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HHP: Primera Guerra Mundial Mágica — capítulo 26
A Luigi, fan de Harry Potter tanto como yo. Disfruta esto desde el más allá, angelito.
Veintiséis: Cerrando el ciclo.
4 de mayo de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El mes de mayo, con el sol brillando en lo alto del cielo, se perfilaba para ser caluroso. Sin embargo, la mayor parte del castillo se preparaba para la final de quidditch, Gryffindor contra Ravenclaw, en la que un margen realmente pequeño de puntos hacía que cualquiera de los dos equipos pudiera quedarse con la copa ese año.
—¿No les parece un poco raro el ambiente?
Rose veía a su alrededor con las cejas fruncidas, saliendo de Adivinación. Si bien el quidditch era una de las principales razones por la que los estudiantes podían pelear tontamente, la pelirroja no le veía sentido a las miradas que se dirigían los miembros de las casas rivales.
—Sí, es como estar en una dimensión desconocida —se quejó Walter por lo bajo.
—Y más para nosotros, que estuvimos a punto de quedar terceros —se acordó Thomas de pronto, granjeándose un gesto molesto de Walter.
¿Cómo no iba a enfadarse el castaño, si estuvieron a un paso de quedarse con el puesto que ahora era de Hufflepuff? En el partido que la casa de los tejones tuvo contra su casa, Thomas había estado bastante alegre, pero por reírse de las caras que ponía Hally al oír a Melvin Corner renegar de Pía Visconti, su compañera comentarista en aquella ocasión.
—Es una vergüenza, Stewart estuvo insoportable después —renegó Walter —Por suerte, se gradúa este curso, así que el año entrante no la pasaremos tan mal.
—A saber a quién les pondrán de capitán… —Hally hizo una mueca.
—¡Eh, chicos! ¡Es estupendo! —Sunny parecía muy contenta por algo que, aparentemente, había terminado hartando al resto de sus amigos que tomaba Autodefensas Muggles —¡Le di un a buena patada a Sullivan! ¡Incluso lo derribé!
—¡Enhorabuena! —felicitó Rose, dando un par de palmadas de entusiasmo.
—Por favor, no hagan que se le suba a la cabeza —pidió Henry, con expresión de dolor —Me está dando jaqueca por percibir tanto entusiasmo. Y ni se diga del malhumor de Sullivan…
—¿Qué, estaba muy enfadado? —preguntó Sunny, como si fuera la primera vez que oía eso.
Henry bufó, exasperado por la poca atención que su castaña amiga le había prestado en la última hora. Previendo que podría darse una pelea, Danielle se decidió a intervenir.
—Sunny, por si no te habías dado cuenta, Sullivan no es fácil de derribar, ¡menos por una chica! ¡Claro que está molesto! Sólo espero que no intente desquitarse.
—Como si no pudiera defenderme…
La irreverencia de Sunny arrancó risas a la mayoría de sus amigos, e incluso logró que Henry se sintiera un poco mejor. La chica andaba de muy buen humor, lo que quizá se debía a que esa mañana había recibido una carta de su hermano, con foto mágica incluida de la primera fiesta de cumpleaños de los gemelos Bluepool.
—¡Ya quiero ir a casa de Will a darles un buen abrazo a esos dos! —comentó Sunny respecto a sus sobrinos, sonriendo ampliamente mientras bajaban la escalera —Vince siempre sonríe, pero Brad no es tan loco cuando lo ando cargando.
—Ya te salió el instinto maternal —se burló Rose.
—¿Y qué? Estoy segura que tú estás igual de encantada con tu hermano, ¿no?
—Sí, lo estoy, pero tú te pones tan rara…
—¡Mira quién habla!
Era muy curioso ver que Rose y Sunny pelearan, porque siempre terminaban gruñéndose y dejándose de hablar por varias horas, hasta que saliera algo que las uniera. No era como cuando la pelirroja discutía con Henry, quienes se reconciliaban de las formas más raras.
—Ya, que haya paz —pidió Amy al acercarse al aula de Transformaciones.
Los de Slytherin y Ryo se despidieron (Sunny con una sonrisita irónica dedicada a una molesta Rose) para correr a los invernaderos.
—Me muero de impaciencia porque sea miércoles —comentó Rose de pronto, con una sonrisa pícara que le puso los pelos de punta al inocente Bryan (que recién iba llegando) —Quisiera darle un par de mordiscos a esa cola emplumada de la que Sunny está tan orgullosa.
—Gracias a Merlín que yo no soy un ave —musitó Henry con sincero alivio.
Segundos después, el profesor Lovecraft les abrió las puertas del aula.
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La hora del almuerzo era divertida y sagrada en Hogwarts… al menos lo era para los ávidos de información. Los de la casa de Hufflepuff, sobre todo, eran conocidos como los más confiables en lo que respecta a chismes de corredor, pues rara vez salía una calumnia de sus bocas. Pero eso no quería decir que tuvieran delicadeza al hablar cuando se emocionaban de más.
—¿Estás bromeando?
La exclamación de Pía Visconti salió un poco más fuerte de lo debido, al oír cierto suceso de boca de Erica Radcliffe, su mejor amiga. La acompañaba a la mesa de Hufflepuff, charlando de varias cosas, pero no esperaba que le soltara semejante bomba.
—¿Cómo lo supiste? —inquirió de inmediato la joven de Gryffindor.
—¡Ah, sencillo! Hillary y yo íbamos pasando cerca de ellos y accidentalmente los oímos.
Si algo bueno tenían los de Hufflepuff es que sus fuentes eran confiables.
—¿Entonces es posible que lo hagan público pronto?
—Yo no diría que público sea la palabra adecuada. Sino que se lo dirán a más personas.
Pía tuvo que darle la razón a su amiga asintiendo. Se despidió de ella y se encaminó a su mesa, echando un vistazo a su alrededor. Erica no tuvo que advertirle que de momento, el incidente que habían comentado era secreto, para no perjudicar a los implicados. Serían un tanto entrometidas en los asuntos de los demás, pero las dos amigas eran juiciosas… muy a su manera.
—Te ves muy contenta, hermanita —se burló Franco al ver pasar a Pía.
—Ah, las noticias, las noticias… —canturreó la aludida, antes de ir a sentarse con sus amigas.
—A veces mi hermana me da miedo —comentó Franco con un falso escalofrío, dirigiéndose a Miles Richards y a Procyon Black.
