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Historia 24675 — capítulo 3
Los tres amigos salieron de la cocina hacia el vestíbulo. Harry iba delante, y se paró antes de llegar a las escaleras.
—Tengo que contaros algo —les dijo, volviéndose para mirarlos.
—¿Lo del sueño, Harry? —preguntó Ron.
—¿Qué sueño? —interrogó Hermione, con cara de preocupación— ¿Sigues teniendo visiones de Voldemort?
—Vamos a mi cuarto. Os lo contaré allí. Hay... hay varias cosas que no sabéis.
Empezaban a subir las escaleras cuando Ginny salió también de la cocina y los miró.
—¿Puedo ir yo? —preguntó. La chica esperó ansiosa un sí, pero bajó la cabeza cuando Harry, Ron y Hermione se miraron entre ellos—. Ya veo... ¡Nadie me cuenta nunca nada! Y yo... ¡yo también estuve allí, Harry, y también fui parte del ED! No soy una niña estúpida...
Harry se lo pensó un momento.
—Ya lo sé, Ginny... Está bien, puedes venir —Harry no estaba muy seguro, pero sabía lo que era que nadie le contara nada, y no quería hacer lo mismo.
—¡Gracias Harry! —le dijo la chica, mucho más contenta.
Subieron a su cuarto y Harry cerró la puerta. Ron y Hermione se sentaron en una de las camas, y Ginny en la otra.
—Bueno Harry —dijo Ron— ¿Qué no nos has contado?
—¿Qué es ese sueño que tuviste? —interrogó Hermione.
Harry paseó por la habitación, sin mirar a sus amigos, pensando en si debía hacerlo, en si debía contárselo todo. Decidió que sí, que había llegado el momento. No podía llevar más esa carga consigo. Necesitaba desahogarse, aunque ello significara aterrorizar a sus mejores amigos.
—Antes debo contaros otra cosa —dijo, sin volverse.
—¿El qué? —preguntó Ginny.
—Bueno —Harry buscó como empezar—. ¿Recordáis la profecía que Voldemort deseaba?
—Sí. Se rompió y nadie la escuchó —se lamentó Ron.
—Una pena —agregó Hermione.
—Bueno... Veréis —Harry volvió a dar vueltas por la habitación mientras los demás permanecían sentados en las camas, mirándole—. Cuando Dumbledore me sacó esa noche del Ministerio de Magia y me llevó a su despacho me contó muchas cosas, la mayoría de las cuales ya os las conté, pero hay algo que no os dije.
—¿El qué? —preguntó Hermione.
—Dumbledore me habló de la profecía. Me explicó que lo que había en el Departamento de Misterios sólo era... una grabación.
—¿Una grabación? —preguntó Ron, extrañado.
—Sí, la grabación de la profecía. Dumbledore fue el que la escuchó, cuando se hizo, hace dieciséis años, en Cabeza de Puerco...
—¡Entonces no se ha perdido! —exclamó Ron—. ¿Por qué no nos lo dijiste antes?
—¿Quién hizo la profecía, Harry? —inquirió, interesada, Hermione.
—La profesora Trelawney —respondió Harry.
Al oír eso, los tres se quedaron con la boca abierta. Todo el mundo tenía a la profesora Trelawney por una impostora, aunque Harry había visto dos años antes como profetizaba el retorno de Voldemort...
—Sí... bueno —dijo Harry, observando la expresión de incredulidad de sus amigos—, Dumbledore había ido a entrevistarla para el puesto de profesora de adivinación, y encontró que, a diferencia de su antepasada Cassandra, no tenía grandes dones. Se iba a ir cuando su voz cambió y en un tono grave pronunció la profecía. Dumbledore me lo mostró en el pensadero. La esfera sólo era una grabación de la misma.
—¿Qué... qué decía, Harry? —preguntó Hermione.
—¿Por qué no nos lo contaste antes? —preguntó Ron de nuevo.
—Porque... bueno, no sabía cómo os lo tomaríais —se disculpó. Miró a sus amigos con gravedad—. De hecho, no pensaba contároslo aún, y no lo haría si no fuese por dos razones: el sueño que tuve, y que vi que ya estáis preparados. Al menos, mucho más preparados que en junio.
Ron, Hermione y Ginny se miraron entre ellos, sin comprender a qué se refería Harry con aquello. Luego volvieron a dirigir la vista hacia él.
—La profecía decía algo así: «el único con poder para derrotar al Señor Tenebroso llegará cuando el séptimo mes termina, nacido de padres que han huido tres veces de él. El Señor tenebroso lo marcará como a su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce. Y uno deberá morir a manos del otro, porque ninguno puede vivir mientras el otro sobreviva» —Harry calló un momento y miró a sus amigos, que se habían quedado muy serios. Hermione parecía muy asustada—. ¿Entendéis por qué no lo había contado antes? —dijo, apesadumbrado.
—¿Qué significa exactamente, Harry? —preguntó Ron.
—No seas tonto, Ron. Está claro: significa que o Voldemort mata a Harry o... o Harry tendrá que matar a Voldemort —explicó Hermione, con la voz temblorosa—. ¿Es eso, verdad?
Harry afirmó con la cabeza. Ron había puesto unos ojos como platos. Ginny soltó un quejido.
—Por eso él quiso matarme cuando era niño. Uno de sus mortífagos oyó la profecía, pero sólo la primera parte, y por eso acudió a matarme, creyendo que era lo que debía hacer, sin saber que, al intentarlo, sólo conseguiría marcarme...
—¿Qué quiere decir «marcarle como a su igual»? ¿Es la cicatriz? —preguntó Ginny, asustada.
