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Historia 24978 — capítulo 19

CAPÍTULO 18: LORD VOLDEMORT

Un rayo de sol entró por la ventana, dándole directamente al ojo izquierdo. Se sobresaltó, soltando con brusquedad la mano que había pasado toda la noche sujetando. Extrañado, Severus, miró donde estaba, y ahí se acordó que durmió allí, haciéndole compañía a la persona que casi le había quitado la vida. Donna Keith estaba aún en un profundo sueño, y era poco probable que despertara ese día. Tenía los ojos hundidos y la boca reseca y entreabierta. Tenía una imagen denigrante.

Sev miró el reloj de pared que estaba puesto en uno de los rincones de la enfermería: eran cinco para las nueve. Las clases iban a comenzar y no tenía tiempo para nada, así que bajó directamente a las mazmorras.

Una fila de alumnos le aguardaba allí, silenciándose a penas lo vieron.

—Entren —ordenó fríamente. Era su forma habitual de recibir a los alumnos.

—Parece que perdió todo el encanto de hace unos días —susurró una de las chiquillas, pero no supo ser más discreta, Sev alcanzó a escuchar el inapropiado comentario.

—Señorita Luten, por su culpa Gryffindor perderá diez preciosos puntos. Y no vuelva a hablar durante toda la clase. Silencio y siéntense.

—Ajá —exclamó Colin Creevey, sagazmente —, profesor Snape, a usted le agradaba la profesora Keith, ¿por eso está así?

—¿De qué demonios hablas, Creevey? —saltó Severus, furioso de que diera tan justo en el clavo — ¡Dije que nadie hablara nada! Otros diez puntos menos por tu intromisión a mis asuntos personales. 

El joven de sexto año estuvo a punto de decir otra cosa, pero la compañera que estaba a su lado le proporcionó un fuerte codazo en el costado.

—Saquen sus plumas y anoten lo de la pizarra — dictaminó haciendo un movimiento de varita, dejando todas las instrucciones para preparar un Veritaserum totalmente potente e infalible. Los estudiantes exclamaron palabras de desacuerdo, era dificilísima la poción, y había ingredientes que nadie tenía.

— ¿De dónde sacaremos esos ingredientes?

—Del armario que está ahí —indicó con un dedo —está todo lo que necesitan, ni una cosa más ni otra menos. Y quiero que la dejen terminada, tienen dos horas, pueden comenzar.

Todos estuvieron muy atentos a sus asuntos, el resto de la clase. No fue incordiado por nadie más, pero de vez en cuando, jovencitos nerviosos le lanzaban miradas de curiosidad, como esperando a que hiciera una confesión, o simplemente actuara como un loco. 

Lo que no sabía Severus era que nunca se le había visto con una mujer al lado, ni siquiera con un hombre, a menos que fuera Filch o Albus Dumbledore, y los estudiantes hablaban más que nunca de él. Había quienes habían inventado que él había ido a visitar a la profesora a la enfermería, pero esas personas no tenían idea que todo lo que habían ideado era totalmente cierto.


Severus, el resto de los días, en ningún momento fue a visitar nuevamente a Keith, ya que los alumnos habían tomado la costumbre de ir ellos también, y al parecer, por los rumores que se corrían, ya había despertado, pero no se había curado completamente. Sin embargo, cuando oyó a una niña de segundo curso hablando de que acababa de ver — tres días después — a la profesora entrar a su despacho, se dirigió sin preámbulos, hasta allá. Trotó hasta que llegó a la puerta de roída madera, tanto ser ocupada por diferentes profesores. Golpeó tres veces. No hubo ningún ruido de movimiento. Iba a tocar otra vez, pero justo se abrió la puerta.

—Pensé que debías ser tú — le dijo Donna, con voz ronca.

—Sí, este… —nuevamente se ponía nervioso, ¿pero por qué? —quería hablar contigo. 

—Sí, creo que tenemos bastantes cosas que hablar, ya que no fuiste a la enfermería.

“¿Que no fui? ¡Tú estabas dormida!”

—No tuve tiempo, Keith —se excusó—. ¿Me puedo sentar? — ella se limitó a asentir con la cabeza —. Gracias —se acomodó en un viejo sillón, poniendo una pierna sobre otra.

—¿Entonces…? —inquirió ella, en la silla de enfrente.

—¿Entonces qué? — no iba a disculparse abiertamente, así como así, si es que eso era lo que ella quería.

—¿Pensaste en lo que te dije? Dumbledore también vino a hablar conmigo hace un rato atrás, cuando estaba por salir de la enfermería.

—Y supongo que te contó de lo que hablamos, que yo no tenía opción.

—Bueno, sí… y no. O sea, sé que te va a afectar mucho, y si no quieres, puedo hacer otra cosa.