—Y a mí me daría miedo que tu hermana me incluyera en sus noticias —secundó Procyon.
Franco y Miles se echaron a reír.
—¿Creen que no tendremos problemas con esto? —Hally le mostraba un mapa de Astronomía a Rose, llevándose un trozo de pan a la boca.
—¡Bah, no lo creo! Si Procyon dice que se puede hacer, se puede.
—¿Tanta confianza le tienes? —al escuchar eso, Hally dejó escapar una risita.
—Pues sí —Rose se encogió de hombros, agarrando su copa llena de jugo de calabaza —Y no comiences con ese chiste de que es mi amorcito. Está pasado de moda.
—¿Y desde cuándo te preocupa lo que está de moda?
—No, si nada más te lo avisaba…
—Ya, ya, Rose, lo dejaré —prometió Hally solemnemente, aunque sonreía de manera juguetona —Pero es que esto me preocupa. Digo, no es como si lo hiciéramos todos los días.
—O todas las noches, para el caso. Pero eso no importará mucho.
—Tú sólo quieres divertirte, ¿cierto?
—Ah, ¿se nota?
Las dos amigas se echaron a reír.
En la mesa de Slytherin, Sunny le corregía rápidamente a Walter unos errores en su redacción para Pociones, mientras que Thomas discutía con Danielle la última tarea de Estudios Muggles. De pronto, el pelirrojo anaranjado detuvo las palabras de su amiga con un gesto.
—¡Drusilla, linda! —llamó, mirando a la prima de Hally que, tres asientos a su izquierda, le decía algo a Hong Lian Xin —¿Cómo te ha ido, eh?
—Ah… Nada mal —la pequeña rubia sonrió tímidamente —Hong Lian… y Abraham… Me ayudaron con Pociones hace poco… y… y… todo salió bien.
—Muy bien, ¡sigue así! —Thomas le dedicó una sonrisa comprensiva y un pulgar en alto.
—Tú tienes complejo de hermano mayor, ¿sabías? —apuntó Danielle, aparentemente divertida —Le diré a Hally que le estás quitando a su prima.
—Nunca tuve hermanitos, supongo que con cuatro hijos mis padres tenían suficiente —apuntó el chico, leyendo con atención lo que tenía escrito en un pergamino, para acto seguido tachar unas palabras y anotar otras en su lugar —¿Una lechuza puede llegarle a una persona muerta?
—¿De qué estás hablando?
—Tienes razón, suena ridículo. Mejor la mando a casa y que Scott me haga el favor.
A punto estaba Danielle de preguntarle qué estaba pensando cuando sonó la campana que marcaba el final del almuerzo. Recogió su mochila con pesar y siguió al resto de sus amigos hacia los jardines, dedicándole apenas un vago pensamiento a su próxima clase.
—¿Qué pasa? —inquirió Hally en voz baja, con suavidad.
Danielle dio un respingo, pues no se había dado cuenta de cuándo se había acercado su amiga.
—Thomas anda raro otra vez —suspiró a modo de respuesta —¡Imagínate! Me preguntó si una lechuza le llegaría a un muerto.
—Tal vez los chicos sepan de qué hablaba. ¿Y si se lo sacan la noche del plan?
—No, no. Tendrán que concentrarse en varias cosas como para también pedirles eso.
Al grito de saludo del profesor Hagrid, las dos chicas dejaron la charla, sacaron con esfuerzo sus libros de las mochilas y se dispusieron a escuchar la lección del día.
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—Fuera de aquí, señor Elliott. Y diez puntos menos para Slytherin.
Thomas, con un ademán de frustración, asintió con la cabeza ante el mandato de la profesora Nobel y se colgó la mochila al hombro con presteza, dejando un trozo de pergamino sobre la mesa de trabajo con unas líneas garabateadas.
En cuanto el muchacho cerró la puerta del aula tras sí, la profesora Nobel se alisó su túnica color aguamarina con varias manchas de colores y llamó al orden. En tanto, los compañeros del recién ido prosiguieron con en el experimento del día (mezcla de compuestos para la obtención de distintos colores de llamas).
—No es normal que Elliott se distrajera así —opinó Patterson al poner al fuego una cucharilla de combustión con trozos amarillentos de azufre.
—¿No me digas? —Procyon sonó sarcástico y molesto, pero se le pasó al ver el pergamino que su amigo había dejado y leer su contenido —Patterson, en cuanto el azufre se encienda, ponte la mascarilla y espolvorea la sal.
Cuando Archibald asintió, Procyon se guardó el pergamino de Thomas en un bolsillo y no volvió a mencionarlo. Además, ninguno de sus amigos se acordó de ello cuando la sal fue agregada a la llamita azul de la cucharilla, ya que hubo un pequeño estallido, una nubecilla amarillenta y un recordatorio de la profesora Nobel de usar unas mascarillas de plástico. Aunque algunas chicas de la clase quedaron encantadas con las flamas verde azulado que surgió a los pocos segundos.
—Bien, jóvenes, de tarea, hagan la descripción detallada del experimento, complementándola con las propiedades de los elementos químicos involucrados en el proceso para justificar el color de las llamas. Pueden irse en cuanto laven y recojan el material.
—Ese amigo nuestro se la está ganando —Henry se veía sumamente enfurruñado —Y para colmo, su ánimo está tan abajo que me da escalofríos. ¡No me deja concentrarme!
—¿Y eso es lo único que te interesa? —increparon al unísono Hally y Procyon.
—No, no —el castaño meneó la cabeza, frustrado —Lo comento porque estoy preocupado.
—Tu forma de hablar no es la más adecuada para demostrarlo —soltó Hally con poco tacto.
—Hally, tengo suficiente con los sentimientos de Thomas como para aguantar tu sarcasmo.
—Ya basta, ustedes dos —silenció Paula cuando bajaban un tramo de escalera, hablando por primera vez desde que habían abandonado el aula —Henry, tienes que aprender a expresarte de tal forma que demuestres tus argumentos. Y Hally, a veces hacerse la sabelotodo no ayuda en nada.
—¿Y eso qué significa? —alegaron los dos aludidos con evidente molestia.
—Déjalo —le pidió Procyon a Paula —Ahora el asunto es qué fue lo que distrajo a Thomas de la clase de Alquimia. Hasta ahora nunca le había pasado.
—Eso es cierto —concordó Hally y Henry asintió —¿Por qué crees que haya sido, Procyon?
