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Historia 24978 — capítulo 22
CAPÍTULO 21: RESPIROS DE PAZ
Hasta los ojos le temblaban. Se sentía sucio y sudoroso, y el cuerpo le pesaba toneladas. Pero el miedo era lo que más aún se representaba en él. No comprendía, es que no le cabía en la cabeza un suceso como ese. Aceptaba todo, incluso el insólito hecho de que Black retornara a la vida. Sin embargo, a Él, acababa de verlo morir, o eso creía, y nuevamente la imagen de ese mugroso estaba frente a él, con los ojos rojos, irradiando furia, y su malévola sonrisa amarilla. Lo peor, es que parecía más fuerte que nunca.
— ¿Creías que te salvarías? — se burló, despidiendo odio en cada palabra que pronunciaba — Te dije que me iba a vengar… Me conoces muy bien. Sabes que yo no tengo piedad de nadie ni de nada. Traición es traición y no se le puede denominar “equivocación”. Ahora sí que cometiste el peor error de tu vida.
Estaban en una oscura habitación, como un calabozo, apenas iluminado por la luz roja de las antorchas. Un olor a humedad podía percibir en sus narices, mezclado con sal y algas, pero no parecían estar en el mar. A Severus le dolía cada centímetro del cuerpo, y no tenía idea cómo habían aparecido allí. Lo único que recordaba era haberle tomado la mano a Anna antes de quedarse inconsciente.
— Nadie vendrá a rescatarte, estamos en una casa muy antigua y abandonada —reveló el putrefacto ser que estaba frente a su vista —. Tu vieja casa, Snape.
Snape apenas giró la cabeza, aterrorizado, reconociendo el lugar como uno de los pasillos de la casa. Se sentía descompuesto, no lograba comprender absolutamente nada. Sentía que la cabeza le iba a estallar de tanto esfuerzo mental que estaba tratando de hacer por conectar sus ideas.
—Supongo que te preguntarás dónde está tu querida Anna. Te aviso de inmediato, sin pelos en la lengua, que ella está muerta. Y, por si te interesa el detalle, la torturé siete veces con la maldición Cruciatus, y le hice hacer hasta lo imposible con el Imperius.
Severus tenía la garganta seca y no podía contestar, además el corazón se le había subido a la garganta.
—Te doy permiso para que la mires por última vez — tras decir esto, Voldemort se agachó, agarró algo con la mano, y resultó ser una capa invisible que descubrió un cuerpo con muchas placas de metal. Con una patada la giró el cuerpo de la mujer, dejando ver su rostro pálido e inexpresivo, con algunas gotas de sangres en las mejillas.
Su risa gélida inundó el lugar, y Severus quiso gritar. Tenía ganas de moverse, pero una fuerza incorpórea le sujetaba los brazos. Se empezó a sentir muy enfermo, hasta que por fin, la desesperación le hizo despertar, y de golpe se sentó en la cama dónde estaba acostado y vomitó en las blancas sábanas. Lo único que consiguió fue devolver lo poco que le habían logrado hacer ingerir: un par de papillas de comida liviana y natural.
Dos mujeres con batas verdes y un estampado de un hueso con una varita cruzada le afirmaban de las muñecas, cada una con expresión de preocupación en sus caras.
— ¡Estaba teniendo convulsiones, y acaba de vomitar! ¡Trae la poción Revitalizante Asomnum, Piper! — anunció una, por sobre las demás voces.
— ¡Apresúrate! —gritó la otra, inquietando a algunos del personal por tanto barullo.
Severus a penas podía distinguir cuál de las dos hablaba, porque estaba muy mareado y veía puntos negros por todos lados, y las pocas imágenes que lograba captar, se doblaban. Sólo sus oídos funcionaban, y escuchaba un tremendo ajetreo por todo el lugar. Las mujeres que lo afirmaban, con un movimiento de varita, hicieron desaparecer el vómito, dejando el lugar impecable. Pero él tenía el olor impregnado en la nariz, que más le daba asco, pero ya el estómago lo tenía vacío.
Veinte segundos después, alguien, muy bruscamente le echó la cabeza hacia atrás y le hizo tragar un tibio y amarguísimo líquido. Luego lo acomodaron con las almohadas en alto y lo dejaron semisentado en el lecho.