Keith intentaba decir que estaba arrepintiéndose, o eso era lo que Sev había entendido. No le hacía gracia, lo había provocado hasta atacarla, y ahora negaba todas las explicaciones y peticiones que había dado.

—Lo siento, Keith —la interrumpió de manera cortante —, casi te mato y ahora harás que eso valdrá la pena. Lo harás.

— ¿En serio? 

Parecía radiante de felicidad. ¡Había solo un método de persuasión! Pero de todos modos habría tenido que ceder. Ya le había prometido a Dumbledore que la llevaría hasta el Señor de las Tinieblas.

—Tenemos que ponernos de acuerdo, por supuesto — objetó mucho más seria, y con voz de madurez. Ahí Severus cayó en la cuenta de que ella estaba decidida a todo, fuera lo que fuera, pero él, no podía comprenderla, no podía entender que alguien con toda una paz por delante pensara en hacer una cosa como aquella. Pero tal como le había dicho Dumbledore (palabras que el había pasado completamente por alto), hasta que Keith no hiciera algo por Sev, él no sabría que todo el riesgo que había corrido, valía la pena.

—Pero ahora no, Donna — la atajó — tenemos que planearlo antes de Navidad, y faltan casi dos meses para eso. 

— ¿Qué tiene que ver Navidad? — preguntó con desconcierto.

—Es una de las fechas en que tengo que hacer mis trabajos dobles —explicó por lo bajo, aunque sabía que allí estaban solos.

—Ah… comprendo. Gracias, Snape. 

—No me agradezcas, es lo que decidiste tú, no puedo yo darte órdenes —se puso en pie y se acercó a la puerta —. Ah, y por cierto —agregó, mirándola a los ojos —, siento haberte atacado, pero no hables nunca más de esa manera, como si todo lo malo fuera un regalo.

Ella asintió con una mueca en los labios.

—Nos vemos en la cena — dijo por último, y se fue del salón de su “enemiga”.


Siempre cuando a uno le emociona algo, los días pasan muy lentos, como para sacar de quicio a la persona, pero si sabes que en algún predeterminado momento va a sucederte algo relativamente malo, los relojes de arena dan vuelta más rápido de lo que te imaginabas, o de lo que notabas y sentías. El mes se te hace una semana, la semana un día, el día una hora, la hora un minuto, y un simple minuto en un… ¡maldito segundo! ¿Por qué en ese momento, las horas le jugaban sucio a Severus Snape? Ni siquiera los castigos dados a los alumnos, ni las horas pasada la medianoche de estar revisando y calificando apestosos trabajos de primerizos, corrigiendo las ortografías, y repartiendo T a todos los que podía, ninguna, pero ninguna de esas cosas pudieron evitar que el mes de noviembre y diciembre se hicieran más amenos. Se había concentrado lo máximo en hacer sufrir a Harry Potter, y Harry Potter, nada de tonto, no perdía la oportunidad de reírse del, pero al final la que salía perdiendo era la casa Gryffindor y la híbrida Granger, que daba unas tremendas pataletas a sus dos amiguitos *“Me he esforzado tanto para… horas de estudio para… minutos de estar con el brazo levantado para… ¡y ustedes pierden todos mis puntos!”*.

También había estado haciendo duraderos sus seguimientos a Draco. Últimamente estaba dejando de lado la costumbre de ir a la biblioteca, pero lo encontraba en los lugares más insólitos y desocupados del castillo, ¿pero qué más podía hacer? ¿Preguntarle qué tramaba? No, sino que tendría que fingir que iba pasando por allí… O algo por el estilo, para pillarlo con las manos en la masa, pero a pesar de todo esto, nada de eso era lo que tanto le incomodaba y le atrofiaba los pensamientos. Mañana comenzaban las vacaciones de Navidad y eso era lo peor que podía ocurrir, ya que dentro de ese periodo tendría que llevar a su obstinada profesora de Defensa ante el Señor de las Tinieblas… ¿pensó “su”? Quiso decir “LA profesora de DCAO”. Porque él, obviamente, hace tiempo que no sentía amor en sus venas ni en su corazón, y era totalmente imposible, no ocurría nada, pero… ese temor que sentía, ¿era realmente por su pellejo, o porque le aterraba que le pasara algo a Donna Keith? Prefirió optar por la primera, nada que le ocurriera a ella podría afectarle a él. ¿O si?

