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Historia 24675 — capítulo 4
El día 3 de agosto en Grimmauld Place resultó absolutamente tedioso. Apenas apareció por allí nadie de la Orden en todo el día, y Harry, Ron, Hermione y Ginny se pasaron el día ayudando a la señora Weasley a hacer las tareas domésticas. Cuando no tenían nada que hacer, se dedicaban a jugar a algo o a leer algún libro. El momento más interesante del día llegó cuando, poco antes de la hora de la cena, llegaron las lechuzas con las cartas de Hogwarts.
La carta de Ginny era como la que habían recibido los otros tres el curso anterior, pero la de Harry, Ron y Hermione contenía un pergamino de solicitud de la asignaturas que querían cursar al año siguiente. Cada carta era distinta, porque en los pergaminos sólo podían marcar las asignaturas que habían aprobado en el TIMO.
Hermione tomó rápidamente su decisión, marcando todas las casillas que contenía su pergamino. Ron, por su parte, no estaba tan seguro.
—Yo no sé si al final elegir Pociones... Si pretendo llegar a auror, en caso de no llegar a ser jugador de quidditch...
—Recuerda que esto es sólo una solicitud, Ron. Que solicites Pociones no quiere decir que el profesor Snape vaya a darte clases —le recordó Hermione.
—Entonces yo ya me puedo ir olvidando... No he conseguido más que un «Aceptable», y con la manía que Snape me tiene...
—¿Eso qué quiere decir? ¿Vas a intentarlo o no?
Harry se lo pensó un rato. No quería más clases con Snape, pero quería intentar llegar a ser auror...
—Seguramente me arrepentiré, pero voy a intentarlo...
—Pues si tú te atreves, Harry, yo también —dijo Ron.
Rellenaron los formularios y volvieron a meterlos en los sobres para mandarlas al colegio, donde les remitirían la contestación oficial sobre las asignaturas en que habían sido aceptados.
—¿Cuándo nos contestarán? —preguntó Ron.
—Creo que en dos días —le dijo Hermione, mientras cerraba su sobre y se la entregaba a la lechuza.
Enviaron las solicitudes y fueron al salón a sentarse, para charlar un rato antes de cenar. Estaba previsto que Bill, Tonks, Dedalus Diggle y Moody acudieran a comer, aparte de Lupin, que residía allí, los señores Weasley, los gemelos y ellos mismos.
Cuando la señora Weasley les llamó para que pusieran la mesa, vieron también a Mundungus Fletcher, que charlaba en susurros con Fred y George, seguramente contándoles alguna de las suyas. Los gemelos parecían divertidos. A la señora Weasley no le hacía mucha gracia que sus hijos hicieran tantas migas con Mundungus, que era un sinvergüenza y siempre estaba metido en extraños negocios y operaciones de dudosa legalidad, pero Fred y George conseguían a través de Fletcher diversos productos para sus artículos de la tienda de bromas que difícilmente podrían haber conseguido por cauces legales.
Harry, Ron, Hermione y Ginny se terminaron de poner la mesa y se sentaron. Las chicas se sentaron cada una a un lado de Tonks, con la que habían hecho una gran amistad, y esta les contaba diversas anécdotas del colegio. En esos momentos les hablaba de un ex novio al que había engañado haciéndose pasar por otra usando sus capacidades de metamorfomaga. Hermione y Ginny reían por lo bajo.
Cuando estaban cenando, el señor Weasley preguntó a Mundungus si había oído algo raro respecto a Dolores Umbridge. Harry, Ron, Hermione, Ginny y los gemelos dejaron sus respectivas conversaciones y miraron al señor Weasley.
—¿Qué le ha sucedido a esa bruja? —inquirió George.
—Hace dos días que nadie sabe nada de ella —explicó el señor Weasley—. Cuando Fudge la despidió se encerró en su casa de Escocia y apenas salía. Tras salir su historia en los periódicos decidió suspender por tiempo indefinido todas sus apariciones públicas. Pero ahora hace dos días que nadie sabe dónde está.
—¿Y qué? —preguntó Harry— ¿Por qué se preocupa la Orden del Fénix de lo que esa mujer haga?
—Pues eso mismo pensábamos nosotros —dijo Tonks—. Pero Dumbledore insistió en que debíamos intentar averiguar su paradero, que podía ser importante, y le encargó a Mundungus que indagara algo por si sabía algo de lo que había sido de ella.
—Y mis pesquisas han resultado inútiles —explicó Mundungus—. Ninguno de mis conocidos sabe o ha oído algo de ella.
—Tal vez ha decidido que el extranjero puede tener un mejor aire para ella —dijo Ron—. Al fin y al cabo aquí no la quiere nadie.
—Es posible. Pero Dumbledore sospecha que, de alguna forma, y con algún objetivo aún desconocido para nosotros, Quien Vosotros Sabéis puede tener algo que ver.
—¿Sospecha que podría haberse unido a los mortífagos? —dijo Hermione, escéptica—. La profesora Umbridge era una mujer horrible, pero dudo que le atrajeran los planes de Voldemort de unirse a los gigantes y demás. Ella los odia.
—¡No la llames «profesora» Hermione! —exclamó Fred asqueado—. Esa mujer no tenía nada de profesora.
—Dumbledore no cree que se haya unido a los mortífagos —explicó el señor Weasley—. Pero sí cree que su desaparición puede tener algo que ver con Quien vosotros sabéis. Quizás la haya secuestrado para obtener información, al fin y al cabo ella era la mano derecha de Fudge...
Harry habría sentido lástima por cualquiera que hubiera tenido la desgracia de caer en manos de Voldemort para obtener información, pero le costaba muchísimo sentirla por la profesora Umbridge, que, aun sin ser una mortífaga, era tan cruel, despiadada y obsesiva con la superioridad de los magos como ellos. A pesar de lo que Hermione había dicho de los gigantes, a él no le habría extrañado nada que se hubiera unido a Voldemort.
Terminaron de cenar, y subieron a sus cuartos. Estaban deseosos por hablar del «asunto Umbridge». Llegaron arriba y se sentaron en las camas.
—¿Qué creéis que le habrá pasado a Umbridge? —preguntó Hermione.
—Yo no lo sé. Y sinceramente tampoco me importa —dijo Ron—. Pero creo que la Orden debería dedicarse a cualquier cosa en vez de preocuparse por ella. Que Fudge la busque.
—¡Ron! ¡Es una persona! —le regañó Hermione—. Yo no le desearía a nadie ser víctima de Voldemort.
—Pues yo estoy de acuerdo con Ron —dijo Fred—. Yo casi le tendría lástima a Quien-vosotros-sabéis si está con esa cosa.
Harry, Ron, George y Ginny rieron, e incluso la expresión de Hermione se suavizó.
