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Historia 24978 — capítulo 21

CAPÍTULO 20: LA ÚLTIMA GUERRA

—Severus, pareces enfermo — le comentó el chillón profesor Flitwick, mientras comían. Konnda no había bajado a merendar.

Por primera vez un comentario de ese tipo le daba lo mismo. Nunca le había gustado a Sev que le dijeran que parecía endeble, o cosas por el estilo, pero en esos momentos todo lo que le dijeran sobre su aspecto, era cierto.

— No ocurre nada, Flitwick — se limitó a contestar, mirando a penas al menudo profesor de Encantamientos.

Desganado, con unas pinzas sacó un trozo de pollo y la dejó en su plato. Ahora que lo pensaba, a esas alturas, todos debían saber quién era ella en realidad. McGonagall y Flitwick la habían conocido.

—Filius — pronunció Sev luego de un carraspeo —, ¿usted sabe quién es Donna Keith en realidad?

Flitwick lo miró como sin entender, y con simplicidad contestó con su voz de pito:

—Pues claro, igual que usted sé que es Anna Konnda, si mal no recuerdo ustedes calzaron en los cursos.

La peligrosa vena de su grasienta sien se volvió a hinchar. Soltó el tenedor con mucha violencia lo que causó un pequeño estruendo, solo el profesor con el que conversaba se percató de la repentina y extraña actitud del.

—Te podría haber perdonado esta, Konnda, pero que él también supiera quien eres es el colmo… —fue recitando en el camino, se dirigía al despacho de Anna. ¿Por qué se enojaba tanto? ¡Porque la quería! Y en vez de aceptarlo por el camino fácil, ponía su orgullo y maldad ante todo lo que debilitara su personalidad.

Cuando llegó a la descuidada puerta de Konnda, no se preocupó de tocar, llegó y entró, dándole una patada a la puerta y haciéndola rebotar en la pared.

— ¿Qué estupidez…? ¡Tú! ¿Qué haces aquí?

Anna, que hace cinco segundos estaba campantemente comiendo emparedados en su sillón rojo, de terciopelo, leyendo un libro, se había parado, mandando todo al suelo.

—¡Qué hago aquí! ¿Qué hago aquí? ¡Resulta que ahora me entero que todos sabían y menos yo! — gritó Severus, desde el umbral de la muerta.

—¡No me vengas a gritar a mí despacho!

—¡Tú tampoco me grites, embustera!

—¡Yo nunca les dije nada, ellos supieron desde que me vieron, tú, que no sabes mirar nunca te diste cuenta! ¡VETE!

La mujer empujó a Severus para que saliera de allí. Sev le agarró las manos con firmeza, luchando entre las ganas de herirla o besarla. Finalmente decidió lo segundo, y entre esfuerzo y esfuerzo, logró aproximarse a ella para besarla, pero ella lo rechazó, demasiada lastimada como para aceptarlo así como así. Empujó a Severus fuera de su despacho, y le cerró la puerta en las narices.

No comprendía a las mujeres, definitivamente. ¡Por qué se guardaban secretos! A la larga, igual todos terminan sabiéndolo. Haber descubierto esto, había sido uno de los golpes más duro. ¿Podría perdonarla, aunque ella no se disculpara?

Siempre se ha dicho que el tiempo cura las heridas, pero en el caso de Snape, no ocurrió nada. Al contrario, no había palabra entre él y Anna, pero con la mirada se podían traspasar todo lo que sentía cada uno. Anna estaba muy dolida, y se sentía incomprendida; Severus estaba decepcionado por la actuación de desconfianza de ella.

Marzo solo fue un aperitivo, abril sería más pesado, y ni hablar de las vacaciones de semana santa.

—Severus, mañana te toca tu segunda visita anual a Voldemort.

—Lo sé, director, no es necesario que tenga que recordármelo, y tampoco hace falta que pronuncie el nombre del Señor de las Tinieblas.

Un día antes de que los muchachos se marcharan a sus casas —la gran mayoría —, Dumbledore quiso darle algunas instrucciones.

—No es que te lo recuerde, sino que quiero que le avises de todo a Donna. No puedes dejar de informarle eso, ya que es muy crucial en su vida.

—¿Qué? — sintió un leve dolor en el abdomen, como si le hubiesen pinchado — No me diga que esa le dijo que estábamos peleados.

Dumbledore alzó las cejas y se aclaró la garganta.

—Disculpa, Severus, pero no quiero que hables así de las personas delante de mí, creo que ella tiene nombre, así que si estás conmigo, por favor llámala…

—Anna Konnda, sí, lo sé — contestó de mala gana.

— ¡Qué bien! — exclamó el anciano —¿Te diste cuenta, por fin?

—No, creo que me enteré de otra manera.

—No entraremos en detalles — se apresuró a contestar Dumbledore —. No me interesa la pelea, le hablarás y se pondrán de acuerdo. Buenas noches.

Dicho esto, dio media vuelta y se dispuso a salir del aula de Pociones.

—Son las nueve y media — agregó — Anna debe estar despierta.

Ordenes de Dumbledore eran órdenes que no se podían esquivar, al igual que las del Innombrable. Si no hacías lo que Voldemort decía, él te torturaba, si no haces lo que Dumbledore te pide, todo el plan se va abajo.

Se puso en pie. Las piernas le pesaban, no quería dirigirle la palabra a Konnda, hace un mes que no conversaban, y ella, tal vez le cerraría la puerta en la cara: “…déjame en paz, no me dirijas la palabra ni siquiera para lo de Voldemort”.

Pero se dignó a ir, y con mucha parsimonia tocó la puerta.

—¿Quién es? — interrogó una voz desde adentro.

—Si te digo no me querrás abrir —contestó Sev, sin hacer ninguna transformación de la voz. Tic tac. Pasaron dos minutos completos y se abrió la puerta.

—Recuerdo — empezó a recitar fríamente la ex Donna Keith (para Sev) —haberte dicho que no quería verte más. No quiero ser antipática, pero, quizá te haga falta un corte de pelo, porque creo que es eso lo que te impide escuchar bien.

—No hables de cabellos, por favor — repuso con sarcasmo —. No vine por nada personal, Konnda…

—No me llames Konnda, mi nombre ahora es Donna Keith, por si no lo recuerdas —intervino abriendo mucho sus ojos y tensando los labios. Estaba blanca de rabia, y su pelo parecía estar mucho más voluminoso de lo normal.

—Recuerdo que te llamas Anna Konnda, y ahora —agregó antes que ella volviera a rebatirle otra cosa —, Dumbledore me envió acá, y no creas que tengo el agrado de decírtelo, porque…

—Habla luego, ¿Sí?

Intervinamos en la mente de Anna Konnda.

Le dolía mucho ser así con Severus Snape. Él había sido su primer amor, y nuevamente era el primero, hace años que no amaba así a alguien. El problema era que no le perdonaría tan fácilmente todos los malos tratos que él le había dado, primero los insultos en su época de guerra, luego el sanguinolento ataque que se ganó, el obvio rechazo de su preciado regalo navideño, y ahora, las consecuencias de haberle ocultado su real identidad. Ella esperó en vano con la esperanza de que él solo se diera cuenta — como McGonagall, Dumbledore y Flitwick — de quién era ella, pero se enteró por otra boca. Y eso era lo menos que quería, que Sev lo oyera de otra persona.

El papel de antagonista no lo representaba bien, pero, aunque sabía — o era lo que creía, tal vez —que no le interesaba a Snape, quería ser lo suficientemente dura y fría.

Sev la miró con odio. ¡Aborrecía que le interrumpieran!

—Mañana saldremos a la misma hora que la otra vez. Suponiendo que el Innombrable se encuentre en el mismo lugar donde lo visitamos aquella vez.

