Tituladas 16.2% · 32,298 de 199,415 descubiertas
Rescatado 61.5% · 57,949 de 94,296 páginas identificadas · 57,939/58,568 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 24978 · de

Historia 24978 — capítulo 23

EPÍLOGO: SEIS AñOS DESPUéS

Aún se podían oír los vítores de las personas de aquél día tan memorable y especial, en su mente. E incluso le había llegado a asombrarle que un hecho como ese, les hubiese alegrado a tantas personas del mundo mágico. Él le había reiterado una y otra vez a ella que no quería algo demasiado ostentoso, pero luego de unos días de insistencia, tuvo que ceder, y no se arrepentía, para nada, de haber aceptado. Ése había sido un día único. Un día que no se podría olvidar jamás, el momento en que se había marcado una barrera entre el despreciable pasado solitario y lleno de odio, y el maravilloso futuro lleno de tranquilidad y felicidad.

Podía verse a sí mismo entrando hacia el Gran Salón, mirando primero el cielo encantado de un radiante turquesa, y el sol de verano brillando en él. Parecía un verdadero cuento de hadas. Las bancas estaban ordenadas en hileras, donde todavía la gente se estaba reordenando. Había gente que le gustaba y otras que no, otras que le estimaban, y otra que él no les caía muy bien, pero todos estaban con la misma sonrisa de ansiedad en la cara por verlo a él, caminando por primera vez con una vestimenta diferente (azul marino, para ser específico), yendo hacia el la parte delantera, donde estaba un mago muy solemne entre Albus Dumbledore y Minerva McGonagall, que lo observaban igual de radiantes.

— ¿Estás nervioso, Severus? — indagó Minerva, pero no con un tono de burla, sino que con mucha bondad. Cosa que era bastante raro en ella, sobre todo, cuando se dirigía a él.

Había que reconocer que con el nuevo mundo que había comenzado (aunque por supuesto, seguían existiendo magos oscuros, es imposible sacar eso de raíz, pero al menos, Voldemort estaba más que muerto) había hecho que los magos fueran más amables entre sí, y que las cosas del linaje dejaran de interesar.

— Bueno, esto no es como hacer clases de pociones en un día normal – contestó con cierto sarcasmo, recorriendo con sus ojos a la gente charlatana, mirando caras conocidas, como la familia Weasley completa, lo mismo que el personal de Hogwarts, Potter, Granger, los miembros de la Orden del Fénix, bastante gente desconocida, quizá incluso se habían colado… y…

— ¿Qué demonios hace Rita Skeeter ahí? —preguntó rojo de ira, apuntando a una cabeza rubia de elaborados rizos, que estaba encorvada sobre su bolso, sacando unos pergaminos y una pluma verde.

— ¿Rita Skeeter? — reiteró Dumbledore, mirando hacia ella — Nadie la ha invitado, seguramente se coló…

El hombre de barbas blancas se silenció de pronto, ya que de un momento a otro sonó una música orquestada que llenó el ambiente. Los demás hicieron lo mismo, pero en vez de mirar hacia adelanto, sus cabeza se giraron hacia las grandes puertas cerradas, que al segundo dos magos elegantes las abrieron.

Una figura esbelta y madura, con un vestido del color del cielo con mezclas de púrpura, que casi tocaba el suelo, y parecía ser suave como la seda, deslumbró el lugar. El cabello de Anna estaba lleno de rizos, y en algunos se veía un extraño brillo, como si llevara diamantes de adorno. Entre sus manos llevaba un ramo de flores, las flores más extrañas y hermosas que tal vez pudieran existir.

La gente no pudo reprimir una exclamación de deleite. Severus, que ya había visto hermosa a Anna mucho antes, se le abrió un poco la boca, no de la impresión, sino de la emoción. Ver cómo ella se acercaba, lentamente, pacífica, y unos minutos más estarían casados.

Que afortunado era. Podía recordar todo su casamiento, sinceramente, pero había un momento único, que le había hecho confirmar que estaba haciendo lo correcto con Anna Konnda.

Ya estaban en los terrenos de Hogwarts, en un lugar limitado por barreras, las cuales estaban atestadas de enredaderas y flores, cerca del lago. Las mesas estaban repartidas por todos lados, donde la gente comía alegre y miraban a hacia los novios, y Anna saludaba a todos con un aire fraternal, con una sonrisa completamente natural.

Luego ya estaban en su mesa especial, delante de todas las otras. Por detrás de ellos pasó una curiosa Rita Skeeter, lanzando miradas a la pareja, hablando en voz baja hacia su Pluma Vuelapluma. Pero no se dio cuenta que su bolso de piel de cocodrilo iba a abierto y cayeron dos trozos de pergaminos escritos. Anna con toda amabilidad los recogió para entregárselos a la bruja, que seguía caminando, de espaldas ahora a la mesa. Su esposa había estado a punto de hablar, hasta que, ya en pie, sus ojos recorrieron el trozo de pergamino. De una mirada sutil, pasó a una de seño fruncido, y luego a rojo. Se sentó al lado de Severus, olvidándose por completo que él estaba precisamente a su lado.