—Sí —respondió Harry, asintiendo—. Él me transfirió algunos de sus poderes aquella noche, como la capacidad de hablar pársel, y se estableció una conexión entre nosotros... supongo que por eso mi varita y la de Voldemort tienen el mismo núcleo. Por eso la varita me eligió —finalizó.
—Ya... —dijo Ron, entendiendo—. Pero Harry, ¡¿qué poder posees que no tenga Vo-Voldemort?! —preguntó, ansioso
—Bueno... según Dumbledore, ese... poder o fuerza, es algo despreciado por Voldemort. Dumbledore me dijo que la noche del ataque, cuando Voldemort me poseyó, fue ese poder el que me salvó, cuando recordé a Sirius. Es... —Harry se sentía un poco tonto diciendo esto— el amor, el corazón, el cariño... Yo sentía que me moría y me alegré, porque el dolor era horrible y quería que acabara, quería morirme y que todo llegara a su fin... y entonces pensé que podría volver a ver a Sirius, y al hacerlo, Voldemort me liberó. También fue eso, el amor de mi madre al sacrificarse por mí, lo que se supone que me salvó cuando era un bebé.
Sus tres amigos le miraron durante un rato, sin decir nada, aún asimilando lo que Harry les contaba, aún intentando digerir el hecho de que su mejor amigo tendría que enfrentarse a muerte a un mago, y no a cualquiera, sino al mago más poderoso y terrible que el mundo había conocido...
—¿Pero cómo vas a vencer a Voldemort con amor? —preguntó Ron, un rato después—. Con lograr que no te posea no vas a conseguir matarle...
Harry sacudió la cabeza, dejándose caer sobre una de las camas.
—No lo sé, Ron. En realidad no tengo idea de casi nada...
—Dios mío Harry... yo me moriría si supiera que mi destino es ese... —comentó Hermione.
—Ésa es la razón por la que Dumbledore nunca me lo había dicho —dijo Harry un poco resentido—. Creía que no sería capaz de superarlo... pero si lo hubiese sabido, Sirius aún seguiría vivo...
—No te culpes, Harry... —le pidió Hermione—. Dumbledore también es humano, también puede cometer errores... Yo no sé si me atrevería a decirle a alguien algo como eso... —ella se acercó a él y le pasó un brazo por los hombros—. Pero algo es cierto: sea lo que sea lo que tengas que hacer, estaremos contigo. No lucharás solo.
Harry miró a la chica con dulzura y agradecimiento. Habérselo contado a sus amigos era como haber repartido la carga, como haberla aligerado. Se sintió un poco más aliviado.
—Gracias —dijo.
—Ahora cuéntanos lo de ese sueño que tuviste.
Harry se quedó callado un largo rato. Aún no sabía muy bien como explicárselo a su amiga... Quizás ellos pensarían que era una pesadilla, nada más, pero él había sentido cómo ocurría, lo había visto, había sido tan real...
—Bueno, veréis —comenzó—. Hace dos días empezó a dolerme la cicatriz antes de acostarme. Hacía mucho tiempo que no me dolía tanto. Me quedé dormido en medio del dolor, y comencé a soñar. Soñé con aquella noche en la sala de las profecías, y con la profecía en sí. Todo se entremezclaba de forma muy confusa. El lugar cambió y yo estaba en el cementerio de la casa de los Ryddle, y Voldemort se disponía a matarme... pero, entonces... —Harry se calló un momento.
—¿Entonces qué? —dijo Ron—. Hasta ahora parece una simple pesadilla, Harry...
—Pues no lo era —replicó Harry, cortante. Calló un momento, y luego prosiguió—: Sucedió algo extraño: Me encontré en otro lugar, y en otro tiempo, y ya no era tan confuso. Me sentía extraño, inmenso, poderoso... pero también despiadado, malvado... yo... yo era Voldemort... o más bien nos habíamos unido en una sola persona, y... y lo gobernaba todo... mi cicatriz tenía forma de serpiente, y tenía muchísimos servidores, y ordenaba que ejecutaran a alguien y... y... —Harry habló apresuradamente, con frases entrecortadas, empezando a temblar.
—Tranquilo, Harry. Despacio —Hermione intentó tranquilizarle, aunque a ella se la veía nerviosa y asustada—. Continúa ¿y...?
—¡Eras tú! —gritó Harry, con lágrimas en los ojos—. Yo... yo ordenaba que los mortífagos, que eran cientos, te ejecutaran, y... y tú estabas herida, y sola, y pedías clemencia, me pedías que no siguiera, me decías que yo no podía ser así, y yo quería gritar... ¡Pero de mi boca sólo salía esa horrible risa!... y entonces me desperté —terminó, sin atreverse a contarle que la había visto morir.
Hermione temblaba de pies a cabeza. Ron parecía ido y Ginny parecía a punto de echarse a correr.
—¿A... a mí? —preguntó Hermione.
—Sí.
—Pero... ¿era una visión? ¿Una profecía? —Hermione parecía aterrada ante esta última posibilidad.
—No sentí que fuera una premonición... pero sí que podía ser real. Creo que era una posibilidad en mi futuro. Si... si quiero... si me uno a él, podría suceder. Ya me lo ofreció hace tiempo —Añadió.
—¡¿QUÉ?! —Gritó Ron, abriendo muchísimo los ojos.
—Cuando estaba frente a Quirrell... Voldemort me ofreció unirme a él... me dijeron que no había bien ni mal... sólo poder... —le explicó Harry con la mirada perdida en el suelo—. Y yo en mi sueño sentía eso... sentía que estaba por encima del bien y del mal... era una especie de dios oscuro... ya no era humano...
—¡Pero Harry! —gritó Ron— ¡Tú jamás harías algo así! Tú le odias. Él mató a tus padres, y por su culpa murió Sirius... ¡Y ya ha intentado matarte un montón de veces...! Seguro que te envió esas visiones sólo para asustarte... igual que hizo cuando viste a tu padrino en el Departamento de Misterios...
