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Historia 24978 — capítulo 20

CAPÍTULO 19: DESCUBRIENDO LA VERDAD

El alba estaba aproximándose, así que debían apresurarse para que, los pocos alumnos que estaban allí, no se percataran de su sospechosa llegada. Aunque no hubiera nadie en el castillo, debían mantener la cautela.

—Lo seguí, profesor, desde que fue a las cocinas —reveló Draco, mientras caminaban cuesta arriba por el sendero, como si fuera algo gracioso.

—No te he pedido que me hables, Draco —le espetó Severus, sin procurar ocultar su enojo.

Tenía unas ganas tremendas de propinarle un golpe por entrometido, pero no podía agredirlo, se supone que no había razón para hacer eso.

—Pero yo le cuento a usted, profesor que los seguí —continuó dándose aires de superioridad —, yo también sabía donde estaba el lugar del Señor de las Tinieblas, y tuve la corazonada de que podían estar allá. Me llevé una gran sorpresa cuando lo vi con la profesora, nunca pensé que ella se dedicaría al trabajo de Mortífaga…

—Cállate Draco… cuando llegue le quitaré algunos puntos a tu casa, por meterte donde no debes, mocoso, aunque sé que los puntos no valen nada.

—Si les quitas puntos, será sospechoso —defendió Sev, alarmado. No quería que restaran los puntos que con tanto trabajo, los estudiantes de Slytherin los ganaban.

—Bueno, no se los quitaré por habernos seguido, sino por haberme llamado “vieja loca”.

—Es que lo parece, en serio… —le lanzó Draco, con una maliciosa sonrisa.

Entraron silenciosamente por la puerta principal, siendo observados desconfiadamente por los cuadros que colgaban en el vestíbulo. Recién ahí se dieron cuenta de lo empapados que estaban por la nieve y los sucios, por la tierra.

—Te llevaré a tu sala común, Draco, para asegurarme de que entres y no me andes siguiendo otra vez.

—Bien, y yo te digo, Malfoy, veinte puntos menos por tu insolencia — le reprochó Donna al rubio.

— ¿Qué? — saltó Severus ¡veinte puntos eran demasiados por decir la pura y santa verdad! — Keith, te estás sobrepasando.

— No aguantaré que nadie me llame loca, adiós.

— Mujeres… vamos, estúpido.

Tal como dijo Sev, fue a dejar a Malfoy júnior a la desprotegida pared de las mazmorras, y se quedó allí hasta que vio cerrarse nuevamente el pasadizo.

Volver a estar en su dormitorio, fue lo más agradable del mundo: se dio un largo baño de espuma morada, comió de las provisiones de su mochila, se puso el pijama — aunque eran ya las siete de la mañana — y durmió lo más que pudo, porque el cansancio era terrible, terrible ¡terrible!


Por suerte, solo cuatro personas sabía todo lo que había ocurrido en tal misterioso viaje —Severus, Donna, Draco y Albus —, y otro sólo sabía que “viajarían”; ése otro era el profesor Flitwick, quien se extrañó mucho ver a la cena del mismo día que llegaron a dicha SUPUESTA pareja. Keith estaba totalmente desconcertada a los comentarios de Filius.

—Como dije, las parejas de hoy en día se esfuerzan en ocultar su amor.

Dumbledore solo sonreía con los ojos.

¿Qué podía contestar él? Realmente eso era absurdo, así que se le ocurrió una idea mejor, pero mucho más drástica, así que fingió estar muy apenado, pero mantuvo su tono impasible.

—Con Donna, rompimos.

—¿Qué? — exclamaron tres voces al mismo tiempo. Los pocos alumnos que estaban en la mesa miraron sorprendidos. Como en tercer año, habían comido en una sola mesa, para estar más unidos.

—O sea, quiero decir, sí, terminamos — completó Keith con el entrecejo fruncido —. Nos dimos cuenta que lo nuestro no estaba funcionando para nada.

—Sí, así que tuvimos una gran discusión y nos vinimos, pero ya… ya aclaramos las cosas, y somos muy amigos.

—¡Oh!

Los estudiantes, gracias a Merlín, habían vuelto a sus platos, conversando alegres, así que no habían oído absolutamente nada.

Acabaron de cenar, y nuevamente Donna siguió a Severus, aunque esta vez, no fue para discutir ni nada, solo para aclarar dudas.

—Nunca me contaste lo de nuestro fingido noviazgo —replicó con una sonrisa.

La luz de las antorchas del pasillo, hacían ver cara de tono anaranjado. Estaban solos.

— No tenía que por qué decírtelo, por cosas tan irrelevantes como esa, no me preocupo ni me acuerdo.

— ¿Irrelevantes?

—Sí, i-rre-le-van-tes, una palabra de cinco sílabas, por si no comprendes — se aproximó a ella, como amenazándola. Sus caras estaban a centímetros, pero ella no se dejó intimidar.

—¿Estás enojado por los 20 puntos? —inquirió Donna Keith, no pasando desapercibida cuando le miró los labios a Severus.

— Estoy enojado conmigo mismo — declaró apartándose repentinamente.

— ¿Y por qué, si se puede saber?

Sev no contestó a la pregunta, y siguió su camino al despacho. Fue reprochándose mentalmente: ganas de haber besado Donna, no le habían faltado.