—¿Eso era? — indagó con voz cansina —Bien, gracias. Hasta maña…

—Sí, eso era — la cortó idiotizado —, ojalá que fuera un hasta nunca.

Esta vez no fue ella la que terminó de manera gélida la situación. Snape giró sobre sus talones, haciendo ondear su gruesa capa negra tras él.

—Qué se cree… tratarme así… merezco respeto…

Mientras caminaba — con los brazos tensados, parecía una de esas cosas tecnológicas muggles denominadas robots —, se le pasó algo terrible por la mente. “Eres la viva imagen de tu padre”. ¿Qué? ¿Él? No, él no tenía nada que ver con su padre, no se parecía, incluso había renunciado a su antiguo sucio trabajo para no asemejarse a él, aunque aún seguía estando — falsamente — bajo las orden de ÉL, pero no… “Eres la viva imagen te tu padre”. Esta vez sonó como si su madre se lo hubiera dicho. Negó con la cabeza, sacudiendo su cabello. Lo que necesitaba era dormir, dormir y ojalá no despertar en mucho tiempo. Los últimos 3 años en Hogwarts habían sido realmente agotadores. Y mañana sería otro día horrible.

Eran las siete con tres minutos, de la tarde. Estaba oscuro, se podía apreciar como noche. El viento corría fuertemente, arrasando con las pocas hojas florecidas de los árboles. Costaba mucho mantener la naturaleza en esos tiempos. La brisa se había llevado la neblina de la mañana, y en vez de eso se hicieron lugar gordas y negras nubes en el cielo, cada una cargada de lluvia, quizá, de tormenta eléctrica.

Los estudiantes que se habían marchado a sus casas, igual que los de Hogwarts debían estar confortablemente sentados junto a el componedor fuego de una chimenea, bebiendo cerveza de mantequilla, cenando, comiendo huevos de chocolate… Sin embargo, tres personas del castillo no estaban disfrutando de esas geniales delicias. 

Dumbledore había escapado del colegio muy temprano en la mañana, y a nadie le sorprendía, porque siempre era llamado para algo, fuese del Ministerio, del Wizengamot, de Azkaban, de Hogsmeade, del extranjero, daba igual. Otras dos personas, curiosamente encapuchadas y abrigadas; una alta y corpulenta, otra más pequeña y enclenque, estaban caminando a una considerable distancia por la calle del pueblo. El viento les apuraba el paso, así que iban casi a trote. Debían llegar al exacto punto de desaparición, para no levantar sospechas.

La figura más grande se volteó de pronto, como vigilando algo. La otra la imitó.

—¿Qué ocurre? — interrogó casi inaudiblemente Anna Konnda.

—Estoy vigilando… —contestó, igual, por lo bajo — No quiero que nadie nos siga, menos un alumno de Hogwarts — pensó en Draco Malfoy.

Al mismo tiempo, retornaron a la posición original, para seguir avanzando por la polvorienta carretera.

No se volvieron a hablar; no había nada para conversar. Un invisible rayo rojo mantenía a Severus y a Anna con una tremenda incomodidad.

Llegaron al punto de partida, pero…

—Supuse que estarían aquí — repuso una voz rasposa, haciendo que el par se sobresaltara.

Una luz roja muy pequeña iluminó levemente al intruso. Era un cigarrillo ordinario, muggle, que estaba fumando.

Anna lo único que quería era gritar mucho en ese momento. Nunca en su vida había visto algo tan horrible como aquello. Una cara peluda y horrible… muy peluda y muy horrible, con ojos amarillos…

—Fenrir, ¿qué haces acá? —Sev hizo la pregunta sin ninguna nota de temor en el habla. Sin embargo, se había llevado una gran sorpresa, no le gustaba la presencia de Fenrir Greyback, el despiadado y hambriento licántropo.

— El Grandioso Señor Oscuro me envió a buscarlos —contestó, dándose aires de superioridad por la ardua labor que le envió hacer Voldemort —. Tuve que utilizar bastante magia de rastreo para hallar sus esencias mágicas — explicó el hombre lobo con su voz profunda y rasposa. Los ojos del sujeto pasaron de Snape a Konnda. Sonrió descaradamente, dejando relucir los enormes colmillos (y los dientes en general) llenos de sarro y con algunas pintas de sangre —Tú debes ser la nueva… —farfulló aproximando el cigarro a la cara de la mujer. Anna se puso tiesa, más de lo que estaba, por el frío. Greyback respiró fuertemente, como queriendo sentir el aroma de la mujer.

—Ejem — carraspeó Sev, haciendo un movimiento de incomodidad. Fenrir le colocó la áspera mano peluda en la suave cara de Konnda.

—Sí…

La pareja no supo a qué se refería ese incoherente “sí” de Greyback, pero de seguro no era un buen augurio. “Quítale la mano de encima” pensó Sev, conteniendo la ira. Aunque estuviera furioso con ella, podía seguir atento a sus sentimientos hacia ella.

—Lo siento — se interrumpió, sacando de inmediato se fea mano del rostro de ella y extendiéndola, aún con el cigarrillo entre los dedos. El hombro de Anna había quedado lleno de cenizas — no me he presentado, soy Fenrir Greyback… ¿Mucho gusto…?

—Donna Keith — respondió con amargura (Severus, que la conocía, sabía que esa voz significaba que no le agradaba para nada. Lo imitó, le estrechó la mano, olvidándose del aparato para fumar — ¡Ah! Ouuch…

—¡Lo siento! — se disculpó el licántropo, irónicamente. Le había quemado el dedo gordo a Anna.

—Descuida…

Konnda se llevó el dedo a la boca, con el entrecejo muy fruncido.

—No sé qué estamos esperando. Tampoco sé por qué estás acá.

Snape lanzó esto como una bala. Quería romper el duro hielo que había entre los tres. Greyback solía hacer ese tipo de bromas con la gente, la conociera o no, le fascinaba hacer sufrir — mordiendo, despedazando, matando, contaminando, molestando, insultando… etc —, y lo del cigarrillo, por supuesto, fue adrede.

—Ah, eso, por supuesto. No estamos en el mismo lugar ocultos, así que tendremos que dar un paseo más corto, llegaremos en tres minutos.

— ¿Dónde están ocultos, ahora?

—En Little Hangleton.

Severus alzó las cejas. No era primera vez que el Señor de las Tinieblas se ocultaba ahí, y cuando se ocultaba allí era porque tenía o estaba maquinando algún plan. Tal vez se equivocara.

—Nos apareceremos — informó Fenrir —¿sabes aparecerte, nena?

—Si sé, pero lamentablemente no tengo idea donde queda Little Hangleton —su voz estaba tan ronca como la de él. Los dientes le sonaban, o sea, le estaba temblando la mandíbula.

—Si quieres te puedes abrazar a mí. Y tal vez te pueda hacer un test de sangre gratuito.

La proposición del desconocido — para Konnda — había resultado muy amable, pero con solo la mirada dijo que no. Resultaba lasciva la oferta del licántropo, a tal punto, que era asquerosa y grosera.

—Mejor que se tome de mi brazo; Keith es tan despistada que puede que de un momento a otro te desconozca.

Anna entrecerró los ojos, como enviando rayos X a los ojos de Severus.

—Entonces, tómate del brazo de él, y no perdamos tiempo — apuró Fenrir más seriamente.

A ella no le quedó otra opción. Severus, se aguantó el aullido de dolor. Anna le estaba apretando demasiado el brazo derecho y le estaba haciendo daño. Y esta vez no era para que estuviera cerca de él, era, porque en verdad, Greyback podía resultar peligroso, y no le gustaría que la hiriera por la culpa del orgullo de ambos.