—Claro Harry —dijo Hermione, algo más tranquila—. Tú nunca me harías daño. Estoy segura de ello.
—Yo... yo no estoy seguro de nada... Cuando soñaba... cuando estaba allí... estaba horrorizado, pero... pero a una parte de mí le gustaba... ¡ya no había dolor ni tristeza! Ya no me importaba nadie, sólo yo mismo... ya no podía sufrir ni por Sirius, ni por mis padres, ni por vosotros...
Todos permanecieron callados durante un rato.
—¿Se lo has contado a alguien, Harry? —preguntó Hermione.
—Quería hablar con Dumbledore, pero ayer no tuve ocasión...
—Bueno, tal vez venga hoy por aquí. Seguro que todo se soluciona ¡Ya lo verás! —dijo Ron, intentando animar a su amigo.
—No veo cómo —le respondió Harry, abatido, dejándose caer de espaldas en la cama.
—Nosotros te ayudaremos, Harry. ¡No te dejaremos solo! —manifestó Ginny enérgicamente.
—Gracias, Ginny —dijo Harry intentando sonreír, pero sin conseguirlo.
Ron se levantó y se acercó a su mejor amigo.
—Nos da igual lo que diga esa profecía —afirmó con rotundidad—. Nosotros estaremos a tu lado. Si debes enfrentarte a Vo-Voldemort, yo estaré contigo. Moriré contigo si es necesario.
—Gracias, Ron... —dijo Harry, mirando a su amigo con infinita gratitud.
—También yo —añadió Hermione.
Harry le sonrió. Estuvieron un rato callados. Nadie se atrevía a decir nada más. Cada uno pensaba para sus adentros lo que aquello podría significar.
—Bueno... ¿por qué no bajamos al salón? Podríamos hacer algo para divertirnos... no sé, quizá podríamos ir al callejón Diagon y así veríais la tienda de Fred y George. Está genial —dijo Ron, intentando cambiar de tema y animar algo el ambiente.
La perspectiva de un viaje al callejón Diagon alegró a Harry un poco.
—No creo que mamá nos deje, Ron. No si alguien no nos acompaña —repuso Ginny.
—¿Acompañarnos? Podemos ir por la chimenea. No tendremos que pisar el Londres muggle.
—Estoy segura de que no nos dejará.
Bajaron a la cocina, donde sólo estaba la señora Weasley. Todos los demás habían salido, por una razón u otra. Ron preguntó si podían ir al callejón Diagon, pero la señora Weasley no parecía muy dispuesta.
—No Ron. Pronto llegarán las cartas de Hogwarts, y entonces iremos un día todos juntos.
Ron salió de la cocina protestando que ya no era un niño y que su madre lo trataba como si lo fuera, pero la señora Weasley no le hizo caso. Dado que no podían salir, se fueron al salón a charlar, jugar una partida de gobstones, o quizás al ajedrez mágico.
—Oye, Hermione, ¿sabes una cosa? —dijo Harry cuando llevaban un rato jugando una partida de gobstones.
—No ¿el qué?
—Ayer vino Percy. Se ha disculpado conmigo. —A Hermione era a quien mejor le había caído siempre Percy, al menos, hasta el año anterior.
—¡¿De veras?! Me alegro. Ron ya me había dicho que se había disculpado con la familia en una carta que me envió —dijo Hermione— ¿Y qué le dijiste?
Harry miró a Ron un instante. A él no le había mandado ninguna carta contándole lo de Percy. Ron se encogió de hombros.
—Bueno, le dije que estaba disculpado... aunque no iba a olvidar fácilmente que me creyera un mentiroso. Si le perdoné fue sobre todo por la madre de Ron. Ella estaba tan disgustada...
—Hiciste bien. Al fin y al cabo, Percy puede ser una gran ayuda... como trabaja en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional...
—Pero no es miembro de la Orden —dijo Ron—. Si se lo pide a Dumbledore, seguro que lo acepta, pero no lo ha hecho. Y Fred y George aun planean si enviarle algún regalo de su tienda que esté en periodo de pruebas...
—¡Espero que no lo hagan! —dijo Hermione—. Podrían volver a estropearlo todo. Percy no es malo... solamente es demasiado estirado con las normas...
—Y demasiado ambicioso —agregó Ron.
Siguieron jugando durante un rato, y de repente, Hermione preguntó, cambiando de tema.
—Bueno, y ¿qué asignaturas vais a coger este año?
—¿Cómo? —preguntó Ron, mirando a Hermione sin comprender.
—Venga, Ron, vamos a empezar sexto. Tenemos que elegir qué asignaturas queremos para los ÉXTASIS del próximo curso. Por supuesto, sólo podemos elegir asignaturas que hayamos aprobado en el TIMO... y luego, esperar que nos admitan, claro. Por cierto... ¿qué tal las notas del TIMO?
—¡Bien! —dijo Harry—. Yo conseguí ocho y Ron siete. ¿Y tú?
—Yo... —dijo Hermione algo colorada— ¡Sólo obtuve «supera las expectativas» en Aritmancia!
—¿Y en lo demás? —preguntó Ron, aunque se imaginaba la respuesta
—Bueno... no me fue mal —respondió Hermione con timidez— «Extraordinario» en todo... tuve suerte —terminó, ruborizándose.
—Vamos, Hermione. Todos nos imaginábamos que ibas a conseguir esas notas. ¡Eres la chica más lista que conocemos! —le dijo Harry. Hermione sonrió, ruborizándose aún más.
—¿Qué vas a escoger tú? —le preguntó Ron a su amiga.