Las vacaciones de navidad se fueron muy luego; el tiempo otra vez comenzaba a pasar rápido, de hecho, Severus, no estaba disfrutando el año, aunque, la verdad, nunca los disfrutaba. Para ser franco, el trabajo de profesor había sido su única posibilidad de redimirse, y si hubiera tenido alguna otra opción, la habría escogido. Quizá algo que tuviera que ver con viajar por el mundo.

Enero estuvo aún más congelante que los anteriores meses, por lo general el paisaje estaba cubierto de un manto blanco, el calamar gigante palpaba por debajo del agua la pista de hielo que se había formado — los estudiantes salían a patinar y a lanzarse bolas de nieve —, los vidrios estaban empañados, el cielo constantemente negro, los estudiantes de séptimo año tremendamente estresados por los EXTASIS, y los de quinto por las MHB.

Cada cinco minutos, Sev, tenía que estar reiterando a los de quinto de que si no tenían un Extraordinario en el examen de pociones, estaban asegurados a no tener más clases con él. Pero eso a muchos les aliviaba, todos lo detestaban. Pero, a algunos, por mucho que lo odiaran, no les convenía no tener pociones: eso quitaba la posibilidad de estudiar muchas carreras.

Y también tenía que hacer lo mismo con los de séptimo.

—Potter, si no haces correctamente la poción, te juro que haré imposible tu ingreso como Auror al ministerio. Y, Weasley, deje de estar mirándole el cabello a Granger, te prometo que hasta ahora no le he visto piojos.

Hermione, al oír el comentario, se puso roja como tomate y lanzó una mirada de reproche a su compañero… o por lo que dudaba Severus, novio.

—Y también le tengo una advertencia a usted, señor McMillan, sus esfuerzos de estudios de ocho horas diarias no le servirán de nada si NO sabe preparar una simple poción matalobos.

Pero Snape no era el único que maltrataba psicológicamente, como era de suponerse, la profesora McGonagall — a quién conocía de muchísimos años atrás, y siempre había sido así — gritaba cada cinco minutos a cada uno para que repitieran el conjuro para convertir un burro en un corcel.

Todas las noches, Sev, miraba hacia un rincón de su cuarto, donde estaba el horrendo maniquí con la ridícula armadura que le obsequió Keith casi dos meses atrás. Estaba intacto, pero si se trataba de miradas, por lo menos habría unas cien huellas de ojos. Sin embargo, no tenía idea de lo que se le avecinaba ahora, el otro regalo, que quizá… no sería tan malo comparado con ese traje. Para nada.

Llegó el día menos celebrado de todos (por él): el día de San Valentín. No recibió regalos, no envió, ni pensó enviar, ni tampoco le pensaron mandar. Por los pasillos habían estandartes que deseaban un buen día para todos, y de seguro el Salón de Te de Madam Pudipié estaría, incluso a esas tempranas hora de la mañana, abarrotados por estudiantes besándose apasionadamente y con querubines flotando sobre sus cabezas, lanzando confeti como si fuera lo más emocionante del mundo.

Pero no solamente aprovecharían esa ocasión para disfrutar a sus novios y novias, sino, que se haría una fiesta nocturna, con baile y una buena comilona. No obstante, agradecía la falta de enanos alados, como los que había contratado Gilderoy Lockhart hace cinco años atrás.

Llegó la hora de la cena, y como no podía quedarse en el despacho muriéndose de hambre… no le quedó otra.

Dejó su despacho cerrado con un encantamiento imposible de saber — quizá a algunos graciosillos les interesar buscar un lugar tranquilo donde estar, como una mazmorra—, y subió a paso rápido pero inseguro.

—Pensé que irías por la comida — dijo una voz conocida tras él.

—Es obvio, sabes que detesto las fiestas…

—Yo creo que será divertido, aunque sea bailar un poco…

—Eres obstinada, ¿eh Donna? Te dejo, porque me estás volviendo loco…

No quiso ser grosero con ella, pero siempre le trataba de convencer de cosas imposibles, ya fuese asistir a fiestas, bailar o compartir con otra gente. Pero, de todas maneras, ese “porque me estás volviendo loco” no se refería solamente a una cosa mental. Quizá, su corazón latía más rápido cuando la veía.

Cuando entró al gran comedor, se llevó una gran sorpresa: las mesas habían sido sustituidas por unas redondas, grupales, para seis personas, y lo bueno de eso, era que donde estaba Dumbledore, había un puesto más, que en ese momento, estaba completamente destinado para él. Se sentó con en director, más McGonagall, Flitwick, Aurora y Sprout. Y en el puesto donde se sentó Donna tres minutos después, estaban Hooch, Vector, Hagrid, Madame Pomfrey e Irma Pince. “El grupo de los rezagados”, pensó con maldad. Según él, esos eran los profesores a los que menos respetaban. Pero como no conversaba con casi ninguno de esos, no sabía que en realidad eran muy bien estimados. Más que él, muchísimo más.

Dumbledore se puso en pie para dar comienzo a la celebración.

—Brinden, bailen, coman, pero por favor, ¡no se emborrachen! Feliz día de San Valentín para todos.

El barbudo director se sentó y de inmediato cogió el menú para pedir la orden, esto indicó a todos que era la hora de cenar.