Poco a poco fue distinguiendo donde estaba. Las luces del sol entraban por las ventanas, y muchos Medimagos de San Mungo corrían de un rincón a otro, atendiendo a quizá, unos quince pacientes que estaban en un saló enorme. Las puertas estaban abiertas de par en par, y no dejaban de entrar y salir los sanadores.
Comenzó a concientizarse, y recordó la horrible pesadilla que había tenido hace unos minutos atrás. Suspiró. Qué alivio sentía, pero se comenzó a sentir extraño cuando se dio cuenta de que un par de ojos lo miraban. Giró su cabeza, lentamente a la derecha, o sea, a la cama vecina, y primero, vio una revista con imágenes que se movían, la cual estaba entre unas arrugadas manos. Subió lentamente la vista, y, ni siquiera de la sorpresa pudo gritar. Albus Dumbledore estaba sonriéndole abiertamente, mirándolo feliz con sus ojos azules, detrás de esos anteojos de medialuna. Por una fracción de segundos creyó que había entrado a otro sueño.
— No te asustes, estoy de verdad —le dijo, divertido.
— ¿Cómo…? — no sabía cómo debía formular la pregunta, porque tenía la lengua trabada.
Había jurado ver a Dumbledore morir. ¡No comprendía!
—Es una historia que merece ser contada en un momento apropiado. Creo que es mi culpa que Anna haya resultado malherida. Esa armadura debería haber sido infalible — reveló alzando las cejas y negando con la cabeza.
— ¿Qué tiene que ver la armadura de Anna?
—Precisamente necesito que esté ella para contarlo. Ella debe ser la primera en saberlo.
—Pero…
—Cuando salgamos del hospital contaré la historia con lujo de detalles. A mí, por lo menos, me quedan dos días, y supongo que a ti igual. Han pasado tres días desde que hemos estado inconscientes, pero creo que no nos hemos perdido muchas celebraciones, la mayoría de los magos están en San Mungo, e incluso, supe que Rufus Scrimgeur tuvo que tomarse Hogwarts para poder continuar atendiendo, ya que éste lugar se les hizo chico. Supongo que buscará cualquier manera de inmiscuirse donde no le llaman y…
Sev dejó de oír lo que el anciano Director estaba diciendo. Sentía una alegría tan extraña, que llegaba a ser irreal. Como no había despertado durante tres días, parecía que ayer hubiese ocurrido la Guerra.
Tenía ganas de levantarse, pero se hallaba aún muy débil.
—… y Dylis Derwent me vino a decir que también el Departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes ha tenido mucho trabajo, los muggles también resultaron perjudicados, y algunos sectores están completamente destruidos, tal vez…
Severus no quiso seguir oyendo, o más bien, no pudo continuar, tenía en la cabeza una gama de preguntas que quería realizar, pero sabía que en ese instante no iban a ser contestadas. A Dumbledore le fascinaba mantener el secreto hasta el final.
—Anna pronto despertará, así que no estés preocupado — repuso Dumbledore, apacible —, así que luego sabrás todo lo que ocurrió ese día. En fin, seguiré leyendo esta revista del padre de la señorita Lovegood, que si bien tiene algunas cosas que las considero completamente absurdas, hay otras que me atrevo a decir que, hasta son interesantes y graciosas…
No hablaron, luego de eso, por el resto del día, ya que Severus se dedicó a dormir y descansar. Por el momento, la curiosidad le había mantenido despierto, pero la debilidad le volvió a bajar. Y sólo pudo soportar los otros tres días en el hospital bebiendo pociones y comiendo extravagantes comidas para enfermos, los cuales le tenían más que asqueado.
El cambio fue muy drástico. Severus y Dumbledore salieron, finalmente, cuatro días después. El mundo era diferente, y ahora los magos se paseaban sin problemas por las calles. Y no solo los magos, los muggles también. Ahora, que acababa de comenzar el verano, ya no había nubes provocadas por los dementores, sino que un sol radiante y un profundo cielo azul, decorado con unas esponjosas nubes del color del algodón. A la gente le estaba costando acostumbrarse a ese cambio tan drástico de temperatura, y los lentes de sol eran la moda.
— Se las han arreglado sin mí — dijo Dumbledore mientras caminaban por el subterráneo del tren para dirigirse al Ministerio de Magia —, al menos estos días, no recibí ni una sola molestia de Fudge ni de Scrimgeour, lo que quiere decir que han podido enfrentar los problemas ellos solos.
