debido a su ojo vacío.

—No... sólo quería tratar un asunto con él —dijo Harry, encogiéndose de hombros—. Nada importante.

—Si tienes algún problema, Potter, no dudes en contármelo. A mí o a cualquier otro. ¿No habrás tenido alguna visión más, verdad?

—Eh... no. Ninguna.

—Mejor, mucho mejor. Recuerda, Potter, estate siempre alerta.

—Lo recordaré, profesor.

—Y preferiría que no me llamarais profesor... no hace más que recordarme a aquel canalla...

Harry volvió al salón, donde Ron, Fred, George y Ginny jugaban una partida de gobstones. Ron iba perdiendo. Se le daba mucho mejor el ajedrez mágico, en el que siempre conseguía ganar a Harry. Al parecer, Ginny y Ron ya no estaban picados, y dirimían sus diferencias en la partida. Ginny llevaba las de ganar. Harry se quedó mirándolos. Un rato después, la señora Weasley les llamó para cenar.

Estaban poniendo la mesa cuando Tonks llegó, y un instante después, Lupin se les unió. Charlie había regresado a Rumania, y Bill tenía una cita con Fleur Delacour. A Fleur le había gustado Bill desde que le había visto por primera vez durante el Torneo de los Tres Magos.

Mientras charlaban animadamente, se abrió la puerta del vestíbulo. Era el señor Weasley, e invitó a alguien a pasar con él.

Cuando la puerta de la cocina se abrió, vieron quien venía con él: Percy.

La señora Weasley se levantó y corrió a abrazar a su hijo.

—Vamos hijo, pasa... —le invitó su madre—. ¿Has cenado?

—No, mamá —repuso Percy—. Pero no tengo mucha hambre... sólo venía a... —Miró un instante a Harry y bajó la vista.

Harry procuró no mirarle directamente, como si la cosa no fuera con él.

—Vamos, siéntate. Comerás con nosotros.

Percy se sentó, un poco cohibido porque todos habían callado y le miraban de reojo de vez en cuando. El señor Weasley también se sentó. Percy no parecía saber ni qué decir, ni a quien mirar. Finalmente, haciendo acopio de valor, habló.

—Esto... Harry... —dijo tímidamente.

—¿Sí? —preguntó Harry, como sin interés.

—Bueno, yo... —se había puesto rojo y parecía muy nervioso— yo quería... quería disculparme por haber dicho todas esas cosas de ti... Sé que fue horrible, pero... pero leía El Profeta, y Cornelius Fudge aseguraba que mentías...

—Ya. El Profeta decía y Fudge aseguraba —le espetó Harry, continuando con su cena como si tal cosa.

—Es que... —Percy calló unos segundos— era tan... tan impensable que El-que-no-debe-ser-nombrado retornara... Nadie querría creerlo, era más fácil pensar que te querías dar importancia, como con lo del torneo de los Tres Magos... —intentó explicarse Percy.

—Claro —dijo Harry escuetamente—. Yo sí quería creerlo ¿verdad? ¡Somos grandes amigos! ¡Pero estaba allí! ¡No quería creerlo, pero lo vi! ¡Él mató a mis padres! ¡¿Cómo iba a querer darme importancia por ello?! ¡¿Qué creías que quería?! —Harry se había puesto en pie y gritaba—. ¡Para mí esta cicatriz no es más que una desgracia y una maldición! ¡No me apetece precisamente darme importancia por ello! ¡Yo le daría mi fama a quien la quisiera! Preferiría tener aquí a mis padres y a Sirius...

Percy bajó la cabeza, sin saber qué decir. Los demás miraban la escena sin decir nada.

—Yo... yo lo siento mucho —balbuceó—. De verdad lo siento... Si no quieres perdonarme yo lo entenderé... pero ya sabes que yo... yo siempre he seguido las normas escrupulosamente y... bueno... —hizo ademán de levantarse e irse. Harry vio la cara de pena que ponía la señora Weasley y se le partió el corazón. La rabia que sentía cedió lentamente.

—Está bien —dijo—. Te disculpo, Percy. Pero no esperes mi amistad de buenas a primeras. Hay cosas más importantes que las dichosas normas. Si Ron, Hermione y yo hubiésemos seguido siempre las normas, Voldemort —Percy se estremeció al oír el nombre— habría retornado hace tiempo y tendría la piedra filosofal. Y Ginny habría muerto en la cámara secreta. Y Sirius habría recibido un beso de aquellos dementores... ¡A veces hay cosas más importantes que seguir las leyes!