Sev miró a su alrededor mientras se metía cucharadas de budín de calabaza a la boca. Cómo le apestaba estar en ese tipo de celebraciones, no estaba hecho para el día de San Valentín, ni menos para acciones románticas, ni para mujeres, ni nada de eso. A los treinta y siete años… En fin, la cena transcurrió con tranquilidad para él, y a la vez con fastidio, mientras tanto para los alumnos, que muy enamorados sacaban a bailar a sus parejas a la pista, era como esta en la eterna felicidad, un sentimiento momentáneo, claro, porque la felicidad inacabable, no existe. Miró hacia la mesa donde estaban el personal restante: Donna estaba sola, bueno, la verdad estaba con Peeves (que volaba sobre su cabeza). Algo se decían entre ambos, pero era como si estuviese sola. Todos los demás se habían ido a bailar. 

—Minerva — Dumbledore se dirigió con voz potente a la subdirectora —¿me concedes una pieza?

Los seis platos de la mesa estaban limpios. Todos habían comido, pero Severus era el único que no saldría a bailar.

—Claro, vamos, Albus — aceptó muy contenta la invitada.

Poco después los tres profesores restantes fueron a unirse a la comparsa en medio del salón.

Tan solo cinco minutos de aburrimiento, acompañado de bostezos, transcurrieron en el reloj, casi quedándose dormido, cabeceando, y de vez en cuando observando con envidia a los alegres bailarines, hasta que vio algo que hizo que su cuerpo se pusiera en movimiento nuevamente. Donna Keith estaba riéndose a carcajadas, sola, intentando pararse de su silla, tambaleándose y afirmándose el estómago con una mano.

¿Qué demonios le pasaba? La mujer, apenas, y aún riéndose estridentemente — de todas formas, nadie estaba atento a ellos, al fin y al cabo todos reían igual de fuerte, gritaban y saltaban (y se besaban) — caminó hasta la puerta del comedor, para salir de allí. Sev, extrañado, se levantó rápidamente y se dirigió a la mesa en que estaba ella antes, para inspeccionar si algo extraño había. Quizá Peeves le había hecho algo, pero eso era imposible, ese bufón no utilizaba varita.

—Mmh… —farfulló mirando la mesa — cerveza de mantequilla… alhelí… —empezó a leer cada una de las inscripciones de las botellas, con la mano en la barbilla — cerveza de mantequilla — volvió a leer, y cayó en la cuenta. A la velocidad de la luz le llegaron unas palabras al cerebro “…me hace mal la cerveza de mantequilla, aunque no lo creas, me emborracha…”

¡Eso era! Seguramente Peeves le había hecho alguna trampa o broma, porque Keith no habría sido capaz de beber cerveza, a sabiendas de que iba a curarse. Trotó con premura hasta la puerta, y a mitad de camino, entre bamboleos iba la profesora de Defensa, cantando a todo volumen…

—Los… pollitos dicen… ¡HIP! Pío… pío…

—¡Donna! — le gritó el hombre de cabello lacio y negro, caminando a paso de avestruz.

Se volteó afirmándose de la pared de piedra y lo miró con los ojos entrecerrados, aún estando a tres metros de distancia.

— ¿Por… por “gué” no me dijiste que “denías” un “herbano” ge… gemelo, Severus?

— ¿Qué? ¿Hermano gemelo? — exclamó Sev con exasperación. No había bebido ni un vaso y estaba totalmente ebria. Que viera doble era un muy mal indicio.

—Pero… ¡hip! Si hasta hablan i… ¡hip! Iguales…

—Keith — la tomó del brazo, jalándola suavemente para hacerla caminar hasta su despacho.

—Oh, vamos… deja que me quede aquí… —empezó a rogar la maestra caminando a la fuerza.

—Estás borracha, Keith, a menos que quieras que te deje aquí y hagas ridiculeces delante de todos los alumnos — le espetó Snape con frialdad, soltándola.

—Nah… ¿por qué te pones así, Severus? — le indagó ella aproximándose a él tontamente. Se le sonrojaron las mejillas misteriosamente, como si el alcohol de la cerveza se le hubiese subido a la cabeza.

—Vete a tu despacho.

—No quiero, quizá podamos hacer algo entretenido entre los dos. Te vi, allá dentro, en el baile, con la cara de aburrido… y eso me dio ataque de risa — confesó con una amplia sonrisa en los labios, haciendo que la sangre se le agolpara más en las mejillas.

No supo como, ni por qué, ni el destino, ni la razón de aquella acción, ni absolutamente nada de ese momento. Lo que podía asegurar es que nunca se había sentido tan bien como esa vez, esta vez.

Lo que ocurrió, entonces, en ese segundo, o tal vez minuto, en ese momento Sev perdió la noción del tiempo, fue muy… indescriptible de sensaciones, pero sí de acciones.

—Bueno, bueno, Sev, no seas malito, me gustas mucho ¿sabes? Sí… —murmuró ella aproximándose más, y en el momento justo que él pensaba contestarle alguna pesadez, Donna tropezó, se afirmó del cuello de Severus Snape. Hubo un breve contacto visual de parte de ambos, y a la fracción de segundos, un cálido beso, húmedo, con esencia a cerveza de mantequilla, y apasionado, se posó en sus finos labios. La boca de Snape no pudo negarse a eso. Un automotor le hizo responder el beso casi con desesperación, así que tal vez estuvieron así diez segundos, hasta que el liviano cuerpo de Keith se desplomó en el suelo con un ruido sordo, quedándose dormida y roncando fuertemente (producto de la cerveza). Qué nervioso se sentía, todo el cuerpo entero le rugía. No podía estar más pasmado.