Esa noche de víspera de fiestas la pasó muy mal. Las sábanas se le apegaban al cuerpo por el sudor de nerviosismo, y con mayor razón ese intenso color negro atrapaba las partículas de calor — aunque el tiempo estaba totalmente frío, el otoño estaba arrasando con todo, lluvias torrenciales, tormentas eléctricas, y el lago completamente congelado — su cuarto se entibiaba en un dos por tres. Se dio por vencido: se levantó, cruzó los brazos sobre su abdomen desnudo, y comenzó a pasearse de allá para acá, de vez en cuando pasando una mano por su grasiento y largo pelo. Nunca había tenido los ojos tan abiertos.

—No podré dormir si me vuelvo a acostar — cuchicheó a sí mismo frotándose las manos. Se asomó a los barrotes de su pequeña ventana que estaba al borde del techo. Alcanzaba a distinguir a las arremolinadas nubes negras en el inalcanzable cielo.

Estuvo mucho rato en ese lugar — quizá un minuto o tres horas, prefería no saberlo —, con ambas manos afirmadas en los hierros y sintiendo la fría brisa en su pálida e inmutable cara. Fue una buena terapia para agarrar el maldito sueño.

—Como me gustaría no tener que hacer eso — expresó, imaginándose una risa de triunfo Voldemort a recibir otro vasallo. Se internó en su cama nuevamente, mucho más competente y relajado.

Al día siguiente lo despertó una bandada de lechuzas que habían penetrado a la habitación, no supo por donde, porque no había ventanas para que cupieran tres animalejos de ese tipo. Las tres llevaban un gran paquete color café; hacía un leve tintineó, como si llevara lata. 

—Es Navidad — recordó rascándose la barbilla y observando a las lechuzas que estaban dejando el bulto en el sillón largo. Era del porte exacto de un humano.

Con la duda en sus manos, tirando los cubrecamas al suelo y pegando un brinco, se dirigió al sospechoso obsequio. Nunca nadie le había (durante muchísimos años) dado un regalo de navidad. Eso le causó cierta conmoción momentánea.

—Veamos —murmuraba con la voz temblorosa, mientras rasgaba los papeles —, veamos…

Pero cuando terminó de abrir todo, se llevó una sorpresa. Una horrenda sorpresa, de las peores, de esas que te dejan en vergüenza, de esas que habrías preferido no recibir absolutamente nada.

— ¡Un maniquí con un traje de metal, pascuense!

Eso era: un gran peto—coraza de un extraño metal, con la forma muscular de un hombre, más una falda de plumas, también echas de metal. Por eso era el gran campaneo que producía al transportarse. ¿Quién diablos le habría mandado tal payasada? Y en vez de un yelmo, estaba en la cabeza del muñeco, una gran corona del idéntico material. ¿Era una broma? El día de los inocentes sería dentro de tres días, esa persona se había adelantado.

Buscó algún mensaje, pegado al papel, adherido al hierrecillo, pero no había absolutamente nada. ¡Pero qué cobarde, que osado! 

—Quizá fue Potter — pensó iluso, pero luego de mover la figura para ponerla en pie, y contemplarla una vez más, se dio cuenta que era imposible que Harry le hubiese mandado eso. Y allí cayó en la cuenta. Era su única posibilidad.

— ¡Keith! Oye, oye…

—Se dice buenos días — le corrigió ella, cortésmente.

Apenas se percató del remitente, había salido volando de su cuarto, con su capa ondeando tras él, pareciendo un gran murciélago atolondrado.

—Sabes, me llegó un regalo muy, muy extraño, parecido a una armadura, quería saber si fuiste tú — “para devolvértelo, porque es horrible”.

—Sí, fui yo, Severus — afirmó ella, con una dulce sonrisa dibujada en sus labios —, seguro que pareció una broma, ¿no?

Esa pregunta había sido configurada con toda naturaleza, sin ninguna pizca de amenaza. Sin embargo, sería muy doloroso contestarle un terminante “sí”. “Se ve tan linda cuando sonríe” pensó, algo ido, olvidando por unos segundos la verdadera razón por la que estaba allí.

—Bueno, no precisamente, sino que… algo raro… —titubeó inseguro, tratando de no decir nada hiriente —, no me lo pondría ahora, por ejemplo.

—Lo sé, no te preocupes —aseguró, haciendo un movimiento con la mano —, pero es muy útil, no reclamaré el precio, porque no me costó absolutamente nada. “Una cosa como esa, claro que no vale nada”, pensó Severus, con ese montón de chatarra deambulando en su mente.

—Es un armadura protectora muy, muy antigua, del imperio de Oceanía —comenzó a relatar, con un aspecto muy místico —, pertenecía a mi abuelo, excepto el maniquí, claro, eso lo agregué yo para que no se estropearan las piezas, pero, Severus — insistió mirándolo a los ojos, inquisitiva —aunque no me creas, esta armadura hará inmortal a la persona que la utilice por una vez. Solo una vez, y quizá… en alguna batalla… en alguna guerra… o en una pelea, te sea muy ventajosa.