—Lo... lo sé... Está bien —Percy le miró a la cara, un poco más aliviado—. Está bien, Harry. Yo... yo te lo agradezco —Pero Harry se fijó en la expresión de ternura y alivio de la señora Weasley más que en la de Percy.

La cena transcurrió sin más incidentes, aunque en un tono de mayor frialdad que antes de que Percy llegara. Éste, al acabar de comer, no tardó en irse, alegando que al día siguiente tendría que levantarse temprano. Era obvio que no se sentía demasiado cómodo, y a Harry no le extrañaba nada.

Harry, por su parte, se sentía bastante cansado, así que subió a su habitación para acostarse. Ron y Ginny subieron con él, y también los gemelos, quienes al día siguiente tendrían que abrir la tienda de artículos de broma. Harry estaba deseando ir a verla.

—Eh Harry —dijo Ron—. ¡Mañana llega Hermione! Supongo que se lo habrá pasado estupendamente en España... yo me lo pasé muy bien en Egipto... —agregó, con voz soñadora—. Me gustaría viajar más.

—Sí, es estupendo —Harry estaba pensando si, cuando llegase su amiga, debería contarles a ella y a Ron todo lo que estaba ocultando. No llegó a ninguna conclusión y decidió consultarlo con la almohada.

—Seguro que viene muy morena... —siguió diciendo Ron, como si hablara consigo mismo. Ginny miró a Harry con una risita que Harry captó al instante. Ron no se percató. Parecía que él mismo estuviera en España.

«¿Qué le pasa? —se preguntó Harry a sí mismo—. Nunca lo había visto así...»

—...y seguramente te traerá algo, Harry —terminó Ron, sonriente. —Tratándose de Hermione, será algún tratado sobre magia española, seguro.

Harry se rió. Eso era propio de Hermione, quien era la única persona que Harry y Ron conocían que se había leído Historia de Hogwarts, Evaluación de la Educación Mágica en Europa y otros libros similares. Ron pareció volver de su ensimismamiento

—Vamos Ginny, vete a tu cuarto, Harry y yo vamos a acostarnos —ordenó Ron.

—Está bien, mandón —dijo Ginny echándole la lengua a su hermano—. Hasta mañana, Harry.

—Hasta mañana, Ginny. —Harry miró a su amigo, que empezaba a ponerse el pijama—. ¿Qué te pasa? —le preguntó.

Ron levantó la cabeza y miró a Harry.

—¿A mí? Nada. ¿Por qué? —respondió, mirando a Harry fijamente.

Harry no respondió inmediatamente. Aquel era Ron, sí, pero había cambiado en algo, aunque no sabía exactamente en qué.

—Has cambiado —dijo Harry, sin más—. ¿Desde cuando ese... interés por Hermione?

—¿Interés? —dijo Ron, un tanto extrañado. Luego sonrió, pero no con su sonrisa habitual, sino con otra, más... ¿madura?—. Es nuestra amiga. Y respecto a que he cambiado... ¿tú no has cambiado? —preguntó él.

Entendió a Ron sin que se explicara. Estaba claro a lo que se refería: Departamento de Misterios. Habían estado a punto de perder la vida... y ya no era como cuando tenían doce años. Y él, concretamente, había cambiado mucho más de lo que Ron podía aún imaginarse.

—Sí, sí he cambiado —afirmó Harry.

—Yo también —dijo Ron—. Y Ginny... y supongo que también Hermione. Ha pasado un mes, y creo que todos hemos tenido mucho tiempo para pensar, ¿no crees?

—Sí, sí lo creo —dijo Harry, que estaba totalmente de acuerdo con su amigo.

—Me he dado cuenta de que no me has contado la verdad sobre tu sueño —añadió Ron—. Pero sé que lo harás.

Harry sonrió.

—Quería hablar con Dumbledore antes —se disculpó.

—No pasa nada, no te preocupes... Confío en ti.

—Gracias —dijo Harry—. ¿Sabes? No estoy tan alegre como aparento.