En ese momento no tendió a analizar lo ocurrido, simplemente la cogió del suelo, la llevó al despacho, la dejó sentada en su escritorio, con la cabeza apoyada en él, salió de allí y se fue al suyo, totalmente confundido y revolucionado, tocándose con un dedo, la boca, y saboreando la cerveza de mantequilla que no había bebido.

Se sentó en su cama, con la vista puesta en los barrotes de la ventanilla, que casi tocaba el techo. *“Te gusta Donna Keith, es hora de que lo reconozcas”* dijo aquella voz detrás de su cerebro, la maldita conciencia que siempre le revelaba todas sus verdades de una manera muy cruel. Pero esto, no era cruel, era verdad, debía reconocerlo. Pero no haría nada. Quizá todo había sido gracias al raro efecto que le produjo la cerveza de mantequilla a Donna. Pero no era así, hasta los muggles habían comprobado que el alcohol siempre revelaba los más profundos sentimientos de las personas, e incluso secretos que detestarían contar. 

Con una auténtica emoción en el pecho, se acostó y se dispuso a dormir, pero no podía conciliar el sueño. Eso era demasiado bueno. Ain embargo, lo bueno, nunca venía solo. Ese romántico beso quería decir que se avecinaba algo malo. Pero no se quejaba, al menos había recibido un regalo de San Valentín. Y también podía asegurarse de que alguien lo quería. ¿Qué haría? No, mejor no ilusionarse. Dejaría avanzar el tiempo.

Aparentemente, todos se habían acostado a las tantas de la mañana, incluso Dumbledore, cosa que primera vez ocurría en Hogwarts. Cada vez las reglas se habían ido deteriorando más y más, pero todos sabían por qué tanto parrandeo se hacía en el colegio: se acerca una batalla, la cual estallaría en cualquier momento, en cualquier minuto. Todos querían disfrutar los últimos momentos de alegría plena. Bastaba con decir que incluso Potter estaba con aquella Weasley, la única en la familia. Pero a él, Severus, al final, no le tocó ni pan ni pedazo, después de lo del beso.

Se levantó a la misma hora de siempre y bajó a desayunar. Estaban todos los profesores, excepto Donna, y los alumnos de tercero hacia abajo, o sea, los que no tenían autorización de asistir a la fiesta, a menos de que hayan sido invitados por alumnos de cursos superiores.

—Severus — le dijo una voz, de pronto, cuando estaba a punto de mascar un pedazo de tostada. Volteó la cabeza hacia Dumbledore — ¿Has visto, por casualidad, a Donna?

—No. Supongo que ahora estará durmiendo.

—Bien… —el director lo miró profundamente a los ojos — creí haber visto anoche que se habían retirado juntos de la fiesta.

—No — negó Severus, y era cierto, en ningún momento habían salido juntos, él la había seguido, que era diferente. Y tampoco la había visto durante ese lapso. ¿Acaso creía Dumbledore que había ocurrido algo? Quizá, después de haberla atacado hace meses, el director había perdido algo de confianza, pero la verdad, no era cuestionable eso… además, ya se había enmendado. De todas maneras, se daría una vuelta por el despacho.

Partió de inmediato hacia las cercanías del despacho de Keith para divisarla, y por suerte, la halló a mitad del corredor. Tenía ojeras, los ojos rojos e hinchados, la boca reseca y estaba amarilla.

—Hola, Snape — saludó con un tono nada habitual. Al parecer estaba mal.

—Hola — le contestó, conteniendo la risa. No era que le gustara ver sufrir a la gente, pero observar su aspecto de demacrada, era gracioso.

—No puedo recordar ni una pizca de lo de ayer —se quejó la mujer, colocándose una mano en la frente.

¿No se acordaba de nada? ¿DE NADA? La sonrisa de Sev se borró de los labios. No le contestó. ¿Qué le iba a decir?

—Creo que ese Peeves me engañó, me dijo que la botella que no quería beber tenía jugo de naranja, y le creí, tontamente le creí — continuó con la voz raspada —, bebí solo un sorbo, y de ahí no supe nada más de mi vida.

—Yo te fui a dejar a tu despacho.

No supo porqué, pero tuvo la necesidad, Severus, de decir eso. Quizá eso le hiciera recordar algo, aunque en esos momentos en que la iba cargando, ella, estaba dormida.

—Vaya, gracias. ¿Hice algo ridículo?

—No — contestó, rindiéndose para sus adentros —. Por cierto, Dumbledore te buscaba, adiós.

—Adiós.

En el fondo de su cerebro sabía que ella no se acordaría del beso. Eso era obvio, claro como el agua, pero nunca era malo tener una esperanza de que un borracho se recordara de lo que había ejecutado.

Y por eso mismo, ahora cualquier cosa que hiciera Donna, le hacía enfurecer. Se sentía demasiado dolido como para hablarle de buenas maneras, pero sentir celos, ya era el punto máximo para dejar de lado el orgullo. 