— Lo cual es un milagro —se limitó a contestar Severus, no le gustaba para nada estar entre muggles, y menos rodearse de miradas de desprecio, desconcierto y curiosidad. ¿Acaso no existía una moda “gótica”? ¿Cuál era lo asombroso de ver a alguien vestido completamente de negro? Sin embargo, el que menos pasaba desapercibido, era el director. Esa túnica azul marino adornada con lunas plateadas era verdaderamente llamativo, comparado con la tenida de él mismo.
El viaje no duró más de tres estaciones.
— Director, quizá habría sido mejor y más corto si nos hubiésemos aparecido…
— Oh, Severus, en un día como éste viajar es lo mejor. No vamos apurados. Al menos yo no lo estoy, tiempo para las celebraciones hay de sobra. Pero antes, también tenemos que ir donde Anna, para contarle lo que tengo que decirle.
El corazón de Severus dio un salto. Últimamente cada vez que escuchaba su nombre, se ponía nervioso. No sabía cómo reaccionaría al verla.
— ¿Y dónde se supone que está Anna? — preguntó como quién no quiere la cosa.
—Supongo que en el Ministerio.
— ¿En el Ministerio? ¿Haciendo qué?
—Cambiándose de nombre, supongo.
— ¿Y cómo sabe usted eso?
—Oh, recibí una carta ésta mañana, de ella, antes de que despertaras.
¿Una carta? ¿Por qué Anna le mandaba cartas a Dumbledore y a él no? No pudo evitar sentir una punzada de celos. ¡Pero qué absurdo, si él era sólo el director! Pero después de lo que se habían dicho hace una semana atrás… Esas declaraciones desesperadas de último momento… mínimo que le mandara un mensaje, siquiera.
Se mordió la lengua evitando la ira, y no pronunció ni una sola palabra más, hasta que llegaron a la entrada para visitas del Ministerio. Entraron a la cabina telefónica, marcaron seis, dos, cuatro, cuatro, dos, y bajaron en el ascensor.
Mientras éste traqueteaba, Dumbledore volvió a hablar.
—Me temo que abajo nos espera una calurosa recibida.
Al principio Sev no comprendió a qué se refería el director. No obstante, cuando las rejas de oro se abrieron de par en par, un montón de funcionarios del ministerio, más reporteros de El Profeta se acercaron corriendo con papeles y plumas vuela pluma para tomar nota, pudo entender lo que quiso decir Albus.
— ¡Profesor Dumbledore!
— ¡Hola, profesor!
— ¿Nos concede una entrevista?
— ¿Qué se siente haber salido de San Mungo sano y salvo?
— ¿Qué piensa de la última batalla? ¿Fue más violenta que la primera? ¿Estaban mejor preparados?
— ¿Entonces, eran ciertos los rumores de la profecía?
— ¿El Innombrable ha muerto verdaderamente?
— ¿Lamenta las múltiples pérdidas de los magos y brujas que lucharon con toda valentía para proteger al mundo de la magia y a los mismos muggles?
Todas estas preguntas, y un montón de otras salieron de la boca de los inquisitivos entrevistadores.
Severus se escabulló por entre unos magos que tenían unas ordinarias grabadoras muggles en las manos.
— ¿Usted quién es?
— ¿Es Severus Snape?
— ¿Qué se siente haber sido doble espía?
Severus hizo caso omiso a las preguntas y se abrió paso empujando a ambos, y corriendo por el Atrio, hasta quedar oculto por la fuente de los Hermanos Mágicos.
Se paso la mano por la frente, pero luego unos gritos le hicieron mirar a su alrededor.
— ¡Severus!
Una sonriente Anna Konnda iba corriendo hacia él, con el cabello muy revuelto. Se le lanzó al cuello, y luego de abrazarlo unos segundos, lo soltó. Él ni siquiera se limitó a darle palmadas en el hombro.
—Hola, Anna — la saludó, sin querer con un toque de frialdad en su tono de voz.
— ¿Cómo estás? Veo que ya has salido de San Mungo…
—Evidentemente — la interrumpió.
Anna se percató del tono que estaba usando Severus, pero trató de seguir siendo amable.
—Siento mucho no haber ido a verte, pero tuve que hacer muchísimas cosas, fui una de las llamadas a reconocer Mortífagos, los que estaban vivos por supuesto y…
—Pero tuviste tiempo te enviarle una carta a Dumbledore.