—Seguro que si la tiene, la suelta —dijo George—. No hay muchas maldades mayores que devolvérnosla...
—A mí lo que me gustaría saber es por qué cree Dumbledore que Voldemort podría tener algo que ver —dijo Harry.
—Tal vez Snape sepa algo —contestó Ginny.
—Pero si así fuera, Dumbledore no le pediría a Mundungus que investigara. No creo que Fletcher tenga relación con algún mortífago... —repuso Harry.
—Dumbledore quiso que Mundungus investigara para saber si descubría algo —razonó Hermione—. Dado que no ha averiguado nada, debemos de concluir que o bien ha huido en secreto, o bien sí es cierto que Voldemort la tiene.
—Pero si Voldemort quiere información ¿no le habría sido mejor secuestrar a alguien del propio Ministerio? Al fin y al cabo, Umbridge ya no trabaja allí, y desde que se fue ha habido bastantes cambios —dijo Ron.
—Sí, pero quizás sea más fácil de capturar —replicó Hermione—. Dado que está escondida de la opinión pública, tal vez Voldemort espere que su desaparición se atribuya a otras causas.
—Bueno, realmente, la situación de Dolores Umbridge no es lo que me va a quitar el sueño esta noche —dijo George bostezando—. Fred y yo nos vamos a la cama. ¡Hasta mañana!
Fred se despidió y con un «¡crac!», los gemelos desparecieron.
—¿Por qué harán eso si su habitación está a 10 metros? —preguntó Hermione, exasperada—. Bueno, nosotras también nos vamos a la cama, ¿verdad, Ginny?
—Sí. Yo también estoy cansada de limpiar esta casa. Hasta mañana Ron. Hasta mañana Harry.
—Hasta mañana —se despidieron Harry y Ron. Las chicas salieron de la habitación y ellos se metieron en la cama.
—¿A ti te preocupa, Harry?
—No demasiado... además, seguro que Voldemort no la ha matado ni torturado. Porque si no seguro que lo habría sentido... a no ser que haya aprendido a ocultar sus emociones...
—Pero ha podido matarla uno de sus seguidores... Colagusano, o quizá Bellatrix...
—Es posible, pero si la han interrogado, seguro que lo ha hecho él, para asegurarse de que no le mienta. De todas formas, creo que ya tenemos suficientes preocupaciones sin molestarnos por lo que el pase a esa estúpida. Lo más probable es que se haya largado del país.
Los dos amigos se metieron en la cama. No tardaron en dormirse.
El día siguiente transcurrió de nuevo en el tedio más absoluto. A media tarde, Snape y Dumbledore llegaron para una reunión extraordinaria en la que también participaron Kingsley, los Weasley, Mundungus Fletcher y Bill. Dado que sin Fred y George carecían de orejas extensibles, Harry, Ron, Hermione y Ginny no pudieron enterarse de gran cosa.
Cuando la reunión terminó, bajaron a la cocina. Al llegar al vestíbulo, Snape salía y se lo encontraron cara a cara. Les miró como si fueran un montón de excrementos de doxy y les dijo:
—Vaya… Potter, Weasley. Ya he recibido vuestras... solicitudes. Sinceramente, me sorprende que dos ineptos como vosotros en este sutil arte que es la fabricación de pociones hayan conseguido tan siquiera un «Aceptable» en el TIMO, y me sorprende aún más que hayáis tenido la osadía de solicitar mi asignatura cuando sabéis sobradamente que no acepto a ningún alumno que no haya obtenido un «Extraordinario». La verdad, no acabo de entender qué pretendéis. —Calló un instante para saborear los insultos que acababa de decirles—. No obstante, Dumbledore se ha reunido con todos los profesores y ha decidido, como medida extraordinaria, que todo alumno que haya aprobado una asignatura en el TIMO tiene derecho a cursarla para el EXTASIS. —Hizo una mueca de desagrado que indicaba claramente que aquella idea le repugnaba—. Al parecer, cree que la... situación actual así lo requiere, y que todo el mundo debe estar lo más preparado que pueda. Yo no lo creo así, desde luego. En conclusión, estáis admitidos, pero no voy a tolerar que os paséis ni lo más mínimo, o me aseguraré de no seguir viéndoos más en mi aula. Os aseguro que mis clases para el EXTASIS no son tan sencillas como para el TIMO. Voy a requerir un nivel que estoy seguro que no poseéis, así que yo que vosotros no contaría aprobar la asignatura.
En ese momento, Bill salió de la cocina, y mirando alternativamente a Snape y a los cuatro amigos dijo:
—¿Sucede algo?
—No —dijo Harry, mirando fijamente a Snape con cara de odio—. El profesor Snape sólo nos informaba de que nos ha aceptado en sus clases de Pociones.
—Bien —dijo Bill, echándole una mirada de desconfianza a Snape antes de entrar de nuevo en la cocina.
Snape se fue y los cuatro se dirigieron a la cocina.
—Imbécil —dijo Ron enfadado.
—Nos ha aceptado por obligación. Nos va a hacer la vida imposible —se lamentó Harry.
Entraron en la cocina y se encontraron a todos sentados, tomando té.
—Harry, Ron, Hermione —les dijo Dumbledore al verlos—. Me he permitido traeros personalmente las cartas. Les entregó un sobre a cada uno.
Los abrieron y comprobaron, como les había dicho Snape, que los habían admitido en todo lo que habían solicitado.
—Mañana iremos al callejón Diagon —les comunicó la señora Weasley—. Podremos pasar allí todo el día si queréis.
Los cuatro se mostraron contentísimos ante la perspectiva de una salida fuera del número 12 de Grimmauld Place.
—¡Por fin! —dijo Ron—. Ya estaba harto de estar aquí encerrado todo el día.
—Profesor Dumbledore —dijo Hermione—. ¿Se sabe algo de Dolores Umbridge?
La expresión de Dumbledore cambió. Parecía preocupado
—No, Hermione. No sabemos nada aún.
—¿Por qué está tan seguro de que su desaparición tiene algo que ver con Voldemort, profesor? —preguntó Harry.
—Es una sospecha, Harry. Conozco muy bien a Voldemort, y sé que podría pretender... —dejó la frase sin terminar.
—Vamos, Vamos —dijo la señora Weasley—. Esto no es asunto que os concierna a vosotros ahora. Id al salón hasta la hora de cenar.
—¡Jo, mamá! ¡Nunca nos dejas enterarnos de nada! —dijo Ginny resentida.
Pero la señora Weasley no escuchó las protestas de su hija. Los sacó de la cocina empujándolos y cerró la puerta.
Se dirigieron al salón y se pusieron a hablar de la reunión.
—¿Creéis que Snape ha venido a informar de algo relacionado con Dolores Umbridge? —preguntó Ron.