—Bueno... de momento seguiré con todo lo que tengo. Me atrae la idea de ser auror, pero también me gustaría trabajar en el Departamento de Misterios, aunque para trabajar allí hace falta una buena nota en el EXTASIS de Teoría de la Magia, que es muy difícil... Me parece muy interesante. Lo único que ya no tendré es Historia de la Magia, y vosotros tampoco. Sólo se da hasta quinto.
A Harry y a Ron no les disgustaba en absoluto acabar Historia de la Magia, que era una asignatura aburridísima cuyo profesor era un fantasma tan anclado en la rutina que la había seguido aun después de muerto.
—A mí me gustaría ser auror, pero no sé... tendría que dar Pociones, y, quitando el hecho de que Snape no me admitirá por haber sacado sólo un «Aceptable» en el TIMO, no me apetece en absoluto verle. Nunca más.
—Tienes que intentarlo, Harry, si es lo que te gusta... —le animó Hermione.
—Bueno, si al final vences a Vo-Voldemort, supongo que te nombrarán auror honorario... o quizás incluso ministro de magia ¿no crees? —aventuró Ron.
Harry no encontró muy divertida la posibilidad que Ron le ofrecía... aunque la verdad era que si no conseguía vencer a Voldemort tampoco tendría que preocuparse por su futuro...
—Bueno Ron ¿y tú qué? —le dijo Hermione.
—Bueno... a mí me gustaría ser jugador de quidditch... —dijo Ron—. Pero no creo que sea lo bastante bueno. Si no puedo me gustaría ser auror, pero me parece excesivamente peligroso... no sé. Supongo que elegiré las mismas asignaturas que teníamos, como Harry. Excepto adivinación... y ya veremos Pociones. La perspectiva de aguantar a Snape dos años más no me resulta demasiado atractiva.
—Puf, pues a mí me toca este año el TIMO... —se lamentó Ginny—. Va a ser horrible.
—No te preocupes, Ginny —Hermione la tranquilizó—. Mientras no hagas como dos que yo me sé y dejes que todo se te vaya acumulando, no tendrás problemas.
Ginny sonrió, y Ron miró a Hermione con visible enfado.
—Bueno, no nos ha ido tan mal ¿no? —espetó Ron.
—Ya, pero si no os hubiera dejado mis apuntes...
—Y si Harry no nos hubiera enseñado Defensa Contra las Artes Oscuras, tú no habrías conseguido... —le respondió Ron.
—Sí... pero la idea fue mía —cortó rápidamente Hermione.
—Dejadlo ya, por favor —pidió Harry antes de que la discusión fuera a más y sus dos amigos acabaran peleados como de costumbre.
Ambos se miraron y bajaron la cabeza.
—Bueno... y ¿quién será este año el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras? —preguntó Hermione para cambiar un poco de tema.
—No lo sé. No sé de nadie que pueda querer ese puesto —dijo Ron—. Ya van cinco profesores en cinco años...
—No lo nombrará el ministerio ¿verdad? —preguntó Harry asustado—. Según el decreto nº 22...
—No —respondió Ron rápidamente—. Fudge abolió todos los decretos de enseñanza. No creo que tenga ganas de enfrentarse a Dumbledore. Mi padre dice que Fudge sabe muy bien que sin Dumbledore, Vo-Voldemort hará lo que le venga en gana, y además actualmente el ministro no es demasiado popular...
Hermione miró a Ron fijamente un rato, sonriente. Ron nunca se había atrevido a pronunciar el nombre de Voldemort, aunque era obvio que aún le costaba.
—Espero que sea bueno —dijo Harry, esperanzado—. Nos va a hacer falta.
—De todas formas —dijo Hermione—. Quizás deberíamos seguir con las clases particulares... El año pasado nos fue muy bien con ellas. No creo que hubiésemos logrado salir vivos del Departamento de Misterios si no las hubiéramos dado.
Harry se mostró de acuerdo en esto último... aunque, aún así, habían salido vivos por un pelo, y le había costado la vida a Sirius... y si Dumbledore no hubiese llegado...
—¿Tú qué dices, Harry? —le preguntó Hermione.
—Bueno... ya veremos —aunque lo había pasado bien en esas clases, no sabía si quería ver a todos los que habían formado el Ejército de Dumbledore... no estaba demasiado seguro de qué haría si se encontraba con Cho Chang de nuevo. Ya no le gustaba, pero seguro que sería una situación incómoda. Al fin y al cabo, la última vez que había hablado con ella habían discutido a causa de su amiga Marietta. Harry frunció el ceño al acordarse de ella. Los había denunciado ante la profesora Umbridge y sólo la fuga de Dumbledore y la rápida actuación de un hechizo desmemorizador de Kingsley los había librado de la expulsión.
—¿Estás bien Harry? —le preguntó Ron muy serio.
—¿Eh...? ¡Ah! Sí, sí, no te preocupes, Ron. Sólo pensaba...
—¿Cho Chang? —inquirió Hermione.
—Bueno, no exactamente... —Harry intentó evitar el tema. Hermione siempre parecía saber lo que pasaba por su cabeza, y eso no le gustaba nada.
Un rato después, oyeron el timbre de la puerta. Como de costumbre, el retrato de la madre de Sirius empezó a gritar y a insultar. Aún no habían logrado quitar el cuadro de la pared y ya resultaba un poco molesto.
Ginny salió a tomar un vaso de agua y a buscar unas cervezas de mantequilla para los cuatro. Cuando volvió, le dijo a Harry.
—Bueno Harry. Si quieres hablar con Dumbledore deberías ir a la cocina. Acaba de llegar.
—Ve, anda, antes de que sea la hora de la cena —le aconsejó Hermione.
Harry se levantó y fue a la cocina. Allí se encontró a Albus Dumbledore, a la profesora McGonagall, a Lupin y a la señora Weasley hablando muy juntos.