Habían pasado dos días, y Keith ya se había recuperado completamente de su resaca. Severus había estado vigilando a Draco hace tan solo unos minutos, en el cuarto piso. Cuando terminó la vigilancia diaria, comenzó a bajar las escaleras, mirando por las ventanas hacia los terrenos de Hogwarts, y algo le hizo colocarse rojo de ira. Keith iba muy campante, paseando con un alumno de séptimo, de Ravenclaw. ¿Qué le hacía creerse la dueña del universo, como para charlar tranquilamente con un estudiante menor? “A ver, para, para” le espetó su voz interna “Y a ti ¿qué te hace creer que están conversando amistosamente? ¡Pueden estar hablando de los ÉXTASIS, mal pensado!”

Se quedó observando, hasta que ambos entraron por la puerta principal del castillo.

Bajó rápidamente, adivinando por dónde iban, se los topó a propósito. Su acompañante era Terry Boot, uno de los más estudiosos y sabelotodos de la casa de las Águilas.

— ¡Severus! — dijo con alegría, la profesora.

El jóven muchacho, miró a ambos, sintiendo desde ya el olor del peligro.

—Así que… paseando.

—Sí, le estaba explicando algunas cosas del ÉXTASIS.

Tal cómo había pensado, no era nada más que eso.

—La veo después, profesora — dijo Boot, a modo de despedida, saliendo a todo patín del segundo piso, sin dejar de observar con temor a Severus.

—¿Qué es eso de “la veo después”?

—No sé, na… ¿por qué?

—No sé, los vi tan… juntitos, ahí, paseando por cerca del lago, en una tarde tan fría como ésta, cuando podrían haber estado en tu despacho, junto al fuego… —comenzó a explicar antipáticamente. Donna se dio cuenta de su tono de voz, y lo miró boquiabierta por un par de segundos.

—¿Severus? ¿Estás celoso?

Su corazón se aceleró, y su cara se tornó más amarilla de lo normal.

—¿Celoso, dices? ¿Estás loca? ¿Por qué tendría que estar celoso?

—Ya sacaste la palabra “loca” al baile… Bueno — siguió, recobrando el tono perspicaz y una mirada de asombro —, es que dices todo eso como si fuera un pecado estar hablando con uno de mis estudiantes favoritos.

—Así que favoritos…

—¿Ves? ¡Dime, estás celoso! —exclamó acusadoramente, señalándolo con un dedo.

— ¡Claro que no! — se defendió subiendo el tono de voz — No tengo ninguna razón para estarlo, lo que hagas no me interesa.

Se giró sobre sus pulidos zapatos negros y se fue. Donna, aprovechó de decir, una vez más, en voz baja, “celoso…”.

El complicado mes de febrero — en cuanto en temas amorosos para Sev —voló en Hogwarts. Solo quedaban tres meses para acabar el año escolar, y se aproximaban también las vacaciones de semana santa, o sea, pronto, con Keith, tendrían que hacer su visita al Innombrable. Cada vez que amanecía, el cielo se ponía más oscuro que la mañana anterior; eso significaba que los dementores estaban tomando más y más poder. Y, Snape, no podía dejar de lado también las extrañas desapariciones constantes del director, a veces solo, y a veces — no podía equivocarse, no era un estúpido — junto con Potter. Era cierto que Granger y Weasley eran novios, pero a Potter, nunca lo dejaban de lado, y también, ese mes había visto pasear sola a la chica Weasley.

Sev podía deducir que el director estaba en alguna de las misiones del Ministerio, o estudiando ese misterioso arco de la Cámara de la Muerte del Departamento de Misterios. ¿Qué pensaba hacer? ¿Sacar a todos los muertos que estaban dentro, convirtiéndolos en Inferi?

Sin embargo, eso no era lo que más le preocupaba, ni siquiera Harry Potter podía distraerlo de eso. 

“Donna Keith” le gritaba su conciencia cada vez que miraba el rincón de su habitación donde se hallaba la ridícula armadura pascuense que le obsequió la mujer en época de Navidad. Varias veces estuvo a punto de echarlo a la basura, o decirle a los elfos domésticos que se llevaran lejos esa cosa, pero le dama lástima. Ella había sido buena, y él se estaba comportando como un patán, ni siquiera se había atrevido a dirigirle la palabra amistosamente cuando se veían en los entretiempos. Desde lo de Terry Boot, no le gustaba aproximarse, porque Keith tenía toda la razón, si ya, para sí mismo, había reconocido que la quería. Pero ella tampoco había estado muy amistosa, no le hablaba salvo para temas escolares. Severus sabía que ella se ponía nerviosa ¿Lo quería mucho? Le hacía sentir superior pensar eso. No obstante, no debía hacerse ilusiones, además, la vida le había enseñado a no demostrar sus sentimientos verdaderos, siempre le jugaban malas pasadas. ¿Pero, y si se atrevía? Perdería, tal vez, un poco de dignidad y de orgullo…

Esos pensamientos se alejaron de su mente ya que los estudiantes de tercer grado habían llegado al aula, muy cohibidos por la imponente presencia de Snape. La verdad era que ¿a quién no le causaba ninguna pizca de miedo (de los alumnos)? A ninguno, si Sev era como un oscuro murciélago para todos.

—Saquen sus plumas y pergaminos.