—No lo creo —respondió Hermione—. Dumbledore dijo que no se sabía nada... Si Snape hubiese averiguado algo sabrían que Voldemort la tiene ¿No?
—Ya, pero es que a lo mejor Dumbledore no nos ha dicho todo lo que saben —repuso Ron.
—¿Tú qué crees, Harry? —le preguntó Hermione.
—Bueno... no lo sé. Creo que no saben nada... pero estoy seguro de que Dumbledore cree que Voldemort tiene algo que ver, y parecía bastante convencido. Daba la impresión de que sabía que tramaba algo...
—En fin, nada podemos hacer —repuso Hermione. Luego su cara cambió y sonrió—. Bueno ¡Alegrémonos! Nos han dado todo lo que hemos pedido.
—Yo ya me estoy arrepintiendo de haber pedido Pociones —se lamentó Ron—. ¡Snape ha dicho que será peor de lo habitual! Yo no me lo imagino.
—Pues métete un día en mi cuerpo y sabrás lo que es —dijo Harry.
—Vamos, solamente tendréis que esforzaros un poco más y no dejar que os afecte —intentó animarlos Hermione. Si bien ni a Harry ni a Ron parecía animarles mucho la idea de hacer trabajo extra para Pociones.
Dejaron la conversación, porque en esos momentos aparecieron Fred y George con un «catacrac» que los sobresaltó a todos. Traían una edición de El Profeta.
—Tomad —dijo Fred—. Habla de la desaparición de Umbridge.
Harry cogió el periódico y leyó:
EXTRAÑA DESPARICIÓN DE LA EX DIRECTORA DE HOGWARTS Y EX SUBSECRETARIA DEL MINISTRO DE MAGIA, DOLORES JANE UMBRIDGE
El Ministerio de Magia ha informado que Dolores Jane Umbridge, recientemente despedida de la oficina de Cornelius Fudge, ha desparecido misteriosamente de su casa de Escocia hace ocho días. La mencionada señora Umbridge se había retirado a su casa familiar, abandonando su domicilio de Londres cuando salieron a la luz pública los flagrantes abusos que había cometido como miembro del Ministerio de Magia y como Suma Inquisidora del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Su hermana y única pariente, Theresa Mary Umbridge, la había aceptado como invitada a pesar de que la relación entre las dos hermanas no era de gran cordialidad.
«No nos llevábamos muy bien», nos cuenta Theresa, «pero al fin y al cabo era mi hermana, y no tenía a dónde ir si abandonaba Londres. Ella permanecía todo el tiempo en la casa y ni siquiera miraba los periódicos cuando yo se los traía».
Según su hermana, el día 29 de julio salió a ver a una gran amiga suya, y cuando volvió a su casa su hermana había desparecido. No había señales de violencia, ni nota de despedida, ni nada. La desparecida no había recogido ninguno de sus efectos pesonales.
Miembros del Ministerio de Magia han señalado que Dolores Umbridge podría haberse ido al extranjero debido a la fama que arrastraba en este país, pero no todo el mundo comparte esa opinión. Ciertas personas parecen creer que su desaparición podría deberse a El que no debe ser nombrado. Si esto fuera así, la desaparición de Dolores Umbridge se sumaría a las muertes de Bertha Jorkins, Cedric Diggory, Bartemius Crouch, Broderick Bode, Sirius Black y el muggle Frank Bryce, acontecidas desde que el mencionado Lord ... retornó a sus actividades.
Por su parte, el ministro de Magia, Cornelius Fudge, cuya actuación desde hace un año, unido a los actos ilegales cometidos por su ex subsecretaria han sido fuente de gran polémica recientemente, ha rehusado hacer declaraciones al respecto.
—¿No se llevó ninguna de sus cosas? —preguntó Hermione extrañada—. Pues entonces seguro que ha sido secuestrada.
—A lo mejor no cogió nada porque lo que quería era desaparecer rápido mientras su hermana no estaba —propuso Ron.
—Ya. Y si quería largarse del país, ¿Para qué se mudó a la casa de su hermana? —Repuso Hermione.
—Bueno... no sé... quizás está loca —dijo Ron, más por llevar la contraria que por propia convicción.
—Ya —dijo Hermione—. Yo creo que Voldemort la ha secuestrado, aunque no acabo de tener muy claro el por qué...
—Bueno, se supone que para obtener información ¿no? —dijo Fred—. Era la subsecretaria del ministro...
—¿Información sobre qué? —preguntó Hermione.
—¿Y yo que sé? —le contestó Fred—. Yo no soy Quien tú sabes.
Todos callaron un rato. Harry pensó que, si era cierto que Voldemort había secuestrado a Dolores Umbridge, significaba que había vuelto a sus actividades y que, de nuevo, tenía algún plan.
Ron preguntó a Fred y George qué tal la tienda, y estos empezaron a contarles qué tal les había ido el día, y hablando de estas cosas, llegó la hora de cenar.
Al día siguiente, se levantaron temprano para acudir al Callejón Diagon. Iban a ir al mismo tiempo que Fred y George. Viajarían hasta la chimenea de la tienda de los gemelos y luego irían a hacer las compras del Colegio. Harry estaba deseoso de ir, porque la vida en Grimmauld Place era un aburrimiento, y además, hacía tres años que no pisaba ese callejón, desde que había estado allí antes del comenzar el tercer año en Hogwarts.
Fred y George fueron los primeros diciendo «número 93 del Callejón Diagon». Los siguió Ginny, la señora Weasley, Harry, Hermione y por último Ron.
La tienda, según se fijó Harry, estaba muy bien montada. No era un local muy grande, pero bastaba, y tenía por la parte de atrás una especie de almacén donde los gemelos guardaban sus productos, aparte de utilizarlo como laboratorio cuando no había clientes.
—Está realmente genial, chicos —dijo Hermione, verdaramente sorprendida.
La tienda tenía un aspecto muy jovial. Tenía un mostrador en forma de L casi lleno de objetos para vender. Por uno de los lados del mostrador había un pasillo, donde estaba la chimenea, que conducía a la parte de atrás, el almacén. Harry se fijó en todo lo que tenían, y muchos productos le trajeron bonitos recuerdos. En un lado del mostrador tenían un montón de sombreros acéfalos, que hacían invisible la cabeza de quien se los ponía. Al lado de los sombreros había un montón de extrañas golosinas y galletas. Harry reconoció entre ellas las famosas galletas de canarios. Otros dulces tenían nombres como «chicles aliento de cerdo», «magdalenas hinchables» o «manzanas evanescentes», que, según le explicó Ron, tenían de especial que desaparecía el trozo que querías morder hasta que no quedaba nada. En otra zona había unas bonitas cajas que ponían «Magifuegos Salvajes Weasley», que habían sido un gran éxito el año anterior en Hogwarts. A su lado, había paraguas hidrófobos, cuya tela desaparecía en cuanto se ponía a llover. En un estante aparecían amontonados caramelos longuilinguos, caramelos desdentados, libros hierbapelo y pergaminos insultantes. Había también plumas que hacían aparecer en la frente de su usuario lo que éste escribiera con ella, y libros que se borraban en cuanto alguien escribía una página completa en ellos.