—Voy primero, luego ustedes — Greyback dijo esto y desapareció con un chasquido. Severus, se esfumó al instante, lo único que quería que la mujer, esa, lo soltara, el dolor era casi inaguantable.

¡Pum! Sonó cuando aparecieron en una vieja sala de estar, en un primer piso muy, muy mal cuidado. Una que otra vela alumbraba el lugar. Había telas de arañas por todos lados y demasiado polvo acumulado. Se amortiguaban los pasos. Los sillones estaban tapados con sábanas viejas.

— Cof, Cof — tosió Anna. Era alérgica al polvo, y le aterrorizaban las arañas.

Desde lo lejos, en el segundo piso, se oían voces y fingidas carcajadas. En fila, primero el hombre lobo, luego Anna, y por último Severus, cerrando la fila, fueron subiendo la escalera. Había un largo corredor. Una de las habitaciones finales estaba abierta completamente, se veía una luz anaranjada y alargadas sombras. Se distinguían varias cabezas, y las voces se habían aclarado. Debía haber por lo menos seis personas allí dentro.

Caminaron, aún en fila hasta la habitación. Anna entró primero — Greyback intentó olerle el cabello, pero Severus de inmediato cruzó detrás de ella, impidiendo el ademán.

Las ocho personas que estaban dentro se callaron de inmediato al verlos entrar.

— ¿Qué hace él aquí? — alegó una voz conocidísima, muy enojada, dejando fluir toda la desconfianza.

—Tú sabes, Bella, porqué está aquí — contestó la voz fría de Voldemort, mirándola con reproche —, yo confío en Severus Snape.

Bellatrix Lestrange le dirigió una mirada recelosa a Sev. Él no dudó en devolvérsela, triunfalmente.

Las otras seis personas de la gran habitación — que poseía una enorme chimenea y muchas butacas costosas — eran: Amycus, Colagusano, Alecto, Goyle — viejo, viejo amigo de Severus — y… ¿…?

—No lo puedo creer.

—Yo tampoco.

—Eh… Oh… —titubeó Anna con los ojos muy abiertos. Severus estaba igual.

—Mi querida prima. ¡Preciosa! Ahora sí que me agradas, jamás se me pasó por la mente que pudieras llegar a ser Mortífaga. Las cosas de la vida, ¿no?

Frente a ellos dos, mejor dicho, hacia la derecha, un hombre y una mujer estaban sentados, con sonrisas insulsas de oreja a oreja: Julius y Annelisse.

Otra vez más, Severus, recordó parte de un sueño de principio de año, donde supuestamente Annelisse, por conclusión era Mortífaga. ¡Era cierto! Y nunca se dio cuenta, pero tampoco nunca le vio la marca… ni a Julius, menos, que paseaba desnudo casi siempre.

—Mi querida Donnita… —musitó Julius poniéndose en pie, para acercarse a saludarla, como si todo eso fuera pan de cada día, o tal vez una sorpresa de muy buen gusto.

— ¡Y, Snapy! Luces fantástico. Tampoco sabía que tú eras uno de nosotros. Bueno, la verdad es que nosotros nos unimos hace tres meses — empezó a parlanchear Annelisse —, éramos Mortífagos bajo comando. Mortífagos reales nos manejaban a nosotros para cumplir pequeñas misiones, pero ya era hora de hacer algo más, ya que se aproxima la guerra decisiva.

—Está bien Annelisse, linda historia, pero por favor, no me llames “Snapy” —que mujer más idiota…

—Basta de conversación — silenció Voldemort de mala gana — siéntense, los invité acá para la última reunión. Al menos, será la última para Severus y Keith.

— ¿Keith? ¿Todavía sigues con eso, primita? — saltó Annelisse, demostrando sorpresa.

—Calla, Liss — le ordenó Voldemort, enojado.

—Lo siento, mi amo, pero es que resulta que mi prima es una mentirosa.

— Sé cuando alguien miente, Liss, cállate de una vez. Sé que Donna Keith no es su nombre real.

— ¿No ves? ¿Por qué no le dices de una vez a Severus que te llamas Anna Konnda?

— Lo sabía ya — repuso Severus, completamente desganado. No tenía deseo de recordar eso, que tanto le daba rabia. Y le dolía, le lastimaba, le hacía recordar partes malas de su vida, y sobre todo, detestaba la mentira: pero qué payaso, él mismo estaba mintiéndole a todo el mundo que estaba metido en esa habitación; pero era diferente. Las razones no se comparaban.

Annelisse Wiegratz lo miró decepcionada. No le había resultado lo que había pretendido también en el verano: dejar en vergüenza a su prima, y a apartar a Severus de ella.

— Bueno, entonces, mi amo, debe saber usted que ella es una sangre impura.

— ¡También lo sé, Annelisse! ¿Recuerdas con quién hablas? Cualquier cosa por el estilo que vuelvas a decir, irá en tu contra, mujerzuela — estalló Voldemort, encolerizado, con los ojos más brillosos y rojos que nunca. Se le marcaban las venas de la cara.

—Es mejor que comience, milord — dijo la melosa voz de Amycus, hermana de Alecto, ambos cerca de los 60 años.

— Siéntense — indicó a Severus y a Anna. Obedecieron apretujándose en el sillón donde estaba Colagusano.

—Los Mortífagos de Azkaban lograrán escapar a finales de Junio. Un Mortífago especial ha pasado averiguando todo un año como poder intervenir en la poderosa magia que ha realizado el estúpido amante de los muggles.

Alecto, el vejete hermano de Amycus, rió para celebrarle la gracia.

—Haremos una guerra limpia. Tal como le gusta a Dumbledore. Avisaremos, diremos el lugar oficial… pero como nosotros somos el Lado Oscuro — agregó sonriendo con su sucia dentadura ambarina —, haremos pequeños cambios. Una parte de nosotros estará aguardando a la mayoría de la Orden del Fénix en el punto oficial, pero los demás nos distribuiremos — incluyendo a los Inferi — por diferentes puntos de Londres. Exterminaremos poco a poco a esos infelices y estúpidos muggles y a esos apestosos Sangre sucia… No te sientas identificada, Keith, tú estás de mi lado, y con eso estás salvada. Tomaste una buena decisión, y te encontraste con la persona indicada.

Anna sonrió irónicamente a Severus.

— Greyback supo que el maniático de Remus Lupin estaba buscando aliados en Escocia — soltó una carcajada —, pero lo que no sabía era que nosotros habíamos ya conquistados a nuestros amigos, ofreciéndole un simple plato de carne fresca, incluso de niños recién nacidos…

Una risa maliciosa general, llenó las bocas de todos. ¡Qué gracioso era comer a la gente! Pensó Severus con amargura. Se le había formado un nudo en la garganta con tal semejante atrocidad. Inconscientemente puso una mano en la pierna de Anna. Sin embargo, ella lo miró con reproche, y él, haciéndole un despreció, la quitó. Nadie se percató de ese acto de sólo cuatro segundos.

—También encontramos con una enorme — y creciente — cantidad de Inferis por todos lados, aunque en estos momentos están muy bien domados, bajo las playas no mágicas. Te vez en cuando hunden a alguien para que se ahogue.

— ¿Nos asignará tareas, amo? — preguntó Bellatrix Lestrange, ansiosa. Por un momento Sev creyó que lo había mirado a él fugazmente.

— No hay nada más que hacer. Doblegamos en magos, seres, monstruos y especies a Dumbledore, y con eso ganaremos, y Potter, por fin será mío y morirá…

— Milord, Anna ya ha hecho cosas por el grupo, ¿no?