Anna frunció levemente el entrecejo, como sabiendo que se avecinaba una rabieta de Severus, pero en ese momento, justo apareció Dumbledore a su lado.
— ¡Anna! ¿Qué tal han salido los papeleos?
—Excelente, todo bien… bueno — sonrió a Severus, quien no le respondió —, soy Anna Konnda nuevamente… este, bueno, ¿para qué quería verme?
— Oh, aquí no, es una explicación que requiere ser oída con atención, busquemos un lugar.
El director de Hogwarts entró por una puerta que casi era invisible, ya que estaba cubierta por el tapiz, donde había una pequeña sala con un par de mesas y algunas sillas.
Todos se sentaron, Anna con una pierna sobre la otra, y Severus de brazos cruzados. Albus entrecruzó los dedos.
—Fue mi culpa, Anna, que casi tú murieras.
— ¿Por qué?
—Porque fui yo el que sacó el brazalete de tu armadura.
— ¿Usted? —susurró Anna, asombrada.
Sev miró a ambos sin comprender ni una sola palabra, por eso, el director comenzó a narrar la historia.
—Anna me contó lo maravillosa que era esa armadura que te había obsequiado, así que un día saqué un “insignificante” brazalete de ésta. Era solo por protección y cierta curiosidad que sentía. Jamás pensé que una banal pieza fuera producto de falla para ti, y de protección para mí.
—Entonces, realmente mi traje era infalible, ¿no? — inquirió Anna, queriendo hacerse la molesta.
—Claro.
— Irrumpió en mi despacho, Director — se limitó a comentar Sev.
—Lo siento mucho, Severus, pero de todas maneras, Anna me dijo que poco te había gustado el…
Anna hizo un desesperado gesto negativo con las manos y la cabeza a Dumbledore
— ¿Qué yo qué?
—En fin — se apresuró a decir Konnda, con una sonrisa demasiado pronunciada — al menos está vivo, y yo también, y todo acabó y… todo está bien…
— Sí, bueno, me voy. Arthur Weasley me dijo (mientras me ayudaba a salir de los reporteros) que hoy hay fiesta en la Madriguera, espero que vayan… — y agregando con tono soñador, dijo —, bueno, creo que iré a aclarar a Scrimgeour algunas cosas, y luego iré a propagar la fiesta de Molly. Los veo a la noche.
Y dicho esto, se esfumó con un estampido.
—Bien… Creo que yo también me voy — soltó Severus sintiéndose violento. Por un lado, tenía unas ganas locas de besar a Anna, por otro, tenía deseos de gritarle por qué, después de todo, se había comportado tan ingratamente.
— ¿Tan luego? Pero si ni siquiera me has contado nada…
—Es que… tengo cosas más importantes que hacer, tengo que ir a mi casa y… poner las cosas en orden…
— ¿Irás a la fiesta de los Weasley?
—Lo dudo, seguramente que irá Potter con su querido resucitado padrino…
—Todavía no comprendo como pudo Dumbledore resucitar toda esa gente…
—Bueno, adiós — se despidió, levantándose de su silla.
Pero antes de que pusiera la mano en el picaporte de la puerta, Anna lo había girado de los hombros, acorralado y besado apasionadamente. Luego se separó, y dijo con severidad:
—Ibas a irte sin despedirte.
—Anna…
—Estás muy raro, Severus, necesito saber porqué. Algo te molestó, traté, allá afuera, y ahora, de ser simpática, pero sigues igual que siempre. ¿Acaso la guerra no te hizo recapacitar?
Con brusquedad, Severus sacó las manos de Anna que estaban en sus hombros y las sujetó, abajo.
— ¿Cómo quieres que te trate si…? ¡Le escribiste una carta a Dumbledore y a mí ni un memorándum!
— ¿Es por eso que estás así?
— Y porque tampoco me fuiste a ver a San Mungo, yo, cuando… bueno, cuando por mi culpa estuviste en la Enfermería de Hogwarts estuve contigo y…
—Si claro, pero primero: eso fue hace mucho tiempo, y lo hiciste cuando yo estaba inconsciente.
—Pero fui.
— ¡No podía, yo también estuve en cama!
—Pero te recuperaste antes.
—¡Pero estuve muy ocupada aquí, en el Ministerio, te lo dije también! ¿Y acaso lo de Dumbledore te da celos?