En otro lado de la tienda estaban los famosos Surtidos Saltaclases. Harry vio el turrón sangranarices, las pastillas vomitivas, tofes de la fiebre y demás productos destinados a provocar en el consumidor cualquier dolencia que le permitiese abandonar un aula. El detalle divertido lo ponía un gran cartel colocado sobre los Surtidos Saltaclases. Cartel que a Hermione no le hizo gracia, porque decía: «Sección prohibida a Prefectos, Premios Anuales y especimenes similares». Si alguna conclusión se podía sacar de aquella tienda era que los gemelos tenían una imaginación sin límites.
—¿Te apetece alguna cosa, Harry? —preguntó Fred con una sonrisa.
—¿Para mí o para dársela a alguien? —bromeó Harry.
—La decisión es tuya, chico —le respondió Fred.
—Tal vez os interese una buena provisión de Surtidos Saltaclases para las clases con Snape —dijo George a Harry y a Ron—. Os hacemos un descuento especial del 10 por ciento. También descontamos el diez por ciento a quienes se comprometan a usar los productos contra alumnos de Slytherin...
—Harry y Ron no van a comprar ningún Surtido Saltaclases —atajó la señora Weasley—. Que conste que es lo que menos me gusta de todo lo que hay en esta tienda.
—¡Pero mamá, es nuestro producto estrella! —repuso George, mientras la señora Weasley le miraba con severidad.
—¿Y vienen por aquí muchos alumnos? —preguntó Hermione.
—Oh, ya lo creo —le contestó Fred—. Pero no sólo alumnos. También vienen muchos niños que aún no han entrado en el Colegio...
—...y muchos que ya han salido —terminó su hermano.
Un momento después de que George terminara de hablar, se oyó un ruido en la chimenea y apareció Lee Jordan, el socio de los gemelos.
—¡Hola! —saludó Lee muy contento, mirando hacia Harry, Ron, Hermione y Ginny—. ¡Qué agradable sorpresa! Hola, señora Weasley.
Le devolvieron el saludo.
—Me preguntaba cuándo vendríais a vernos —debéis ser de los pocos alumnos de Hogwarts que aún no han venido, si descontamos a Slytherin.
—Aún así, hay muchos de Slytherin que sí han venido —repuso George.
—Seguro que Malfoy no —dijo Harry.
—Pues no, y es una lástima, porque tenemos algo preparado exclusivamente para él —dijo George, misterioso y divertido a la vez.
Se entretuvieron otro buen rato mirando y hablando. Entre tanto, fueron entrando varios alumnos de Hogwarts y otros clientes. Muchos de ellos querían Magifuegos Salvajes, que, según los gemelos le habían dicho a Harry, constituían un exitazo en fiestas. En un momento que la tienda se quedó vacía, George y Lee se fueron a la trastienda, y Ginny los acompañó, mientras Fred se quedaba atendiendo.
—Van a terminar los primeros Pasteles Dudley, Harry —explicó George, divertido—. Luego prepararemos un antídoto para devolver a la normalidad a los que los coman.
Harry pensó en qué sucedería si Dudley probaba uno de esos pasteles y, francamente, metía miedo. Seguro que los Dursley nunca se imaginarían que Dudley pudiera llegar a ser famoso en el mundo mágico, y Harry estaba seguro de que no les gustaría nada saber el motivo de que lo fuera.
—Bueno, muchachos —dijo la señora Weasley—. Deberíamos ir a comprarlo todo, ¿no? Luego comeremos en el Caldero Chorreante. Bill, Lupin y Arthur se nos unirán allí.
Se despidieron de George, llamaron a Ginny y salieron. Antes de nada, Harry se acercó a Gringotts para sacar dinero de su cámara acorazada. Hermione nunca había estado en las cámaras acorazadas de Gringotts, y le preguntó a Harry si podía acompañarle.
—¡Es realmente impresionante! —decía Hermione emocionada al salir del banco, mientras se dirigían a Flourish y Blotts para comprar los libros. Mientras andaban por la calle, se fijaron en que mucha gente miraba y señalaba a Harry. Algunos se paraban a felicitarle por su valentía, muchos también a Ron y Hermione, pues la noticia de lo que había sucedido en el Departamento de Misterios se había difundido por todo el mundo mágico, publicada en los periódicos (aunque en ninguno se hablaba exactamente de qué querían los mortífagos que habían entrado allí aquella noche). Como consecuencia, también Ron y Hermione eran famosos, y, en menor medida, también Ginny, Neville y Luna. A Harry, aunque le agradaba que la gente volviese a creer en él en vez de que pensaran que era un adolescente trastornado, la atención de la gente le molestaba un poco. A Hermione la cohibía algo, pero Ron, que pocas veces sobresalía, teniendo en cuenta a sus hermanos y que sus mejores amigos eran, respectivamente, el famoso Harry Potter y la chica más inteligente de Hogwarts, se encontraba muy a gusto.
Entraron en la librería, donde, para su sorpresa, se encontraron con Neville y su abuela, que acababan de comprar las cosas del colegio. La señora Longbottom miraba con ternura a su nieto. Harry pensó que seguramente se sentía más orgullosa de Neville de lo que se había sentido en su vida. Se había enfrentado a los mortífagos, incluidos los torturadores de su padre y su madre, y había sobrevivido para contarlo.
—Hola chicos —saludó Neville, muy contento de verlos.
—¡Hola Neville! —saludó a su vez Harry—. Hola, señora Longbottom.
—Hola, hijos —los saludó la abuela de Neville, con una gran sonrisa—. ¡Me alegra muchísimo veros! En junio hicisteis algo grande, a pesar de que fue tan peligroso... Mi nieto me contó lo del ED.
—Nunca lo había visto esforzarse tanto, señora Longbottom —dijo Hermione, y Neville se sonrojó—. Y fue un verdadero valiente.
—Gracias a vosotros por ayudarle con esas clases. Sacó un «Supera las expectativas» en su TIMO de Defensa Contra las Artes Oscuras —les dijo su abuela—, algo que nunca hubiese esperado. Bueno, ya hemos terminado de comprar y tenemos que irnos. Cuidaos, hijos. Saludos, señora Weasley.
—Adiós —se despidieron—. Te veremos en Hogwarts, Neville.