Annelisse a toda costa quería hacer sufrir a su prima, a Sev le daba algo de lástima, pero ella tampoco hacía nada para defenderse, aún.

—Liss, ella no puede hacer nada, sabes que es espía — rezongó Voldemort, iracundo —, ¿es que no te sabes callar? ¡Crucio!

Bellatrix, fanática de esa maldición, se puso a reír como maniática, afirmándose el estómago. Anna contempló la escena con los ojos muy abiertos. Snape solo pensó que se lo merecía. Tal vez el habría hecho lo mismo.

— ¡Aaaaah! ¡Nooo…! ¡A… amo! —vociferaba adolorida, retorciéndose en el sillón donde estaba, al lado de Julius. Éste la miraba indiferente. No le afectaba en absoluto.

Voldemort dejó de manejar la varita.

—Una de las cosas que detesto, Liss, es que se crean más que yo, a sabiendas que yo soy superior. Una abertura más de tu bocota, y tal vez sea un rayo verde el que salga de mi varita.

Wiegratz asintió, acomodándose otra vez en la butaca, y quitándose el cabello de la cara sudada. En el verano, se podía decir que hasta se veía guapa, pero ahora, tan desgreñada y sucia, se veía muy vieja.

—A través de la Marca Tenebrosa le avisaré a cada uno sobre el día de todo. Ahí es cuando ustedes dos entran en acción, traen a esos mugrientos y, para sorpresa de ellos, lucharán para nosotros — celebró Voldemort, dirigiéndose a Sev y a su acompañante —. El lugar principal de lucha será acá. Como otros destinos, tendremos el Ministerio y Hogsmeade.

Los hermanos Amycus y Alecto se frotaron las manos, como aguardando felices el momento.

Voldemort siguió dando a cada uno las respectivas instrucciones, y procurando repetirlas para que a nadie se le olvidara. Luego de acabar, cada uno se fue por su lado, sin antes realizarle las reverencias a su amo.

—Esta vez te salvaste, rata mugrosa.

Severus y Anna estaban en la planta baja, preparándose para marchar. En la escalera estaba Annelisse junto a Julius, que estaba muy preocupado en mirar la inservible araña sin velas en el techo, con las manos en los bolsillos de la túnica.

—Mmh — se limitó a asentir Konnda. Annelisse bajó muy coqueta, sonriendo Severus y colocándose en el cuello una bufanda de piel de zorro.

—Ay… Severus, pierdes el tiempo tratando de entablar amistad con ésta…

—No estoy entablando amistad con ella — respondió gélidamente. Si no le agradaba Anna, menos lo hacía Annelisse. Bueno, no era que Anna no le agradara, pero en la situación actual, no era bueno defenderla. Los tiempos de niñez habían quedado totalmente en el pasado, y Wiegratz había cambiado demasiado para entonces. ¿O era él el que había cambiado?

—Nah… que va. ¿Estás mudita? ¡Ya sé! — entusiasta se acercó a Konnda, quedando a treinta centímetros — ¡Estás extrañando a tu enfermiza mami! ¿No es…?

No alcanzó a terminar lo que iba a decir, porque Anna se le adelantó y le pegó una bofetada. Sonó por toda la habitación el ¡paf! La mejilla izquierda de Liss se puso inmediatamente roja, o tal vez morada.

—No juegues con eso — le advirtió Konnda pasivamente, pero la mirada era de amenaza.

—Uhuu — exclamó Julius, sonriendo a tal atrevimiento.

— ¿Qué no juegue con qué?

¡Paf!

Ahora fue Liss quien le pegó una bofetada.

—¡No creas que por el hecho de ser mayor tienes derecho sobre mi, vieja! — le gritó “Donna Keith” agarrándola del cabello.

Gritos de dolor resonaron en toda la mansión. Quizá toda Gran Bretaña escuchó eso. Anna y su prima se habían agarrado a tirones de pelo, cachetadas y patadas.

— ¡Retira lo dicho! — vociferaba Konnda apretándole la mejilla a Liss y pellizcándole un brazo.

— ¡Qué quieres que retire! ¡No sé de qué me hablas!

Wiegratz le jalaba el cabello con mucha fuerza e intentaba sacarse la mano de Anna de encima.

— ¿Quieres que te de una pista entonces? ¡No metas a mi madre cuando me molestes, estúpida idiota!

Julius reía de brazos cruzados en el rellano de la escalera. Hallaba todo eso muy gracioso.

Con toda la fuerza que pudo — e impresionantemente ante los ojos de Severus, quien no podía creer que dos mujeres estuvieran peleando, pero para ser sincero le maravillaba, y estaba entretenido — Anna le soltó la mejilla a Liss, le quitó la mano de su cabello, se despegó de ella completamente y la empujó al suelo.

Annelisse fue cayendo al suelo lentamente, como si un reloj mágico estuviera decidiendo como pasar el tiempo. Iba a caer sentada, y para no pegarse en la columna vertebral se apoyó con las dos manos.

¡Crick, crack!

Así se oyeron sus muñecas cuando se quebraron.

— ¡Aaaah! — gritó con lágrimas en los ojos. Anna la observaba con los agujeros de la nariz dilatados.

Iba a dar media vuelta la profesora de Defensa, pero Liss fue más rápida y corrió la pierna para que se cayera, y lo consiguió. Ambas terminaron en el suelo, quejándose y enviándose disparates; Anne mirándose las muñecas, afligida, y Anna sobándose el brazo izquierdo y la cabeza.

Severus le dio tres minutos exactos a Konnda para que se pusiera de pie.

—Tenemos que irnos, Konnda — le avisó —, van a ser las diez, y la idea es llegar sin levantar sospechas…

—Sí, ya sé, ya sé — correspondió ella de mal humor sacudiéndose el polvo de la túnica—. Julius estaba ayudando a la otra a pararse, no podía sola porque las muñecas no le servían ya.

Severus tenía muchas ganas de reírse, pero no era buena idea, su compañera de trabajo nunca había estado tan hosca.

Caminaron silenciosamente por Hogsmeade. Anna iba cabizbaja y con las manos en los bolsillos de la túnica.

—Parece que hice el ridículo —murmuró sin mirar a nadie; estaba claro que iba para Snape.

—Creí que no me hablabas — le contestó con el seño fruncido. Iban a un metro de distancia, las cosas no habían mejorado.

—Bueno, es un comentario solamente, nada profundo — se apresuró a decir Konnda.

—Entonces, yo te comento que no me interesa lo que hagas. Me reí, por supuesto, pero de ti nada me decepciona ahora, porque no te conozco y me espero siempre cualquier cosa de las personas, sobre todo de las mujeres.

No supo por qué lanzó esas frases tan amargas, solamente necesitaba decirlas, pero todos sabemos que eso no era novedad, trataba de herir a las personas que lo querían cuanto podía.

Nadie dijo nada hasta que llegaron al castillo, ni siquiera se despidieron, cada uno se fue por un camino diferente.

Sev fue de inmediato a hablar con Dumbledore, y por supuesto, Anna lo hizo también, así que terminaron topándose y contándole todo lo hablado al director, juntos.

Severus, esa noche, no se durmió de inmediato. Hace rato que tenía algo metido en la cabeza y no podía recordar que era, porque nunca lo había pensado. 

Estaba acostado en su cama con dosel y mantas negras, tapado hasta la cintura, con el torso desnudo, sentado con almohadas en la espalda, con las manos entrelazadas y los ojos fijos en su ropero. Se mordió el labio, pensando, pensando…

De pronto, como si una mano invisible le hubiese girado la cabeza, sus negras luces se quedaron puestas en la armadura de Isla de Pascua. Recordó el lugar, y también puntualizó su mente en el último suceso: el escape.