—Por supuesto — contestó con la mandíbula apretada, aún sujetando las manos de Anna.
—¡Eres un tonto, porque en una carta no puedo poner lo que siento tal cual es, ni menos decirte cuánto te extraño!
—Qué cursi…
— ¿No ves? Esa es la maldita actitud que…
Ahora él fue quien la beso.
Encontró muy tierno lo que dijo Anna, y durante una fracción de segundo se sintió como el hombre más ridículo del mundo por haber pensado en todas esas cosas.
—Lo siento, ya, se me pasó.
—Aaah, entonces, cada vez que te enojes voy a tener que esperar a que se te pase, y ser cursi, ¿no? Severus Snape, vas a tener que comenzar a cambiar de actitud si quieres estar conmigo.
—Te quieres mucho, parece.
Anna reprimió un gruñido en la boca, sacó a Severus de la puerta y salió por ella.
— ¡Anna, era una broma!
Ella hizo un gesto con la mano, y siguió caminando.
— ¡Mujeres!
A pesar de que Severus había tenido esa estúpida (porque era verdaderamente estúpida) discusión, sentía que nada había ocurrido. No podía estar más feliz. Cuando estuvo en su casa se dio cuenta que había sido una idiotez haberse enojado por tal cosa. Ya no tenía razones para sentirse mal, para sentirse utilizado ni un mártir. Quizá hasta se sintió perverso cuando leyó El Profeta y supo que Draco Malfoy había sido encerrado en Azkaban junto con Lucius en una cámara de Alta Seguridad con un dragón domesticado (los Dementores habían sido desechados completamente de la política Mágica y se estaban dedicando, los Aurors a cazarlos). Finalmente todo había acabado. Sintió que Lucius nunca había sido su amigo. Más bien, había sido un factor a arruinarle la vida casi por completo. Pero nunca era tarde para redimirse.
Finalmente decidió ir a la fiesta de Molly. Anna estaría allí. Realmente era difícil explicar toda la paz que sentía Severus, porque después de tanto tiempo estar aprisionado entre la vida y la muerte, que todo eso desapareciera de un momento a otro, era como si aún sintieras que tenías que hacer algo importante. La tranquilidad era casi irreal, lo mismo que la felicidad de las personas. Aunque, por supuesto, las muertes sufridas no era felicidad para absolutamente nadie. Pero al menos, el mal había acabado y Voldemort no iba a regresar.
Con toda libertad apareció en la Madriguera, después de haberse dado un enriquecedor baño y haberse puesto su mejor traje. Sólo él se daba cuenta del cambio, porque, para los demás, no era más que la misma repetida túnica de siempre.
Se escuchaba mucha bulla proveniente de dentro de la casa y del patio que estaba en la parte posterior a la torcida casa que por lo menos tenía cinco pisos.
Se aproximó a la puerta y llamó tres veces. Molly Weasley apareció por el umbral.
—¡Oh! Profesor Snape, que gusto que haya venido, bienvenido, adelante, pase…
—Gracias.
Entró a la estrecha casa, había varias mujeres en la cocina, y entre una de ellas estaba Anna. Muy elegante, y por primera vez, con el cabello peinado en un rodete. Tenía puesto un delantal.
— Nunca me “espegué” que el “pgofesog” Snape “viniega” a ésta fiesta — dijo una voz francesa. Fleur Delacour era nada más y nada menos que una de esas mujeres, entre Nymphadora Tonks y otra mujer, a la cual Severus no conocía.
—Claro que iba a venir — contestó Anna de mal humor. Fleur Delacour alzó las cejas antipáticamente.
—Si quieres, Anna, lleva al profesor Snape al patio, no tienes que quedarte cocinando aquí.
—Muchas gracias, Molly.
Anna tomó de la mano a Severus, quien no pudo evitar ponerse rojo cuando esto ocurrió. No estaba, para nada, acostumbrado a ser tratado así.
—Sabía que ibas a venir — susurró Anna.
—Me di cuenta que tenía ganas de verte — dijo, sintiéndose más seguro de sí.
—Han llegado un montón de invitados… creo que somos más de cincuenta, y todavía falta gente…
Cuando salieron, una voz cercana a la puerta pronunció:
—Vaya, pero si es nuestro amigo Quejicus.