A la escucha de esta orden, un revoltijo de movimientos se oyeron en la mazmorra. Odiaba a cada uno de esos pequeños, por la simple razón de que habían logrado ser más felices que él, y lo sabía no porque se metiera en sus vidas, sino que bastaba con observar la cara de felicidad de cada uno. Ayayay. Qué difícil era este Severus, un momento podía sentir algo de alegría, y al instante, un pequeño detalle tornaba su corazón nuevamente a ese negro putrefacto.

—Trabajen en la página ciento cuatro — voceó a la clase, amargamente —, quiero silencio.

No hubo necesidad de gritar más, porque los pequeñuelos comprendieron de inmediato que eso implicaba estar quieto y no hacer ruido al respirar.

—Sí —continuó pensando en voz baja, dejando que los alumnos trabajaran solos —. Debo hacer algo.

Y se atrevió. A penas sonó la campana que anunciaba la salida a recreo, ordenó los pergaminos entregados, dejó el aula con llave — más de algún tramposo querría arreglar el trabajo, así que prefirió asegurarse para que nadie entrara —, y se dirigió a su despacho por la otra puerta, para ver su aspecto en el espejo. “Nada mal”.

Su cabello estaba grasoso, pero eso ya era pan de cada día, y no había manera de mejorarlo, a menos que se fregara litros de poción antigrasa.

Se acomodó la negra melena con un poco de agua y se armó de valor para invitarla o algo así. ¡Pero qué estás haciendo! Le gritaban sus pies, mientras marchaba tiesamente el despacho de Keith. Doblo varios corredores y ascendió unas cuantas escaleras.

Lo que pensaba hacer estaba mal. Entre el personal no debía existir relaciones amorosas, pero no, era una simple cita, nada más, nada compromisorio ni excesivo…

—Lo único que ha deseado Dumbledore todo estos años es que yo encuentre a alguien — se dijo en voz alta, librándose de la culpa de hacer algo indebido, violando las reglas de profesorado.

—Así es, amigo, así es, encontrar a alguien siempre es bueno.

Un hombre que se balanceaba en la silla mecedora de un cuadro le había dirigido la palabra.

—Cállate, no he pedido tu opinión.

Llegó al pasillo y caminó más lenta e indiferentemente, hacia él se dirigía una masa de niños frenéticos que luchaban por ir a sus salas comunes y cambiar de libros para la siguiente clase. Esperó a que desaparecieran, al lado de una armadura que lo ocultaba por completo.

Justo cuando pensaba seguir el camino, divisó a Dumbledore que venía del otro extremo, también hacia la oficina de Keith. Era el director, así que no tenía temor a que lo descubriera esperando detrás de la puerta, así que se aproximó, yendo de un lado a otro con las manos atrás. Distraídamente escuchaba las voces de Donna y Albus, hasta que, de repente, oyó algo que le hizo reaccionar y detenerse en seco.

—Anna, escúchame, tú sabías que era arriesgado, no te puedo proteger, no puedo hacer nada por ti. Voldemort, si le traicionas, te va a matar de todas formas, esté yo o no.

— ¡No me llame Anna, director! — exclamó la otra voz, femenina.

¿Anna? Sev frunció el entrecejo. Adentro había otra persona, al parecer.

—Lo siento mucho, profesora, pero para mí, tú siempre serás Anna Konnda, me es indiferente el hecho de que te hayas cambiado el nombre. Además, es bonito y original. ¡Qué estupideces las de los jóvenes! Avergonzarse por el nombre que llevan.

—No es gracioso, Albus, y yo ya no soy joven, bueno, ojalá existiera alguna loción que me haga aliviar el maldito ardor del antebrazo, quizá nunca debería haber hecho es…

Sev no pudo seguir escuchando. Cada neurona de su cerebro, cada célula de su cuerpo empezó a funcionar a toda velocidad. “…Anna Konnda…” ese nombre, ese nombre…

Una muchacha de séptimo curso, llorando, salió corriendo, sin hacer caso de la presencia de un profesor, y echando a volar trozos de pergaminos, rotos en mínimos pedazos.

Como película muggle, una serie de escenas, encadenadas, una tras otra, se internaron en cada una de las neuronas.

Lucius riendo, mostrándole una foto; Sev furioso, lanzando un picadillo por una ventana…

Entrecerró los ojos, adentro, las dos personas seguían discutiendo de algo, pero ya no oía.

Una muchacha de grandes ojos entregándole un pesado libro de artes oscuras; él besando a esa chica en la mejilla; él, nuevamente, buscándola por todos lados; la profesora McGonagall diciéndole que Anna Konnda no regresaría nunca más al colegio…

“A veces la vida es tan dura, que hace que nos olvidemos de muchas cosas, incluso de las buenas”

Volviendo en sí, miró la puerta que se hallaba en frente de él. Eso, no podía soportarlo. La había conocido, quizá habían logrado tener una mínima amistad cuando pequeños, y ella le había mentido. ¡Nunca le dijo su verdadero nombre! O sea, que todo eso de Donna Keith es falso. Donna Keith nunca existió.

—Maldita mentirosa — farfulló con dientes apretados, dando media vuelta, y emprendiendo camino, otra vez, a la sala de clases, porque pronto comenzaría la otra, con los de primero. Ahí recordó también parte de un sueño, donde esa mujer aparecía y pronunciaba la palabra “anaconda”. ¿Cómo no lo sospechó? Aunque el resto del sueño no tenía sentido aún. Dudaba que Voldemort se enamorara de Donna… ¡Anna!