Neville y su abuela se fueron y Harry, Ron y Hermione se pusieron a pedir los libros que necesitaban. Pidieron Libro Reglamentario de Hechizos, sexto curso, Guía de la Transformación, Nivel Superior, La Ciencia Exacta de la Fabricación de Pociones, Nivel ÉXTASIS, Secretos del Cosmos, para astronomía y Criaturas Mágicas y sus Necesidades, para Cuidado de Criaturas Mágicas. Hermione pidió además Aritmancia: Estudio Avanzado de la Numerología y El Secreto de las Runas Antiguas, para Aritmancia y Estudio de las Runas, respectivamente. No necesitaban nada para Defensa Contra las Artes Oscuras.
Al salir, la señora Weasley les dijo que ella les llevaría todo a la tienda de artículos de broma, y que fuesen a dar una vuelta por ahí hasta la hora de comer. Se dirigieron a la heladería de Florean Fortescue a tomar algo. Cuando se iban a sentar, Ginny vio a una amiga suya y fue a saludarla.
—Nos veremos después —dijo, mientras se alejaba.
Pidieron tres helados y se pusieron a hablar sobre la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Habrá encontrado Dumbledore un profesor? —preguntó Hermione.
—Espero —dijo Ron—. Si no... imaginad que se la da a Snape, que lleva años pidiéndola...
—Espero que no —dijo Harry con miedo.
—Bueno, si se la da a Snape —aventuró Ron—, quizás no dure mucho, viendo lo que les pasó a los demás...
—No caerá esa breva —se lamentó Harry.
—Harry, Ron, con eso no se bromea —comentó Hermione con expresión reprobatoria—. No creo que Dumbledore le diese el puesto a Snape. Al fin y al cabo lo ha rechazado durante años, aun a costa de poner a inútiles como Lockhart, o de dejar que el Ministerio eligiese al profesor...
—Pues entonces no sé quién puede ser... —contestó Harry.
—¡Oye Harry! —dijo de pronto Ron— ¿Por qué no le pides tú el puesto a Dumbledore?
Hermione y Harry le miraron como si estuviera loco
—¡No me miréis así! Harry se ha enfrentado a cosas que muy pocos aurores han visto. Y como profe es genial, no hay más que ver las notas que hemos sacado todos en el TIMO de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Vamos, Ron. Dumbledore no dará un puesto de profesor a un alumno —le dijo Hermione.
—Ya lo sé, Hermione, era sólo una broma. B-r-o-m-a.
—¡Ya sé lo que es una broma! —repuso Hermione, ligeramente ofendida.
—¿Seguro?
—¿Estás tratando de decirme algo? —inquirió Hermione, arqueando una ceja.
—¿Yo? No, claro que no.
Hermione le miró detenidamente frunciendo el ceño. Ron le sostuvo la mirada, desafiante. Harry estaba a punto de decirles algo, porque le parecía increíble que se pusieran a discutir por... ¿Por qué discutían? Después de lo que les había dicho... Sin embargo, cuando abrió la boca, Ron se echó a reír. Un instante después, Hermione hizo lo mismo. Harry frunció el entrecejo.
—¿Cuál es el chiste? —preguntó, con lo que Ron y Hermione se rieron aún más.
—Ninguno. Me hizo gracia la cara de Hermione.
—A mí me hizo gracia la tuya —repuso ella, mirando a Ron.
Harry arqueó las cejas, pensando en si se habría perdido algo, y decidió olvidarlo.
Estuvieron hablando un rato, hasta que volvió Ginny. Luego decidieron darse un paseo por la tienda de Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch. Se entretuvieron mirando las nuevas escobas, aunque no había ninguna tan buena como la Saeta de Fuego de Harry, y eso que ya había tres años que había salido. Después de estar un rato mirando, decidieron ir a esperar a los demás en el Caldero Chorreante. Ginny volvió a irse al encontrarse con otra de sus amigas, y les dijo que ella avisaría a su madre y que se verían allí a la hora de comer.
Los tres amigos salieron del Callejón Diagon y entraron en el Caldero Chorreante. Sólo estaba el dueño, Tom, al que saludaron, un cliente en la barra y un individuo bajo y rechoncho en una esquina oscura. Vestía una túnica negra, y tenía la cara, casi tapada por una capucha, inclinada sobre una taza de té. Sus ropas estaban raídas y mugrientas. Harry le echó un vistazo y se sentaron en una mesa. Pidieron tres cervezas de mantequilla y se pusieron a charlar mientras bebían. Un rato después, el único cliente salió y se quedaron solos en el local, a excepción del personaje de la túnica y el dueño.
Ninguno de los tres se fijó en que el encapuchado levantaba la cabeza de vez en cuando para lanzar miradas a los tres amigos desde debajo de la capucha.
Un minuto después de que el cliente de la barra hubiese salido, Harry sintió de pronto que su cicatriz se partía.
—¡AAAgh! —gritó, agarrándose la cabeza con las manos—. ¡Nooo!
Hermione y Ron se inclinaron sobre Harry, asustados, Tom también le miró, e hizo ademán de acercarse a ellos
—¿Estás bien, Harry? —preguntó Hermione, asustada— ¿Qué...?
Pero no llegó a terminar la pregunta, porque un rayo aturdidor la golpeó en la espalda, dejándola inconsciente en el suelo. Ron se volvió instintivamente hacia atrás, y recibió un segundo impacto que le hizo rodar sobre la mesa y caer al suelo. Tom, el dueño del local, intentó sacar su varita, pero antes de levantarla también había recibido un impacto.
Harry se volvió, mientras el dolor remitía, e intentó sacar su varita, pero se quedó con la boca abierta. Bajo la capucha, Dolores Umbridge le sonreía, apuntándole con la varita.
—¡Usted! —gritó Harry, sorprendido.
—Sí, Potter, yo —dijo Dolores Umbridge—. Por fin volvemos a encontrarnos, pero esta vez no te librarás de mí tan fácilmente. —Levantó la varita y lanzó contra Harry un hechizo que, cuando el muchacho lo esquivó, partió una mesa por la mitad.
—No te escondas, chico —le dijo Dolores. Seguía sonriéndole—. Vamos, enfréntate a mí.
—¡Se ha unido a él! —le gritó Harry lanzándole a su vez un rayo paralizante. Dolores gritó «¡protego!» y esquivó el hechizo. Sonreía, pero Harry se fijó en que sus ojos tenían una extraña expresión soñadora, perdida, que a Harry le resultaba familiar.