—Ojalá que ésta vez seas un poco más útil, que la última, Black.
En un grupo estaban Sirius Black, Remus Lupin, Mundungus Fletcher, Bill, Charlie y Arthur Weasley. Todos miraban con atención. Sin embargo Anna miraba a Sirius con insistencia. A continuación, pasó algo increíble: Black extendió la mano, y Anna cambió la vista hacia Severus, quien vacilaba.
Pasaron cinco segundos completos en donde Sirius permaneció con la mano estirada, y recién ahí Severus estrechó su mano, sin ser bruto ni nada por el estilo.
— No habría hecho esto, Snape, si tu querida novia no hubiese hablado conmigo. De todas formas, los tiempos han cambiado, y tal vez alguien tenía que comenzar por algo bueno.
Severus atinó a asentir con la cabeza. Estaba consternado.
— Bueno, es mejor continuar con la fiesta — ultimó Lupin, con una nota de alivio en la voz, y siguieron conversando.
Severus tomó a Anna del brazo, y se la llevó a un rincón.
—No puedes pretender que seamos amigos, Anna…
—Yo no pretendía eso. Y se lo dije a Sirius… solo quiero que no te lleves más malas pasadas. Sé que hay heridas que nunca cicatrizan, pero al menos, se pueden mantener sin volver a sangrar.
— Por cierto… ¿le dijiste a Black que eres mi novia?
—No, lo dijo por molestar. Además, tú y yo no somos novios.
—¿Ah, no?
—Nunca me lo has pedido formalmente… y ahora, si me permites, volveré adentro, para seguir colaborando.
Anna tenía razón. Después de todo, jamás le había mencionado nada. Quizá, algunos de esos momentos era el indicado para dar el primer y último paso. El tren a ambos se les estaba escapando.
Cuando Dumbledore llegó se dio por comenzada la fiesta oficialmente. Estaba todo el personal de Hogwarts, más algunos empleados del ministerio. Menos de cien personas no había, y entre todos habían montado una larga mesa, como las de Hogwarts. Y tal como allá, una suntuosa cena apareció de la nada encima de la pulida madera.
—Gracias a los Weasley por esta maravillosa noche —comenzó a hablar Dumbledore, como en uno de sus discursos —, sin embargo, quiero también agradecer a cinco personas, que quizá, sin la ayuda de ellas, no habrían podido presentarse algunas personas que están aquí. Me refiero a Mundungus Fletcher, Severus Snape, Anna Konnda, Nymphadora Tonks y Arthur Weasley.
“Se preguntarán por qué. Bueno quizá sin mí, tampoco hubiese funcionado. Hace un tiempo, descubrí que el Arco de la Muerte del Departamento de Misterios tenía un doble. En uno de mis viajes lo descubrí. Y supe de inmediato de qué se trataba. Por lo tanto, ideé un plan que no sabía si iba a funcionar, pero de todos modos hice los primeros movimientos. Dije a Mundungus que se consiguiera una réplica, falsa, por supuesto, para intercambiarla y así nadie se diera cuenta. Pero no podíamos hacerlo con anticipación, sino que en el momento preciso. Así que el día que estalló la Guerra, envié a Severus y a Anna que lo entregaran a la transformada Tonks, quien aguardaba en el mesón del Atrio, en el Ministerio. Ella, multitransformándose maravillosamente, logró colarse para intercambiarlo junto con Arthur. Con suerte, nadie se dio cuenta y ambos llevaron el Arco verdadero a Hogwarts, donde yo tenía la otra parte. Las unimos mediante magia. Habremos tardado una hora en hacerlo, hasta que lo logramos, y de inmediatamente, despedidos comenzaron a salir un montón de gente por detrás del velo. Al fin y al cabo, ése Arco, lo único que hacía, era preservar la vida. Y hoy, para evitar los problemas y los abusos, el Ministro decidió destruir el Arco.
Todos aplaudieron cuando Albus terminó.
Fue una verdadera sorpresa, bastante extraña. Había sido, sin duda, uno de los grandes descubrimientos.
De inmediato comenzaron a servirse, muy contentos y hambrientos.
—Tengo que hablar contigo después — le dijo Sev a Anna, que estaba a su lado.
—Bien, pero comamos tranquilos… Tenemos toda la noche para hablar, todavía.
Luego de comer el postre, la música comenzó, y la gente se empezó a dispersar. Para bailar.