¡Claro! Él siempre supo que Annelisse y Julius eran Mortífagos, pero nunca lo había analizado, y nunca le había dado mayor importancia. Había oído las voces de ambos en el bosque, no asustados por ver la Marca, sino que era voz de ansias, como si estuvieran esperando que alguien los fuera a buscar para ver a su amo.

Y eso significaba otra cosa también: él apoyaba a Dumbledore, él participaría en la guerra, y ellos también. Lucharían, por lo tanto, alguien tendría que matar a alguien, y seguro que Julius, que no le tenía mucha estima, se lanzaría a atacarlo a penas supiera que no era del bando del Señor Oscuro.


Los minutos, las horas, los días y las semanas transcurrieron sin tener piedad de nadie.

Quedaba apenas una semana para salir de Hogwarts, y todos los alumnos de séptimo habían acabado sus exámenes. Ahora las clases que se daban eran solo de repaso, y casi nadie trabajaba, excepto en la de Snape; no le gustaba la mediocridad y mantenía en movimiento a los estudiantes hasta el final, sin importar de la casa que fuera, aunque por supuesto, favorecía a Slytherin.

Los grises días anunciaban que ese verano, precisamente, no habría verano. El sol no se asomaba ni por si las moscas. La gente de Hogsmeade temía lo peor y habían cerrado cada uno de los negocios, todos, incluyendo el excéntrico Cabeza de Puerco — donde trabajaba el hermano del director del colegio —, el pueblo se había encerrado bajo siete llaves y realizaron todo tipo de sortilegios para que nadie penetrara en sus casas sigilosamente. No obstante, sabían que nada de eso serviría, porque Voldemort tenía soluciones y crueles métodos para todo. No había salvación para tal tipo de poder.

Sev aún no recibía la señal de la guerra, y Anna Konnda tampoco. ¿Qué habría ocurrido? Se había imaginado que iba a ser la semana anterior, pero nada paso, la cicatriz de su Marca no le ardió jamás. Pero no debía confiarse, estaba preparado para todo en cualquier instante; en su despacho estaba todo listo: su infaltable capa liviana, que le permitiría ágiles movimientos, su amistosa varita, en el bolsillo, incluso tenía brillo, y vibraba más que nunca. Había ensayado más de doscientos encantamientos, hechizos e incluso maldiciones — no le importaba maldecir a alguno de los Mortífagos, de todas formas, las medidas drásticas de defensa jamás las había abandonado; a la primera visión que le pusiera en peligro, lanzaría el Avada Kedavra. 

Lo único que no había practicado era la Esperanza. No sabía si creía que ganarían la batalla; no confiaba en vivir ni en sobrevivir. Tampoco quería ni se imaginaba morir. *“No has hecho nada más que fracasar”*, tal vez fuera cierto, y si es que no había logrado hacer nada útil en esta vida, quizá era mejor desaparecer.

No rogaba a nadie por ganar o perder. Si todo eso acabara… “Si todo eso acabara, yo sería libre, podría no tener miedo a nada y podría hacer lo que quisiera, no estaría bajo a más órdenes.”

Pero habría cosas que no cambiarían, como por ejemplo: Severus Snape jamás dejaría de ser el mismo, ocultaría sus sentimientos, sería antisocial, no disfrutaría de la nueva vida, ni de nada por el estilo.

Y si Voldemort podía con los ataques de la pobre Orden del Fénix y los pocos aliados que tenían, significaba una sola cosa: esfumarse del mapa; Tom Riddle jamás le perdonaría el haber apoyado a Dumbledore, así que no existía la posibilidad de adaptarse al reinado del Innombrable.

Todo esto lo estaba meditando mientras corregía y entregaba los últimos trabajos a los de quinto de Gryffindor y Slytherin. Rápidamente colocaba la calificación, y con la voz lúgubre llamaba al que correspondía.

—Peter Sanders.

Un muchacho robusto y rosado — de Gryffindor — se acercó a recibir su enorme y roja I puesta con mucha premura.

—Profesor… —susurró una niña muy asustada, le ponía los pelos de punta hablar con Snape. Bueno, ¿a quién no?

—Qué quiere, McConaughey.

—Está… —algo dijo tan en voz baja, que no se le entendió — en la puerta….

—¿Mmh? — se extrañó, y miró a la puerta. Potter estaba allí, con la cabeza asomada y mirándolo intensamente, estaba muy quieto.

— ¿Qué quiere, Potter?

—El director Albus Dumbledore lo llama — avisó. Severus le lanzó una mirada petulante —, señor.

El joven Harry ya sabía que esa palabra significaba que debía ser más respetuoso, y por eso agregó el vago “señor”.

—Voy de inmediato, retírese.

—Es urgente.

—Le acabo de decir, Potter, que ya voy — le atajó, parándose — . Fuera de aquí todos ustedes. La clase terminó. ¡Y vayan a sus salas comunes! Pobre al que pille merodeando por el castillo.

Los de quinto de inmediato se empezaron a mover.

—No puede dar por terminado la clase, el director dijo que… —Harry le dijo esto apresuradamente, antes que se fueran.

— ¡Entonces se quedan aquí! Y que no vuele ni una mosca, sino, apoyaré la idea de Filch sobre colgar a los estudiantes por los tobillos.

— ¿Qué sucede? — le preguntó a Harry, cuando estaban a cinco metros de la puerta de la mazmorra de pociones. Estaba preocupado, le gustaba dejar en ridículo a Potter, por eso era antipático.

—El director — repuso con frialdad —, mandó a llamar a varios de los de la Orden. Se veía molesto y apurado.

Subieron hasta el segundo piso, donde se encontraba el horrible pajarraco que protegía la entrada a “la casa” del director.

—Panqueques con manjar — se apresuró a decir Harry, que en este caso, estaba siendo un guía para Sev. Subieron la escalera de caracol, y sin tocar la puerta, entraron.

Adentro estaba Anna, Minerva, Granger y Weasley, y había otra persona más que lloraba desconsoladamente en un sillón. Era una mujer rubia, tenía la clara cubierta con las manos y sollozaba fuertemente.

—Severus — llamó McGonagall con voz de ultratumba. La mujer del sofá, se paró de inmediato al oír el nombre y se abalanzó con violencia sobre él.

— ¡Maldito, tú tienes la culpa, tú…!

— ¡Narcisa! — gritó Dumbledore con su potente voz. Minerva la apartó con mucha delicadeza.

— ¿Narcisa? — indagó desconcertado el de nariz ganchuda.

— ¡Sí, quién crees!

— Minerva, hazme el favor de darle una taza de té. Severus — dijo el vejete, volviéndose a él —, Draco Malfoy ha escapado.

Cuando Snape oyó eso, creyó que era una broma. Tardó en procesar aquello por sus neuronas ¿Pero cómo podía ser? Eso era insólito.

—Pero eso es casi imposible… —farfulló.

—Tú lo has dicho, CASI. Los completos y detallados libros de la biblioteca le revelaron como deshacer el encantamiento Antidesaparición del colegio.

— Pero, ¿cómo lo saben? ¿Lo han buscado?

—No fue a mi clase — dijo Anna.

—Ni tampoco a la de Transformaciones — rezongó Minerva.

—Y no asistió a la de Encantamientos — se afligió Granger.

—Y yo revisé en mi mapa, y no lo vi por ningún lado — adujo Potter, señalando un viejo pergamino, que él ya lo conocía también, y sabía para que servía. Era infalible, terminó por convencerse. Era obvio que había cumplido el plan que quería, y que nunca le había logrado sonsacar.