—Ni idea, pero quizá si le damos un tiempo nos lo cuente.
—¿Tú crees? —desdeñó Henry, adelantándose —Conociéndolo, tendremos que sacárselo.
—Eso sería meternos en sus cosas —regañó Paula, arrugando la frente.
—Pero si no lo hacemos, se lo guardará y todos nos vamos a preocupar más —apuntó Hally.
—¿Y entonces qué propones? —le preguntó Henry, mordaz.
Paula estaba a punto de regañarlos de nuevo cuando vio que, casi a la vez, sus dos amigos se giraban hacia Procyon y esbozaban una ligerísima sonrisa de medio lado. La rubia tardó un par de segundos en comprender lo que ocurría y sonrió también, mirando al moreno.
Procyon Black, con tantos ojos encima de él, presintió que no saldría nada bueno de aquello.
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6 de mayo de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Por primera vez desde que inició el curso, Procyon Black maldijo la clase de Aritmancia. No por los ejercicios que les había puesto el profesor Davies (los resolvió en menos de diez minutos), sino que al verlo sin nada qué hacer, Hally y Paula le insistían para que accediera a hablar con Thomas, pensando que como los dos se llevaban muy bien, el pelirrojo anaranjado soltaría lo que fuera que le anduviera preocupando. Procyon lo habría dejado pasar de no ser porque la Ravenclaw había reclutado a Bryan para la causa y al menos en esa clase eran tres contra uno.
No quería imaginarse la que le esperaba cuando salieran de allí y fueran a Encantamientos.
—¿Quieren dejarme en paz por cinco minutos? —pidió el chico con furia contenida, logrando al menos que los otros tres se mostraran ligeramente avergonzados —¡Ni siquiera puedo escuchar lo que pienso! ¿Qué habrían hecho si Davies nos castigaba, eh?
—Se nos hubiera ocurrido algo —desdeño Hally, para sorpresa de Henry y Paula. Bryan abrió los ojos de manera incrédula y Procyon arqueó una ceja —En serio, a veces se preocupan de más…
—¿Qué tal? —saludó Rose en ese momento, sonriéndoles ampliamente. Tras ella, venía el resto de sus amigos —¡Válgame! Parece que hubieran visto un inferi —añadió, dirigiéndose a Hally.
—Es que no se creen que me dé igual un posible castigo de Davies.
Al decir eso, la chica de anteojos se ganó otra expresión de asombro, esta vez de la pelirroja.
—¡Por favor! —se exasperó Hally, alzando las manos por un momento en actitud de hartazgo.
—¿Y ahora qué te hicieron, amiga mía? —quiso saber Thomas, risueño.
—¡Ah, casi nada! Sólo que no creen que esté tan campante por un posible castigo de Davies.
Al oírla, el pelirrojo anaranjado se echó a reír, cosa que los demás no comprendían. ¿Es que no veía que Hally no solía decir esas cosas?
—¿Qué te parece tan gracioso? —se interesó Amy, sosegada como de costumbre.
—No sé —Thomas se encogió de hombros y habló en cuanto pudo parar sus carcajadas —Me vino una idea a la cabeza, la relacioné con Hally y me hizo gracia.
—¿Y qué fue? —preguntó Ryo.
—Más que nada fue una comparación. Recordé que si le decimos a Sunny que le hace efecto vivir con Snape —la castaña aludida hizo un mohín de fastidio —a Hally debe hacerle efecto estar saliendo con Corner, ¡es que todavía me acuerdo del partido y…!
Volvió a reír, contagiando a sus amigos, Hally incluida. Así que cuando la profesora Nicté abrió el aula, no hicieron una entrada muy calmada que digamos. Aunque los demás compañeros de curso estaban tan acostumbrados a esas reacciones suyas y poco caso hicieron. Quizá hubo un par de ceños fruncidos por parte de los de Slytherin, pero nada más.
Procyon agradeció a Hally aquel momento de esparcimiento, pero a los cinco minutos de haber comenzado la clase tanto ella como sus amigos (a excepción de Thomas) le dedicaban furtivas miradas de súplica que no pudo ignorar ni cuando la profesora Nicté indicó el hechizo del día.
Definitivamente consideraría cambiar de amigos en las próximas horas. Y no era broma.
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—¡Eh, deja de corretearme! ¿Yo qué culpa tengo?
En el entrenamiento de ese día, Procyon había sido de los primeros en tomar su forma animaga para perseguir a quien se le pusiera enfrente en igualdad de condiciones. Por desgracia, el primero que tuvo a tiro fue Thomas, que no comprendía el mal humor que su mejor amigo había mostrado durante el día. En cuanto se recuperó de la carrera que tuvo que dar, el pelirrojo anaranjado volvió a ser humano y lo encaró, pero la respuesta que recibió no era la que hubiera querido escuchar.
—¡Claro que tienes la culpa! ¡Todos me están fastidiando porque tú no dices qué te pasa!
Thomas arqueó una ceja, observó cómo el resto de sus amigos se quedaban quietos ante aquella escena y sin poder evitarlo, soltó una carcajada. Tan distraído estaba que fue toda una sorpresa que algo entrara a su boca entreabierta a gran velocidad, casi ahogándolo.
—¿Estás loco? —regañó al instante Paula, en tanto Amy y Sunny se acercaban a Thomas, dándole palmaditas en la espalda —¿Qué le hiciste?
—Nada del otro mundo —Procyon se encogió de hombros antes de volver a transformarse y echarse junto a uno de los estantes de libros que la Sala de los Menesteres les proporcionaba.
—Míralo, qué cómodo se queda ahora —Thomas, habiendo escupido lo que le obstruía la garganta, arrugó la frente —¡Ahora verás, perro del demonio…!
Al ver que el pelirrojo anaranjado sacaba la varita, un empujón a la altura de su cintura lo hizo girar la cabeza. Sonrió de lado con resignación y suspiró.
—De acuerdo, Hally, no le haré nada —le prometió al animal tras él.
Recibió como respuesta una cabezada animada de una cierva de pelaje oscuro, bajita y delgada, cuyos ojos castaños eran grandes y estaban rodeados por unas marcas redondas un poco más claras que el resto del pelambre de su cara. Quien no supiera quién era esa tierna criatura, la miraría con algo de curiosidad debido a su proximidad a los humanos.