Umbridge miró hacia un lado e hizo una floritura hacia una serie de cuchillos que había tras la barra. Los cuchillos empezaron a flotar y se dirigieron hacia Harry a toda velocidad. Logró esquivarlos la primera vez echándose a un lado. Los cuchillos pasaron por su lado y por encima, pero dieron la vuelta a un gesto de la varita de Dolores Umbridge y cargaron de nuevo contra Harry. Este les apuntó con la varita mientras gritaba «¡finite incantatem!». Logró que cayeran todos menos dos. Harry rodó sobre sí mismo y uno de los ellos se clavó a unos centímetros de su cabeza, pero el otro le atravesó el hombro izquierdo. Harry chilló de dolor. Dolores sonreía aún más, pero sus ojos seguían mostrando aquella expresión perdida, como si estuviera en otra parte. Hizo un nuevo gesto con la varita y el cuchillo que se había clavado en el suelo se levantó de nuevo y apuntó hacia Harry, que se retorcía de dolor, e incapaz de escapar
—¡No! —gritó— ¡No lo haga!...
Pero Dolores no le escuchaba.
—Se acabó, Potter, ahora...
—¡DESMAIUS!
El rayo alcanzó a Dolores Umbridge, que no había tenido tiempo de moverse casi, y cayó hacia atrás. El cuchillo flotante cayó un instante después, rebotando en el suelo a pocos centímetros del costado de Harry.
Ron se levantó, apuntando aún hacia su atacante, todavía medio aturdido, y se dirigió hacia Harry.
—¿Estás bien?
—Creo que sí. Gracias, Ron. Me has salvado la vida.
—Eso no importa ahora. Tenemos que curarte esa herida —dijo mirando hacia el hombro de Harry—. Parece grave.
Ron corrió hacia Hermione y le apuntó con su varita.
—¡Enervate!
Hermione abrió los ojos y se levantó, mirando a los lados.
—¿Ron...? ¿Qué ha sucedido?
Miró hacia Umbridge y profirió un quejido de sorpresa. Luego vio a Harry y puso una expresión de horror.
—¡Harry! ¿Quién...? ¿Ha sido ella?
Harry movió la cabeza afirmativamente mientras Ron despertaba al dueño del local. Este, tras percatarse de la situación, salió a buscar ayuda.
—¡Vuelvo enseguida! ¡No os mováis! —les advirtió. Luego se dirigió a Ron—: Quítale la varita, Weasley, y vigílala.
Ron recogió la varita de Dolores Umbridge del suelo, mientras seguía apuntándole. Hermione se había levantado, y, antes de dirigirse a Harry, apuntó también a Dolores.
—¡Incárcero! —gritó, y Dolores quedó completamente atada e inmovilizada.
Un instante después se aparecieron dos sanadores de San Mungo, del Servicio de Atención Inmediata y Urgente. Le sacaron el cuchillo y con unos movimientos de varita le curaron la herida. Por último se la vendaron.
—¿Te encuentras bien? —preguntó uno de los sanadores.
—Sí —contestó Harry—. Gracias.
—¿Le van a llevar al Hospital? —preguntó Ron, que seguía vigilando a Dolores Umbridge.
—No será necesario —dijo uno de ellos; luego se dirigió a Harry—: No ha sido grave. Descansa durante dos días y estarás como nuevo. Afortunadamente no se te clavó en ningún órgano vital. Un poco más abajo y quizás no lo habrías contado.
Los sanadores se despidieron y se desaparecieron. Los curiosos habían empezado a llegar, y pronto oyeron a la señora Weasley y a Ginny, seguidas de Fred, George y Lee Jordan.
—¡Dios mío! ¿Estás bien, cariño? —preguntó la señora Weasley casi llorando— ¡Oh, es culpa mía! ¡No debí dejaros solos! ¡Si te llega pasar algo...!
—Tranquila, señora Weasley. Estoy bien.
—¿Y vosotros? —preguntó a Ron y a Hermione.
—Sí, mamá. Sólo nos aturdió.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Cómo he sido tan descuidada?
—No ha pasado nada, mamá, de verdad...
Fred, George, Ginny y Lee lanzaron un grito al ver a Dolores Umbridge, que comenzaba a despertarse.
—¿Ha sido ella? —preguntó Fred.
—Sí —respondió Harry
—¡Maldita bruja vengativa! —gritó Ginny, apuntándole con la varita. Pero en ese momento aparecieron Kingsley Shacklebolt y otro auror al que no conocían. Se quedaron estupefactos al ver a Dolores Umbridge, que comenzaba a despertar y parecía no entender nada. Tras preguntar brevemente a Harry y a la señora Weasley lo sucedido, cogieron a Dolores Umbridge y la levantaron.
—Tendrás que acudir a declarar al Ministerio cuando puedas, Harry —le comunicó Kingsley—. Y también vosotros dos —añadió, señalando a Ron y a Hermione. El dueño del Caldero Chorreante empezó a dispersar a los curiosos y ofreció algo de beber a los tres amigos.
—Vamos, Madame Umbridge —dijo Kingsley—. Esta vez ha llegado demasiado lejos.
—Shacklebolt... yo... no entiendo... —Umbridge parecía estar en otro mundo.
—Ya lo entenderá en el Cuartel de Aurores —repuso el otro auror—. Vamos.
Ambos se desaparecieron, llevándose a Dolores con ellos.
—¿Pero cómo ha podido hacer algo así? —se lamentaba la señora Weasley—. ¿Cómo?
—Pues fácilmente, mamá —dijo George—. Si el año pasado envió dementores a Little Winghing...
—No —replicó Harry, pensativo—. No era ella
—¿Cómo dices, Harry? —preguntó Hermione—. Claro que fue ella la que envió los...
—Eso no. Lo de hoy —aclaró Harry, cortándola—. Vi sus ojos... Eran como los del señor Crouch durante el Torneo de los Tres Magos. Creo... creo que ella estaba controlada por la maldición imperius.
—¿Estás seguro de lo que dices, cariño? —preguntó la señora Weasley, muy seria.
—Sí —contestó—. Casi seguro.
Un rato después comenzaron a aparecer otros miembros de la Orden. Algunos habían acudido a comer, otros fueron al conocer lo ocurrido. También llegó Dumbledore. Harry se lo contó todo. Cuando terminó, el director, muy serio, se quedó un momento pensativo y preguntó:
—¿Estás seguro de que estaba controlada, Harry?
—Sí. Al principio creí que era que se había unido a él, que se había convertido en una mortífaga. Pero luego me di cuenta. Tenía una expresión en los ojos que no era la de su cara. Era como la del señor Crouch, como si no estuviera aquí...
Dumbledore calló unos instantes, mirando al suelo.
—Está bien. Ahora debes descansar. Afortunadamente, gracias a tu habilidad y a la proverbial ayuda de Ron no hemos de lamentar daños. —Ron se sonrojó—. Mañana tendremos que acudir al Ministerio de Magia para aclarar esto. Vengo de allí. Dolores Umbridge será juzgada ante el Wizengamot. Ahora será mejor que comamos algo. Debes de reponer fuerzas. ¿Te duele la herida?