— Finalmente, descartamos todas las ideas imposibles, y se me ocurrió aparecerme en mi despacho — dijo Dumbledore — (en esos momentos estaba en su búsqueda), y me materialicé. No sé cómo lo ha logrado, ha de parecer que lo ha practicado por mucho tiempo.

— ¡Mi hijo, mi hijo! ¡Quiero a Draco! — gritó Narcisa, dando una pataleta, fuera de sí, en la silla del escritorio del director.

— Lo encontraremos, Narcisa — le apaciguó Albus, con pesadumbre. — Ahora quiero que ustedes vayan a sus salas comunes y nos…

—¡Aaahh! — gritaron al unísono dos voces diferentes, pero llenas de dolor. Sev se agarró con fuerza la muñeca, queriéndose apretar la cabeza también. Anna había sido la otra persona que había chillado, y estaba con el mismo semblante de sufrimiento en la cara, tomándose con firmeza la muñeca. Las seis personas restantes del despacho estaban observando atentamente, y con un dejo de asombro y temor.

El dolor cesó. En esos quince segundos del dolor de cabeza y del escozor que se le había producido a Severus en el antebrazo izquierdo ya le habían caído gotas de sudor de la frente. Había tenido una visión, también. Voldemort estaba hablando a todo pulmón a un montón de seres encapuchados y con máscaras en un gran terreno, detrás de una mansión.

— Era… —gimoteó Konnda sin completar la frase, mirando a Sev.

—…la señal — terminó él. Sus ojos se salieron un poco de las órbitas —la Guerra dará comienzo.

Dumbledore no se impresionó ni asustó, ni gritó, ni lloró.

—Lo supuse. No hay tiempo que perder. Minerva, por favor, avisa a la Orden, y dile que se aparezcan en Little Hangleton, ¿no Severus?

—Sí, señor.

—Bien, este… Harry, Ron, Hermione, dedíquense a difundir a todo el colegio la noticia, y vean si pueden reclutar a gente preparada, que cuenten con los permisos de los padres.

Los tres asintieron, y más aún Granger, que estaba muy pálida.

—Cuando tengan a la gente lista, aparezcan en el Valle de Godric. Estoy seguro que Voldemort no jugará limpio, y se le ocurrirán otros lugares, y ustedes ahí, por el momento estarán seguros hasta que alguien llegue a buscarlos si los necesitamos. Menos, tú Harry, tu te vas de inmediato al Valle. “Pobre Potter”. Por primera vez Severus Snape sintió lástima por él, y era el momento perfecto para hacerlo.

—Y tú, Severus y…

—Pero director — interrumpió Weasley con las orejas coloradas —, nosotros prometimos a Harry acompañarlo hasta el final.

Dumbledore sonrió armoniosamente y asintió. A Ronald se le inflamó el pecho de orgullo.

Severus no comprendía esas cosas, tan profunda de la amistad. Nunca había hecho nada por Lucius, y él tampoco por él, salvo meterlo en esta estupidez de los Mortífagos. Pero no pudo evitar sentir una admiración por Weasley y Granger, que tanto tiempo habían sido insultados y disminuidos por el. Admiraba su valentía.

— Ustedes dos, entonces — señaló a Sev y a Anna — llevarán eso — apuntó un enorme paquete cuadrado (más grande que una persona de tamaño normal) envuelto en periódico — a la recepcionista de pelo azul que está en el Ministerio de Magia, en el Atrio. ¡A trabajar!

Dio un aplauso, y cuatro personas desaparecieron —aprovechando que el encantamiento que protegía al colegio ya no estaba —, los tres muchachos Gryffindor y McGonagall.

— Narcisa, quiero que te quedes aquí — la mujer no contestó, seguía con la cara entre las manos, lagrimeando.

Snape, junto con Konnda, tomaron el gran objeto entre los dos.

— ¿Sabes dónde está el Ministerio? —sonrió con ironía, lanzando fuego por los ojos.

—Por supuesto. Sabes perfectamente que en algún momento viví aquí — contestó con la misma antipatía, la mujer.

—A la cuenta de tres, entonces. Uno, dos, tres.

Los dos cuerpos se esfumaron del lugar.

Aparecieron detrás de la cabina telefónica. Con rapidez se metieron allí, sin mirar antes hacia todas las esquinas y rinconzuelos. No se hablaban, y esta vez no era por el rencor que despedían, sino porque no había tiempo, y cuando dos personas están preocupadas por una razón, se pueden comprender solo con los movimientos. 

Sev marcó de inmediato 62442 — el código de activación del “descensor” (imposible decir ascensor cuando lo único que iba a hacer era bajar).

— Bienvenido al Ministerio de Magia. Por favor, diga su nombre y motivo de la visita — indicó una gélida voz proveniente del teléfono.

—Donna Keith — dijo Snape recordando el nombre registrado de Anna — y Severus Snape, encomienda personal.

Dos chapas redondas salieron por el devuelve— monedas.

—Gracias, visitante…

Sin perder el tiempo se pusieron las chapas en cualquier lugar — estaban apresurados — y el descensor bajó, obviamente.

Llegaron al Atrio y se dirigieron al final, donde estaba una recepción con una delgada mujer de cabello lacio y azul, La gente del personal caminaba para todos lados, subiendo y bajando por los lujosos ascensores, sin haber reparado en la presencia de los dos extraños. Dejaron el bulto encima del mostrador, la mujer los miró.

—Gracias — susurró — váyanse.

Bastó la voz para saber que era Nymphadora Tonks detrás de todo ese cambio anatómico.

No discutieron, regresaron por donde habían llegado, y apenas estuvieron bajo el cielo color gris amoratado, desaparecieron y reaparecieron en Little Hangleton, donde casi dos meses antes habían estado también.

Luces, rayos centellantes, alumbramientos, brillos, relumbros, resplandores, colores, esencias, explosiones, gritos, había en el lugar. La batalla ya había comenzado, sin previo aviso de ninguno de los de la orden. Habría más de doscientos, quizá cien de cada bando, contando los heridos y los muertos que estaban en el suelo. Severus no pudo distinguir si eran del bando de la Orden o de los Mortífagos.

No hubo tiempo para decisiones ni preámbulos, pero sí recordó que su planchada túnica que iba a ocupar para luchar nunca la alcanzó a ir a buscar, pero qué importaba. Se sacó la gruesa capa que llevaba, dejándola en el suelo y se lanzó a la lucha. Miró hacia el lado, para aunque sea desearle suerte a Anna Konnda, pero ésta ya no estaba. ¿Había desaparecido o se había lanzado a la sangrienta lucha?

Un rayo morado le pasó rozando la mano en la que llevaba la varita, quemándole un poco.

No distinguía a nadie, a pesar de todos los destellos que se producían.

— ¡Eh, Snape! — gritó una voz conocida. Era Annelisse.

— ¡Sectusempra! — gritó simplemente, y se escabulló. Quizá no había resultado bien el maleficio, pero no tuvo tiempo de escoger nada. Le pilló por sorpresa. Además, era la hora de que se declarara del bando de Dumbledore.

Por fin encontró a un Mortífago, y se puso a luchar con él. No lo conocía, pero se podía afirmar que era terriblemente feo, incluso con la máscara se sabía que su cara estaba deformada.

— ¡Desmembredus! — gritó el contrincante.

— ¡Protego!

El encantamiento desmembrador de dedos se le devolvió hacia la mano derecha y cinco cosas parecida a una lombriz muy gorda se cayeron al suelo. El hombre gritó agarrándose la mano y mirándosela con miedo.

Lo abandonó también, y siguió luchando con otros. Empezó a acostumbrarse, y por suerte le tocaban desconocidos. Pero no todo era color de rosa.

— ¡TRAICIONERO!

Julius apareció entre dos Aurors y se dirigía derecho a él.