—Eh... hola profesor. Hola profesora McGonagall —saludó Harry.
—Hola Potter —respondió Minerva McGonagall mirándolo con interés.
—¿Querías algo, Harry? —le preguntó Dumbledore.
—Bueno, yo quería hablar con usted un momento, profesor —le dijo Harry.
Dumbledore le miró fijamente.
—Está bien. Espérame en el salón de la planta de arriba, Harry. Iré enseguida.
Harry salió de la cocina y subió las escaleras. Mientras esperaba a Dumbledore, se sentó en un sillón. Harry prefería esperar al director en su despacho de Hogwarts. Siempre había alguna cosa interesante que mirar. Pero aquí, en el salón, no había nada excepto unos sillones y unas mesas. Sirius había quitado todos los cuadros y recuerdos de su familia de la casa, excepto el mural genealógico de los Black, el retrato de su madre y lo que hubiese conseguido salvar Kreacher. Un cuarto de hora después subió Dumbledore. Se sentó frente a él.
—Bien, Harry. Cuéntame ¿Qué te ocurre? Es por el sueño ¿Verdad? —le preguntó Dumbledore.
—¿Cómo sabe que tuve un sueño? —preguntó Harry extrañado
—Ya te dije que soy un experto en Legeremancia, Harry. Ayer, durante la comida, pude ver la preocupación que sentías y su motivo, aunque, por supuesto, no intenté averiguar nada más. Desgraciadamente, no tuve tiempo para hablar contigo.
—Pues sí, es por el sueño... verá, profesor, hace dos noches yo estaba encima de mi cama, y de repente empezó a dolerme la cicatriz muchísimo, como si Voldemort estuviera muy enfadado, aunque no tuve ninguna visión ni ninguna sensación ¿sabe? —Harry hizo una pequeña pausa.
—Sí. Continúa —Dumbledore le dirigía una mirada evaluadora.
—Bueno, intenté dormirme, y empecé a soñar...
Harry le contó el sueño a Dumbledore con pelos y señales, incluso la aparición del rostro de Slytherin que no había mencionado a sus amigos.
—¿Qué puede significar, profesor? —le preguntó Harry—. Yo creo que era una especie de... premonición de lo que podría ocurrir si... ya sabe.
Dumbledore no contestó. Se quedó mirando a Harry durante un rato, pensativo. Su cara mostraba preocupación.
—Profesor... ¿cree que Voldemort me provocó esa visión para... para intentar que me una a él?
—Podría ser, Harry —le contestó Dumbledore—. Es posible que Voldemort intente algo así... No lo sé. La verdad, nunca había oído hablar de la posibilidad de que dos magos se unieran en uno solo, pero... —el director se encogió de hombros—. Voldemort ha intentado matarte en cuatro ocasiones, sin contar el combate en la cámara secreta, y en todas ha fallado. Esperaba que la profecía le dijera cómo matarte, pero no pudo conseguirla. Sabe que entre vosotros hay una conexión mental y mágica, debido que os leéis la mente y a la actuación de las varitas cuando os enfrentasteis la noche que él retornó. Es posible que piense que si os unís, nada en este mundo pueda detenerle, y creo que tu sueño confirma esta idea. Ya conoces la profecía, Harry. Si tú no le vences, nadie más podrá hacerlo.
Harry miró hacia la alfombra.
—Pero yo no quiero unirme a él... y sin embargo...
—...una parte de ti lo deseaba —terminó Dumbledore.
—Sí... pero no es unirme a él lo que yo deseaba... en el sueño, era el poder lo que me atraía, y sobre todo, la ausencia de dolor...
—Harry, conozco el dolor. Yo también he perdido a seres queridos, y sé que es horrible, pero el dolor es un pequeño precio a pagar por el amor... Harry —Dumbledore le miraba muy fijamente— ¿Sabes por qué en tu sueño no sufrías?
Harry no respondió.
—No era por el poder que poseías, Harry. No sufrías porque no tenías por quien sentir dolor. Ese ser que había en tu sueño, Harry, estaba solo, al igual que lo está Voldemort ahora. No sufre, no siente dolor, porque no ama. Es incapaz de sentir algo por alguien, y quizá sea eso, más que todas sus transformaciones y poderes, lo que le aleja de un ser humano.
Harry meditó unos instantes en lo que Dumbledore le decía. La última vez que había hablado con él, le había gritado que no deseaba ser humano... Dumbledore parecía saber lo que Harry pensaba y le dijo:
—Cuando perdiste a tu padrino, el dolor fue horrible, Harry. Yo también lo sentí. Traté mucho a Sirius, como a tu padre, y su pérdida me causó mucha pena. Pero cuando decías que no querías ser humano, no pensabas en los Weasley, o en Hermione, o en los demás compañeros que tienes en Hogwarts. ¿De verdad crees que el dolor de la pérdida es un precio excesivo por el amor que nuestros seres queridos nos dan?
—No —respondió Harry, tras meditarlo un rato—. Pero eso no lo hace menos horrible. Nada lo cura, a cada momento algo me recuerda a él...
—Lo sé. Sé que es duro para ti estar aquí, y que él no esté, pero en algo te equivocas. Sí hay una cura: El amor. El amor es causa, pero también remedio, del dolor. Sirius, y también tus padres, murieron por protegerte, por dar a sus seres queridos la posibilidad de vivir en un mundo mejor que el que les había tocado a ellos. Nadie moriría por Voldemort, Harry. Sus mortífagos solamente están con él por interés, o por miedo. Ya viste como cuando él cayó, sus seguidores le abandonaron. ¿Te abandonaron tus amigos cuando todo el mundo creía que mentías?