Eso era algo insólito. Si te lanzaban la maldición asesina, no te salvarías, eso estaba completamente comprobado por todos los magos del mundo. Se atrevió a mirarla con recelo. Lo consideraba imposible, aunque no negaría el regalo, seguro sería bueno si es que te golpeaban en el estómago, porque en las piernas, esas plumas de metal se te clavarían.

—¿No me crees?

—No es que no te crea — se apresuró a aclarar, negando con los dedos —sino que me parece… algo absurdo, nadie se puede salvar del Avada Kedavra… quizá si te salve de una apuñalada, pero esa maldición es inevitable de evadir. Está comprobado, Keith.

—No lo sabrás hasta que la uses. Yo nunca la he necesitado, pero cuantas veces vi a mis familiares, pasándoselas unos a otros… antes las batallas entre aborígenes eran muy casuales.

—Te creeré… está bien pero…

—No me creerás, lo sé, te conozco… lo suficiente, pero no la votes ni la guardes en algún lugar inalcanzable.

—La colocaré en algún rincón —aseguró Sev, siendo muy bondadoso con esa constancia. E

—Feliz Navidad, por cierto, no te dejé ninguna nota en el envoltorio —deseó, dándole unas palmadas en el brazo.

—Igual para ti. Por cierto, mañana iremos a… ya sabes. En la noche, a las siete partiremos de acá.

—Bien — asintió Donna, blanqueándose un poco.

Avergonzado, recordando otra vez esa tenida que tendría que vestir en la batalla final, bajó a desayunar. El traje, era para payasos. Quizá Donna no creía que una lucha definitiva fuera tan dura como se hablaba, pero en situaciones como esas, era difícil protegerse, y una armadura como esa, tampoco ayudaría.

En el comedor había muy pocas personas, dos muchachos de Ravenclaw de quinto curso, una chica de Hufflepuff de primero, Draco, Crabbe y Goyle, y Jimmy Peakes de Gryffindor, junto a Romilda Vane.

Dumbledore estaba muy alegre y motivado, conversando con el profesor Flitwick.

—Buenos días, Severus — le saludó cuando lo vio sentarse en su puesto.

—Buenas, director.

—Supongo que te quedarás esta noche a la cena, ¿no? ¿O te irás de inmediato a… tu casa?

Sev entendió a la perfección esa indirecta.

—Me quedaré a cenar, mañana partiré.

— ¿Por qué te vas, Severus? — le preguntó con voz chillona, el profesor Filius Flitwick.

—Ah pues… —no sabía que contestarle. No podía decir a donde iba a ir, no porque no confiara en el pequeño maestro, sino que porque era algo privado, y era el lugar menos indicado para comentarlo. De todas formas, no pudo añadir nada a su vaga respuesta, porque Albus se le adelantó.

—Asuntos personales, ya sabe, entre él y la profesora Donna Keith.

—¿Q..?

— ¿No, Severus? —inquirió el director, guiñando levemente un ojo.

— ¡Claro! Sí… es… una muy buena amiga, claro, e, iremos a pasear, he compatibilizado con ella.

Esa respuesta la tuvo que inventar en dos segundos. ¡Cómo se le ocurría a Dumbledore decir eso! Realmente estaba chiflado, no era sólo cuestión de los alumnos. Ahí era cuando podía llegar a odiarlo, con sus bobadas dichas.

—No es necesario que me des tan precarios detalles —chistó el maestro de encantamientos —, las personas de hoy en día tratan de ocultar como sea el amor hacia las personas. Creo que “compatibilizado” es una muy burda para explicar todo lo que he logrado percibir todo lo que he visto entre ustedes dos.

— O la química que hay, como se dice en el ámbito muggle — agregó Dumbledore.

Qué amor ni que nada. Severus no sentía amor por Donna, de eso estaba seguro, sí un leve aprecio, pero nada más. Había tenido tanta mala suerte con chicas, que prefería dejar las cosas hasta allí, sin hacerse falsas esperanzas, además, no podía obligarse a querer a alguien. Y ya con treinta y siete años, resultaba imposible poder encontrar a alguien ideal.

Y por fin llegó el día menos preciado de todos, el día siguiente a Navidad, en la noche. Eran veinte para las siete. A las siete habían acordado, y en la mañana de ese día habían concertado juntarse en el vestíbulo, era difícil que algún estudiante estuviera fuera del castillo a esas horas. Todos querrían estar templaditos en las salas comunes, junto al cálido fuego de las chimeneas.

Se echó encima una de sus túnicas de viaje más gruesas, donde tenían que ir, iba a hacer mucho frío. Y no era cuestión de viajar un par de horas, sino que por lo menos, medio día. En una vieja mochila guardó otra capa, por si las moscas, y con sigilo se dirigió a las cocinas. Caminó y… se giró de golpe. Por un momento sintió otra presencia humana, aparte de la suya.