—Apenas. Los sanadores me la curaron.
—Bien.
—¿Preferirías que te llevásemos a casa, cariño? —preguntó la señora Weasley, que aún parecía muy preocupada y apenada ante lo ocurrido.
—No, señora Weasley, gracias. Estaré bien. Apenas me duele.
El cantinero preparó rápidamente una mesa grande donde todos pudieran sentarse a comer tranquilos. Hacía las cosas rápido. Parecía muy nervioso aún.
Cuando la mesa estuvo puesta, todos se sentaron para disfrutar de la comida y regresar rápidamente a Grimmauld Place.
—Profesor Dumbledore...
—¿Sí, Hermione?
—¿Por qué Voldemort —y media mesa pegó un respingo— iba a secuestrar a Dolores Umbridge para atacar a Harry? —preguntó—. Tiene suficientes seguidores como para hacerlo, ¿verdad?
—No lo sabremos hasta mañana —le respondió Dumbledore—. Pero pueden existir varias razones. No creo que el secuestro de Dolores tuviese como objetivo eliminar a Harry, pero, una vez que Voldemort la utilizó, quizás decidió que podía ser una buena idea...
—En caso de que estuviera controlada por la maldición imperius —repuso Ron—. Yo la creo capaz de intentar matarnos sin que se lo manden. El año pasado se mostró capaz de cosas similares.
—Estaba controlada, Ron —aseguró Harry con calma—. Esto estaba preparado. Cuando el último cliente se fue, sentí ese dolor de la cicatriz que nos distrajo y ella aprovechó para atacarnos. No creo que haya sido una casualidad.
—Yo no digo que haya sido una casualidad —se explicó Ron—. Simplemente...
—Llegó aquí ayer por la mañana —dijo de pronto el dueño del Caldero Chorreante desde la barra, interrumpiendo a Ron—. No traía equipaje, y no le vi la cara en ningún momento. Dijo que pensaba quedarse durante el tiempo que necesitase, que podrían ser semanas. No dijo nada más. Siempre estaba en esa mesa, sentada, y a cada rato pedía un té.
—Claro. Sabría que en algún momento, Harry vendría por aquí para comprar el material para el colegio y estaría más desprotegido. Supongo que a Quien-vosotros-sabéis no le importaría mucho que luego atraparan a Umbridge —dijo el señor Weasley.
Terminaron de comer y luego volvieron a Grimmauld Place. La señora Weasley hizo dormir a Harry toda la tarde, y les dijo a Ron y a Hermione que también deberían descansar, aunque ambos manifestaron no tener sueño, por lo que Harry fue el único que durmió aquella tarde. Se levantó para la cena, pero tras terminar volvió a acostarse pronto porque al día siguiente iría, con Ron y Hermione, a la vista del Ministerio de Magia. No le hacía mucha gracia, porque aunque esta vez fuera en calidad de testigo, volver a aquella sala le traía malos recuerdos.
La señora Weasley los levantó temprano al día siguiente, porque la vista era a las nueve y cuarto. Mientras desayunaban, Dumbledore llegó para buscarlos.
—Buenos días a todos —dijo al aparecerse—. ¿Qué tal te encuentras, Harry?
—Bien... Gracias, profesor.
—Estupendo —dijo Dumbledore con una ligera sonrisa—. ¿Nos vamos?
—¿Cómo iremos, profesor? —preguntó Hermione.
—Utilizaremos la Red Flu, que es lo más rápido que tenemos, dado que no podéis apareceros —le contestó Dumbledore.
—Venga, iros ya. Que se hace tarde —se despidió la señora Weasley—. Y tened cuidado.
Utilizaron la chimenea de la cocina, y salieron en el Ministerio de Magia, en el Atrio, por dónde Harry había visto entrar a los aurores y a Fudge en junio. Se dirigieron al mostrador de seguridad para el examen y luego hacia los ascensores que conducían a la sala de juicios del Wizengamot. Harry se fijó en que la Fuente de los Hermanos Mágicos, que había sido destrozada por la batalla entre él y Bellatrix y entre Voldemort y Dumbledore, había sido reconstruida.
Cuando llegaron a la sala de juicios, casi todo el mundo estaba ya allí, incluida Amelia Bones, directora del Departamento de Seguridad Mágica. Dumbledore dejó a los tres amigos y ocupó su puesto.
Hermione y Ron parecían nerviosos de estar allí, mientras todos los miembros del tribunal les miraban y cuchicheaban. Harry, que había visitado esa sala en condiciones mucho más adversas, estaba más tranquilo. Miró hacia los magos de las túnicas con la W. Observó que entre ellos se encontraba Griselda Marchbanks, que al parecer debía haber vuelto al Wizengamot cuando el tribunal readmitió a Dumbledore. Los magos murmuraban, mirándolos, aunque esta vez sabía que los murmullos eran de una clase muy diferente a los que había escuchado en su visita a aquella sala el verano anterior.
Momentos después, las puertas de la sala volvieron a abrirse, y dos aurores a los que Harry nunca había visto entraron, custodiando a una asustada Dolores Umbridge, que dirigió una temerosa mirada a los tres amigos. Los aurores la condujeron hasta la silla que estaba en el centro de la sala, donde la mujer se sentó. Un momento después, las cadenas la apresaron. Ella dejó escapar un gemido. No parecía esperar que la tratasen así. Se hizo el silencio un momento, y luego Amelia Bones habló:
—Vista del día 6 de Agosto, relativa al intento de homicidio cometido contra Harry James Potter el día 5 de Agosto enl el Caldero Chorreante, Callejón Diagon, Londres. —Amelia Bones hizo una pequeña pausa y levantó la mirada, observando a Dolores Umbridge—. Se la acusa a usted, Dolores Jane Umbridge, de este atentado, así como del cargo de posible pertenencia a los mortífagos...
—¡Yo no fui, Amelia! ¡Yo no lo hice! ¡No quería! —chilló Dolores Umbridge.
Amelia Bones la miró con incredulidad.
—¿Está diciéndonos que usted no fue? Porque hay cuatro testigos que afirman...
—¡No! ¡Quiero decir que yo no quería! ¡Él me obligó!
—¿Él? ¿Se refiere a El Que No Debe Ser Nombrado?
—¡Sí! ¡Ellos me secuestraron! Me torturó —la cara de Dolores Umbridge se contrajo en una expresión de dolor—. Luego me echó la maldición imperius y me obligó a esperar a Potter en el Caldero Chorreante.
Amelia Bones volvió a bajar la vista hacia sus papeles y levantó un pergamino, observándolo detenidamente.