Estuvo a punto de preguntarle qué pasaba, cuando a el también le llamó la atención lo que llevaba escrito ese pergamino.

“Severus Snape se casa: ¿filtro amoroso o maldición Imperius?”

Aquí nuestra especial corresponsal, Rita Skeeter de cuarentaiséis años, aún bien conservada y de especial trato en el Ministerio de Magia, ha presenciado la asombrosa boda del ex Profesor de Pociones de Hogwarts, Severus Snape, con la ex Profesora de DCAO, Anna Konnda. A pesar de que la mayoría de la gente está muy contenta de que el mundo se llene un poco más de amor, Skeeter ha podido notar las caras de perplejidad de los invitados ante esta extraña unión.

El pasado de Severus Snape está lleno de misterios y lagunas de maldad, incluso en su familia, su padre, Roderick Snape, quien asesinó a tres mujeres a sangre fría, o que también se juntó en su juventud con actuales Mortífagos, y que fue íntimo amigo de el reciente encarcelado devoto Mortífago Lucius Malfoy, es muy significativo para el repentino amorío con la guapa — aunque muy rara mujer — Anna Konnda.

Han circulado rumores de que quizá éste amor no sea tan sincero como parece. Quizá Severus Snape, luego de la guerra, haber visto tanta gente reconciliada, sintió el ferviente deseo de tener también una compañía. Se dice que podría estar utilizando un filtro amoroso o una de las maldiciones imperdonables para haber atraído a su ya esposa. “Nadie podría estar con alguien tan horrible y sucio” sentenció un invitado anónimo “seguramente debe estar bajo una maldición Imperius, porque nadie en su sano juicio se casaría con él. Además, Snape es muy diestro con todo tipo de maleficios, y sobre todo, maldiciones, aunque parece ser ahora que se arrepintió de haber sido un malvado seguidor de Voldemort”.

Severus pensaba seguir leyendo ese destripamiento de esa rata mugrosa, pero antes, Anna se paró, lo arrugó, y lo lanzó al suelo, con los ojos más desorbitados que nunca. Con la mano en un bolsillo oculto de su vestido, avanzó con paso firme hacia Skeeter que seguía paseando a sus anchas.

— ¡Tú! —gritó. Al mismo tiempo la música y las voces cesaron.

Rita se dio vuelta lentamente, afirmando melosamente su bolso, aún con la pluma y el pergamino suspendido en el aire.

— ¿Qué sucede, querida? —dijo con falsa simpatía, sonriendo, y mostrando algunos dientes de oro.

Pero eso fue peor. Anna se olvidó de sus dotes mágicas, retiró la mano de su bolsillo, se puso en frente de ella, y con un movimiento violento le golpeó con todo su puño en la cara. Un líquido rojo comenzó a salir de la nariz y labio de Skeeter. Asustada se llevó una mano a la cara.

— ¡FUERA DE MI FIESTA, DE MI BODA! ¿Qué te crees, maldita idiota? ¡Escribiendo mentiras, horribles mentiras de Severus y yo! ¡NO ESTOY BAJO LA MALDICIÓN IMPERIUS Y TAMPOCO ME HAN DADO UN FILTRO AMOROSO! ¡Mugrosa mentirosa! ¡Vete a hacerle la vida imposible a otro! ¡VETE AHORA MISMO O TE LANZO UN MALEFICIO! —y esta vez si sacó su varita y la apuntó. Saltaban de la punta chispas de todos los colores.

Skeeter vaciló un poco, y luego, horrorizada y avergonzada, despareció. Luego estalló un aplauso de emoción.

Anna regresó a su puesto, aún enojada.

—Maldita mujer… —dijo con los dientes apretados —siento haber perdido el control, pero es una mentirosa… Ahora arruinó todo, todo…

— ¿Arruinó? ¿Qué está arruinado? — dijo Sev, acariciándole la cara —Tú ya salvaste el momento, ¿qué más puedo pedir? Sigamos comiendo… que tengo hambre.

Anna sonrió, pero todavía estaba roja de ira.

Parecía que hace tan poco se había casado en Hogwarts, y ahora estaba lejos de allí, caminando solitario, en una tranquila isla, disfrutando del sol del día, del calor, de las olas, mojándose los pies, con las manos en los bolsillos del pantalón corto, dejando que la brisa le tocara el pecho desnudo, donde solo le protegía la camisa negra desabrochada. Pero ya era bastante tiempo. Y más emocionante era recordar la noticia que le había dado su esposa hace unos tantos meses, una noticia realmente inesperada, algo que jamás había estado planificado.

Anna había estado sospechosa todo ése día, a parte de estar aparentemente enferma, con vómitos, mareos y cambios repentinos de humor.

— Quizá sea mejor que llamemos a un doctor — sugirió Severus, ya llegada la noche, mientras con magia, apoyado en la barra, secaba los vasos limpios, y los dirigía hacia un gran mueble, donde éstos se acomodaban solos. Anna estaba ordenando las mesas.