—¡Eh, pulgoso! —al oír ese apodo de Thomas, Procyon alzó las orejas y le dedicó un gruñido —Acabemos antes el entrenamiento para ponerte al corriente, ¿quieres? ¡Y no vuelvas a lanzarme bolas de pergamino a la boca! ¡Casi me ahogas!
Tras un sonoro ladrido afirmativo del perro negro, los demás soltaron un suspiro de alivio.
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—¿Hiciste qué?
Thomas se esperaba una reacción similar de alguna de sus amigas, pero no de Procyon. Tuvo que retirarse un par de pasos del moreno para no quedarse temporalmente sordo.
—No me malentiendas, sólo que… Bueno, por lo que nos habías contado, la tipa te odia, ¿no?
—Quizá para ti no tenga sentido, pero me hacía falta hacerlo. Para terminar con ese tema.
—Al menos eso explica lo del pergamino que te lancé a la boca. El que dejaste el lunes en clase de Alquimia —aclaró Procyon al ver una ceja arqueada de su amigo —¿Y se puede saber por qué razón esperaste hasta ahora?
Thomas soltó un suspiro que le hizo pensar a su amigo que había una excelente respuesta a esa pregunta. Por desgracia no la supo en ese momento, pues sonó la campana que indicaba el inicio de su clase de Pociones y decidieron adelantarse cuanto pudieran, para no granjearse desdeñosas miradas de los Slytherin's ni muchas preguntas de los Griffindor's. Ya iban cuatro veces que llegaban tarde por culpa de los entrenamientos y no querían levantar sospechas.
—Un día de estos deberíamos estudiar el mapa de Hally a conciencia —masculló Thomas —Así nos podríamos ahorrar unos minutos cuando vengamos para acá.
Snape entonces los dejó entrar, pasando lista mentalmente, y estaba por cerrar la puerta tras Franco Visconti cuando Sunny llegó a toda velocidad, seguida por Hally, Rose, Henry y Walter. Casi tiraron a Franco por ello, pero Snape no dijo nada y se dirigió al frente, dispuesto a comenzar.
—¿Alguna duda? —indagó el profesor cuando terminó de explicar la pócima del día. Hubo una negación general —Bien, pueden comenzar.
Por llegar tarde, Hally se sentó apresuradamente con Sunny, dejando que Henry arrastrara con él a Rose (seguramente para asegurarse que no causara un estropicio). A Walter no le quedó de otra que quedarse con Bridget Fonteyn, a quien Brandon había dejado sola para ponerse a charlar con Mackenzie de quién sabe qué.
Al acabar de mezclar, la mayoría de los alumnos de la casa de los leones suspiraban de alivio. Una de las señales para comprobar que la poción para confundir estaba bien hecha era que fuera espesa como avena, y hasta ese momento la tenían así. Los de Slytherin, por otro lado, intentaban por todos los medios lograr lo mismo, pero hasta el momento solamente Sunny, Walter y Fonteyn conseguían algún progreso. Por lo tanto, al sonar la campana había varias muestras de dudosa calidad en frascos etiquetados por los de la casa de las serpientes.
—Señorita Wilson, espere un momento —indicó Snape.
La aludida, conteniendo una mueca de fastidio, les hizo un ademán a sus amigos para que se adelantaran y dio media vuelta, regresando sobre sus pasos.
—¿Qué pasa? —quiso saber —Llegaré tarde a Cocina.
—Ha estado llegando tarde a esta clase —comentó el hombre con seriedad —¿Por qué motivo?
Sunny hizo una mueca, intentando por todos los medios que no se notara su nerviosismo. No iba a decir la verdad, eso era evidente, pero tampoco se le había ocurrido una excusa. Al menos hasta que recordó que Hally se había inventado una para algo parecido.
—Adelantaba tareas —dijo, fingiendo que el tema la molestaba bastante —Con todas las materias que llevo y como los sábados también tengo un par de clases…
—Tenía entendido que sus… amigos… le ayudaban con eso.
¡Maldición! La castaña empezó a creer que no era tan buena en eso de improvisar historias.
—Me ayudan, no hacen las cosas por mí —soltó, haciendo un mohín ofendido.
A continuación, Sunny dio media vuelta y salió, aferrando tanto una correa de su bolsa que sintió cómo las costuras se encajaban en su piel. Solamente hasta que dobló una esquina y estuvo frente al bodegón que llevaba a las cocinas se calmó y reconoció que se le pasó la mano.
—¡Sólo quería que dejara de preguntarme! —exclamó por lo bajo sentada a la mesa de trabajo, entre Amy y Ryo, cinco minutos más tarde —Tendré que disculparme… —se quejó por lo bajo.
—Válgame, debes adorarlo para querer disculparte con él —observó Rose con vaguedad, ya que estaba concentrada en mover a gran velocidad una batidora manual con la varita.
—¿De parte de quién estás? —espetó Sunny, haciendo que un par de cuchillos rebanaran varias manzanas rápidamente —¿Yo, querer a ese ogro? ¡Antes me lanzo de la torre de Astronomía!
—No exageres, por favor —pidió Amy, supervisando que un rodillo aplanara cuidadosamente pasta de hojaldre —Rose solamente indica lo que ve.
—¿Tú también?
—Elfos, Sunny, concéntrate en esto y después pelea lo que quieras —Ryo, encargado de vigilar algunos buñuelos en una sartén, negó con la cabeza —Tú sabrás lo que haces. Pero admítelo, si vives mucho tiempo con alguien, algo has de sentir, ¿no?
—Y se dicen mis amigos… —la castaña hizo un movimiento de varita y los cuchillos dejaron de cortar, con lo que pudo colocar las rebanadas de manzana en un recipiente.
Sin seguir con ese tema, Sunny y Patterson elaboraron el par de pays ordenados por mesa.
La clase de Cocina y Repostería Mágica del miércoles era sin mucha plática, pues la profesora Hagrid les daba las indicaciones el sábado. Cocinaban de acuerdo a lo que habían estado repasando y según se dieron cuenta, gran parte de lo que preparaban era subido al Gran Comedor para la cena. La profesora les había advertido que calificaba cada cosa que preparaban de acuerdo a lo que los comensales opinaban, pero los estudiantes se preguntaban cómo sabía eso, dado que ellos mismos no distinguían a qué mesa se mandaban sus platillos.
—Bien, bajen las varitas. La clase terminó —anunció la profesora Hagrid con alegría, luego que uno de los elfos domésticos que deambulaban por allí le dijera unas palabras —Para el sábado, entreguen su reporte y lean con atención el capítulo nueve de su libro de texto. Lo que resta del trimestre lo dedicaremos a lo que se hará en el examen.