— ¡Atacaste a Annelisse! ¿Estás de mente? ¡Estás ciego, o qué!

—A veces, idiota, tenemos que arriesgar el pellejo por las cosas que queremos. ¿Te das cuenta de lo que te digo?

Julius se quedó pensando un momento. Sev podía percibir el agrio olor de su boca, había estado bebiendo otra vez.

—Eres… estás… ¿de parte de Dumbledore?

—Sí.

—¡Ava…!

—¡Alareba! –se le adelantó Sev.

El moreno Julius se llevó las dos manos a la garganta y se puso morado. Se estaba ahogando. Sev corrió entre la multitud para atacar a otro.

Perdió la noción del tiempo, pero mucho rato estuvo peleando, lanzando maldiciones y hechizos, pero aún no decía un Avada Kedavra, no había sido necesario.

— ¡Nuevos puntos de lucha! — gritó una voz potente cuando solo quedaban aproximadamente sesenta magos de la Orden. Habían logrado vencer el lugar, y gracias a las Barbas de Merlín Sev estaba sano. Podía seguir.

Miró a su alrededor, y no vio a Anna.

— ¡Los de la Orden del Fénix vayan al Valle de Godric y los aliados diríjanse a Hogsmeade, que los Mortífagos lo están destruyendo!

Sev cerró sus ojos concentrándose en el Valle. Por una fracción de segundos se sintió flotar, y al momento siguiente estaba en otro frío escenario de Guerra.

Se materializó al lado de una mujer muerta. Había sido atacada por la Maldición Asesina, de eso no cabía duda. La miró bien para asegurarse de que no fuese ella… porque…

— ¡Desdanteo! ¡Protego! ¡Oftaex! ¡Crucio! ¡Glacius! ¡Firegold! ¡Rasgueo!

Esta pila de maldiciones y encantamientos salieron de la boca durante cinco minutos de pelea con Alecto, que también se había dado cuenta de su engaño. Y aparte de las maldiciones, no paraba de gritarle insultos por su deslealtad a Voldemort.

Sev sí tenía miedo, pero nunca había sentido tanto alivio por estar de parte de un solo bando. No era un cobarde, después de todo.

—¡Expecto Patronum! ¡Expecto Patronum! —gritaba a los sombríos dementores, que de repente habían aparecido.

Voldemort todavía no hacía acto de presencia, seguramente estaría luchando con Harry Potter, y entre medio de toda esa multitud nada se distinguía. Y ella, aún no estaba. Quizá ya estaba… No. Si fuera así, lo sentiría.

Ya que no la usaste tú, la uso yo. Espero que te encuentres bien. Qué problema el del encantamiento antidesaparición, Dumbledore la volvió a restablecer… ¡Oh no!

En el pequeño pueblo mágico corría la sangre por todas las orillas de la calle. La misma gente que no iba a luchar y que por supuesto no estaba invitada a participar, había sentido la obligación de salir de su escondite y desenvainar la varita de los pijamas. Pero los Mortífagos allí, ganaron, y apenas supieron de su victoria, aparecieron por sorpresa — cerca de cincuenta — en el Valle. En total, había cien Mortífagos más, y la mayoría estaba bien, sin ningún rasguño.

— ¡Encadneo! — gritó Severus a Amycus, siendo amable y sola encadenándola firmemente.

La Orden estaba completa aún, pero muchos de los aliados no habían resistido.

Fuertes, seguimos juntos

Fuimos presos, pero no fallamos

Estamos de vuelta

De nuestra cárcel

No nos cansaremos, a los sangre sucia,

Muggles e intrusos mataremos

Porque nosotros somos Mortífagos

Voldemort es nuestra ley, por él nos regimos.

Diferentes voces fueron cantando esa canción. Todos, incluso los Mortífagos dejaron de pelear y un “Lumos” general salió de todos, para apuntar a los recién llegados.

Rodolphus y Rabastan Lestrange, Avery, Crabbe, Antonin Dolohov, Judson, Macnair, Mulciber, Nott y Rookwood, diez Mortífagos sentenciados a Azkaban habían sido liberados. Y alguien los iba dirigiendo: nada más y nada menos que Draco Malfoy. Así que eso era lo que había planeado el muchacho durante todo el año.

¿Pero no faltaba alguien? ¿Y Lucius? No lo habrán matado, ¿o sí? Sev pensó todo esto en un segundo. El ataque comenzó otra vez. Quizá eran cincuenta contra ciento cincuenta. Todos estaban ya entrando en desesperación. No había rastro de Potter y Voldemort. Ni de Dumbledore, ni Nymphadora Tonks ni Mundungus Fletcher.

De un momento a otro los Mortífagos parecían ir ganando. Las esperanzas se estaban acabando y varios dementores besaban a los magos para quitarle el alma. Y el número incrementó: gigantes, licántropos y vampiros aparecieron; Severus no se rindió, siguió luchando, pero en algún momento le iba a tocar su turno de ser atacado.

Bellatrix Black corrió hasta Severus con una mirada de asco y locura.

—Siempre lo supe.

—Pero Voldemort nunca te hizo caso — contestó él con descaro, sin temer al nombre, por primera vez en su vida.

— ¡No pronuncies su nombre, asqueroso! ¡Crucio!

Esos fueron los minutos más desagradables de su vida. Y la verdad que fueron segundos, pero se le hicieron una eternidad al estar retorciéndose. “Para, maldita… para”.

Apenas tenía tiempo para pensar, solo rogaba, y se retorcía, sintiendo como si le clavaran alfileres en todo el cuerpo, teniendo calambres y quebraduras de hueso.

Bellatrix paró, y aprovechó de patearle la cara, el pie y el brazo. Esa mujer tenía una fuerza increíble cuando estaba furiosa.

Lo dejó tirado, no lo había matado. “Pero Voldemort lo hará”. Le sangraba la boca y la nariz, por suerte no le había volado los dientes. Se puso en pie con mucha dificultad, le habían fracturado el pie y le dolía el brazo.

Trató de luchar nuevamente, pero no tenía la fuerza psicológica suficiente. Estaban decayendo, moriría. Estaba muy cansado, muy débil, había luchado ya con muchos… le costaba respirar.

¡PUM!

Una aparición cerca del, y luego, una voz fría y potente, la cual marcó el límite de su vida y su muerte, o eso creía. Se acomodó hasta quedar sentado, y miró con descaro a Lord Voldemort, el cual irradiaba furia por los ojos, y por todo el cuerpo. Severus se comenzó a sentir más descompuesto que nunca. Tenía ganas de correr, de salvarse, pero eso era ya imposible…

—No… —siseó el Señor Oscuro, con la varita temblando —, Julis me lo contó todo, y no… no toleraré… ¡Te daría un discurso, Snape, pero creo que ya no te puedo dar tiempo de nada! ¡Avada Ked…!

—¡Eh, Voldemort! ¡Maldito cobarde! — gritó de pronto una voz conocida. Sev con dificultad, y viendo nublado dirigió la mirada hacia un muchacho, a unos veinte metros de distancia. Sabía que era Potter. Pero qué habría dado en ese momento por oír la voz de Anna.

Voldemort miró furioso a Potter, y solo le advirtió a Severus:

—Quizá no sea yo el que te mate esta noche, aunque lo mereces, bastardo.

—No me hable usted de bastardos…

—Ya verás, Snape, que a Lord Voldemort nunca se le traiciona… —volteó tras un susurro de su capa y desapareció junto con Potter, quién sabe a donde, a luchar.

¡Era un milagro! Solo dos segundos transcurrieron desde ese terrible pensamiento de rendición. Potter había hecho eso para llevárselo de ahí, y aunque no lo hiciera para salvar a Sev, se habría atrevido a besarle los pies para agradecerle.