—Ya te he dicho que no — contestó algo violenta — quizá sea que se me ha atra…

Dejó de hacer lo que estaba haciendo, y soltó el florero que tenía entre las manos, que se hizo añicos en el suelo. Severus pudo ver como su cara blanca pasaba a un transparente, y sus ojos se ponían vidriosos. Y verle esa cara de verdadera lunática no auguraba nada bueno.

— ¿Qué pasa? — Sev se acercó de inmediato a ella.

—No puede ser… yo… — titubeó y salió corriendo hacia la puerta oculta, que llevaba a la casa de ellos, ubicada en Isla de Pascua, al lado de la Octava Maravilla del Mundo.

Severus no la siguió, no quería ser maltratado por su violencia inexplicable, así que se quedó allí, esperando. Y Anna no tardó mucho en volver a llegar, todavía pálida, incluso sudorosa.

— Me acabo de dar cuenta, no sé como pasó, no he hecho nada, no debería, es extraño… comenzó, temblando.

—Dime luego lo que pasa —dijo Sev —me estás poniendo nervioso…

—Severus —dijo con voz de ultratumba —, estoy embarazada.

Y ahora fue a Severus a quien se le cayó la varita, haciendo que cinco platos se estrellaran contra el suelo.

Caminó de vuelta hacia su casa —habían dejado a unos encargados para que trabajaran en el hospedaje, así que tenían día libre —, y se sentó en la silla de madera, relajadamente.

Estuvo a punto de cerrar los ojos, cuando de pronto, un grito desgarrador salió desde dentro de la casa.

—¡¡SEVERUUUUUUUUUUUUUUSS!!

Sev se puso en pie, como si le hubiesen pinchado el trasero, y entró a la casa. Miró para todos lados, con el corazón en la mano.

— ¿Anna? ¡ANNA! ¿Dónde estás?

— ¡AQUÍ!

El hombre, asustado, corrió hacia la cocina. Había un especial olor a comida, unas papas se pelaban solas, la olla hervía, y Anna, estaba al lado de un mueble, algo agachada, con una mano en la enorme panza y en la otra afirmando un cuchillo

— ¿Qué demo…? —Severus tuvo el rápido pensamiento de que Anna estaba haciendo un acto previo al suicidio, pero Anna volvió a gritar.

— ¡CONTRACCIONES! ¡Medimago! ¡Urgente! — soltó el cuchillo, que rebotó en el suelo, con un ruido tintineante.

Fue algo verdaderamente ajetreado. Severus envió un Patronus parlanchín hacia las Sanadoras que estaban visitando, mientras llevó a su esposa a la habitación.

Y estuvieron aproximadamente cinco horas esperando, nerviosos. Anna chillando, y preguntándoles a las mujeres si podían darle alguna poción que evitara el dolor.

—Lo siento, mucho, querida, peor las contracciones son exclusivamente necesarias para que el bebé pueda salir al exterior…

Severus se paseaba de un lado a otro, de vez en cuando le tomaba la mano a Anna, quien le enterraba las uñas, y eso que las tenía cortas.

Hasta que llegó el momento. Las tres Sanadoras prepararon a Anna, pero antes de que Severus pudiera ver demasiado, sintió que su mente quedaba en blanco, y se cayó al suelo, como si le hubiesen lanzado un maleficio Desmaius. Y no supo cuánto rato pasó, pero se despertó, siendo golpeado por una mano suave, a su lado. Miró hacia el frente, y las tres Sanadoras los miraban felices. Luego miró hacia su lado, Anna le había golpeado la mejilla, estaba acostado a su lado, y ella tenía a un bebé en brazos.

—Es niña —dijo sonriendo.

— ¿Niña? – Severus se reincorporó, sintiendo que los ojos se le humedecían.

—Ya nos vamos, cualquier cosa, un Patronus será suficiente — dijo una de las Medimagas y se marcharon.

Se sintió emocionado. Una niña… una niña. El siempre había querido tener una hermana. Y no la tuvo, pero a cambio de eso, el futuro le deparó una hija. ¿Cómo se sentiría su madre, Florence? Seguramente contenta y orgullosa, de ver a su único hijo feliz y realizado…

— ¿Cómo le llamaremos? —susurró Anna, y también le corría una lágrima por la mejilla.

—No… no sé —tartamudeó, pero luego, recordó un nombre especial, que a pesar de que había sido falso, sí le gustó —. Donna — dijo con seguridad.

— ¿Donna?

—A ti te gusta ese nombre… y a mí me gustó una vez. Ahora prefiero el real, Anna. Aunque dio lo mismo… Anna, Donna, me enamoré de la misma… — besó a Donna en su pequeña cabeza calva, algo roja, donde había nacido no hace más de diez minutos, pero para él, era hermosa, y la vio idéntica a su madre. Luego besó a Anna con mucho amor, acariciando su cara.

—Gracias…

— ¿Por qué?

—Por haberte acercado a mí en la playa cuando éramos pequeños, por haberme aceptado, por haberme perdonado, por haberte casado conmigo, y por darme una hija hermosa, y una vida tan perfecta…

Amos miraron a Donna Snape Konnda. Ésta apenas se movió en su manta, sin darse cuenta que sus padres la miraban, felices.

THE END

Muchas gracias por leer, y dejen sus críticas