Varios asintieron con vaguedad, aunque no imaginaban cómo los examinarían. Abandonaron las cocinas a toda prisa, pues con tanto platillo a su alrededor, su apetito había despertado. Sobre todo en alguien como Rose, acostumbrada a consumir en una sentada las raciones de dos personas, a pesar de ser una chica.
—… Y entonces… —la pelirroja se servía su tercera ración de pastel de carne en tanto Hally y Giselle Olsen escuchaban con atención lo referente a una carta que había recibido esa mañana —Frida dice que fue cuando… Después de tomar una de las foto, los gemelos… se le quedaban viendo al pastel y pues… ¡lo querían, así que lo hicieron levitar!
Las dos oyentes, imaginándose las tiernas caritas de dos niñitos pelirrojos al ver que obtenían su primer pastel de cumpleaños, soltaron la carcajada, lo que permitió que Rose degustara con más lentitud lo recién colocado en su plato. Cuando sus amigas se calmaron, las fuentes doradas vaciaron su contenido para dar paso a los postres.
—¡En serio, se nota que son hijos de Frida! —comentó Rose, risueña también, al servirse un poco de flan napolitano y pay de pera —Ya intentan bromear, ¡y acaban de cumplir un año!
—Si Danielle te oye decir eso, la pasarás muy mal —advirtió Hally, sonriendo.
—Es cierto, el esposo de tu prima es Malfoy —recordó Giselle, mordisqueando un buñuelo con aire ausente —Habría sigo genial tener más niñitos rubios por aquí, ¿no?
—¿Rubios? ¡Nah! —desdeñó Rose al instante, colocando en su plato cuidadosamente un trozo más de pay —Los pelirrojos somos más entretenidos —bromeó, guiñando un ojo.
—Que no te oiga Danielle —repitió Hally, negando suavemente con la cabeza y echándole el ojo a un pastelillo cubierto de crema batida.
En otro extremo de la mesa, Janice Edmond y el Trío Tentación se habían confundido bastante cuando Dean Longbottom, tras probar un pastelillo relleno de mermelada, se atragantó por algo que Nigel Thomas le había susurrado a toda prisa.
—Eres hombre muerto —sentenció Dean en cuanto bebió un poco de jugo de calabaza y se recuperó de la impresión.
—No lo creo. Aún no se lo digo a mis padres.
—¿Y por qué a mí sí? ¿Querías matarme del susto?
—¡Por supuesto que no! Sólo quiero un par de consejos.
—Pues uno de ellos es contárselo a tus padres, ¿qué te parece?
Acto seguido, el pelirrojo tomó lo que le quedaba de pastelillo al ponerse de pie y se marchó.
—¿Pero qué le dijiste? —quiso saber Janice, inclinándose un poco por encima de la mesa fingiendo que quería un trozo de pastel de plátano, pero en realidad era para hablar con Nigel sin que los demás se enteraran.
—Ya te lo contaré más tarde. En cuanto tu novio deje de estar enfadado conmigo.
Tras esa afirmación, Janice se acomodó en su sitio y prefirió desistir.
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10 de mayo de 2020
Glasgow, Escocia.
Buchanan Street, residencia de la familia Thomson.
Un trío de chicos iban caminando uno junto al otro en una de las anchas aceras de la de las calles principales de la ciudad, llamando la atención de los transeúntes. La que iba en la orilla cercana al tránsito, de largo cabello oscuro y ojos azules, lucía una blusa verde de manga corta y una falda a cuadros por encima de las rodillas; al centro iba el único chico, rubio y de ojos azules, luciendo una camisa blanca y un pantalón de mezclilla cuyas bolsas traseras eran de una tela de lana a cuadros; por último, la chica que andaba junto a los edificios también era rubia, pero de ojos verdes y vestía una camiseta de tirantes anchos color amarillo, un pantalón pescador negro y una corbata a cuadros atada al cuello. Lo curioso es que el diseño de las prendas cuadriculadas, en los tres, era idéntico: con azul, verde, amarillo, blanco y negro.
Era como si la tela a cuadros hubiera sido parte de un solo kilt antes.
—¿Ya vamos a llegar? —preguntó con cierto fastidio la chica rubia, acomodando un mechón de cabello tras su oreja.
—¿Dijiste algo? —inquirió la otra joven, quitándose uno de los audífonos que usaba.
—No es justo, Scott, ¡a Sydney no le interesa esto! —protestó la rubia.
—Mira quién habla, Skye, la que lleva todo el camino mandando mensajes de texto.
La rubia le hizo una mueca, guardando su teléfono celular en un bolsillo.
—Por favor, no comiencen —pidió el chico con toda la calma que pudo, mirando al otro lado de la calle por la que caminaban —Vengan, hay que cruzar.
Las otras dos asintieron y siguieron al rubio, que iba a paso veloz hacia una silueta femenina que se había detenido frente a una casa de dos plantas y fachada antigua.
—¿Señora Thomson? —llamó Scott educadamente.
La fémina, de cabello castaño y ropa sencilla, se giró al oír eso, con una ceja arqueada. Observó de arriba abajo al rubio, luego a las dos chicas y finalmente, sus ojos se posaron en un punto.
—Eso —la mujer señaló con un gesto la falda de Sydney —¿No es del kilt de los McMahon?
A la vez, los tres chicos hicieron muecas que demostraban sentirse insultados.
—El tartan de nuestro kilt se ha combinado con el de los McWallace —aclaró Scott de forma diplomática, cosa que sus hermanas agradecieron.
Ellas no eran expertas en genealogías e historia escocesa, por lo que dejaron que el chico mareara un poco a la señora Thomson con esos datos antes de soltarle el motivo real de su visita.
—Y con todo respeto, no estamos aquí para discutir el origen del tartan de nuestra familia, sino que cumplimos con un encargo de nuestro hermano Thomas.
La señora Thomson obviamente no se esperaba eso. Al escuchar los apellidos que Scott había dicho, estaba comenzando a relacionarlos con los jovencitos frente a ella, pero el último nombre la había hecho perder la cabeza a una velocidad alarmante.
—¡Ese niño no tiene nada que decirme! Y ustedes tampoco, así que ya pueden irse marchando por donde vinieron, porque no pienso escucharlos.