—Ya lo sé. Tampoco yo. También echo de menos a Sirius...

Ninguno de los dos dijo nada más. Harry se puso el pijama y se metió en la cama. Estuvo un rato pensando en lo que había pasado durante el día. Sobre todo, lo que más había notado era aquel extraño cambio en Ron. Sí, era lógico, después de lo que habían pasado, pero... había algo más. Harry lo sentía. Tras aquel cambio había algo más, no sabía el qué. Sin embargo, sabía que, fuese lo que fuese, Hermione también estaría afectaba. Casi podía sentirlo. Pensando en ello, se fue quedando dormido, más tranquilo. Al día siguiente llegaba Hermione, y hablaría con Dumbledore. Todo se solucionaría. Seguro. Durmió toda la noche calmado y sin sueños.

Cuando despertó por la mañana, Ron aún estaba dormido. Se dirigió al baño, se vistió y luego salió al pasillo. Al salir vio a Kreacher que se dirigía con algo al dormitorio de la madre de Sirius. Harry le siguió. Abrió la puerta y encontró al elfo hablando solo y con una foto en la mano. Allí, estaba aún buckbeak, el hipogrifo en el que una vez él y Hermione habían salvado a su padrino del beso de los dementores.

—Hola, buckbeak —dijo Harry acariciándole el pico. El hipogrifo se inclinó saludándole. Luego miró al elfo doméstico, que se encogía en un rincón, echando maldiciones contra todos por tener al hipogrifo en el cuarto que había sido de su ama—. ¿Qué tienes ahí, Kreacher?

El elfo doméstico miró a Harry con visible odio e intentó ocultar la foto.

—Kreacher no oculta nada al joven amo, al joven sangre mestiza, no...

—Dámelo —dijo Harry.

—No... no... ¡Kreacher no tiene nada!

—Vamos Kreacher, dámelo.

De mala gana, y rumiando maldiciones, Kreacher se lo entregó. Harry lo miró. Parecía ser una antigua foto de familia que Kreacher habría salvado de la purga de Sirius. No reconoció el lugar, que parecía algún sitio de montaña. En ella Harry reconoció al mismo Sirius que había visto en el recuerdo de Snape. Un muchacho de unos 15 años. No tenía una expresión feliz. A su lado había otra muchacha aproximadamente de su misma edad, con la misma expresión de disgusto que Sirius. Harry no la reconoció. Siguió fijándose en los rostros, y vio a la madre de Sirius, agarrada a un hombre que debía ser su marido. Apoyaban sus brazos sobre los hombros de un niño que se parecía algo a su padrino. Harry supuso que debía ser su hermano, Regulus. Entre otras personas a las que tampoco reconoció, vio a dos chicas, junto a la muchacha que estaba al lado de su padrino. Tenían una expresión de suficiencia en la cara que a Harry le pareció repugnante. A una de ellas Harry la había visto hacía muy poco en el departamento de misterios, a la otra la había conocido en los Mundiales de quidditch: Bellatrix Lestrange y Narcissa Malfoy, su hermana y madre de Draco Malfoy, le miraban con expresión de superioridad. Harry dedujo que la muchacha que estaba al lado de su padrino debía de ser Andrómeda, hermana de Bellatrix y Narcissa y madre de Tonks, que, al igual que su padrino, había sido «expulsada» de la familia por haberse casado con Ted Tonks, un hijo de muggles. Harry observó durante un rato a la familia Black. Una de las más antiguas familias de magos, corrompida casi hasta la médula por la idea de la sangre limpia y la superioridad de los brujos... a Harry no le extrañó que Sirius hubiese querido abandonar aquella familia cuando pudo. Comparados con ellos, los Dursley parecían aceptables...

—¿De dónde sacaste esta foto, Kreacher?

Pero Kreacher no dijo nada, se largó lanzando maldiciones contra Harry e intentando no quedar al alcance de Buckbeak, que intentó darle un picotazo cuando el elfo iba a salir de la habitación. Mirando aún la foto, Harry bajó a desayunar. En la cocina se encontró con Lupin y la señora Weasley. Fred y George acababan de marcharse a la tienda de artículos de broma.

—Buenos días, señora Weasley, buenos días, profesor Lupin.

—Buenos días, Harry, cariño ¿has dormido bien?

—Sí, gracias.