— ¿Hay alguien ahí…? ¿Quizá, algún alumno espiando? —preguntó en un susurro lo suficientemente audible. Nadie contestó. En una de esas era la Señora Norris, esa gata de Filch, vigilando siempre a todos los que estaban donde no deberían; él era una autoridad dentro de la escuela, así que nada podría pasarle.

Le hizo cosquilla a la pera del frutero y se convirtió en el pomo de una puerta. La giró y la abrió. Allí por lo menos un centenar de elfos domésticos estaban cocinando para la cena de las ocho.

— ¿Qué desea, señor? —preguntó un elfo extraordinariamente feo y desgastado, reverenciándolo hasta tocar el suelo con la punta de la nariz.

—Quiero tres moldes de pan, una bolsa de mermelada, tres botellas de jugo de calabaza y una docena de pasteles —recitó Sev, contando con los dedos.

—A la orden, su señoría.

Dicho elfo volvió a arrodillarse con los ojos cerrados, con expresión de solemnidad.

Sev no dio ningún agradecimiento a ese ser por haberle proporcionado comida, era parte de su deber servir a los demás, y no le tenía tampoco lástima por llevar una vida tan esforzada. Se puso la mochila al hombro, y fijándose que nuevamente no hubiera nadie en el camino, se dirigió hasta al vestíbulo, en donde había solo una persona, aguardándolo, con cara de nerviosismo.

—Vamos, rápido — indicó Sev a su compañera de viaje, abriendo una de las puertas de roble. Filch hace poco había engrasado los goznes, al menos no había producido chirridos.

Salieron al frío exterior, que estaba ya completamente oscuro.

—No camines tan rápido, por favor, me duelen las piernas — se acongojó Donna, dando zancadas para alcanzarlo.

—Tú te ofreciste, ahora tienes que asumir las consecuencias.

—Pero no vamos con tanto apuro. Tenemos una semana, caminemos más lento…

—No —le dijo con firmeza —, tómate de mi brazo, entonces, para que no te pierdas.

—Está bien —aceptó, agarrándose del bíceps derecho de Sev.

Esto le hizo estremecerse levemente.

— ¿Me esperaste mucho rato en el vestíbulo?

—No, solo dos minutos… ¿tenemos que ir a Hogsmeade? Eso me dijo Dumbledore…

—Sí, y creo que como profesora deberías saber que en Hogwarts nadie puede aparecer ni desaparecerse así como si nada.

—Lo sabía — confirmó ella con pesadumbre —, sé que está protegido por un hechizo y todo eso, pero pensé que ibas a hacer otra cosa en Hogsmeade.

—No, ¿qué crees, que me voy a ir a tomar una taza de alhelí a Las Tres Escobas? No tenemos tiempo para eso.

Donna estuvo a trote durante todo el trayecto, y adrede pellizcaba el brazo de Sev para que disminuyera la velocidad, pero no logró nada.

—Podrías haberte puesto la armadura…

— ¿Estás demente? El Señor de las Tinieblas no me matará. Y tú — bajó la voz — me seguirás el juego, cada cosa que yo diga será cierta, y por favor, si no quieres que te pase algo malo, como ser torturada, no digas estupideces...

—Snape — le reprendió la mujer—, el que no haya estado enterada de los sucesos de acá, no significa que mi ignorancia sea tal que no sepa absolutamente nada. Sé que es capaz de matar ese viejo loco, hacer sufrir con las peores maldiciones… y sé cual será mi actuación de hoy, y ya te dije, no me importa si me sucede algo.

La conversación no volvió a fluir hasta que llegaron al lugar más apartado del pueblito. Estar tan silencioso, a Severus, le causaba cierta incomodidad.

— ¿Sabes aparecerte?

—Este… no, nunca di la prueba.

—Bien, haremos aparición conjunta, no te sueltes de mi brazo, no se te ocurra ahora, ya que es lo esencial para que nos aparezcamos. Afírmate. ¿Lista?

—Ss….

Keith no alcanzó a terminar su respuesta porque Severus ya se había movido. Lo único que atinó a hacer fue cerrar los ojos.

Cuando reaparecieron, se hallaban encima de un roquerío, al pie de una gran montaña seca. No se alcanzaba a distinguir la cúspide, estaba tapada por las nubes. Hacía un frío que calaba cada milímetro de hueso. A ambos le castañearon los dientes.

—Aparecerse se siente como pasar por un tubo de goma…

—Sí, pero eso por ahora no importa — dijo Sev sin prestar real atención al comentario de ella. Estaba preocupado de analizar la situación.