Con los puños apretados, bajó por las abarrotadas escaleras, donde los estudiantes reían y comentaban los exámenes finales. Todos querían preparase. Pasó por un grupo de Slytherin, donde Pansy Parkinson, de séptimo año, cantaba a toda boca, haciendo reír a unas niñas bobas.

—¡Mentira, tu vida siempre ha sido una mentira! ¡Una vulgar y estúpida mentira…!

—Parkinson, cierra tu bocota — gritó Sev, señalándola amenazadoramente con el dedo.

Todos los que estaban allí se voltearon impresionados. Severus nunca había regañado así a alguien de su casa. El silencio duró cinco segundos. Al sexto, Sev gritó:

—¡Qué miran! La campana ha sido tocada, ¡a sus aulas! ¡Ahora!

—Pero, profesor, tenemos, nosotros, la hora libre… —se excusó un chico de Ravenclaw, de séptimo también. Y resultaba ser Terry Boot.

—¡No me interesa, desaparezcan! ¡Y TÚ BOOT, PIERDES CINCUENTA PUNTOS!

Entre discusiones y gritos, arrastrando los pies, cada uno se fue de la escalera, a buscar otro lado para conversar.

Severus también siguió hasta la mazmorra, donde una hilera de primerizos lo aguardaban fuera de la sala con llave.

— ¿Qué no les han enseñado nada este año? — les gritó a los chiquillos —¡Alohomora!

Apuntó con la varita la puerta.

—¡Ya deberían saber realizar el encantamiento Alohomora! Díganle a Flitwick que les enseñe algo útil.

Snape el almuerzo y la cena, a pesar del hambre. Se sentía traicionado; el que no halla Donna, confiado en él, o sea Anna… Ahora sabía por qué el Señor de las Tinieblas mataba a quienes le faltaban lealtad, cosa que él estaba haciendo, y si no cuidaba sus pasos, iría a parar a ese camino, ¡pero esto era diferente! Ellos se habían conocido hace AÑOS. ¿No tendría que haber confianza de por medio? 

Incluso pudo evitar el desayuno de ese día sábado, pero tuvo que ir a la cocina a pedir raciones de comida, el estómago le exigía a gritos algo de comer y beber. Una hora antes del almuerzo, fue hacer su ronda para vigilar a los alumnos. A parte de enseñar, debía estar de vigía.

—Ponte bien esa corbata, Gobblin, y tú Sarah amárrate ese sucio cabello.

Regañó aquí y allá, aprovechándose, como siempre de su superioridad. Llegó a un corredor desolado.

—Hola Severus — le saludó una alegre voz a su izquierda, cuando estaba doblando una esquina del cuarto piso.

—¡Hola! — saludó con toda su ironía posible. Le temblaban las manos de ira —, ayer te pensaba ir a ver a tu despacho, para invitarte a cenar al pueblo, tenía que decirte cosas muy importantes, Anna.

—¿En serio? — dijo Anna Konnda, asombrada — Qué b… ¿Cómo me llamaste?

Su semblante de repentina felicidad cambió a desconcierto. Los grandes ojos de la mujer se abrieron mucho más, y su boca también. Y ese pálido típico de su nerviosismo le decoloró la cara. No supo cómo no se dio cuenta antes, si esa cara tan blanca, y esos ojos… ¡y ese cabello! Eran idénticos a lo de Anna Konnda, bueno, era ella misma, ¿pero tanto se había olvidado de ella? ¡Sin embargo, ya no le importaba eso, estaba furioso! La vena de la sien le palpitaba rápidamente.

—Este… —jadeó Sev, evitando ser grosero y salir de sus casillas —, te llamé tal como te llamas, o sea Anna. No me digas que no te llamas Anna Konnda, porque sino creeré que me he confundido de persona — estaba contando hasta mil para no estallar.

Konnda parpadeó, sin darle crédito a sus oídos. Cuando volvió a hablar le temblaba el tono de voz.

— ¿Có… cómo supiste… mi nombre?

—Te acabo de decir que ayer pensaba invitarte, fui a tu despacho y escuché que Albus te llamó así.

—Bueno, mira, Severus, yo…

—No me tienes por qué dar explicaciones, pero solo te diré que me decepcionas, pensé que eras una persona madura y seria, y creo que faltaste a una de las leyes de la confianza…

—No, Sev — interrumpió ella acercándose un paso, muy nerviosa —, no era que no confiara en ti, pero eso me trae tantos malos recuerdos que…

—Es que, Anna, creí que cuando pequeños habíamos tenido una amistad. “Maldita mentirosa” se burlaba para sus adentros, conteniendo ser hiriente, pero no podría mucho rato soportar…

—Sí, claro, pero…

—E incluso sentí que eras mi amiga, y sabes, ya que es obvio que me conoces, que me cuesta trabar amistad ahora, adulto.

—Lo sé, pero escúchame, no sabes cuantos malos momentos me causó…

—Yo también tuve una mala vida, Konnda, y aún así me sigo llamando Severus Snape.

—¿Me puedes escuchar solo un minuto? — pidió con voz cansina Anna.