—¿Qué es eso, Harry? —preguntó Lupin señalando la foto.

—Es una foto que le quité a Kreacher...

—Déjamela...

Lupin la miró, y frunció el ceño.

—¿Los conocía, profesor Lupin?

—Sí —dijo Lupin con visible desagrado—. Los conocí cuando estábamos en Hogwarts. Sirius nos había presentado a sus padres en la estación, pero nunca quiso que fuéramos a su casa. No le gustaba nada. Al igual que tú, Harry, Sirius prefería pasar sus vacaciones en Hogwarts, o cuando podía, en casa de James. Por supuesto, nunca les dijo que yo era un hombre lobo, ni que mi padre era muggle. Tus abuelos, sin embargo, sí lo sabían, y no les importaba, aunque constantemente nos decían que tuviésemos cuidado... —Lupin sonrió, recordando—. Si hubiesen sabido lo que hacíamos...

Harry sonrió. La familia de su padre había sido para Sirius como los Weasley para él: una segunda familia, mejor que la auténtica...

—Sírvete unas tostadas, Harry. Iré a levantar a Ron y a Ginny —dijo la señora Weasley, saliendo de la cocina.

Lupin siguió mirando la fotografía un rato, y luego la apartó.

—¿Quieres conservarla? —le preguntó.

—No. Esa mujer está ahí —dijo Harry con expresión de odio—. Ella mató a Sirius. Todos los motivos por los que Sirius murió están ahí, en las caras de esa gente... No quiero verlos. A ninguno de ellos.

—Bien, porque yo tampoco —Lupin se levantó y tiró la foto en el fuego.

Mientras Harry desayunaba, pensativo, bajaron Ron y Ginny.

—Hola Haaaarry —saludó Ron, bostezando. Se sirvió un poco de leche y unas tostadas y empezó a comer—. No sé qué prisa tiene mi madre porque nos levantemos. No hay nada que hacer aquí.

—Bueno, hoy llega Hermione, Ron —dijo Ginny mirando a su hermano con expresión divertida.

—Ya lo sé —contestó Ron, sin hacer caso de la risita ni del tono de su hermana— ¿La traerán sus padres? ¿O tenemos que ir a buscarla nosotros? —preguntó.

—¿Y yo que sé? —respondió Harry.

—Sus padres la dejarán aquí —dijo la señora Weasley, entrando en la cocina.

Terminaron el desayuno y fueron a recoger sus habitaciones. Ron protestó, pero la señora Weasley amenazó con lanzarle un embrujo si el cuarto no estaba listo en media hora. Ginny fue a su habitación, que compartiría con Hermione, y Harry y Ron entraron en el suyo.

—Oye Ron —dijo Harry mientras terminaba de hacer su cama— ¿Quién custodia Azkaban ahora?

—No estoy muy seguro... creo que ahora hay allí magos del departamento de seguridad mágica, algunos aurores, creo... eso es lo que he oído a mi padre y a Kingsley. Por supuesto, han tenido que echarle algunos conjuros más a la prisión y reformarla. Sin los dementores, la fuga es muchísimo más fácil...

—Ya... —Harry se preguntaba como todavía no se habían fugado de allí los mortífagos. Un grupo de magos no detendría a lord Voldemort.

—¿Tú también te preguntas por qué no han huido todavía? —dijo Ron mirándole.

—Sí. ¿No te parece raro?

—Bueno... a lo mejor ellos solos no pueden, y quizás Quien tú sabes quería darles un escarmiento por haber fracasado en su misión...

—Quizás —dijo Harry, pensativo—. Pero a Bellatrix la ayudó cuando los aurores llegaron al ministerio de magia...

—Bueno, ella era su sirviente más fiel, ¿no? Y además estaba a su lado. Seguro que si hubiera estado con los demás en el departamento de misterios no habría bajado a ayudarla.

Terminaron de recoger la habitación y bajaron al salón. Se pasaron el resto de la mañana jugando al ajedrez mágico, mientras Ginny leía un libro, hasta que oyeron el timbre de la puerta.

—¡Harry, Ron, Ginny! Creo que deberíais venir —les llamó la señora Weasley, por encima de los gritos de «¡¡Otra vez esta asquerosa sangre sucia en la casa de mis padres!!», que otra vez gritaba el cuadro.