—Tendremos que escalar…

—Sí, pero estoy viendo por donde, para que no te dañes tus “piernecillas de porcelana”…

— Oh, cállate, y comencemos por aquí, me da igual, ya asumí mi rol… vamos.

Donna, con poca agilidad, pero con esfuerzo, empezó a agarrarse de las piedras sobresalientes.

—Espera — le dijo Sev. Se había acordado de un encantamiento unificador, por si ella se caía (porque él no se resbalaría), quedaría colgando y no se accidentaría — ¡Cinjuntus!

Un hilo dorado surgió de la varita de Sev, rodeándolo a él y a ella por la cintura, dejando una considerable distancia de dos metros entre ambos.

—Comencemos.

En un principio todo fue muy agradable, el frío ya se le había pasado y la tierra en las manos no era muy molesta. Las piernas las tenía firmes al igual que los brazos, y Donna parecía estar en las mismas condiciones. Una hora… dos horas…

—Sev… erus… ¿No tienes… agua?

—No, sigue escalando, no te detengas, que me puedo caer yo si no avanzas. Vamos, queda mucho aún…

— ¿Dónde estamos…?

—En las cumbres de Escocia…

—Vaya, no me imagi… naba tan…ta lejanía.

Cuatro horas, y las piernas de los dos comenzaban a flaquear, ya no era la sed, la transpiración lo que les molestaba. Los tirantes de la mochila le comenzaban a dañar.

Cinco horas, ninguno podía más, pero por suerte habían llegado a una cueva.

—Estoy… exhausta…

—Y yo…

Lo reconocía, los músculos apenas le respondían. Estaba muerto de sed, y se sentía muy sucio, y era porque lo estaba, y Keith igual, estaban empolvados hasta la cara, las fosas nasales y las orejas.

—¿Quieres algo de comer? —le ofreció a Keith luego de diez cortos minutos de descanso. Las respiraciones agitadas ya habían cesado.

—¿Qué crees?

—Bien, están las cosas en la mochila, aah, por favor, saca tú las cosas, eres mujer, a ti te gustan las cosas de cocina.

—¡Idiota machista!

De malas pulgas la profesora de DCAO cortó unas rebanadas de pan y se las lanzó a Severus. También le lanzó un vaso plástico y rodó la botella.

—No te voy a servir ni echar la mermelada en el pan, si es lo que piensas.

—Eso puedo hacerlo yo.

Sev, con toda parsimonia se sirvió el jugo de calabaza y esparció el dulce en su pan, pero una vez que dio la primera mordida, se lo comió rápidamente, con el cansancio no se había dado cuenta de lo famélico que estaba en realidad.

—¡Desjuntus!

—¿Por qué sacas la cuerda mágica?

Severus había hecho desaparecer la cuerda que los unía.

—Supongo que dormiremos un poco, a menos que sigas, motivada, que no es lo que creo…

—¡Claro que lo estoy! No te imaginas lo nerviosa que me encuentro, quiero terminar luego con esto. Guarda las cosas en la mochila… y quítale el peso. No hiciste ningún encantamiento alivianador.

¡Se le había olvidado por completo! Tanto viajar por medios muggles (el hecho de caminar y de escalar sin ningún tipo de ayuda), le había borrado ese útil hechizo.

—¿No crees que deberíamos haber volado en escobas? —le dijo a Sev, mientras este guardaba las provisiones en el bolso.

Un muy mal recuerdo se le estrelló en el cerebro. Odiaba a las escobas, no podía volar en ellas, era un verdadero desastre de persona cuando estaba encima de una.

—No, no lo creo. Y no me preguntes por qué. Vamos — se puso nuevamente la mochila sin peso a la espalda —. Y –agregó orgullosamente — en escobas nos podrían haber visto.

—¡Cinjuntus! –esta vez fue Keith la que conjuró el encantamiento —, no es difícil.

Salieron de la cueva a enfrentar el impávido clima de los mil demonios. Estaban a una gran altura —ni siquiera se alcanzaba a ver el principio de donde habían comenzado a trepar, y costaba bastante respirar.

—Donde se le ocurre ocultarse a Voldemort… —soltó Donna cuanto estaban nuevamente escalando.

— ¿Puedes hacerme el maldito favor de no pronunciar su nombre? ¿Crees que es muy gracioso?

Cuando oía o pensaba el nombre de Tom Riddle le hacía estremecerse hasta los huesos.

Donna se apresuró a escalar hasta donde estaba y aproximó bastante su cara a la del, como para…

—Ni se te ocurra matarme otra vez. Creo que ya tenemos suficientes achaques, como para que te enojes por las cosas que digo.

Severus giró la cara, sin hacer caso, y continuaron.