Aprovechando la distracción, Severus se llevó a Anna a un lugar bastante oscuro, cerca de los árboles, donde sólo se distinguía el sector gracias a la luz de la luna.
— Pensé en lo que me dijiste.
— ¿Qué cosa? Creo que…
¡Crick!
Un ruido de rama rota les hizo sobresaltarse.
— ¿Hay alguien allí? — preguntó Anna.
Nadie contestó. Por lo tanto, Severus prosiguió. La música sonaba fuerte.
En algún lugar sobre el arcoíris
Muy alto
Y los sueños que has soñado
Alguna vez en una canción de cuna
En algún lugar sobre el arcoíris
Pájaros azules vuelan
Y los sueños que has soñado
Los sueños de verdad se vuelven realidad
—Quería decirte que… ¿quieres casarte conmigo?
Algún día desearé en una estrella
Despertar donde las nubes están lejos debajo de mí
Donde los problemas se derriten como gotas de limón
Muy arriba de las chimeneas es ahí donde me encontrarás
En algún lugar sobre el arcoíris pájaros azules vuelan
Y los sueños a los que te atreves, ¿oh por qué, oh por qué no puedo?
— ¿Qué?
Bueno, veo árboles de verde y
Rosas rojas también
Las veré florecer para ti y para mí
Y pienso para mí mismo
Qué mundo tan maravilloso
Bueno, veo cielos de azul y veo nubes de blanco
Y la brillantez del día
Me gusta lo oscuro y pienso para mí mismo
Qué mundo tan maravilloso
Los colores del arcoíris tan bonitos en el cielo
— Si quieres casarte conmigo — reiteró Sev, comenzando a impacientarse.
Están también en las caras de la gente que va pasando
Veo amigos dándose la mano
Diciendo: “¿Cómo estás?”
Están en verdad diciendo: “Yo… yo te amo”
— ¡Claro que quiero casarme contigo! —respondió Anna con la voz tomada —nunca pensé que… ¡Oh, te amo, Severus!
Escucho bebés llorar y los veo crecer
Aprenderán mucho más de lo que
Nosotros sabemos
Y pienso para mí mismo
Qué mundo tan maravilloso
Severus le acarició la cara a Anna. Podía sentir su mirada en él.
— Yo también te amo — contestó, por primera vez sin sentirse cursi, ni tarado, ni nada. Simplemente estaba enamorado.
Algún día desearé sobre una estrella
Despertar donde las nubes están lejos debajo de mí
Donde los problemas se derriten como gotas de limón
Muy arriba de las chimeneas es ahí donde me encontrarás
Abrazó a su futura esposa por la cintura y la besó por largo rato.
—Esto es asqueroso — oyeron que había dicho alguien en un susurro.
— ¡Ron! — dijo otra voz.
—Nos descubrieron — terció otro.
— ¡Potter, Weasley, Granger! —rugió Severus encendiendo su varita y alumbrando unos metros más allá, donde esos tres estaban muy agazapados, mirando.
—Déjalos, Severus — se rió Anna.
—Eres un idiota, Ron — dijo Hermione.
—Estaban entrometiéndose en lo que no deben… —sentenció Severus enojado.
—Y qué, tú también lo hacías. Bueno, fuera de aquí.
Rápidamente los tres salieron despedidos hacia la multitud.
—¿Por qué los defiendes?
—¿Para qué perder el tiempo enojados y discutiendo con ellos, si podemos estar solos? ¿No ves? Así sonríes…
—Adentrémonos más en los árboles —ofreció Severus, con tono misterioso.
—Si tú lo dices…
En algún lugar sobre el arcoíris rumbo arriba
Y los sueños a lo que te atreves, ¿oh por qué, oh por qué no puedo?
Pasaron varias horas desde que Anna y Severus desaparecieron de la fiesta. Nadie los extrañó tampoco, todos estaban muy contentos. Además, ¿qué les importaba si se daban un festín adelantado? ¿Y quién demonios dijo que Severus no podría, no podría ser feliz?
Por fin se sentían los respiros de paz en el mundo, años de felicidad le esperaban a muchos. Todo había acabado, una nueva era había comenzado. Nada más importaba, nada.
A veces las personas más insignificantes en algún momento, pueden cambiar por completo nuestra vida
Canción: Somewhere over the rainbow
- Israel Kamakawiwo’ole