—Tengo aquí su declaración —le informó—. Dice usted que dos mortífagos se presentaron en casa de su hermana mientras usted se disponía a tomar un té en el salón. —Dolores asintió—. Declara que la aturdieron, y que cuando despertó estaba en una habitación oscura, vigilada por uno de ellos.
—Sí, así fue.
—Sin embargo, aquí no dice usted nada de por qué iba a querer El Que No Debe Ser Nombrado utilizarla a usted para acabar con la vida del señor Potter. Sólo declara que la torturó durante dos días, y que el día 31 de julio él fue junto a usted, muy contento, aunque cansado. Luego le lanzó la maldición y la envió aquí, sin más.
—Bueno... Él parecía agotado, sí, ¡pero igualmente era terrible! Dijo que había conseguido algo, estaba muy contento. —Harry cruzó rápidas miradas con Hermione y Ron—. Se acercó a mí y me dijo que yo había sido útil, que como premio, me permitiría... me permitiría vengarme de Potter. Me echó la maldición y me obligó a ir al Caldero Chorreante, a esperar a que Potter apareciera, si lo hacía. En tal caso, debía matarle.
—Humm, no sé, por una parte parece convincente, pero los sanadores de San Mungo que la examinaron dicen que no tiene usted marca alguna o señal de que haya sido torturada durante dos días, como dice usted que sucedió, y su pasado, señora Umbridge, pesa mucho contra usted.
Dolores Umbridge gimió.
—¡Tienes que creerme, Amelia! ¡Yo no quería! Él me curó antes de echarme la maldición, precisamente para no dejar pruebas...
—Sin embargo, las ha dejado, porque usted está aquí, confesando.
—Sí... yo...
—Bueno, veremos lo que tienen que decir los testigos al respecto —dijo Madame Bones. Miró un pergamino—. Llamo a declarar a la señorita Hermione Granger. Por favor, si es...
Pero no acabó de hablar, porque en ese momento, Dolores Umbridge se puso a chillar. Movía uno de sus brazos frenéticamente, mientras con el otro intentaba, en vano, agarrárselo.
—Señora Umbridge, ¿qué diablos le ocurre? —preguntó madame Bones, con gesto de enfado y de sorpresa.
—¡Me duele! ¡Me duele! ¡ME DUELE!
—¿Pero qué...?
Harry, Ron y Hermione se miraron extrañados, antes de volver la vista hacia Dolores Umbridge, que cada vez chillaba más. Un instante después, de su antebrazo derecho comenzó a salir humo. Los miembros del tribunal se pusieron en pie. Harry no esperó y se acercó a la mujer, que gritaba a pleno pulmón. Le levantó la manga de la túnica y vio una pulsera, que apretaba firmemente su muñeca. Desprendía humo y mucho calor; le estaba quemando la piel. Horrorizado, Harry vio como en la pulsera aparecía dibujada la marca tenebrosa.
—¿Qué es esto? —preguntó Harry, muy asustado.
—¡Él me lo puso, pero no sabía qué era! ¡DUELE MUCHO!
Dumbledore bajó de su asiento. Harry intentó quitarle la pulsera, pero era inútil, y además le quemaba.
—¡No puedo!
—¡Déjame! —gritó Hermione, sacando su varita. Apuntó a la pulsera y gritó—: ¡Diffindo!
Se produjo un destello y un chasquido, pero no sucedió nada. Dumbledore llegó junto a ellos, también con la varita en la mano, e intentó algo parecido, pero la pulsera seguía sin desprenderse.
Dumbledore levantó la varita para intentar otra cosa, pero entonces, la marca tenebrosa de la pulsera brilló más que nunca, y Dolores Umbridge empezó a chillar aún más fuerte. Empezó a salirle humo por las orejas, la boca y las fosas nasales, y desprendía calor como un horno.
—¡NOOOOOO! —chilló.
El pelo se le incendió, y la túnica le empezó a arder. Dumbledore le echó agua con la varita, pero no sirvió de nada. El cuerpo de Dolores Umbridge despedía cada vez más calor, hasta que dejó de aullar y de retorcerse. Entonces, el calor empezó a disminuir, y la pulsera ardió, desprendiendo un humo verdoso que formó una marca tenebrosa encima del cuerpo de la mujer.
Varios magos habían salido ya de la sala para buscar ayuda, y el resto comenzó a chillar al ver la marca, que se elevaba en la sala. Dumbledore acercó su mano al cuerpo. Sus ojos mostraban furia y preocupación.
—¿Dumbledore? —preguntó Amelia Bones, intentando conservar la calma—. ¿Está...?
Dumbledore asintió lentamente.
Hermione puso cara de asco y se abrazó a Harry, escondiendo la cabeza en su hombro para evitar mirar el cadáver, que seguía humeando y desprendiendo un desagradable olor a carne quemada y a pelo chamuscado.
Hermione, Harry y Ron fueron sacados de la sala, mientras un grupo de sanadores de San Mungo entraba en ella. Los tres amigos permanecieron fuera, sin hablar durante unos minutos.
—¿Por... por qué le habrá hecho eso? —preguntó Ron—. Fue horrible. Me caía mal, pero una muerte como ésa...
—La respuesta más lógica es que lo hiciera para no dejar pruebas —opinó Hermione, con voz débil y temblorosa de la impresión.
—¡Pero ya había declarado! ¡Ya había confesado todo! ¿Qué sentido tiene?
—No lo sé, Ron —respondió Hermione—. ¿Tú qué crees, Harry?
—No sé, Hermione. No tengo ni idea. Lo único en lo que puedo pensar es en cuántos tipos de objetos mortíferos tendrá como esa pulsera...
De pronto, las puertas de la sala de juicios se abrieron y los sanadores de San Mungo pasaron, llevando la camilla con el cuerpo de Dolores Umbridge tapado por una manta. Un instante después, salió Dumbledore acompañado por Amelia Bones.
—Tengo que subir a mi oficina, Albus —musitó—. Tendré que presentar un informe... Por Merlín, nunca, en toda mi vida había visto... —Meneó la cabeza—. La marca tenebrosa en la sala de juicios del Wizengamot... Bueno, nos vemos, Dumbledore.
—Adiós, Amelia. —Dumbledore se volvió hacia Harry, Ron y Hermione—. Os enviaré ahora mismo a Grimmauld Place. Yo he de quedarme aquí un rato más. Nos veremos allí.
—Profesor...
—Ahora no, Harry. Ya hablaremos más tarde. Vamos, tenéis que iros.
Dumbledore les acompañó hasta las chimeneas, mientras a su alrededor el revuelo por la noticia de lo ocurrido se extendía entre los funcionarios del Ministerio. Llegaron a la primera de las chimeneas y, tras despedirse de un preocupado Albus Dumbledore, los tres regresaron, muy serios, al número 12 de Grimmauld Place.