Dos horas llevaban así, resbalándose, ascendiendo, cuando las nubes soltaron los consistentes copos de nieve que se habían estado fabricando todo el día.

—¡Maldita sea!

Era lo único que les faltabas, que se pusiera a nevar. El pelo lo tenía completamente mojado y le empezaba a doler la cabeza.

—Creo que falta poco — le dijo Donna con voz alentadora — mira hacia allá —dijo señalando con la cabeza una pequeña luz roja, cerca de la punta de la montaña.

Parecía ser fuego, no podía ser luz mágica. Seguramente debía haber otra cueva, nunca había ido allí, solo hace mucho tiempo Lucius le había dicho que Voldemort estaba allí, y que lo tendría que ir a visitar algún momento, pero nunca lo hizo, el Innombrable fue en su búsqueda para verificar al lealtad de Sev.

Con todas las fuerzas juntas, treparon los últimos treinta minutos, sentándose al lado de las antorchas de la entrada a la caverna, eso era lo que producía ese resplandor rojizo.

—Tenemos que entrar — farfulló Donna, impasible, deshaciendo el encantamiento que los unía.

—Estás preparada, ¿no?

—No me preguntes eso — dijo con melancolía — que no me gustaría arrepentirme.

A Sev, Donna Keith, le estaba dando mucha pena en ese momento.

—Espera — le dijo antes que diera un paso — ante cualquier cosa, cierra tu mente, olvídate del nerviosismo, deja atrás el temor… el Innombrable puede saber todo lo que piensas.

—También lo sabía, pero gracias por recordármelo… Uso Oclumancia todo el tiempo — reveló.

—¿Ah, sí? — chistó, preguntándose en qué tendría que estar ocultando ella, pero luego, se acordó en lo que estaban en ese instante.

Él tragó la saliva con dificultad, y juntos, se adentraron a la guarida.

Estaba completamente oscuro en un principio, y se respiraba un olor a humedad, y se oía el leve goteo del agua derretida que caía de seguro, por algunas estalactitas. 

Por suerte no hubo bifurcaciones, tuvieron que seguir siempre derecho. Es detuvieron cuando llegaron a una habitación redonda, peligrosamente sostenida entre las piedras — se podría derrumbar ese lugar — sutilmente iluminada por otras teas. Había solo una persona en el cuarto: Colagusano. Estaba de espaldas a ellos, acomodando algunas ramas para hacer fogata.

—Hola, Peter —saludó Sev gélidamente.

Colagusano se sobresaltó.

—¡Ah, hola Sn…! –miró a la mujer que estaba a su lado —Trajiste a una intrusa. A mi Amo no le gustará.

—No es una intrusa. Viene a aliarse a nosotros.

Pettigrew seguía con esa mirada de desconfianza en sus diminutos ojos.

— ¿Crees que aliarse es tan simple?

—Es de confianza, ¿tú crees que alguien sin devoción vendría a hacerse la Marca?

—Claro que no… bien, buscaré al amo, está en la sección contigua… alimentándose de Nagini… Nagini era la serpiente de Voldemort que tenía como mascota, aunque Sev podría estar seguro que no era un reptil común y corriente.

Colagusano fue a toda prisa por un pasillo que no se lograba distinguir, y cuando regresó, lo hizo junto con Lord Voldemort.

—Ya era hora… presentí tu aroma aquí, Severus, y supe de inmediato que no venías solo… ¿Cómo te llamas, mujer?

—Donna Keith, Señor, y estoy a sus órdenes, desde esta noche —declamó todo esto acompañado con un arrodillamiento.

Severus encontró demasiado tonto lo que dijo, pero no podía decirle a Donna en ese momento que no hiciera el ridículo y que actuara con normalidad.

—Párate. Entonces has decidido el camino del poder, el camino de lo correcto. Lo haremos de manera sencilla… —su voz era completamente fría y aguda, paralizante. Estaba embobado observando a Keith, una nueva aliada, un apoyo más, pero era todo una trampa, una vil trampa…

Keith avanzó hasta él, imperturbable.

—Ahora que tengo más poderes, la Marca Tenebrosa la podremos hacer de una manera muy sencilla y menos indolora, aunque debo reconocer que tal vez sientas ardor en el antebrazo izquierdo.

—Todo lo que sea por servirle, Señor.

—Muéstrame tu antebrazo.

Severus estaba muy nervioso. Vio cada movimiento de la profesora, con la quijada temblando, de terror. Alcanzó a ver la blanca tez de su piel.

Voldemort también se levantó la manga que le tapaba el desnutrido brazo verde. Lo apegó al de Donna. Colagusano observaba escondido desde un rincón.

—¡Aaaaah! — alardeó ella, cayendo al suelo, aún sin despegar el brazo del de su nuevo jefe.