—No, no te puedo escuchar, no sé que explicaciones me vas a dar, quizá también sean mentiras, ni siquiera me enviaste una carta para saber donde habías ido a parar…

Pum pum, pum pum

La vena de la sien se le estaba notando demasiado, y la sangre le hervía en la cara.

—¡Eres una maldita mentirosa! — liberó, aparentando amabilidad, pero la palabra lo decía todo.

—¡NO TE MENTÍ!

—Sí lo hiciste An…

—¡Estoy harta de ti, Snape! Estoy harta — lo agarró de la camisa, cerca del cuello — de tus sarcasmos, de tus pesadeces. Estoy cansada de que me trates como si fuera una estúpida.

Tomó aire la mujer, al parecer hace tiempo que se estaba guardando todos esos amargos sentimientos. Como una de las tantas veces, sus caras estaban muy juntas, pero ya no había ningún sentimiento de cariño o deseo alguno. Era solo ira, ira liberada.

— ¡No tienes idea de lo que sufrí! — le gritó en la cara —¿Quieres saber por qué me fui? ¿Eh? ¿Te interesa? ¡No te interesa, solo quieres saber por entrometido! Pero te daré en el gusto: ¡Mi madre, muggle, murió de cáncer! ¿Sabes lo que es cáncer? De seguro no debes tener idea… no… ¡Y mi padre me PROHIBIÓ la magia de por vida! ¡ME PRIVÓ DE LA MAGIA DURANTE VEINTE AÑOS! ¡Cuando murió, hace seis años, allí recién pude aprender magia e irme a vivir a un lugar mágico de la isla, y poder trabajar decentemente en algo mágico! ¡Y no ser una simple camarera de bar muggle, donde esos viejos te miran hasta los oídos! ¡YO TAMBIÉN SUFRÍ SEVERUS! ¡Fui alejada de Gran Bretaña a los doce años, quedé sola! ¡Y mi hermana Elizabeth de ninguna ayuda me fue! ¡Se marchó, la muy egoísta y me dejó sola con mi papá, que estaba loco de remate! ¡SE VOLVIÓ LOCO TODO POR LA MUERTE DE MI MADRE! ¡Y le echó toda la culpa a la magia! ¡Recién ahora puedo ser un poco más feliz!

Severus no sabía que contestar, no se esperaba un tipo de respuesta como esa. Seguía siendo sostenido de la ropa por la mano derecha de Anna.

—¡Y tú, siempre quejándote, haciéndote el infeliz, el traicionado! ¡Fui instruida en un colegio muggle durante seis años más, donde seguí recibiendo insultos de mis compañeros, donde no tuve ningún amigo! ¿Me dices que soy mentirosa? Si te hubiese revelado la verdad Severus — los ojos de Anna se llenaron de lágrimas — me habrías dado menos importancia de la que me das ahora.

Lo soltó y se alejó, negando con la cabeza.

— ¡Acuérdate que apenas me tomabas en cuenta en segundo año! Y en las vacaciones, casi ni me dirigiste la palabra, todo por ser sangre sucia, tener “cara de loca” y por ser mujer. ¿Alguna vez tuviste novia? ¡No has cambiado ni una pizca!

— ¡Tú no sabes si he cambiado o no! — estalló el ahora – Apenas me conociste, Konnda.

— ¡Eso es lo que tú crees! Mira tu actuación de ahora, ¿Ves? Ni siquiera me has dicho algo sobre mi revelación.

— ¡Es cierto que pareces loca! ¡Es cierto que tu nombre es horrible y ridículo! ¡Es cierto que tu vida es una vergüenza! ¿Contenta?

— ¡SI TE AVERGÜENZO ENTONCES, DÉJAME EN PAZ, NO ME DIRIJAS LA PALABRA, NI SIQUIERA PARA LO DE VOLDEMORT! ¡ESTÚPIDO, OJALÁ NO TE HUBIERA CONOCIDO! ¡Y el día que me vuelvas a hablar, espero que hayas madurado!

Anna Konnda dio media vuelta, en medio de sollozos, pero con la frente en alto, y desapareció tras un pasadizo.

—Tú eres la inmadura.

Dijo esto con la voz derretida. Miró hacia ambos lados del corredor para ver si alguien había escuchado todo eso, con mayor preocupación lo del Señor Oscuro.

Severus nunca se imaginó que la vida de ella haya sido tan trágica, pero no perdonaría tan fácilmente el que le haya ocultado algo tan importante. “Si me hubieras dicho tu nombre real, Anna, me habrías importado el doble, y nada de esto habría pasado, porque cuando éramos pequeños, tú me gustabas.”

Bufó rendido. No se arrepentía de la pelea, pero sabía que la mano se le había pasado. Y por las barbas de Merlín, qué ganas había tenido de besarla nuevamente mientras ella le gritaba a cinco centímetros de su cara.

Se metió las manos en los bolsillos, y todo lo contrario a su orgullo, cabizbajo se fue hacia el gran comedor, faltaban diez minutos para la hora del almuerzo, pero estar en su habitación le haría mal: mirar esa fea armadura no se acomodaba a su situación para nada. No quería tener nada que ver con Anna Konnda en esos momentos. Sacó todo ruido de su cuarto, y se tendió en la cama. Los oídos, con tanto grito, le dolían. Y el corazón, aunque sea solo un simbolismo, también.