—Oiga, no vinimos desde Inverness para nada —se exaltó Skye.
—Skye… —susurró Sydney a modo de advertencia, señalando a su hermano.
La aludida obedeció y casi sintió lástima por la señora Thomson al haberse granjeado la atención de un Scott que comenzaba a enfadarse. Casi, porque enseguida recordó lo que habían ido a hacer a Glasgow sacrificando su día libre, la mayor parte de sus ahorros y la oportunidad de hacerles una nueva broma a sus padres en el estudio de grabación. Por no mencionar el pleito que Sean Elliott y Charlotte Jackson les armarían cuando regresaran a casa.
—Siendo sincero, no elegimos venir —especificó Scott, cosa que causó que la señora Thomson arqueara una ceja —Aún nos acordamos de lo que le hizo a nuestro hermano. Él quiso mandarle una carta, pero no podía hacerlo desde su colegio, así que nos la encargó a nosotros.
—¿Dicen que yo le hice algo a su hermano? —siseó la mujer, tanteando en el interior del bolso negro que le colgaba a un hombro hasta sacar las llaves de su casa —¿Y se olvidan de lo que ese fenómeno me hizo a mí?
Las dos jóvenes estuvieron por soltar improperios, pero nuevamente Scott se les adelantó.
—Sí, señora, lo decimos y lo sostenemos. Porque puede que Thomas hiciera algo, pero era muy pequeño para saber exactamente si era bueno o malo. Y usted, la adulta, le dijo cosas horribles. Agradezca que mis padres no supieran los detalles. La habría pasado muy mal.
—¡Eso! —felicitó Skye a su hermano por lo bajo.
—¿Y pretendes que por eso te escuche? —indagó la señora Thomson finalmente.
—A nosotros no nos importa. Solamente queremos que nuestro hermano esté bien.
Y acto seguido, Scott sacó un sobre de un bolsillo de su camisa, que se veía cuidadosamente doblado en dos, pasándoselo a la mujer con expresión severa.
La señora Thomson leyó la cara frontal de aquel sobre y se halló con una letra alargada que parecía propia de alguien que solía escribir a toda prisa. Por alguna razón, eso le trajo a la mente el recuerdo de un chiquillo con cabello rojizo jugando a la pelota con un niñito de cara redonda y cabello castaño revuelto por el viento. Esa imagen hizo que cerrara los ojos fuertemente.
—Si leo esto, ¿me dejarán en paz? —espetó finalmente.
—Bueno, no sólo tiene que leerlo —intervino Sydney calmadamente —Thomas quiere una respuesta. Si la redacta, se la enviaremos a él y no volveremos más.
Como sus hermanos tuvieron ocasión de comprobar, Sydney estaba dibujando en su rostro la mejor de sus sonrisas inocentes, con la que convencía a los extraños de que era incapaz de hacer algo malo. Obviamente, ese gesto ya no funcionaba con sus padres, amigos cercanos y profesores, pero la señora Thomson no tenía por qué saberlo.
Y al parecer, la estrategia tuvo éxito, porque la mujer abrió la puerta y a regañadientes, les permitió pasar a su domicilio para tratar el asunto en privado.
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Una hora después, en la elegante sala de los Thomson, los trillizos Elliott no se decidían a terminarse sus tazas de té. La mujer castaña había leído en esa misma habitación, sin tomar asiento siquiera, la carta que le había entregado Scott, para acto seguido llamar a su doncella para que los atendiera mientras ella subía a escribir una respuesta. Así era como habían conseguido té y unas galletas, las cuales fueron rápidamente catadas por Skye, quien al igual que sus hermanos, decidió no terminarse su infusión de un trago. Si era necesario sacarle a la fuerza unas cuantas líneas a esa señora, lo harían. No por nada eran la pesadilla de los empleados del set de Vida a Cuadros.
Unos pasos en el pasillo los alertaron, por lo que tomaron sus tazas y fingieron gozar de sus respectivas bebidas. Al poco rato llegó la señora Thomson, con un sobre largo color crema en una mano y en la otra, el que le habían llevado aquellos muchachos.
—Aquí tienen —tendió el sobre color crema a Scott, quien lo tomó enseguida —Y… ¿saben por casualidad lo que su hermano me ha escrito?
—Pues no. Thomas mandó la carta sellada y como no sabemos qué trucos…
—¡Sydney! —regañó Skye, dándole un codazo.
—Como sea —refunfuñó la mujer presente, desconcertando a los tres hermanos —Pueden leer si quieren. No dice nada del otro mundo.
Cuando la mujer tendió el otro sobre, Skye fue la que se adelantó un par de pasos para tomarlo, sacar de él la carta de su hermano menor y leerla con Sydney a su derecha y Scott a su izquierda.
Estimada señora Thomson:
Mucho gusto en saludarla. Tal vez no quiera acordarse de mí, pero antes de tirar esto a la basura, quiero contarle algunas cosas.
Hace tiempo, mucho antes de que conociera a Jeremy, me di cuenta que me pasaban cosas extrañas. Si me ponía contento, mis cochecitos volaban y si me enojaba, alguno de mis hermanos terminaba con el cabello de otro color. ¿Quién no se asusta con eso? Yo al principio sí, porque no sabía qué sucedía, pero a mis hermanos no pareció importarles. Ellos seguían conmigo e incluso me alentaban a hacer esos "accidentes" con frecuencia.
Al ir a la escuela, pensé que debía dejar de hacerlo. A nadie le gustan los raros, lo sabe usted y lo sé yo. Pero no pude evitar acercarme a Jeremy cuando noté que nadie le hablaba y le pregunté qué le pasaba. Al principio me miró con mala cara, pero algo debió hacerlo cambiar de idea, porque susurró que era rico. A mí me dio risa, ¡en serio! Y dije que ojalá me lo hicieran a mí cada vez que se sabían los nombres de mis padres. Así, de forma tan rara, comenzamos a llevarnos bien.
Hay que admitirlo, éramos niños, ¿qué más daba que nos hicieran a un lado si estábamos juntos? Entonces me dio más miedo hacer un "accidentes" enfrente de Jeremy, pero un día que jugábamos en mi cuarto, como no encontraba uno de mis cochecitos, lo nombré y vino zumbando a nosotros, pasando ante Jeremy. Se quedó con los ojos muy abiertos y creí que había perdido a mi único amigo cuando de repente… ¡me pidió más! No podía creerlo. Mis hermanos tuvieron que entrar a mi habitación por tanto grito y como vieron a mi amigo feliz y saltando por todas partes, creyeron que era cosa nuestra y nos dejaron. Desde entonces Jeremy y yo nos separábamos cada vez menos y aunque llegamos a tener más amigos, cada uno por su cuenta, se acordará que preferíamos estar sólo nosotros dos, más que nada porque a Jeremy le encantaban mis "accidentes" y comprendió que hacerlos delante de alguien más podría resultar mal.