Dejó de gritar cuando se separaron. Ella estaba de espalda a Severus, pero él podía presentir que ella estaba con los dientes apretados, tragándose el dolor. Con cuidado, fingiendo una enorme sonrisa maligna, se acercó y miró la Calavera Tenebrosa que tenía Keith en su brazo izquierdo. Era exactamente igual a todas las de los Mortífagos.

—¡Ponte en pie, desgracia humana! ¿Creías que yo, Lord Voldemort, era un inútil farsante? ¿Creías que aliarse era solo la marca? ¡No! —le voceó Voldemort a ella —. ¡Es más que eso! Tendrás tu primera prueba. Tu primera prueba de fervor hacia tu Amo. ¡Crucio!

Otro grito desgarrador llenó el lugar; las piedras temblaron, las estalactitas también. “Para, maldito, para, déjala” pensaba Sev, riendo como un loco, pero todo eso era ficticio, esa risa que salía de su boca era de pavor a los retorcimientos de Donna, que seguía gritando. Voldemort dejó de torturarla al minuto, y un minuto era como estar horas y horas sufriendo esa maldición, ni cien apuñaladas le serviría a alguien para comparar lo terrible que era Cruciatus.

—Puedes pararte, estúpida. Desde ahora trabajas para mí, y tendrás que soportar tantas veces esto si me fallas, aunque como tu amigo Severus, tendrás que estar informándome de lo ocurrido en Hogwarts, nada más, Albus Dumbledore no debe sospechar absolutamente nada. Si fallan… ya saben las consecuencias.

Keith, temblando de pies a cabeza, se despegó del suelo. Tenía los ojos rojos.

—Bien, Severus, tienes algo que informarme, supongo. En los cuatro meses que han pasado, ninguna vez fuiste a ver a Lucius para contarle alguna novedad, lo cual lo encuentro demasiado descuidado de tu parte.

—Mi amo, es porque no ha sucedido nada especial, salvo que Remus Lupin, el licántropo, fue a buscar de los suyos a Australia.

— ¿Australia? Por suerte tengo mis contactos. Ése híbrido me las pagará… bien. Hasta vacaciones de semana santa…

La alta figura del Señor de Las Tinieblas se esfumó por el corredor poco visible.

—Keith… —musitó Sev, afirmándola del brazo. Lentamente avanzaron por el camino de la cueva.

—No puedo creer lo que hice… —farfulló cuando consiguieron estar en la entrada, cubriéndose de la espesa nieve otra vez.

—Ya lo hiciste, créelo —le espetó Sev de malas pulgas — ¿te encuentras bien para descender? Bueno, aunque no lo estés, bajaremos igual.

—Me duele todo, pero quiero llegar lo antes posible a Hogwarts…

Se volvieron a atar a la soga dorada, y emprendieron la bajada rápidamente. Se demoraron menos de una hora en llegar a la cueva en donde habían comido.

—¿Tienes hambre? — le preguntó a Keith.

—No, o sea sí, pero ya en Hogwarts comeré, vamos, sigamos — parecía estar a punto de echarse a llorar, pero no lo hizo, y siguieron bajando, durante dos horas más.

—Por fin, ya podemos aparecernos… aaah…

— ¡Ouch!

— ¿Qué pasa, Keith?

Se habían oído tres voces diferentes.

—Tropecé con un bulto que habla — dijo Donna con los ojos desorbitados, mirando al suelo. Parecía ser una persona.

Sev se aproximó raudamente, mientras ella se agachaba a inspeccionar.

—¡Fíjese por donde camina, vieja loca...!

—¿Malfoy? Señor Malfoy… ¿Pero qué? ¡Cómo que vieja loca!

Draco Malfoy estaba tendido en el suelo, frotándose la platinada nuca, que era donde había recibido la patada de Donna.

—Draco… ¡POR QUÉ NOS SEGUISTE, ESTÚPIDO! —le gritó Severus al rubio, agarrándolo del brazo para que se pusiera en pie.

—Quería saber lo que tramaban — declaró, sin respeto alguno —, ahora la maravillosa profesora de Defensa de los que todos hablaban se ha pasado a nuestro bando…

— ¿Qué? — exclamó Keith asombrada — No me digas que tú …

—Sí, soy un Mortífago también y…

—Cierra el pico, estúpido, nos vamos.

Draco sabía aparecerse, pero Severus estaba tan furioso con él, que lo tomó del cuello, con la otra mano tomó a Keith por el brazo, apegándola mucho a él — apropósito, le gustaba tenerla cerca… ya se estaba siendo inevitable, y con mayor razón sabiendo que ella estaba débil y adolorida. —, y se materializaron triplemente en el pueblo de Hogsmeade.