—No... —volvió a decir Harry. Ron y Hermione lo habían acompañado al ministerio, aun a pesar de que era una locura, a pesar de que, si Harry estaba en lo cierto, Voldemort les esperaba... y una oleada de gratitud hacia sus dos amigos lo envolvió—. No. Jamás me han abandonado. Habrían muerto por mí. Y yo por ellos.
—Exacto, Harry. Tú, al igual que tus padres, o Sirius, tienes un tipo de inmortalidad que Voldemort nunca conseguirá: la inmortalidad de los que siguen viviendo en el recuerdo de quienes los amaban. ¿Crees que alguien lloró por Voldemort cuando desapareció? Sus servidores sólo se preocuparon de salvar su propia piel.
—Los Lestrange y Crouch sí le buscaron —repuso Harry.
—Sí, pero no era por amor, Harry. O no al menos por lo que tú y yo entendemos por amor. Tú y Voldemort compartís muchas cosas, como tú mismo comprobaste cuando ibas en segundo. Ambos perdisteis a vuestra familia, y ambos os veíais obligados a vivir en un lugar que no queríais... pero, como te dije, Harry, tú hiciste amigos y elegiste el buen camino, el camino del amor. Tom Ryddle eligió el camino del odio y la amargura. Quizás pueda ser muy poderoso, pero nunca conocerá la felicidad auténtica. Él eligió el camino fácil, pero nunca tendrá las recompensas que el camino que tú tomaste te puedan dar.
Harry pensó en lo que Dumbledore le había dicho... y se dio cuenta de que se sentía un poco mejor. Dumbledore hacía ver las cosas de otra manera... sin embargo, aun distaba mucho de estar tranquilo.
—Profesor Dumbledore... ¿cómo el amor, cómo el corazón va a ser más poderoso que todas las armas provenientes de las artes oscuras que Voldemort debe poseer?
—Harry, creí que ya lo habías entendido. El amor es la fuerza más grande y maravillosa que puede impulsar a un ser humano. Ninguna contramaldición puede detener a la maldición asesina, como ya sabes. Pero el amor de tu madre por ti, su sacrificio, la detuvo. Te salvó, mientras que todos lo años de conjuros e investigaciones de Voldemort en las Artes Oscuras apenas consiguieron evitar que muriera cuando la maldición rebotó contra él —le explicó Dumbledore—. El amor es poderoso, Harry, porque el que lo siente está dispuesto a sacrificarse por aquello que ama. Nada hay que conduzca a un ser humano a sacrificarse tanto como el amor por un ser querido. Tú ya lo sabes: fue el cariño por Sirius lo que te llevó al departamento de misterios en junio. Fuiste a rescatarlo aunque sabías que lo más probable era que encontraras la muerte. Y eso mismo fue lo que hizo que Ron, Hermione, Neville, Ginny y Luna te acompañaran, a pesar de que sabían lo que les esperaba.
Harry se quedó un momento pensativo. Lo que decía Dumbledore tenía bastante sentido...
—Y cuando el año pasado os ofrecisteis a ayudar a Hagrid con Grawp, Harry, también fue vuestro cariño por él lo que os impulsó. Nadie se habría ofrecido a algo semejante si no fuera por una razón muy poderosa.
Harry miró a Dumbledore. No tenía ni idea de que estuviera al corriente de la presencia de Grawp en el bosque… Recordó a Hagrid, y se perdió en pensamientos durante unos minutos, mientras Dumbledore le miraba, hasta que se acordó de otra cosa:
—Profesor... ¿Qué significa la presencia de Slytherin? Parecía que hubiera estado esperando durante años que yo me uniera a su heredero ¿Qué es lo que tengo que conseguir?
—Sobre eso, Harry, siento decir que no estoy seguro. Voldemort lleva un mes inactivo. No sabemos lo que pretende, ahora que su plan ha fallado y no ha podido conseguir la profecía... —Dumbledore miró fijamente a Harry—. ¿Dijiste que habías soñado con la profecía?
—Sí. ¿Por qué? ¿Tiene algo que ver?
Dumbledore no contestó. Parecía haberse dado cuenta de algo y mostraba una expresión de preocupación...
—No estoy muy seguro, Harry —respondió por fin Dumbledore—. Hay muchas cosas que ignoramos. Pero no me gusta que sueñes esas cosas. La Orden debe ponerse a trabajar, y tú también.
—¿Yo?
—Claro. Yo terminaré de darte las clases de oclumancia que había comenzado el profesor Snape. Y es importante que empecemos cuanto antes, para tener tiempo mientras no empiece el curso.
Aunque a Harry no le gustaba la oclumancia, sintió un inmenso alivio al saber que sería Dumbledore el que le enseñaría. Las clases con Snape habían resultado horribles.
—¿Cuándo las daremos, profesor?
—No lo sé, depende de cuando pueda. Pero procuraré que sean tres o cuatro horas por semana, Harry. Sólo quedan cuatro semanas para que llegue septiembre y hemos de aprovechar el tiempo —Dumbledore le miró—. ¿Deseas decirme algo más?
—Eh... creo que no, profesor. Gracias.
—De nada, Harry. Todo se resolverá, ya lo verás.
Dumbledore se dirigió hacia la salida e iba a salir cuando Harry le habló:
—Profesor Dumbledore...
—¿Sí? —Dumbledore le miró fijamente.
—Prométame que no me ocultará nada... prefiero saber la verdad, por horrible que sea.
Dumbledore le miró durante unos segundos con expresión grave.
—Te lo prometo, Harry. No volveré a cometer el mismo error, te lo aseguro. Me ha costado muy caro y créeme que lo estoy pagando con creces.
Dicho esto, Dumbledore bajó. Harry permaneció allí unos minutos y luego decidió bajar junto a sus amigos. De repente sentía un gran deseo de estar con ellos, de hablarles, de decirles todo lo que sentía, que se arrepentía de haberles gritado el año anterior, de haber estado tan insoportable...