Y aquí llegamos a una parte que usted y yo odiamos: el día que Jeremy murió. Entonces él ya tenía su truco favorito, que yo hiciera que la pelota se moviera sola. Le recordé que no siempre lo conseguía y aún así lo intenté y ahí estuvo el fallo: no salió como siempre. La pelota salió disparada, Jeremy fue tras ella y… Bueno, ya sabe el resto.
Señora Thomson, no pretendo que me perdone. Una parte de mí nunca se perdonará lo sucedido. Ahora sé la razón de mis trucos, pero eso no cambia nada. Tal vez, si yo no fuera lo que soy, Jeremy seguiría aquí. Y eso de verdad lo lamento.
Lo único que puedo decirle ahora es que estoy aprendiendo a usar mejor mis trucos, a que no le hagan daño a nadie nunca más, por lo que en memoria de Jeremy, si alguna vez necesita algo que le parezca muy difícil, puede pedírmelo. Mande una carta con mis hermanos y ellos me la harán llegar.
Esperando no haberla importunado, me despido cordialmente.
Thomas Jeremy Elliott.
Los trillizos no sabían qué pensar. Su hermano menor había salido distinto a ellos en cuanto a ser un mago, pero por lo demás, eran de personalidades similares: alegres, bromistas, con una gran determinación para conseguir lo que querían… Y sin embargo, se notaba que Thomas aún se culpaba por la muerte del que había sido su primer amigo de la infancia. La mala racha que tuvo era lo peor que los tres recordaran y a ninguno le había agradado ver al siempre entusiasta Thomas ir de un lado para otro en forma automática, sin verdaderas ganas de hacer nada. Era por eso que estuvieron a punto de no ir a Glasgow.
—¿Es cierto? —inquirió de pronto la señora Thomson con voz casi temerosa —Su segundo nombre… ¿de verdad es Jeremy?
Scott se encogió de hombros, con lo cual sus hermanas supieron que no pensaba contestar. Eso era una señal para que ellas tampoco lo hicieran y se acabaran el té que les quedaba.
—Una cosa es cierta, señora —comenzó el rubio, poniendo a las chicas en guardia por su frío tono de voz —Lo que le hizo a Thomas, sin importar lo que me diga él, no se lo perdonaré jamás.
La mujer no se inmutó en absoluto al escuchar eso. Se limitó a cerrar los ojos con resignación y hacerse a un lado, dejándoles la vía libre para salir. Sydney y Skye no lo pensaron dos veces y comenzaron a caminar, seguidas de cerca por un Scott cuyas manos temblaban. Solamente al estar en la acera de Buchanan Street se atrevió a soltar un suspiro.
—¿Estás bien? —quiso saber Sydney.
—Si Scott está bien, yo soy el monstruo del lago Ness —se burló Skye con una mueca amarga en su cara —En serio, Sydney, después de cómo nos trató esa mujer, ¿crees que está bien? Tú y yo no la tuvimos enfrente cuando le dijo todas esas cosas a Thomas en el funeral de Jeremy, Scott sí. No me extrañaría que hubiera querido darle una bofetada. Yo querría hacerlo en su lugar.
—¡Skye!
—Déjala, Sydney. Tiene razón.
—¿La tiene?
—¿La tengo?
Las dos muchachas miraron detenidamente a su hermano, quien con un semblante sumamente serio, apenas se dignaba a mirarlas. Andaba a paso firme, pero evidentemente sus pensamientos estaban revoloteando muy lejos de allí.
—En cuanto lleguemos a casa, le mandamos la respuesta a Thomas y ni una mención de lo ocurrido —sentenció el rubio finalmente —No quiero pelearme con él por esto.
Al oír eso, las otras dos sonrieron por detrás de Scott, porque así quedaba patentado que no solamente ellas se preocupaban por Thomas con locura.
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13 de mayo de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El entrenamiento de ese miércoles inició con algo fuera de lo común: Thomas pidió la palabra con expresión neutra, casi severa, que a los demás les daba mala espina.
—Eh, si no les importa, ¿podríamos acabar antes hoy? —pidió con su tono jovial de siempre —Quisiera hablarles de algo, pero tampoco quiero llegar tarde a Pociones.
—Dímelo a mí —refunfuño Sunny, que desde hacía unos días, cada vez que mencionaban algo relacionado con Pociones (o específicamente con Snape), se ponía especialmente tensa.
—Si es de lo que me hablaste hace una semana… —aventuró Procyon.
Como Thomas asintió, Procyon alentó al resto a acceder, lo que no le llevó mucho tiempo.
Con esa premisa, chicos y chicas se esmeraron en la actividad del día, que era el conservar su raciocinio estando en su forma animaga. Hasta el momento, había sido la falla más grave que habían enfrentado; aunque Procyon y Henry ya se pudieran transformar con relativa rapidez, había momentos en los que se bloqueaban y se sentían como dos seres en una misma mente: pensaban como personas pero actuaban como animales normales. Ya una vez Henry había querido comerse a un pequeño y aterrado Bryan, quien no se recuperó del susto en dos semanas.
Cuando faltaban quince minutos para terminar, Paula miró su reloj y los llamó con un gesto. Ella no se había logrado transformar más que dos o tres ocasiones, pese a tener memorizadas las bases. Después de todo, Transformaciones no era su mejor materia.
—Muy bien, salgamos de aquí y que Thomas suelte la sopa —se animó Rose.
—Estás pensando en comida, ¿cierto?
—¡Qué más te da! Búscate otra frase, Henry.
—No empiecen, por favor —suplicó Hally en forma lastimera, granjeándose desafiantes miradas de la pelirroja y el castaño ojiverde —Peleen todo lo que quieran después de que Thomas nos cuente… Pues lo que sea que quiera contarnos —terminó, haciendo una mueca.
Ignorando lo último dicho por Hally, Procyon animó a Thomas con un ademán.
—Pues… Le envié una carta a la señora Thomson por el aniversario de la muerte de Jeremy.