Los tres salieron corriendo del salón hacia el vestíbulo. Allí estaba Hermione, que sonrió enormemente al verlos.

—¡Harry! —exclamó Hermione, lanzándose hacia él. Le dio un fuerte abrazo y un beso—. ¿Qué tal te encuentras? ¡Feliz cumpleaños! Te he traído un regalo.

—Bien. Gracias Hermione.

—Hola Ron —Hermione le dio otro abrazo a Ron, que la miraba de forma extraña. Ginny se aguantaba la risa.

—Hola Hermione. Estás muy... morena —dijo, un poco ruborizado. Hermione le sonrió.

—Bienvenida —dijo Ginny.

—Hola Ginny —le contestó Hermione, dándole un beso.

—Que los chicos te ayuden a llevar las cosas a tu cuarto, querida —dijo la señora Weasley.

—Gracias.

Entre todos cargaron el equipaje de Hermione hasta la habitación que compartía con Ginny. Harry se fijó en que Hermione había crecido algo, y que llevaba el pelo algo menos enmarañado que de costumbre. Por la expresión de Ron, Harry se dio cuenta de que también se había fijado.

—¿Qué tal por España, Hermione? —le preguntó Ginny.

—¡Oh! Estupendo. Es precioso. ¡Y hay magia muy interesante! He aprendido mucho —explicó Hermione, contentísima—. Además encontré una tienda donde vendían una poción estupenda para el pelo ¿Lo veis? —dijo, tocándoselo.

—Te queda muy bien —opinó Ginny, mientras Ron y Harry se miraban. Sólo Hermione podía utilizar unas vacaciones para aprender cosas.

—¿Qué tal va todo por aquí? —les preguntó ella.

—Como siempre. Bueno, casi... —respondió Harry, bajando la mirada.

Hermione borró la sonrisa de su cara y se mostró un poco preocupada, notando que Harry se había acordado de su padrino.

—Tranquilo Harry. Todo mejorará, ya lo verás... Toma tu regalo —dijo ella, intentando animarle.

Hermione le entregó a Harry un libro, como ya esperaba. Se titulaba hechizos y maldiciones de los musulmanes de Al-Andalus. Harry miró a Ron y ambos sonrieron.

—¿Al-Andalus? ¿Qué significa eso? —preguntó Ron.

—Al-Andalus era como se llamaba la provincia musulmana que comprendía España y Portugal, Ron.

—Ah... —dijo Ron, sin parecer muy enterado.

—Gracias Hermione. Tiene pinta de ser muy interesante —dijo Harry, no demasiado convencido de sus palabras.

Miró a su amiga, que le observaba con atención. Como había supuesto, en sus ojos también se veía aquel mismo cambio que había notado en Ron. Apartó la mirada. Observar de aquella forma los ojos de su amiga lo ponía nervioso, muy nervioso. Se fijó entonces en Ginny, y descubrió que su mirada también mostraba el cambio que había notado en sus amigos, aunque no era tan profundo como en ellos. Frunció el entrecejo. ¿Desde cuándo era tan perspicaz leyendo en los ojos de la gente?

No hablaron nada más. Las miradas que se habían dirigido parecían haber sido suficiente conversación para que todos se entendieran. Bajaron a comer. En la cocina estaba ya el señor Weasley y ojoloco Moody. Harry esperaba ver a Dumbledore, pero no preguntó por él para no preocupar a nadie. No quería que le hicieran preguntas. Hermione estuvo toda la comida hablando de sus vacaciones en España, pero Harry no prestó demasiado atención. Su cabeza daba vueltas, pensando en si debía o no debía contárselo todo... en junio había decidido que no, pero ahora... Harry había visto en los ojos de sus amigos que estaban preparados para escucharle. También Ron parecía un poco ido, a pesar de que intentaba escuchar a su amiga.

Cuando terminaron de comer, Harry había tomado ya su decisión: Iba a contarles a Ron y a Hermione muchas de las cosas que le preocupaban, porque, aunque había procurado disimularlo y alejar la idea de su cabeza, al observar los ojos de Hermione no había podido evitar ponerse nervioso, porque había recordado su cara en su sueño, sus ojos llorosos, su expresión de dolor..., mientras pedía a Harry clemencia por su vida.