Cuando entró en el salón del sótano, Ron y Ginny jugaban al ajedrez mágico, y Ron se estaba desquitando de la derrota en la partida de gobstones. Hermione leía un libro. Se quedó mirándolos un instante y un cálido sentimiento de emoción le embargó. Aquella era su familia, y siempre estarían con él, como lo habían estado hasta ahora, a pesar de las locuras que había hecho... Hermione se percató de su presencia, levantó la mirada y sonrió.
—¿Qué tal Harry? Pareces muy contento.
Harry les contó por encima la conversación con Dumbledore. Cuando terminó, Ron le dijo:
—¿Ves? Todo se arreglará. Si Vol-Voldemort quiere que te unas a él debe ser porque te tiene miedo. Al fin y al cabo, por eso intentó matarte de niño ¿no?
—Sí... De todas formas, Dumbledore tampoco sabe exactamente qué significa el sueño, y creo que está preocupado... pero bueno, no es de eso de lo que quería hablar. Yo... yo quería deciros algo... —Harry no sabía como expresarse.
—¿Entonces qué es? —le preguntó Hermione.
—Bueno... sé que el curso pasado no estuve muy agradable... que he sido... bastante estúpido.
—Vamos Harry, tú no eres estúpido —le dijo Ron.
—Sí, Ron. Pagué con vosotros la frustración que sentía en contra del ministerio, de Malfoy, de Umbridge... y vosotros siempre habéis estado a mi lado. Incluso me sentí celoso cuando recibiste la insignia de prefecto ¿sabes? Empecé a pensar en todo lo que yo había hecho que no habíais hecho vosotros. No soy más que un idiota. Yo fui el que salvó la piedra, sí, pero no lo habría logrado sin vosotros, sin tus conocimientos —le dijo a Hermione, que se ruborizó—, o tu habilidad y tu sacrificio al jugar al ajedrez... y me enfrenté solo al basilisco porque tú no pudiste pasar... pero bajaste, y habrías venido sin falta, a pesar de que tu varita estaba rota. Y tampoco habría logrado salvar a Sirius si Hermione no me hubiera ayudado, ni habría ganado el torneo de los tres magos sin vuestra ayuda... y el año pasado tampoco habría conseguido escapar de los mortífagos sin vosotros, o sin Ginny. —Los tres estaban ruborizados—. Lo que quiero decir es que nunca me habéis dejado solo... habríais muerto por mí y...
—Harry, tú también habrías muerto por nosotros —le dijo Ron.
—Tú arriesgaste tu vida para salvarme —le recordó Ginny.
—Lo que pretendo que entendáis es que yo... sin vosotros... sois lo mejor que he conocido en mi vida —soltó Harry por fin—. Vosotros fuisteis mis primeros amigos. Tú y tus hermanos os arriesgasteis mucho al ir a buscarme en el coche aquel verano —dijo mirando a Ron—. Y el año pasado... fue el pensar en vosotros lo que me salvó de aquellos dementores... si no no habría conseguido lanzar el patronus...
Hermione le miró con ternura y los ojos llorosos. Se acercó a él y lo abrazó.
—Vamos Harry, no es para tanto. Sólo hicimos lo que tú habrías hecho por nosotros...
—Lo sé, pero ahora que Voldemort ha retornado... ¡en junio pude haber hecho que os mataran a todos! Y... bueno, no quería que algo así volviera a pasar sin deciros esto. Dumbledore me ha abierto los ojos en muchas cosas —terminó Harry, levantándose y dirigiéndose a la puerta. Pero antes de llegar pensó algo y se volvió hacia Ron y Hermione, aun sin saber muy bien por qué lo hacía—. Y tal vez vosotros dos deberíais plantearos algo respecto a vuestras discusiones.
—¿Qué? —preguntó Ron, sin comprender.
—Digo que tal vez deberíais pensar por qué discutís tan a menudo por tonterías —aclaró Harry—. Mirad, estamos en peligro, cada vez más, y no sé... ¿Qué haríais si os pasara algo y estuvieseis enfadados en ese momento? ¿Cómo os sentiríais si a uno de vosotros le pasara... algo, y lo último que os hubierais dicho fuese un insulto?
Ron se puso un poco colorado, pero miró a Harry fijamente. Hermione miraba a la alfombra, como si fuera muy interesante. Ginny los observaba a los dos, con expresión seria. Harry les dirigió una última mirada y se volvió para cruzar la puerta, pero antes de salir del todo, volvió a hablar:
—Me voy un rato a la habitación, hasta la hora de cenar... os agradecería que me dejarais solo hasta entonces. Quiero pensar.
—Claro, sin problema —dijo Ron.
Estuvo leyendo en su cuarto, solo, hasta la hora de cenar, cuando Fred y George le despertaron con un susto al aparecerse en medio de la habitación.
—¡Hola Harry! —saludó Fred
—Te hemos traído unas ranas de chocolate, tío —dijo George entregándole una bolsa.
Harry miró la bolsa y luego a los gemelos, con desconfianza.
—¿Son ranas de chocolate normales?
—Harry, tus dudas nos ofenden en lo más profundo de nuestro corazón —dijo Fred poniendo cara de circunstancias.
—Ya —respondió Harry.
—Te aseguro que no son invención nuestra, Harry. Son las mismas aburridas ranas de chocolate de toda la vida —le aseguró Fred. Harry las miró un momento con desconfianza.
—Está bien, las probaré.
Comió una, esperando vomitar, o que le sangrara la nariz, o que le crecieran las orejas o varias narices, o que empezara a dar saltos por la habitación, pero nada de eso pasó. Era una rana de las de siempre.
—¿Lo ves, desconfiado?