El valle de Godric nunca había tenido tantas personas al mismo tiempo. Por fin apareció Dumbledore con los otros dos (Tonks y Fletcher) a cada lado. Y al lado de Tonks iba otra persona. Y detrás de ellos, iba más gente. Y detrás de esa gente iban licántropos. Y detrás de esos licántropos, gigantes, especialmente Hagrid, Madame Maximé y Grawp, el hermano menor de Rubeus.

Algo renovador le nació en el pecho a Severus. Quizá era la Esperanza. Doblegaron al bando contrario. No se preguntó de dónde Dumbledore había sacado tanta gante de la nada, se dedicó a luchar otra vez.

—Episkey — se autolanzó a la nariz quebrada y sangrante.

Lucharon, pelearon, gritaron, murieron, lloraron.

El grupo de Dumbledore había servido como escudo, terminaron muriendo todos, excepto uno, pero redujeron a más de la mitad de los Mortífagos.

Voldemort y Harry aparecieron urgidos en Godric Gryffindor, al centro de todos. Potter parecía débil, y Voldemort estaba perdiendo la paciencia. 

Nadie intervino ante eso, ni siquiera el mismo Dumbledore, era Harry Potter, él quién tenía que destruirlo.

Severus se apoyó en el tronco de un árbol quemado.

—Jamás me vencerás, Potter, hagas lo que hagas — dijo la fría voz.

—¡Destruimos todos tus Horrocruxes, Tom! ¡Es mejor que te rindas! — voceó Dumbledore, que estaba a cinco metros de distancia de Harry.

Severus, estando desde allí pudo distinguir que los rojos ojos de reptil se le habían puesto como plato ante aquella revelación.

— ¡Aplástalo ya, Harry! — dijo la voz de alguien. Y hace tiempo que no la oía, pero supo de quién era. No supo se sentir odio o alegría.

— ¡Mataste a mis padres, es tu hora, Tom Riddle! — gritó Potter fuera de las casillas — ¡AVADA KEDAVRA!

Para todos, esto ocurrió en cámara lenta. Un rayo verde iba directo al pecho de Voldemort. Él alcanzó a reaccionar, pero no se movió del lugar, sino que gritó un “Avada Kedavra” también, aunque no dirigido a Harry, sino que a Albus Dumbledore.

—¡Noooooooooooo! — gritaron muchas brujas y magos, incluido él, despegándose del árbol.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Voldemort cayó esta vez, no se esfumó, sino que cayó muerto. Y Albus Dumbledore también había sido asesinado. Cayó igualmente que él, como un saco de papas.

Las lágrimas se le secaron y volvieron a brotar. No sabía si eran de felicidad o tristeza.

Potter Cayó arrodillado, y se le aproximó su revivido padrino: Sirius Black, el que lo había alentado a pelear con sus frases.

Nuevamente su mente se ponía en funcionamiento, y comprendió que Dumbledore había estado averiguando como hacer vivir a los muertos del velo. Pero no eran Ínferis, eran personas… vivas. De ahí eran los magos que habían llegado a pelear.

—Todo ha terminado — dijo en voz alta, sin temer a que nadie lo oyera — ¡Todo ha terminado!

Muchos se empezaron a aproximar al muerto Dumbledore.

—¡ No ha terminado todo, todavía! — gritó un hombre, tal vez a quince metros de él.

Los magos voltearon otra vez, y miraron a Severus y a…

Lucius lo apuntaba con la varita.

—Solo fui a despedirme de Narcisa, que supe que estaba en Hogwarts, como sé que es mi última noche, y sé que es la tuya también.

—Lucius… —tartamudeó Sev, sin poder creerlo.

— ¡No me llames por mi nombre, traicionero bastardo! ¡Sabía que no éramos amigos, pero una mentira como esta…! ¡NO SE MUEVAN, O LO MATO! — gritó a todo el mundo, que estaba aproximándose a Severus y sacando las varitas y gritando — De todas maneras morirá igual — agregó, mientras todos estaban quietos como piedras — ¡Avada Kedavra!

Un cegador rayo verde iba hacia él. Cerró los ojos.

—¡Asqueroso cerdo, puerco maldito, nooooooooooooooooooooooo! ¡Nooooooooo!

Un grito único atravesó el campo, y quizá era el efecto de ya sentirse muerto, pero ruido como de cascabeles… o tal vez latas… ¿o metal? Sonaba en sus oídos, acercándose.

Abrió los ojos.

—¡NOOOOO!

Cuando miró delante del, no vio ningún rayo, sino que a una persona con un montón de placas de plata puesta en el cuerpo, un ser realmente deforme, parecido a un robot, interponiéndose entre el rayo verde y él.

¡Clin, Paf!

Anna Konnda cayó al suelo… ¡MUERTA!

Se aproximó de inmediato hacia su cuerpo inerte, sin hacer caso a los otros magos, que se estaban dedicando en ese momento, a capturar a Lucius, su casi asesino. Y Anna. Anna… Muerta…

— ¿Anna? ¡Anna! ¡DESPIERTA, ESTÚPIDA, NO ME HAGAS ESTO! — gritó, rezongó, aulló Severus zarandeándola de los hombros con ímpetu —¡ME PROMETISTE QUE ESTA COSA ERA INFALIBLE! ¡ERES UNA TONTA! ¡Me volviste a mentir!

Konnda abrió un ojo y torció levemente la boca para sonreír.

—Lo… siento… no sabía que… esto quitaba tus fuerzas… Pero… estoy viva… no me equivoqué… no me muevas… Y me pegué en la cabeza… lo sien…to… y no me sigas tratan… do de men… tirosa, que no… lo soy…

Era la hora de dejar de ocultar sus sentimientos. Era la hora de dejar de ser un idiota como lo había sido toda la vida:

— Te amo — le atajó Severus acariciándole la cara como un maniático, sin dejar que ella siguiera defendiéndose de la dosis de insultos —, te amo Anna Konnda.

Hace tiempo que quería decir eso, y se había privado por muchas imbecilidades. ¿Cuántas veces uno tropezaba en la vida?

A la mujer se le cayeron un par de lágrimas.

—Yo… te amo también, no sabes cuan feliz…

No completó la frase, Severus ya había atinado a besarla. Besarla como nunca lo había hecho. Besarla como nunca había besado a una mujer. La amó en ese momento, más que nunca antes. Lo había salvado, había arriesgado su vida por él.

— ¿Me perdonas? — dijo Severus, llorando a lágrima viva, sin tener vergüenza, con ella, ya a nada le temía. Ella también lloraba.

—Por supuesto…

Severus Se miró el antebrazo izquierdo. Su marca ya no estaba. Miró con cuidado el brazo de Anna, y se había esfumado también. Por el momento a Sev le dieron ganas de saltar, gritar, reír, pero no estaba con las fuerzas suficientes como para intentarlo. Sólo se limitó a dirigirse a la mujer que tenía a su lado.

—Todo acabó.

— Todo acabó — asintió ella, y quedó inconsciente.

Había sido todo tan simple. Había sido todo tan impactante, que parecía un cuento de hadas, de esos bonitos, que a veces llegan a ser increíbles de lo tan irreales que son.

El mundo mágico volvería a la normalidad. Quedaban, sin embargo, muchos funerales a los que atender. Anna Konnda sepultaría a Donna Keith, en cuanto al nombre, porque, en realidad, nunca fue otra persona. Estas cosas las pensó amenamente, sin tener algún tipo de urgencia. 

Sev abrazó a Anna, con el último grado de fuerza, y cayó dormido, al igual que ella, muy adolorido, pero con una sonrisa en los labios.