A la vez, todos detuvieron sus pasos a mitad del corredor por el que andaban. Eso no fue buena idea, pues era el cambio de clase y varios los miraban como si estuvieran mal de la cabeza.
—¡Eh, muévanse! —pidió Victory, prefecta de Gryffindor, seguida de cerca por algunas amigas.
—¿Quién está bloqueando el paso? —se preguntó en voz alta Odette Wood.
—¡Ya, avancen, avances! —alborotaron unos Slytherin's de cuarto curso.
—Andando —masculló Thomas, adelantándose —¡Qué locos!
Sus amigos lo siguieron, sin saber si se estaba refiriendo a quienes molestaban o acaso a ellos, por su reacción. Ya estando un poco más abajo, el pelirrojo anaranjado torció la boca y habló.
—El domingo, Jeremy cumplió un año más de muerto —comenzó, ladeando ligeramente la cabeza —Estuve haciendo borradores toda la semana, lo que me recuerda… ¡Casi me ahogas con uno de ellos! —estiró una mano y le atestó un coscorrón a Procyon, quien solamente esbozó una sonrisa burlona —Sabía lo que quería decirle, pero no cómo decírselo. ¿Y todo para qué? Para que lo único que contestara fuera… —suspiró, hizo una mueca de desdén y pronunció con cierto tono sarcástico —Muchas gracias, lo tomaré en cuenta.
—¿Y exactamente qué le dijiste? —se interesó Danielle.
Mientras Thomas contestaba, la rubia cayó en la cuenta de que el año pasado, su amigo había indicado que no le gustaba el mes de mayo. La muerte de su amigo de la infancia debía ser la razón.
—Nada del otro mundo. Algunas cosas que quizá ayuden a que sepa que no fue mi intención…
La cabeza de Thomas se inclinó fuertemente hacia el frente, producto de un golpe. Se frotó en la zona adolorida y se encontró con que Danielle tenía un ejemplar de la Guía de Vida y Costumbres de los Muggles Británicos en la diestra.
—¡Estás loca! —se quejó sonoramente, llamando la atención de un grupito de chicos de séptimo que iban a su siguiente clase —¿Por qué me pegas con ese intento de loza de piedra?
Mientras Procyon y Ryo soltaban una carcajada con semejante comparación, Danielle se encogió de hombros, guardó su libro y le hizo una seña a Hally para que la siguiera. La de anteojos obedeció, dedicándole un ademán de disculpa a su amigo golpeado.
—Ahora sí que la hiciste buena —musitó Walter.
—Ah, luego le pido que me explique qué le sucede —Thomas se encogió de hombros.
—Pero lo haces, que después nos tienes a todos preocupados —puntualizó Amy antes de encaminarse junto con Bryan a su sala común.
—¿Ves? —murmuró Procyon cuando iban rumbo a Pociones a toda carrera (sí, se les estaba haciendo tarde otra vez) —Estamos de tu parte. Recuérdame ir a hechizar a esa señora cuando cumpla los diecisiete, será divertido.
Thomas negó con la cabeza, conteniendo la risa. Sus amigos de verdad eran únicos. Sin tomar en cuenta las circunstancias, no habían dudado en confiar en él, cosa que agradecía. Es cierto que todavía le quedaba un vago temor de hacerles daño sin querer, pero con todo lo que se esforzaba en las clases y el apoyo de cada uno de ellos, confiaba en que desaparecería con el tiempo.
No se podía ser un buen mago si no creía en sí mismo, ¿cierto?
Hey, Thomas, ¡eres lo máximo! Algún día serás más famoso que tus padres, ¿no crees?
—No lo sé —susurró al llegar ante la puerta de Pociones, donde el barullo del resto de la clase no dejaron que sus palabras se oyeran —Pero seré un buen mago. En tu memoria, Jeremy.
¿Quién diría que esas palabras serían su empuje en momentos de necesidad? Quizá alguien que tuviera el don de ver más allá del presente.
Pero eso Thomas no tenía por qué saberlo, ¿cierto?
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12 de octubre de 2010. 6:46 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)
Ah… No tengo palabras para disculparme infinitamente por el retraso. ¡Lo juro, no esperaba que la pausa fuera tan larga! Pero entre el trabajo (que por cierto, ya no tengo), el quehacer y la concentración en el próximo final de otro de mis fic's (los dePotter FicsyFanfic Esdeben saber cuál es, ¡andaba haciendo capítulos finales paraTelaraña*!), pues dejé a un lado este fic de manera temporal.*
Al principio, el capi tenía otro título, pues la temática iba a ser distinta. Pero por lo que me salió, mejor lo cambié y espero que después no quieran asesinarme. De por sí me tardé bastante en las ideas que quería mostrar y una que otra de la que solamente hay un vistazo… Ya veremos qué tal van conforme avance.
Por lo pronto, espero sus más sinceras opiniones respecto al comportamiento de Thomas. Yo lo explico así: como ya no se atormenta solo, quiere tener la conciencia tranquila. Supongo que los trillizos pensaron lo mismo, por algo no querían ir desde su casa hasta Glasgow a llevarle buenas palabras a la señora madre de Jeremy. Para quien se lo pregunte, la ciudad que menciona Skye, Inverness, también está en Escocia, pero queda muy lejos de Glasgow, o al menos eso vi al revisar mapas y datos de Gran Bretaña. Y sí, para quienes todavía lo dudaban, los Elliott son escoceses a mucha honra, como da a entender el tener untartan*(diseño de tela a cuadros) propio. Son curiosidades que una se encuentra cuando busca sobre una cosa específica (en mi caso, lo referente a la mal llamada falda escocesa, elkilt). Ah, lo que hacen lecturas concienzudas de ciertos temas… O todo lo concienzudas que se pueden hacer a las tantas de la madrugada (sí, sufro de insomnio, ¿alguien me recomienda un remedio?).*
Bueno, me voy despidiendo, no sin antes recordarles que el siguienteArcano Visionarioa elegir esEl Ermitaño*. Ya saben dónde dejar sus candidatos: en mihi5y en la imagen deSatsuki Yatouji(personaje del mangaX, de lasCLAMP) que tengo enFacebook. No sé por qué para ese Arcano no hay candidatos, ni que fuera tan difícil… Ya, mejor me callo.*
Cuídense, vayan a un cementerio (que se acerca el día de Muertos) y nos leemos pronto.