—Venga, Harry, baja a cenar. Y que nuestra madre no vea que te hemos dado ranas de chocolate antes de la cena, o nos despelleja.
Los gemelos se desaparecieron, y Harry bajó por las escaleras, hacia la cocina.
Cuando entró, vio a Moody, a Tonks, a Lupin, a la profesora McGonagall, a Dumbledore, a los señores Weasley, a Bill y a otro mago que había visto pocas veces, llamado Dedalus Diggle.
—Harry, cariño, avisa a Ron, Hermione y Ginny, ¿Vale? —le pidió la señora Weasley.
—Bien.
Harry entró en el salón y vio allí a los gemelos, que sacaban algo de una bolsa.
—Toma, Hermione, es un pequeño regalo —le dijo Fred, dándole un libro.
—Es por habernos permitido trabajar con tantas comodidades y libertad el año pasado en el colegio —explicó George en tono irónico.
Hermione lo cogió, sorprendida, pero sin hacer caso del comentario de George, y lo miró un momento.
—¡Oh! Gracias, chicos. Tiene buena pinta. Plantas e hierbas mágicas de uso común —leyó Hermione mientras lo abría.
Al instante, como le había pasado a Harry, el pelo se le cayó, y le empezaron a crecer varias ortigas, unos cuantos claveles y algún que otro cardo.
¡¡AAAAAAAGH!! —Gritó Hermione, mientras todos los demás se partían en dos de la risa. Al instante entró la señora Weasley, que echó una nueva bronca a Fred y a George por jugar con sus productos en la casa.
—¡A poner la mesa! ¡Los dos solos!
—Está bien, mamá, ya vamos —dijo George, aún riéndose
—¡¡Y sin magia!! —terminó la señora Weasley, tajante—. Tranquila, querida, yo lo arreglaré —le dijo a Hermione, con una expresión entre divertida y de infinita paciencia. Le dio unos toques con la varita, y la cabeza de Hermione volvió a quedar como antes.
Pasaron a cenar, aun con una sonrisa en la cara. La verdad, había sido todo un espectáculo... Hermione miraba alternativamente a Ron y a Harry, como retándolos a que se atrevieran a reírse.
Durante la cena, el señor Weasley comentó que en el ministerio, la posición de Fudge se tambaleaba cada día más.
—Los sectores que se opusieron a su política durante todo este año están cobrando un gran peso —decía—. No me sorprendería que dimitiera. Aunque no se viera obligado por las circunstancias (y sus acciones durante el año pasado podrían obligarlo), no veo a Cornelius Fudge enfrentarse a la situación actual. La mayoría de la gente cree que la actitud que mostró desde el verano pasado se debe a que Fudge no sería capaz de actuar frente a lo que se nos viene encima.
—Fudge le ha cogido mucho gusto al poder —gruñó Moody—. No lo soltará así porque sí, sea cual sea la amenaza actual. Aunque si por mí fuera, le echaría del ministerio de una patada. No sé porque le dejas seguir en el cargo, Dumbledore...
—¿Dumbledore? —preguntó Harry, entrando en la conversación.
—Dumbledore ha estado colaborando con Fudge —explicó el señor Weasley, mirando al director, que no decía nada—. O bueno, más bien al revés... si Dumbledore dijera que Fudge es un incompetente y debería dejar el cargo, no creo que tardasen ni dos días en echarle de una patada, como dice Alastor —terminó, riendo.
Harry y Ron se miraron, con una sonrisa cómplice. A Harry, la idea de ver al ministro saliendo del ministerio debido a una patada de Moody le resultaba maravillosamente satisfactoria. Aún no podía terminar de creer la actitud que había tenido durante el curso anterior...
—Yo jamás me habría imaginado la reacción del ministro la noche en que El-que-debe-ser-nombrado retornó. Un año antes, durante una conversación en las Tres Escobas, parecía creer que Sirius Black pretendía reunirse con él para ayudarlo a instaurar su poder. Entonces no le parecía una posibilidad descabellada, y sin embargo, a la hora de la verdad... —la profesora McGonagall sacudió la cabeza—. Y luego atreverse a enviar a Hogwarts a esa horrible mujer, Dolores Umbridge... —la profesora puso una expresión de asco y rabia. Dolores Umbridge había estado a punto de matarla cuando había intentado impedir que Dolores arrestara a Hagrid.
—Una cosa es saber que Voldemort podría retornar si lo ayudaban, y otra muy distinta aceptar que había regresado, Minerva —repuso el profesor Dumbledore.
—La profesora Umbridge debería haber terminado en Azkaban —dijo Harry mirando a su plato—. No era una mortífaga, pero cualidades no le faltaban. Era cruel y retorcida... me envió a los dementores e intentó utilizar contra mí la maldición cruciatus, y los castigos, con esa pluma que tenía...
Todo el mundo calló durante un rato, hasta que al fin dijo Dumbledore:
—Bueno, lo importante es que ya no tendremos que verla nunca más, Harry.
Harry miró al director, sin responder nada.
Tras la cena, Harry, Ron, Hermione y Ginny subieron a la habitación de Harry y Ron, donde estuvieron hablando un buen rato antes de acostarse. Mientras se metían en la cama, Ron le preguntó a Harry:
—Oye, Harry... ¿Tú qué crees que trama?
—¿Quién?
—Vo-Voldemort... como tú puedes sentir lo que piensa...
—Ya os dije antes que no tengo ni idea, Ron. Pero lleva mucho tiempo inactivo. Estoy seguro de que algo planea, pero no tengo ni idea de lo que es. Aparte de ese sueño no he tenido ninguna otra visión o sensación...
Ron se acostó, sin decir nada más. Parecía muy pensativo, aunque no daba la impresión de estar pensado en Voldemort. Por varias veces estuvo a punto de decirle algo a Harry, pero al final no abrió la boca.